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viernes, 12 de mayo de 2017

LA DÉCADA PRODIGIOSA





Desde Manresa, primer escaparate...



El pasado miércoles 10 de Mayo de 2017 se cumplían diez años de la llegada de Sergio Llull al Real Madrid procedente del Baloncesto Manresa. Una efeméride que el propio jugador ha recordado feliz y orgulloso en redes sociales, ganándose todavía más a una afición madridista que le idolatra. No es para menos. Sólo el fichaje de Felipe Reyes en 2004 procedente del Estudiantes puede entrar en el debate sobre el mejor movimiento del club blanco en todo el siglo XXI respecto a contratación de jugadores. En entrenadores no puede haber tal debate, cuando Pablo Laso ha sido capaz de llevar al equipo madridista a una dimensión que no conocía desde hacía 30 años, destrozando lo conseguido por todos sus predecesores posteriores a Lolo Sainz. Es precisamente Laso una figura clave en los éxitos de Llull, apostando por él como base y dándole unos galones no tan fácil de asumir en un equipo plagado de jugadores estelares. 


Pero deberían pasar unos años hasta que el feliz encuentro entre Laso y Llull se produjese, ya que la llegada del menorquín tiene lugar a punto de comenzar los play offs por el título ACB durante el primer curso de Joan Plaza como técnico blanco. Contaba con 19 años y la vitola de campeón de Europa junior, siendo base suplente de un Sergio Rodríguez un año mayor que él. Su presencia es meramente testimonial. Cinco minutos en tres partidos de cuartos de final ante Pamesa Valencia, en la dura semifinal ante el Joventut apenas seis minutos en tres de los cinco partidos disputados, y unos segundos en el cuarto y definitivo partido de las finales ante el Barcelona. Sólo anotó un punto, un tiro libre ante el Joventut, pero celebró su primer título con la elástica blanca con la misma intensidad que el mismísimo Felipe Reyes, MVP de aquellas finales y guía espiritual del baloncesto madridista (rango que diez años después sigue ostentando)


Los dos cursos siguientes su crecimiento es lento pero seguro, alternando las posiciones de base y de escolta. Con la marcha de Kerem Tunceri el tercer año de Plaza y la rescisión de contrato de Pepe Sánchez, sólo Raúl López queda como director de juego puro, con lo que Llull araña muchos minutos en su posición favorita. Ese tercer y último año de Plaza ya es uno de los jugadores importantes de la plantilla. De hecho en el último partido de aquella temporada, a la postre último partido de Plaza, una derrota en semifinales por el título ACB en el Buesa Arena, es el mejor del equipo con 15 puntos, 4 rebotes y 4 asistencias para 20 de valoración. Era el segundo año sin títulos, pero el madridismo asistía esperanzado a la progresión de un jugador que se convertía en internacional absoluto aquel verano de 2009 disputando el Eurobasket de Polonia, donde se colgaría su primer oro senior con nuestro país, y sería noticia por aquella famosa última jugada contra Turquía, en la que ya demostraba su arrojo en los momentos calientes del partido (y gracias a un Sergio Scariolo que confió en él) Su trabajo con la selección, por cierto, es otra muestra de la capacidad de adaptación del jugador, siendo capaz hasta de jugar de tres con el combinado nacional.


Pero si los dos últimos años con Plaza, pese a un buen juego general y al reconocimiento del aficionado, no tuvo el premio de los títulos, peor sería la era Messina, que acabó siendo la era Molin (su segundo), con sólo el consuelo de haber vuelto a ver al equipo blanco en una Final Four de Euroliga 16 años después con una base de jugadores jóvenes que encontrarían en Laso a su mejor aliado para desarrollar su baloncesto. No fueron fáciles aquellas dos temporadas para Llull, quien veía como Messina le prefería como escolta (Prigioni y Jaric el primer año, y el argentino junto a Sergio Rodríguez el segundo acaparaban prácticamente todos los minutos como bases), además de tener que adaptarse a un estilo de juego lento y plomizo que no dejaba explotar todas las virtudes del jugador. Aun así finaliza el segundo año de Messina como máximo anotador ACB del equipo y segundo jugador más valorado en liga regular tras Carlos Suárez, además del más valorado en play offs (creciendo en los momentos importantes) En Euroliga más de lo mismo, máximo anotador y jugador más valorado de los blancos. Ya era una estrella a nivel continental, pero le faltaba algo… 


Nunca seremos del todo conscientes de lo que supuso la llegada de Pablo Laso al Real Madrid en verano de 2011. Una de sus primeras (y controvertidas) decisiones fue devolverle a Llull la batuta del juego, ante las críticas furibundas de una parte de la afición que había olvidado los orígenes del menorquín como base, que por otro lado seguía anclada en el desfasado baloncesto que en los años anteriores se había basado en agotar el reloj de posesión y renunciar al contraataque, y que en tercer lugar mantenía que Llull era un jugador limitado que basaba su juego únicamente en la explosividad de su físico pero su cabeza y lectura del juego era pésima (en su desfachatez aún queda alguno que lo mantiene) El resto es historia. Los títulos y las exhibiciones individuales no han parado de llover desde entonces sobre el Palacio de Los Deportes, comenzando por su inolvidable partido en la final de Copa en el Sant Jordi que supuso el primer título de la era Laso y venía a inaugurar una nueva era de dominio madridista. Tres ligas, cinco copas, tres supercopas, una euroliga y una intercontinental (a las que hay que sumar la liga ganada con Plaza) Seis veces MVP (dos de las finales por el título, dos de la copa, una de la supercopa y otra de la intercontinental) Diversas inclusiones en los mejores quintetos de cada temporada y mvps semanales o mensuales. Jugadas para el recuerdo y canastas ganadoras en una evolución imparable hasta convertirse en el jugador más decisivo de Europa (ahí entraría en debate con Nando De Colo) y el sucesor de los Navarro o Spanoulis como ese tipo de baloncestista competitivo y ganador, por no recordar que sigue siendo el europeo fuera de la NBA más deseado por la liga profesional estadounidense (¿alguien duda que no encajaría como un guante en los actuales Houston Rockets de Mike D’Antoni?)  


A sus 29 años ya nadie duda que Llull es uno de los jugadores históricos del baloncesto madridista, español y europeo. Una página legendaria de nuestro deporte que todavía no ha escrito sus últimas líneas.   




...a devorar títulos con el Real Madrid.




Finalizamos con una estadística evolutiva de las diez temporadas de Llull como madridista en las distintas competiciones, observando los que consideramos datos más relevantes para un jugador de su perfil. Esto es, puntos, porcentajes de tiro, y asistencias.  




