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viernes, 31 de mayo de 2019

SIAKAM ENCARNA LA BENDICIÓN CANADIENSE



No pudo conocer mejor debut en unas finales NBA la populosa ciudad de Toronto. El equipo de Nick Nurse pone el 1-0 en las series y prolonga el estado de gracia de la franquicia de Ontario. Cinco victorias consecutivas en post-temporada para un equipo al que literalmente le sale todo. Canastas imposibles tras rebotar varis veces en el aro, triples a tablero, encestes sobre la bocina de posesión… cabe preguntarse si Dios es canadiense, porque lo cierto es que las manos de los jugadores de Toronto parece que han sido bendecidas, con casos tan asombrosos como los de Fred VanVleet, héroe inesperado en las últimas semanas para el club del norte del continente. Aunque si nos ceñimos al primer partido de las finales el gran protagonista no ha sido otro que el camerunés Pascal Siakam, haciendo el partido de su vida en el mejor escenario posible.  




La progresión del espigado jugador africano ha sido evidente durante toda la temporada. De los 7.3 puntos, 4.5 rebotes  y 2 asistencias del curso 17-18, a los rotundos 16.9 puntos, 6.9 rebotes y 3.1 asistencias del presente ejercicio. Números que evidentemente le hacen entrar en todas las quinielas a Most Improved Player (jugador más mejorado respeto a la temporada pasada), galardón al que opta junto a D’Angelo Russell y De’Arron Fox. Y también es cierto que este año le habíamos visto superar la treintena de puntos en alguna ocasión, incluso se fue hasta los 44 ante Washington (tope de su carrera), pero hablamos de una tarjeta de 32 puntos con un descomunal 14 de 17 en tiros de campo, 8 rebotes, 5 asistencias y 2 tapones en un partido de las finales por el título. Como todos los jugadores venidos del continente africano, la historia humana que hay detrás del deportista es digna de ser contada. Y es que el padre de Pascal, alcalde en su momento de la populosa ciudad natal del jugador, Duala, envió a su hijo al seminario con la intención de que se convirtiera en sacerdote. No fue hasta el año 2011, siendo ya Siakam un adolescente de unos 16 o 17 años, cuando tuvo un auténtico primer contacto con el mundo del baloncesto a cierto nivel y con las posibilidades de futuro que le podían otorgar el mundo de la canasta si era capaz de trabajar y aprovechar la materia prima de su físico. Aquellas vacaciones de 2011, justo un año antes de la que debería ser su graduación como sacerdote, Siakam acompañó a unos amigos a un campus NBA perteneciente al programa “Basketball Without Borders”, oficiado por Luc Mbah Moute (por aquel entonces enrolado en Milwaukee Bucks) Fue un tardío despertar para el baloncesto, pero que le haría tomar la decisión de hacer las maletas para viajar a Estados Unidos a labrarse una carrera. El primer colegio en el que jugó en el Nuevo Continente, por cierto, tiene el nombre de God’s Academy (la academia de Dios), ¿alguien duda de que este chaval está bendecido?  



Siakam, su gran noche.





