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miércoles, 10 de abril de 2019

LEBRON FUERA DEL TABLERO




Por primera vez en los últimos 13 años vamos a asistir a unos play offs por el título sin la presencia de LeBron James. Es la tercera vez en su carrera que el astro de Akron se va de vacaciones antes de tiempo. Anteriormente sucedió en sus dos primeras temporadas en la mejor liga del mundo, y era del todo comprensible si tenemos en cuenta que no llegaba a los 20 años de edad y se había encomendado a la tarea de reflotar a una franquicia que llevaba cuatro temporadas consecutivas por debajo del 40% de victorias en temporada regular y había tocado fondo justo antes de la llegada del Rey con un balance de 17-65 (el tercer peor registro en la historia del club) A partir de ese momento 13 cursos consecutivos dominados por el jugador más completo de este siglo, campeón de conferencia en nueve ocasiones, ganador de tres anillos, y finalista de la NBA durante ocho ediciones consecutivas y ya máximo anotador histórico de post-temporada (alcanzó tal gesta en la edición de 2017) 13 años en los que le hemos visto compartir focos con los Duncan, Kobe, Nowitzki, Pierce, Irving, Leonard, Curry o Durant… pero el elemento común de esos 13 años ha sido el mismo: LeBron Raymone James Sr.  


Sobre la figura de LeBron ya hemos hablado largo y tendido en este blog (en aquellos felices tiempos en los que disfrutábamos de más tiempo para dedicar a este espacio), un deportista que ha acumulado alrededor suyo amor y odio a partes, no iguales, puesto que lo segundo se imponía con creces a lo primero. Nunca un jugador tan grande fue tan grandemente vilipendiado. No obstante todo pareció cambiar a partir de las increíbles finales de 2016. Los Cavaliers se imponían a los todopoderosos Golden State Warriors por 4-3 culminando por primera vez en la historia una remontada de 3-1. Aquella exhibición de fortaleza mental y física humanizó a LeBron ante los ojos del aficionado más incrédulo. Entre el coloso de Ohio y un enorme Kyrie Irving fueron capaces de neutralizar la impresionante maquinaria ofensiva de la bahía californiana. Fue el último anillo de King James y en cierta manera el comienzo, o la consolidación, de una nueva era, la de los Golden State Warriors como la mayor potencia baloncestística de la historia de la NBA. La respuesta desde Oakland fue un auténtico movimiento sísmico que todavía sacude los cimientos del baloncesto profesional estadounidense: Kevin Durant llegaba a la bahía por algo más de 54 millones de dólares repartidos en un contrato de dos años. Dos años saldados con dos títulos inapelables para Golden State (4-1 y 4-0 en ambas finales) con “Durantula” como MVP de las finales. Tras el pasado verano el alero de Washington DC ejecutaba su “player option” para seguir un curso más al lado de los Curry, Thompson y compañía por otros 26.2 millones de dólares. Por si fuera poco a la bahía ponía rumbo uno de los mejores “cincos” de los últimos tiempos (por no decir el mejor), un DeMarcus Cousins decidido a estrenar los dedos de su mano con el anillo de campeón enrolando en una franquicia que es una apuesta segura por el título. Golden State se convertía así a comienzos de esta temporada en la mayor constelación de estrellas jamás conocida en el universo NBA.  


Mientras tanto el nerviosismo se ha ido apoderando de un James cuya impaciencia por recuperar el trono perdido le ha llevado a la situación actual. La mala relación entre las dos figuras de Cleveland dio con Irving camino de Boston (para liderar un proyecto que dicho sea de paso tampoco acaba de cuajar) en verano de 2017. Una compleja lesión en la rodilla izquierda del base (necesitó incluso un catéter en una de las venas que conducen al corazón debido a una infección bacteriana provocada por dicha lesión) eliminó la posibilidad del morbo que sin duda hubiera producido el duelo entre LeBron y Kyrie en unas finales de conferencia que no obstante necesitaron de un séptimo partido en el que Cleveland se impuso en el TD Garden de Massachusetts después de haberse visto 3-2 abajo en la serie (una constante en la carrera de LeBron, verse contra las cuerdas y evitar finalmente el KO) Después de caer en unas finales sin historia (rotundo 4-0 para Golden State, con Cleveland sólo compitiendo en un ya mítico primer partido resuelto tras prórroga una vez que J.R. Smith, ante el estupor de compañeros y rivales, consume el tiempo reglamentario con marcador empatado pese a tener posibilidad de atacar el aro… James, por otro lado, acaba ese encuentro con 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias en 48 minutos… enésima capacidad para vaciarse en la pista con resultado estéril), LeBron se enfrentaba a “the decision 2.0” en su condición de agente libre para elegir destino, o continuar en una errática franquicia de Cleveland en la que su toma de decisiones era más que evidente (el traspaso de Wiggings por Love, la efímera aventura de Wade en Ohio, la salida de David Blatt del banquillo “cav”…) A principios de Julio las dudas quedaban despejadas con un anuncio que no podía dejar indiferente a ningún aficionado. LeBron vestiría de oro con Los Angeles Lakers. El mejor jugador del mundo en la franquicia más “glamourosa”, la cual había recuperado para la causa a su gran mito “Magic” Johnson (otro genio multidisciplinar, como el de Akron) ahora como presidente de operaciones. Parecía un matrimonio destinado a consumarse tarde o temprano.    





LeBron y "Magic". El año que vivimos peligrósamente.



