domingo, 25 de diciembre de 2022

LAIMBEER EN CONTEXTO

 

Dentro de los tópicos habituales en el mundo del baloncesto por parte de los aficionados añejos, a los que más justamente hay que considerar ex-aficionados, debido a que no siguen el baloncesto actual más allá de unos eventos muy concretos (un Eurobasket, una Final Four de Euroliga, unas finales de NBA...) está el de mantener en su memoria a Bill Laimbeer en una posición estática e injusta en la historia de este deporte como un simple pívot mamporrero en la pintura de los Detroit Pistons de la segunda década de los 80, uno de los equipos, por otro lado, más fascinantes de todos los tiempos. Me atrevería a decir incluso que no ha habido un equipo en la historia que sin desplegar un juego que podríamos considerar brillante, y que de hecho a los ojos de hoy resulta caduco hasta límites absurdos (y aquí tengo que enfrentar a la realidad a ese ex-aficionado prisionero de la nostalgia recalcando que aquellos Pistons de Chuck Daly que ganaron dos anillos a finales de los 80 a duras penas podría ser equipo de play offs en la NBA actual) que haya sido capaz de generar tantos adeptos, devoción y culto. Y es que aquellos Detroit contaban con un talento muy limitado en unas contadas piezas exteriores, evidentemente Thomas y Dumars, más Vinnie Johnson desde el banquillo y en el alero primero un Dantley que con años a cuestas seguía siendo pura clase, y luego un Aguirre cuyo traspaso por el citado Dantley en febrero del 89 es clave para entender como la franquicia de la MoTown subió ese último peldaño que le faltaba para ser campeones de la NBA. Pero más allá del talento individual, de la capacidad de producir y generar juego, aquella banda de maravillosos macarras desplegaba un encanto seductor, un carisma peligroso y salvaje como el que puede percibirse con el Grupo Salvaje de Sam Peckinpah caminando hacia el cuartel del general Mapache con esa mezcla de nihilismo y pachorra. O mejor todavía y de manera más prosaíca, más canchera, era como si el equipo de hockey hielo de los Baltimore Chiefs que George Roy Hill había dibujado en la despiporrante “El castañazo” se hubiera hecho realidad, pero trasladada a la NBA.


En ese ecosistema pendenciero callejero, de una violencia casi amable, como la del niño que vuelve a casa sangrando porque ha tenido una pelea con el matón del barrio y el padre lejos de reprobarle reconoce orgulloso que un episodio así no contribuye a otra cosa que a aprender y a madurar en eso que entendemos como “la vida”, la figura de Laimbeer encaja como un guante, como el chulo más fino dentro de una pandilla de desarrapados, para empezar porque, claro, y esto es fundamental, Laimbeer lejos de ser un macarra curtido en las calles, un superviviente de callejones oscuros y esquinas en las que brillaba el reflejo de una navaja, era lo que vulgarmente podemos entender como un “niño pijo”. Conocida es su frase “yo soy el único jugador de la NBA cuyo padre gana más que él”. Para el lector que desconozca el motivo, hay que recordar que el padre de Bill, William Laimbeer Sr, era un alto ejecutivo de la Owens-Illinois Inc., la mayor compañía de producción de envases de vidrio del mundo. Un millonario no obstante lo suficientemente demócrata y liberal como para que su hijo pudiera labrase su propio camino en las canchas sin que nadie le regalase nada. Pero ese origen feliz y acomodado de Laimbeer da mayor mérito si cabe a su adhesión a un baloncesto labrado a golpes, sin que pudiera haber mayor contraste con su líder, aquel demonio llamado Isiah Thomas que creció en el West Side de Chicago, uno de los barrios más pobres y conflictivos de la ciudad de Illinois, donde las pandillas acechaban constantemente para reclutar aquellos chavales a los que lo único que se les ofrecía era el “o con nosotros o contra nosotros”. En la biografía de Thomas se relata el escalofriante suceso de aquella noche de 1966, cuando la banda conocida como los Vice Lords se presentó con 25 de sus principales miembros en la casa de Mary Thomas (el padre había abandonado a la familia, otro desgraciado tópico de la NBA que emparenta a Thomas con genios posteriores del tamaño de LeBron James) para llevar a sus filas a alguno, o algunos, de los siete hijos varones de la señora Thomas, entre los que se encontraba el pequeño Isiah. Y de hecho algunos sucumbieron y se arrojaron a aquel mundo cruento de las calles en las que se vieron manejando con la misma facilidad un revolver que una jeringuilla. Thomas significaba en ese aspecto el ejemplo de superación, de salvación a través del baloncesto, una salvación que Laimbeer, quien disfrutaba de una plácida infancia y mejor educación posible en el tranquilo barrio de Clarendon Hills, a las afueras de, también Chicago, nunca necesitó.


Bill Laimbeer pudo haberse dedicado a cualquier cosa que le hubiese apetecido con la tranquilidad del colchón financiero familiar, sabedor de que siempre tendría una vuelta atrás, un “reset” frívolo que se pueden permitir quienes juguetean pero no arriesgan. Pero su camino estaba en las canchas, y por duro que fuese nada le iba a impedir llegar a la élite, labrándose una carrera en la que absolutamente nada tenía que ver la posición de su padre. La cancha no engaña. En el instituto de Palos Verdes, California, una vez mudada la familia allí, empezó a hacerse un muy pequeño nombre. Una foto en blanco y negro con penosa resolución y Laimbeer realizando un tiro en suspensión es el único documento que permanece en las hemerotecas para quien intente discernir como era el Laimbeer jugador de baloncesto adolescente. Notre Dame, en Indiana, estado de puro baloncesto, sería su elección universitaria, no sin dificultades. Fuera del equipo tras su primer año, tuvo que pasar dos semestres en el Owens Technical College de Toledo, Ohio, antes de ser readmitido con los Fighting Irish, un “college” que por aquellos finales de los 70 era de los más potentes de la NCAA, de hecho Laimbeer llegó a disputar la Final Four por el título de 1978 (la primera en la historia para los de Indiana) que finalmente se llevó el Kentucky entrenado por Joe B.Hill y con jugadores como Rick Robey, número 3 del draft de aquel año o Jack Givens como principales figuras (además de un tal Mike Phillips de enorme recuerdo posterior para el baloncesto español) La estadística oficial deja unas medias de 7.4 puntos y 6.3 rebotes en su etapa universitaria saliendo desde el banquillo. Números nada llamativos que le hacen caer a la tercera ronda del draft de 1979 (el de “Magic” Johnson... y su compañero Vinnie Johnson) elegido por Cleveland con el número 65 por detrás de un buen número de jugadores con una evidente peor carrera posterior. La perspectiva era tan poco halagueña que, como muchos otros jugadores de recuerdo indeleble (Kurt Rambis en Grecia por ejemplo) decide empezar su carrera profesional en Europa antes de dar el salto a la NBA. El recién ascendido Pinti Inox Brescia de la Lega italiana fue el destino elegido después de ser descartado por otros equipos, como por ejemplo el Barcelona. Un joven proyecto donde desarrollar su baloncesto sin presión alguna. Tan joven era aquel proyecto que como tercer entrenador contaban con un chaval de 18 años de la propia ciudad lombarda loco y enamorado del deporte de la canasta. ¿Su nombre? Sergio Scariolo. Aquel equipo debutante llega contra pronóstico a disputar los play offs por el título ante el intratable Varese de Bob Morse y Dino Meneghin. Laimbeer deja unas medias de 21.1 puntos y 12.5 rebotes que intuyen un potencial a punto de liberarse, e incluso más importante, para un chaval de 22 años, la prueba de madurez de jugar en otro país, otro continente, otra cultura.


Un año feliz en Italia.





Vuelta a Estados Unidos donde Cleveland le espera, un equipo con pocas aspiraciones en aquellos primeros 80 y donde no tarda en hacerse titular y un jugador básico en los esquemas de los hasta cuatro entrenadores que llega a tener en apenas temporada y media en la franquicia de Ohio, tan convulso e inestable era el panorama en aquellos Cavs. Entre aquellos técnicos se encontraba quien acabaría siendo figura clave en su carrera, un Chuck Daly despedido en marzo de 1982 después de un pobre balance de 9 victorias por 32 derrotas. Laimbeer no pudo lamentar aquel despido ya que él mismo un mes antes salía de Cleveland en el trade que cambiaría todo en su carrera. La noche del 16 de Febrero de 1982 y sólo 15 minutos antes del cierre de mercado de traspasos en la NBA, Detroit y Cleveland llegaban a un acuerdo por el que los de Ohio recibían a Phil Hubbard, Paul Mokeski y las dos primeras rondas del próximo draft a cambio de Laimbeer y Kenny Carr, quienes hacían las maletas rumbo a la MoTown. El gran nombre parecía el de Carr, con sus imponentes15.2 puntos y 10.3 rebotes por partido. Pero revisando la hemeroteca las declaraciones del general manager de Detroit por aquel entonces, Jack McCloskey, son absolutamente reveladoras. El objetivo del traspaso era hacerse con Laimbeer, pese a presentar unas medias prácticamente la mitad en puntos y rebotes que Carr. Anticipando todo lo que iríamos viendo posteriormente con la irrupción de la estadística avanzada en el mundo del baloncesto, McCloskey reveló que manejaba una particular estadística con diez apartados distintos con valoraciones del 1 al 10 en las que había que sumar un total por encima del 80. Laimbeer pasó aquella peculiar prueba, más allá de que no pareciese un gran anotador o reboteador. 30 años después de aquel movimiento McCloskey recordaba que le había llevado a lanzarse a por Bill: "Lo vi jugar cuando jugamos contra Cleveland. Les ganamos bastante bien esa noche, pero lo vi competir hasta que se pitó el último silbato. Nosotros no teníamos demasiados tipos grandes entonces y tenía que tratar de atraparlo. No tenía un juego de pies elegante ni nada de eso, pero quería ganar". El resto sería historia para una MoTown que vivía ilusionada aquel 1982 el año rookie de Isiah Thomas y que dos años después vería el reencuentro de Daly con Laimbeer. Fichado en el verano de 1984 por Jack McCloskey, arquitecto en la sombra de los “Bad Boys”, el mítico entrenador reconocería en 1995 que el mensaje que le lanzó el GM era claro: había que hacer algo nuevo, especial, distinto, con la defensa. Daly reconocería que no tenía claro que era aquello nuevo que podía hacer y lo buscó no en la defensa, si no en el ataque. Bajando el ritmo de los partidos y alargando las posesiones, mientras la mayoría de los equipos buscaban el aro rival en el menor tiempo posible aquellos Pistons mecidos por la mano de Thomas especularían con el reloj de posesión sin el mínimo descaro. Parecía un pecado mortal para la mejor liga de baloncesto del mundo, un espectáculo congratulado en que el consumidor no pudiera siquiera pestañear. Y sin embargo aquello que pudiera parecer una afrenta al entretenimiento dejó algunas de las temporadas más vibrantes de la historia de la NBA.