Siakam fue un martillo pilón en el ataque canadiense. Al poste, desde la media distancia, en el triple… lideró un equipo en el que Kawhi Leonard volvió a hacer uno de esos partidos a los que nos tiene tan acostumbrados. De menos a más. Una discreta primera parte (8 puntos, sólo 3 en el primer cuarto), sensación de no estar para finalmente acabar con 23 puntos, 8 rebotes y 5 asistencias, y de nuevo otra paliza impresionante con 43 minutos en pista. Inhumano. Marc Gasol fue la otra pieza del tridente. Steve Kerr sorprendió poniendo a Jordan Bell de inicio, en ese rol de falso pívot titular que venía ocupando Andrew Bogut (ayer no jugó ni un segundo), quizás intentando despistar a Marc, dejándole sin un “cinco” claro de referencia en la zona a quien marcar. Un error, porque el internacional español demostró estar tan fino físicamente como para salir constantemente a todo tipo de ayudas exteriores, además de eso dejó una de sus mejores versiones en ataque yéndose hasta los 20 puntos. En un equipo tan acostumbrado a la circulación exterior Marc ejerció de balanza ejecutando desde la media distancia y jugando de espaldas al aro. Estamos acostumbrados a ver en los últimos años a los ganadores de la NBA jugar prácticamente sin pívot, tendencia que nuestro jugador parece empeñado en querer cambiar. En ese sentido Kerr recupera la baza de DeMarcus Cousins, quien ayer participó ocho minutos, demostrando una evidente y comprensible falta de forma. Veremos si logra encajar en el puzzle californiano, pero en medio de unas finales y teniendo en cuenta la prevalencia del juego exterior en el equipo de Oakland, no parece que vaya a ser un elemento desequilibrante, aunque evidentemente hablamos de un jugador con calidad, puntos en la mano, y buena visión de juego para un interior. Marc, como decimos, fue el punto de equilibrio de un equipo de cuyos nueve primeros ataques en este G1 ocho de ellos fueron intentos triples (dos de ellos del propio Marc) Danny Green, por cierto, está de vuelta. Suyo fue el primer triple del partido y sus 11 puntos finales son oro puro para un equipo que ya lo daba por perdido, y es que hay que recordar que llevaba ocho partidos consecutivos sin pasar de la decena de puntos.




Toronto fue fiel a su estilo de circulación rápida de balón, poco bote y mucho tiro exterior. El orden táctico de Nick Nurse, quien ya ha hecho historia convirtiéndose en el primer entrenador de la historia en disputar finales de la NBA y de la D-League (la liga de desarrollo, algo así como una filial de la NBA), continúa resultando ejemplar, pero eso no impide que el equipo castigue con contras fulgurantes los fallos y pérdidas de balón del rival ni que recurra de vez en cuando al “run and gun”. Paradigmática fue la jugada que en los primeros minutos del tercer cuarto levantó a los espectadores del Scotiabank Arena. Después de una canasta fácil de Draymond Green en penetración Lowry ve adelantado a Siakam, quien recibe la bola cerca del aro para asistir a Leonard, castigando la malísima transición defensiva (uno de los puntos débiles de Golden State anoche) del rival. Ni siquiera cabe hablar de contrataque en el sentido estricto dentro del baloncesto, el que se produce tras fallo rival, ya que los Warriors habían conseguido canasta y por tanto el balón no estaba en juego. Tampoco fue fruto de adelantar las líneas y presionar a toda pista dejando a uno de los rivales adelantado. No, fue simplemente lentitud en hacer la transición. Una jugada que bien haría Steve Kerr en recordar a sus jugadores una y otra vez como ejemplo de la actitud que no deben tener los Warriors si quieren revalidar el títulos de campeones. ¿Se han cansado los de Oakland de, por decirlo en castizo, bajar el culo después de ganar tres anillos en cuatro años?




No nos olvidamos tampoco de nuestro “patito feo” favorito de Toronto. Fred VanVleet continúa su idilio con el aro y finalizó con unos lustrosos 15 puntos. Hay que ver lo que hace la confianza, porque pese a que no mantuvo su escalofriante acierto en el triple de los tres últimos partidos ante Milwaukee (recuerden que acumuló un 14 de 17 en esos encuentros desde la letal distancia) y sólo anotó uno de sus cuatro lanzamientos desde el arco, nos descubrió su faceta de anotador en penetración y en el uno contra uno, yéndose contra los rivales y sacando faltas personales. Nos tiene enamorados.  




