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miércoles, 24 de febrero de 2016

ESE SEÑOR GORDO Y CALVO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA RECIENTE DEL REAL MADRID




La sonrisa del madridismo




Aquella Primavera de 2003… acababa de cumplir 30 años, imagínense la depresión que llevaba encima de mis huesos. Pero era Primavera y el sol seducía anticipando el verano. Se acercaban los play offs por el título en la máxima categoría nacional de mi deporte favorito. Otra de esas cosas buenas que nos trae la Primavera. El aficionado madridista había vivido una vez más una eterna temporada ilusionante finalizada de manera abrupta el 17 de Mayo en el pabellón Barris Nord de Lleida. La apabullante derrota por 85-69 confirmaba las horribles expectativas que llevaban tiempo fraguándose en la sección baloncestística del club blanco: por primera vez en su historia quedaban fuera de la lucha por el título. Tocando fondo. 


La décima posición con la que aquel Real Madrid de Javier Imbroda finalizaba la liga regular significaba un hito negativo en un club que llevaba años a la deriva, y que tardaría tantos años o más en encontrar de nuevo su sitio en la elite del baloncesto nacional y europeo. No veníamos (y permítanme que mi discurso sea ya desde la subjetividad de aficionado madridista) precisamente de nuestra mejor época. Habría que remontarse a nada menos que mediados de los años 80 para encontrar un Real Madrid hegemónico. Dense cuenta de que hablamos de nada menos que 30 años atrás. A finales de aquella década de los 80 comenzaría el transitar en el desierto del otrora laureado club blanco. Y ciertamente es difícil culpar a nadie en aquel inicio negro, ya que en realidad parecía una broma macabra del cruel destino cebándose con la entidad madridista en su sección baloncestística. No exageramos un ápice, ya que hablamos de fallecimientos, como los de Mariano Jaquotot, vicepresidente y hombre de confianza de Ramón Mendoza para el balonceto, en 1994, y por supuesto el terrible golpe que sacudió a toda la familia madridista con el accidente mortal que costó la vida de Fernando Martín a finales de 1989, convertido, desgraciadamente, en máximo icono blanco a partir de entonces. Era la temporada 1989-90, que había comenzado con la fuga de Drazen Petrovic a la NBA, un Petrovic que años más tarde también fallecería en accidente de tráfico cuando se encontraba en el mejor momento de su carrera vistiendo la camiseta de los Nets de New Jersey. Años negros en los que veíamos a Rafa Rullán llorar la muerte súbita de su hijo de tan solo 15 años y jugador del equipo cadete del club blanco, fallecido repentinamente antes de comenzar un partido. Una desgracia que parecía prolongarse hasta 1997 cuando Alfonso del Corral perdía también a su vástago al caer sobre su cabeza la puerta de una cochera. En el banquillo blanco asistíamos con tristeza al imponente golpe de ver a Ignacio Pinedo sufrir un fulminante infarto en el Palacio de Los Deportes en partido de Korac ante el Clear Cantu en Marzo de 1991. Un histórico de nuestro baloncesto (las dos primeras ligas que ganó el Real Madrid fueron con él en el banquillo) que fallecería cinco meses después tras no superar el profundo coma en el que le dejó la parada cardiorespiratoria. Los aficionados se acordarán también de un alero americano que pasó por nuestro equipo en aquellos difíciles años, Anthony Frederick. Fue en la temporada 1989-90, uno de los muchos años “en blanco”, sin títulos, para nuestro club (en realidad ganamos un título muy menor como era la Supercopa de Europa, en su última edición, y sin necesidad de disputarla ya que el rival, KK Split, decidió no comparecer… a día de hoy de hecho la FIBA no reconoce como oficiales los títulos de Supercopa, disputados únicamente en aquellos años 80) El pobre Frederick fallecería de un infarto en 2003 cuando siquiera había cumplido 40 años de edad. 