LIGA ACB EUROLIGA COPA SUPERCOPA INTERCONTINTENTAL
2006-07 0,1 pts/0,4 as  0% TC 50% TL
2007-08 2,7 pts/1,4 as  42% TC 71% TL 2,3pts/0,9 as 37% TC 78,9% TL 2 pts/1 as. 0% TC 100% TL 4 pts/1 as 50% TC
2008-09 8,6 pts/2,6 as  43,6% TC 82% TL 6,9 pts/2,2 as 46,8% TC 92,6% TL 6 pts/3 as. 12.5% TC 75% TL
2009-10 11,1pts/2 as 49% TC 82% TL 9,5 pts/ 2 as 52,1% TC 72,4% TL 15,6 pts/1,6 as. 48,2% TC 85%TL 6,5 pts/3 as 28,5% TC 90% TL
2010-11 12,3 pts/2,8 as 42,6% TC 81% TL 11,9 pts/3 as 40,6% TC 84,1% TL 7 pts/2 as. 38,8% TC 100% TL 4 pts/2 as 11,1% TC 50% TL
2011-12 10,3 pts/3,8 as 41,9 %TC 69% TL 7,4 pts/3,2 as 42,7% TC 71,9% TL 16 pts/5 as 52,9% TC 80% TL 12 pts/4 as 28,5% TC 67% TL
2012-13 11,6 pts/2,8 as 47,3% TC 71% TL 10,4 pts/3,2 as 40% TC 78,1% TL 23 pts/4 as 33,3% TC 75% TL 13,5 pts/1,5 as 62,5% TC 83% TL
2013-14 13,8 pts/3,7 as 47,8% TC 86% TL 11,4 pts/ 4,1 as 46,6% TC 79,6% TL 9 pts/3,3 as 44% TC 100% TL 8,5 pts/3,5 as 60% TC 
2014-15 12,3 pts/3,4 as 45,5% TC 86% TL 10,4 pts/5,8 as 43,8% TC 82,1% TL 10 pts/4,3 as 42,8% TC 100% TL 18,5 pts/4 as 77,7% TC 50% TL 19,5 p/6 a 44,8% TC 85,7%TL
2015-16 12 pts/4,8 as 45% TC 81% TL 12,8 pts/4,6 as 37,8 %TC 80,7% TL 9,3 pts/5 as 40% TC 100% 8 pts/3 as 30% TC 50% TL
2016-17 16,1 pts/5,3 as 44,3% TC 79% TL 16,4 pts/5,9 as 41,5% TC 85,2% TL 22,3 pts/6,3 as 41% TC 100%TL 27 pts/2 as 55,5% TC 100% TL

jueves, 30 de marzo de 2017

YO SOY EL REBOTE




La imagen más repetida de la ACB



La extraordinaria generación de baloncestistas españoles que estamos teniendo la suerte de disfrutar mantiene en una de sus claves la ausencia de fecha de caducidad. Una asombrosa dilatación del tiempo que los convierte en figuras venerables, como los ancianos de una tribu ancestral, y que casi sin pretenderlo, de una manera natural, por el simple paso de los partidos y los minutos en pista, van destrozando todos los registros conocidos hasta la fecha. Personajes cuya retirada todavía no se vislumbra, con lo cual su cuaderno de proezas, mal que les pese a algunos que andan pidiendo jubilaciones en el baloncesto español (y madridista, pese al dulce momento del basket blanco), aún tiene hojas por rellenar.    


Uno de esos grandes nombres al que es de justicia calificar como leyenda en activo es el del actual capitán madridista, Felipe Reyes. Con 37 años su palmarés habla por sí solo. Siendo adolescente comienza a darse a conocer al aficionado, cuando se cuelga dos oros consecutivos en Varna (Europeo Sub-18) y Lisboa (Mundial Sub-19) formando parte de la mejor generación de jugadores españoles de la historia y al lado de dos compañeros, rivales en clubes pero amigos cada verano y que han aupado al baloncesto español hasta cotas jamás conocidas: Juan Carlos Navarro y Pau Gasol. A partir de ahí, una impresionante recolección de títulos: tres medallas de oro continentales, un oro mundial, dos platas olímpicas, tres platas europeas, un bronce olímpico y un bronce europeo (a los que hay que sumar otro bronce europeo Sub-20) En total 13 medallas con la selección española, diez con la absoluta y tres con equipos de formación. A nivel de clubes, la colecta ha sido igualmente abrumadora: 1 Copa del Rey con el Estudiantes, y todo lo imaginable con el Real Madrid, es decir, 1 Euroliga. 5 ligas, 5 copas del Rey, 3 supercopas, 1 intercontinental y 1 Uleb. 17 títulos.  Pero el suyo no es un caso de “estar en el sitio adecuado en el momento adecuado”, si no que más bien hablamos de una piedra angular en la consecución de tanta gloria. Dos mvps de temporada regular ACB, uno de las finales, y hasta cuatro veces incluido en el Quinteto Ideal de la ACB (además de una vez en el de Euroliga) dejan claro la condición estelar de uno de los mejores jugadores europeos de todos los tiempos. Siempre fiel a su naturaleza, instinto e intuición con un deseo indomable cada vez que hay un balón sin dueño. Porque por encima de todo Felipe es el hombre con hambre que captura cada rebote como si le fuera la vida en ello. Felipe es el jugador que garantiza más posesiones para cualquier equipo. Felipe es el rebote. 



Decía Jason Kidd, ese asombroso base que hacía triples-dobles con una facilidad pasmosa (pese a no ser un base eminentemente anotador, aspecto que hoy día parece crucial para un director de juego y se infravalora a quien no tenga por principal esa disciplina, algo que podemos comprobar en el eterno debate sobre la figura del genial Ricky Rubio), que el rebote es deseo. Deseo de querer el balón. Y nadie quiere más el balón que Felipe Reyes, si nos atenemos al hecho de que se ha convertido en el máximo reboteador histórico de la ACB. Lo consiguió en el clásico frente al Barcelona del pasado 12 de Marzo. Desde entonces, dos partidos más para llegar a una actual cifra redonda de 4300 rebotes, superando a jugadores históricos como Granger Hall, Carlos Jiménez, Claude Riley o Juan Antonio Orenga (personaje harto vilipendiado pero que puede decir con todas las de la ley que es el quinto reboteador histórico de la ACB)      




La Santísima Trinidad del baloncesto español del Siglo XXI



Si el rebote es deseo, ese deseo no puede entenderse sin la compañía de la constancia. Y es que Felipe Reyes ha sido un claro ejemplo de superación, de sobreponerse a los malos momentos, a las feroces críticas que sufrió por una parte (pequeña, pero ruidosa) de la afición que pedía públicamente su cabeza en la época de Ettore Messina. Superación también en su juego, haciendo caso omiso a sus primeros entrenadores que le recomendaban alejarse de la zona para ser un “forward” moderno, un cuatro abierto y tirador, ya que con sus centímetros no iba a poder pelearse con los grandes pívots dominadores de la zona. Una superación que le llevó primero a no abandonar su naturaleza fajadora, y que con los años nos ha mostrado a un jugador inconformista capaz de pulir las aristas de su juego. En ese sentido es justo reconocer que hablamos de uno de los jugadores que mejor ha evolucionado el tiro (de no superar un 80% en tiros libres en sus primeros diez años de carrera, al 83% con el que finalizó la pasada temporada… de sumar 21 intentos triples en sus primeros 8 años ACB, a lanzar 22 en la “regular season” de la temporada 13-14), de un profesional que ha sabido domar su temperamento, que pronto dejó de tener problemas con las faltas personales ni de caer en las trampas y provocaciones de los rivales (míticos duelos contra Luis Scola… aquella pelea con Kambala en un derbi madrileño, cuando aún jugaba en Estudiantes) Felipe se fue haciendo a sí mismo como un jugador ejemplar, sin perder de vista sus orígenes ni referencias. Mientras muchos chavales de su edad llenaban las paredes de sus habitaciones con posters de Jordan u Olajuwom, Felipe tenía el ídolo en casa. Su hermano Alfonso, otro prodigio reboteador pese al hándicap de su estatura, marcaba el camino y servía de “spoiler” para la película que acabaría protagonizando el menor de la familia. Ambos canteranos del Estudiantes, y posteriormente jugadores madridistas. El carácter luchador de Felipe pronto le convirtió en uno de los favoritos de la grada de los del Ramiro de Maeztu, en unos años aún gloriosos a rebufo del equipo que en 1992 alcanzaba el cenit de ganar la Copa del Rey y llegar a una Final Four de la máxima competición continental de clubes, con jugadores como Winslow, Pinone, o sin ir más lejos su hermano Alfonso. El 4 de Octubre debutaba en ACB en una cancha caliente como el Buesa Arena de Vitoria. Con 18 años jugaba sus primeros nueve minutos e inauguraba su estadística con dos rebotes, sin que nadie pudiera imaginar que serían los dos primeros de nada menos que 4300 rechaces. Anotaba una canasta en juego, pero fallaba por cierto sus cuatro intentos de tiro libre, una cruz en los primeros años de su carrera, defecto sobradamente superado a día de hoy como ya hemos comentado. En 2000 ya era un elemento imprescindible para un Pepu Hernández que reverdecía laureles ganando la Copa del Rey en Vitoria, una ciudad como vemos con un significado muy especial en la trayectoria de Felipe. En 2004 alcanzaría su techo como jugador colegial, siendo capaz de plantarle cara al Barcelona de Pesic campeón del triplete. Y es que el único equipo que realmente llegó a tutear a aquel inmenso Barcelona de los Navarro, Dueñas, Bodiroga, Fucka, Ilievski o Femerling fue aquel Estudiantes del que Felipe era corazón y alma. Aquella temporada dejó auténticas exhibiciones, firmó 12 dobles-dobles en los 34 partidos de liga regular, y después de dejar en la cuneta en las eliminatorias por el título a Real Madrid y Baskonia, promedió 14.4 puntos y 7.2 rebotes en sus primeras finales ACB.