En mi opinión los Warriors siguen siendo favoritos. Es muy difícil pensar en una serie fácil para Toronto y que Golden State no alargue las finales, con lo que el factor físico sigue cobrando vital importancia. Kerr continúa manejando más recursos, pese a que ayer Nurse utilizase, ¡por fin!, un noveno jugador en momentos importantes, el base Patrick McCaw, quien dispuso de casi siete minutos en pista ante los problemas de faltas de Lowry. McCaw, por cierto, vive sus terceras finales después de haber vestido la camiseta de Golden State las dos anteriores  temporadas.  Es el caso inverso al jugador de segundo año Alfonzo McKinnie, quien en su año “rookie” fuera miembro de los Raptors. McKinnie fue uno de los siete jugadores de banquillo utilizados ayer por Kerr (en honor a la verdad Jacob Evans jugó sólo tres segundos), es decir, el entrenador tejano puso a sus doce jugadores convocados. Da la sensación de que Kerr se mantiene fiel a un plan en el que la rotación juega un papel fundamental y que a la larga parece mucho más inteligente que la idea de Nurse de exprimir a sus ocho jugadores básicos. También da la sensación, y esto resulta más preocupante, que Golden State está jugando con una marcha menos. Preocupante porque ya han cedido un punto de ventaja, si bien es verdad todos sabemos que los Warriors pueden hacer un baloncesto mucho más efectivo, y por supuesto, evitar que el rival lo haga.   




Veremos que sucede con Kevin Durant y como condiciona su posible regreso el juego del equipo. Hablamos del jugador más desequilibrante de Golden State en este tipo de partidos, como demuestran sus dos galardones de jugador más valioso de las dos últimas finales. Con Durantula en pista los Warriors vuelven a tener ese extraño orden ejercido desde la posición de “point-forward” (el duelo con Leonard puede ser colosal), ataques moderadamente más largos (dentro de la locura ofensiva que suele caracterizar a los de Kerr) y posiblemente menos lagunas en transición defensiva que las vistas en este G1. 





Durant sin uniforme, ¿forzará su regreso para el G2?




jueves, 30 de mayo de 2019

EL REY EN EL NORTE DESAFÍA A LA BAHÍA















Diez días han estado los Golden State Warriors descansando después de conquistar su quinto título de campeones del Oeste de manera consecutiva, y acceder por tanto por quinta vez seguida a las grandes finales. Diez días después de consumar el “sweep” (barrido) a Portland. Incontestable 4-0 pese a que los de Oregon plantaron cara en cada encuentro llegando a mandar en varias fases de la serie… pero sin cerrar ningún partido. De hecho en el último encuentro de la eliminatoria llegaron a estar 17 arriba finalizando el tercer cuarto, para finalmente caer en la prórroga en una especie de “día de la marmota” de cuatro partidos consecutivos ante quienes siguen siendo los grandes favoritos al título pese a las bajas (a las ya consabidas de Cousins y Durant se sumó la de Igoudala en el cuarto choque)  


Curry, Thompson y compañía se enfrentan de nuevo a la deliciosa rutina de llegar lo más lejos posible en el curso. Bendito retraso de las vacaciones si es por la disputa, una vez más, de un título que no hará sino confirmar la evidente hegemonía del mejor equipo de la segunda década del siglo XXI. De hacer buenos los pronósticos se convertirían en el primer club en conseguir un “three-peat” desde los Lakers de principios de siglo de Phil Jackson, Kobe y Shaquille, quienes campeonaron de manera consecutiva en los años 2000, 01 y 02. Claro que es una franquicia que llevaba 12 años sin ganar el anillo, mientras que el equipo de Steve Kerr puede adquirir tintes aún más legendarios teniendo en cuenta que vienen de ser campeones en 2015, con lo que hablaríamos, al estilo del Real Madrid de Zidane en la Europa balompédica, del ganador de cuatro títulos en cinco años. Tendríamos que remontarnos, ahí es nada, hasta los míticos Celtics de los 60 para encontrar un equipo capaz de ganar tantos títulos en menos tiempo (los Bulls de Jordan ganan seis anillos, pero hay un intervalo de dos temporadas entre los dos “three-peat”) En el lado opuesto se encuentra Toronto, pisando por primera vez terreno desconocido, y es que en el primer año de Kawhi Leonard en la franquicia canadiense el alero californiano ya ha hecho historia llevando a su actual equipo a conquistar la conferencia Este por primera vez en el cuarto de siglo de vida de la joven franquicia norteamericana. Tras haber ingresado en la mejor liga del mundo en la expansión de 1995 junto a Vancouver Grizzlies, la marcha de los oseznos a Memphis les dejó como único club que juega en la NBA con sede fuera de las fronteras de Estados Unidos, una condición de “outsiders” que lucen orgullosos como demuestran en su equipación invadida por el lema “We the north”. Ahora los norteños llegan a Desembarco del Rey con la intención de seguir haciendo historia, después de haber coronado como “rey en el norte” a precisamente un californiano, un Kawhi Leonard que protagonizara uno de los últimos grandes culebrones de la NBA con su desencuentro con San Antonio, la franquicia con la que fue campeón y MVP de las finales en 2014, y que le traspasó el pasado verano por DeMar DeRozan, Jakob Poeltl y una primera ronda del draft de este año. Los tejanos se vieron obligados a traspasar a un jugador que ya había manifestado su deseo de no seguir a las órdenes de Popovich, y quien será agente libre una vez finalizada esta temporada, con lo que se avecina un nuevo culebrón que a buen seguro tendrá a Los Angeles Lakers como protagonistas (no olvidemos que Leonard es nativo de Riverside, a unas decenas de kilómetros de L.A.) 


