domingo, 25 de diciembre de 2022

LAIMBEER EN CONTEXTO

 

Dentro de los tópicos habituales en el mundo del baloncesto por parte de los aficionados añejos, a los que más justamente hay que considerar ex-aficionados, debido a que no siguen el baloncesto actual más allá de unos eventos muy concretos (un Eurobasket, una Final Four de Euroliga, unas finales de NBA...) está el de mantener en su memoria a Bill Laimbeer en una posición estática e injusta en la historia de este deporte como un simple pívot mamporrero en la pintura de los Detroit Pistons de la segunda década de los 80, uno de los equipos, por otro lado, más fascinantes de todos los tiempos. Me atrevería a decir incluso que no ha habido un equipo en la historia que sin desplegar un juego que podríamos considerar brillante, y que de hecho a los ojos de hoy resulta caduco hasta límites absurdos (y aquí tengo que enfrentar a la realidad a ese ex-aficionado prisionero de la nostalgia recalcando que aquellos Pistons de Chuck Daly que ganaron dos anillos a finales de los 80 a duras penas podría ser equipo de play offs en la NBA actual) que haya sido capaz de generar tantos adeptos, devoción y culto. Y es que aquellos Detroit contaban con un talento muy limitado en unas contadas piezas exteriores, evidentemente Thomas y Dumars, más Vinnie Johnson desde el banquillo y en el alero primero un Dantley que con años a cuestas seguía siendo pura clase, y luego un Aguirre cuyo traspaso por el citado Dantley en febrero del 89 es clave para entender como la franquicia de la MoTown subió ese último peldaño que le faltaba para ser campeones de la NBA. Pero más allá del talento individual, de la capacidad de producir y generar juego, aquella banda de maravillosos macarras desplegaba un encanto seductor, un carisma peligroso y salvaje como el que puede percibirse con el Grupo Salvaje de Sam Peckinpah caminando hacia el cuartel del general Mapache con esa mezcla de nihilismo y pachorra. O mejor todavía y de manera más prosaíca, más canchera, era como si el equipo de hockey hielo de los Baltimore Chiefs que George Roy Hill había dibujado en la despiporrante “El castañazo” se hubiera hecho realidad, pero trasladada a la NBA.


En ese ecosistema pendenciero callejero, de una violencia casi amable, como la del niño que vuelve a casa sangrando porque ha tenido una pelea con el matón del barrio y el padre lejos de reprobarle reconoce orgulloso que un episodio así no contribuye a otra cosa que a aprender y a madurar en eso que entendemos como “la vida”, la figura de Laimbeer encaja como un guante, como el chulo más fino dentro de una pandilla de desarrapados, para empezar porque, claro, y esto es fundamental, Laimbeer lejos de ser un macarra curtido en las calles, un superviviente de callejones oscuros y esquinas en las que brillaba el reflejo de una navaja, era lo que vulgarmente podemos entender como un “niño pijo”. Conocida es su frase “yo soy el único jugador de la NBA cuyo padre gana más que él”. Para el lector que desconozca el motivo, hay que recordar que el padre de Bill, William Laimbeer Sr, era un alto ejecutivo de la Owens-Illinois Inc., la mayor compañía de producción de envases de vidrio del mundo. Un millonario no obstante lo suficientemente demócrata y liberal como para que su hijo pudiera labrase su propio camino en las canchas sin que nadie le regalase nada. Pero ese origen feliz y acomodado de Laimbeer da mayor mérito si cabe a su adhesión a un baloncesto labrado a golpes, sin que pudiera haber mayor contraste con su líder, aquel demonio llamado Isiah Thomas que creció en el West Side de Chicago, uno de los barrios más pobres y conflictivos de la ciudad de Illinois, donde las pandillas acechaban constantemente para reclutar aquellos chavales a los que lo único que se les ofrecía era el “o con nosotros o contra nosotros”. En la biografía de Thomas se relata el escalofriante suceso de aquella noche de 1966, cuando la banda conocida como los Vice Lords se presentó con 25 de sus principales miembros en la casa de Mary Thomas (el padre había abandonado a la familia, otro desgraciado tópico de la NBA que emparenta a Thomas con genios posteriores del tamaño de LeBron James) para llevar a sus filas a alguno, o algunos, de los siete hijos varones de la señora Thomas, entre los que se encontraba el pequeño Isiah. Y de hecho algunos sucumbieron y se arrojaron a aquel mundo cruento de las calles en las que se vieron manejando con la misma facilidad un revolver que una jeringuilla. Thomas significaba en ese aspecto el ejemplo de superación, de salvación a través del baloncesto, una salvación que Laimbeer, quien disfrutaba de una plácida infancia y mejor educación posible en el tranquilo barrio de Clarendon Hills, a las afueras de, también Chicago, nunca necesitó.