Eran tiempos de identificación con la bancada colegial, en los que se reconocía abiertamente seguidor del Atlético de Madrid en lo balompédico, y que no escondía que el Barcelona entraba en sus preferencias antes que el club blanco. Pero la vida ofrece muchas sorpresas y el destino deparaba al bueno de Felipe convertirse en una de las más grandes leyendas madridistas de la historia. Con él volvieron los títulos. Tras nada menos que 15 años sin conseguir la liga, los blancos se proclamaban campeones de nuestra competición con aquel legendario final de partido en Vitoria (otra vez Vitoria) y el triple de Alberto Herreros. Felipe no brillaba especialmente en aquel partido (2 puntos y 3 rebotes en 26 minutos), pero no se podía entender aquel título sin su concurso, ya que con 2-1 abajo en la eliminatoria el ala-pívot cordobés era el mejor del cuarto partido, disputado en Vistalegre, con 15 puntos y 13 rebotes en otro descomunal combate frente a Luis Scola. Los éxitos se repetirían dos años después, con el doblete de Liga y ULEB, una liga de la que fue MVP de las finales promediando 16.5 puntos y 6.5 rebotes en los cuatro partidos disputados frente al Barcelona de Ivanovic. Luego vendría la era Messina, con el jugador señalado por parte de la afición cuando la realidad y los números demostraban que nadie daba la cara dentro de la zona como él. En el retorno a una Final Four de Euroliga (¡15 años después!), Felipe reconocía que aquello le hacía tanta ilusión como cualquier título, era devolver al club blanco a la élite europea de la que llevaba demasiado tiempo ausente. En la paliza ante el Maccabi de David Blatt (82-63), sólo Felipe se salvaba de la quema con su férrea voluntad para sumar 15 puntos y 14 rebotes. Gran trabajo individual, pero sin premio colectivo. 


Felipe aguantó aquellas críticas que incluso continuaron con la llegada de Laso, como bien explicamos en su día en nuestro blog en la entrada “Blanco perfecto”. Pero Laso (vitoriano tenía que ser) recuperó la mejor versión del capitán madridista, a día de hoy orgullo y santo y seña de uno de los mejores grupos de jugadores de la historia. 



Hay aficionados que dicen que no se puede vivir del pasado y que llevan años pidiendo la jubilación de Felipe. Tendrán que esperar, porque mientras haya un balón en el aire sin dueño Felipe Reyes alzará la vista y con el mismo deseo con el que empezó a jugar al deporte del que es leyenda, impondrá de nuevo su ley. La ley del rebote. 




Continuará...



miércoles, 24 de febrero de 2016

ESE SEÑOR GORDO Y CALVO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA RECIENTE DEL REAL MADRID




La sonrisa del madridismo




Aquella Primavera de 2003… acababa de cumplir 30 años, imagínense la depresión que llevaba encima de mis huesos. Pero era Primavera y el sol seducía anticipando el verano. Se acercaban los play offs por el título en la máxima categoría nacional de mi deporte favorito. Otra de esas cosas buenas que nos trae la Primavera. El aficionado madridista había vivido una vez más una eterna temporada ilusionante finalizada de manera abrupta el 17 de Mayo en el pabellón Barris Nord de Lleida. La apabullante derrota por 85-69 confirmaba las horribles expectativas que llevaban tiempo fraguándose en la sección baloncestística del club blanco: por primera vez en su historia quedaban fuera de la lucha por el título. Tocando fondo. 


La décima posición con la que aquel Real Madrid de Javier Imbroda finalizaba la liga regular significaba un hito negativo en un club que llevaba años a la deriva, y que tardaría tantos años o más en encontrar de nuevo su sitio en la elite del baloncesto nacional y europeo. No veníamos (y permítanme que mi discurso sea ya desde la subjetividad de aficionado madridista) precisamente de nuestra mejor época. Habría que remontarse a nada menos que mediados de los años 80 para encontrar un Real Madrid hegemónico. Dense cuenta de que hablamos de nada menos que 30 años atrás. A finales de aquella década de los 80 comenzaría el transitar en el desierto del otrora laureado club blanco. Y ciertamente es difícil culpar a nadie en aquel inicio negro, ya que en realidad parecía una broma macabra del cruel destino cebándose con la entidad madridista en su sección baloncestística. No exageramos un ápice, ya que hablamos de fallecimientos, como los de Mariano Jaquotot, vicepresidente y hombre de confianza de Ramón Mendoza para el balonceto, en 1994, y por supuesto el terrible golpe que sacudió a toda la familia madridista con el accidente mortal que costó la vida de Fernando Martín a finales de 1989, convertido, desgraciadamente, en máximo icono blanco a partir de entonces. Era la temporada 1989-90, que había comenzado con la fuga de Drazen Petrovic a la NBA, un Petrovic que años más tarde también fallecería en accidente de tráfico cuando se encontraba en el mejor momento de su carrera vistiendo la camiseta de los Nets de New Jersey. Años negros en los que veíamos a Rafa Rullán llorar la muerte súbita de su hijo de tan solo 15 años y jugador del equipo cadete del club blanco, fallecido repentinamente antes de comenzar un partido. Una desgracia que parecía prolongarse hasta 1997 cuando Alfonso del Corral perdía también a su vástago al caer sobre su cabeza la puerta de una cochera. En el banquillo blanco asistíamos con tristeza al imponente golpe de ver a Ignacio Pinedo sufrir un fulminante infarto en el Palacio de Los Deportes en partido de Korac ante el Clear Cantu en Marzo de 1991. Un histórico de nuestro baloncesto (las dos primeras ligas que ganó el Real Madrid fueron con él en el banquillo) que fallecería cinco meses después tras no superar el profundo coma en el que le dejó la parada cardiorespiratoria. Los aficionados se acordarán también de un alero americano que pasó por nuestro equipo en aquellos difíciles años, Anthony Frederick. Fue en la temporada 1989-90, uno de los muchos años “en blanco”, sin títulos, para nuestro club (en realidad ganamos un título muy menor como era la Supercopa de Europa, en su última edición, y sin necesidad de disputarla ya que el rival, KK Split, decidió no comparecer… a día de hoy de hecho la FIBA no reconoce como oficiales los títulos de Supercopa, disputados únicamente en aquellos años 80) El pobre Frederick fallecería de un infarto en 2003 cuando siquiera había cumplido 40 años de edad. 


