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jueves, 25 de junio de 2015

PABLO LASO Y LA CUADRATURA DEL CÍRCULO



Pablo Laso y sus trece estrellas, un equipo para la historia.




Hay que frotarse los ojos a la hora de escribir esta entrada. Y es que no, no estamos soñando, la perfección existe, el curso soñado, la cuadratura del círculo, única manera posible para que el mejor proyecto de baloncesto madridista en los últimos 25 años gane, esperemos, de una vez el crédito necesario para no ser discutido ni torpedeado por un presidente con una peligrosa querencia por cortar cabezas, y por ende, por una parte de la afición (cada vez más pequeña, afortunadamente) que a imagen del líder de la secta vive instalada en una constante amargura incapaz de reconocer los méritos de los héroes madridistas y para la que nunca la vale nada (y para quienes esta temporada histórica no pasará de ser una anécdota y ya estarán exigiendo la décima Copa de Europa, como si fuera tarea fácil)


Duele ahora recordar todas las zancadillas que sufrió Laso el pasado verano por parte de ese presidente que ahora correrá a hacerse fotos con los títulos, duele recordar como desde que llegó el vitoriano atrapó a una gran parte de los aficionados apostando por un juego que hacía décadas no veíamos en el basket blanco mientras el sector resultadista disparaba los cañones negando la evidencia de que el baloncesto madridista iniciaba con Laso un camino que sólo podía conducir al éxito si se dejaba madurar la apuesta y crecer la confianza. Están en su perfecto derecho de celebrar los triunfos de esta temporada y subirse al carro de los que siempre creímos, faltaría más, en todo caso admito que me dan pena ya que se han perdido la alegría que hemos vivido transitando por este camino. Un camino de mucho trabajo,pero de incontable disfrute y diversión, y es que el baloncesto de Laso, por encima de resultados, convierte nuestro deporte favorito en la mejor fiesta posible que puede verse en los últimos cuatro años en el baloncesto FIBA (y en ese sentido recordamos que el juego de la pasada temporada, esa que los resultadistas calificaron de “fracaso”, ha sido hasta el momento la sublimación del juego blanco)


Antes de entrar a analizar estas finales resueltas de un plumazo por la exuberante maquinaria blanca, hay que seguir acordándose de los padres de esta idea. Siempre Laso por encima de todo, soberbio jugador en su momento, magnífico entrenador hoy día. Arquitecto de una ideología baloncestística basada en algo de “run&gun”, en baloncesto de ritmo alto, y en otorgar libertad a los jugadores en ataque (cuestión agradecida sobre todo por jugadores como los sergios, Rudy, o Carroll), pero también con un estupendo trabajo defensivo no lo suficientemente reconocido, y es que sin defensa no puede haber contrataque. En ese sentido aportaciones propias como la defensa “en diamante” o el convertir a Slaughter en un perro de presa capaz de hacer presión en todo el campo al base rival serían un par de buenos ejemplos de que Laso es un técnico maravillosamente anárquico cuando sus jugadores tienen la bola pero minucioso y detallista a la hora de preparar una defensa esculpida en el ferviente deseo de recuperar cuanto antes ese balón que los Sergio Rodríguez o Sergio Llull saben domar hasta conducirlo a besar las redes del aro contrario.


Pero no sólo en Laso se encuentran las claves del Real Madrid 2015, equipo que ha conseguido aunar de manera insultante calidad, confianza y testiculina (ésta última podrían sustituirla por una palabra más vulgar, con lo que podríamos hablar del Madrid “de las tres ces”) El deporte de alta competición necesita de un trabajo coral y no fundamentado en una sola opinión. Contra quienes mantienen que el entrenador debe tener poder absoluto y libertad para confeccionar rosters a su gusto, contratando y despidiendo a su antojo (tal y como sucedió con Messina en este mismo club), está la creencia (que personalmente defiendo) de que la puesta en común de distintas opiniones nacida desde la dirección deportiva enriquece la creación del equipo. En ese sentido recordemos que Laso pedía la renovación de Darden, eficiente profesional cuya entrega fue reconocida por los asistentes del Palacio, pero que ha sido superado claramente por un K.C.Rivers cuyas ráfagas anotadoras han sido absolutamente claves durante algunos de los momentos más importantes de la temporada. La llegada de Maciulis, al volver a ceder a Dani Díez, también se ha demostrado un acierto. La ausencia de Mirotic dejaba un vacío difícil de llenar, y cubrirla con un Nocioni entrado en años sembraba alguna duda entre los aficionados, quienes miraban de reojo y con envidia la contratación de Justin Doellman (uno de los mejores jugadores de la pasada temporada militando en las filas del Valencia y sin duda el mejor en su puesto) por el Barcelona, dudas resueltas de un plumazo cuando el argentino se consagraba como MVP de la Final Four europea. También había que capear la marcha de un jugador como Dontaye Draper, cuya calidad merecía más minutos que los que recibía como tercer base en el Real Madrid. En ese sentido la llegada de Facundo Campazzo no ha supuesto un salto de calidad en la plantilla, más bien al contrario, pero ha “liberado” al técnico vitoriano de repartir minutos entre tres bases de primer nivel, otorgando mayor protagonismo al Chacho y sobre todo a un Sergio Llull que a sus 27 años parece no conocer techo. El trabajo de los denostados Sánchez y Herreros en los despachos ha dado sus frutos, con la guinda de un Gustavo Ayon que ha tardado en demostrar su calidad y aún con todo lo gris que puede resultar el trabajo de un pívot en este Real Madrid diseñado para correr y lucimiento de los exteriores ha sido otro acierto y pieza básica en la rotación de Pablo Laso. Sánchez y Herreros han sido capaces de analizar las virtudes del pasado año en el que el juego del Real Madrid maravilló a toda Europa y pulir los defectos por los cuales “sólo” se coronó campeón de Supercopa y Copa del Rey, perdiendo la final de Euroliga ante un inferior Maccabi Tel Aviv (después de haber realizado uno de los mejores partidos de la era Laso en una descomunal semifinal ante un Barcelona fagocitado desde el minuto 1) Los directores deportivos del Real Madrid han otorgado al equipo actual de un colmillo fundamental para que Laso, cuadrando de nuevo el círculo, haya sido capaz de mantener un estilo de juego de gran valor estético pero con una madurez competitiva que le hace vivir imbuido de una confianza brutal en sus posibilidades. Da la sensación que cada vez que un jugador como Sergio Llull encara el aro rival lo hace sin que la palabra miedo haya figurado jamás en su diccionario, y es que como decíamos el Real Madrid 2015 es el Madrid “de las tres ces”. Calidad, confianza, y co...