Bill Laimbeer pudo haberse dedicado a cualquier cosa que le hubiese apetecido con la tranquilidad del colchón financiero familiar, sabedor de que siempre tendría una vuelta atrás, un “reset” frívolo que se pueden permitir quienes juguetean pero no arriesgan. Pero su camino estaba en las canchas, y por duro que fuese nada le iba a impedir llegar a la élite, labrándose una carrera en la que absolutamente nada tenía que ver la posición de su padre. La cancha no engaña. En el instituto de Palos Verdes, California, una vez mudada la familia allí, empezó a hacerse un muy pequeño nombre. Una foto en blanco y negro con penosa resolución y Laimbeer realizando un tiro en suspensión es el único documento que permanece en las hemerotecas para quien intente discernir como era el Laimbeer jugador de baloncesto adolescente. Notre Dame, en Indiana, estado de puro baloncesto, sería su elección universitaria, no sin dificultades. Fuera del equipo tras su primer año, tuvo que pasar dos semestres en el Owens Technical College de Toledo, Ohio, antes de ser readmitido con los Fighting Irish, un “college” que por aquellos finales de los 70 era de los más potentes de la NCAA, de hecho Laimbeer llegó a disputar la Final Four por el título de 1978 (la primera en la historia para los de Indiana) que finalmente se llevó el Kentucky entrenado por Joe B.Hill y con jugadores como Rick Robey, número 3 del draft de aquel año o Jack Givens como principales figuras (además de un tal Mike Phillips de enorme recuerdo posterior para el baloncesto español) La estadística oficial deja unas medias de 7.4 puntos y 6.3 rebotes en su etapa universitaria saliendo desde el banquillo. Números nada llamativos que le hacen caer a la tercera ronda del draft de 1979 (el de “Magic” Johnson... y su compañero Vinnie Johnson) elegido por Cleveland con el número 65 por detrás de un buen número de jugadores con una evidente peor carrera posterior. La perspectiva era tan poco halagueña que, como muchos otros jugadores de recuerdo indeleble (Kurt Rambis en Grecia por ejemplo) decide empezar su carrera profesional en Europa antes de dar el salto a la NBA. El recién ascendido Pinti Inox Brescia de la Lega italiana fue el destino elegido después de ser descartado por otros equipos, como por ejemplo el Barcelona. Un joven proyecto donde desarrollar su baloncesto sin presión alguna. Tan joven era aquel proyecto que como tercer entrenador contaban con un chaval de 18 años de la propia ciudad lombarda loco y enamorado del deporte de la canasta. ¿Su nombre? Sergio Scariolo. Aquel equipo debutante llega contra pronóstico a disputar los play offs por el título ante el intratable Varese de Bob Morse y Dino Meneghin. Laimbeer deja unas medias de 21.1 puntos y 12.5 rebotes que intuyen un potencial a punto de liberarse, e incluso más importante, para un chaval de 22 años, la prueba de madurez de jugar en otro país, otro continente, otra cultura.


Un año feliz en Italia.