En ese contexto gran parte de la memoria colectiva sigue empeñada en recordar a Laimbeer como apenas un mamporrero, una figura más próxima al pressing catch que al baloncesto junto a su compañero de la zona, aquel Rick Mahorn quien si era un jugador limitado y con la defensa y neutralización del rival como principal valor. Pero en Laimbeer había mucho más.


Los 619 triples intentados en sus 15 años de carrera NBA parecen una broma en el baloncesto actual, pero Laimbeer aterriza en una liga que había instaurado la línea de la larga distancia sólo un año antes. Si el intento triple era un recurso muy secundario, una alternativa exterior cuando se cerraban las vías habituales del bloqueo y continuación para finalizar lo más cerca del aro posible, o una bala desesperada buscando épicas remontadas, verlo en manos de un cinco se convertía en auténtico anatema. Laimbeer fue pionero como pívot tirador. Más allá de sus números en la larga distancia, débiles si se confrontan con el panorama actual pero voluptuosos en aquellos primeros años del triple, hay que reconocer el empeño del jugador en abrir una vía que parecía vetada a los hombres altos. En aquel baloncesto de cloroformo que imponía Daly, Laimbeer sabía encontrar su momento en la cabecera exterior desde donde ejecutaría con la larga distancia o incluso ayudaría a la circulación del balón. Sin ser un pívot especialmente dotado y habilidoso en el pase y a sideral distancia de esos bases en cuerpo de pívots que hemos visto desde Arvidas Sabonis hasta Nikola Jokic, Laimbeer era un jugador dotado de eso que se conoce como “IQ” baloncestístico, conocimiento y sentido del juego, hasta el punto de ser el tercer generador de juego principal de los ataques estáticos de Detroit por detrás de Thomas y Dumars. Algo de aquello debía haber pergeñado en su momento McCloskey en su particular escala estadística cuando tuvo claro que hacerse con Laimbeer iba a dar al juego de su equipo una dimensión superior. Aquellos años gloriosos de los Pistons, concretados principalmente en el periodo 1986-90, o alargado incluso al 91 pese a ser barridos por los tiránicos Bulls de Jordan en las finales de conferencia, saldados con cinco finales de conferencia, tres finales por el título de campeones, y dos conquistas del anillo, no se pueden entender sin la figura de un Laimbeer que lejos de la exuberancia física de los Ewing, Robinson u Olajuwon llegó a estirar su record de partidos consecutivos en 685, una de las mayores rachas de la historia, y durante el periodo de 1982 a 1990 no hubo ningún jugador que capturase más rebotes defensivos que él, en una década dominada por pívots de la calidad de los tres citados anteriormente. Encasillar a Laimbeer como un mero jugador defensivo siempre al borde de la legalidad es una injusticia atroz, y propia, en todo caso, de quienes tienen una mirada sobre este deporte muy limitada.


Daly, el mentor.





Y es que se trata de reconocer a Laimbeer mucho más allá de ese nostálgico cromo ochentero y otorgarle su papel en la historia de este deporte. Reconocer ese referido “IQ” que años después hemos visto trasladado a los banquillos, convirtiéndose, y no es gratuíta la afirmación, en uno de los mejores entrenadores de la historia de la WNBA.


Hace 20 años Laimbeer volvía al Palace de Auburn Hills para sentarse en el banquillo del joven proyecto de baloncesto femenino en la ciudad del motor, las Detroit Shock, primero como asistente de Greg Williams, a quien releva en 2002 para convertir a aquel equipo en uno de los mejores de la competición, apoyado en su viejo compinche de la zona como ayudante, el bueno de Rick Mahorn. Por mucho que pudiera parecer una de las parejas más bizarras jamás vistas en un banquillo la trayectoria es absolutamente espectacular. Tres títulos de campeonas en seis temporadas completas de Laimbeer (el primero en 2003 todavía sin Mahorn) reflejan un dominio incontestable, lo que se entiende como una dinastía. Posteriormente cinco temporadas con las New York Liberty, con dos finales de conferencia como mayores logros, y sus últimos cursos en Las Vegas Aces a quienes ha hecho campeonas Becky Hammon, le confirman como uno de los grandes nombres del baloncesto femenino estadounidense. Gloria absoluta para una Hammon quien en su primera temporada como entrenadora principal se ha estrenado con el título, pero justo es reconocer el crecimiento experimentado por la franquicia de Las Vegas de la mano de Laimbeer, llevándolas a las segundas finales de su historia en 2020 (las primeras habían sido en 2008, cayendo precisamente ante las Detroit de Laimbeer) A sus 65 años, y habiendo dejado el banquillo de Las Vegas la pasada primavera (y siendo uno de los principales valedores para que Becky Hammon le relevase), el mítico ex-jugador y entrenador anunciaba que no entraba en sus planes volver a entrenar. Toca dedicarse a su familia y su granja de Michigan, buscando una paz inconcebible en sus años de ardor guerrero protegiendo el aro de Detroit. Cuesta imaginarse al bueno de Bill plantando unos pepinos en una huerta o acariciando el lomo de un caballo, o cualquier otra bucólica actividad propia de una granja del midwest norteamericano, pero lo cierto es que, y este era el objetivo de estas líneas, más allá del cliché del Laimbeer soltando puños y codos, nos encontramos ante un hombre de baloncesto con una inteligencia y clarividencia tales como para lidiar con las aristas de su juego y potenciar sus virtudes que iban más allá del trabajo en cancha propia y se traducían en fecunda producción ofensiva para su equipo. Un jugador a su manera único en una época y en un equipo igualmente únicos en la NBA. El único equipo que consiguió transformar la fealdad, la acritud del juego, en algo fascinante que pudiera sumar cientos de miles de adeptos para su causa por todo el globo terráqueo. Un hombre de baloncesto.


...y la gloria como entrenador.



viernes, 23 de diciembre de 2022

CUENTO DE NBA

 







Primavera de 1987. En la clase de gimnasia de primero de BUP del instituto Álvaro de Mendaña yo corría a paso seguro detrás de José Luis González, “Peque”. Peque era un referente en su juego, una especie de ídolo a pequeña escala, y no recuerdo porque razón, quizás en alguna pachanga o entrenamiento me confesó que también él era seguidor de los de Detroit Pistons. En la Ponferrada de 1986 aquello podía unirnos incluso más que confesarnos devotos de Johnny Thunders.


Aquella mañana yo corría seguro detrás del paso de Peque, al fin y al cabo y a nuestra escala local era mi ídolo. Le había visto dar pases por la espalda, pases sin mirar, o lanzar a canasta sin levantar la vista al aro (este último truco particularmente me lo apropié con estupendos resultados para mi estadística particular), todo ese repertorio insultante y engreído en cuanto a una magia que te abofetea que la habíamos visto por la tele a aquel tal “Magic” Johnson. Evidentemente yo, como buen sátrapa del baloncesto, intenté agenciarme aquellos trucos, por mucho que no me salieran. En todo caso lo de lanzar sin mirar al aro para despistar al defensor y anotar todavía más y engordar aquellas estadísticas anotadoras que me hacían ser máximo anotador partido tras partido y llegar a clase con aquellas pintadas en la pizarra de “Viva Epipepito”, que yo, siendo madridista y siendo mi mayor ídolo Chechu Biriukov, pues tampoco es que me supusieran ningún orgasmo adolescente deportivo (entre otras cosas porque con mi fama de feo, chepudo y desdentado sabía que no iba a suponer ningún aldabonazo en el estatus del insti, simplemente era la historia de un tipo feo y bajito que las metía casi todas)


Peque en ese sentido era otra cosa. Era rubio y guapo y parecía más hijo de California que de la extinta Montaña del Carbón de Ponferrada. Pero para mí sobre todo era otra cosa, era el tipo que daba pases por la espalda, pases sin mirar, y lanzaba a canasta sin mirar al aro. Y cuando acababa un partido cualquiera firmando yo 30 puntos en mi casillero, en realidad envidiaba a aquel chaval sólo porque había dado un paso por la espalda increíble.


Así sucedieron muchas tardes, muchos entrenamientos, muchos partidos...


Y un día, no puedo recordar ni como ni porque, aquel mago de los pases por la espalda con el que compartía cancha me confesó que era seguidor de los Detroit Pistons. Y aquel torpe imitador suyo que no sabía dar pases por la espalda pero metía 30 puntos por partido encontró además del gran referente en la estética del juego al gran aliado de lo que tenía que venir. No podía ser otro.