Herreros y Sánchez, algo habrán hecho bien.


El rotundo 3-0 con el que los blancos despachan a su eterno rival, ese que parecía haberse reforzado mejor el pasado verano con Satoransky, Doellman y Pleiss, es la guinda perfecta a una temporada que debiera ya ser inolvidable para el aficionado (sobre todo inolvidable porque difícil será volver a vivirla) Una final resuelta de un plumazo. 120 minutos en los que habría que echar la cuenta de cuantos de ellos ha visto al equipo blanco liderar el marcador. Pocas veces se ha visto un dominio tan aplastante. Y eso que el primer punto se ganó en un partido que anticipaba mayor igualdad de la vista posteriormente. El Real Madrid dominaba en un sensacional primer cuarto para después mantener a duras penas las diferencias ante un Barcelona peleón que a pesar de verse once abajo (66-55 a falta de 6 minutos) se reenganchó al equipo gracias a un Hezonja demostrando porque la web nbadraft.net le sitúa como en séptima posición de cara al draft de esta noche. Una vez demostrado que el valiente y arriesgado “run&gun” de Laso se imponía, una vez, más al frío y cerebral academicismo de Pascual, el alero croata decidió deshacerse del corsé táctico y con tres triples seguidos lideró un parcial de 4-13 para poner a su equipo a dos puntos. Pero a este Madrid no le entra el miedo, y el Chacho se sacaba de la chistera una bandeja imposible para volver a pasar la presión al rival. El Madrid no cedería el mando y se llevaría el primer punto por 78-72, dando buenas sensaciones y con un gran Rudy (17 puntos y 4 rebotes), pero sin poder imaginar ni por asomo lo que acontecería dos días después.


Y es que en el segundo partido de las series finales el Madrid de la era Laso volvió a dejar otro partido para el recuerdo frente su rival histórico, otro match para las videotecas que acompañar a exhibiciones como la final de la Copa del Rey 2012 (74-91 en el primer título de la era Laso), o la semifinal continental de la Final Four 2014 (62-100 para los blancos) El 100-80 final es el reflejo de lo que se vivió desde el salto inicial. Un Real Madrid desbocado y liderado por ese potro llamado Sergio Llull, quien entre rumores de su marcha a la NBA se despachó con 24 puntos y 5 asistencias que cimentaron su candidatura a un MVP de las finales que de hecho consiguió (también lo hubiera merecido un Rudy Fernández muy regular durante los tres partidos) Sus cinco triples en el primer cuarto fueron la clave para ese 31-10 con el que finalizó el acto inicial del segundo partido. Un parcial del que el Barcelona no supo sobreponerse, evidenciando la incapacidad de Pascual para improvisar ante un baloncesto que le supera, el de velocidad de crucero que propone Laso. Y es que ante la libertad fabulosa con la que se exhiben los tiradores blancos, el técnico culé ha estado empeñado en seguir con su baloncesto arcaíco de balones al hombre alto, limitando las posibilidades de su magnífico juego exterior, a pesar de la ausencia de Juan Carlos Navarro, una vez más lastrado por su fascitis plantar crónica.