LeBron llegaba a un equipo claramente en reconstrucción tras la retirada de otro de los grandes mitos angelinos, Kobe Bryant. No parecía la mejor elección si de lo que se trataba era de luchar por el anillo a corto plazo, de inmediato. Cinco temporadas (tres de ellas todavía con Bryant) sin entrar en play offs y estableciendo un paralelismo con su llegada a Cleveland con un registro de 17-65, el peor de la historia desde que la franquicia se estableció en Los Angeles, sólo tres años antes del fichaje de James por los californianos. No obstante la ilusión comenzaba a instalarse en la afición del Staples alrededor de jóvenes jugadores como Brandom Ingram, Lonzo Ball, Josh Hart o Kyle Kuzma, incluso después de no dejar cuajar proyectos como D’Angelo Russell o Julius Randle. El banquillo igualmente rezumaba juventud, ya que el mando de la dirección técnica seguía siendo para Luke Walton, hijo del mítico Bill, y curiosamente elegido como jugador en el draft de 2003, precisamente aquel en el que LeBron fue elegido número 1 (pese a ser casi cinco años más joven que su actual entrenador) 


Intentando dotar de más mordiente y colmillo al roster angelino, comienzan a llegar jugadores tan peculiares como Rajon Rondo, Lance Stephenson o Javale McGee. No sabemos hasta qué punto James fue decisivo en estas contrataciones, pero si llama la atención la configuración de un equipo tan físico y poco dotado en el tiro exterior (casi un anatema en el baloncesto de hoy día), cuando precisamente en los tres anillos conseguidos hasta la fecha por LeBron no sólo estuvo rodeado de especialistas en el triple, si no que en determinados momentos fueron decisivos para ganar el título (Ray Allen, JR Smith…) dejando a Caldwell-Pope muy sólo en la anotación exterior… un Caldwell-Pope por otro lado constantemente en el punto de mira de un posible traspaso durante la temporada que está a punto de finalizar.  


Siendo justos, en el plano meramente deportivo poco se puede achacar a LeBron James por la decepción angelina del curso presente. El mayor todoterreno del baloncesto actual se enfrenta por primera vez en su carrera a una temporada en la que su físico no responde. James sabía lo que era parar en algún momento de la temporada, resultaba del todo lógico en un jugador acostumbrado a esfuerzos casi sobrehumanos, pero hay un dato revelador sobre lo que ha sufrido el astro durante esta campaña: en sus anteriores catorce temporadas se había perdido un total de 71 partidos de ligar regular, algunos de ellos por decisión propia de cara a dosificarse para la lucha por el título. Unos pírricos cinco partidos por curso, mientras que en esta temporada se ha visto fuera de las canchas nada menos que 27 noches. Nunca había tenido una lesión grave, lo más aciago que había sufrido hasta la fecha era una lesión de rodilla que a principios de 2015 le hizo parar durante dos semanas por primera vez en su carrera. La noche de Navidad de 2018 trajo un regalo envenenado para James. Los Lakers realizaban quizás su mejor partido de la temporada, derrotando por 26 puntos a unos Golden State Warriors al completo (excepto Cousins) en el Oracle Arena de Oakland, pero LeBron se perdía la segunda parte por un tirón en la ingle. Se retiraba con 17 puntos, 13 rebotes y 5 asistencias… números bestiales si tenemos en cuenta que necesitó sólo 21 minutos para ello. El equipo angelino marchaba por aquel entonces cuarto en el Oeste y a dos victorias y media del liderato. Nadie podía imaginar que aquel tirón en la ingle sería el principio del fin. LeBron ponía fin a una racha de 156 partidos jugados de manera consecutiva y se perdía 17 encuentros, en los que su equipo salía derrotado en 11 de ellos. Se perdería posteriormente 9 partidos más (serán 10 con el del cierre de temporada regular de esta noche) en los que Lakers sólo ganarían en tres ocasiones. En total el balance sin el point-forward es de 9 victorias y 17 derrotas, mientras que en los 55 partidos que The King ha podido jugar el balance es positivo, 28-27. Estadísticamente es el máximo anotador, reboteador y asistente de su equipo por partido. Nada nuevo. 



LeBron se lesiona. Comienzan los problemas.





Pero la lesión de LeBron no fue la única que trastocó los planes de Walton durante esta temporada. Prácticamente sólo el criticado Caldwell-Pope ha estado realmente sano a lo largo del curso. Brandon Ingram se ha perdido nada menos que 29 partidos por una lesión en el hombro tan seria que finalmente ha acabado siendo una trombosis. Lonzo Ball ha estado ausente en 34, Rondo en 35, Hart se pierde 14, Stephenson 13… con tal plaga de lesiones no es de extrañar que un “patito feo” del estilo de Alex Caruso (un extraño elemento que entroncaría dentro del árbol genealógico de los J.J. Barea, Jeremy Lin o Mathew Dellavedova) haya acabado siendo el mejor jugador laker en las últimas semanas. 


No obstante no vale escudarse en los problemas físicos a la hora de hablar de la decepcionante temporada de los de púrpura y oro. Las constantes dudas a lo largo de la campaña han enrarecido el ambiente de una franquicia en perenne búsqueda de una identidad perdida y que creían haber encontrado en la llegada de LeBron el golpe de efecto deseado desde el infructuoso intento de conseguir a Chris Paul en el “trade” finalmente vetado por David Stern (algo histórico y que tiempo después descubrimos que se produjo por el miedo de Mitch Kupchak de incluir a Lamar Odom en la operación mandándolo a New Orleans… por lo que el disoluto alero acabó en Dallas) Dudas que alcanzaron su cenit con la imagen ante los medios por la posibilidad de hacerse con Anthony Davis (quien por cierto comparte representante con James) Los Lakers parecían dispuestos a entregar hasta el Staples Center con Jack Nicholson incluido de lo desesperados que estaban por conseguir otra megaestrella que acompañase a LeBron. A nadie puede extrañar que aquello sentase como una auténtica puñalada dentro del vestuario. James, lejos de tutelar a los jóvenes jugadores angelinos, parecía un malhumorado inconformista dispuesto a hacer lo posible por ganar, incluso descabezar su actual equipo. 