Todas las miradas se posan irremediablemente en Kawhi Leonard como el único argumento posible para mandar a la lona a los explosivos Warriors, sobre todo teniendo en cuenta las limitaciones de Toronto Raptors, acentuadas por el propio entrenador, Nick Nurse, quien ha dejado claro que su roster para playoffs se limita únicamente a ocho jugadores. Lowry y Green como backcourt, con el hándicap del malísimo momento de forma del escolta. Tan sólo 21 puntos en los seis encuentros ante Milwaukee, poco más de 3 por partido, quedándose a cero en los dos últimos. Y lo peor, un infame 1 de 15 en triples acumulado las últimas cuatro noches para un jugador que ha estado toda la temporada lanzando en un 45% desde la distancia más letal. En el alero titular, como no, su ex –compañero en San Antonio y ancla del equipo, Kawhi Leonard, mientras que el interior es para un crecido Pascal Siakam y un Marc Gasol auténtico muro y valladar defensivo. Del banquillo sólo vemos salir habitualmente a Norman Powell, Serge Ibaka, y la gran revelación de la serie ante Milwaukee, un Fred VanVleet bendecido por los dioses en los últimos partidos. En la final de conferencia le ha pasado de todo. Comenzó la serie horrible, con 10 puntos en los tres primeros partidos. Pero despertó en el cuarto juego, justo después de ver nacer a su segundo hijo. Nunca una paternidad transformó tanto a un jugador en tan poco tiempo. De anotar diez puntos en tres partidos, con dos triples anotados de once intentos, tocando fondo la tercera noche con 1 de 8, ha explotado en los tres choques siguientes anotando 13, 21 y 14 puntos respectivamente por partido, y con un estratosférico 14 de 17, léanlo bien, 14 de 17 en triples. Y todo ante un equipo con la defensa de tipos como Middleton o Antetokounmpo y sus interminables brazos. Sí, el gran protagonista de las finales del Este, “the King in the North”, ha sido Kawhi Leonard, quien ya viviera su particular milagro con la canasta ganadora del séptimo partido ante Philadelphia (no sabemos si Melisandre y el Señor de La Luz tuvieron algo que ver) pero la historia de VanVleet en estas series ante Bucks ha sido de esas que tocan la fibra sentimental. Sobre todo si tenemos en cuenta que es uno de los muchos “patitos feos” de la liga, no drafteado en su momento, y a quien le ha costado años de trabajo y sudor hacerse un sitio entre los mejores.   