Con tres días de descanso, que tanto trabajo técnico como psicológico necesitaba por lado barcelonista, llegó el tercer y a la postre definitivo partido. Buena salida de un Barcelona empujado por un Palau buscando el milagro, pero un Real Madrid tranquilo y confiado en sus posibilidades no sólo no se descomponía si no que comenzaba a mandar en el marcador y en un gran segundo cuarto con protagonismo ofensivo de Carroll (ocho puntos en el segundo acto) estiraba la diferencia hasta los 14 puntos (34-48) Tras el paso por los vestuarios se vio al mejor Barcelona de toda la serie, maniatando en defensa a su rival y volando en ataque con un Abrines viendo el aro como una piscina. El tirador que Pascual necesitaba (la pregunta es, ¿se empeñó en buscarlo?) Una vez más, cuando el equipo azulgrana se veía perdido, un jugador decidió saltarse rigores tácticos y, simplemente, intentar meter puntos. Los de Pascual llegaron a anotar 33 puntos en el tercer cuarto ante un Real Madrid que se quedaba en 14 a punto de cerrar el acto. El 67-62 con el que parecía se iba a llegar al último cuarto era un botín extraordinario para un Barcelona que había visto esfumarse toda opción diez minutos antes. Pero no se pueden hacer cuentas cuando un tal Sergio Rodríguez está en la pista, y un triple imposible desde medio campo y a tablero dejaba un 67-65 que ponía las espadas en todo lo alto, como suele decirse. El Real Madrid había superado el mejor momento azulgrana, a Abrines se le agotó la pólvora, Pascual volvió al academicismo (balones a Tomic) y Carroll sacó el fusil para sentenciar, con canastas tan asombrosas como su palmeo a rebote ofensivo, con su 1.88 de estatura delante de un jugador como Justin Doellman (2.08) y ante la atenta mirada del siempre indolente en defensa Ante Tomic y sus 217 centímetros de calidad y desidia a partes iguales, o la canasta que ponía un ya insalvable 83-88 a pase de un trastabillado Felipe Reyes y después de otra exhibición de bote para buscarse el tiro propia de genios como Stephen Curry. Una canasta que sentenciaba el partido y la final y tenía el mismo efecto que la de Lampe el pasado año para darle la liga al Barcelona. Un Lampe, por cierto, desaparecido durante estas finales (en el tercer partido no llegó a disputar ni un minuto)


El Real Madrid cierra una temporada redonda en la que la coralidad ha sido una de las señas de identidad del equipo. Con Llull protagonista al principio y al final de la misma (MVP de Supercopa, primer torneo de la temporada, y de las finales de Liga), con Rudy MVP de la Copa del Rey, Nocioni MVP de la Final Four de la Euroliga, y Felipe Reyes MVP de la temporada regular. Nombres propios en una plantilla de, como bien dice Laso, trece estrellas. Y es que todos los jugadores han tenido su importancia y protagonismo. La evolución de Ayon, las exhibiciones anotadoras de Carroll, la magia del Chacho, no al nivel descomunal de la pasada temporada pero aún así decisivo, el trabajo sucio de Maciulis, las apariciones inesperadas de Rivers. Y personalmente quiero destacar la temporada de un jugador enamorado del escudo que defiende y que ha demostrado ser fundamental para Laso. Marcus Slaughter comenzaba un curso difícil, con Campazzo ocupando plaza de extracomunitario y dejándolo fuera del comienzo de temporada. Se le tramitó plaza “cotonou” (algo totalmente legal, consideraciones éticas al margen, y que de hecho el Real Madrid ha sido de los clubes que menos ha utilizado tal triqiñuela en comparación con el resto de equipos ACB) para la Copa del Rey, se la revocó posteriormente al tener por error el mismo expediente que Andy Panko (ya ven que lo de los pasaportes “cotonou” lo hacen por igual clubes grandes que pequeños), y volvió a ocupar plaza de extracomunitario, pero en esta ocasión por delante de Campazzo. Slaughter es uno de los elementos claves para un Laso que tiene en su cuarteto nacional (sergios, Rudy y Felipe) el fuerte de su guardia pretoriana. No vamos a entrar en polémicas, pero duele ver que en ausencia de Navarro el único jugador español y seleccionable con el que ha jugado el Barcelona los dos últimos partidos de la final haya sido Alex Abrines.    



Sergio Llull, ¿un MVP rumbo a Houston?



Loor y gloria para Laso después del injusto vapuleo al que era sometido a estas alturas de la pasada temporada, cuando parecía que el ahora defenestrado Pascual le había dado un repaso (eso tan socorrido para los resultadistas de “repaso táctico”), obviando que el principal error del Real Madrid la pasada temporada fue una mala planificación física que se notó en las finales ACB, además de algún posible “incendio” en el vestuario después de la decepción de perder la Euroliga ante el Maccabi. Tanto Laso como Pascual son magníficos entrenadores y han sido con grandísima diferencia los mejores técnicos de sus clubes en los últimos tiempos. Y esto no es una opinión, es una realidad que se constata echando un vistazo al palmares de uno y otro. En un análisis más sosegado si soy de la opinión de que a Xavi Pascual le puede el academicismo y la ortodoxia. Esa ortodoxia que nos sigue vendiendo el mantra de la necesidad de un pívot dominante para triunfar en el baloncesto de alta competición. Si así fuera, este Barcelona de las grandes torres Tomic y Pleiss hubiera arrasado en este curso recién concluido, en vez de finalizar, por vez primera en muchos años, sin un título nuevo que añadir a las vitrinas. Por contra este Real Madrid desbocado al ritmo que impone su caballo pura sangre Sergio Llull pasará ya a la historia como uno de los mejores equipos europeos de todos los tiempos. Casi nada.