Y así estábamos en la primavera de 1987 cabalgando en un resuello frágil y fácil para jóvenes atletas como nosotros cuando le susurré a Peque unas palabras proféticas sólo paridas cuando corres en pantalón corto y tus huevos son golpeados por la brisa berciana. Y le dijé: “esta temporada seremos finalistas de conferencia, la siguiente campeones de conferencia y finalistas de la NBA, y la siguiente campeones y ganadores del anillo”. Aquellas débiles palabras, de un flacucho escolta que metía 30 puntos por partido, susurradas al oído de su base que repartía asistencias imposibles y lanzaba sin mirar el aro y yo le imitaba como el gran ursupador del talento que siempre he intentado ser (porque hasta para robar hay que valer), acabaron siendo proféticas. Unas finales de conferencia a 7 partidos frente a los mejores Celtics que yo haya visto (admitiendo aquí que en su día, por edad, no vi a los Russell, Havlicekc, etc), con aquel robo de Bird a Laimbeer en el G5 a falta de 5 segundos para canasta de Dennis Johnson, se lo cargó todo, retardó el dominió Piston pero respetó mi profecía, todavía me duele en el alma esa jugada... las finales del 88 con ese Kareem increíble, con 40 años, sentenciado desde el tiro libre, y el G7 con la canasta de A.C. Green para sentenciar un partido en el que en puridad fueron mejores desde el principio. Pero aquella hoja de ruta pergeñada desde el patio del Álvaro de Mendaña, susurrando al oído del mejor jugador que podía ver a mi lado en la cancha, y él único que en 1987 confesaba ser de unos Pistons que acabarían siendo equipo de moda, me sigue reconfortando y recordando porque sigo considerando que no hay deporte más mayúsculo que este y una competición a la altura de la NBA.


No la hay, no se puede entender si no como en 1987 dos flacuchos esmirriados, uno que daba pases por la espalda y otro que metía 30 puntos por partido, con apenas 13 o 14 años se declaraban fans de unos Detroit Pistons que jugaban a miles de kilómetros de nuestra casa. Pero tan cierto como que no puedo concebir mi vida sin los Jam, los Who o los Ramones, lo es que aquellos Detroit del periodo 87-90 dejaron una huella tan indeleble en mi vida como aquellos pases sin mirar de Peque, y no diré que es lo mejor que he visto nunca en este deporte porque gracias a Dios después he podido disfrutar muchas cosas a la atura o superiores, como el Madrid de Laso sin ir más lejos.


Feliz Navidad, y en 2022, por Dios, seven seconds or less... ni un paso atrás con el basket de especulación.


A lo loco se vive mejor.


lunes, 5 de diciembre de 2022

DIEZ EQUIPOS

 

El lector habitual de este blog, si lo hubiere, habrá advertido un notable descenso en la actividad del mismo, cosa por lo que ya nos hemos fustigado públicamente en ocasiones. Hemos encontrado no obstante un buen escenario para seguir conectados a la actualidad baloncestística colaborando en el podcast semanal  Zona 3-2, normalmente grabado los lunes por la tarde y colgado en la red los martes por la mañana. Esta semana no emitimos, por lo que para matar el gusanillo traemos una pequeña entrega poniendo el foco en los diez equipos más calientes ahora mismo en Europa. 



FENERBAHCE: balance temporada 18-3

Inevitable comenzar con el actual líder de Euroliga, que en once jornadas en el máximo torneo continental sólo ha claudicado ante los dos grandes de la ACB, cayendo por un punto en Barcelona y hace unos días en su feudo ante un Real Madrid al alza. El rodillo de Itoudis se impone también en la BSL turca, con un impoluto 9-0 hasta la fecha. Eso sí, el único título disputado hasta la fecha, la Supercopa de su país, se la llevó el Efes de Ataman. A nivel colectivo destaca su casi 40% desde el triple tanto en Euroliga como en competición doméstica, con jugadores como Wilkebin lanzando por encima del 50% en BSL (17 de 33) y del 40% en Europa (26 de 64), Mahmutoglu alrededor del 45% en ambos escenarios e incluso Calathes sorprendiendo con su 14 de 29 en Euroliga desde la máxima distancia. Aunque dentro de un gran rendimiento colectivo los mayores focos apuntan a un Jonathan Motley quien tras una brutal campaña en Lokomotiv Kuban (dejó unas medias de 21.2 puntos y 7 rebotes en Eurocup) confirma sensaciones de power-forward referencial clavando prácticamente sus estadísticas en liga doméstica y continental, con 14.4 puntos en ambas competiciones y 5.9 rebotes en Turquía y 5.5 en Europa, pero necesitando tan sólo 22 minutos en cancha. Y todo ello sin contar todavía con un Bjelica que no acaba de recuperarse de su lesión en el gemelo.

 

REAL MADRID: balance temporada 17-5

Es imposible no resistirse a pensar que podría hacer un entrenador del calibre y el carácter de Pablo Laso con un equipo con un perfil físico tan fascinante como este “forwarizado” Real Madrid capaz de fabricar baloncesto de seda con quintetos plagados de jugadores por encima de los dos metros, pero hay que darle todo el crédito a un Chus Mateo capaz de sobreponerse al ruido alrededor suyo. De momento han levantado la Supercopa ACB, están a la estela del líder Tenerife en competición doméstica y en Euroliga suman ya seis victorias consecutivas. Y a la espera de recuperar a Alocén, Rudy, Hanga, Yabusele y Randolph, quienes ya solos de por si conformarían un quinteto de total garantía. Dentro de la coralidad blanca destacan los 15 puntos por partido en Euroliga (15.2 en ACB, estadísticas casi miméticas) de Dzanan Musa, pieza clave de Mateo en este comienzo de curso junto a Deck y Tavares, los jugadores más regulares del equipo madridista (sin olvidar a Yabusele hasta el momento de su lesión)


OLYMPIACOS: balance temporada 16-4

 Admitamos que su actual 7-0 en liga griega no impone demasiado (precisamente hoy día 5 de Diciembre se enfrenta a su único rival potencial, Panathinaikos), pero hablamos de un equipo que ha conquistado la Supercopa helena por primera vez en su historia (ganando con solvencia además al citado Panathinaikos por 15 puntos) y que en Europa vuelve a sorprender con un 7-4 que apunta a volver ser equipo de play-offs por segundo año consecutivo y en los dos años después del adiós de la leyenda Spanoulis. El ADN competitivo sigue intacto y Bartzokas (quien ya sabe lo que es levantar el máximo trofeo continental con el club del Pireo, 2013) ha encontrado un núcleo absolutamente fiable en la dirección de Sloukas (13.4 puntos y 6.8 asistencias en Euroliga), la fortaleza interior de Moustapha Fall (71.2% en tiros de campo, siempre cerca del aro) muestra de un baloncesto europeo que vuelve a contar con la importancia del cinco puro, y sobre todo el nivel estratosférico de Sasha Vezenkov, jugador más valorado hasta el momento de Euroliga con 19.9 puntos, 8.2 rebotes, 2.2 asistencias y 1.4 robos para una brutal valoración media de 26.6. Rodeados además de secundarios tan contrastados como Papanikolau, Walkup, Bolomboy, Peters o McKissic, está claro que estamos ante un equipo top continental.


MÓNACO: balance temporada 17-5

 Para muchos la gran revelación de la actual temporada en Euroliga, para otros la confirmación de los visto el pasado curso, cuando estuvieron a punto de cargarse a todo un Olympiacos llevándole a una agónica serie de cinco partidos. El “otro Obradovic”, Sasa, maneja con buen tino un equipo en el que impera tanto talento como anarquía ofensiva, ejemplificada sobre manera en el genio disoluto de Mike James (17.9 puntos y 4.4 asistencias por partido en Euroliga, 14.1 y 6.4 en competición doméstica) pero acompañado también de claros “jugones” exteriores como Elie Okobo o Jordan Loyd. En ese contexto gana importancia la figura del infravalorado estajanovista John Brown III, una navaja suiza que merece ser considerado élite defensiva. Súmenle una tripleta interior tan abnegada como eficiente como es la formada por Moerman-Motiejunas-Donta Hall y tienen uno de los equipos más excitantes del continente.

 

BARCELONA: balance temporada 16-7

No acaba de romper el equipo de Jasikevicius, arrastrando además la mancha de perder la Supercopa ACB en otra remontada madridista, pero aparece bien posicionado en los puestos altos de la tabla tanto en Euroliga como en ACB, recuperando poco a poco la mejor versión de Cory Higgings y con un recién regresado a las pisas Mirotic. El peso hasta este momento lo han llevado especialmente los bases, un Laprovittola en modo ametralladora (tremendo 46.4% en triples en Euroliga con nada menos que 69 lanzamientos intentados) y pasador (4.6 asistencias en Europa), un Satoransky aportando en todo (máximo reboteador de su equipo en Euroliga) y un Jokubaitis al que Saras foguea sobre todo en ACB (ahí lo tenemos jugando casi medio partido promediando 7.6 puntos y 4.5 asistencias) Puede extrañar ver a un equipo así sumar ya siete derrotas en lo que va de temporada pero con este nivel en los bases, la progresión en la adaptación de Da Silva, y la recuperación de la forma de Higgings y de la figura de Mirotic afrontan el invierno como uno de los equipos de más garantía del continente.


LENOVO TENERIFE: balance temporada 12-2

Líder ACB con el 90% de victorias y sólo cediendo un partido de Basketball Champions League en Grecia ante el Peristeri de Spanoulis. Vidorreta mantiene un bloque de ritmo alto y excelencia exterior (45.5% en triples en BCL, 38.6% en ACB) en el que sumar un efectivo como Jaime Fernández ha sido todo un acierto, aunque la clave sigue siendo la increíble dilatación en el tiempo de la pareja Huertas-Shermadini. Y si hablamos de bases “puros”, el dúo Huertas-Fitipaldo no tiene parangón en la ACB.