Vuelta a Estados Unidos donde Cleveland le espera, un equipo con pocas aspiraciones en aquellos primeros 80 y donde no tarda en hacerse titular y un jugador básico en los esquemas de los hasta cuatro entrenadores que llega a tener en apenas temporada y media en la franquicia de Ohio, tan convulso e inestable era el panorama en aquellos Cavs. Entre aquellos técnicos se encontraba quien acabaría siendo figura clave en su carrera, un Chuck Daly despedido en marzo de 1982 después de un pobre balance de 9 victorias por 32 derrotas. Laimbeer no pudo lamentar aquel despido ya que él mismo un mes antes salía de Cleveland en el trade que cambiaría todo en su carrera. La noche del 16 de Febrero de 1982 y sólo 15 minutos antes del cierre de mercado de traspasos en la NBA, Detroit y Cleveland llegaban a un acuerdo por el que los de Ohio recibían a Phil Hubbard, Paul Mokeski y las dos primeras rondas del próximo draft a cambio de Laimbeer y Kenny Carr, quienes hacían las maletas rumbo a la MoTown. El gran nombre parecía el de Carr, con sus imponentes15.2 puntos y 10.3 rebotes por partido. Pero revisando la hemeroteca las declaraciones del general manager de Detroit por aquel entonces, Jack McCloskey, son absolutamente reveladoras. El objetivo del traspaso era hacerse con Laimbeer, pese a presentar unas medias prácticamente la mitad en puntos y rebotes que Carr. Anticipando todo lo que iríamos viendo posteriormente con la irrupción de la estadística avanzada en el mundo del baloncesto, McCloskey reveló que manejaba una particular estadística con diez apartados distintos con valoraciones del 1 al 10 en las que había que sumar un total por encima del 80. Laimbeer pasó aquella peculiar prueba, más allá de que no pareciese un gran anotador o reboteador. 30 años después de aquel movimiento McCloskey recordaba que le había llevado a lanzarse a por Bill: "Lo vi jugar cuando jugamos contra Cleveland. Les ganamos bastante bien esa noche, pero lo vi competir hasta que se pitó el último silbato. Nosotros no teníamos demasiados tipos grandes entonces y tenía que tratar de atraparlo. No tenía un juego de pies elegante ni nada de eso, pero quería ganar". El resto sería historia para una MoTown que vivía ilusionada aquel 1982 el año rookie de Isiah Thomas y que dos años después vería el reencuentro de Daly con Laimbeer. Fichado en el verano de 1984 por Jack McCloskey, arquitecto en la sombra de los “Bad Boys”, el mítico entrenador reconocería en 1995 que el mensaje que le lanzó el GM era claro: había que hacer algo nuevo, especial, distinto, con la defensa. Daly reconocería que no tenía claro que era aquello nuevo que podía hacer y lo buscó no en la defensa, si no en el ataque. Bajando el ritmo de los partidos y alargando las posesiones, mientras la mayoría de los equipos buscaban el aro rival en el menor tiempo posible aquellos Pistons mecidos por la mano de Thomas especularían con el reloj de posesión sin el mínimo descaro. Parecía un pecado mortal para la mejor liga de baloncesto del mundo, un espectáculo congratulado en que el consumidor no pudiera siquiera pestañear. Y sin embargo aquello que pudiera parecer una afrenta al entretenimiento dejó algunas de las temporadas más vibrantes de la historia de la NBA.


En ese contexto gran parte de la memoria colectiva sigue empeñada en recordar a Laimbeer como apenas un mamporrero, una figura más próxima al pressing catch que al baloncesto junto a su compañero de la zona, aquel Rick Mahorn quien si era un jugador limitado y con la defensa y neutralización del rival como principal valor. Pero en Laimbeer había mucho más.