Kevin Durant sigue siendo duda, pese a que viajará a Toronto (los Raptors tienen factor cancha por haber sumado una victoria más en liga regular que Golden State) con sus compañeros, pero nadie parece atreverse a pronosticar un triunfo canadiense en estas finales, máxime teniendo en cuenta esos diez días de descanso en las piernas de los chicos de Steve Kerr frente a un rival que ya ha jugado 18 partidos de post-temporada (lo cierto es que Golden State lleva 16, habiendo perdido sorprendentemente dos juegos ante Los Angeles Clippers) y especialmente sus rondas ante Philadelphia y Milwaukee han sido de unas dureza y exigencia extremas (curiosamente al revés que los californianos, quienes según pasaban rondas han ido solventando sus series de manera más cómoda)  


Hace once años los españoles nos enganchamos de manera especial a las finales de la NBA, con Los Angeles Lakers de nuestro Pau Gasol jugándose el título ante los Celtics de Pierce, Allen y Garnett. Le acompañamos en la derrota y las dos primaveras siguientes vimos al primer español que conquistaba un anillo de la NBA. Un sueño hecho realidad. Ahora toca volver a engancharse con tres “españoles” en las finales de 2019. Uno de pura cepa, el mediano de los Gasol (hay que recordar que todavía tienen un hermano menor, Adriá, quien no ha sido capaz de llegar a la elite), quien quiere seguir los pasos de su hermano, alcanzando las finales en el mismo año de su traspaso, pero con un final más feliz que Pau (quien como decimos tuvo que esperar al siguiente año para ponerse el anillo), otro, el hispano-congoleño Serge Ibaka, quien ya sabe lo que es jugar unas finales después de que lo hiciera con Oklahoma City Thunder en 2012 (Miami les superó por 4-1), y por supuesto Sergio Scariolo, el dandi italiano de los banquillos a quien le queremos como a un español más y quien no podría preparar el próximo Mundial de 2019 en China de manera más feliz que con un anillo de campeón NBA en su ya brillante palmarés. 


Parece misión imposible, pero ya hemos visto al Rey en el Norte resucitar, aunque fuera en la ficción.  




martes, 12 de junio de 2018

LA HISTORIA DE UNAS FINALES SIN HISTORIA





El Rey hincó su rodilla.




El signo de los tiempos de nuestro blog hace que pasemos de puntillas por uno de los grandes acontecimientos baloncestísticos de cada temporada, como son las finales de la mejor liga de baloncesto del mundo, la NBA. Hemos tenido la suerte en los últimos años de asistir a grandes series finales entre Miami y Dallas, Miami y San Antonio, y más recientemente Cleveland y Golden State. Todas ellas con un denominador común: LeBron James, el gran dominador de la Conferencia Este, primer jugador en la historia en ganar diez veces consecutivas su división, y campeón del Este en nada menos que nueve ocasiones. Un joven LeBron James precisamente sufría el anterior 4-0 acaecido en unas finales NBA. Tenía 22 años, y los San Antonio Spurs de Parker, Ginobili y Duncan no dieron opción a aquel equipo liderado por un joven insolente que había destronado a los Detroit Pistons de Billups, Hamilton, Prince y Rasheed Wallace y buscaba dominar la NBA. Once años después un LeBron maduro, evidentemente mejorado, pero claramente exhausto, vuelve a caer sin contemplaciones, 4-0, frente a la nueva dinastía de la NBA. Los Golden State Warriors ganan su tercer anillo en cuatro años y dada la media de edad de su núcleo fundamental todo apunta a que no será el último. La liga sigue sin encontrar respuesta a la fastuosa dinamita de los Curry, Thompson y Durant, sólo Houston Rockets parece haberse acercado a la resolución de la fórmula, y nos quedamos con la duda de saber si hubieran hecho morder el polvo a los de Steve Kerr de no haber perdido a Chris Paul para los dos últimos partidos después de que los de D’Antoni llegasen a ponerles contra las cuerdas con 3-2 en la serie.  




No fue por tanto un camino fácil el de Golden State hasta llegar a su cuarta final consecutiva. Tampoco el de Cleveland, exuberante ante Toronto (4-0) pero sufriendo lo indecible frente a unos Boston Celtics de nuevo sorprendentes pese a no contar en play offs con su gran estrella Kyrie Irving, ni por supuesto Gordon Hayward. Con esas premisas ambos equipos se citaban de nuevo en una gran cita para la que los de Oakland eran grandes favoritos, pronóstico que cumplieron de manera casi insultante.  