ANADOLU EFES: balance temporada 13-7

Lo querían enterrar (una vez más) pero el Efes ya está de vuelta, y con un roster que si no puede parecer tan largo como en temporadas anteriores, si parece al menos superior en su potencial quinteto titular Micic-Larkin-Clyburn-Polonara-Zicic. Sorprende el bajo rendimiento (y minutaje) del italiano, con sólo 12.6 minutos por partido en Euroliga (en BSL se va a los 26.5) La baja de Larkin, no puede ser de otro modo, es otro condicionante para explicar su mal comienzo de temporada. Con todo y aun así levantaron la Supercopa turca para abrir el curso y ya están terceros en competición doméstica y sextos en Euroliga. Acaba de perder en casa 111-112 tras doble prórroga frente a un muy reforzado Pinar Karsiyaka (han llegado Kuzminskas, Ángel Delgado, Jaylon Brown, Errick McCollum…) en uno de los partidos de la temporada.

 

VIRTUS BOLONIA: balance temporada 15-7

Pese a cotizar a la baja en Euroliga ahora mismo con tres derrotas consecutivas que les han sacado de puestos de play offs, hablamos del líder invicto de una recuperada Serie A italiana y del vigente campeón de la Supercopa transalpina. Contrasta la sobriedad doméstica con la irregularidad continental, achacable quizás a la elevada edad de algunas de sus piezas maestras. Con Teodosic (35 años) y Belinelli (36) jugando únicamente 15.8 y 11.7 minutos por partido respectivamente en la máxima competición europea (además de perderse varios partidos, especialmente el italiano) Scariolo está encontrando en Jordan Mickey a su mejor soldado, con sus 12.4 puntos y 4.9 rebotes en Lega y 9.2 y 5 respectivamente en Europa.


TURK TELEKOM: balance temporada 13-2

Una de las sensaciones de la temporada, brillando en Eurocup (balance 5-1) y a una victoria del intratable Fenerbahce en la BSL. La primera experiencia como head coach de Erdem Can, alumno aventajado de Obradovic en Fenerbahce (el año pasado estuvo asistiendo en el banquillo de Utah al lado de otro grande como Quin Snyder) no podía resultar más exitosa, pese a no manejar un roster con, sobre el papel, mucho nombre ilustre. Sobresalen en este aspecto un viejo conocido de la ACB como Axel Bouteille (17.7 puntos en BSL, 15.2 en Eurocup) y, evidentemente, la gran figura de Jerian Grant (como le debe estar echando de menos Messina en Milán), el talentoso “guard” norteamericano lidera a su equipo con 13.7 puntos y 6.5 asistencias en BSL y 14.7 y 7.2 en Eurocup. Tyrique Jones en el ala-pívot se confirma como una de las revelaciones de la segunda competición continental con sus 15.3 puntos y 8.9 rebotes por partido.


UNICAJA: balance temporada 11-3

Había ganas de volver a ver a Unicaja arriba en la clasificación ACB (ahora mismo tercero con balance 7-3) pero además es justo traerlo aquí porque su 4-0 en BCL le mantiene como el único equipo invicto dentro de las cuatro competiciones continentales. Seis victorias consecutivas en liga doméstica y 9 en los últimos diez partidos entre ACB y Europa les confirman como uno de los equipos del momento. Mucha coralidad con cuatro jugadores promediando anotación en dobles dígitos en BSL (Brizuela, Osetkowski, Perry y Kalinoski) y tres en ACB (Carter, Djedovic y de nuevo Osetkowski, confirmando al ala-pivot norteamericano con origen alemán como una de las revelaciones de la nueva temporada)



Dylan Osetkowski brilla en Málaga.


 

sábado, 1 de octubre de 2022

LUCES Y SOMBRAS DE UN EUROBASKET ESPECTACULAR

 

Cinco años de espera bien merecieron la pena para disfrutar de uno de los torneos continentales más espectaculares que podamos recordar. Vamos a tratar de realizar un pequeño repaso a este Eurobasket basándonos en los tópicos de las decepciones y las sorpresas, y pasando más por alto las selecciones que, digamos, han cumplido y si bien no han sido capaces de romper su particular techo tampoco pueden considerar su paso por el torneo un fracaso.

 

Antes de nada y ya que no nos dio tiempo a completar nuestro power ranking particular (lo dejamos en los primeros diez equipos) les recuerdo que en el podcast especial de Zona 3-2 ( https://www.ivoox.com/especial-eurobasket-2022-audios-mp3_rf_91686970_1.html ) pueden escuchar esa clasificación previa entera, del 1 al 24, para demostrar así lo errados de nuestros pronósticos respecto a las posibilidades de algunas selecciones (especialmente Polonia)

 

Ya entrando en materia, quizás la gran decepción sea Eslovenia, por caer precisamente ante una selección de un rango a priori tan inferior como Polonia. Después de dominar el bien llamado “grupo de la muerte” (de hecho dos de los semifinalistas salieron de ese grupo B), con cuatro victorias y una sola derrota ante una sorprendente Bosnia Herzegovina, parecía que tenían un camino franco hasta las semifinales, con Bélgica en octavos y el vencedor del Ucrania-Polonia en cuartos. Los leones de Dario Gjergja ya avisaron de lo que le iban a costar avanzar, cuando entraron al último cuarto con un marcador apretado e incluso todavía siendo capaces de ponerse por delante a falta de nueve minutos, pero un parcial de 17-0 liderado por Doncic (5 puntos y 3 asistencias durante dicho parcial) rompió el partido para llevarlo a ese 88-72 final. Habían sufrido pero ya estaban en unos cuartos de final que nos dejaron el resultado más sorprendente de todo el torneo, con el 87-90 que dejaba a los hasta el momento vigentes campeones fuera de la lucha de las medallas. Doncic, lesionado y eliminado por faltas viendo los últimos tres minutos desde el banquillo, fue injusto blanco de las críticas, cuando él mismo ha sido el primero en arogarse todas las responsabilidades del batacazo de su equipo. Luka no es un superhombre y cabe plantearse si podremos seguir disfrutando del mejor jugador europeo de este siglo con esta regularidad durante todo el año. No obstante su torneo ha sido una vez más superlativo, dejando una actuación especialmente estratosférica ante Francia (47 puntos, segunda mayor marca de la historia tras los 63 del belga Eddie Terrace en 1957)

 

Doncic entonó el mea culpa.


Decepción también en los otros dos rosters liderados por las otras grandes estrellas NBA.  Serbia de hecho no fue siquiera capaz de pasar la primera ronda eliminatoria, si bien en su debe puede decir que su rival, Italia, tiene más caché que Polonia, pero tratándose del gran favorito para la FIBA (nosotros les pusimos segundos) el fracaso es evidente. Tras una fase de grupos que fue un paseo, cuando llegó la primera prueba de fuego la apuesta de Pesic por basarlo todo en el eje Micic-Jokic colapsó, con el base de Efes naufragando ante la defensa de los de Pozzecco (1 de 8 en triples) No creo que sea ventajista ahora acordarse de Teodosic, es que Teodosic tiene calidad de sobra para estar en el roster serbio y fue una decisión de Pesic dejarle fuera basado en cuestiones más jerárquicas que estrictamente deportivas. La Grecia de Antetokounmpo por su parte se la pegó frente a una grandísima Alemania, después de un torneo atractivo (ha sido el equipo máximo anotador con 92,3 puntos de media) en el que junto a Serbia fue el único equipo invicto de fase de grupos, se encontró con una correosa Chequia en octavos, a la que supero no sin dificultades, para luego sucumbir ante una Alemania más coral y física (tremenda la diferencia en el rebote, 32 a 46 para los germanos) Anteto, eso sí, ha acabado siendo el jugador con mejor valoración media (32.7) y anotación (29.3) del torneo, lo que le ha valido para ser integrante del mejor quinteto del campeonato. Hay que remontarse a 2013, con Goran Dragic, para encontrar un jugador que sin estar en semifinales entra en dicho quinteto (aunque en aquella edición se jugaban partidos para delimitar la clasificación final, en la que Eslovenia fue quinta) Lituania podría considerarse otra decepción dadas sus expectativas y calidad del roster, claro que vivir en el grupo B ya condicionaba un tanto sus posibilidades y caer a la cuarta plaza les llevó a enfrentarse con los a la postre campeones. Vendieron muy caras sus derrotas ante Francia, Eslovenia y Alemania (tras doble prórroga) y vencieron fácil a Hungría y Bosnia Herzegovina. España sólo pudo superarles también en la prórroga, de modo que parece que les ha faltado un punto de competitividad en los momentos decisivos. A nivel individual, Valanciunas sigue siendo el auténtico jefe, y Domantas Sabonis vuelve a estancarse con la elástica nacional y no acaba de ser el segundo espada esperado.

 

Otras pequeñas decepciones, a menor nivel, las podemos encontrar en República Checa, pese a su buena imagen en octavos ante Grecia, pero por contra en la fase de grupos de Praga en la que ejercían de anfitriones quedaron cuartos, pasando a los cruces gracias a una victoria ante Holanda, que se daba por descontado, y a saber reaccionar a tiempo en la “final” ante Israel. Claro que más decepcionante es el caso precisamente de los hebreos, incapaces de clasificarse en un grupo asequible. Otros anfitriones como Georgia también decepcionaron al no pasar de fase en un grupo como el A que también parecía de los más fáciles, más allá de la lesión de Shengelia. Casos como el de Turquía o Croacia parecen ya no tener remedio, volviendo a decepcionar a la hora de la verdad. Especialmente sangrante es el caso de los de Mulaomerovic, selección plena de talento pero presa de una apatía constante. Por último, ¿podemos meter a Francia en el grupo de las decepciones?, al menos sí parece claro que su torneo deja una sensación agridulce. No parece justo hablar de fracaso en una selección que se acaba colgando la plata, pero viendo como sus principales rivales por el oro (Serbia, Eslovenia, Grecia…) iban besando la lona, parecía que se encontraban ante una oportunidad única para volver a subirse a lo más alto del podio continental, y en una edición con un aroma mucho más histórico que aquella de 2013. Una vez más España ha sido su bestia negra. Más allá del resultado final, que es tan brillante como esa plata que han conquistado, su juego no ha acabado de convencer y se han empeñado en vivir en el filo demasiado tiempo. Victorias ante Hungría (con susto final), Bosnia Herzegovina y Lituania en fase de grupos, con una derrota inapelable ante Alemania e incapaces de sujetar a Doncic en su duelo ante Eslovenia. Antes de llegar a unas cómodas semifinales ante Polonia, Turquía e Italia (esos tiros libres de Fontecchio) les llevaron a la prórroga. Además queda su mala imagen no permaneciendo en la entrega de medallas a España, y el vergonzoso caso Heurtel, quien había asegurado que no firmaría por el Zenit de San Petersburgo para poder disputar el Eurobasket, para una vez finalizado el torneo conocer la noticia de que ya estaba hecho, confirmando que es el mayor embustero y elemento tóxico del actual baloncesto europeo.

