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sábado, 7 de agosto de 2021

JJOO TOKYO 2020 (I) USA Y FRANCIA TRIUNFADORES




Toca hacer repaso de la competición masculina de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Tokyo. Como no habíamos escrito ni una línea al respecto y hay mucho que tratar, intentaremos hacerlo en distintas entradas, en formato de pequeño serial, que no es cosa de aburrir al lector ni quemarnos escribiendo varias horas seguidas. No vamos a detenernos demasiado en sentimentalismos por otro lado siempre necesarios en este y cualquier deporte sobre fines de ciclo y despedidas de competiciones de selecciones internacionales a personajes como Luis Scola, Marc Gasol y por encima de todo Pau Gasol, el hombre que cambió para siempre nuestro baloncesto y quien si bien no ha podido despedirse como le hubiera gustado, luchando por las medallas, al menos ha conseguido el objetivo de llegar hasta unos Juegos Olímpicos disputados un año más tarde de lo previsto (de haber sido el año pasado quizás Pau no hubiera podido llegar pese a ser un año más joven) tras dos temporadas en las que parecía casi un jugador retirado. Y no vamos a detenernos en estos temas porque jugadores como Scola o Pau Gasol merecen espacio aparte y en la medida de lo posible lo tendrán. Comenzaremos desde el final hasta el principio, empezando por el oro estadounidense hilando hasta la fase de grupos. Oro conseguido en la gran final ante una Francia que les derrotara precisamente en la primera jornada de esa primera fase. En condiciones normales hablaríamos de cerrar un círculo, ley del eterno retorno, pero ha sido todo tan extraordinario en estos juegos que el último partido del torneo no ha sido para dirimir el campeón, si no para otorgar el bronce a la selección de Australia. Curioso, pero teniendo en cuenta que Tokyo 2020 se ha disputado en 2021 casi que es lo de menos.


USA cumple con los pronósticos.

Aquella derrota inaugural del roster de Popovich sirvió para activar las alarmas y demostrar la vulnerabilidad de unos Estados Unidos que ya venían señalados por sus derrotas ante Nigeria y Australia en los preparatorios para los Juegos, además de llegar con la espina clavada de su eliminación en cuartos de final en el Mundial 2019 precisamente ante Francia, convirtiéndose así el equipo de Collet en la única selección capaz de vencer dos veces seguidas a Estados Unidos en competición internacional desde que acuden con jugadores profesionales de la NBA. No es poco honor y deja a las claras el momento actual del baloncesto galo posterior a Tony Parker (y Diaw), pero en eso ya nos detendremos posteriormente. Lo cierto es que esa primeriza derrota pareció despertar al equipo de Popovich, invicto desde entonces y que si bien no ha arrasado a sus rivales como hicieran anteriores escuadras USA (anteriores escuadras evidentemente con mayor calidad que la actual) ha ganado el oro con indiscutible solvencia, sobreponiéndose a erráticos comienzos de partido (o quizás más bien a espléndidos comienzos de los rivales) y siendo muy superiores a partir del segundo cuarto. No fue el caso de Irán en la segunda jornada (masacrados ya con un 28-12 en el primer parcial), pero si el de una luchadora República Checa que llegó casi a doblar a los de Popovich en el primer cuarto (12-21 a los 7 minutos de partido) para acabar perdiendo de 35 puntos. Sumados a los 54 de diferencia frente a Irán quedaba claro que Estados Unidos caía como mejor segunda en el primer bombo, sin posibilidad de enfrentarse a los mejores terceros (Alemania y Argentina) y con Italia o España en perspectiva. Tocaron los de Scariolo, incapaces de resolver el test de Eslovenia en un partido que parecía encarrillado (un triple de Rudy Fernández nos ponía 12 arriba a los 3 minutos del tercer cuarto) pero condenados por la incapacidad de cerrar el rebote (hasta 15 rechaces ofensivos capturaron los eslovenos, quienes se fueron a un total de 51 rebotes) llegando a un final igualado en el que primero Abalde, fallando un lanzamiento triple central con 1 abajo a 19 segundos del final y posteriormente Ricky errando otro lateral que hubiera empatado el partido a 10 segundos del cierre, no encontraron aro ante una Eslovenia cómoda en el agujero defensivo de la zona española (tremendo el último cuarto de Mike Tobey con 10 puntos y 6 rebotes, dos de sus canastas tras capturar rebotes ofensivos) Doncic, bien desactivado por la defensa española, especialmente en el trabajo individual de Claver (“sólo” 12 puntos con 2 de 7 en tiros de campo… y 6 de 11 en libres, pero con 14 rebotes y 9 asistencias) aumentaba su leyenda con 16 partidos vistiendo la elástica absoluta eslovena sin conocer la derrota (los 9 del Eurobasket 2017 cuando acabaron campeones invictos, los 4 del pre-olímpico de Kaunas, donde fueron un rodillo, y los tres de la primera fase de Tokyo) España recibía el castigo de enfrentarse a unos Estados Unidos a los que no esperaban ni deseaban en una ronda tan temprana como cuartos de final. Después de haber caído ante los padres del baloncesto en las impresionantes finales de 2008 y 2012 (sin duda dos de los mejores partidos de la historia de nuestro baloncesto… y diría que de todo el baloncesto internacional de selecciones), y de haberles plantado más cara todavía en las semifinales de 2016, la mejor generación del baloncesto español tenía otra oportunidad para rellenar el expediente con una de sus pocas faltas, la de vencer a unos Estados Unidos con los que nunca se llegaron a enfrentar en los oros mundiales de 2006 y 20019. Pero los de Popovich volvieron a cumplir con el guión. Perdieron el primer cuarto (21-19), se mantuvieron en el segundo (empate a 43 para encarrilar los vestuarios al descanso) y afrontaron el partido en un tercer cuarto en el que España estuvo casi seis minutos sin encestar en juego, hasta que Ricky Rubio anotó un triple para poner un 52-65 ya complicado para España. El mismo Ricky que había mantenido a duras penas a nuestra selección con seis tiros libres anotados minutos antes, y el mismo Ricky que nos mantuvo hasta el final. 38 puntos, record de anotación individual en un partido olímpico con la camiseta española, pero que resultaron estériles ante unos Estados Unidos que tuvieron que recurrir de nuevo al mejor Durant (29 puntos con 10 de 17 en tiros de campo) para meterse en las lucha por las medallas y despedir a los hermanos Gasol del combinado nacional. Popovich se deshizo posteriormente en rueda de prensa en elogios a un valiente Scariolo (recordemos como con 37 segundos por disputarse en el segundo cuarto ordena un ataque rápido en vez de agotar posesión para que podamos disputar de dos lanzamientos, por mucho que ambos fueran fallados por Llull y Ricky respectivamente) Estados Unidos fue superior, como lo fue ante todos los combinados comparecientes, en todo caso España debe lamentarse del mal final ante Eslovenia y la derrota estadounidense ante Francia que propició esa segunda plaza yanqui desembocando en ese 50% de posibilidades de enfrentarnos a los grandes favoritos al oro. Australia esperaba en semifinales después de aplastar a una Argentina que también lleva años destilando olor a despedida y aroma de fin de ciclo, pero consumado ya con el adiós del grandísimo Scola. Después de sobrevivir a los Ginobili, Nocioni y compañía, el bueno de Luisfa dejaba la albiceleste a los mismos 41 años de Pau Gasol. El mismo día tocaba despedir a dos gigantes de la canasta. El equipo del “Oveja” Hernández no fue rival para los oceánicos, cayendo de 38 puntos ante los de Oceanía. No ha sido un buen torneo para los gauchos, muy inferiores ante Eslovenia y España en las dos primeras jornadas de competición. Precisamente en los minutos finales de la derrota ante los de Scariolo un calculador Hernández recordaba en tiempo muerto a sus jugadores que podrían clasificarse como terceros, como así fue después de los 20 puntos de renta obtenidos ante un anfitrión Japón que más allá de los destellos de los NBA Watanabe y Hachimura poco más han ofrecido. El aficionado europeo lleva años viendo a los australianos quedarse a las puertas de medallas en mundiales o Juegos Olímpicos. Acostumbrados a arrasar en el FIBA Oceania, donde sólo Nueva Zelanda les discute el dominio de vez en cuando (de hecho ya las últimas ediciones el campeón continental lo dirimen ambos países en una eliminatoria al mejor de tres partidos), hemos visto como subirse al podio suponía un particular Rubicón para los “boomers”, en dos ocasiones consecutivas con protagonismo español (les quitamos el bronce en Río 2016 y la sufrida victoria en la prórroga del mundial 2019 que les condena a luchar por un tercer puesto que se acaba llevando Francia) Ya hablaremos en la próxima entrega de su meritorio bronce en el retorno de Brian Goorijan al banquillo “aussie”, pero su foco en semifinales no estaba exento del morbo de recordar cómo habían ganado semanas antes 91-83 a los de Popovich en partido preparatorio en Las Vegas. Pero Estados Unidos no se apartó del guión previsto. Gran comienzo del rival (18-24 para Australia en el primer cuarto), supervivencia en el segundo acto (42-43, un punto abajo al descanso), y destrozar al enemigo tras el paso por vestuarios (32-10 en el tercer parcial) Australia acababa claudicando por 19 puntos y Durant sumaba otros 23 puntos y 9 rebotes para seguir consolidándose como el jugador más decisivo del torneo. Y así llegamos a una final en cierto modo previsible ante una Francia que después de dar la sorpresa en la primera jornada ante los posteriormente campeones no dio opciones ni a Chequia (victoria 77-97) ni Irán (otro triunfo, 62-79) para pasar como primeros de grupo. Italia en cuartos aguantó hasta el descanso (42-43, un punto abajo) pero el 12-21 del tercer cuarto encarriló el partido para los de Collet. La semifinal ante Eslovenia se presentaba intensa, incierta, como uno de los posibles mejores partidos del torneo, y no defraudó. Doncic había subido a 17 su número de victorias, exento de derrotas, con la camiseta de su país, después de aplastar sin piedad a Alemania (pasaban como mejor tercero con sólo una victoria sobre Nigeria) por 24 puntos. El astro esloveno rozaba el triple doble (20 puntos, 8 rebotes y 11 asistencias) y se aliaba con la exhibición anotadora de Zoran Dragic, 27 puntos con un letal 5 de 7 en triples. El Francia-Eslovenia fue, no podía ser de otro modo, un partido igualado con final a cara o cruz en el que al margen de la decisiva jugada final (el tapón de Batum a un Prepelic cuyo arrojo en el “clutch” deja claro que pese a los galones que pueda tener Doncic el jugador de Dallas sabe delegar en sus compañeros), los de Collet fueron ligeramente superiores. Tras la exhibición en el preolímpico de Kaunas y las dos primeras victorias indiscutibles ante Argentina y Japón el rodillo esloveno se ha ido diluyendo (a la par que aumentaba el cansancio y frustración en fondo y forma de un Doncic cada vez más enfrentado con el mundo) y el nivel de dificultad ha ido subiendo. España fue un aviso, y superado el débil escollo alemán Francia les devolvió a la realidad. Durante todo el último cuarto los subcampeones estuvieron por delante en el marcador. Un triplazo de Prepelic a medio minuto del final (después de sacarle la quinta falta a Fournier en ataque en su defensa a media pista) ponía el 90-89 con mínimo dos posesiones por jugar, una por equipo. Francia desaprovechó la suya con un lanzamiento fallado por De Colo en el “mid range” ante la defensa del siempre elástico Tobey. El siguiente ataque esloveno figura ya en la historia del baloncesto olímpico. Doncic sube la bola y después de apoyarse en el bloqueo de Tobey juega con Prepelic que desde el triple penetra con la marca de un Batum que le cierra el camino a la canasta con uno de los mejores tapones de este torneo. El alero de Clippers (al igual que tantas veces ha demostrado nuestro Rudy Fernández) dejaba claro que se puede ser igual de decisivo en el “clutch” en defensa como en ataque. Francia volvía a una final olímpica 21 años después, desde Sydney, donde también esperaba Estados Unidos, la tercera de su historia (su primera final la jugaron en 1948 ante, como no, Estados Unidos)