Pablo Laso llegó al Real Madrid en verano de 2011. Enseguida dotó al equipo de una personalidad propia que atrajo a los aficionados que comenzaron a llenar el Palacio de Los Deportes como hacía tiempo que no se veía en el a menudo tan dejado de la mano de Dios (y de los directivos) baloncesto blanco. Ganó la Copa de 2012 con un partido inolvidable en Barcelona, recuperando un título que no se ganaba desde 1993, casi 20 años después, y llevó al equipo a las finales ACB donde compitieron contra el Barcelona como no había sido capaz de hacerlo en la era Messina. Para algunos no era suficiente y le pidieron más. Al curso siguiente se llevó la Supercopa y la Liga y se llegó a una final europea, escenario que no se pisaba desde 1995. Seguía sin ser suficiente y la espada de Damocles florentiniana, ese monstruo insaciable, pedía más. Se volvió a ganar Supercopa y Copa y se volvió a disputar una final europea, cosa que no se veía (repetir final continental), desde la época de Pedro Ferrándiz (años 67 y 68) Seguía sin valer. Ya sólo faltaba pedirle a Pablo Laso la cuadratura del círculo. Aquí la tienen. Ahora vuelvan a esconder el monstruo de donde nunca debió salir y dejen que el baloncesto siga su curso. Porque este curso nos puede llevar muy lejos... si le dejan, claro.     



Laso, de jugador a entrenador con ADN madridista y camino del mito.



jueves, 10 de enero de 2013

JOAN, ETTORE Y PABLO





El morbo está servido en el grupo E del Top 16 de Euroliga. El Real Madrid comparte tabla con Zalgiris Kaunas y CSKA Moscú, o lo que es lo mismo, se enfrenta a su pasado reciente personificado en Joan Plaza y Ettore Messina. Joan, Ettore, y Pablo Laso. Tres entrenadores con un nexo madridista común, pero suerte dispar. Pero por encima de todo tres grandes hombres del baloncesto actual. Analicemos un poco lo que ha significado cada uno de estos nombres en el banquillo del club de baloncesto más laureado de Europa.

En verano de 2006 el nuevo Real Madrid de Ramón Calderón decide otorgar las riendas del banquillo de su sección de baloncesto a un joven entrenador novel. Joan Plaza, quien ya había trabajado en el club como asistente de Bozidar Maljkovic, era la arriesgada apuesta de la sección que dirigía Juan Carlos Sánchez (uno de los tipos más injustamente tratados en esto del baloncesto actual) Una decisión valiente, sin duda, pero aunque nos gustaría poder alabar la confianza depositada en el técnico catalán por parte del baloncesto madridista, hay que ser justos y reconocer que Plaza llega a ser primer inquilino del banquillo blanco por la negativa de varios nombres de “perfil alto”, sobre todo Aito García Reneses. Pero es precisamente el gran Aito quien sirve de valedor de Plaza y aconseja a los dirigentes madridistas la contratación del por entonces inexperto Joan como primer técnico de la nave blanca. García Reneses conocía de sobra los méritos, el talante, y la personalidad de Plaza, a quien había tenido como ayudante en el DKV Joventut en la última gran era exitosa del club verdinegro (esos espectaculares años en los que la Penya volaba por las canchas ACB y europeas a ritmo de Ricky Rubio y Rudy Fernández) No obstante Plaza era un desconocido para el gran público, las habituales críticas por parte de la afición a la gestión de la sección del club no tardaron en aparecer. Parecía un insulto que un club de la grandeza del Real Madrid confiara en un “don nadie”, un entrenador sin experiencia como primer técnico, y un nombre nada mediático, a pesar de todos los años que el bueno de Joan llevaba aprendiendo al lado de entrenadores como los citados Aito, Maljkovic, o Manel Comas. El tiempo, una vez más, se encargó de poner las cosas en su sitio y de tapar las bocas de los ignorantes que hablan de este deporte sin profundidad ni conocimiento. 