Leyenda negra del Real Madrid, fueron años de confabulaciones del destino que hundieron en la desgracia al baloncesto madridista. Tocaba levantarse, como corresponde a una gran entidad deportiva, pero lo cierto es que comenzó una época ignominiosa en la que se iniciaban proyectos que apenas duraban y el club no conseguía la estabilidad necesaria para volver a ser referente en el baloncesto continental. Si no se puede culpar nada más que al destino y a sus crueles golpes lo anteriormente narrado, lo cierto es que en las calamidades posteriores si tuvieron culpa por igual directivos erráticos, entrenadores incapaces, y jugadores profesionales desmotivados. Es cierto que se ganó algún título de manera esporádica, pero sólo a principios de los 90, con Clifford Luyk (quien por cierto también perdió un hijo en 2008), el equipo asemejaba sensación de proyecto estable. El fantástico ex –jugador madridista, quien había sido ayudante de Lolo Sainz y técnico de categorías inferiores, se hacía cargo del equipo en 1991 tras la dimisión del incomprendido George Karl (todo un mito en la NBA, e injustamente tratado en España) Luyk se estrenaba con la Recopa en 1992, con la célebre canasta de Ricky Brown tras robo a Fassoulas. La temporada siguiente haría doblete (Liga y Copa), y en su último curso repetiría con el título liguero. En dos temporadas y media Luyk dejaba en las vitrinas blancas dos ligas, una copa y una recopa de Europa. No estaba nada mal, y además tengo el recuerdo de que aquel Madrid de Luyk practicaba un baloncesto bastante agradable de ver. Pero a los dirigentes blancos, con Ramón Mendoza al frente, tan acostumbrados a creer que se gana sin bajarse del autobús y no saber valorar el trabajo de sus hombres, les parecía poco. Era el Madrid de Sabonis y aunque el equipo volvía a mandar en competiciones domésticas, Europa era el objetivo. Dolía especialmente la Final Four perdida con el Limoges de Maljkovic, un equipo muy inferior en calidad pero que a base de marañas tácticas, defensa, y las muñecas de Dacoury y Young, se había convertido en campeón de Europa en 1993. Al año siguiente el Joventut de Obradovic, a la postre campeón con aquel triple de Corny Thompson (esas copas de Europa que se ganaban sin siquiera anotar 60 puntos, de hecho el Joventut anotó 59), se cruzó en el camino continental de Luyk. Mendoza lo tenía claro, para volver a mandar en Europa había que fichar a Obradovic, independientemente de su personalidad, estilo, o capacidad de adaptación a nuestro basket. El nombre por encima del hombre. 


Si el gran objetivo de Zeljko era el cetro europeo, no cabe duda de que se consiguió con la Copa de Europa de 1995. Por lo demás su paso por el Real Madrid no ofrece nada más allá que la Recopa de 1997. No se gana ningún título nacional. Es más, ¡sólo se llega a la final liguera de 1997! En Copa no se llega ni al último partido, y en ACB, exceptuando esa final del 97 perdida con el Barça, en el 96 no se pasa de primera ronda de play offs (eliminados por el Caja San Fernando) y en el 95 el Barcelona nos apea en semifinales. Y hablamos de unas plantillas las de aquellos años en las que formaban jugadores como Sabonis, Arlauckas, Bodiroga, Savic, Herreros… y un tal Pablo Laso. El recuerdo de la Copa de Europa de 1995 ha sido durante muchos años demasiado imponente, pero echando la vista atrás con objetividad, el periodo Obradovic no fue ni mucho menos esplendoroso (y en ningún caso aguanta la comparación con la era actual), además de ser un equipo que practicaba un baloncesto excesivamente lento y especulativo, en aquellos años de imposición de aquel tipo de juego tan nocivo para el disfrute del aficionado.     




Bodiroga, los años de la frustración



Obradovic no es renovado y se marcha a la Benetton dejando entrever ya cierto desastre en el baloncesto blanco (le impusieron en la primera plantilla al hijo del entonces presidente, Lorenzo Sanz, en un caso de nepotismo nunca visto en el club blanco) y comienza otro transitar en el desierto. Se pone al frente de la nave Miguel Angel Martín. “El Cura” era un personaje conocido en el mundo del baloncesto por su buen trabajo en el Estudiantes y el Real Madrid le había contratado como secretario técnico. Su paso por el banquillo blanco es un desastre, malos resultados, mal juego, enfrentamiento abierto con jugadores (Arlauckas, Antunez, Mijailov, Mike Smith…) y la afición dando la espalda al equipo (apenas 3000 espectadores en partido clave de Euroliga ante el Efes Pilsen… Laso está metiendo más de 10000) A finales de Febrero del 98 es destituido y su segundo, Tirso Lorente (fallecido en 2012), se hace cargo de un equipo que cae en semifinales ACB ante el sorprendente TDK Manresa que se proclamaría campeón liguero. Se vuelve a recurrir a Luyk al año siguiente, quien tampoco gana nada. Dos años en blanco. 


Llega Scariolo, entrenador italiano cuyo trabajo en Vitoria no había pasado desapercibido, llevando al entonces TAU a la final ACB en 1998 y a la conquista de la Copa del Rey en 1999. La cosa empieza bien con la liga conquistada en el 2000 en el Palau Blaugrana, muy meritoria ya que aquel roster madridista era una cosa bastante de andar por casa (Djordevic, buenos nacionales como Herreros y los hermanos Angulo, y poco más, frente a los Dueñas,De La Fuente,  Retnzias, Gurovic y los jóvenes Navarro y Pau Gasol) No volvió a ganar nada. Finalista copero y liguero en 2001, en 2002 ni siquiera logró llevar al Madrid a ninguna final. Era la peor temporada de la historia del club blanco (hasta el momento, porque en 2003 aún logramos superarnos) En medio todo el lío Herreros, de quien Scariolo se quería deshacer a toda costa (hubiera sido un error, como se demostró en la liga ganada en Vitoria años después) Eran ya los tiempos de Florentino Pérez, quien lejos de dar estabilidad a la sección de baloncesto lo convertía en un hervidero de agitación constante. 


Si el periodo Scariolo dejó que desear con sólo una liga en tres temporadas, lo peor estaba por llegar. En efecto, aún se podía caer más bajo, y todo ello con esa fastuosidad florentiana y megalómana en la que el trabajo del día a día apenas logra sobrevivir y se busca el éxito a toda costa, cueste lo que cueste, sin reconocer que el éxito significa primero recorrer un camino. 


Comienzan los palos de ciego. La infausta temporada de Imbroda, ya mencionada al comienzo de esta entrada. El argentino Julio Lamas, con otro curso para el olvido, y el esporádico éxito de Bozidar Maljkovic. Boza, técnico experimentado y con personalidad, se trae del Unicaja a Bullock y Sonko y monta un equipo bastante competente con jóvenes fichajes como Hervelle o Gelabale y un jugador destinado a hacer historia como Felipe Reyes. No obstante el juego no acaba de convencer. ¿De verdad alguien veía a Sonko como play-maker? El equipo es un desastre en Europa, pero a esas alturas los aficionados ya estábamos acostumbrados y simplemente una presencia en una Final Four parecía una quimera. Por ello la liga de 2005, con aquel increíble final en Vitoria y el triple de Herreros supo a gloria.      