Los 619 triples intentados en sus 15 años de carrera NBA parecen una broma en el baloncesto actual, pero Laimbeer aterriza en una liga que había instaurado la línea de la larga distancia sólo un año antes. Si el intento triple era un recurso muy secundario, una alternativa exterior cuando se cerraban las vías habituales del bloqueo y continuación para finalizar lo más cerca del aro posible, o una bala desesperada buscando épicas remontadas, verlo en manos de un cinco se convertía en auténtico anatema. Laimbeer fue pionero como pívot tirador. Más allá de sus números en la larga distancia, débiles si se confrontan con el panorama actual pero voluptuosos en aquellos primeros años del triple, hay que reconocer el empeño del jugador en abrir una vía que parecía vetada a los hombres altos. En aquel baloncesto de cloroformo que imponía Daly, Laimbeer sabía encontrar su momento en la cabecera exterior desde donde ejecutaría con la larga distancia o incluso ayudaría a la circulación del balón. Sin ser un pívot especialmente dotado y habilidoso en el pase y a sideral distancia de esos bases en cuerpo de pívots que hemos visto desde Arvidas Sabonis hasta Nikola Jokic, Laimbeer era un jugador dotado de eso que se conoce como “IQ” baloncestístico, conocimiento y sentido del juego, hasta el punto de ser el tercer generador de juego principal de los ataques estáticos de Detroit por detrás de Thomas y Dumars. Algo de aquello debía haber pergeñado en su momento McCloskey en su particular escala estadística cuando tuvo claro que hacerse con Laimbeer iba a dar al juego de su equipo una dimensión superior. Aquellos años gloriosos de los Pistons, concretados principalmente en el periodo 1986-90, o alargado incluso al 91 pese a ser barridos por los tiránicos Bulls de Jordan en las finales de conferencia, saldados con cinco finales de conferencia, tres finales por el título de campeones, y dos conquistas del anillo, no se pueden entender sin la figura de un Laimbeer que lejos de la exuberancia física de los Ewing, Robinson u Olajuwon llegó a estirar su record de partidos consecutivos en 685, una de las mayores rachas de la historia, y durante el periodo de 1982 a 1990 no hubo ningún jugador que capturase más rebotes defensivos que él, en una década dominada por pívots de la calidad de los tres citados anteriormente. Encasillar a Laimbeer como un mero jugador defensivo siempre al borde de la legalidad es una injusticia atroz, y propia, en todo caso, de quienes tienen una mirada sobre este deporte muy limitada.


Daly, el mentor.





Y es que se trata de reconocer a Laimbeer mucho más allá de ese nostálgico cromo ochentero y otorgarle su papel en la historia de este deporte. Reconocer ese referido “IQ” que años después hemos visto trasladado a los banquillos, convirtiéndose, y no es gratuíta la afirmación, en uno de los mejores entrenadores de la historia de la WNBA.


Hace 20 años Laimbeer volvía al Palace de Auburn Hills para sentarse en el banquillo del joven proyecto de baloncesto femenino en la ciudad del motor, las Detroit Shock, primero como asistente de Greg Williams, a quien releva en 2002 para convertir a aquel equipo en uno de los mejores de la competición, apoyado en su viejo compinche de la zona como ayudante, el bueno de Rick Mahorn. Por mucho que pudiera parecer una de las parejas más bizarras jamás vistas en un banquillo la trayectoria es absolutamente espectacular. Tres títulos de campeonas en seis temporadas completas de Laimbeer (el primero en 2003 todavía sin Mahorn) reflejan un dominio incontestable, lo que se entiende como una dinastía. Posteriormente cinco temporadas con las New York Liberty, con dos finales de conferencia como mayores logros, y sus últimos cursos en Las Vegas Aces a quienes ha hecho campeonas Becky Hammon, le confirman como uno de los grandes nombres del baloncesto femenino estadounidense. Gloria absoluta para una Hammon quien en su primera temporada como entrenadora principal se ha estrenado con el título, pero justo es reconocer el crecimiento experimentado por la franquicia de Las Vegas de la mano de Laimbeer, llevándolas a las segundas finales de su historia en 2020 (las primeras habían sido en 2008, cayendo precisamente ante las Detroit de Laimbeer) A sus 65 años, y habiendo dejado el banquillo de Las Vegas la pasada primavera (y siendo uno de los principales valedores para que Becky Hammon le relevase), el mítico ex-jugador y entrenador anunciaba que no entraba en sus planes volver a entrenar. Toca dedicarse a su familia y su granja de Michigan, buscando una paz inconcebible en sus años de ardor guerrero protegiendo el aro de Detroit. Cuesta imaginarse al bueno de Bill plantando unos pepinos en una huerta o acariciando el lomo de un caballo, o cualquier otra bucólica actividad propia de una granja del midwest norteamericano, pero lo cierto es que, y este era el objetivo de estas líneas, más allá del cliché del Laimbeer soltando puños y codos, nos encontramos ante un hombre de baloncesto con una inteligencia y clarividencia tales como para lidiar con las aristas de su juego y potenciar sus virtudes que iban más allá del trabajo en cancha propia y se traducían en fecunda producción ofensiva para su equipo. Un jugador a su manera único en una época y en un equipo igualmente únicos en la NBA. El único equipo que consiguió transformar la fealdad, la acritud del juego, en algo fascinante que pudiera sumar cientos de miles de adeptos para su causa por todo el globo terráqueo. Un hombre de baloncesto.