Con Joan Plaza se dio fin a una serie de años infaustos en el baloncesto blanco. El desfile de técnicos de prestigio (Imbroda, Lamas, incluso Malkjovic, que aunque ganó la famosa liga del triple de Herreros su baloncesto resultaba bastante intragable para el aficionado) resultó un desastre para la sección madridista.  Con Plaza no sólo se recuperaron los títulos (doblete Liga ACB y Copa Uleb en su primera temporada), sino que, de manera más importante todavía, el equipo recuperó identidad y orgullo, capacidad de sacrificio y morir en la pista, generosidad defensiva, para tener libertad en ataque. Plaza dotó al equipo de un gran dinamismo que basado en el trabajo atrás, en propia cancha, permitía que al otro lado de la pista los jugadores se sintiesen libres y cómodos. No había (y gracias a Dios) sobredosis de sistema, pero la exigencia era máxima. Dos títulos y finalistas de la Copa del Rey. Aquel entrenador desconocido para el gran público, criticado por su “perfil bajo”, culto, educado, novelista aficionado (y ya profesional desde el momento en que ha visto publicada parte de su obra) había dejado en su sitio a todos los cuadriculados incapaces de hablar de baloncesto más allá de cuatro nombres. El ex –funcionario de prisiones se convertía en un funcionario de pasiones baloncestísticas. Parecía que Plaza había, con justicia, ganado el crédito necesario para afrontar proyectos a largo plazo en la nave blanca. Pero no era así. Le estaban esperando, el “perfil bajo” nunca se perdona, y si tu nombre no es capaz de refulgir con tal brillo que esos cuadriculados e ignorantes de los que hablo tengan que calzarse sus gafas de sol, el hacha estará convenientemente afilada esperando el momento de cercenar la cabeza del protagonista (le pasará también a Laso, no lo duden) La siguiente temporada, pese a dominar con autoridad la liga regular (balance 29-5) y ser elegido nuevamente mejor entrenador ACB del curso baloncestístico, la clasificación para play-offs reservaba un regalo envenenado. Un Unicaja irregular y plagado de lesiones llegaba a las eliminatorias con sus principales jugadores a punto para la cita. Con Carlos Cabezas al frente y un inconmensurable Boniface N'Dong se cargaban por la vía rápida al vigente campeón.  Eliminados a las primeras de cambio pese a haber hecho mejor campaña regular que el curso anterior, donde habían perdido cuatro partidos más. Esa temporada se produce un hecho que, aunque a priori no debería dejar de ser anecdótico, deja señalado al técnico catalán. En un partido clave disputado en Vistalegre frente al Maccabi Tel Aviv correspondiente a la quinta jornada del Top 16, Plaza ordena defender la última posesión israelí con tres arriba para el conjunto blanco, en vez de hacer falta para llevarlos a los tiros libres y no dejarlos a tiro de prórroga. El tirador Yotam Halperin clava un triple letal y en el tiempo extra los macabeos se llevan la victoria, dejando a los blancos con la imperiosa necesidad de vencer en Atenas al Olympiacos. No fue así y el equipo de Plaza finalizó esa ronda tercero, con balance 3-3, y fuera de cuartos de final. Aquello creó un debate en torno a la figura del entrenador sobre su incapacidad estratégica en momentos claves de los partidos. Incluso la revista Gigantes realizó un estudio de varias páginas encuestando a distintos técnicos sobre que harían ellos en una situación similar, si ordenar defensa o falta personal. Las respuestas no fueron unánimes, hubo de todo, pero el daño ya estaba hecho. 

Joan, el novelista.

La temporada 2008-09 el crédito de Plaza se había visto considerablemente reducido. Aún así su equipo, por lo general, gustaba, se hacía respetar, y era altamente competitivo, alrededor de gladiadores como Reyes y Hervelle, un todoterreno como Mumbrú, y las ráfagas de genialidad de Bullock, Raül López, y un Sergio Llull creciendo a pasos agigantados. El propio capitán madridista Felipe Reyes fue MVP de aquella temporada en la que el equipo fue demasiado irregular durante la campaña regular, finalizando en cuarta posición y cayendo en semifinales ante el entonces TAU Vitoria. En Copa del Rey la irregularidad referida les llevó a no ser cabezas de serie y vérselas con un superior Barcelona en cuartos de final. Igualmente cayeron en misma ronda en Europa frente a un excelso Olympiacos. Cerraba Plaza su segundo curso en blanco con, valga la redundancia, los blancos. El regreso de Florentino Pérez a la presidencia madridista y su obsesión por el "perfil alto" parecía claro que tendría como consecuencia la salida del técnico catalán del banquillo merengue. Florentino, en su megalómano afán de rodearse siempre de los nombres más relucientes del universo deportivo lo tenía claro: su nombre habría de ser el laureado Ettore Messina, acompañado además de un reconocido ojeador y director deportivo y ex-empleado del Barcelona como Antonio Maceiras. Plaza salía por la puerta de atrás, con un nada desdeñable balance de 73% victorias en la mochila (sus antecesores, los Lamas, Imbroda, Maljkovic, entrenadores con mucho más nombre a priori, sin embargo sólo fueron capaces de moverse en un 60%... y ojo, el mítico Zelko Obradovic dejó en su andadura blanca un balance del 69%, incluso inferior a Plaza), y llegaban con todos los honores Messina y Maceiras, tandem que dificilmente podría haber resultado más dañino para el club blanco. 