Herreros, de jubilado con Scariolo, a héroe con Maljkovic



Finalmente la época Malkjovic acaba en 2006, con una liga en dos temporadas. Ese fue todo el botín. Tras muchas especulaciones e infructuosos contactos con técnicos cuya respuesta era negativa (lo que habían cambiado las cosas para que la mayoría de entrenadores dijesen “no” al Real Madrid), la directiva presidida entonces por Ramón Calderón tomaba una decisión controvertida y arriesgada. Se decidía otorgar confianza a un joven entrenador sin experiencia como primer técnico, pero con amplio bagaje como ayudante, conociendo de hecho la casa como segundo de Maljkovic. Joan Plaza llegaba avalado por, entre otros, un Aíto García Reneses que había rechazado la oferta de dirigir al Real Madrid, consciente de la dificultad de poder madurar un proyecto a largo plazo en tan esquizofrénico club. Aíto dice no al Madrid, pero no duda en recomendar a quien fuera segundo suyo en el Joventut. La apuesta por el técnico novato sale bien, y el Madrid de Plaza suma un doblete en su primera temporada, Liga y Copa ULEB, sólo resitiéndosele la Copa del Rey en la que cae en la final ante el Barcelona. Es una gran temporada para el club blanco, no sólo por los resultados, sino porque Plaza transmite sensaciones positivas, de baloncesto comprometido, sacrificado en defensa y alegre en ataque. Es un Real Madrid mucho más reconocible e identificable para el aficionado, basado en el núcleo formado por Raúl López-Bullock-Mumbrú-Hervelle-Felipe Reyes, auténtica guardia pretoriana de Joan Plaza. Por cierto, a mediados de aquella temporada se produce un fichaje destinado a cambiar el rumbo del baloncesto blanco. Un jovenzuelo llamado Sergio Llull, base suplente de Sergio Rodríguez en la selección junior campeona de Europa en 2004, recalaba en el equipo desde Manresa. Apenas jugó once minutos en el total de los play offs por el título, pero las imágenes de su exacerbada alegría celebrando aquel título liguero intuían que el Madrid había fichado a un ganador nato.  El entrenador por su parte se gana crédito suficiente para un siguiente curso en el que la gran ambición es la Euroliga, empresa que aún queda lejana y el equipo cae en el Top 16 quedando por detrás de Maccabi Tel Aviv y Olympiacos. Es la temporada del famoso partido en Vistalegre ante el Maccabi en el que Plaza, con tres arriba y posesión israelí, ordena defensa y no falta personal, clavando Halperin un triple letal que lleva el partido a la prórroga, donde el Maccabi se impondría. Una jugada que dejó muy señalado a Plaza y que incluso originó un debate en la revista Gigantes con una encuesta a distintos técnicos ACB sobre que se debería hacer en esa situación. En Copa del Rey el equipo caía en semifinales ante aquel fantástico Joventut de Rudy Fernández, Ricky Rubio y Aíto, que se proclamaría campeón de aquella edición copera. El gran descalabro llegó en liga. Después de una gran temporada regular (primera posición con 29-5 de balance y Plaza elegido Mejor Entrenador del curso), el emparejamiento con el Unicaja fue un regalo envenenado. Carlos Cabezas acababa de recuperase de una lesión, su ausencia había sido clave para entender que los malagueños, con un gran equipo (Cabezas, Berni, N’Dong, Welsch, Jiménez) estuvieran tan abajo en la tabla. Liderados por el base internacional y un estratosférico N’Dong jugando por encima del aro, el Unicaja eliminaba a los blancos en primera ronda de play offs, y Scariolo se cobraba venganza del Real Madrid. Plaza quedaba muy tocado, pero Calderón, hombre de más paciencia que su antecesor y sucesor Florentino Pérez, seguía confiando en él. En Euroliga se accedía por fin a cuartos de final (después de arrollar en el Top 16 al Maccabi, en cumplida venganza de lo sucedido el año anterior), pero la segunda plaza por peor average que el Barcelona (ambos con balance 5-1) le emparenta con el Olympiacos con factor cancha en contra. Los griegos no fallan en casa e incluso cierran la serie en Madrid en el cuarto partido. La Final Four sigue siendo un sueño. En casa, el Barcelona nos vence en cuartos de final de Copa, y el Baskonia en semifinales de Copa. Plaza parece haber agotado el crédito, y máxime con el retorno de Florentino Pérez y  de nuevo sus aires megalómanos. El balance de Plaza finalmente es de dos títulos en tres temporadas. No es gran cosa visto así, pero hay que reconocer que devolvió ilusión al aficionado y que Vistalegre solía hacer buenas taquillas. Poco duró la capacidad ganadora del equipo de Plaza, pero lo recuerdo como un Madrid agradable de ver y de seguir y con el que como aficionado me resultaba fácil identificarme. Supongo que ayudaba el hecho de que se hacía patente el liderazgo de nuestro gran capitán, Felipe Reyes. Un Felipe al que algunos empezaban a querer jubilar, más aún con la llegada del siguiente entrenador. Pronto el cordobés les haría cerrar la boca a todos.  


Florentino y sus sueños de grandeza. Había que conquistar Europa de nuevo. Ettore Messina era el elegido, quien había conquistado cuatro cetros europeos (dos con el Bolonia y otros tantos con el CSKA Moscú) De nuevo el nombre por encima del hombre, recordando la contratación de Obradovic, sólo que en esta ocasión no se conquistó Europa. De hecho los dos años de Messina, finalizados de manera abrupta con la espantada del siciliano dejando el equipo en manos de su segundo, Lele Molin, significan la última etapa negra del baloncesto madridista. 


Con Ettore llegó además un ex –director deportivo del Barcelona como Antonio Maceiras, provisto además del glamour y prestigio de haber sido asesor de nada menos que los San Antonio Spurs de Gregg Popovich. Florentino debía pensar que como por arte de magia la sola presencia de Messina, a pesar de su desconocimiento de nuestro baloncesto, garantizaría el éxito. Nada más lejos de la realidad. Los datos son abrumadores. 18 fichajes, 58 millones de euros dilapidados, y 0 títulos (e insultantes meneos que nos daba el Barça de Pascual cada vez que lo teníamos delante) Demolición absoluta del núcleo duro de Plaza, que había sido campeón dos años antes. Raúl López y Mumbrú tienen que hacer las maletas, a Hervelle se le aparta del equipo, y Bullock y Felipe Reyes (un Felipe que venía de ser MVP de temporada regular) son condenados al ostracismo. Especialmente injusto es el caso del capitán, ya que muchos aficionados por seguidismo al fulgor del brillo del nombre de Messina, se portan de manera cruel con Felipe, al que acusan de cáncer del equipo. Una vieja historia que se suele repetir con los jugadores más entregados al madridismo en ambas secciones, fútbol y baloncesto. Llegan veteranos en dudosas condiciones físicas (Garbajosa, Hansen), y alguno aunque está a tope (el vigoroso Kaukenas) no se entera de nada. Un Madrid frío, apático, lento y aburrido. El segundo año de Messina, sin embargo, las cosas se hacen mejor. Se vuelve a cambiar medio roster, en ese eterno complejo de Sísifo que acompaña a la entidad madridista constantemente empezando de cero. Fichajes acertados como Carlos Suárez y Sergio Rodríguez dan un aire más dinámico al equipo, y pese a la espantada de Messina tras perder en casa por 18 puntos ante el Sienna, el equipo accede a su primera Final Four… ¡en 15 años!, un campeón del mundo como Felipe Reyes aseguraba de corazón, tal era su hambre de títulos madridistas, que aquel era uno de los momentos más felices de su carrera. Pero el equipo apenas compite frente al Maccabi Tel Aviv, siendo precisamente Felipe el único capaz de dar la cara en aquella final a cuatro. La eliminación en semifinales ACB ante el Bilbao Basket de ex –madridistas denostados por Messina como Raúl López, Hervelle o Mumbru es la agria guinda al amargo pastel que nos dejaba el entrenador italiano, un técnico magnífico cuyo palmarés habla por si solo, pero ejemplo de que triunfar en un determinado escenario y contexto no garantiza hacerlo en otro diferente. Por otro lado, a diferencia de otros técnicos también exitosos pero más perennes como Obradovic, Messina es un entrenador demasiado fiel a su libro, su querencia por las posesiones largas y el ritmo de juego espeso. El baloncesto madridista, con jugadores como Sergio Llull o Sergio Rodríguez, pedía a gritos velocidad y libertad, conceptos que llegarían con el nuevo entrenador.      




Ettore no lo veía, pero había que correr.