Un tapón para la historia.

Mucho se había hablado de la derrota (83-76) en la primera jornada del equipo estadounidense ante Francia, queriendo revelar debilidades en el cuadro de Popovich que alentasen la posibilidad de que no se colgasen el oro y de que, en este caso, fuera Francia, el otro finalista, quien subiese a lo más alto del podio y repitiese las victorias del mundial 2019 y primera fase de Tokyo 2020. Pero Estados Unidos se mantuvo fiel a su guión de consistencia y crecer a lo largo del partido. Lo ajustado del marcador (82-87 para USA) no deja lugar a dudas de la resistencia gala, pero lo cierto es que desde el 15-12 francés a dos minutos del final del primer cuarto los de Popovich siempre mandaron en el marcador. No llegaron a romperlo definitivamente, pero las diferencias entre 8 y 10 puntos (llegaron a tener 14 con el 57-71 del minuto 29) que manejaron durante toda la segunda parte dejaban claro que no iban a repetir los errores de la primera jornada, con fallos en las marcas exteriores (fruto en parte de los dobles marcajes a Gobert en la zona) y fallos incomprensibles (ese resbalón de Lillard) que dieron vida a una Francia que daba la sorpresa. No hubo lugar a ello en el partido por el oro, y pese a que pueda parecer que el triunfo estadounidense no tenga el brillo de otras ocasiones (y repetimos, no puede compararse este roster con aquellos en los que Durant compartía pista con los Kobe Bryant o LeBron James en los tiempos de “Coach K” Krzyzewski) hay que darle el mérito que corresponde. Precisamente porque, como en 2019, volvía a ser un Estados Unidos batible, con deficiencias en el juego interior y sin apenas pívots puros (sólo Adebayo y Green como falsísimo pívot… tema aparte Javale McGee, ese extraño elemento que sigue aumentando su palmarés sin apenas pisar parquet, pese a que justo es reconocer que siempre produce en sus pocos minutos… 7,2 puntos por 4 minutos en este torneo por partido) La decisión de convocar a Holiday, Middleton y Booker sin apenas preparación y recién acabadas las finales NBA también tenía un punto controvertido, y de hecho los dos segundos han estado muy por debajo de su nivel. No ha sido el caso de Holiday, jugador fundamental para Popovich precisamente para paliar cualquier carencia defensiva que su equipo pudiera dejar entrever en la cancha. El base de Milwaukee ha vuelto a demostrar que ha sido uno de los jugadores más infravalorados del planeta baloncestístico en los últimos años, abnegado atrás, ayudando en el rebote, pero sabiendo salir a campo abierto cuando la situación lo requería y mirando el aro y repartiendo juego. Ha sido el máximo asistente de los campeones, el segundo jugador más utilizado por Popovich tras Durant, el tercer anotador por detrás del propio Durant y Tatum, y ojo, el tercer mejor reboteador por detrás de Adebayo y Durant… siendo un base. No ha sido un ensamblaje fácil el de las piezas para Popovich, que se resarce del fracaso de 2019 y se cuelga un oro olímpico. Es el cuarto entrenador en la historia que lo hace habiendo sido campeón de la NBA, uniéndose a un club en el que figuraban Chuck Daly, Lenny Wilkens y Rudy Tomjanovich. Claro que entre los tres citados suman los mismos anillos (cinco) que los obtenidos por el técnico de San Antonio Spurs. En los primeros párrafos comentábamos la particularidad de que Francia es la única selección que ha sido capaz de ganar dos veces consecutivas a Estados Unidos desde que en sus convocatorias aparecen jugadores NBA. No es algo tan importante como colgarse su tercera plata olímpica, pero si demuestra que esta plata no es casualidad. En este 2021 de despedidas (las referidas de Scola y los Gasol en Tokyo… o las de Felipe Reyes y Spanoulis en baloncesto de clubes) Francia se consolida como el país europeo que mejor trabaja este deporte. Nos hemos hartado de decir que frente a la mejor generación del baloncesto español de la historia, el país vecino igualmente presentaba la suya, y si no llegaban más alto en el podio correspondiente solía ser precisamente por culpa de España. Retirado Parker, el base europeo que más lejos ha llegado nunca en la NBA, sin Diaw, compañero de vestuario y anillo de campeón con Tony en San Antonio, la selección francesa del incombustible Collet (en el cargo desde 2009, después de que el octavo puesto en el Eurobasket 2007 sumiese al baloncesto galo en una crisis debido a sus ausencias en los JJOO de 2008 y el Eurobasket de aquel mismo 2009) demuestra una salud actual envidiable. Igual que el río de Heráclito en el que es imposible sumergirse dos veces, o recordando la paradoja del barco de Teseo que va sustituyendo todas y cada una de sus piezas hasta que no quede ninguna original, las generaciones deportivas nunca son del todo puras, convergen entre ellas, y así hemos visto crecer a los ahora veteranos Batum, Heurtel, De Colo o Fournier al amparo de aquellos Parker y Diaw. Iban llegando los jóvenes, los Poirier o Gobert, ahora ya también veteranos y núcleo duro. Han ido apareciendo los Yabusele, Ntilikina o Luwawu-Cabarrot, y así en una cantera inagotable que nos podría llevar hasta la figura en lontananza de Victor Wembanyaba, la próxima gran esperanza gala y una de las grandes promesas de todo el baloncesto continental. El trabajo que se está haciendo en el país vecino es tremendo, y los frutos están ahí, tanto a nivel de clubes (el Mónaco vigente campeón de la Eurocup y con billete para Euroliga junto al Asvel) como de selección (esta reciente plata olímpica), con un baloncesto muy identificable en el que se logra conjugar la exuberancia física de sus jóvenes talentos con el aprendizaje técnico. Es justo reconocer en esto también la figura y el legado de Tony Parker, con su actual academia en Lyon. El histórico jugador sabe bien de la importancia de potenciar estos proyectos de base, siendo él mismo un exponente del INSEP francés, el instituto público para la excelencia y el alto rendimiento deportivo donde el MVP de las finales NBA de 2007 coincidió entre otros con Boris Diaw o Ronny Turiaf. En los Juegos Olímpicos por norma una plata, para cualquier equipo que no sea Estados Unidos, puede bien considerarse un oro (como fue nuestro caso en 2008 y 2012) y así debe ser con esta Francia, cuyo éxito en estos Juegos hay que ponerlo al mismo nivel que el del equipo de un Popovich sobre quien la mínima duda respecto a su capacidad para gestionar este deporte al más alto nivel debería desnudar en todo caso la incapacidad del aficionado que presente dicho planteamiento. Estados Unidos ha cumplido los pronósticos en un camino cuya dificultad precisamente debe engrandecer su mérito, al igual que el de Francia. En la próxima entrega tocará hablar del bronce australiano y su también enorme torneo. Hasta entonces.