Leyenda negra del Real Madrid, fueron años de confabulaciones del destino que hundieron en la desgracia al baloncesto madridista. Tocaba levantarse, como corresponde a una gran entidad deportiva, pero lo cierto es que comenzó una época ignominiosa en la que se iniciaban proyectos que apenas duraban y el club no conseguía la estabilidad necesaria para volver a ser referente en el baloncesto continental. Si no se puede culpar nada más que al destino y a sus crueles golpes lo anteriormente narrado, lo cierto es que en las calamidades posteriores si tuvieron culpa por igual directivos erráticos, entrenadores incapaces, y jugadores profesionales desmotivados. Es cierto que se ganó algún título de manera esporádica, pero sólo a principios de los 90, con Clifford Luyk (quien por cierto también perdió un hijo en 2008), el equipo asemejaba sensación de proyecto estable. El fantástico ex –jugador madridista, quien había sido ayudante de Lolo Sainz y técnico de categorías inferiores, se hacía cargo del equipo en 1991 tras la dimisión del incomprendido George Karl (todo un mito en la NBA, e injustamente tratado en España) Luyk se estrenaba con la Recopa en 1992, con la célebre canasta de Ricky Brown tras robo a Fassoulas. La temporada siguiente haría doblete (Liga y Copa), y en su último curso repetiría con el título liguero. En dos temporadas y media Luyk dejaba en las vitrinas blancas dos ligas, una copa y una recopa de Europa. No estaba nada mal, y además tengo el recuerdo de que aquel Madrid de Luyk practicaba un baloncesto bastante agradable de ver. Pero a los dirigentes blancos, con Ramón Mendoza al frente, tan acostumbrados a creer que se gana sin bajarse del autobús y no saber valorar el trabajo de sus hombres, les parecía poco. Era el Madrid de Sabonis y aunque el equipo volvía a mandar en competiciones domésticas, Europa era el objetivo. Dolía especialmente la Final Four perdida con el Limoges de Maljkovic, un equipo muy inferior en calidad pero que a base de marañas tácticas, defensa, y las muñecas de Dacoury y Young, se había convertido en campeón de Europa en 1993. Al año siguiente el Joventut de Obradovic, a la postre campeón con aquel triple de Corny Thompson (esas copas de Europa que se ganaban sin siquiera anotar 60 puntos, de hecho el Joventut anotó 59), se cruzó en el camino continental de Luyk. Mendoza lo tenía claro, para volver a mandar en Europa había que fichar a Obradovic, independientemente de su personalidad, estilo, o capacidad de adaptación a nuestro basket. El nombre por encima del hombre. 


Si el gran objetivo de Zeljko era el cetro europeo, no cabe duda de que se consiguió con la Copa de Europa de 1995. Por lo demás su paso por el Real Madrid no ofrece nada más allá que la Recopa de 1997. No se gana ningún título nacional. Es más, ¡sólo se llega a la final liguera de 1997! En Copa no se llega ni al último partido, y en ACB, exceptuando esa final del 97 perdida con el Barça, en el 96 no se pasa de primera ronda de play offs (eliminados por el Caja San Fernando) y en el 95 el Barcelona nos apea en semifinales. Y hablamos de unas plantillas las de aquellos años en las que formaban jugadores como Sabonis, Arlauckas, Bodiroga, Savic, Herreros… y un tal Pablo Laso. El recuerdo de la Copa de Europa de 1995 ha sido durante muchos años demasiado imponente, pero echando la vista atrás con objetividad, el periodo Obradovic no fue ni mucho menos esplendoroso (y en ningún caso aguanta la comparación con la era actual), además de ser un equipo que practicaba un baloncesto excesivamente lento y especulativo, en aquellos años de imposición de aquel tipo de juego tan nocivo para el disfrute del aficionado.     




Bodiroga, los años de la frustración



Obradovic no es renovado y se marcha a la Benetton dejando entrever ya cierto desastre en el baloncesto blanco (le impusieron en la primera plantilla al hijo del entonces presidente, Lorenzo Sanz, en un caso de nepotismo nunca visto en el club blanco) y comienza otro transitar en el desierto. Se pone al frente de la nave Miguel Angel Martín. “El Cura” era un personaje conocido en el mundo del baloncesto por su buen trabajo en el Estudiantes y el Real Madrid le había contratado como secretario técnico. Su paso por el banquillo blanco es un desastre, malos resultados, mal juego, enfrentamiento abierto con jugadores (Arlauckas, Antunez, Mijailov, Mike Smith…) y la afición dando la espalda al equipo (apenas 3000 espectadores en partido clave de Euroliga ante el Efes Pilsen… Laso está metiendo más de 10000) A finales de Febrero del 98 es destituido y su segundo, Tirso Lorente (fallecido en 2012), se hace cargo de un equipo que cae en semifinales ACB ante el sorprendente TDK Manresa que se proclamaría campeón liguero. Se vuelve a recurrir a Luyk al año siguiente, quien tampoco gana nada. Dos años en blanco. 