La crisis en el seno de la laureada franquicia california tiene como último capítulo el de la dimisión de “Magic” Johnson como presidente de operaciones. LeBron, por su parte, sigue ejerciendo como GM, lanzando mensajes seductores al resto de estrellas NBA sin querer perder su parte de poder a la hora de tomar decisiones sobre la configuración del roster de la próxima temporada. Ya se habla hasta de una reunión en verano del club angelino con Kyrie Irving, abriendo la posibilidad de reunir de nuevo el dúo que llevó a Cleveland al anillo en 2016. No sería descabellado tras confesar el base que hace unos meses llamó a LeBron para disculparse por su salida de Ohio y elogiar públicamente a su ex –compañero. 


Sea como fuere algo tiene que cambiar, otra vez, en el que seguimos pensando es el mejor jugador del planeta en la actualidad. Los espectaculares datos estadísticos de LeBron arrojan también cierta luz sobre sus carencias a la hora de tener más anillos de campeón en sus dedos. Especialmente asombroso es el que le sitúa como líder absoluto de sus equipos en puntos, rebotes y asistencias en nada menos que 66 partidos de play offs. Una animalada que se acrecienta cuando comprobamos que los siguientes jugadores en esta clasificación serían Larry Bird y Tim Duncan, ambos con 21. LeBron lo ha hecho 45 veces más que otros dos jugadores que al igual que The Chosen One redefinieron el baloncesto de sus respectivas épocas. No se me ocurre estadística más salvaje y espectacular, pero al mismo tiempo reveladora. Reveladora de la realidad de un LeBron demasiado solo en sus asaltos al título. Aquella magnífica química con Dwyane Wade (por encima de todos) o el Irving de 2016 resulta de nuevo imprescindible si LeBron quiere seguir jugando en Primavera. Cuando la mayoría de los jugadores se van de vacaciones y sólo los elegidos continúan sobre el tablero.  




Sólo no puedes. Con amigos sí.








martes, 12 de junio de 2018

LA HISTORIA DE UNAS FINALES SIN HISTORIA





El Rey hincó su rodilla.




El signo de los tiempos de nuestro blog hace que pasemos de puntillas por uno de los grandes acontecimientos baloncestísticos de cada temporada, como son las finales de la mejor liga de baloncesto del mundo, la NBA. Hemos tenido la suerte en los últimos años de asistir a grandes series finales entre Miami y Dallas, Miami y San Antonio, y más recientemente Cleveland y Golden State. Todas ellas con un denominador común: LeBron James, el gran dominador de la Conferencia Este, primer jugador en la historia en ganar diez veces consecutivas su división, y campeón del Este en nada menos que nueve ocasiones. Un joven LeBron James precisamente sufría el anterior 4-0 acaecido en unas finales NBA. Tenía 22 años, y los San Antonio Spurs de Parker, Ginobili y Duncan no dieron opción a aquel equipo liderado por un joven insolente que había destronado a los Detroit Pistons de Billups, Hamilton, Prince y Rasheed Wallace y buscaba dominar la NBA. Once años después un LeBron maduro, evidentemente mejorado, pero claramente exhausto, vuelve a caer sin contemplaciones, 4-0, frente a la nueva dinastía de la NBA. Los Golden State Warriors ganan su tercer anillo en cuatro años y dada la media de edad de su núcleo fundamental todo apunta a que no será el último. La liga sigue sin encontrar respuesta a la fastuosa dinamita de los Curry, Thompson y Durant, sólo Houston Rockets parece haberse acercado a la resolución de la fórmula, y nos quedamos con la duda de saber si hubieran hecho morder el polvo a los de Steve Kerr de no haber perdido a Chris Paul para los dos últimos partidos después de que los de D’Antoni llegasen a ponerles contra las cuerdas con 3-2 en la serie.  




No fue por tanto un camino fácil el de Golden State hasta llegar a su cuarta final consecutiva. Tampoco el de Cleveland, exuberante ante Toronto (4-0) pero sufriendo lo indecible frente a unos Boston Celtics de nuevo sorprendentes pese a no contar en play offs con su gran estrella Kyrie Irving, ni por supuesto Gordon Hayward. Con esas premisas ambos equipos se citaban de nuevo en una gran cita para la que los de Oakland eran grandes favoritos, pronóstico que cumplieron de manera casi insultante.  




Y es que unas finales en las que uno de los rivales no estrena su casillero de victorias siempre resultan decepcionantes y obviamente poco competidas, pese a que el primer y tercer partido gozaron de la emoción necesaria para tenernos enganchados a la pantalla y disfrutar de un gran espectáculo. Esa consideración del baloncesto en los pequeños detalles cobró visos de absoluta crueldad en la figura del ciclotímico J.R.Smith, protagonista del primer partido cuando en una jugada que pasará a la historia (a su pesar) de las finales de la NBA renuncia al tiro tras capturar un rebote ofensivo con marcador empatado a 4 segundos del final, saliendo de la zona y dejando consumir el tiempo ante la atónita mirada de un LeBron James quien se había vaciado una vez más sobre la cancha (acaba con 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias en 48 minutos) No sabemos qué hubiera pasado de haber sabido aprovechar Smith aquel balón que era un tesoro (o de haber anotado George Hill el segundo tiro libre, por no cargar toda la culpa sobre el imprevisible alero de New Jersey) y de haberse anotado Cleveland el primer punto de la serie. Creo sinceramente que Golden State hubiera acabado alzando igualmente el título, pero las series hubieran transcurrido por unos niveles de competitividad totalmente diferentes. La prórroga a la que se vio condenado el equipo de Tyronn Lue (cada vez más irrelevante en sus decisiones, y sobre quien sus conocidos problemas de ansiedad generan lógicas dudas sobre su capacidad para estar al frente de la nave de un equipo que aspire a ser campeón) nos ofreció a un equipo hundido tanto o más psicológica que físicamente. Con un 0-9 de salida Golden State comenzó a encarrilar el primer punto de las finales, la posibilidad, que se alumbraba lógica, del barrido del 4-0, y el deseado “back-to-back” como ganadores del anillo, con Kerr recurriendo de nuevo al descarado “small ball” y la renuncia al pívot (Curry-Livingston-Thompson-Durant-Green es el quinteto que borra de la pista a Cleveland en el tiempo extra) 



J.R.Smith saliendo de la zona con el último balón. Jugada para la historia.