Popovich consuela a De Colo. La grandeza de los campeones.

martes, 11 de junio de 2019

SUPERVIVIENTES




No estamos hablando de la Pantoja ni de su infame vástago, ni del resto de vergonzosa y vergonzante recua de la sociedad española, de la cual afortunadamente no conozco ni un solo nombre más allá de la folklorica y su bobalicón hijo technobacaluti. Hablo de unos Golden State Warriors ante los que no cabe otra cosa que rendirse y olvidarse de filias y fobias y “haterismos” (de igual modo que había que hacerlo con los ejercicios de resistencia ofrecidos por LeBron James los últimos años con Cleveland) Un equipo construido para ejercer un dominio autoritario sin parangón en los últimos tiempos, la Armada Invencible de la actual NBA, sólo podía ver naufragar su proyecto por culpa de los incontrolables elementos, que diría Felipe II. Los problemas físicos a los que se ha tenido que enfrentar en estas finales el equipo de un Steve Kerr al que como se suele decir, sólo le falta quedarse embarazado, han sido de todo tipo. Cousins, Thompson, Looney… y por encima de todo Kevin Durant. No había ningún farol ni se trataba de ninguna estrategia. Las informaciones que llegaban desde Oakland (principalmente la ESPN había sido muy clara a este respecto) eran ciertas. Durantula no estaba listo para jugar. El 3-1 con el que Toronto regresaba al Scotiabank Arena ha sido el único motivo por el que el MVP de las últimas dos finales se ha vuelto a vestir de corto arriesgando su físico y su futuro, frente a un verano en el que vuelve a ser agente libre y que podía cambiar la fisionomía de la NBA. El alero de Maryland decidió arriesgar callando a quien le acusaba de falta de compromiso con su actual franquicia, e igualmente arriesgó Steve Kerr sin tener en cuenta las condiciones en las que llegaba su mejor jugador al partido. No había idea de dosificación ni de tenerlo entre algodones, pese a que la entrada de Livingston a 5.50 del final del primer cuarto es el segundo cambio que ordena el entrenador tejano. Descansa un par de minutos y vuelve a pista, donde permanece hasta romperse. En total juega 11.57 minutos de una excelencia tal que merece la pena detenerse en la cronología de los que desgraciadamente han sido los últimos minutos en mucho tiempo para uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.




Durant sale en el quinteto titular, junto a los habituales Curry, Thompson, Igoudala y Green. Los Hamptons Five juntos de nuevo. Cousins como gran damnificado. Kerr apostando de nuevo por el baloncesto sin pívot, el que mejor réditos le ha dado. Con KD y Green como falso juego interior, el de Maryland se emparenta con Siakam. El camerunés comete pasos en su primera jugada ante Durant después de pivotar en exceso ante los inabarcables brazos de su rival que no le ofrecen espacio alguno para encontrar aro en el corazón de la zona, ahí donde Toronto no ha parado de hacer daño en estas series. La importancia de Durantula en defensa perfectamente reflejada en los primeros 15 segundos del partido. Dos triples consecutivos de KD ponen cinco arriba a Golden State. Entre medias comete falta sobre Marc Gasol, demostrando actividad defensiva buscando tanto a Siakam como al español. Es sustituido por Livingston dejando a su equipo con ventaja de tres (19-16) Vuelve a pista con el marcador empatado a 23. Captura el rebote en su tablero al fallo en el triple de Lowry. Se marca un “air ball” pero en la jugada siguiente se desquita sacando falta a Ibaka y anotando los dos tiros libres. Un triple fallado por Norman Powell le permite capturar su segundo rebote que traduce en un triplazo en contrataque. Comete falta sobre VanVleet con quien se encara, después de que el pequeño y bravo jugador de los Raptors intentara penetrarle en la zona. En la primera jugada del segundo cuarto falla su lanzamiento de dos, y posteriormente llega la jugada que hiela la sangre y congela el aliento de todo Oakland. Intentando un reverso ante Ibaka pierde la bola abriéndose de piernas y yendo al suelo, con evidentes gestos de preocupación para un jugador que llegaba a este partido claramente lesionado. La reacción es clara. No puede seguir. Todo el banquillo californiano se teme lo peor, especialmente su entrenador, Steve Kerr, y también un Stephen Curry al que las cámaras captan en el banquillo con su cabeza cubierta por una toalla y gesto funerario, una mezcla de tristeza y frustración en un jugador cuya filosofía de ganar colectivamente por encima de sus propios números fue clave para que en el verano de 2016 Durant pusiera patas arriba la NBA llegando a La Bahía. El alero dejaba el partido con 39-34 para su equipo, pero herido de muerte en lo anímico. La respuesta en la cancha de Curry, como veríamos después, fue sencillamente brutal.



La peor imagen de la noche. Durant lesionado camino del vestuario.