Y llegamos al verano de 2011 en el que el Real Madrid en su sección de baloncesto, una vez más, era Sísifo condenado a escalar la ladera con una enorme roca a cuestas para una vez llegado arriba volver a empezar. Comienza el baile de nombres y el festival de rumores, siendo el italiano Pianigiani uno de los que más fuerza cobra para emprender un nuevo proyecto en la entidad blanca. Junto al actual seleccionador italiano se barajan nombres de mucho fuste como Pesic, Repesa (la alegría de la huerta estos dos), Obradovic, Pedro Martínez, Spahija, y el sempiterno Katsikaris. Seguimos sin saber que tiene el sosías griego de Elvis Costello, pero parece no haber año en el que no se le relacione con el Real Madrid. Finalmente salta la sorpresa. Pablo Laso, magnífico ex –jugador y máximo asistente histórico de la ACB, pero con escaso y nada exitoso bagaje como técnico, es el elegido para reflotar la deprimida nave blanca. Las críticas no se hacen esperar, a Laso se le acusa de llegar al cargo por amistad con Herreros, nuevo responsable deportivo de la sección junto a Juan Carlos Sánchez. La pareja Herreros-Sánchez ha sido totalmente despellejada por gran parte de la afición, que años después ha tenido que tragarse sus palabras. Laso, Sánchez y Herreros construyen un equipo campeón de todo, pero cuando muchos insinúan que este es el mejor Madrid de la historia en calidad individual, para restar méritos el entrenador vitoriano, olvidan todo lo que se decía hace años sobre estos mismos jugadores. Felipe estaba acabado, el Chacho era el “chocho”, Llull no sabía jugar de base, Slaughter no tenía calidad para jugar en el Madrid, Nocioni está viejo, Rivers no daba la talla… y para más inri se dejaba marchar a un pívot dominador como Ante Tomic al eterno rival. Juicios precipitados que, como no podía ser de otro modo, se han estado repitiendo durante el dubitativo comienzo de la actual temporada hasta que la Copa del Rey ha vuelto a demostrar que el proyecto de Laso no ha perdido un ápice de competitividad ni de gen ganador. Pero es que resultados al margen, los cuales son incontestables, el gran triunfo de Laso ha sido el de devolver toneladas de ilusión al baloncesto blanco con un estilo alegre y reconocible. El epítome de ese estilo llegó en 2013 con un juego absolutamente fastuoso, puro relámpago. El Real Madrid era un highlight constante, pero las derrotas en finales de Euroliga (después de apalizar al Barcelona en semifinales en un partido para las videotecas) y Liga ACB, volvieron a cargar de razones a los resultadistas. La imagen de Laso en silla de ruedas expulsado del Palau parecía ilustrar el final del proyecto Laso, bonito y romántico pero nada efectivo. No sé ustedes pero yo aquella temporada lo pasé en grande con el juego del equipo. Es la suerte que tenemos los que vivimos convencidos de que no todo en la vida es ganar. El verano fue turbulento. Sísifo revivido. Katsikaris, ¡sí, Katsikaris!, sonando con más fuerza que nunca y el cuerpo técnico de Laso despedido. Un pulso al técnico vitoriano, ya muy querido por la grada y cuya destitución hubiera sido mal vista por los aficionados que llenan todas las semanas el Palacio, un órdago buscando su malestar, forzando su renuncia. Pero Laso no se rindió y nos ofreció a los madridistas la mejor temporada que podamos recordar, sin el brillo en el juego de la temporada anterior, pero con una combinación de espectáculo (porque también hubo espectáculo) y coraje que nos llevó a ganar todos los títulos en juego, y Laso ganándose para siempre un lugar en el panteón madridista.  


Hay datos absolutamente abrumadores, como el hecho de que cogiendo los 30 últimos años de baloncesto madridista, desde 1986, el club blanco ha conquistado 27 títulos oficiales. 11 de ellos en la era Laso. Dicho de otro modo, en 25 años el Real Madrid se hizo con 16 títulos. En 4 años y medio con Laso ya se han obtenido 11. Si estrechamos más el contexto histórico, vemos que en los últimos 20 años, desde 1996, se han conseguidos 16 títulos, ¡11 de ellos con Laso! Si analizamos los últimos 15 años, la cosecha son 14 títulos, es decir, en los últimos 15 años sin Laso sólo hemos ganado dos ligas (Maljkovic y Plaza) y una ULEB (Plaza), y con Laso todo lo demás. ¿Hay alguien ahí que siga negando la importancia de Pablo Laso en la historia reciente del Real Madrid? 


A continuación ofrecemos un listado de todos los entrenadores oficiales que han pasado por la entidad blanca en su sección de baloncesto por orden cronológico, y el número de de títulos cosechados igualmente oficiales nacionales e internacionales con el club madridista. Que el lector juzgue el lugar que corresponde al vitoriano. 





Ganar, ganar, ganar, y volver a ganar... 





Segundo Braña: 1 temporada. 0 títulos.

Cholo Méndez: 4 temporadas. 0 títulos.

Anselmo López: 3 temporadas. 0 títulos.

Claudio Alonso: 1 temporada. 0 títulos.

José Borrero: 1 temporada. 0 títulos.

Felipe Kaimo Calderón: 1 temporada. 0 títulos.

Freddy Borrás: 4 temporadas. 3 títulos.

Ignacio Pinedo: 4 temporadas. 4 títulos.

Jacinto Ardevinez: 1 temporada. 0 títulos.

Pedro Ferrándiz: 13 temporadas. 27 títulos.

Joaquín Hernández: 2 temporadas. 3 títulos.

Robert Busnel: 1 temporada. 2 títulos
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Lolo Sainz: 14 temporadas. 24 títulos.

George Karl: 1 temporada y media. 0 títulos.

Wayne Brabender: media temporada. 0 títulos.

Ángel Jareño: media temporada. 0 títulos
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Clifford Luyk: 3 temporadas y media. 4 títulos.

Zeljko Obradovic: 3 temporadas. 2 títulos.

Miguel Ángel Martín: media temporada. 0 títulos.

Tirso Lorente: media temporada. 0 títulos.

Sergio Scariolo: 3 temporadas. 1 título.

Javier Imbroda: 1 temporada. 0 títulos.

Julio Lamas: 1 temporada. 0 títulos
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Bozidar Maljkovic: 2 temporadas. 1 título.

Joan Plaza: 3 temporadas. 2 títulos
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Ettore Messina: 1 temporada y media. 0 títulos.

Lele Molin: media temporada. 0 títulos.


Pablo Laso: 4 temporadas y media. 11 títulos.
  

lunes, 19 de mayo de 2014

EL CALLO



So fucked up



El sueño madridista de levantar la novena copa de Europa tendrá que esperar, al menos, una temporada más. El histórico Maccabi Tel Aviv de David Blatt vuelve a reinar en el Viejo Continente, con un técnico que ya es campeón de Europa de selecciones y de clubes, y que demuestra una vez más que los favoritismos no sirven de nada en esta competición. 

Hace poco más de un mes, el pasado 16 de Abril, el flamante campeón de Europa visitaba un Mediolanum Forum de Milán que para siempre será ya una cancha talismán en la historia del conjunto hebreo. Abría su serie de cuartos de final contra un Emporio Armani que contaba a favor con el factor cancha, así mismo como con la presión añadida de ser anfitriones de cara a la final a cuatro. En un espectacular partido, prórroga incluida, los de Blatt ponían el 0-1 en la eliminatoria y rompían el factor cancha a las primeras de cambio. Tyrese Rice, nuevo héroe macabeo, contribuía con 17 puntos a la victoria visitante, pero era Ricky Hickman, espectacular con 26 puntos y 36 de valoración quien se llevaba los máximos honores. Los de Blatt sólo habían necesitado cinco rebotes ofensivos para conseguir tumbar al Milán. Ayer al Real Madrid les birlaron 19 rechaces en su propio aro.  

