miércoles, 10 de abril de 2019

LEBRON FUERA DEL TABLERO




Por primera vez en los últimos 13 años vamos a asistir a unos play offs por el título sin la presencia de LeBron James. Es la tercera vez en su carrera que el astro de Akron se va de vacaciones antes de tiempo. Anteriormente sucedió en sus dos primeras temporadas en la mejor liga del mundo, y era del todo comprensible si tenemos en cuenta que no llegaba a los 20 años de edad y se había encomendado a la tarea de reflotar a una franquicia que llevaba cuatro temporadas consecutivas por debajo del 40% de victorias en temporada regular y había tocado fondo justo antes de la llegada del Rey con un balance de 17-65 (el tercer peor registro en la historia del club) A partir de ese momento 13 cursos consecutivos dominados por el jugador más completo de este siglo, campeón de conferencia en nueve ocasiones, ganador de tres anillos, y finalista de la NBA durante ocho ediciones consecutivas y ya máximo anotador histórico de post-temporada (alcanzó tal gesta en la edición de 2017) 13 años en los que le hemos visto compartir focos con los Duncan, Kobe, Nowitzki, Pierce, Irving, Leonard, Curry o Durant… pero el elemento común de esos 13 años ha sido el mismo: LeBron Raymone James Sr.  


Sobre la figura de LeBron ya hemos hablado largo y tendido en este blog (en aquellos felices tiempos en los que disfrutábamos de más tiempo para dedicar a este espacio), un deportista que ha acumulado alrededor suyo amor y odio a partes, no iguales, puesto que lo segundo se imponía con creces a lo primero. Nunca un jugador tan grande fue tan grandemente vilipendiado. No obstante todo pareció cambiar a partir de las increíbles finales de 2016. Los Cavaliers se imponían a los todopoderosos Golden State Warriors por 4-3 culminando por primera vez en la historia una remontada de 3-1. Aquella exhibición de fortaleza mental y física humanizó a LeBron ante los ojos del aficionado más incrédulo. Entre el coloso de Ohio y un enorme Kyrie Irving fueron capaces de neutralizar la impresionante maquinaria ofensiva de la bahía californiana. Fue el último anillo de King James y en cierta manera el comienzo, o la consolidación, de una nueva era, la de los Golden State Warriors como la mayor potencia baloncestística de la historia de la NBA. La respuesta desde Oakland fue un auténtico movimiento sísmico que todavía sacude los cimientos del baloncesto profesional estadounidense: Kevin Durant llegaba a la bahía por algo más de 54 millones de dólares repartidos en un contrato de dos años. Dos años saldados con dos títulos inapelables para Golden State (4-1 y 4-0 en ambas finales) con “Durantula” como MVP de las finales. Tras el pasado verano el alero de Washington DC ejecutaba su “player option” para seguir un curso más al lado de los Curry, Thompson y compañía por otros 26.2 millones de dólares. Por si fuera poco a la bahía ponía rumbo uno de los mejores “cincos” de los últimos tiempos (por no decir el mejor), un DeMarcus Cousins decidido a estrenar los dedos de su mano con el anillo de campeón enrolando en una franquicia que es una apuesta segura por el título. Golden State se convertía así a comienzos de esta temporada en la mayor constelación de estrellas jamás conocida en el universo NBA.  


Mientras tanto el nerviosismo se ha ido apoderando de un James cuya impaciencia por recuperar el trono perdido le ha llevado a la situación actual. La mala relación entre las dos figuras de Cleveland dio con Irving camino de Boston (para liderar un proyecto que dicho sea de paso tampoco acaba de cuajar) en verano de 2017. Una compleja lesión en la rodilla izquierda del base (necesitó incluso un catéter en una de las venas que conducen al corazón debido a una infección bacteriana provocada por dicha lesión) eliminó la posibilidad del morbo que sin duda hubiera producido el duelo entre LeBron y Kyrie en unas finales de conferencia que no obstante necesitaron de un séptimo partido en el que Cleveland se impuso en el TD Garden de Massachusetts después de haberse visto 3-2 abajo en la serie (una constante en la carrera de LeBron, verse contra las cuerdas y evitar finalmente el KO) Después de caer en unas finales sin historia (rotundo 4-0 para Golden State, con Cleveland sólo compitiendo en un ya mítico primer partido resuelto tras prórroga una vez que J.R. Smith, ante el estupor de compañeros y rivales, consume el tiempo reglamentario con marcador empatado pese a tener posibilidad de atacar el aro… James, por otro lado, acaba ese encuentro con 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias en 48 minutos… enésima capacidad para vaciarse en la pista con resultado estéril), LeBron se enfrentaba a “the decision 2.0” en su condición de agente libre para elegir destino, o continuar en una errática franquicia de Cleveland en la que su toma de decisiones era más que evidente (el traspaso de Wiggings por Love, la efímera aventura de Wade en Ohio, la salida de David Blatt del banquillo “cav”…) A principios de Julio las dudas quedaban despejadas con un anuncio que no podía dejar indiferente a ningún aficionado. LeBron vestiría de oro con Los Angeles Lakers. El mejor jugador del mundo en la franquicia más “glamourosa”, la cual había recuperado para la causa a su gran mito “Magic” Johnson (otro genio multidisciplinar, como el de Akron) ahora como presidente de operaciones. Parecía un matrimonio destinado a consumarse tarde o temprano.    