...y la gloria como entrenador.



viernes, 23 de diciembre de 2022

CUENTO DE NBA

 







Primavera de 1987. En la clase de gimnasia de primero de BUP del instituto Álvaro de Mendaña yo corría a paso seguro detrás de José Luis González, “Peque”. Peque era un referente en su juego, una especie de ídolo a pequeña escala, y no recuerdo porque razón, quizás en alguna pachanga o entrenamiento me confesó que también él era seguidor de los de Detroit Pistons. En la Ponferrada de 1986 aquello podía unirnos incluso más que confesarnos devotos de Johnny Thunders.


Aquella mañana yo corría seguro detrás del paso de Peque, al fin y al cabo y a nuestra escala local era mi ídolo. Le había visto dar pases por la espalda, pases sin mirar, o lanzar a canasta sin levantar la vista al aro (este último truco particularmente me lo apropié con estupendos resultados para mi estadística particular), todo ese repertorio insultante y engreído en cuanto a una magia que te abofetea que la habíamos visto por la tele a aquel tal “Magic” Johnson. Evidentemente yo, como buen sátrapa del baloncesto, intenté agenciarme aquellos trucos, por mucho que no me salieran. En todo caso lo de lanzar sin mirar al aro para despistar al defensor y anotar todavía más y engordar aquellas estadísticas anotadoras que me hacían ser máximo anotador partido tras partido y llegar a clase con aquellas pintadas en la pizarra de “Viva Epipepito”, que yo, siendo madridista y siendo mi mayor ídolo Chechu Biriukov, pues tampoco es que me supusieran ningún orgasmo adolescente deportivo (entre otras cosas porque con mi fama de feo, chepudo y desdentado sabía que no iba a suponer ningún aldabonazo en el estatus del insti, simplemente era la historia de un tipo feo y bajito que las metía casi todas)


Peque en ese sentido era otra cosa. Era rubio y guapo y parecía más hijo de California que de la extinta Montaña del Carbón de Ponferrada. Pero para mí sobre todo era otra cosa, era el tipo que daba pases por la espalda, pases sin mirar, y lanzaba a canasta sin mirar al aro. Y cuando acababa un partido cualquiera firmando yo 30 puntos en mi casillero, en realidad envidiaba a aquel chaval sólo porque había dado un paso por la espalda increíble.


Así sucedieron muchas tardes, muchos entrenamientos, muchos partidos...


Y un día, no puedo recordar ni como ni porque, aquel mago de los pases por la espalda con el que compartía cancha me confesó que era seguidor de los Detroit Pistons. Y aquel torpe imitador suyo que no sabía dar pases por la espalda pero metía 30 puntos por partido encontró además del gran referente en la estética del juego al gran aliado de lo que tenía que venir. No podía ser otro.


Y así estábamos en la primavera de 1987 cabalgando en un resuello frágil y fácil para jóvenes atletas como nosotros cuando le susurré a Peque unas palabras proféticas sólo paridas cuando corres en pantalón corto y tus huevos son golpeados por la brisa berciana. Y le dijé: “esta temporada seremos finalistas de conferencia, la siguiente campeones de conferencia y finalistas de la NBA, y la siguiente campeones y ganadores del anillo”. Aquellas débiles palabras, de un flacucho escolta que metía 30 puntos por partido, susurradas al oído de su base que repartía asistencias imposibles y lanzaba sin mirar el aro y yo le imitaba como el gran ursupador del talento que siempre he intentado ser (porque hasta para robar hay que valer), acabaron siendo proféticas. Unas finales de conferencia a 7 partidos frente a los mejores Celtics que yo haya visto (admitiendo aquí que en su día, por edad, no vi a los Russell, Havlicekc, etc), con aquel robo de Bird a Laimbeer en el G5 a falta de 5 segundos para canasta de Dennis Johnson, se lo cargó todo, retardó el dominió Piston pero respetó mi profecía, todavía me duele en el alma esa jugada... las finales del 88 con ese Kareem increíble, con 40 años, sentenciado desde el tiro libre, y el G7 con la canasta de A.C. Green para sentenciar un partido en el que en puridad fueron mejores desde el principio. Pero aquella hoja de ruta pergeñada desde el patio del Álvaro de Mendaña, susurrando al oído del mejor jugador que podía ver a mi lado en la cancha, y él único que en 1987 confesaba ser de unos Pistons que acabarían siendo equipo de moda, me sigue reconfortando y recordando porque sigo considerando que no hay deporte más mayúsculo que este y una competición a la altura de la NBA.