Y es que unas finales en las que uno de los rivales no estrena su casillero de victorias siempre resultan decepcionantes y obviamente poco competidas, pese a que el primer y tercer partido gozaron de la emoción necesaria para tenernos enganchados a la pantalla y disfrutar de un gran espectáculo. Esa consideración del baloncesto en los pequeños detalles cobró visos de absoluta crueldad en la figura del ciclotímico J.R.Smith, protagonista del primer partido cuando en una jugada que pasará a la historia (a su pesar) de las finales de la NBA renuncia al tiro tras capturar un rebote ofensivo con marcador empatado a 4 segundos del final, saliendo de la zona y dejando consumir el tiempo ante la atónita mirada de un LeBron James quien se había vaciado una vez más sobre la cancha (acaba con 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias en 48 minutos) No sabemos qué hubiera pasado de haber sabido aprovechar Smith aquel balón que era un tesoro (o de haber anotado George Hill el segundo tiro libre, por no cargar toda la culpa sobre el imprevisible alero de New Jersey) y de haberse anotado Cleveland el primer punto de la serie. Creo sinceramente que Golden State hubiera acabado alzando igualmente el título, pero las series hubieran transcurrido por unos niveles de competitividad totalmente diferentes. La prórroga a la que se vio condenado el equipo de Tyronn Lue (cada vez más irrelevante en sus decisiones, y sobre quien sus conocidos problemas de ansiedad generan lógicas dudas sobre su capacidad para estar al frente de la nave de un equipo que aspire a ser campeón) nos ofreció a un equipo hundido tanto o más psicológica que físicamente. Con un 0-9 de salida Golden State comenzó a encarrilar el primer punto de las finales, la posibilidad, que se alumbraba lógica, del barrido del 4-0, y el deseado “back-to-back” como ganadores del anillo, con Kerr recurriendo de nuevo al descarado “small ball” y la renuncia al pívot (Curry-Livingston-Thompson-Durant-Green es el quinteto que borra de la pista a Cleveland en el tiempo extra) 



J.R.Smith saliendo de la zona con el último balón. Jugada para la historia.





El segundo choque no fue más que una continuación de aquella prórroga. Pese a la resistencia inicial de los de Ohio, el paso de los minutos fue imponiendo el peso de la lógica de un equipo superior, con mayor y mejor rotación, y más trabajado y dosificado. En el segundo cuarto los de Oakland comienzan a estirar el marcador otra vez con Livingston formando parte del quinteto (aprovechando la ausencia de Igoudala en esos dos primeros partidos), un parcial de 0-7 con dos canastas del base de Illinois y un triple de Curry rompían la barrera de la decena de puntos, y anticipaba la segunda victoria californiana que sólo debía esperar el desangrado del rival, incapaz de cerrar las vías por las que su barco hacia aguas frente a los torpedos de un Stephen Curry que con 9 triples (de 17 intentos, por encima del 50%) establecía un nuevo record de canastas de esa distancia en unas finales de la NBA, superando la anterior marca de 8 de Ray Allen en 2010. 2-0. Factor cancha salvado. Misión cumplida. Tocaba viajar a Ohio. 