Otro jugador con el que las cámaras se estaban recreando especialmente, aunque por distintos motivos, era DeMarcus Cousins. La gran apuesta frustrada de esta temporada en la franquicia californiana y el gran sacrificado la noche de ayer con el regreso de Durant. Su rostro serio y circunspecto era uno de los principales objetivos de la retransmisión, cuando ya se encarrilaba el segundo cuarto y Kerr seguía sin poner en pista a un cuatro veces All Star. Con el abandono de KD el técnico tejano ordenó un doble cambio, entrando McKinnie y Cousins por Durant y Bogut. El voluminoso pívot de Alabama se convirtió entonces en el ancla de los visitantes, impidiendo que los negros nubarrones que se cernían sobre su equipo al ver encarrilar los vestuarios a Durantula hundiesen definitivamente al todavía vigente campeón. Siete puntos consecutivos de “Boogie” levantaron la moral de las tropas californianas que se vieron once arriba en un abrir y cerrar de ojos. La baja de Durant era un golpe duro, pero no había ninguna razón para pensar que los Warriors no pudieran tener opciones de ganar el partido y seguir vivos en las finales. Los de Kerr se mantuvieron en unas ventajas en torno a la decena de puntos, hasta que el “héroe” Cousins volvió al banquillo (en seis minutos dejó una producción de 9 puntos y 5 rebotes, impresionante) y Toronto aprovechó para ponerse a uno, pero Curry con un triple marca de la casa y Looney en un rebote ofensivo volvieron a abrir una pequeña brecha de seis puntos con la que irse al descanso, mientras que Leonard y Green fallaban sus respectivos intentos triples. 62-56.



Nada sabemos de cómo transcurrió la charla entre Kerr y sus hombres en el vestuario para afrontar una segunda parte en la que ya no había margen de error. Todo lo que no fuera ganar significaría el fin de la temporada y del sueño del “three-peat”. Y lo cierto es que Golden State tuvo una puesta en escena en la reanudación a la altura de un equipo campeón. Los triples de Curry, Thompson e Igoudala estiraban el marcador y una canasta de Looney ponía la máxima diferencia del partido, 14 puntos (77-63) mediado el tercer cuarto. A Nurse no le dio tiempo ni de parar el partido. VanVleet, otro jugador para quien no parece existir la palabra miedo, respondió con un triple para iniciar un parcial de 0-10 que volvía a meter a Toronto en el partido. La fe del pequeño jugador de Illinois dio vida a un equipo en el que Leonard había desaparecido. La estrella de los Raptors sólo pudo sumar un punto desde el tiro libre a su cuenta anotadora, fallando sus tres tiros de campo, además de perder dos balones. Tiene mérito que Toronto se fuera sólo seis abajo (84-78) al último cuarto, después de que Cousins anotase los últimos cuatro puntos de su equipo y siguiese engordando sus cifras.



Kawhi Leonard ya nos tiene acostumbrados a esto. Desapariciones inexplicables para resurgir en los momentos decisivos con exhibiciones tan descomunales como la del último cuarto de este quinto partido. Pero hasta que decidió explotar la batalla se decidía entre unos Golden State encomendados a Curry y unos Toronto que se sostenían por un gran Lowry y un consistente (una vez más) Ibaka. La conexión entre estos dos últimos ajustaba el marcador (92-89) a 8 minutos para el final. El partido ya llevaba minutos instalado en el puro espectáculo que impide pestañear (canastones de Curry, triplazos de Lowry…) Y entonces comenzó el show Leonard. Canasta tras rebote ofensivo al fallo de Danny Green en el triple (92-91) El otro Green, Draymond, responde desde el triple para poner el 95-91. Leonard falla en el siguiente ataque, y Draymond comete dobles por Warriors. Kawhi lo vuelve a intentar y se encuentra con el robo de Igoudala. No enfades a un tipo como Leonard, Iggy. Un triple fallado por Thompson acaba en rebote ofensivo de Kawhi, que corre la contra para encontrar a Powell quien hace el mate de las finales para encender las gradas del Scotia. 95-93. El siguiente fallo de Igoudala acaba con el balón de nuevo en manos de Leonard que anota un triple en contrataque y definitivamente las gradas se vienen abajo… y quedaba mucho más. Estamos 95-96, Toronto recobra el mando y el fallo de Curry lo castiga Leonard con un nueva canasta, esta vez a tabla. 95-98. Green vuelve a anotar para Golden State y Leonard en absoluto éxtasis anotador responde otra vez desde el triple (97-101) Igoudala vuelve a fallar y Leonard a anotar. 97-103 a falta de 3.28 y Toronto que comienza a soñar con el anillo. Curry falla de nuevo y a falta de 3 minutos Nurse pide tiempo muerto. Visto ahora no parece que fuera una decisión acertada el haber parado el partido con Golden State contra las cuerdas a tres minutos para el final. Detengámonos aquí para analizar los últimos minutos de Kawhi Leonard. Anota el 92-91 a 6.54 para el final y su punto número 26 lo consigue a 3.28 de sonar la bocina. En ese intervalo de 3 minutos y 26 segundos el alero de Riverside suma 12 puntos, 3 rebotes y 1 asistencia. Demencial.



Pero como decimos el tiempo muerto de Nurse parece enfriar a la estrella canadiense. Falla su intento de “fadeaway” (buena defensa de Thompson) en el siguiente ataque y el propio Thompson pone el 100-103 con un triple (y una mala defensa de Kawhi)… y aún quedaban más de dos minutos por jugarse. Lowry se queda liberado en la posesión siguiente para lanzar un cómodo triple… que no entra y Curry busca uno de esos triples lejanos tras bloqueo (de Cousins en este caso) que tanto le gustan. No acierta, el balón se queda corto rebotando en el aro pero la bestia de Alabama llega desde atrás para hundir la bola. Los árbitros piden “instant replay” y finalmente anulan la canasta por un “goaltending” que yo sinceramente no veo, ya que en ningún momento DMC toca el aro antes de hacer el mate. Hubiera sido el 102-103 con dos minutos por disputar. Nueva bola para Toronto que acaba con una grotesca pérdida de balón después de que Lowry, casi agotada la posesión, saque hacia fuera un balón imposible para Marc Gasol (decimos Marc porque era el jugador más cercano a esa bola, nos tememos que Lowry no sabía ni a quien pasaba o intentaba pasar), devolviendo la posesión a Golden State. Con casi medio minuto menos, eso sí. Curry hace el típico “carretón” para empatar el partido con un triple tras recibir de Igoudala. Otra de sus especialidades. Partido nuevo y sólo 82 segundos en el crono. El siguiente ataque local pasó, como no, por Leonard. Quedando mínimo tres posesiones no tenía sentido especular con el reloj. Kawhi se la jugó frente a Thompson desde el triple y falló. Tampoco es que fuera precisamente el mejor de los ataques posibles, y menos en un equipo tan dado a la circulación como Toronto. Curry se hizo con el rebote y cruzó la pista al viejo estilo de Golden State, buscando el aro rival antes de que la defensa esté formada. Penetró por la derecha y buscó a Igoudala, quien vio fuera a Green el cual soltó la bola sin bote encontrando a Thompson. La metralleta angelina se zafó de Leonard con una simple finta y… ¡diana! 106-103. Cuatro jugadores, tres pases, dos botes, 15 segundos y un triple. Pura filosofía Steve Kerr. Los Splash Brothers habían resucitado a su equipo con un parcial de 9-0. Como escribía anoche Piti Hurtado en su cuenta de Twitter, estos tíos pueden ganar o perder, pero ya son leyenda. Quedaba poco menos de un minuto y los Raptors buscaron un pick&roll de toda la vida entre Lowry y Gasol. No el “Spain pick&roll” del que hablábamos en la anterior entrada, el cual implica a un tercer jugador de ataque haciendo bloqueo ciego. Ese fue el error. Cuando Marc se fue hacia el aro se encontró emparedado entre Cousins e Igoudala quienes le negaron el camino al aro. Quedaba tiempo al menos para dos jugadas y Nurse ordenó presión a media pista. Funcionó, con Green pisando su cancha una vez que había traspasado media pista ante la defensa de Danny Green. Recuperaba bola Toronto, con Lowry buscando de nuevo a Marc y su bloqueo en línea de triple, pero en esta ocasión no hubo continuación y el base canadiense encaró el aro encontrándose con un Cousins cuyo tapón fue considerado ilegal. 106-105. Sería el marcador definitivo, ya que el propio Cousins cometería una falta en ataque que otorgaba a Toronto una última posesión que podía valer un anillo. La tuvo Lowry desde la esquina en un tiro que parecía librado. Thompson e Igoudala se fueron con Leonard, quien recibió de VanVleet. Curry y Livinsgton no perdían de vista a Green y VanVleet respectivamente, mientras que Draymond Green se quedaba en la zona con Marc Gasol. Una zona por la que cruzó Lowry aprovechando el 2x1 que recibía Leonard para recibir solo en la esquina y ejecutar un tiro al que Green llega lo suficiente como para desviar la trayectoria de la bola. No era una mala decisión, y creo que hay que darle más mérito a la acción defensiva de Green que al error de Lowry, por mucho que el base de Toronto no estuviera acertado en unos minutos finales en los que varios jugadores (Cousins, Leonard…) parecían vivir en un carrusel de desaciertos.