LeBron y "Magic". El año que vivimos peligrósamente.



LeBron llegaba a un equipo claramente en reconstrucción tras la retirada de otro de los grandes mitos angelinos, Kobe Bryant. No parecía la mejor elección si de lo que se trataba era de luchar por el anillo a corto plazo, de inmediato. Cinco temporadas (tres de ellas todavía con Bryant) sin entrar en play offs y estableciendo un paralelismo con su llegada a Cleveland con un registro de 17-65, el peor de la historia desde que la franquicia se estableció en Los Angeles, sólo tres años antes del fichaje de James por los californianos. No obstante la ilusión comenzaba a instalarse en la afición del Staples alrededor de jóvenes jugadores como Brandom Ingram, Lonzo Ball, Josh Hart o Kyle Kuzma, incluso después de no dejar cuajar proyectos como D’Angelo Russell o Julius Randle. El banquillo igualmente rezumaba juventud, ya que el mando de la dirección técnica seguía siendo para Luke Walton, hijo del mítico Bill, y curiosamente elegido como jugador en el draft de 2003, precisamente aquel en el que LeBron fue elegido número 1 (pese a ser casi cinco años más joven que su actual entrenador) 


Intentando dotar de más mordiente y colmillo al roster angelino, comienzan a llegar jugadores tan peculiares como Rajon Rondo, Lance Stephenson o Javale McGee. No sabemos hasta qué punto James fue decisivo en estas contrataciones, pero si llama la atención la configuración de un equipo tan físico y poco dotado en el tiro exterior (casi un anatema en el baloncesto de hoy día), cuando precisamente en los tres anillos conseguidos hasta la fecha por LeBron no sólo estuvo rodeado de especialistas en el triple, si no que en determinados momentos fueron decisivos para ganar el título (Ray Allen, JR Smith…) dejando a Caldwell-Pope muy sólo en la anotación exterior… un Caldwell-Pope por otro lado constantemente en el punto de mira de un posible traspaso durante la temporada que está a punto de finalizar.  


Siendo justos, en el plano meramente deportivo poco se puede achacar a LeBron James por la decepción angelina del curso presente. El mayor todoterreno del baloncesto actual se enfrenta por primera vez en su carrera a una temporada en la que su físico no responde. James sabía lo que era parar en algún momento de la temporada, resultaba del todo lógico en un jugador acostumbrado a esfuerzos casi sobrehumanos, pero hay un dato revelador sobre lo que ha sufrido el astro durante esta campaña: en sus anteriores catorce temporadas se había perdido un total de 71 partidos de ligar regular, algunos de ellos por decisión propia de cara a dosificarse para la lucha por el título. Unos pírricos cinco partidos por curso, mientras que en esta temporada se ha visto fuera de las canchas nada menos que 27 noches. Nunca había tenido una lesión grave, lo más aciago que había sufrido hasta la fecha era una lesión de rodilla que a principios de 2015 le hizo parar durante dos semanas por primera vez en su carrera. La noche de Navidad de 2018 trajo un regalo envenenado para James. Los Lakers realizaban quizás su mejor partido de la temporada, derrotando por 26 puntos a unos Golden State Warriors al completo (excepto Cousins) en el Oracle Arena de Oakland, pero LeBron se perdía la segunda parte por un tirón en la ingle. Se retiraba con 17 puntos, 13 rebotes y 5 asistencias… números bestiales si tenemos en cuenta que necesitó sólo 21 minutos para ello. El equipo angelino marchaba por aquel entonces cuarto en el Oeste y a dos victorias y media del liderato. Nadie podía imaginar que aquel tirón en la ingle sería el principio del fin. LeBron ponía fin a una racha de 156 partidos jugados de manera consecutiva y se perdía 17 encuentros, en los que su equipo salía derrotado en 11 de ellos. Se perdería posteriormente 9 partidos más (serán 10 con el del cierre de temporada regular de esta noche) en los que Lakers sólo ganarían en tres ocasiones. En total el balance sin el point-forward es de 9 victorias y 17 derrotas, mientras que en los 55 partidos que The King ha podido jugar el balance es positivo, 28-27. Estadísticamente es el máximo anotador, reboteador y asistente de su equipo por partido. Nada nuevo. 