El segundo choque no fue más que una continuación de aquella prórroga. Pese a la resistencia inicial de los de Ohio, el paso de los minutos fue imponiendo el peso de la lógica de un equipo superior, con mayor y mejor rotación, y más trabajado y dosificado. En el segundo cuarto los de Oakland comienzan a estirar el marcador otra vez con Livingston formando parte del quinteto (aprovechando la ausencia de Igoudala en esos dos primeros partidos), un parcial de 0-7 con dos canastas del base de Illinois y un triple de Curry rompían la barrera de la decena de puntos, y anticipaba la segunda victoria californiana que sólo debía esperar el desangrado del rival, incapaz de cerrar las vías por las que su barco hacia aguas frente a los torpedos de un Stephen Curry que con 9 triples (de 17 intentos, por encima del 50%) establecía un nuevo record de canastas de esa distancia en unas finales de la NBA, superando la anterior marca de 8 de Ray Allen en 2010. 2-0. Factor cancha salvado. Misión cumplida. Tocaba viajar a Ohio. 




Si levantar un 3-1 en 2015 ya había sido una labor hercúlea para un LeBron que por entonces contaba con la letal alianza de Kyrie Irving, hacerlo con un 3-0 parecía directamente misión imposible, por eso el tercer partido se antojaba absolutamente vital para dar ya por campeones a los de Kerr o al contrario pensar que tendríamos todavía finales y los Cavaliers conservarían alguna mínima esperanza de remontada. Y ciertamente no se les puede reprochar nada a los de Lue en este tercer choque con una puesta en escena arrolladora por parte local. Cleveland ofreció a sus seguidores sus mejores minutos de las finales, en unos espléndidos primeros cinco minutos en los que llegan a poner un salvaje 4-16 en el marcador, con acciones tan descomunales como el autopase a tablero de LeBron para hundir el balón en el aro. Al lado de The King Kevin Love demostraba casta y orgullo peleando por cada balón y mirando el aro con decisión, y hasta J.R.Smith se redimía con cinco puntos casi consecutivos. Pero Cleveland seguía enfrentándose a dos poderosos rivales cuya conjunción parecía imposible de batir. Por un lado su rival, la casi perfecta maquinaria ofensiva de Golden State, por otro el tiempo y el paso de los minutos, puñales que lenta pero inexorablemente se irían clavando en las piernas de sus hombres clave, especialmente el infatigable LeBron James. Igoudala reaparecía y entraba mediado el primer cuarto sentando a Javale McGee para volver a ese juego sin pívots que tanto rédito da a Steve Kerr, y Kevin Durant comenzaba su recital particular. En un suspiro Golden State estaba en el partido. En los últimos 4 minutos los visitantes lograban 18 puntos, sin fallo en sus últimas siete posesiones, que finalizaban en canasta o en tiros libres igualmente acertados. El marcador una vez sonado la bocina de fin de periodo no ofrecía dudas. 28-29. Sólo un punto de ventaja para unos Cleveland que parecían haber jugado su mejor baloncesto en las finales. Aún sacarían fuerzas los de Ohio para dominar el tercer cuarto, y Lue atisbaba parecer un entrenador de verdad gestionando sus recursos, sacando partido de la clase de un Rodney Hood cuyo enfrentamiento con el técnico en el cuarto partido ante Toronto (se negó a disputar los minutos de la basura, considerándolo un insulto para un jugador de su categoría) lo han pagado caro todas las partes implicadas. No obstante Cleveland tenía razones para el optimismo viendo a su equipo mantener distancias en torno a la decena de puntos, hasta que Durant volvió a demostrar que aquella noche estaba tocado por los dioses, con seis puntos en el último minuto y especialmente un triple a 1 segundo del descanso tan letal y casi tan lejano como el de Curry al filo del descanso en el G1 para poner el empate a 56. El 35 de los Warriors dejaba el marcador en un apretado 52-58. Cleveland seguía jugando su mejor baloncesto posible, ni siquiera necesitaban a “LeBron contra el mundo” (en el primer cuarto sólo había realizado cuatro tiros de campo, ocho en el segundo… en el total del segundo tiempo sumaría 16 lanzamientos más), pero sólo se veían seis arriba en el luminoso con 48 largos minutos por delante. Seis puntos de ese extraño elemento llamado Javale McGee metían a los Warriors en el partido hasta el punto de empatar a 61 transcurridos apenas dos minutos de tercer cuarto (entre medias otro triplazo de Durantula) Los de Kerr comenzarían a tomar el mando del partido, y pese a la resistencia de los Love, Hood y un cada vez más desinflado LeBron no cederían la ventaja en el electrónico hasta el último cuarto, cuando el partido entro en esa apasionante fase “columpio” con constantes cambios de liderato. El último de los locales fue a tres minutos para el final, momento en el que un desafortunado Curry (3 de 16 en tiros de campo, 1 de 10 en triples) anota cinco puntos en 20 segundos para poner a su equipo cuatro arriba, encontrando la respuesta en el orgullo de King James que responde con un triple. Los mejores minutos de las finales. Kevin Durant regalaría su séptima asistencia de la noche al reaparecido Igoudala y el propio Durantula mataría el partido con un triple antológico para poner una inalcanzable ventaja de seis puntos a 49 segundos para el final. El espigado alero marilandés cincelaba una obra de arte casi perfecta. 43 puntos con unos porcentajes de cortar la respiración (15 de 23 en tiros de campo, 6 de 9 triples y 7 de 7 en libres), además de 13 rebotes y 7 asistencias. Sencillamente uno de los mejores partidos que se recuerdan en unas finales, y la actuación definitiva para conseguir su segundo MVP Finals consecutivo. No puede haber dudas en el galardón, por mucho que reluzcan los 37 puntos de Curry en el cuarto partido, y es que las medias de 27.5 puntos, 10.75 rebotes y 7.5 asistencias por partido (además de 2.25 tapones por noche) le sitúan como el máximo anotador, reboteador y asistente de Golden State en las finales. La némesis perfecta de LeBron James, y además mejor acompañado. 