No la hay, no se puede entender si no como en 1987 dos flacuchos esmirriados, uno que daba pases por la espalda y otro que metía 30 puntos por partido, con apenas 13 o 14 años se declaraban fans de unos Detroit Pistons que jugaban a miles de kilómetros de nuestra casa. Pero tan cierto como que no puedo concebir mi vida sin los Jam, los Who o los Ramones, lo es que aquellos Detroit del periodo 87-90 dejaron una huella tan indeleble en mi vida como aquellos pases sin mirar de Peque, y no diré que es lo mejor que he visto nunca en este deporte porque gracias a Dios después he podido disfrutar muchas cosas a la atura o superiores, como el Madrid de Laso sin ir más lejos.


Feliz Navidad, y en 2022, por Dios, seven seconds or less... ni un paso atrás con el basket de especulación.


A lo loco se vive mejor.


lunes, 5 de diciembre de 2022

DIEZ EQUIPOS

 

El lector habitual de este blog, si lo hubiere, habrá advertido un notable descenso en la actividad del mismo, cosa por lo que ya nos hemos fustigado públicamente en ocasiones. Hemos encontrado no obstante un buen escenario para seguir conectados a la actualidad baloncestística colaborando en el podcast semanal  Zona 3-2, normalmente grabado los lunes por la tarde y colgado en la red los martes por la mañana. Esta semana no emitimos, por lo que para matar el gusanillo traemos una pequeña entrega poniendo el foco en los diez equipos más calientes ahora mismo en Europa. 



FENERBAHCE: balance temporada 18-3

Inevitable comenzar con el actual líder de Euroliga, que en once jornadas en el máximo torneo continental sólo ha claudicado ante los dos grandes de la ACB, cayendo por un punto en Barcelona y hace unos días en su feudo ante un Real Madrid al alza. El rodillo de Itoudis se impone también en la BSL turca, con un impoluto 9-0 hasta la fecha. Eso sí, el único título disputado hasta la fecha, la Supercopa de su país, se la llevó el Efes de Ataman. A nivel colectivo destaca su casi 40% desde el triple tanto en Euroliga como en competición doméstica, con jugadores como Wilkebin lanzando por encima del 50% en BSL (17 de 33) y del 40% en Europa (26 de 64), Mahmutoglu alrededor del 45% en ambos escenarios e incluso Calathes sorprendiendo con su 14 de 29 en Euroliga desde la máxima distancia. Aunque dentro de un gran rendimiento colectivo los mayores focos apuntan a un Jonathan Motley quien tras una brutal campaña en Lokomotiv Kuban (dejó unas medias de 21.2 puntos y 7 rebotes en Eurocup) confirma sensaciones de power-forward referencial clavando prácticamente sus estadísticas en liga doméstica y continental, con 14.4 puntos en ambas competiciones y 5.9 rebotes en Turquía y 5.5 en Europa, pero necesitando tan sólo 22 minutos en cancha. Y todo ello sin contar todavía con un Bjelica que no acaba de recuperarse de su lesión en el gemelo.