LeBron se lesiona. Comienzan los problemas.





Pero la lesión de LeBron no fue la única que trastocó los planes de Walton durante esta temporada. Prácticamente sólo el criticado Caldwell-Pope ha estado realmente sano a lo largo del curso. Brandon Ingram se ha perdido nada menos que 29 partidos por una lesión en el hombro tan seria que finalmente ha acabado siendo una trombosis. Lonzo Ball ha estado ausente en 34, Rondo en 35, Hart se pierde 14, Stephenson 13… con tal plaga de lesiones no es de extrañar que un “patito feo” del estilo de Alex Caruso (un extraño elemento que entroncaría dentro del árbol genealógico de los J.J. Barea, Jeremy Lin o Mathew Dellavedova) haya acabado siendo el mejor jugador laker en las últimas semanas. 


No obstante no vale escudarse en los problemas físicos a la hora de hablar de la decepcionante temporada de los de púrpura y oro. Las constantes dudas a lo largo de la campaña han enrarecido el ambiente de una franquicia en perenne búsqueda de una identidad perdida y que creían haber encontrado en la llegada de LeBron el golpe de efecto deseado desde el infructuoso intento de conseguir a Chris Paul en el “trade” finalmente vetado por David Stern (algo histórico y que tiempo después descubrimos que se produjo por el miedo de Mitch Kupchak de incluir a Lamar Odom en la operación mandándolo a New Orleans… por lo que el disoluto alero acabó en Dallas) Dudas que alcanzaron su cenit con la imagen ante los medios por la posibilidad de hacerse con Anthony Davis (quien por cierto comparte representante con James) Los Lakers parecían dispuestos a entregar hasta el Staples Center con Jack Nicholson incluido de lo desesperados que estaban por conseguir otra megaestrella que acompañase a LeBron. A nadie puede extrañar que aquello sentase como una auténtica puñalada dentro del vestuario. James, lejos de tutelar a los jóvenes jugadores angelinos, parecía un malhumorado inconformista dispuesto a hacer lo posible por ganar, incluso descabezar su actual equipo. 


La crisis en el seno de la laureada franquicia california tiene como último capítulo el de la dimisión de “Magic” Johnson como presidente de operaciones. LeBron, por su parte, sigue ejerciendo como GM, lanzando mensajes seductores al resto de estrellas NBA sin querer perder su parte de poder a la hora de tomar decisiones sobre la configuración del roster de la próxima temporada. Ya se habla hasta de una reunión en verano del club angelino con Kyrie Irving, abriendo la posibilidad de reunir de nuevo el dúo que llevó a Cleveland al anillo en 2016. No sería descabellado tras confesar el base que hace unos meses llamó a LeBron para disculparse por su salida de Ohio y elogiar públicamente a su ex –compañero. 


Sea como fuere algo tiene que cambiar, otra vez, en el que seguimos pensando es el mejor jugador del planeta en la actualidad. Los espectaculares datos estadísticos de LeBron arrojan también cierta luz sobre sus carencias a la hora de tener más anillos de campeón en sus dedos. Especialmente asombroso es el que le sitúa como líder absoluto de sus equipos en puntos, rebotes y asistencias en nada menos que 66 partidos de play offs. Una animalada que se acrecienta cuando comprobamos que los siguientes jugadores en esta clasificación serían Larry Bird y Tim Duncan, ambos con 21. LeBron lo ha hecho 45 veces más que otros dos jugadores que al igual que The Chosen One redefinieron el baloncesto de sus respectivas épocas. No se me ocurre estadística más salvaje y espectacular, pero al mismo tiempo reveladora. Reveladora de la realidad de un LeBron demasiado solo en sus asaltos al título. Aquella magnífica química con Dwyane Wade (por encima de todos) o el Irving de 2016 resulta de nuevo imprescindible si LeBron quiere seguir jugando en Primavera. Cuando la mayoría de los jugadores se van de vacaciones y sólo los elegidos continúan sobre el tablero.  




Sólo no puedes. Con amigos sí.








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