Llega Scariolo, entrenador italiano cuyo trabajo en Vitoria no había pasado desapercibido, llevando al entonces TAU a la final ACB en 1998 y a la conquista de la Copa del Rey en 1999. La cosa empieza bien con la liga conquistada en el 2000 en el Palau Blaugrana, muy meritoria ya que aquel roster madridista era una cosa bastante de andar por casa (Djordevic, buenos nacionales como Herreros y los hermanos Angulo, y poco más, frente a los Dueñas,De La Fuente,  Retnzias, Gurovic y los jóvenes Navarro y Pau Gasol) No volvió a ganar nada. Finalista copero y liguero en 2001, en 2002 ni siquiera logró llevar al Madrid a ninguna final. Era la peor temporada de la historia del club blanco (hasta el momento, porque en 2003 aún logramos superarnos) En medio todo el lío Herreros, de quien Scariolo se quería deshacer a toda costa (hubiera sido un error, como se demostró en la liga ganada en Vitoria años después) Eran ya los tiempos de Florentino Pérez, quien lejos de dar estabilidad a la sección de baloncesto lo convertía en un hervidero de agitación constante. 


Si el periodo Scariolo dejó que desear con sólo una liga en tres temporadas, lo peor estaba por llegar. En efecto, aún se podía caer más bajo, y todo ello con esa fastuosidad florentiana y megalómana en la que el trabajo del día a día apenas logra sobrevivir y se busca el éxito a toda costa, cueste lo que cueste, sin reconocer que el éxito significa primero recorrer un camino. 


Comienzan los palos de ciego. La infausta temporada de Imbroda, ya mencionada al comienzo de esta entrada. El argentino Julio Lamas, con otro curso para el olvido, y el esporádico éxito de Bozidar Maljkovic. Boza, técnico experimentado y con personalidad, se trae del Unicaja a Bullock y Sonko y monta un equipo bastante competente con jóvenes fichajes como Hervelle o Gelabale y un jugador destinado a hacer historia como Felipe Reyes. No obstante el juego no acaba de convencer. ¿De verdad alguien veía a Sonko como play-maker? El equipo es un desastre en Europa, pero a esas alturas los aficionados ya estábamos acostumbrados y simplemente una presencia en una Final Four parecía una quimera. Por ello la liga de 2005, con aquel increíble final en Vitoria y el triple de Herreros supo a gloria.      