El fichaje que dimanitó la NBA





El cuarto partido significaba algo así como asistir al funeral de Cleveland mientras en las neveras californianas se enfriaba el champán. Fue un triste epílogo a unas finales sentenciadas prácticamente desde el momento en que J.R.Smith escribiese otro episodio más en su narrativa maldita (indispensable escuchar, a este respecto, el programa de “El Reverso”que Gonzalo Vázquez y Andrés Monje han dedicado a su quebradiza figura) con aquel disparatado rebote ofensivo. El 13-3 que reflejaba el luminoso a los tres minutos de partido tras un triple de Stephen Curry (era su noveno punto) no dejaba lugar a dudas. Íbamos a asistir a un trámite y no a un partido de las finales. Tanto fue así que prácticamente la única alegría que se llevaron los aficionados del Q Arena fue un celebrado “air ball” del odiado Draymond Green. 4-0, y LeBron James regresando a 2007, sólo que con once años más de baloncesto y batallas en sus piernas. 




Poca historia en unas finales que sin embargo, no podía ser de otro modo con LeBron James por medio, dejan mucha miga y análisis posterior. El ídolo de Akron confesaba en rueda de prensa posterior que tras el primer partido se lesionó su mano derecha golpeando los vestuarios del Oracle californiano, frustrado por la inverosímil derrota y por las decisiones arbitrales (especialmente su falta sobre Durant en el ocaso del tiempo reglamentario, en un principio señalada en ataque y posteriormente tras revisión cobrada como en defensa, una acción que al igual que el fallo en el libre de Hill y el extraño movimiento de Smith en el último balón, bien pudo cambiar el curso del partido, y quizás de las finales) Cualquiera que haya seguido este blog durante sus siete años de existencia no puede dudar de nuestro amor por LeBron. En esta nueva edad dorada del mejor baloncesto James reluce como la estrella más rutilante, la más desafiante a la lógica y la más capaz de devorar registros y coleccionar hazañas, pero todo eso es insuficiente para avanzar en un palmarés ya de por si desorbitado. Hablamos de un jugador condenado a ser recordado, al menos bajo el prisma actual (es muy posible que el paso del tiempo emita un juicio más generoso sobre su esfuerzo), más por la miseria de perder ya seis finales que por la gloria de llegar a nada menos que nueve últimas rondas de play offs. La absurda comparación con Michael Jordan, que ya padeciera Kobe Bryant (más lógica en el caso del escolta de los Lakers, por estilo de juego y posición en la cancha), sigue oscureciendo, como una sombra negra, la auténtica valía de un jugador nunca visto anteriormente. No entraremos en tal pernicioso debate, pero quienes se aferran a la dictadura de Jordan como el mejor de todos los tiempos por sus seis anillos en seis finales en 15 temporadas (¿a qué nivel deberíamos situar entonces a Bill Russell con sus once títulos en 12 años, dos de ellos como jugador-entrenador, siendo prácticamente el mejor de todas esas finales pese a que no se entregaba MVP por aquel entonces?) mal hacen en despreciar la constancia de la carrera de James, quien ha llegado a tres finales más que Jordan en de momento el mismo número de temporadas.



Reconocemos pues nuestro “lebronismo”, pero seguimos advirtiendo que su extraordinaria calidad como jugador queda empañada por su ansiedad en la búsqueda del anillo llevándole a inmiscuirse en tareas directivas tratando de dar forma a un equipo a su gusto. Ya le hemos perdonado su abuso en la posesión del balón y en la dirección del juego, asumiendo que no le basta con ser posiblemente el mejor alero de todos los tiempos, si no que busca el ser el mejor jugador, el baloncestista total, al que ningún aspecto del juego, ni en ataque ni en defensa, le es ajeno, pero debería concentrar sus energías más en la cancha que en los despachos. El disparate de esta campaña, cambiando medio equipo antes del “trade deadline”, no parece la mejor manera de conseguir un grupo ganador, al menos a corto plazo. En estas dos últimas temporadas marcadas por la llegada de Kevin Durant a Golden State, Cleveland ha contado con rosters de 21 y 22 jugadores respectivamente, sin dejar madurar apuestas que en principio parecían interesantes alrededor de jugadores como Isaiah Thomas, Jae Crowder, Dwyane Wade o Derrick Rose. Buscaban en la defensa la respuesta a la tormenta ofensiva de Oakland, pero quizás la respuesta hubiera estado en no renunciar a la dinamita. Lo empequeñecidos que están en este Cleveland jugadores con la excelente mano de Kyle Korver o Rodney Hood muestra que Tyronn Lue (o LeBron James) no son conscientes del momento que vive el baloncesto actual, en el que prima (por suerte) el descaro anotador antes que la desactivación ofensiva del rival. 