Green, la acción defensiva del partido.




Golden State sigue vivo después de un extraordinario ejercicio de supervivencia. Se aseguran al menos volver a Oakland, despedir el Oracle Arena para siempre y seguir atisbando una remontada épica. Es lo mínimo que se merecen.



El G6 se presenta apasionante, en unas finales con las fuerzas justas y en las que vemos cómo va subiendo el nivel de dureza. Psicológicamente ambas escuadras tienen mucho que rumiar para sus adentros. Toronto tuvo el partido ganado y deben estar dándole vueltas a todo lo que sucedió después de pedir ese tiempo muerto que acabó favoreciendo al rival, pero Golden State estuvo a punto de dilapidar una ventaja de 14 puntos. Igualmente a nivel individual un jugador como Kawhi Leonard después de hacer una exhibición portentosa en tres minutos y medio acaba tomando malas decisiones en ataque y resultando inútil en defensa. ¿Le estará entrando el vértigo a Toronto? Lo mejor para el baloncesto, que sigue habiendo batalla. Lo peor, que perdemos a uno de los mejores jugadores del mundo para todo un año.




Los Splash Brothers no han dicho su última palabra.



miércoles, 10 de abril de 2019

LEBRON FUERA DEL TABLERO




Por primera vez en los últimos 13 años vamos a asistir a unos play offs por el título sin la presencia de LeBron James. Es la tercera vez en su carrera que el astro de Akron se va de vacaciones antes de tiempo. Anteriormente sucedió en sus dos primeras temporadas en la mejor liga del mundo, y era del todo comprensible si tenemos en cuenta que no llegaba a los 20 años de edad y se había encomendado a la tarea de reflotar a una franquicia que llevaba cuatro temporadas consecutivas por debajo del 40% de victorias en temporada regular y había tocado fondo justo antes de la llegada del Rey con un balance de 17-65 (el tercer peor registro en la historia del club) A partir de ese momento 13 cursos consecutivos dominados por el jugador más completo de este siglo, campeón de conferencia en nueve ocasiones, ganador de tres anillos, y finalista de la NBA durante ocho ediciones consecutivas y ya máximo anotador histórico de post-temporada (alcanzó tal gesta en la edición de 2017) 13 años en los que le hemos visto compartir focos con los Duncan, Kobe, Nowitzki, Pierce, Irving, Leonard, Curry o Durant… pero el elemento común de esos 13 años ha sido el mismo: LeBron Raymone James Sr.  


Sobre la figura de LeBron ya hemos hablado largo y tendido en este blog (en aquellos felices tiempos en los que disfrutábamos de más tiempo para dedicar a este espacio), un deportista que ha acumulado alrededor suyo amor y odio a partes, no iguales, puesto que lo segundo se imponía con creces a lo primero. Nunca un jugador tan grande fue tan grandemente vilipendiado. No obstante todo pareció cambiar a partir de las increíbles finales de 2016. Los Cavaliers se imponían a los todopoderosos Golden State Warriors por 4-3 culminando por primera vez en la historia una remontada de 3-1. Aquella exhibición de fortaleza mental y física humanizó a LeBron ante los ojos del aficionado más incrédulo. Entre el coloso de Ohio y un enorme Kyrie Irving fueron capaces de neutralizar la impresionante maquinaria ofensiva de la bahía californiana. Fue el último anillo de King James y en cierta manera el comienzo, o la consolidación, de una nueva era, la de los Golden State Warriors como la mayor potencia baloncestística de la historia de la NBA. La respuesta desde Oakland fue un auténtico movimiento sísmico que todavía sacude los cimientos del baloncesto profesional estadounidense: Kevin Durant llegaba a la bahía por algo más de 54 millones de dólares repartidos en un contrato de dos años. Dos años saldados con dos títulos inapelables para Golden State (4-1 y 4-0 en ambas finales) con “Durantula” como MVP de las finales. Tras el pasado verano el alero de Washington DC ejecutaba su “player option” para seguir un curso más al lado de los Curry, Thompson y compañía por otros 26.2 millones de dólares. Por si fuera poco a la bahía ponía rumbo uno de los mejores “cincos” de los últimos tiempos (por no decir el mejor), un DeMarcus Cousins decidido a estrenar los dedos de su mano con el anillo de campeón enrolando en una franquicia que es una apuesta segura por el título. Golden State se convertía así a comienzos de esta temporada en la mayor constelación de estrellas jamás conocida en el universo NBA.  


Mientras tanto el nerviosismo se ha ido apoderando de un James cuya impaciencia por recuperar el trono perdido le ha llevado a la situación actual. La mala relación entre las dos figuras de Cleveland dio con Irving camino de Boston (para liderar un proyecto que dicho sea de paso tampoco acaba de cuajar) en verano de 2017. Una compleja lesión en la rodilla izquierda del base (necesitó incluso un catéter en una de las venas que conducen al corazón debido a una infección bacteriana provocada por dicha lesión) eliminó la posibilidad del morbo que sin duda hubiera producido el duelo entre LeBron y Kyrie en unas finales de conferencia que no obstante necesitaron de un séptimo partido en el que Cleveland se impuso en el TD Garden de Massachusetts después de haberse visto 3-2 abajo en la serie (una constante en la carrera de LeBron, verse contra las cuerdas y evitar finalmente el KO) Después de caer en unas finales sin historia (rotundo 4-0 para Golden State, con Cleveland sólo compitiendo en un ya mítico primer partido resuelto tras prórroga una vez que J.R. Smith, ante el estupor de compañeros y rivales, consume el tiempo reglamentario con marcador empatado pese a tener posibilidad de atacar el aro… James, por otro lado, acaba ese encuentro con 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias en 48 minutos… enésima capacidad para vaciarse en la pista con resultado estéril), LeBron se enfrentaba a “the decision 2.0” en su condición de agente libre para elegir destino, o continuar en una errática franquicia de Cleveland en la que su toma de decisiones era más que evidente (el traspaso de Wiggings por Love, la efímera aventura de Wade en Ohio, la salida de David Blatt del banquillo “cav”…) A principios de Julio las dudas quedaban despejadas con un anuncio que no podía dejar indiferente a ningún aficionado. LeBron vestiría de oro con Los Angeles Lakers. El mejor jugador del mundo en la franquicia más “glamourosa”, la cual había recuperado para la causa a su gran mito “Magic” Johnson (otro genio multidisciplinar, como el de Akron) ahora como presidente de operaciones. Parecía un matrimonio destinado a consumarse tarde o temprano.    





LeBron y "Magic". El año que vivimos peligrósamente.