Herreros, de jubilado con Scariolo, a héroe con Maljkovic



Finalmente la época Malkjovic acaba en 2006, con una liga en dos temporadas. Ese fue todo el botín. Tras muchas especulaciones e infructuosos contactos con técnicos cuya respuesta era negativa (lo que habían cambiado las cosas para que la mayoría de entrenadores dijesen “no” al Real Madrid), la directiva presidida entonces por Ramón Calderón tomaba una decisión controvertida y arriesgada. Se decidía otorgar confianza a un joven entrenador sin experiencia como primer técnico, pero con amplio bagaje como ayudante, conociendo de hecho la casa como segundo de Maljkovic. Joan Plaza llegaba avalado por, entre otros, un Aíto García Reneses que había rechazado la oferta de dirigir al Real Madrid, consciente de la dificultad de poder madurar un proyecto a largo plazo en tan esquizofrénico club. Aíto dice no al Madrid, pero no duda en recomendar a quien fuera segundo suyo en el Joventut. La apuesta por el técnico novato sale bien, y el Madrid de Plaza suma un doblete en su primera temporada, Liga y Copa ULEB, sólo resitiéndosele la Copa del Rey en la que cae en la final ante el Barcelona. Es una gran temporada para el club blanco, no sólo por los resultados, sino porque Plaza transmite sensaciones positivas, de baloncesto comprometido, sacrificado en defensa y alegre en ataque. Es un Real Madrid mucho más reconocible e identificable para el aficionado, basado en el núcleo formado por Raúl López-Bullock-Mumbrú-Hervelle-Felipe Reyes, auténtica guardia pretoriana de Joan Plaza. Por cierto, a mediados de aquella temporada se produce un fichaje destinado a cambiar el rumbo del baloncesto blanco. Un jovenzuelo llamado Sergio Llull, base suplente de Sergio Rodríguez en la selección junior campeona de Europa en 2004, recalaba en el equipo desde Manresa. Apenas jugó once minutos en el total de los play offs por el título, pero las imágenes de su exacerbada alegría celebrando aquel título liguero intuían que el Madrid había fichado a un ganador nato.  El entrenador por su parte se gana crédito suficiente para un siguiente curso en el que la gran ambición es la Euroliga, empresa que aún queda lejana y el equipo cae en el Top 16 quedando por detrás de Maccabi Tel Aviv y Olympiacos. Es la temporada del famoso partido en Vistalegre ante el Maccabi en el que Plaza, con tres arriba y posesión israelí, ordena defensa y no falta personal, clavando Halperin un triple letal que lleva el partido a la prórroga, donde el Maccabi se impondría. Una jugada que dejó muy señalado a Plaza y que incluso originó un debate en la revista Gigantes con una encuesta a distintos técnicos ACB sobre que se debería hacer en esa situación. En Copa del Rey el equipo caía en semifinales ante aquel fantástico Joventut de Rudy Fernández, Ricky Rubio y Aíto, que se proclamaría campeón de aquella edición copera. El gran descalabro llegó en liga. Después de una gran temporada regular (primera posición con 29-5 de balance y Plaza elegido Mejor Entrenador del curso), el emparejamiento con el Unicaja fue un regalo envenenado. Carlos Cabezas acababa de recuperase de una lesión, su ausencia había sido clave para entender que los malagueños, con un gran equipo (Cabezas, Berni, N’Dong, Welsch, Jiménez) estuvieran tan abajo en la tabla. Liderados por el base internacional y un estratosférico N’Dong jugando por encima del aro, el Unicaja eliminaba a los blancos en primera ronda de play offs, y Scariolo se cobraba venganza del Real Madrid. Plaza quedaba muy tocado, pero Calderón, hombre de más paciencia que su antecesor y sucesor Florentino Pérez, seguía confiando en él. En Euroliga se accedía por fin a cuartos de final (después de arrollar en el Top 16 al Maccabi, en cumplida venganza de lo sucedido el año anterior), pero la segunda plaza por peor average que el Barcelona (ambos con balance 5-1) le emparenta con el Olympiacos con factor cancha en contra. Los griegos no fallan en casa e incluso cierran la serie en Madrid en el cuarto partido. La Final Four sigue siendo un sueño. En casa, el Barcelona nos vence en cuartos de final de Copa, y el Baskonia en semifinales de Copa. Plaza parece haber agotado el crédito, y máxime con el retorno de Florentino Pérez y  de nuevo sus aires megalómanos. El balance de Plaza finalmente es de dos títulos en tres temporadas. No es gran cosa visto así, pero hay que reconocer que devolvió ilusión al aficionado y que Vistalegre solía hacer buenas taquillas. Poco duró la capacidad ganadora del equipo de Plaza, pero lo recuerdo como un Madrid agradable de ver y de seguir y con el que como aficionado me resultaba fácil identificarme. Supongo que ayudaba el hecho de que se hacía patente el liderazgo de nuestro gran capitán, Felipe Reyes. Un Felipe al que algunos empezaban a querer jubilar, más aún con la llegada del siguiente entrenador. Pronto el cordobés les haría cerrar la boca a todos.  


Florentino y sus sueños de grandeza. Había que conquistar Europa de nuevo. Ettore Messina era el elegido, quien había conquistado cuatro cetros europeos (dos con el Bolonia y otros tantos con el CSKA Moscú) De nuevo el nombre por encima del hombre, recordando la contratación de Obradovic, sólo que en esta ocasión no se conquistó Europa. De hecho los dos años de Messina, finalizados de manera abrupta con la espantada del siciliano dejando el equipo en manos de su segundo, Lele Molin, significan la última etapa negra del baloncesto madridista. 