Y queda por último toda una NBA obligada a reflexionar sobre el modelo de “superequipos” en el que Golden State marca un antes y un después con la incorporación de Kevin Durant. En un baloncesto contemporáneo marcado (y repetimos, afortunadamente) por la anotación y el ataque, los Warriors acumulan dos jugadores que han sido máximos anotadores en cinco ocasiones en la presente década, cuatro de ellas el propio Durant, siempre en Oklahoma City, un galardón que bien podría haber seguido coleccionando pero a buen seguro no cambia tal honor por lucir dos anillos de campeón en sus manos (y dos MVPs de las finales), formando la posiblemente mejor tripleta de tiradores de todos los tiempos junto a Curry y Thompson. La gestión en Oakland ha sido realmente eficiente, con las incorporaciones vía draft de Stephen Curry (número 7 en 2009), Klay Thompson (elección 11 en 2011) o Draymond Green (segunda ronda en 2012), un buen ojo que parece mantenerse viendo el rendimiento del “rookie” Jordan Bell (mérito también de Steve Kerr, cuya gestión de los recursos humanos deja en evidente mal lugar el trabajo de Lue en el banquillo Cavalier), pero curiosamente sus MVPs en las finales han sido sus dos grandes fichajes vía agencia libre, un Andre Igoudala que buscaba nuevos retos después de haber sido All Star y jugador franquicia en Philadelphia, y sobre todo el de Kevin Durant, el golpe definitivo para que la NBA viva la mayor dictadura desde la era de los Bulls de Jordan. Esperemos que algún equipo encuentre la “respuesta” para que las próximas finales vuelvan a tener historia. 



Steve Kerr, tres anillos como entrenador... más cinco como jugador.




lunes, 12 de junio de 2017

SU PROPIA MEDICINA




Irving voló sobre los Warriors


El cuarto partido de las finales NBA 2017 nos vuelve a dejar un escándalo ofensivo, una orgía anotadora que sitúa estas series como un aluvión de derribos de records históricos. Pero el resultado fue distinto al de los tres encuentros anotadores. Esta vez Cleveland si pudo sumar su primer punto. No hubo posibilidad de repetir los fallos del tercer partido en los minutos finales, por la sencilla razón de que aplastaron a los Warriors desde el salto inicial. 49 puntos encajaron los Golden State en el primer cuarto, record anotador en un primer acto en un partido de finales. 86 llevaban en su casilleros los Clevelad, lo que unido a los 68 de Golden State convertía la primera mitad del partido en la más anotadora de la historia en un partido de finales NBA. Increíble. Es lo que pasa cuando se suman tantos talentos juntos en una misma cancha. Si los analistas y aficionados nos preguntábamos como serían capaces de frenar la exuberancia ofensiva de Golden State, el equipo de Tyronn Lue responde a la brava: anotando más puntos que el rival. Pero cuando el rival se llama Golden State Warriors hay que admitir que la cosa tiene un mérito mayúsculo.


La dupla Irving-James volvió a alcanzar cotas sobrehumanas. El base se fue hasta los 40 puntos y fue el primero en activar el modo kamizake del ataque Cavalier con 5 puntos consecutivos dentro del parcial de 2-8 con el que Cleveland avisaba de que a “run&gun” en esta ocasión no les iban a ganar ni estos Golden State Warriors, actuales estandartes del baloncesto ofensivo a nivel global. J.R. Smith acompañó al duo dinámico de los de Ohio con 15 puntos, todos desde el triple, dentro una exhibición global que finalizó con 24 triples. Otro record pulverizado, el de triples en un partido de series finales... con la particularidad de que el anterior tope lo estableció Golden State hace tan sólo unos días en estas mismas finales, curiosidad que bastaría para asegurar que pese al 3-1 casi decisivo para los californianos, la calidad de estas series está siendo brutal. LeBron por su parte fue fiel a su cita con el triple-doble, una estadística que domina con una facilidad tan pasmosa que escapa a cualquier comprensión y definición de su juego. Sencillamente, el más completo del mundo.


Es una maravillosa noticia que frente a un equipo de la magnitud histórica de estos Golden State, su máximo rival, lejos de combatirlo transformado en una versión opuesta, intente hacerlo con sus propias armas, propinándole lo que en castizo se diría “su propia medicina”. Claro está que Cleveland también tuvo que trabajar atrás y esperar que la pólvora de los Splash Brothers se mojase por un día. El anómalo porcentaje de acierto de Curry (30%) y Thompson (36%) ayudó enormemente a que Ohio viviese la primera victoria, pese al partidazo una vez más de Kevin Durant. Sus 35 puntos, 4 rebotes, 4 asistencias y 2 tapones no sirvieron para ganar el partido y cerrar las finales, pero sí para que en el MVP de estas series su nombre esté ya definitivamente cincelado.


Cleveland pone el 3-1 en la lucha por el título. Al fin y al cabo era el mismo resultado con el que la pasada temporada viajaban a Oakland en el quinto partido, pueden pensar algunos. La diferencia es que lo hacían habiendo ganando el tercer partido, no el cuarto, con lo que la épica consistía en ganar tres partidos seguidos, lo cual no era poca cosa, pero imagínense por tanto la dificultad de hacerlo en cuatro ocasiones. Tampoco está Draymond Green sancionado, como ocurrió en el quinto partido de 2016 después de golpear a LeBron James, y luego está, como no, el efecto Durant, auténtico elemento de desequilibrio respecto al pasado curso y éste.



No hubo barrido, y ya no habrá play offs perfectos para Golden State, pero Oakland se prepara para lo que parece la más que inminente celebración por un nuevo título.  

jueves, 8 de junio de 2017

JUGAR COMO NUNCA, PERDER COMO SIEMPRE




Irving y el balón que no quiso entrar




Y Golden State puso el 3-0. Con su victoria en el primer partido de Cleveland, ya no hay dudas de que Curry y compañía van a ponerse su segundo anillo de campeones. La pregunta ahora es si lo harán en la madrugada del sábado o los de Tyronn Lue serán capaces de ganar algún partido para no dejar su casillero de victorias a cero y evitar un histórico 16-0 en play offs por parte de los californianos que ya no dejaría dudas sobre su condición de equipo histórico. Habrá que dejar pasar los años para ver si mantienen capacidad dinástica como los Celtics de Bill Russell y “Red” Auerbach, los Bulls de Jordan y Phil Jackson, o más recientemente los Spurs de Popovich y Duncan, pero ojo a la burrada de la que estaríamos hablando: un equipo que en tres años habría ganado tres campeonatos del Oeste y dos títulos de la NBA, con el record histórico de mejor balance en temporada regular (73-9) y el de mejor balance en la historia de los play offs (16-0) No sé si podríamos hablar del “mejor equipo de todos los tiempos”, pero desde luego del mejor equipo de los últimos tres años con una superioridad absoluta sobre el resto, y sólo tosidos por esa pareja respondona que son Kyrie Irving y LeBron James, quienes ayer volvieron a rozar la machada. 