La maldición del anfitrión se consumaba una vez más (Madrid 2008, Barcelona 2011, Estambul 2012…) y el Maccabi se metía entre los cuatro aspirantes al título. Ya teníamos cenicienta, convidado de piedra, perita en dulce, como lo quieran llamar. El equipo que ya bastante había hecho con llegar ahí y viajaba a la cita definitiva sin presión, pero con el peso de una camiseta histórica y con una afición incansable detrás, imbuyendo a los jugadores de una fe en sus posibilidades a la postre decisiva para no sólo no ser echados en ningún momento de la pista por dos escuadras tan poderosas como los actuales CSKA Moscú y Real Madrid, si no para incluso acabar levantando contra pronóstico la copa de campeones. Otra vez contra pronóstico, como el Olympiacos durante las dos últimas temporadas.   

¿Se imaginan a Ettore Messina viendo como a una de los mejores plantillas que ha tenido en los últimos tiempos le remontan 15 puntos de ventaja en poco más de un cuarto? Sucedió en el partido que abría la final a cuatro. El CSKA llegaba a mandar por 55-40 a punto de finalizar el tercer acto y parecía tener encarrilado su pase a la finalísima. No contaban con la muñeca de un veterano como David Blu (anteriormente conocido como David Bluthental) quien en la que ya ha anunciado que va a ser su última temporada en activo como jugador profesional de baloncesto decidió vestirse de héroe para asestar cinco triples como puñaladas mortales en el corazón de un equipo moscovita incapaz de responder ante la furia amarilla. El milagro Blatt, ese entrenador que rompe los pronósticos constantemente y sigue engordando un palmares de leyenda sin realmente haber estado al frente de los mejores equipos ni presupuestos, se producía de nuevo, encarnado esta vez en la figura de un loco sin miedo llamado Tyrese Rice, quien inscribe su nombre para siempre en la historia de la mejor competición del baloncesto continental. El exterior virginiano se lanzaba hacia la canasta rusa aprovechando la perdida de Khryapa (y precisamente Khryapa, el jugador más simbólico del actual CSKA) para certificar otra remontada histórica que quedará en los anales de una competición acostumbrada en los últimos tiempos a descubrirse ante hazañas de este tipo y épicas remontadas. Se llama dar el callo, un callo que tienes que tener trabajado después de muchas comparecencias en estas citas entre los mejores. El Maccabi, que duda cabe, lo tiene.     


El fin de semana de Rice. Primero cargándose al CSKA.


Saltaba la sorpresa y el duelo fraticida entre los dos representantes españoles cobraba mayor calidad de final anticipada que nunca. El Barcelona salía dispuesto a darnos la razón a quienes habíamos asegurado que llegaban en un mejor momento de forma que los blancos. Un espejismo. El Real Madrid de Pablo Laso dejaba un partido para la historia. Uno de esos encuentros que habrá que enseñar a las generaciones posteriores para demostrarles a que jugaba este equipo. Es cruel pensar que un partido así no haya servido para nada. Nos negamos a pensar así. El equipo blanco dio una exhibición de buen baloncesto, juego colectivo y sacrificio colectivo, en el que aún así había que centrarse en algunos nombres propios, especialmente Sergio Rodríguez, demostrando porque era el MVP de la temporada en Euroliga, y Nikola Mirotic, reivindicándose en el mejor escenario posible. Como digo, partido para las hemerotecas y que con el tiempo será recordado como merece, pese a suponer la antesala de otra decepción madridista, y no de la reconquista europea. El Real Madrid había arrasado a todo un Barcelona, a un equipo que había visitado cinco de las últimas seis finales a cuatro (sólo se había notado su ausencia precisamente en la edición disputada en la Ciudad Condal en 2011), al equipo de Navarro, el devorador de títulos, de Lorbek, de Huertas, de Tomic, de Nachbar, o de Papanikolau, hombre clave en los dos últimos entorchados del equipo griego de Olympiacos. Y aún así la estadística dejaba un dato preocupante para los blancos, más allá del número, plasmado en una sensación que ya hemos comentado alguna vez en este blog cuando hemos analizado las (escasas) fisuras que puede presentar un equipo tan exuberante como este Real Madrid de Pablo Laso: la dificultad del equipo madridista para cerrar su propio rebote. Una debilidad a la postre definitiva en el partido final. 

Ettore Messina y Xavi Pascual. Uno en su décima Final Four, otro en su quinta participación en este evento. El italiano, con cuatro títulos a sus espaldas, el español, triunfador en 2010 dejando en la cuneta precisamente al CSKA Moscú en semifinales. Dos entrenadores con gen ganador. No se merecían el castigo de ese partido por el tercer puesto que la Euroliga debería pensar seriamente en suprimir. Aún así, había que pasar el trago, con un Barcelona quitándose la espina y Navarro (20 puntos en 17 minutos) recuperando sensaciones. Triste adiós de Messina en su CSKA (y quien sabe si en el baloncesto europeo) cerrando su participación como el peor equipo de los cuatro contendientes.     


El horror, el horror.


“Ganamos seguro”, decía Miguel Ángel Paniagua en Tiempo de Juego de la cadena COPE minutos antes de comenzar la gran final, con el consiguiente tembleque sufrido por vuestro amigo El Tirador, temeroso siempre de vender ninguna piel del oso antes de cazarlo y supersticioso hasta la médula (ni que decir tiene del horror producido ante la visión de Ana Botella e Ignacio González arropando a Florentino Pérez en el graderío italiano, tras su desastre olímpico, empeñados en alimentar el gafe) Y lo cierto es que el Madrid era muy favorito para ganar este partido. Tan favorito que la presión sobre las espaldas de los jugadores se podía pesar con una balanza. Laso y los suyos, no obstante, parecían cautos. El equipo de David Blatt había demostrado de lo que era capaz remontando heroicamente ante el CSKA y el Madrid sabía que para ganar había que dar el callo, que no iban a echarlos de la pista como si hicieron con un Barcelona desangelado. Rudy, generoso en el esfuerzo con un dedo roto, mostraba el camino hacia la gloria con cinco puntos consecutivos. Soltando los nervios. Los tres primeros lanzamientos del equipo blanco (excepto dos tiros libres de Rudy) venían desde más allá del 6.75 (sólo anotando Rudy, en la primera jugada del partido). La tendencia estaba clara. Los de Laso habían obtenido un descomunal 14 de 29 en triples frente al Barcelona dos jornadas antes. Nadie criticó aquel día el exceso de juego exterior del equipo de Laso, pero ahora se hace hincapié en la dependencia de ese tipo de lanzamiento por los blancos. Lo cierto es que el Maccabi comenzaba mejor el partido, repuestos del impacto inicial de Rudy, estiraban el marcador hasta un 7-13 que hacía ver a los blancos que aquello no iba a ser fácil (ya saben, el callo) Rudy seguía echándose el equipo a la espalda a pesar de su lesión y Felipe Reyes comenzaba su pequeño recital de lucha, coraje, puntos, rebotes, y callo, mucho callo. En un mal primer cuarto el Madrid se reponía gracias a un par de minutos de velocidad y de entrega por parte de su capitán.16-15.     


Horas antes del duelo.


Rudy volaba sobre el Maccabi para machacar el aro tras fallo de Felipe, así se abría un segundo cuarto en el que el Real Madrid jugaría sus mejores minutos y mostraría méritos para lucir un traje de campeón de Europa que le sigue esperando en los armarios de la historia del baloncesto. Slaughter, hundiendo el balón tras un alley-oop con el omnipresente Rudy, ponía la máxima diferencia en el marcador: 26-15. El Madrid, tímidamente, parecía que de nuevo iba a poner velocidad de crucero sobre el Mediolanum Forum, dirigido por el MVP Sergío Rodríguez y con dos jugadores que llevaban tiempo esperando esta cita como Rudy y Felipe. El gran capitán volvía a estirar la diferencia a 11 (33-22, minuto 17) El Maccabi sobrevivía gracias a los tiros libres y aparecía David Blu, otra vez él. Un impresionante triple sobre la bocina ajustaba el marcador a sólo dos puntos de diferencia, cerrando un parcial de 2-11 que metía a los de Blatt, exultante en la banda tras el triplazo de su jugador, en el partido. El técnico judío sabía del mazazo anímico que suponía aquello para los de Laso. El Madrid había sido muy superior en el segundo cuarto y sólo se llevaba dos puntos de renta a su paso por los vestuarios. 