 

Y vamos con lo positivo. Evidentemente España escribe una de sus páginas más gloriosas en la historia del baloncesto nacional. Con un roster renovado a la fuerza, más parecido a una convocatoria de ventanas FIBA que a un gran torneo de verano, y con el (admitámoslo así) paso atrás que supone la nacionalización de Lorenzo Brown para paliar las carencias en el base. De hecho Lorenzo, incluido en el mejor quinteto (y absolutamente letal en octavos ante Lituania y semifinales frente a Alemania con 28 y 29 puntos respectivamente) es el único jugador con cierto peso y minutaje y rol de titular entre los NBA y Euroliga (lógicamente los Hernángomez y Garuba, aunque actualmente residuales en Estados Unidos, en Euroliga serían jugadores con muchísimos minutos en cualquier club) El oro español, al margen de lo épico y sorpresivo en la cancha, está plagado de pequeñas historias personales, como la de Alberto Díaz, uno de los primeros descartes y posteriormente repescado tras la lesión de Llull con un rol defensivo muy claro pero que ha sabido explotar muy bien sus opciones en ataque, especialmente cuando se ha visto flotado por los rivales, pero también a la hora de encarar aro tirando de “bombitas”. España ha explotado de inicio el juego interior con un soberbio Willy, a la sazón MVP del torneo (17.2 puntos con un 63.7% en tiros de campo, y 6.9 rebotes por partido, 19.7 de valoración media… en sólo 21.7 minutos por encuentro), y a partir de ahí y aprovechando como las defensas rivales se cerraban sobre nuestros pívots los exteriores comenzaron a aprovechar sus ocasiones. Lorenzo Brown ha finalizado con un brillante 46.2% en tiros de campo, pero es que Alberto se ha ido nada menos que a un 52.9%. Números impropios para los bases. Lorenzo y Alberto han sido, qué duda cabe, “la extraña pareja”, un matrimonio de bases con el que nadie hubiera podido contar hace un año pero que se ha convertido en la pareja de moda del torneo. El gen competitivo del ADN español se ha demostrado que no es un tópico, y la pizarra de Scariolo ha hecho el resto. Eso sí, con la inestimable ayuda de un equipo técnico en el que ha sobresalido la figura de Luis Guil, especialista en la tarea defensiva.


Las pizarras del oro


 

Hablando de pizarras, la del canadiense Gordon Herbet en su debut con la selección de Alemania ha brillado considerablemente. Por momentos han parecido invencibles, realizando el mejor baloncesto del torneo y mandando en la mayoría de los partidos. Schroder se ha redimido como líder, quitándose el regusto amargo de 2015, cuando sus fallos en los tiros libres también como anfitriones en Berlín abrían el camino de España a las eliminatorias y dejaba a los alemanes en la cuneta de la primera fase. Supera su techo de 2017 cuando no pasaron de cuartos, también con España como verdugos. No obstante la gran noticia en el roster alemán está en Franz Wagner y ese perfil de unicornio que pudiera recordar levemente al mito Nowitzki (ojo a su 19 de 41 en triples acumulado durante el torneo), con 21 años sus 15.2 puntos y 4 rebotes por partido hacen concebir esperanzas en el baloncesto germano sobre un nuevo líder que les pueda llevar a algún escalón del podio incluso más alto que este reciente bronce.

 

Polonia se queda fuera de los metales pero ha protagonizado otra de las grandes historias del torneo. No llegaban tan lejos en un Eurobasket desde la década de los 60, cuando lograron tres medallas consecutivas en los mejores años del baloncesto polaco. Pese a las palizas recibidas por Serbia y Finlandia supieron rentabilizar sus victorias ante Holanda, Chequia e Israel para obtener un buen cruce en octavos ante Ucrania, y después dar la gran campanada del torneo con su victoria frente a Eslovenia, cincelada en un Mateusz Ponitka extraterrestre. Descomunal triple-doble de 26 puntos, 16 rebotes y 10 asistencias, el tercero en la historia del torneo pero el primero en cruce eliminatorio. Kukoc en el 95 se lo hace a una Finlandia que acaba sin ganar un partido en la fase de grupos y el rumano Mandanche en el último Eurobasket lo hace ante Montenegro también en fase de grupos en un partido que su equipo pierde de 17 puntos.

 

¿Podemos hablar de una selección que cayendo en fase de grupos se va a casa como una de las sensaciones del torneo?, sin duda es el caso de Bosnia Herzegovina. Pese a estar en el complicadísimo grupo B llegaron a la última jornada con todas las opciones, jugándose el pase ante una Lituania a la que obligaron a dar su mejor cara. Un país necesitado de alegrías baloncestísticas que nos sigue poniendo la piel de gallina cada vez que recordamos lo sucedido en 2015 cuando la selección U16 liderada por Musa ganó el oro europeo llevando a las calles de Sarajevo a miles de aficionados a celebrarlo. Hablamos de un campeonato cadete. Claro que si hablamos de alegrías, para Ucrania simplemente estar ahí ya ha sido un éxito y una pequeña válvula de escape para un país europeo que sigue viviendo una injusta e injustificada guerra, pero además ganaron los tres primeros partidos del torneo (entre ellos a Italia) y pasaron con nota la fase de grupos. Los casos de selecciones como Italia o Finlandia dejan una sensación final de cierta tibieza tirando a calor, sobre todo en el caso de los fineses. Por primera vez alcanzan unos cuartos de final, pero más que una sorpresa parece una consecuencia del trabajo bien hecho y el crecimiento del baloncesto del país nórdico en los últimos años. Markkanen, un superclase al que siempre se le ha puesto bajo sospecha en la NBA, trituró a cada uno de sus rivales, especialmente a Croacia en el partido que rompía el techo finés de octavos de final (43 puntos y 9 rebotes) Para Italia llegar a cuartos de final tampoco supone ninguna sorpresa, y se van con el regusto amargo de incluso haber podido llegar más lejos, pero el retorno del baloncesto transalpino a la élite es una realidad y dejan como punto álgido su victoria de octavos ante Serbia, con aroma a épica y Pozzecco expulsado por los árbitros entre lágrimas.


Pozzecco y la épica



jueves, 1 de septiembre de 2022

EUROBASKET POWER RANKINGS (II)

 


Itoudis sabe que todo pasa porque Calathes alimente a Anteto.



5 GRECIA: la selección helena comparece en este campeonato con un nombre propio por encima del resto: Antetokounmpo. Y es que hasta cuatro de los cinco hermanos más famosos del baloncesto europeo fueron convocados por Itoudis para la preparación de este Eurobasket. Alex, el pequeño, ya ha sido cortado, pero ahí está el dato como ejemplo de la importancia de la familia Antetokounmpo en su país y para vergüenza y humillación de los miserables de Amanecer Dorado. En efecto, todas las opciones helenas parecen pasar por la mejor versión del dos veces MVP de temporada y campeón (y MVP de finales) de 2021. Nada tiene que ver este Giannis con el todavía bisoño jugador del Eurobasket 2015, su anterior comparecencia en este torneo, ni siquiera con el del Mundial 2019, decepcionante con poco más de 14 puntos por partido y eliminado por personales en el partido decisivo ante República Checa que dejó fuera de las eliminatorias a Grecia por un average de tres puntos. Este Anteto llega con laexperiencia suficiente como para entender las diferencias entre FIBA y NBA, presenta su evidente mejoría en el tiro libre y de media distancia, y con una mejor selección en el de larga. Olvidada ya la intención de convertirlo en un “all around player” que iniciase el juego como un base, Giannis se ha convertido en un asesino ejecutor cerca del aro, donde es imparable. Si Itoudis, en su estreno como seleccionador, quiere ver a su equipo llegar lejos, sabe que todas las opciones pasan por alimentar a su bestia greconigeriana, y ahí es donde entran en juego sus dos principales generadores, un Calathes con el que por lo visto en la preparación y ventanas FIBA la conexión es total y un Sloukas tocado cuya presencia en el roster final no está asegurada. Evidentemente sería vital la participación del alma del Olympiacos. Papanikolau es el otro gran referente de la vieja guardia helena. Dorsey, después de su gran temporada en El Pireo precisamente al lado de Sloukas y Papanikolau, llega como nacionalizado de lujo para asegurar puntos (y generación de juego) desde el perímetro. El resto parece un relleno con buen molde físico y cierto talento (Agravanis en el poste y al cuatro abierto) y alguna mirada puesta en el futuro (Kalaitzakis o Lountzis) La escasez de fondo de armario parece el gran hándicap para un roster que no debería tener problemas en ocupar las primeras posiciones de su grupo y pasar la primera eliminatoria, pero llegar a semifinales sería todo un éxito para uno de los alumnos más aventajados del dios Obradovic, un Itoudis que con el bagaje de sus dos euroligas conquistadas con CSKA busca el reto internacional antes de emprender nueva aventura turca en un Fenerbahce donde se reencontrará precisamente con Calathes.