LeBron llegaba a un equipo claramente en reconstrucción tras la retirada de otro de los grandes mitos angelinos, Kobe Bryant. No parecía la mejor elección si de lo que se trataba era de luchar por el anillo a corto plazo, de inmediato. Cinco temporadas (tres de ellas todavía con Bryant) sin entrar en play offs y estableciendo un paralelismo con su llegada a Cleveland con un registro de 17-65, el peor de la historia desde que la franquicia se estableció en Los Angeles, sólo tres años antes del fichaje de James por los californianos. No obstante la ilusión comenzaba a instalarse en la afición del Staples alrededor de jóvenes jugadores como Brandom Ingram, Lonzo Ball, Josh Hart o Kyle Kuzma, incluso después de no dejar cuajar proyectos como D’Angelo Russell o Julius Randle. El banquillo igualmente rezumaba juventud, ya que el mando de la dirección técnica seguía siendo para Luke Walton, hijo del mítico Bill, y curiosamente elegido como jugador en el draft de 2003, precisamente aquel en el que LeBron fue elegido número 1 (pese a ser casi cinco años más joven que su actual entrenador) 


Intentando dotar de más mordiente y colmillo al roster angelino, comienzan a llegar jugadores tan peculiares como Rajon Rondo, Lance Stephenson o Javale McGee. No sabemos hasta qué punto James fue decisivo en estas contrataciones, pero si llama la atención la configuración de un equipo tan físico y poco dotado en el tiro exterior (casi un anatema en el baloncesto de hoy día), cuando precisamente en los tres anillos conseguidos hasta la fecha por LeBron no sólo estuvo rodeado de especialistas en el triple, si no que en determinados momentos fueron decisivos para ganar el título (Ray Allen, JR Smith…) dejando a Caldwell-Pope muy sólo en la anotación exterior… un Caldwell-Pope por otro lado constantemente en el punto de mira de un posible traspaso durante la temporada que está a punto de finalizar.  


Siendo justos, en el plano meramente deportivo poco se puede achacar a LeBron James por la decepción angelina del curso presente. El mayor todoterreno del baloncesto actual se enfrenta por primera vez en su carrera a una temporada en la que su físico no responde. James sabía lo que era parar en algún momento de la temporada, resultaba del todo lógico en un jugador acostumbrado a esfuerzos casi sobrehumanos, pero hay un dato revelador sobre lo que ha sufrido el astro durante esta campaña: en sus anteriores catorce temporadas se había perdido un total de 71 partidos de ligar regular, algunos de ellos por decisión propia de cara a dosificarse para la lucha por el título. Unos pírricos cinco partidos por curso, mientras que en esta temporada se ha visto fuera de las canchas nada menos que 27 noches. Nunca había tenido una lesión grave, lo más aciago que había sufrido hasta la fecha era una lesión de rodilla que a principios de 2015 le hizo parar durante dos semanas por primera vez en su carrera. La noche de Navidad de 2018 trajo un regalo envenenado para James. Los Lakers realizaban quizás su mejor partido de la temporada, derrotando por 26 puntos a unos Golden State Warriors al completo (excepto Cousins) en el Oracle Arena de Oakland, pero LeBron se perdía la segunda parte por un tirón en la ingle. Se retiraba con 17 puntos, 13 rebotes y 5 asistencias… números bestiales si tenemos en cuenta que necesitó sólo 21 minutos para ello. El equipo angelino marchaba por aquel entonces cuarto en el Oeste y a dos victorias y media del liderato. Nadie podía imaginar que aquel tirón en la ingle sería el principio del fin. LeBron ponía fin a una racha de 156 partidos jugados de manera consecutiva y se perdía 17 encuentros, en los que su equipo salía derrotado en 11 de ellos. Se perdería posteriormente 9 partidos más (serán 10 con el del cierre de temporada regular de esta noche) en los que Lakers sólo ganarían en tres ocasiones. En total el balance sin el point-forward es de 9 victorias y 17 derrotas, mientras que en los 55 partidos que The King ha podido jugar el balance es positivo, 28-27. Estadísticamente es el máximo anotador, reboteador y asistente de su equipo por partido. Nada nuevo. 



LeBron se lesiona. Comienzan los problemas.





Pero la lesión de LeBron no fue la única que trastocó los planes de Walton durante esta temporada. Prácticamente sólo el criticado Caldwell-Pope ha estado realmente sano a lo largo del curso. Brandon Ingram se ha perdido nada menos que 29 partidos por una lesión en el hombro tan seria que finalmente ha acabado siendo una trombosis. Lonzo Ball ha estado ausente en 34, Rondo en 35, Hart se pierde 14, Stephenson 13… con tal plaga de lesiones no es de extrañar que un “patito feo” del estilo de Alex Caruso (un extraño elemento que entroncaría dentro del árbol genealógico de los J.J. Barea, Jeremy Lin o Mathew Dellavedova) haya acabado siendo el mejor jugador laker en las últimas semanas. 


No obstante no vale escudarse en los problemas físicos a la hora de hablar de la decepcionante temporada de los de púrpura y oro. Las constantes dudas a lo largo de la campaña han enrarecido el ambiente de una franquicia en perenne búsqueda de una identidad perdida y que creían haber encontrado en la llegada de LeBron el golpe de efecto deseado desde el infructuoso intento de conseguir a Chris Paul en el “trade” finalmente vetado por David Stern (algo histórico y que tiempo después descubrimos que se produjo por el miedo de Mitch Kupchak de incluir a Lamar Odom en la operación mandándolo a New Orleans… por lo que el disoluto alero acabó en Dallas) Dudas que alcanzaron su cenit con la imagen ante los medios por la posibilidad de hacerse con Anthony Davis (quien por cierto comparte representante con James) Los Lakers parecían dispuestos a entregar hasta el Staples Center con Jack Nicholson incluido de lo desesperados que estaban por conseguir otra megaestrella que acompañase a LeBron. A nadie puede extrañar que aquello sentase como una auténtica puñalada dentro del vestuario. James, lejos de tutelar a los jóvenes jugadores angelinos, parecía un malhumorado inconformista dispuesto a hacer lo posible por ganar, incluso descabezar su actual equipo. 


La crisis en el seno de la laureada franquicia california tiene como último capítulo el de la dimisión de “Magic” Johnson como presidente de operaciones. LeBron, por su parte, sigue ejerciendo como GM, lanzando mensajes seductores al resto de estrellas NBA sin querer perder su parte de poder a la hora de tomar decisiones sobre la configuración del roster de la próxima temporada. Ya se habla hasta de una reunión en verano del club angelino con Kyrie Irving, abriendo la posibilidad de reunir de nuevo el dúo que llevó a Cleveland al anillo en 2016. No sería descabellado tras confesar el base que hace unos meses llamó a LeBron para disculparse por su salida de Ohio y elogiar públicamente a su ex –compañero. 


Sea como fuere algo tiene que cambiar, otra vez, en el que seguimos pensando es el mejor jugador del planeta en la actualidad. Los espectaculares datos estadísticos de LeBron arrojan también cierta luz sobre sus carencias a la hora de tener más anillos de campeón en sus dedos. Especialmente asombroso es el que le sitúa como líder absoluto de sus equipos en puntos, rebotes y asistencias en nada menos que 66 partidos de play offs. Una animalada que se acrecienta cuando comprobamos que los siguientes jugadores en esta clasificación serían Larry Bird y Tim Duncan, ambos con 21. LeBron lo ha hecho 45 veces más que otros dos jugadores que al igual que The Chosen One redefinieron el baloncesto de sus respectivas épocas. No se me ocurre estadística más salvaje y espectacular, pero al mismo tiempo reveladora. Reveladora de la realidad de un LeBron demasiado solo en sus asaltos al título. Aquella magnífica química con Dwyane Wade (por encima de todos) o el Irving de 2016 resulta de nuevo imprescindible si LeBron quiere seguir jugando en Primavera. Cuando la mayoría de los jugadores se van de vacaciones y sólo los elegidos continúan sobre el tablero.  




Sólo no puedes. Con amigos sí.








martes, 12 de junio de 2018

LA HISTORIA DE UNAS FINALES SIN HISTORIA





El Rey hincó su rodilla.