Fue el mejor partido de las series, y desde luego el mejor partido de Cleveland. Tuvieron en sus manos la victoria, pese a que el comienzo del encuentro semejaba peligrosamente a los dos anteriores. 0-5 de salida para los Cavs, contestado por un 6-0 Warrior. En tres minutos ambos equipos habían anotado cinco triples, anticipando la locura ofensiva de un primer cuarto maravilloso. Klay Thompson sacaba la metralleta (4 triples de 5 intentos… su equipo anotaría un total de 9 en ese primer acto), pero un enorme LeBron mantenía a su equipo. La dependencia de Cleveland alrededor del astro de Akron no puede ser más evidente, y es que cuando King James tomó descanso a dos minutos para el final del cuarto, los Warriors propinaron un parcial de 10-0 culminado con una asistencia de Durant sobre Green totalmente solo para poner el 39-31 en el marcador. Un gran primer cuarto de los locales echado por tierra en dos minutos finales horribles, curiosamente los que The Chosen One estuvo fuera de la pista.


Pero a diferencia de los dos partidos de Oakland, esta vez Cleveland se mantuvo en el partido. Su defensa mantuvo a Golden State dos minutos y medio sin anotar en el comienzo de segundo cuarto, apareció, por fin, Korver desde el banquillo, y Kevin Love sacó petróleo desde el tiro libre para que el partido se mantuviera en un deseado equilibrio. Tras los peores minutos del encuentro, con el marcador estancado en 46-43, vuelve la fluidez ofensiva para ambos equipos y Cleveland definitivamente dentro del partido tras la técnica a un furioso Draymond Green, protestón y maleducado con los árbitros durante todo el choque. Pero se repitió la película vista en el primer cuarto, dos triples en los últimos 70 segundos del cuarto estiraban de nuevo la ventaja visitante a ocho puntos, suerte para Cleveland que Irving ajustó un poco el marcador con un canastón sobre la bocina. El base estaba comenzando a calentar para lo que iba a ser una descomunal exhibición en el tercer acto. 


16 puntos del genio de Melbourne, la apuesta por el “small ball” (llegando incluso a coincidir Irving, Smith, Jefferson, Shumpert y Korver, todo exteriores) y una gran actitud defensiva (dejan a Golden State en 22 puntos en el tercer cuarto, la segunda anotación más baja de los californianos en un cuarto en estas finales) permiten a Cleveland voltear el marcador. 89-94 para afrontar el acto definitivo y el Quicken Loans soñando con la machada de ganarles un partido a estos Warriors… y quién sabe si repetir el milagro del pasado curso. 


Todo seguía pasando por Irving y LeBron… mientras que Thompson daba la réplica visitante. Pronto se le sumaría Durant. El intercambio de golpes favorecía a Cleveland, manteniendo ese tesoro en forma de diferencia de cinco puntos. Incluso la estiran a seis tras otra genialidad de Irving, sacando un 2+1 frente al siempre pegajoso Klay Thompson (poco se habla de la defensa de quien es uno de los mejores tiradores de la liga) Los “Splash Brothers” respondían y con cinco puntos consecutivos ajustaban el marcador a 4.40 para el final. LeBron en tiros libres tras una endeble defensa de Curry y Smith con un triple majestuoso volvían a poner seis arriba a los locales. 107-113 a 3.09 para el final… 3.09 en los que Cleveland no volvería a anotar, sepultando las pocas opciones que pudieran tener de conseguir el anillo por segundo año consecutivo. Si el destino está escrito, está claro que no está siendo generoso con Cleveland, que vuelve a cobrar aroma de ciudad maldita para las grandes ligas deportivas de Estados Unidos. Durant (14 puntos en el último cuarto), fallaba un triple que daba opciones a los de Lue a aumentar la ventaja, máxime cuando a pesar del fallo de Smith, LeBron se hacía con el rebote, restando segundos al reloj. El jugador más completo del mundo veía a Love bajo el aro para asistir en una jugada cantada que el forward de Santa Mónica incomprensible fallaba, incapaz de sentenciar el choque (¿vuelve a ser Kevin Love el gafe de la liga?) Curry no perdonaría en el ataque siguiente poniendo el 109-113 a poco más de dos minutos para el final. Aun así una situación que seguro hubieran firmado los Cavaliers, visto lo sucedido en los dos choques anteriores. Y entonces llegó la jugada del partido. Irving se sacó otra genialidad, para pese a la, insistimos, gran defensa de Thompson, encarar el aro en una penetración prodigiosa que parecía destinada a acabar en canasta… pero el balón, caprichoso, se paseó por el aro sin caer dentro de la cesta, y aun así el pequeño Irving, cargado de fe y hambre, es capaz de levantarle el rebote ofensivo a nada menos que Draymond Green. Con cuatro arriba, balón en posesión y cien segundos para acabar el partido, todo seguía estando de cara para los de Ohio. LeBron tomó la decisión pero se encontró con su bestia negra de 2015. Y es que la defensa de Igoudala sobre el de Akron volvió a ser clave en los minutos finales. Y apareció Durant. Un tiro lateral para ajustar aún más el marcador. 111-113. Korver buscaba la réplica pero fallaba su intento triple, todo lo contrario que un Durant que ponía por delante a su equipo y de paso afianzaba su candidatura a MVP de las finales (¿alguien duda que será suyo?) La ventaja Cavalier esfumada en un abrir y cerrar de ojos. Irving intentó un triple con “cross over” tratando de revivir su canasta de las pasadas finales. La diferencia es que anoche tenía enfrente a Thompson y no Curry. Durant y Curry acabarían sentenciando desde el tiro libre y entre medias LeBron volvería a ser cazado por Igoudala, impidiendo el lanzamiento triple del “all around player” Cavalier. 