6 ESPAÑA: incluso con el precedente del Mundial 2019, cuesta encontrar un campeonato internacional de selecciones en los últimos 20 años en el que la selección española parta con unas perspectivas tan bajas como las de este torneo. Y aun así nos encontramos un equipo a buen seguro competitivo, que intentará hacer de la defensa una vez más una seña de identidad (la energía de Garuba y Parra, fundamentales) y que siguiendo la tendencia general buscará su mayor producción en la pintura, donde Willy Hernángomez se erige como nuevo líder, al menos estadístico, de esta selección. La producción del mayor de los Hernángomez numéricamente hablando no admite dudas, siempre suma en su casillero, y admitiendo que sufrirá ante los grandes pívots del torneo (algunos de ellos entre los mejores del mundo… Jokic, Gobert, Valanciunas… o Giannis Antetokounmpo quien muy posiblemente salga de inicio de cinco), frente a la gran mayoría de rivales debe provocar auténticas escabechinas. Más dudas provoca su hermano Juancho, quien ha evidenciado un bajo estado de forma durante la preparación y que tampoco parece encontrarse cómodo en este formato grande que busca Scariolo de inicio poniéndole de tres. Con Garuba cogiendo la forma lentamente tras su lesión en el tobillo, la gran noticia ha sido un Jaime Pradilla confirmando las excelentes sensaciones de su buena temporada en Valencia. Las carencias exteriores, especialmente en el base (y más tras la última lesión de Llull), hacen recaer un excesivo protagonismo en el recién llegado vía nacionalización exprés Lorenzo Brown, fantástico jugador a nivel individual pero que no termina de encontrar su juego con sus nuevos compañeros.



España confía en su juego interior.



7 ITALIA: el nuevo proyecto transalpino del medallista olímpico como jugador Pozzeco (releva al entrañable Meo Sacchetti) rompe con el pasado reciente de manera abrupta por la lesión de menisco de Gallinari, quien estaba llamado a encarnar la vieja guardia en una selección que sigue mostrando nombres tan ilustres como Melli o Datome pero cuya fiabilidad debe pasar por la progresión de los Polonara o Fontecchio,jugadores capaces de adaptarse a un rol secundario o de dar un paso adelante llegado el momento. Nico Mannion no admite dudas como nueva estrella emergente. No perder el estatus que tanto les costó recuperar debería ser el objetivo, con la figura de Paolo Banchero en la idea del futuro inmediato.


8 ALEMANIA: tiempos ilusionantes para el baloncesto del principal anfitrión del torneo, una Alemania que finiquitado el ciclo de Henrick Rodl confía en el veterano canadiense Gorden Herbert para subir un peldaño más en un país en franca progresión. Parten en el temible grupo B, pero con jugadores de nivel NBA como Franz Wagner (su hermano Moritz es ausencia por lesión), Dennis Schroder, Daniel Theis y un Johannes Voigtmann en su “prime”, por muy temibles que sean sus rivales de la primera fase deben pasar de ronda y a partir de ahí pueden darle un susto a cualquiera.


9 TURQUÍA: vuelve Ataman, nuestro villano favorito, a un banquillo que conoce bien y en el que no dejó mala impresión, metiendo a Turquía en cuartos del mundial 2014 (remontada ante Australia en octavos), aunque decepcionaron en 2015 con sólo tres victorias sufridas ante Italia, Alemania e Islandia y cayendo de paliza ante Francia en cuanto llegaron los cruces. El reto del ganador de las dos últimas euroligas es inculcar espíritu competitivo a un roster talentoso pero que apenas rinde en grandes citas salvo cuando es anfitrión. En un país con tan larga tradición baloncestística cuesta entender que sólo hayan conquistado dos preseas en grandes citas internacionales (las platas del mundial 2010 y euro 2001), en ambas ocasiones siendo anfitriones. En el resto de su historia no les encontramos ni en semifinales. Puntos asegurados con Larkin, Korkmaz y Osman, y mucha clase en la pintura con Sanli y el joven Sengun. Mimbres para mínimo pasar de fase de grupos. La gran duda una vez más está en sus ganas de competir.


La cuestión turca



10 CROACIA: claro que si hablamos de dudas en cuanto a carácter y competitividad, Croacia vuelve a llevarse la palma. Muchísima calidad en el núcleo principal (Bogdanovic, Saric, Zubac, Hezonja, Simon…) y grandes esperanzas en los prospects Gnjidic y Prkacin (reciente fichaje del Girona de Marc Gasol) Ausentes del último mundial y JJOO, el gran trabajo de Mulaomerovic será inculcar el añorado instinto asesino de la Europa del Este a un equipo tan talentoso como endeble mentalmente.



domingo, 28 de agosto de 2022

EUROBASKET POWER RANKINGS (I)


Comenzamos serial con nuestro particular power ranking en orden descendente. Empezamos con las cuatro selecciones que consideramos más fuertes por diversos factores (especialmente el del roster, pese a algunos no estar todavía cerrados), lo cual no quiere decir que las veamos como las cuatro semifinalistas (de hecho preveo un Serbia-Lituania en cuartos de final, lo cual haría imposible que ambas escuadras luchasen por medallas) 



Fournier y Gobert lideran a una Francia temible.





 1 FRANCIA: la selección de Collet (13 veranos seguidos al frente de los “bleus”) parte como la principal favorita en nuestro particular ranking debido a la combinación de varios argumentos. Calidad individual, continuidad en el núcleo duro de jugadores y en el banquillo con Collet, y no poca fiabilidad a la hora de competir. Hablamos de los campeones de 2013, pero sobre todo de los actuales finalistas olímpicos y único combinado europeo que se subió al podio de Tokio. El roster parece bien maridado, con una gran estrella NBA (Gobert), otra estrella de peldaño ligeramente inferior (Fournier, estrenando capitanía) y una serie de jugadores todavía en progresión como Maledon o Luwawu-Cabarrot, pero además un nutrido grupo destacando en el basket europeo, caso de los Yabusele, Poirier, Cordinier o Jaiteh (gran temporada en Bolonia haciendo olvidar a Epke Udoh) Incluso Heurtel, con todas las habituales dudas sobre su figura (y sobre todo su cabeza) en la selección si ha demostrado saber aceptar ese rol secundario que tanto le cuesta a nivel de clubes. A pesar de las ausencias de Wembayamba y Fall, no recuperados de sus recientes lesiones, y la reciente baja de Ntilikina, cuesta encontrar fisuras en un bloque exuberante en lo físico, con suficiente amenaza exterior y con dos torres como Gobert y Poirier, lo cual en un basket que vuelve a contar con los grandes pívots les asegura en todo momento una referencia interior a la que alimentar desde fuera y que por otro lado puede fijar la necesaria atención defensiva para que los Fournier o Yabusele estén más liberados para ejecutar desde el perímetro. Con la sombra del nacionalizado Embiid planeando para futuras citas internacionales, podemos suponer un grado extra de motivación para Gobert reivindicando su condición de macho alfa del baloncesto galo.




Pesic lo fía todo al duo Micic-Jokic




2 SERBIA: la única selección que puede competir a nivel individual en calidad de fondo de armario con Francia, o que incluso la puede superar. Si la ponemos por detrás de los de Collet es por las dudas que siempre plantea una selección que cita tras cita parte entre las favoritas al título pero acaba gripando en los momentos decisivos. Los nombres, en efecto, asustan, con el MVP de las dos últimas campañas NBA (Jokic) y el MVP de las dos últimas finales de Euroliga (Micic) al frente. Un compromiso con su selección que las dos jóvenes perlas Pokusevski y Jovic no pueden demostrar de momento al no obtener permiso por parte de Oklahoma City Thunder y Miami Heat respectivamente. Petrusev y Koprivica, si finalmente pasan el corte, representarán la nueva hornada de siete pies serbios. Tampoco estará Bogdanovic, recuperándose de su última lesión, pero aun así hablamos de un combinado que no debería bajarse de un podio que ya ocupó en 2017, cuando se tuvo que conformar con la plata tras caer frente a la sorprendente Eslovenia de Goran Dragic y Doncic. Bjelica, a pesar de las dudas sobre su estado físico, debe ser el otro gran referente NBA, luciendo su reciente anillo conquistado con Golden State y celebrando su regreso a Europa (Fenerbahce) en un combinado con mucha veteranía (Lucic, Kalinic, Nedovic…) y jugadores que sin llegar a la treintena están sobradamente consolidados a nivel FIBA (Milutinov, Guduric, Dobric, Marinkovic…) pero que quiere dejar clara la ruptura con el pasado y principio de autoridad de Pesic descartando a Teodosic. Claro que si hablamos de experiencia, en el banquillo la encontramos toda en el ya citado entrenador, quien vuelve a una selección a la que hizo campeona del mundo hace justo 20 años (bajo el nombre de República Federal de Yugoslavia), y que intentará eliminar esa duda habitual en los últimos tiempos en el combinado serbio, la que muestra un vestuario que cuando vienen mal dadas no sabe remar en la misma dirección. En definitiva un roster con muchísima clase y calidad para la circulación del balón, con el eje Micic-Jokic como garantía de goce estético para el aficionado, pero cierta debilidad interior, especialmente en sus piezas más jóvenes. El paso adelante que pueda dar en este sentido Milutinov como “back up” de Jokic, o incluso como compañero en la zona del genio de Sombor si Pesic apuesta por formatos descaradamente grandes, clave para las aspiraciones serbias. Habiéndose perdido los últimos Juegos Olímpicos y con la clasificación para el próximo mundial en entredicho (sólo una victoria en cuatro partidos) además del mal momento de su baloncesto de formación (los U20 acaban de ser campeones de Europa… pero de la división B), el Eurobasket 2022 puede ser la ocasión ideal para que la antaño potencia del Este reverdezca viejos laureles. Últimas noticias, siguen vivos de cara al próximo mundial tras derrotar a Grecia en un auténtico partido resuelto en la prórroga, pero veremos que factura física le puede pasar a Micic, lesionado en el encuentro y de quien se llegó a temer su participación en el Eurobasket.