El signo de los tiempos de nuestro blog hace que pasemos de puntillas por uno de los grandes acontecimientos baloncestísticos de cada temporada, como son las finales de la mejor liga de baloncesto del mundo, la NBA. Hemos tenido la suerte en los últimos años de asistir a grandes series finales entre Miami y Dallas, Miami y San Antonio, y más recientemente Cleveland y Golden State. Todas ellas con un denominador común: LeBron James, el gran dominador de la Conferencia Este, primer jugador en la historia en ganar diez veces consecutivas su división, y campeón del Este en nada menos que nueve ocasiones. Un joven LeBron James precisamente sufría el anterior 4-0 acaecido en unas finales NBA. Tenía 22 años, y los San Antonio Spurs de Parker, Ginobili y Duncan no dieron opción a aquel equipo liderado por un joven insolente que había destronado a los Detroit Pistons de Billups, Hamilton, Prince y Rasheed Wallace y buscaba dominar la NBA. Once años después un LeBron maduro, evidentemente mejorado, pero claramente exhausto, vuelve a caer sin contemplaciones, 4-0, frente a la nueva dinastía de la NBA. Los Golden State Warriors ganan su tercer anillo en cuatro años y dada la media de edad de su núcleo fundamental todo apunta a que no será el último. La liga sigue sin encontrar respuesta a la fastuosa dinamita de los Curry, Thompson y Durant, sólo Houston Rockets parece haberse acercado a la resolución de la fórmula, y nos quedamos con la duda de saber si hubieran hecho morder el polvo a los de Steve Kerr de no haber perdido a Chris Paul para los dos últimos partidos después de que los de D’Antoni llegasen a ponerles contra las cuerdas con 3-2 en la serie.  




No fue por tanto un camino fácil el de Golden State hasta llegar a su cuarta final consecutiva. Tampoco el de Cleveland, exuberante ante Toronto (4-0) pero sufriendo lo indecible frente a unos Boston Celtics de nuevo sorprendentes pese a no contar en play offs con su gran estrella Kyrie Irving, ni por supuesto Gordon Hayward. Con esas premisas ambos equipos se citaban de nuevo en una gran cita para la que los de Oakland eran grandes favoritos, pronóstico que cumplieron de manera casi insultante.  




Y es que unas finales en las que uno de los rivales no estrena su casillero de victorias siempre resultan decepcionantes y obviamente poco competidas, pese a que el primer y tercer partido gozaron de la emoción necesaria para tenernos enganchados a la pantalla y disfrutar de un gran espectáculo. Esa consideración del baloncesto en los pequeños detalles cobró visos de absoluta crueldad en la figura del ciclotímico J.R.Smith, protagonista del primer partido cuando en una jugada que pasará a la historia (a su pesar) de las finales de la NBA renuncia al tiro tras capturar un rebote ofensivo con marcador empatado a 4 segundos del final, saliendo de la zona y dejando consumir el tiempo ante la atónita mirada de un LeBron James quien se había vaciado una vez más sobre la cancha (acaba con 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias en 48 minutos) No sabemos qué hubiera pasado de haber sabido aprovechar Smith aquel balón que era un tesoro (o de haber anotado George Hill el segundo tiro libre, por no cargar toda la culpa sobre el imprevisible alero de New Jersey) y de haberse anotado Cleveland el primer punto de la serie. Creo sinceramente que Golden State hubiera acabado alzando igualmente el título, pero las series hubieran transcurrido por unos niveles de competitividad totalmente diferentes. La prórroga a la que se vio condenado el equipo de Tyronn Lue (cada vez más irrelevante en sus decisiones, y sobre quien sus conocidos problemas de ansiedad generan lógicas dudas sobre su capacidad para estar al frente de la nave de un equipo que aspire a ser campeón) nos ofreció a un equipo hundido tanto o más psicológica que físicamente. Con un 0-9 de salida Golden State comenzó a encarrilar el primer punto de las finales, la posibilidad, que se alumbraba lógica, del barrido del 4-0, y el deseado “back-to-back” como ganadores del anillo, con Kerr recurriendo de nuevo al descarado “small ball” y la renuncia al pívot (Curry-Livingston-Thompson-Durant-Green es el quinteto que borra de la pista a Cleveland en el tiempo extra) 



J.R.Smith saliendo de la zona con el último balón. Jugada para la historia.





El segundo choque no fue más que una continuación de aquella prórroga. Pese a la resistencia inicial de los de Ohio, el paso de los minutos fue imponiendo el peso de la lógica de un equipo superior, con mayor y mejor rotación, y más trabajado y dosificado. En el segundo cuarto los de Oakland comienzan a estirar el marcador otra vez con Livingston formando parte del quinteto (aprovechando la ausencia de Igoudala en esos dos primeros partidos), un parcial de 0-7 con dos canastas del base de Illinois y un triple de Curry rompían la barrera de la decena de puntos, y anticipaba la segunda victoria californiana que sólo debía esperar el desangrado del rival, incapaz de cerrar las vías por las que su barco hacia aguas frente a los torpedos de un Stephen Curry que con 9 triples (de 17 intentos, por encima del 50%) establecía un nuevo record de canastas de esa distancia en unas finales de la NBA, superando la anterior marca de 8 de Ray Allen en 2010. 2-0. Factor cancha salvado. Misión cumplida. Tocaba viajar a Ohio. 




Si levantar un 3-1 en 2015 ya había sido una labor hercúlea para un LeBron que por entonces contaba con la letal alianza de Kyrie Irving, hacerlo con un 3-0 parecía directamente misión imposible, por eso el tercer partido se antojaba absolutamente vital para dar ya por campeones a los de Kerr o al contrario pensar que tendríamos todavía finales y los Cavaliers conservarían alguna mínima esperanza de remontada. Y ciertamente no se les puede reprochar nada a los de Lue en este tercer choque con una puesta en escena arrolladora por parte local. Cleveland ofreció a sus seguidores sus mejores minutos de las finales, en unos espléndidos primeros cinco minutos en los que llegan a poner un salvaje 4-16 en el marcador, con acciones tan descomunales como el autopase a tablero de LeBron para hundir el balón en el aro. Al lado de The King Kevin Love demostraba casta y orgullo peleando por cada balón y mirando el aro con decisión, y hasta J.R.Smith se redimía con cinco puntos casi consecutivos. Pero Cleveland seguía enfrentándose a dos poderosos rivales cuya conjunción parecía imposible de batir. Por un lado su rival, la casi perfecta maquinaria ofensiva de Golden State, por otro el tiempo y el paso de los minutos, puñales que lenta pero inexorablemente se irían clavando en las piernas de sus hombres clave, especialmente el infatigable LeBron James. Igoudala reaparecía y entraba mediado el primer cuarto sentando a Javale McGee para volver a ese juego sin pívots que tanto rédito da a Steve Kerr, y Kevin Durant comenzaba su recital particular. En un suspiro Golden State estaba en el partido. En los últimos 4 minutos los visitantes lograban 18 puntos, sin fallo en sus últimas siete posesiones, que finalizaban en canasta o en tiros libres igualmente acertados. El marcador una vez sonado la bocina de fin de periodo no ofrecía dudas. 28-29. Sólo un punto de ventaja para unos Cleveland que parecían haber jugado su mejor baloncesto en las finales. Aún sacarían fuerzas los de Ohio para dominar el tercer cuarto, y Lue atisbaba parecer un entrenador de verdad gestionando sus recursos, sacando partido de la clase de un Rodney Hood cuyo enfrentamiento con el técnico en el cuarto partido ante Toronto (se negó a disputar los minutos de la basura, considerándolo un insulto para un jugador de su categoría) lo han pagado caro todas las partes implicadas. No obstante Cleveland tenía razones para el optimismo viendo a su equipo mantener distancias en torno a la decena de puntos, hasta que Durant volvió a demostrar que aquella noche estaba tocado por los dioses, con seis puntos en el último minuto y especialmente un triple a 1 segundo del descanso tan letal y casi tan lejano como el de Curry al filo del descanso en el G1 para poner el empate a 56. El 35 de los Warriors dejaba el marcador en un apretado 52-58. Cleveland seguía jugando su mejor baloncesto posible, ni siquiera necesitaban a “LeBron contra el mundo” (en el primer cuarto sólo había realizado cuatro tiros de campo, ocho en el segundo… en el total del segundo tiempo sumaría 16 lanzamientos más), pero sólo se veían seis arriba en el luminoso con 48 largos minutos por delante. Seis puntos de ese extraño elemento llamado Javale McGee metían a los Warriors en el partido hasta el punto de empatar a 61 transcurridos apenas dos minutos de tercer cuarto (entre medias otro triplazo de Durantula) Los de Kerr comenzarían a tomar el mando del partido, y pese a la resistencia de los Love, Hood y un cada vez más desinflado LeBron no cederían la ventaja en el electrónico hasta el último cuarto, cuando el partido entro en esa apasionante fase “columpio” con constantes cambios de liderato. El último de los locales fue a tres minutos para el final, momento en el que un desafortunado Curry (3 de 16 en tiros de campo, 1 de 10 en triples) anota cinco puntos en 20 segundos para poner a su equipo cuatro arriba, encontrando la respuesta en el orgullo de King James que responde con un triple. Los mejores minutos de las finales. Kevin Durant regalaría su séptima asistencia de la noche al reaparecido Igoudala y el propio Durantula mataría el partido con un triple antológico para poner una inalcanzable ventaja de seis puntos a 49 segundos para el final. El espigado alero marilandés cincelaba una obra de arte casi perfecta. 43 puntos con unos porcentajes de cortar la respiración (15 de 23 en tiros de campo, 6 de 9 triples y 7 de 7 en libres), además de 13 rebotes y 7 asistencias. Sencillamente uno de los mejores partidos que se recuerdan en unas finales, y la actuación definitiva para conseguir su segundo MVP Finals consecutivo. No puede haber dudas en el galardón, por mucho que reluzcan los 37 puntos de Curry en el cuarto partido, y es que las medias de 27.5 puntos, 10.75 rebotes y 7.5 asistencias por partido (además de 2.25 tapones por noche) le sitúan como el máximo anotador, reboteador y asistente de Golden State en las finales. La némesis perfecta de LeBron James, y además mejor acompañado. 