Con Ettore llegó además un ex –director deportivo del Barcelona como Antonio Maceiras, provisto además del glamour y prestigio de haber sido asesor de nada menos que los San Antonio Spurs de Gregg Popovich. Florentino debía pensar que como por arte de magia la sola presencia de Messina, a pesar de su desconocimiento de nuestro baloncesto, garantizaría el éxito. Nada más lejos de la realidad. Los datos son abrumadores. 18 fichajes, 58 millones de euros dilapidados, y 0 títulos (e insultantes meneos que nos daba el Barça de Pascual cada vez que lo teníamos delante) Demolición absoluta del núcleo duro de Plaza, que había sido campeón dos años antes. Raúl López y Mumbrú tienen que hacer las maletas, a Hervelle se le aparta del equipo, y Bullock y Felipe Reyes (un Felipe que venía de ser MVP de temporada regular) son condenados al ostracismo. Especialmente injusto es el caso del capitán, ya que muchos aficionados por seguidismo al fulgor del brillo del nombre de Messina, se portan de manera cruel con Felipe, al que acusan de cáncer del equipo. Una vieja historia que se suele repetir con los jugadores más entregados al madridismo en ambas secciones, fútbol y baloncesto. Llegan veteranos en dudosas condiciones físicas (Garbajosa, Hansen), y alguno aunque está a tope (el vigoroso Kaukenas) no se entera de nada. Un Madrid frío, apático, lento y aburrido. El segundo año de Messina, sin embargo, las cosas se hacen mejor. Se vuelve a cambiar medio roster, en ese eterno complejo de Sísifo que acompaña a la entidad madridista constantemente empezando de cero. Fichajes acertados como Carlos Suárez y Sergio Rodríguez dan un aire más dinámico al equipo, y pese a la espantada de Messina tras perder en casa por 18 puntos ante el Sienna, el equipo accede a su primera Final Four… ¡en 15 años!, un campeón del mundo como Felipe Reyes aseguraba de corazón, tal era su hambre de títulos madridistas, que aquel era uno de los momentos más felices de su carrera. Pero el equipo apenas compite frente al Maccabi Tel Aviv, siendo precisamente Felipe el único capaz de dar la cara en aquella final a cuatro. La eliminación en semifinales ACB ante el Bilbao Basket de ex –madridistas denostados por Messina como Raúl López, Hervelle o Mumbru es la agria guinda al amargo pastel que nos dejaba el entrenador italiano, un técnico magnífico cuyo palmarés habla por si solo, pero ejemplo de que triunfar en un determinado escenario y contexto no garantiza hacerlo en otro diferente. Por otro lado, a diferencia de otros técnicos también exitosos pero más perennes como Obradovic, Messina es un entrenador demasiado fiel a su libro, su querencia por las posesiones largas y el ritmo de juego espeso. El baloncesto madridista, con jugadores como Sergio Llull o Sergio Rodríguez, pedía a gritos velocidad y libertad, conceptos que llegarían con el nuevo entrenador.      




Ettore no lo veía, pero había que correr.



Y llegamos al verano de 2011 en el que el Real Madrid en su sección de baloncesto, una vez más, era Sísifo condenado a escalar la ladera con una enorme roca a cuestas para una vez llegado arriba volver a empezar. Comienza el baile de nombres y el festival de rumores, siendo el italiano Pianigiani uno de los que más fuerza cobra para emprender un nuevo proyecto en la entidad blanca. Junto al actual seleccionador italiano se barajan nombres de mucho fuste como Pesic, Repesa (la alegría de la huerta estos dos), Obradovic, Pedro Martínez, Spahija, y el sempiterno Katsikaris. Seguimos sin saber que tiene el sosías griego de Elvis Costello, pero parece no haber año en el que no se le relacione con el Real Madrid. Finalmente salta la sorpresa. Pablo Laso, magnífico ex –jugador y máximo asistente histórico de la ACB, pero con escaso y nada exitoso bagaje como técnico, es el elegido para reflotar la deprimida nave blanca. Las críticas no se hacen esperar, a Laso se le acusa de llegar al cargo por amistad con Herreros, nuevo responsable deportivo de la sección junto a Juan Carlos Sánchez. La pareja Herreros-Sánchez ha sido totalmente despellejada por gran parte de la afición, que años después ha tenido que tragarse sus palabras. Laso, Sánchez y Herreros construyen un equipo campeón de todo, pero cuando muchos insinúan que este es el mejor Madrid de la historia en calidad individual, para restar méritos el entrenador vitoriano, olvidan todo lo que se decía hace años sobre estos mismos jugadores. Felipe estaba acabado, el Chacho era el “chocho”, Llull no sabía jugar de base, Slaughter no tenía calidad para jugar en el Madrid, Nocioni está viejo, Rivers no daba la talla… y para más inri se dejaba marchar a un pívot dominador como Ante Tomic al eterno rival. Juicios precipitados que, como no podía ser de otro modo, se han estado repitiendo durante el dubitativo comienzo de la actual temporada hasta que la Copa del Rey ha vuelto a demostrar que el proyecto de Laso no ha perdido un ápice de competitividad ni de gen ganador. Pero es que resultados al margen, los cuales son incontestables, el gran triunfo de Laso ha sido el de devolver toneladas de ilusión al baloncesto blanco con un estilo alegre y reconocible. El epítome de ese estilo llegó en 2013 con un juego absolutamente fastuoso, puro relámpago. El Real Madrid era un highlight constante, pero las derrotas en finales de Euroliga (después de apalizar al Barcelona en semifinales en un partido para las videotecas) y Liga ACB, volvieron a cargar de razones a los resultadistas. La imagen de Laso en silla de ruedas expulsado del Palau parecía ilustrar el final del proyecto Laso, bonito y romántico pero nada efectivo. No sé ustedes pero yo aquella temporada lo pasé en grande con el juego del equipo. Es la suerte que tenemos los que vivimos convencidos de que no todo en la vida es ganar. El verano fue turbulento. Sísifo revivido. Katsikaris, ¡sí, Katsikaris!, sonando con más fuerza que nunca y el cuerpo técnico de Laso despedido. Un pulso al técnico vitoriano, ya muy querido por la grada y cuya destitución hubiera sido mal vista por los aficionados que llenan todas las semanas el Palacio, un órdago buscando su malestar, forzando su renuncia. Pero Laso no se rindió y nos ofreció a los madridistas la mejor temporada que podamos recordar, sin el brillo en el juego de la temporada anterior, pero con una combinación de espectáculo (porque también hubo espectáculo) y coraje que nos llevó a ganar todos los títulos en juego, y Laso ganándose para siempre un lugar en el panteón madridista.  