Eslovenia reune de nuevo a sus dos grandes héroes




3 ESLOVENIA: la gran favorita para FIBA y gran parte de los analistas que estos días definen sus pronósticos de cara al torneo. Argumentos tiene de sobra para ello y desde aquí no vamos a negar ninguno. Posee todas las condiciones para colgarse el oro de nuevo, pero igualmente las tienen Francia o Serbia y con un punto más de calidad en nuestra opinión a la hora de hablar de un roster de doce jugadores. Claro que ninguna otra selección tiene a ese jugador ya histórico (y hablamos de un chaval de simplemente 23 años) que es Luka Doncic. Un argumento que ya te hace favorito automáticamente en cualquier competición y en cualquier contexto. De hecho hemos estado muy tentados a colocar a Eslovenia segundos después de conocer la lesión de Avramovic y el desencuentro de Pesic con Teodosic, dejando un poco cojos a los serbios en la dirección del juego. Pero volvamos a Doncic. El mayor prodigio europeo del siglo XXI ha sido capaz de llevar al baloncesto esloveno (recuerden que hablamos de un país de sólo dos millones de habitantes) a hitos tan salvajes como jugar las últimas semifinales olímpicas y disputarle a Francia el pase a la final hasta el último segundo (ese tapón de Batum sobre la bandeja de Prepelic) Luka ejerce de líder ejemplar, más preocupado de encontrar al compañero mejor colocado que en rellenar su casillero de puntos, rodeándose de nuevo de un núcleo continuista (Prepelic, Tobey, Cancar, Nikolic, Blazic…) pero que recibe un inesperado plus con el retorno del MVP del último Eurobasket, un Goran Dragic que si bien no es el de hace cinco años en un torneo corto de este tipo puede rendir a su mejor nivel (recuerden el Scola del último mundial) Su hermanísimo Zoran también debería ser de la partida, y Ziga Samar, después de su temporadón en Fuenlabrada, puede tener su primer gran escaparate internacional demostrando que también hay relevo, conformando el juego exterior posiblemente más temible del campeonato. Únicamente cierta endeblez interior, donde Tobey se encuentra muy sólo (¿será Scuka a sus 20 años la alternativa?) y la falta de callo en el banquillo al más alto nivel del técnico Sekulic hace que no la coloquemos en las dos primeras posiciones. Y recuerden que aunque haya pasado todo un lustro siguen siendo los vigentes campeones de Europa. 



Sabonis busca la redención... Valanciunas volver al podio.





4 LITUANIA: Venga, nos la jugamos con Lituania como aspirante a medallas. Y es que pese a ser conscientes de que el baloncesto lituano no ha vivido sus mejores años (se quedaron fuera de los últimos Juegos Olímpicos, y ni en el mundial ni europeo alcanzaron siquiera los cuartos de final) hay dos grandes argumentos para considerar a la selección de Maksyvtis (primera gran cita internacional para el nuevo entrenador del Zalgiris Kaunas) como uno de los ogros del próximo Eurobasket. El primero es el ya conocido poderío interior. En un baloncesto evocador del arte del triple, la realidad es que Lituania ha adolecido en los últimos tiempos de juego exterior pero ha producido unas últimas generaciones de pívots absolutamente brillantes. Valanciunas seguirá siendo el eje central, que para eso se ha comido los marrones de los últimos años (desde que en 2015 se colgase su segunda plata europea consecutiva) y porta brazalete de capitán, pero a su lado se consolida un Domantas Sabonis con ganas de revancha después de su decepcionante partido ante Eslovenia en el partido que otorgaba billete para Tokio en el preolímpico de Kaunas. La pareja Sabonis-Valanciunas parece, a priori, el mejor frontcourt titular de todo el torneo, y tanta es la confianza en ellos por parte de Maksyvtis que finalmente no ha tenido miramientos en cortar a su nuevo jugador Birutis (después de sus dos excelsas temporadas en el Obradoiro regresa al Zalgiris) El crecimiento de Echodas (pese a que sus números en Venecia no hayan sido ni por asomo a los que nos había acostumbrado en Vilnius) y recuperar la mejor versión de Kuzminskas, factores a tener en cuenta para que la rotación interior de los lituanos no se resienta en un torneo que apunta a recuperar mucho baloncesto en la pintura. Pero el otro gran argumento para contar con Lituania está en el exterior, donde por fin parecen haber superado los problemas de antaño y contar con jugadores de garantías. Especialmente sangrante era la sequía en el puesto de base, con Kalnietis estirando sus internacionalidades ante la falta de relevo. El relevo tiene nombre propio y responde al de Rokas Jokubaitis. Uno de los bases más intensos y con mejores piernas del continente ahora mismo. La madurez de Lekavicius, asentado ya como referencia en Kaunas, permite al jugador del Barcelona tener un recambio de garantías. Y en las alas tres grandes nombres propios. Rokas Giedraitis, garantía en el “catch and shoot”, Marius Grigonis, con su 43.9% en triples en su carrera Euroliga, y sobre todo la llegada del “canadiense” Ignas Brazdeikis, alero todoterreno de formación norteamericana y que apunta a ser una de las revelaciones del torneo. Lo dicho, vuelven buenos tiempos para Lituania, aunque estar encuadrados en el “grupo de la muerte” junto a dos selecciones incluso superiores como Francia y Eslovenia puede complicar enormemente su camino a las medallas.



lunes, 20 de junio de 2022

LA LIGA CON MÁS CORAZÓN

 


Corazón tan blanco.



El Real Madrid se adjudica la liga más especial, la de su temporada más difícil, el triunfo más épico de toda la era Laso (quizás junto a la Euroliga de 2018, inolvidable aquel discurso en el vestuario del Palacio tras acceder a la Final Four después de eliminar a Panathinaikos con factor cancha en contra) y lo hace precisamente sin Laso en el banquillo.

 

La noche después del segundo partido de una serie de semifinales relativamente plácida ante Baskonia en la que los problemas en el puesto de base ya consolidaban el atípico quinteto de Hanga-Causeur-Deck-Yabusele-Tavares y se mostraba el dominio del pívot caboverdiano hasta límites casi insultantes (16,6 puntos, 10,6 rebotes y 1,3 tapones por partido, con un brutal 67,8% en tiros de campo, 27,3 de valoración media y un +19 cada vez que ha estado en la cancha) Laso se dirigía por su propio pie al Hospital Universitario de La Moraleja aquejado de una indisposición que derivó en un infarto de miocardio. Como bien dijo el legendario base y reconocido doctor Juan Antonio Corbalán, Laso siempre fue un jugador listo y es un entrenador listo, y esa agilidad y rapidez mental le salvó la vida al comprender que algo no iba bien. La noticia nos llegaba la mañana del domingo 5 de Junio y como no podía ser de otro modo supuso un impacto en el mundo del deporte dominado aquel día por otro éxito de Rafa Nadal en Roland Garros. Las dudas se cernían sobre una plantilla madridista muy castigada durante toda la temporada por lesiones, enfermedades por Covid-19 y problemas extradeportivos ejemplificados en los castigos a Heurtel y Thompkins, a todos los efectos apartados del equipo. Pero el problema cardiaco de Laso superaba una barrera incomparable con ningún problema anterior, descubriendo la realidad del entrenador de elite como sujeto sometido a vivir bajo presión en todo momento y dejando al desnudo la fina línea que separa la vida de la muerte.

 

Sorprendió alegremente ver el mismo martes 7 de Junio al propio Laso enfilando su camino a casa, tan sólo dos días y medio después de un infarto. Buenísimas noticias que no escondían la necesidad de la prudencia y de mantener a Laso apartado de unos playoffs que tras la victoria aquella tarde en Vitoria con Chus Mateo liderando el staff técnico llevaban a los blancos a la última estación, la de las finales, a las que acabaría llegando un Barcelona dubitativo pero capaz de reponerse de su pérdida de factor cancha en el segundo partido del Palau ante un enorme Joventut. Con dos victorias en Badalona, la segunda especialmente sufrida, volvíamos a tener la final más clásica de la máxima categoría del baloncesto español, con un Barcelona arrollador durante toda la temporada, capaz de liderar la tabla tanto en ACB como en Euroliga frente a un Real Madrid al alza, con una racha desde la última derrota en el Palau ante Barcelona en la prórroga (con la polémica última jugada de la falta señalada a Poirier en la lucha con Sanli por un rebote que claramente era propiedad de Yabusele) de 15-1 con la única derrota de la final continental ante Efes por un solo punto.