El comienzo del tercer acto mostraba al Madrid mandando tímidamente, y a un Maccabi que comenzaba a tirar de sus mejores armas. Agotado el coloso Schortsanitis, los exteriores Hickman y Smith se hacían cargo de las operaciones. Fueron los teloneros de un Tyrese Rice que al poco comenzaría su espectáculo. Los macabeos sabían de la indolencia defensiva madridista cerrando su aro, y comenzaron un recital de penetraciones que, en caso de no obtener éxito, acababan en palmeos o rebotes ofensivos para un Alex Tuys engrandecido ante el agujero interior blanco. El partido estaba en el alambre. El Madrid no estaba cómodo, pero le bastaba para no perderle la cara a la final. El Maccabi no se descomponía. Era el momento de demostrar que se tenía callo en este tipo de partidos. 

El tercer cuarto finalizaba con un parcial de 20-20 que era fiel reflejo de la igualdad existente. La tensión a esas alturas era, sencillamente insoportable. Rice comenzaba a transmutarse en pesadilla blanca, con canastas como un triple que entra tras quedarse corto y botar en la parte frontal del aro. Era su día. No obstante parecía que los de Laso podían encarrilar el partido y vestirse de campeones. Sin lugar para las alegrías, y con el mono de trabajo puesto en ambos equipos (el callo, amigos, el callo), los triples de Mirotic y Sergio Rodríguez y una canasta de Darden abrían una pequeña brecha, un leve resquicio por el que se veía el sol, con 67-63 a falta de sólo tres minutos para el final. Era posible. Maccabi seguía recurriendo a lo mismo, penetraciones de Hickman y Rice. El base titular de Blatt recibía el tapón de un Mirotic por fin metido en el partido, pero recuperaba la bola (una constante durante todo el partido, los balones sueltos y sin dueño que acababan en manos hebreas) y no fallaba a la segunda oportunidad. Si lo hacía el ala-pívot montenegrino en el ataque siguiente, y Rice, quien si no, empataba el partido a 67. Un exhausto Rudy se unía a la serie de errores madridistas fallando su lanzamiento. Rice seguía lanzado hacia el aro rival, y aunque fallaba su ocasión ahí estaba Tyus en el rebote ofensivo para poner el 67-69. Zozobra blanca. Mirotic volvía a empatar el partido a 69. Blu ponía de nuevo por delante a los amarillos. Mirotic se la volvía a jugar. Fallaba. Rice no. 69-73 en el último minuto. El sueño se desvanecía. Pero el Chacho buscaba el milagro. Dos tiros libres suyos tras falta de Rice metían a los de Laso en el choque. El entrenador vitoriano se la jugaba en defensa (Darden y Slaughter por Chacho y Mirotic), y le salía bien, con Hickman errando y Rudy haciéndose con el rebote. El propio Rudy fallaría el ataque siguiente pero el rebote ofensivo, esa losa aplastante que acabaría sepultando al Madrid en esta ocasión le daba la vida, con Bourousis como héroe, sacando una falta personal a falta de 21 segundos. El griego hizo gala de nervios de acero para poner el 73-73 en el luminoso, y a sufrir en defensa. Que larga se hizo la posesión israelí, finalizada con un lanzamiento de Rice y Tyus, de nuevo, rozando el palmeo. El crono llegaba a cero y el Madrid seguía vivo. El baloncesto le daba una segunda oportunidad. Se jugaba la Euroliga en cinco minutos. 

Dicen que en una prórroga parte con ventaja el equipo que venía de atrás, espoleado anímicamente por llevar un partido que tenía perdido al tiempo extra. Quien formuló esta teoría no debía conocer a Tyrese Rice. Su enésimo triple volvía a poner por delante al Maccabi después de que Mirotic abriese el marcador en el tiempo extra. Bourosis volvía a responder desde el tiro libre, convertido ya en tabla de salvación madridista. Rice contestaba eliminando a Slaughter del partido, y castigando una perdida de Mirotic con otro triple. El propio jugador montenegrino volvía a anotar desde la línea de personal para dejar la desventaja en dos puntos. Turno para el Maccabi, lo cual era lo mismo que decir turno para Rice, quien viéndose defendido ante otra amenaza de penetración encontró un alley-oop para Tuys que volvía a poner cuatro arriba al Maccabi. La exhibición del base-escolta ampliaba sus registros, ya no sólo anotando si no asistiendo a los compañeros de manera letal. 79-83 y dos minutos por disputarse, con un Real Madrid cada vez con menos margen de error. Rudy se la jugó de tres, alguien tenía que hacerlo, y a partir de ahí la final se acabó para el equipo blanco. El Maccabi seguiría anotando en un carrusel de tiros libres dejando la diferencia final en unos doce puntos que suponían un castigo excesivo para un Real Madrid que sólo se descompuso en los dos últimos minutos. Maccabi, justo campeón. Desde aquel 16 de Abril en el que ponía el 0-1 en la serie de cuartos de final frente al Emporio Armani Milán en esa misma cancha lo suyo ha sido el triunfo de la fe… y del callo. 



Rice contra el mundo. Perdió el mundo.


Resulta difícil explicar porque al Real Madrid se le escapa por segundo año consecutivo un éxito para el que parecía destinado por calidad de plantilla y trabajo realizado durante toda la temporada. El pasado año hacíamos hincapié en la falta de experiencia blanca en este tipo de competiciones. El Madrid ha estado lejos de ser un habitual en las finales de cuatro, y esa falta de callo, que no sufre el Maccabi, una vez más ha sido decisiva. La imagen del equipo de Laso ha sido mucho más madura en esta final que en la de Londres. Pese a no encontrar su juego habitual, el Real Madrid ha estado prácticamente dentro del partido en todo momento, y pese al mal partido de algunos de sus mejores jugadores (especialmente Sergio Llull) ha demostrado que podía vencer al Maccabi sin tener que recurrir a su mejor versión. Si hubiera que buscar alguna clave, un detalle sustancial que haya apartado al conjunto madridista de su más preciado sueño, creo que ningún otro ha pesado tanto como el de no saber cerrar su rebote. Y eso si que es cuestión de callo. 


El proyecto de Pablo Laso, generoso con el espectáculo, necesitaba este triunfo para rubricar una apuesta que será despellejada sin piedad por los resultadistas. Una autentica lástima. El Real Madrid se consolida como uno de los grandes de Europa, pero vuelve a tropezar a la hora de subir el peldaño definitivo. No es poca cosa haber dominado el baloncesto nacional con la autoridad y el baloncesto desplegado por los blancos, pero falta ese puñetazo definitivo que mande de una vez a la lona a todo el baloncesto grisáceo y plomizo de los dictadores de la pizarra, esos que nos robaron la diversión argumentando que para ganar títulos sólo valía asfixiar la alegría del juego. Mientras el Madrid no aseste ese puñetazo la apuesta de Laso seguirá siendo una cuestión de fe para unos cuantos locos y enamorados de esto. Permítannos decir que nosotros estamos entre ellos. Seguimos creyendo en este equipo, en esta apuesta, y en este entrenador. El hombre que nos ha devuelto la ilusión y al que, a este paso, también le saldrá callo.     


Levántate y anda. Creemos en ti.