Hay datos absolutamente abrumadores, como el hecho de que cogiendo los 30 últimos años de baloncesto madridista, desde 1986, el club blanco ha conquistado 27 títulos oficiales. 11 de ellos en la era Laso. Dicho de otro modo, en 25 años el Real Madrid se hizo con 16 títulos. En 4 años y medio con Laso ya se han obtenido 11. Si estrechamos más el contexto histórico, vemos que en los últimos 20 años, desde 1996, se han conseguidos 16 títulos, ¡11 de ellos con Laso! Si analizamos los últimos 15 años, la cosecha son 14 títulos, es decir, en los últimos 15 años sin Laso sólo hemos ganado dos ligas (Maljkovic y Plaza) y una ULEB (Plaza), y con Laso todo lo demás. ¿Hay alguien ahí que siga negando la importancia de Pablo Laso en la historia reciente del Real Madrid? 


A continuación ofrecemos un listado de todos los entrenadores oficiales que han pasado por la entidad blanca en su sección de baloncesto por orden cronológico, y el número de de títulos cosechados igualmente oficiales nacionales e internacionales con el club madridista. Que el lector juzgue el lugar que corresponde al vitoriano. 





Ganar, ganar, ganar, y volver a ganar... 





Segundo Braña: 1 temporada. 0 títulos.

Cholo Méndez: 4 temporadas. 0 títulos.

Anselmo López: 3 temporadas. 0 títulos.

Claudio Alonso: 1 temporada. 0 títulos.

José Borrero: 1 temporada. 0 títulos.

Felipe Kaimo Calderón: 1 temporada. 0 títulos.

Freddy Borrás: 4 temporadas. 3 títulos.

Ignacio Pinedo: 4 temporadas. 4 títulos.

Jacinto Ardevinez: 1 temporada. 0 títulos.

Pedro Ferrándiz: 13 temporadas. 27 títulos.

Joaquín Hernández: 2 temporadas. 3 títulos.

Robert Busnel: 1 temporada. 2 títulos
.
Lolo Sainz: 14 temporadas. 24 títulos.

George Karl: 1 temporada y media. 0 títulos.

Wayne Brabender: media temporada. 0 títulos.

Ángel Jareño: media temporada. 0 títulos
.
Clifford Luyk: 3 temporadas y media. 4 títulos.

Zeljko Obradovic: 3 temporadas. 2 títulos.

Miguel Ángel Martín: media temporada. 0 títulos.

Tirso Lorente: media temporada. 0 títulos.

Sergio Scariolo: 3 temporadas. 1 título.

Javier Imbroda: 1 temporada. 0 títulos.

Julio Lamas: 1 temporada. 0 títulos
.
Bozidar Maljkovic: 2 temporadas. 1 título.

Joan Plaza: 3 temporadas. 2 títulos
.
Ettore Messina: 1 temporada y media. 0 títulos.

Lele Molin: media temporada. 0 títulos.


Pablo Laso: 4 temporadas y media. 11 títulos.
  

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