El fichaje que dimanitó la NBA





El cuarto partido significaba algo así como asistir al funeral de Cleveland mientras en las neveras californianas se enfriaba el champán. Fue un triste epílogo a unas finales sentenciadas prácticamente desde el momento en que J.R.Smith escribiese otro episodio más en su narrativa maldita (indispensable escuchar, a este respecto, el programa de “El Reverso”que Gonzalo Vázquez y Andrés Monje han dedicado a su quebradiza figura) con aquel disparatado rebote ofensivo. El 13-3 que reflejaba el luminoso a los tres minutos de partido tras un triple de Stephen Curry (era su noveno punto) no dejaba lugar a dudas. Íbamos a asistir a un trámite y no a un partido de las finales. Tanto fue así que prácticamente la única alegría que se llevaron los aficionados del Q Arena fue un celebrado “air ball” del odiado Draymond Green. 4-0, y LeBron James regresando a 2007, sólo que con once años más de baloncesto y batallas en sus piernas. 




Poca historia en unas finales que sin embargo, no podía ser de otro modo con LeBron James por medio, dejan mucha miga y análisis posterior. El ídolo de Akron confesaba en rueda de prensa posterior que tras el primer partido se lesionó su mano derecha golpeando los vestuarios del Oracle californiano, frustrado por la inverosímil derrota y por las decisiones arbitrales (especialmente su falta sobre Durant en el ocaso del tiempo reglamentario, en un principio señalada en ataque y posteriormente tras revisión cobrada como en defensa, una acción que al igual que el fallo en el libre de Hill y el extraño movimiento de Smith en el último balón, bien pudo cambiar el curso del partido, y quizás de las finales) Cualquiera que haya seguido este blog durante sus siete años de existencia no puede dudar de nuestro amor por LeBron. En esta nueva edad dorada del mejor baloncesto James reluce como la estrella más rutilante, la más desafiante a la lógica y la más capaz de devorar registros y coleccionar hazañas, pero todo eso es insuficiente para avanzar en un palmarés ya de por si desorbitado. Hablamos de un jugador condenado a ser recordado, al menos bajo el prisma actual (es muy posible que el paso del tiempo emita un juicio más generoso sobre su esfuerzo), más por la miseria de perder ya seis finales que por la gloria de llegar a nada menos que nueve últimas rondas de play offs. La absurda comparación con Michael Jordan, que ya padeciera Kobe Bryant (más lógica en el caso del escolta de los Lakers, por estilo de juego y posición en la cancha), sigue oscureciendo, como una sombra negra, la auténtica valía de un jugador nunca visto anteriormente. No entraremos en tal pernicioso debate, pero quienes se aferran a la dictadura de Jordan como el mejor de todos los tiempos por sus seis anillos en seis finales en 15 temporadas (¿a qué nivel deberíamos situar entonces a Bill Russell con sus once títulos en 12 años, dos de ellos como jugador-entrenador, siendo prácticamente el mejor de todas esas finales pese a que no se entregaba MVP por aquel entonces?) mal hacen en despreciar la constancia de la carrera de James, quien ha llegado a tres finales más que Jordan en de momento el mismo número de temporadas.



Reconocemos pues nuestro “lebronismo”, pero seguimos advirtiendo que su extraordinaria calidad como jugador queda empañada por su ansiedad en la búsqueda del anillo llevándole a inmiscuirse en tareas directivas tratando de dar forma a un equipo a su gusto. Ya le hemos perdonado su abuso en la posesión del balón y en la dirección del juego, asumiendo que no le basta con ser posiblemente el mejor alero de todos los tiempos, si no que busca el ser el mejor jugador, el baloncestista total, al que ningún aspecto del juego, ni en ataque ni en defensa, le es ajeno, pero debería concentrar sus energías más en la cancha que en los despachos. El disparate de esta campaña, cambiando medio equipo antes del “trade deadline”, no parece la mejor manera de conseguir un grupo ganador, al menos a corto plazo. En estas dos últimas temporadas marcadas por la llegada de Kevin Durant a Golden State, Cleveland ha contado con rosters de 21 y 22 jugadores respectivamente, sin dejar madurar apuestas que en principio parecían interesantes alrededor de jugadores como Isaiah Thomas, Jae Crowder, Dwyane Wade o Derrick Rose. Buscaban en la defensa la respuesta a la tormenta ofensiva de Oakland, pero quizás la respuesta hubiera estado en no renunciar a la dinamita. Lo empequeñecidos que están en este Cleveland jugadores con la excelente mano de Kyle Korver o Rodney Hood muestra que Tyronn Lue (o LeBron James) no son conscientes del momento que vive el baloncesto actual, en el que prima (por suerte) el descaro anotador antes que la desactivación ofensiva del rival. 




Y queda por último toda una NBA obligada a reflexionar sobre el modelo de “superequipos” en el que Golden State marca un antes y un después con la incorporación de Kevin Durant. En un baloncesto contemporáneo marcado (y repetimos, afortunadamente) por la anotación y el ataque, los Warriors acumulan dos jugadores que han sido máximos anotadores en cinco ocasiones en la presente década, cuatro de ellas el propio Durant, siempre en Oklahoma City, un galardón que bien podría haber seguido coleccionando pero a buen seguro no cambia tal honor por lucir dos anillos de campeón en sus manos (y dos MVPs de las finales), formando la posiblemente mejor tripleta de tiradores de todos los tiempos junto a Curry y Thompson. La gestión en Oakland ha sido realmente eficiente, con las incorporaciones vía draft de Stephen Curry (número 7 en 2009), Klay Thompson (elección 11 en 2011) o Draymond Green (segunda ronda en 2012), un buen ojo que parece mantenerse viendo el rendimiento del “rookie” Jordan Bell (mérito también de Steve Kerr, cuya gestión de los recursos humanos deja en evidente mal lugar el trabajo de Lue en el banquillo Cavalier), pero curiosamente sus MVPs en las finales han sido sus dos grandes fichajes vía agencia libre, un Andre Igoudala que buscaba nuevos retos después de haber sido All Star y jugador franquicia en Philadelphia, y sobre todo el de Kevin Durant, el golpe definitivo para que la NBA viva la mayor dictadura desde la era de los Bulls de Jordan. Esperemos que algún equipo encuentre la “respuesta” para que las próximas finales vuelvan a tener historia. 



Steve Kerr, tres anillos como entrenador... más cinco como jugador.