Desde el comienzo de su andadura el técnico siciliano, con plenos poderes y capacidad de decisión como jamás tuvo ningún entrenador madridista de la sección de baloncesto, demostró que su principal idea era destrozar todo lo bueno que podía haber dejado Plaza y empezar de cero, a pesar de que el bloque Raúl-Llull-Bullock-Mumbrú-Hervelle-Reyes era aún altamente aprovechable. Mumbrú fue el primero en salir, llegando en su lugar un mermado Travis Hansen. Garbajosa no mejoró a un Hervelle condenado al ostracismo e incluso apartado bochornósamente del equipo hasta que tomó rumbo a Bilbao cansado de dejarse la piel para nada, y la magia de López fue sustituida por la sobriedad de Prigioni. Bullock y Reyes (recordemos, MVP la anterior temporada) fueron ninguneados y vieron ostensiblemente reducido su rol en el nuevo Real Madrid, con la guardia pretoriana de Plaza desmontada, sólo Llull parecía mantener algún recuerdo al que aferrarse del pasado más reciente. Sucedieron casos extraños, como el de un jugadorazo como Sergi Vidal fichado para agitar toallas, otro gran jugador veterano como Rimantas Kaukenas salió de manera rocambolesca a mitad de temporada, y mientras seguían llegando más fichajes gracias a la billetera de Florentino (Jaric, Tomic…), en medio de aquello el aficionado esperaba la explosión de un jugador llegado con la vitola de haber ganado el premio "Rising Star" y quien pese a convencer en su principio de temporada se fue disolviendo como un azucarillo. Hablamos de Nole Velickovic, actualmente sin equipo. Aquel equipo exasperaba al aficionado, con un juego interior en el que Darjus Lavrinovic se tiraba todo lo que le llegaba sin luchar por un solo rebote mientras Felipe miraba desde el banquillo. No obstante hablamos de Messina, y evidentemente por muy mal que fueran las cosas su crédito estaba asegurado (su palmarés habla por si solo) Tras una temporada nefasta (eliminados en semifinales ACB ante el Caja Laboral, humillados en la final de Copa ante el Barcelona (algo que por desgracia comenzaría a ser frecuente en el periodo Messina) e igualmente apartados de Europa por el equipo de Pascual en cuartos de final de Euroliga), Maceiras, por suerte para los blancos, cogía la puerta y regresaba el denostado Juán Carlos Sanchez para poner un poco de cabeza. Se ficharon jugadores como Sergio Rodríguez y Carlos Suárez sobre los que se podría construír un proyecto de futuro, y se apuntalaba el juego interior con un seguro como D’or Fischer, pívot sin la capacidad anotadora de Lavrinovic, pero mucho más necesario por su aporte defensivo y reboteador, y por supuesto, nos preparábamos para la irrupción de un jugador llamado a ser estrella como Nikola Mirotic. La segunda temporada de Messina tenía realmente mejor pinta. Un roster compensado y equilibrado en todas sus posiciones y con mucho margen de progresión. El equipo se va manteniendo vivo en todas las competiciones. A pesar del varapalo de volver a perder una final copera, y en el Palacio de Los Deportes de la Comunidad de Madrid, ante el Barcelona de un inconmensurable Alan Anderson (gran temporada la que está realizando actualmente en Toronto, dicho sea de paso), el equipo da la sensación de estar un poquito más cerca del eterno rival que el curso anterior. Y de repente estalló la bomba. Tras la primera e intrascendente derrota de la temporada en la Caja Mágica en Euroliga frente al Montepaschi Siena por 18 puntos, el italiano presenta su dimisión. Una decisión controvertida, hasta cierto punto valiente (qué difícil es ver dimitir a alguien), y sobre todo coherente y muy respetable. Messina es consciente de que, sea cual sea el motivo, no es el entrenador ideal para este club ni para este vestuario. La noticia se convierte en un auténtico bombazo dentro de un equipo que poco a poco había ido mostrando mejores sensaciones. El de Catania deja el club en vísperas de la decisiva eliminatoria de cuartos de final de Euroliga. Un duelo fraticida frente al Valencia Basket entrenado por Svetislav Pesic. Lele Molin, segundo de Messina, toma las riendas del equipo y el Madrid se impone en una agónica serie a cinco partidos con gran protagonismo de los interiores blancos. El Real Madrid accedía a una Final Four por primera vez en… ¡15 años! Demasiado tiempo de ausencia para el club más laureado de Europa. La noticia fue recibida por algunos aficionados, entre los que me incluyo, como una pequeña gesta, siendo conscientes de que no estábamos entre los grandes favoritos al título pero al menos el equipo blanco recuperaba señas de identidad, garra y competitividad. Poco duró la alegría ya que la semifinal ante el Maccabi dejó una dolorosa imagen del club. Un partido jugado entre hombres frente a niños, y donde sólo el tantas e injustas veces denostado Felipe Reyes demostró tener cierta pelambrera testicular para lucir el escudo madridista en una cita de este calibre. La eliminación en semifinales por el título ACB cayendo por un doloroso 3-1 frente al pujante Bilbao Basket de Fotsis Katsikaris, con Hervelle y Mumbrú cobrándose justa ventaja, capituló uno de los periodos más grises del reciente pasado madridista. Así se resume la era Messina en el banquillo blanco: 18 fichajes, 58 millones gastados, 0 títulos y un estilo de juego nada atractivo para el aficionado, incapaz de engancharse al equipo. Un fracaso sin paliativos. Al menos hay que reconocer en Ettore Messina, siempre de puertas hacia fuera (no vamos a jugar a adivinar que sucede dentro de los vestuarios, para eso ya están otros), unas maneras exquisitas y una corrección y educación acordes con lo que debe ser el Real Madrid institucionalmente pese a que en otras secciones del club no se haya querido mantener tal identidad. El italiano llegó como un caballero y se fue como tal. Hasta el más fanático seguidor del entrenador siciliano ha de reconocer que su etapa madridista ha sido una mancha negra en una trayectoria implacable. El caso del magnífico técnico italiano constata una realidad en el mundo del deporte de elite. Triunfar con un determinado estilo dentro de un determinado contexto, país, competición, liga, etc, no te asegura repetir éxito cuando el contexto cambie. De entrada Ettore demostró cierto desconocimiento del nivel del baloncesto ACB, despreciando a jugadores como Mumbrú, Hervelle o Raúl López, y siendo incapaz de calibrar la auténtica importancia y ascendencia sobre este equipo de un coloso como Felipe Reyes, recordemos, MVP de la temporada regular el curso anterior a la llegada del italiano, y encontrándose en el mejor momento de su carrera. Inexplicable también el caso de Sergi Vidal, en la órbita de la selección durante sus años baskonistas (integrante de hecho en el grupo final que acude a Belgrado en el Europeo 2005), y miembro del quinteto ideal ACB de la temporada a su salida del club blanco la pasada temporada en el Lagun Aro GBC… para Messina no servía y le confinó al oscurantismo más absoluto, del que por fortuna parece totalmente recuperado.  Por otro lado tampoco supo sacar partido a una serie de jugadores, principalmente exteriores (Sergio Rodríguez, Llull) que hubieran funcionado mejor dentro de un baloncesto más dinámico y con ritmo rápido, sin la esclavitud pizarrística de consumir los 24 segundos de posesión y buscar siempre ese “pase extra” que figura como uno de los dogmas de fe de Messina. En total Ettore dirigió 109 partidos como técnico blanco, con 76 victorias y 33 derrotas, lo que nos da un 69.7% de victorias (tampoco mejora a Joan Plaza)  