 

Un Real Madrid al alza, pero diezmado. Con Llull y Abalde lesionados (el gallego si pudo al menos ayudar durante 64 segundos a su equipo), el Madrid recurría de nuevo a un quinteto que ya es histórico con Hanga de base (y aquí los blancos recogiendo el trabajo hecho por Pesic con el húngaro cuando decidió reconvertirle en esa posición), Causeur y Deck como puñales en las alas (especialmente clave que el argentino volviese a su versión más vertical y de menos posteo) y Yabusele y Tavares por dentro. El comienzo en el Palau fue deslumbrante, anotando 30 puntos en el primer cuarto y con una exuberancia en el rebote, principalmente en aro contrario, que sería la principal seña de identidad madridista durante todas las finales. Pero mediado el segundo cuarto y con 14 puntos arriba, Anthony Randolph en su defensa sobre Mirotic se torcía dejando una imagen por desgracia tantas veces vista y que nos hacía temer lo peor. Efectivamente, la confirmación llegaría al día siguiente con otra lesión de cruzados para un jugador que pocos meses antes había vuelto a las canchas después de 351 días de ausencia por una rotura del tendón de Aquiles. Llover sobre mojado, empapar sobre mojado en un jugador de una calidad tan extraordinaria como proporcional a su halo de malditismo. La cara de Llull en el banquillo lo decía todo y ensombrecía lo que parecía hasta el momento un paseo blanco en el Palacio. Pero el equipo no se descompuso e incluso en el tercer cuarto estiró las diferencias hasta acabar los primeros 30 minutos con una a priori inconcebible diferencia de 23 puntos tras anotar el jovencísimo Juan Núñez uno de sus dos tiros libres. El partido parecía sentenciado pero el Barcelona ofreció un digno último esfuerzo para con un parcial 12-0 dar vida al encuentro y arrojar pistas a Jasikevicius sobre la pareja Jokubaitis-Laprovittola como su posible mejor backcourt. Ya que por dentro los blaugranas no conseguían esa energía reclamada por el técnico lituano, al menos por fuera con este dúo veíamos al Barcelona morder en defensa, correr y penetrar por la zona rival como cuchillo en mantequilla. No obstante la renta madridista era lo suficientemente importante como para simplemente con la buena mano de Deck desde la media distancia aplacar la rebelión blaugrana, pero ese 24-14 parcial del último cuarto abría una puerta a la esperanza para un Jasikevicius quien no quiso ser especialmente duro con sus jugadores consciente de la labor de diván que le esperaba para recuperar anímicamente a su equipo para la batalla de 48 horas después.



Randolph, perseguido por la desgracia.


 

Batalla que se abría con una puesta en escena similar a la del primer partido y un Madrid que pese a las bajas, en sus jugadores disponibles mostraba una superioridad física preocupante. El Barcelona tardó tres minutos en anotar por medio de dos tiros libres de Higgins, y su primera canasta en juego (Mirotic) no llegaba hasta pasada la primera mitad del primer cuarto. El Madrid llegó a poner un 2-12 en el luminoso que hacía saltar las alarmas blaugranas, pero los locales se repusieron gracias a un Palau espectacular en el ánimo y un Mirotic majestuoso (26 puntos y 7 rebotes), en un partido polémico, con constantes fallos en el reloj de posesión y quejas airadas de los madridistas al final del encuentro, con la imagen del manotazo de Davies sobre Causeur, que acabó en triple de Higgins y técnica de Deck, en total cuatro puntos para un Barcelona que con ocho arriba a siete minutos del final parecía tener el partido en su mano, pero reaccionó el Real Madrid con un parcial de 0-8 para llegar a un desenlace igualado en el que Causeur tuvo un triple para ganar el partido después de dos ataques, uno en cada aro, en los que los blancos reclamaron disparidad de criterio con un posible 2+1 para Tavares de señalarse falta de Davies mientras que al caboverdiano si se le pitó su acción posterior sobre Higgins. Sea como fuere el partido se lo llevó un Barcelona que logró minimizar sus pérdidas de balón (8, su mejor estadística de la serie), compitió en igualdad por el rebote (empate a 39) y en el que la pareja Joku-Lapro volvió a resultar decisiva (+15 y +18 cada jugador en cancha respectivamente… por un pobre -12 de Calathes)

 

Las finales viajaban a Madrid empatadas con un equipo blanco que había demostrado mayor superioridad en el global de los 80 minutos, y pudo haber dejado sentenciado el título en el Palau. Las dudas una vez más estaban en las limitaciones de la rotación, pese a haber recuperado a Llull, 6.20 minutos en el segundo partido y Abalde llegar ya a los ocho. Todo seguía pasando por el ya clásico Hanga-Causeur-Deck-Yabusele-Tavares y la aportación de Poirier como mejor suplente. Dudas disipadas con un Madrid ofreciendo su mejor partido en defensa de las finales. El partido en el que deja al Barcelona en menos puntos (66), le provoca mayor número de pérdidas (19) y desactiva a los mejores efectivos barcelonistas, aplacando el efecto de la mencionada dupla Jokubaitis-Laprovittola, especialmente con la defensa de Taylor sobre el argentino. La superioridad en el rebote de nuevo clave (33 a 26), especialmente dolorosos los 15 en el tablero barcelonista. 

 

El Madrid conseguía tener dos “match balls” para llevarse el título, con un trabajo coral si puede llamarse así cuando hay tan pocos efectivos, pero ese quinteto titular que insisto quedará en la memoria de los aficionados había funcionado tan bien que cualquiera de los cinco jugadores podía entrar en la pelea por el MVP. Pero el partido de Tavares en la definitiva cuarta batalla reventaba cualquier aspiración posible al título individual (y siempre secundario) por parte de sus compañeros. El caboverdiano marcó el camino a la victoria con sus 25 puntos y 13 rebotes, con un 7 de 7 en tiros libres demostrando su concentración y sangre fría en uno de los pocos aspectos de su juego que podrían serle reprochados. 7 de sus rechaces fueron ofensivos, algunos de ellos casi ridículos, palmeando el balón con varios cuerpos rivales por delante hasta hacerse con la bola y dar una nueva posesión a su equipo. Alcanzó los 41 de valoración, a sólo dos de su mejor marca (en un partido intrascendente ante Zaragoza en la fase final excepcional de Valencia de 2020 cuando el Madrid ya no tenía opciones de semifinales) y su actuación vuelve a poner de relieve la importancia del pívot dominante. No creo que esa figura en algún momento desapareciese, pero es cierto que el volumen de tiros desde el exterior en el basket actual ha dejado fuera del foco a estos siete pies clásicos cuyo rango de lanzamiento se limita a la zona. En un equipo sin bases Tavares ha sido el ancla de una nave blanca que recupera el trono del basket nacional dos temporadas después, tras el título de 2019 con un MVP 42 centímetros menos que el caboverdiano: Facundo Campazzo. Laso vuelve a demostrar su capacidad de adaptación a distintos formatos baloncestísticos, el maestro de la heterodoxia.


Tavares empequeñeció a cualquier rival.


 

Algunos datos llamativos sobre la importancia del rebote en estas finales. El Real Madrid ha capturado 88 rebotes en su tablero y 53 en aro contrario, un total de 141, mientras que el Barcelona obtiene 97 en canasta propia por 37 en el madridista, es decir, 134. La diferencia no es muy grande, siete rebotes más en cuatro partidos, pero si es sustancial dicha disparidad respecto a lo que sucede en los dos tableros. Mientras que en la canasta madridista hay 125 rechaces, en el aro blaugrana la cifra aumenta hasta 150. 25 rebotes más que muestran en principio un mayor acierto ante la canasta rival del equipo de Jasikevicius frente a un Madrid más errático en el lanzamiento. El problema viene cuando comprobamos el reparto de dichos rebotes, ya que el Barcelona captura 37 de los 125 en el tablero de los de Laso, es decir, un 29,6%, pero su rival le arrebata nada menos que un 35,3%, 53 de 150. Esta diferencia porcentual de casi un 6% se traduce en un equipo madridista que ha dispuesto de un total de 292 tiros de campo por 222 del rival blaugrana. Nada menos que 70 lanzamientos más de diferencia. En tiros libros también domina el Real Madrid pero con una divergencia mucho menor de 72 a 66. El Madrid, está claro, ha dominado por dentro, no sólo con la superioridad reboteadora en aro contrario sino además con una gran producción anotadora en la zona gracias a jugadores tan verticales como Hanga, Causeur, Llull, Rudy y Deck, incluso Poirier se ha destapado como un hábil penetrador desde fuera (y como ha sufrido en defensa un mermado Sanli, cuya lesión dejaba al descubierto sus problemas de lateralidad), y por supuesto un Tavares sembrando el terror en ambos aros. Deja unas medias en estas finales de 13,5 puntos, 6,5 rebotes, 1,25 asistencias, 1 robo y 1,5 tapones, un promedio en valoración de 20 y una media de +11,5 en pista. Y sobre todo esa descomunal actuación ya citada en el partido decisivo. Su impacto cada vez que comparecía en pista parecía eclipsarlo todo… todo excepto la presencia de Pablo Laso en esos minutos finales en los que las cámaras buscaban a un hombre paradójicamente debilitado pero a la vez fortalecido en su corazón, emocionado ante la gesta de sus muchachos y sus compañeros de staff, comenzando por un Chus Mateo que engrandece la figura del técnico asistente, muy a menudo desconocido para el gran aficionado e injustamente encasillado en un rol que una vez adquirido cuesta salirse del mismo, a diferencia de, por ejemplo, la NBA, donde es frecuente ver nombres ilustres pasar de coach principal a asistente y viceversa de una temporada a otra.

 

El corazón de Laso y un Real Madrid nuevamente reinventado vuelve a latir, un Real Madrid al que volvió a llevar a la gloria después de una larga travesía en el desierto y con el que ya suma 22 títulos, igualando a Lolo Sainz, aunque todavía con tres temporadas menos. El cambio de ciclo que parecía perpetrar Jasikevicius tendrá que esperar. Un Jasikevicius injustamente señalado tras la derrota, incluso por alguno de sus jugadores, como Mirotic y sus declaraciones señalando inequívocamente a su técnico por la derrota. No se confundan, la temporada barcelonista ha sido brillante pese al resultado final. Resulta difícil evitar las comparaciones con el Madrid de Laso en 2014. Aquella temporada el equipo blanco había realizado un baloncesto sensacional, dominando las temporadas regulares de ACB y Euroliga, pero la derrota en la final continental ante Maccabi Tel Aviv y sobre todo en las finales domésticas ante el Barça de Pascual (otro al que se le dio la patada y ahora se le echa de menos), con una dinámica similar a la de este año (el Barcelona de entonces gana el primer partido en pista rival y asegura el título con sus dos partidos del Palau), dejaron en entredicho al técnico vitoriano, más fuera que dentro del club blanco durante aquel verano. Su salida hubiera significado un error histórico. Laso continuó y el resto es historia. Qué tomen nota en los despachos azulgranas.


EQUIPO.