 

REAL MADRID: balance temporada 17-5

Es imposible no resistirse a pensar que podría hacer un entrenador del calibre y el carácter de Pablo Laso con un equipo con un perfil físico tan fascinante como este “forwarizado” Real Madrid capaz de fabricar baloncesto de seda con quintetos plagados de jugadores por encima de los dos metros, pero hay que darle todo el crédito a un Chus Mateo capaz de sobreponerse al ruido alrededor suyo. De momento han levantado la Supercopa ACB, están a la estela del líder Tenerife en competición doméstica y en Euroliga suman ya seis victorias consecutivas. Y a la espera de recuperar a Alocén, Rudy, Hanga, Yabusele y Randolph, quienes ya solos de por si conformarían un quinteto de total garantía. Dentro de la coralidad blanca destacan los 15 puntos por partido en Euroliga (15.2 en ACB, estadísticas casi miméticas) de Dzanan Musa, pieza clave de Mateo en este comienzo de curso junto a Deck y Tavares, los jugadores más regulares del equipo madridista (sin olvidar a Yabusele hasta el momento de su lesión)


OLYMPIACOS: balance temporada 16-4

 Admitamos que su actual 7-0 en liga griega no impone demasiado (precisamente hoy día 5 de Diciembre se enfrenta a su único rival potencial, Panathinaikos), pero hablamos de un equipo que ha conquistado la Supercopa helena por primera vez en su historia (ganando con solvencia además al citado Panathinaikos por 15 puntos) y que en Europa vuelve a sorprender con un 7-4 que apunta a volver ser equipo de play-offs por segundo año consecutivo y en los dos años después del adiós de la leyenda Spanoulis. El ADN competitivo sigue intacto y Bartzokas (quien ya sabe lo que es levantar el máximo trofeo continental con el club del Pireo, 2013) ha encontrado un núcleo absolutamente fiable en la dirección de Sloukas (13.4 puntos y 6.8 asistencias en Euroliga), la fortaleza interior de Moustapha Fall (71.2% en tiros de campo, siempre cerca del aro) muestra de un baloncesto europeo que vuelve a contar con la importancia del cinco puro, y sobre todo el nivel estratosférico de Sasha Vezenkov, jugador más valorado hasta el momento de Euroliga con 19.9 puntos, 8.2 rebotes, 2.2 asistencias y 1.4 robos para una brutal valoración media de 26.6. Rodeados además de secundarios tan contrastados como Papanikolau, Walkup, Bolomboy, Peters o McKissic, está claro que estamos ante un equipo top continental.


MÓNACO: balance temporada 17-5

 Para muchos la gran revelación de la actual temporada en Euroliga, para otros la confirmación de los visto el pasado curso, cuando estuvieron a punto de cargarse a todo un Olympiacos llevándole a una agónica serie de cinco partidos. El “otro Obradovic”, Sasa, maneja con buen tino un equipo en el que impera tanto talento como anarquía ofensiva, ejemplificada sobre manera en el genio disoluto de Mike James (17.9 puntos y 4.4 asistencias por partido en Euroliga, 14.1 y 6.4 en competición doméstica) pero acompañado también de claros “jugones” exteriores como Elie Okobo o Jordan Loyd. En ese contexto gana importancia la figura del infravalorado estajanovista John Brown III, una navaja suiza que merece ser considerado élite defensiva. Súmenle una tripleta interior tan abnegada como eficiente como es la formada por Moerman-Motiejunas-Donta Hall y tienen uno de los equipos más excitantes del continente.

 

BARCELONA: balance temporada 16-7

No acaba de romper el equipo de Jasikevicius, arrastrando además la mancha de perder la Supercopa ACB en otra remontada madridista, pero aparece bien posicionado en los puestos altos de la tabla tanto en Euroliga como en ACB, recuperando poco a poco la mejor versión de Cory Higgings y con un recién regresado a las pisas Mirotic. El peso hasta este momento lo han llevado especialmente los bases, un Laprovittola en modo ametralladora (tremendo 46.4% en triples en Euroliga con nada menos que 69 lanzamientos intentados) y pasador (4.6 asistencias en Europa), un Satoransky aportando en todo (máximo reboteador de su equipo en Euroliga) y un Jokubaitis al que Saras foguea sobre todo en ACB (ahí lo tenemos jugando casi medio partido promediando 7.6 puntos y 4.5 asistencias) Puede extrañar ver a un equipo así sumar ya siete derrotas en lo que va de temporada pero con este nivel en los bases, la progresión en la adaptación de Da Silva, y la recuperación de la forma de Higgings y de la figura de Mirotic afrontan el invierno como uno de los equipos de más garantía del continente.