Florentino, hombre de perfiles. 


Y llegamos al presente, cuyo nombre es Pablo Laso, cuyo balance al frente de la nave blanca en estos momentos y en vísperas de enfrentarse precisamente al Zalgiris de Joan Plaza es de 94 partidos con 72 victorias (o sea, un 76,5%), rozando esta temporada la excelencia con un balance de 26-4 (86,6 % de victorias), y con un juego que hay que ser muy zoquete o haberse tragado las obras completas del Limoges de Maljkovic para no admitir que es una reivindicación del mejor baloncesto “old school”, ese que además de buscar la victoria trataba de que los pabellones se llenasen ofreciendo un espectáculo acorde a este maravilloso deporte. No sólo eso si no que además viene acompañado de títulos (la memorables Copa del Rey de la pasada temporada derrotando en la mismísima Ciudad Condal a nuestro habitual verdugo culé en un partido para el recuerdo…  la Supercopa de esta temporada), y de momentos sensacionales (el play-off semifinal del pasado curso ante el Caja Laboral, ¡qué gozada de eliminatoria!) Pero no ha sido fácil para el entrenador vitoriano llegar a este estatus y alcanzar tal reconocimiento (de hecho sigue habiendo quien le niega mérito alguno a nuestro técnico…. ya saben que la ignorancia es muy atrevida), pese a que estamos hablando de un personaje que es historia viva de nuestro baloncesto (61 veces internacional como jugador y máximo asistente histórico de la ACB), nos encontramos una vez más ante la estulticia referente al “perfil”, y ya se sabe que en el madridismo florentinista todo tiene que ser alto, muy alto. Laso llegaba al banquillo blanco con un pobre bagaje como entrenador y sin apenas experiencia en clubes grandes (sólo una temporada en el Valencia, por entonces Pamesa, que no llega a cumplir siendo cesado por los malos resultados obtenidos), se presentaba además como segundo plato tras los intentos de conseguir la firma de algún nombre ilustre (Pesic, Obradovic,  y sobre todo Pianigiani), y ese madridismo del que hablamos muchas veces y definimos como “el madridismo que nunca está contento” (no confundir con el madridismo crítico) no tardó en afilar los cuchillos. Pablo Laso era un pésimo fichaje, un auténtico incompetente que llegaba a nuestro club simplemente por amistad con Alberto Herreros y por los desvaríos de Juan Carlos Sánchez, ambos, objetivos predilectos del “madridismo que nunca está contento”, que ve a su equipo ganar jornada tras jornada y sigue retorciendo sus argumentos buscando la manera de justificar que tenían razón, que Laso, ese señor vitoriano con barriga y medio calvo de perfil acusádamente bajo, no puede entrenar al Real Madrid. Lo que siempre decimos, el problema de quien sólo mira el nombre y es incapaz de admirar el hombre.    

Y con Laso, volvió la alegría.

Estos son los tres técnicos que han marcado el pasado reciente del Real Madrid en su sección de baloncesto, y quienes ahora lucharán entre sí para acceder a las rondas finales de la Euroliga. Joan Plaza, un hombre que vivió luces y sombras. Ettore Messina, entrenador que sólo se manejó en las sombras. Y Pablo Laso, de momento un espléndido presente lleno de luces. Que continúe. 

martes, 13 de septiembre de 2011

MARTES Y TRECE

“La sangre aún me hierve,
cuando pienso en mi mala suerte,
y cuando me levanto
en el jergón
os maldigo” 

(“Desde el jergón”, Los Enemigos) 

Jorge Garbajosa, el rey de las manías, con una célebre pitonisa ucraniana en una playa  de Malibú.


Hoy es Martes y 13, el día en que más apetece comerse una buena empanadilla de Móstoles. Tenemos jornada de descanso en el Europeo, mañana empieza lo bueno, los cruces a vida o muerte, los partidos a cara de perro.