El mejor partido de las series. El mejor partido de Cleveland. Pero el mismo resultado. Amenazan finales cortas. Una pena. 


martes, 6 de junio de 2017

LA MÁQUINA INFERNAL



Meter, meter, meter y volver a meter...


Segundo partido de las finales NBA con un guión casi calcado al del primero. Cleveland resistiendo, aguantando hasta el descanso (64-67), pero incapaz de seguir el vendaval ofensivo de esta máquina perfecta, infernal, en la que ha convertido Steve Kerr (por fin de vuelta al banquillo) a sus Golden State Warriors. El propio Kerr, listo como él solo, ha frenado la euforia californiana llegando incluso a declarar que jugando como en el segundo partido no tienen opción de ganar en Cleveland, aludiendo a que la victoria fue una cuestión de talento individual. No quiere relajaciones, pero la realidad es que estamos asistiendo a un equipo tan demoledor como demuestra su inaudito 14-0 en play offs y sus 27 victorias en los últimos 28 partidos. 12 partidos seguidos en post-temporada ganando por más de 10 puntos, y una cantidad de records para el recuerdo. El último, sus 18 triples, máximo conseguido en un partido de series finales. 18 triplazos que ayudaron a estirar el marcador a esos 132 puntos finales que constituyen la segunda mejor marca en la historia en un partido por el título (el tope lo siguen teniendo los Boston Celtics de 1987, con 141) Los Cavaliers consiguieron llegar a esos 113 puntos con los que los Warriors les derrotaron en el primer choque, pero de poco les sirvieron ante la voracidad ofensiva de Golden State. Y es que a Durant (33) y Curry (32) se les sumó el que faltaba. Klay Thompson recuperó su tino anotador con 22 puntos. 87 puntos entre jugadores. Demencial.  


Pero los focos se siguen concentrando principalmente en Durantula. 35,5 puntos por partido está promediando en estas finales. De otro planeta. LeBron mantiene el tipo y sigue devorando estadísticas. El domingo noche sumó un nuevo triple-doble, es su octavo en unas finales, lo que le iguala en este campo con el legendario “Magic” Johnson. 


El problema para los de Ohio, qué duda cabe, está en que la segunda unidad no da un solo motivo de esperanza para mantener alguna opción al título. El caso más sangrante es el de Deron Williams. Si hace tres años nos hubieran dicho que unos Cavaliers con Irving y Williams como pareja de bases iban a echar de menos a Mathew Dellavedova hubiéramos preguntado por el camello de quien hiciera tal afirmación, pero así de caprichoso es este deporte. El antaño All Star de la NBA acumula 4 pírricas asistencias, un 0 de 9 en tiros de campo, y un -16 cuando está en pista en estos dos primeros partidos. Para llorar. Tyronn Lue sigue sin encontrar un “factor X”, un héroe inesperado al que aferrarse y que pueda, ya no desequilibrar, al menos igualar la balanza frente a unos Warrios muy superiores en estos dos primeros partidos. ¿Dónde quedó la asombrosa capacidad reboteadora de Tristan Thompson?


Las finales viajan a Cleveland con el mismo resultado que el año pasado a estas alturas. 2-0 para Golden State. Incluso podríamos decir que el pasado curso la situación pintaba peor ateniéndonos a los números, ya que los de Kerr acumulaban un +48 en los dos primeros partidos ante su rival, y habían aplastado sin miramientos a los de Ohio por nada menos que 33 puntos de diferencia. Pero, ¿hay motivos para pensar que Cleveland pueda repetir la proeza de 2016? Sinceramente lo dudo. Para empezar la propia experiencia de lo sucedido la anterior campaña sirve tanto de aviso como de acicate para que los de la Bahía sigan haciendo su mejor baloncesto, como el propio Kerr ha demostrado con sus declaraciones. Y luego el efecto Durant, el elemento que proporciona el desequilibrio total en los distintos aspectos que pueden garantizar el éxito en las finales. Por un lado en el aspecto deportivo, ya que hablamos del jugador con mayor talento ofensivo del planeta (o al menos capaz de igualarse con Harden, Westbrook, y su propio compañero Curry), en un gran estado de forma y totalmente recuperado de una lesión que si bien le tuvo en el dique seco durante meses, ha permitido que tenga en sus piernas tantos minutos como sus compañeros. Por otro lado en el aspecto emocional, ante la posibilidad de ganar por primera vez un anillo y de sacarse la espina de las finales de hace cinco años, cuando los Miami Heat de precisamente LeBron James echaron por tierra el sueño del alero de Maryland. Aquellas finales supusieron el fin de la sociedad Westbrook-Harden-Durant, con la salida del escolta, traspasado a Houston y acusado de no responder en los momentos decisivos de un campeonato. Desde entonces los intentos de Westbrook y Durant por alcanzar el ansiado anillo por Memphis, San Antonio y los propios Golden State. Nadie parece desear por tanto este título más que KD, y su demoledor arranque en las finales parece confirmar este hecho. 



Cleveland, de hecho, parecen tener mejor tono ofensivo que el pasado curso, con un Kevin Love por fin rindiendo al nivel esperado. Pero siguen sin encontrar solución a la máquina infernal californiana. Nadie parece querer (o quizás poder) bajarse al barro y hacer sufrir a un equipo envuelto en la mayor inercia ganadora que se recuerda en muchísimo tiempo. Dicen que en el vestuario de Cleveland olía a marihuana después del segundo partido. Hay que tomarse la vida con filosofía. Quizás incluso también se escuchase algún suspiro entonando un “Mathew, we miss you…”