LENOVO TENERIFE: balance temporada 12-2

Líder ACB con el 90% de victorias y sólo cediendo un partido de Basketball Champions League en Grecia ante el Peristeri de Spanoulis. Vidorreta mantiene un bloque de ritmo alto y excelencia exterior (45.5% en triples en BCL, 38.6% en ACB) en el que sumar un efectivo como Jaime Fernández ha sido todo un acierto, aunque la clave sigue siendo la increíble dilatación en el tiempo de la pareja Huertas-Shermadini. Y si hablamos de bases “puros”, el dúo Huertas-Fitipaldo no tiene parangón en la ACB.


ANADOLU EFES: balance temporada 13-7

Lo querían enterrar (una vez más) pero el Efes ya está de vuelta, y con un roster que si no puede parecer tan largo como en temporadas anteriores, si parece al menos superior en su potencial quinteto titular Micic-Larkin-Clyburn-Polonara-Zicic. Sorprende el bajo rendimiento (y minutaje) del italiano, con sólo 12.6 minutos por partido en Euroliga (en BSL se va a los 26.5) La baja de Larkin, no puede ser de otro modo, es otro condicionante para explicar su mal comienzo de temporada. Con todo y aun así levantaron la Supercopa turca para abrir el curso y ya están terceros en competición doméstica y sextos en Euroliga. Acaba de perder en casa 111-112 tras doble prórroga frente a un muy reforzado Pinar Karsiyaka (han llegado Kuzminskas, Ángel Delgado, Jaylon Brown, Errick McCollum…) en uno de los partidos de la temporada.

 

VIRTUS BOLONIA: balance temporada 15-7

Pese a cotizar a la baja en Euroliga ahora mismo con tres derrotas consecutivas que les han sacado de puestos de play offs, hablamos del líder invicto de una recuperada Serie A italiana y del vigente campeón de la Supercopa transalpina. Contrasta la sobriedad doméstica con la irregularidad continental, achacable quizás a la elevada edad de algunas de sus piezas maestras. Con Teodosic (35 años) y Belinelli (36) jugando únicamente 15.8 y 11.7 minutos por partido respectivamente en la máxima competición europea (además de perderse varios partidos, especialmente el italiano) Scariolo está encontrando en Jordan Mickey a su mejor soldado, con sus 12.4 puntos y 4.9 rebotes en Lega y 9.2 y 5 respectivamente en Europa.


TURK TELEKOM: balance temporada 13-2

Una de las sensaciones de la temporada, brillando en Eurocup (balance 5-1) y a una victoria del intratable Fenerbahce en la BSL. La primera experiencia como head coach de Erdem Can, alumno aventajado de Obradovic en Fenerbahce (el año pasado estuvo asistiendo en el banquillo de Utah al lado de otro grande como Quin Snyder) no podía resultar más exitosa, pese a no manejar un roster con, sobre el papel, mucho nombre ilustre. Sobresalen en este aspecto un viejo conocido de la ACB como Axel Bouteille (17.7 puntos en BSL, 15.2 en Eurocup) y, evidentemente, la gran figura de Jerian Grant (como le debe estar echando de menos Messina en Milán), el talentoso “guard” norteamericano lidera a su equipo con 13.7 puntos y 6.5 asistencias en BSL y 14.7 y 7.2 en Eurocup. Tyrique Jones en el ala-pívot se confirma como una de las revelaciones de la segunda competición continental con sus 15.3 puntos y 8.9 rebotes por partido.


UNICAJA: balance temporada 11-3

Había ganas de volver a ver a Unicaja arriba en la clasificación ACB (ahora mismo tercero con balance 7-3) pero además es justo traerlo aquí porque su 4-0 en BCL le mantiene como el único equipo invicto dentro de las cuatro competiciones continentales. Seis victorias consecutivas en liga doméstica y 9 en los últimos diez partidos entre ACB y Europa les confirman como uno de los equipos del momento. Mucha coralidad con cuatro jugadores promediando anotación en dobles dígitos en BSL (Brizuela, Osetkowski, Perry y Kalinoski) y tres en ACB (Carter, Djedovic y de nuevo Osetkowski, confirmando al ala-pivot norteamericano con origen alemán como una de las revelaciones de la nueva temporada)



Dylan Osetkowski brilla en Málaga.