Parece por lo tanto un buen momento para realizar una entrada ligerita, nada de comernos la cabeza con la densidad de las estadísticas (que por otro lado, ¿qué haríamos los aficionados sin esos banquetes aritméticos que tanto nos gustan para seguir analizando cualquier partido horas y días después?), y detenernos en algo siempre presente en cualquier equipo, vestuario, o jugador de este deporte: los rituales y las supersticiones, las manías antes de cualquier partido o cita importante. 

El baloncesto, como deporte de seres fabulosos que es, supone terreno abonado para las más variopintas costumbres y ritos. Difícil es el jugador que en su rutina pre-partido no tenga una galería de tics mentales, o de lo que se conoce como TOC (trastorno obsesivo compulsivo), un ceremonial personal e intransferible con el que recubrirse ante el vértigo de enfrentarse a un deporte en el que la bola muchas veces es caprichosa y el desenlace de los encuentros en ocasiones obedece al azaroso y travieso destino, que juega con nosotros como Dios tirando los dados sobre el tapete del universo. 

Las manías y supersticiones son de la más diversa índole, según la complejidad de la personalidad del protagonista. Los hay quienes necesitan escuchar una determinada canción antes de un partido, entrar en la cancha con un determinado pie delante, llevar unos calcetines o medias en concreto, no ducharse, ducharse dos veces, etc, etc… el catálogo es variado, hay mucho donde elegir. Hay quien tiene tanto celo y vela tanto por la pureza de su mejor arma, que no permite que nadie toque ni estreche su mano, caso de Louis Bullock. El excelso y dulce tirador americano y tantos años afincado en España, jamás contacta su palma derecha con nadie antes de un partido, ni siquiera con sus compañeros, manías de una de las mejores muñecas que hemos visto en nuestra liga en los últimos tiempos.

¿Choca esas cinco?


Un personaje tan peculiar en todos los sentidos como el gran Jorge Garbajosa, evidentemente es otro de los grandes maniáticos de este deporte. Todo Jorge es una enorme superstición, una suerte de combinaciones con los cordones de las zapatillas, toallas, etc, su habitual salida a la presentación con la boca llena de agua… quien por momentos parecía que pudiera ser su relevo natural en nuestro baloncesto, como exponente de cuatro abierto y tirador, Pablo Aguilar, también parece seguir el relevo del de Torrejón en el tema de las manías, quien siempre tiene que ser el último a la hora de salir del autobús, o el último también en vendarse. Evidentemente si hablamos de Garbajosa, a todo el mundo le viene a la cabeza su especie de rezo antes de lanzar cada tiro libre, un mantra particular que a día de hoy sigue sin querer confesar, y que ha sido objeto de numerosos debates, sobre si el bueno de Jorge recita un rosario de puteadas al más puro estilo Tano Pasman, o realmente, como parece ser, le dedica unas palabras a su mujer Ainhoa.  

Rick Barry y unas cucharas más célebres que las de Uri Geller.


Claro que si nos metemos en el terreno de los tiros libres, la cosa nos daría para varias entradas. Es sin duda el momento del juego donde más claramente se ven todas las manías, rarezas y supersticiones de los jugadores. Cualquier aficionado podría nombrar sin ningún problema decenas de jugadores con mecánicas y gestos muy característicos a la hora de afrontar un tiro desde el 4,60. Personalmente uno de mis primeros recuerdos de tipo realmente maniático hasta el paroxismo en la línea de libres es el de Adrian Dantley, cuando comencé a seguir la NBA, allá por el ya lejano 1986. Dantley era un fantástico anotador proveniente de Utah Jazz que había recalado en el que ya era mi equipo favorito, los Detroit Pistons. Dentro de su facilidad para la producción anotadora destacaba también la asiduidad con la que visitaba la línea de tires libres, y ahí verlo era realmente un espectáculo., rozando continuamente los 10 segundos establecidos para lanzar, y limpiándose constantemente las toneladas de sudoración que caían por su rostro. Los aficionados recordarán también mecánicas muy curiosas, como Steve Trumbo y sus ojos cerrados, Rick Barry y su tiro “a cuchara”… caso curioso y no muy habitual es el de los jugadores que no botan el balón y lanzan directamente según han recibido del árbitro, era el caso del “matraco” Margall, o más recientemente Alberto Herreros. Y si hablamos de botes, todos recordarán al malogrado Drazen Petrovic y sus bajísimos botes de balón que finalizaban con su resoplido con el balón a la altura de la cintura antes de lanzar. Gilbert Arenas es otro de los míticos maniáticos en el tiro libre con sus pases de balón alrededor de su propia espalda, y por supuesto, mi favorito, Jason Kidd y su famoso beso hacia canasta. Tan romántico gesto decía que lo hacía dedicado a su familia… claro que como muchos recordarán, “Mr. Triple-Doble” tuvo hace cuatro años una separación que se puede calificar de cualquier cosa menos de amistosa.   

Soltando aire.


En fin, como pueden ver, manías para todos los gustos. Todo vale para relajarse, motivarse, o en definitiva sentirse mejor y saber que, por lo menos momentáneamente, el cielo no se va a desplomar sobre nuestras cabezas. Ya que hemos hablado de tantas manías famosas, les confesaré la mía. Siempre que piso una cancha de baloncesto no puedo abandonarla hasta que no he convertido un triple más o menos desde el medio campo.   

Va por ti, mala pécora.