Si levantar un 3-1 en 2015 ya había sido una labor hercúlea para un LeBron que por entonces contaba con la letal alianza de Kyrie Irving, hacerlo con un 3-0 parecía directamente misión imposible, por eso el tercer partido se antojaba absolutamente vital para dar ya por campeones a los de Kerr o al contrario pensar que tendríamos todavía finales y los Cavaliers conservarían alguna mínima esperanza de remontada. Y ciertamente no se les puede reprochar nada a los de Lue en este tercer choque con una puesta en escena arrolladora por parte local. Cleveland ofreció a sus seguidores sus mejores minutos de las finales, en unos espléndidos primeros cinco minutos en los que llegan a poner un salvaje 4-16 en el marcador, con acciones tan descomunales como el autopase a tablero de LeBron para hundir el balón en el aro. Al lado de The King Kevin Love demostraba casta y orgullo peleando por cada balón y mirando el aro con decisión, y hasta J.R.Smith se redimía con cinco puntos casi consecutivos. Pero Cleveland seguía enfrentándose a dos poderosos rivales cuya conjunción parecía imposible de batir. Por un lado su rival, la casi perfecta maquinaria ofensiva de Golden State, por otro el tiempo y el paso de los minutos, puñales que lenta pero inexorablemente se irían clavando en las piernas de sus hombres clave, especialmente el infatigable LeBron James. Igoudala reaparecía y entraba mediado el primer cuarto sentando a Javale McGee para volver a ese juego sin pívots que tanto rédito da a Steve Kerr, y Kevin Durant comenzaba su recital particular. En un suspiro Golden State estaba en el partido. En los últimos 4 minutos los visitantes lograban 18 puntos, sin fallo en sus últimas siete posesiones, que finalizaban en canasta o en tiros libres igualmente acertados. El marcador una vez sonado la bocina de fin de periodo no ofrecía dudas. 28-29. Sólo un punto de ventaja para unos Cleveland que parecían haber jugado su mejor baloncesto en las finales. Aún sacarían fuerzas los de Ohio para dominar el tercer cuarto, y Lue atisbaba parecer un entrenador de verdad gestionando sus recursos, sacando partido de la clase de un Rodney Hood cuyo enfrentamiento con el técnico en el cuarto partido ante Toronto (se negó a disputar los minutos de la basura, considerándolo un insulto para un jugador de su categoría) lo han pagado caro todas las partes implicadas. No obstante Cleveland tenía razones para el optimismo viendo a su equipo mantener distancias en torno a la decena de puntos, hasta que Durant volvió a demostrar que aquella noche estaba tocado por los dioses, con seis puntos en el último minuto y especialmente un triple a 1 segundo del descanso tan letal y casi tan lejano como el de Curry al filo del descanso en el G1 para poner el empate a 56. El 35 de los Warriors dejaba el marcador en un apretado 52-58. Cleveland seguía jugando su mejor baloncesto posible, ni siquiera necesitaban a “LeBron contra el mundo” (en el primer cuarto sólo había realizado cuatro tiros de campo, ocho en el segundo… en el total del segundo tiempo sumaría 16 lanzamientos más), pero sólo se veían seis arriba en el luminoso con 48 largos minutos por delante. Seis puntos de ese extraño elemento llamado Javale McGee metían a los Warriors en el partido hasta el punto de empatar a 61 transcurridos apenas dos minutos de tercer cuarto (entre medias otro triplazo de Durantula) Los de Kerr comenzarían a tomar el mando del partido, y pese a la resistencia de los Love, Hood y un cada vez más desinflado LeBron no cederían la ventaja en el electrónico hasta el último cuarto, cuando el partido entro en esa apasionante fase “columpio” con constantes cambios de liderato. El último de los locales fue a tres minutos para el final, momento en el que un desafortunado Curry (3 de 16 en tiros de campo, 1 de 10 en triples) anota cinco puntos en 20 segundos para poner a su equipo cuatro arriba, encontrando la respuesta en el orgullo de King James que responde con un triple. Los mejores minutos de las finales. Kevin Durant regalaría su séptima asistencia de la noche al reaparecido Igoudala y el propio Durantula mataría el partido con un triple antológico para poner una inalcanzable ventaja de seis puntos a 49 segundos para el final. El espigado alero marilandés cincelaba una obra de arte casi perfecta. 43 puntos con unos porcentajes de cortar la respiración (15 de 23 en tiros de campo, 6 de 9 triples y 7 de 7 en libres), además de 13 rebotes y 7 asistencias. Sencillamente uno de los mejores partidos que se recuerdan en unas finales, y la actuación definitiva para conseguir su segundo MVP Finals consecutivo. No puede haber dudas en el galardón, por mucho que reluzcan los 37 puntos de Curry en el cuarto partido, y es que las medias de 27.5 puntos, 10.75 rebotes y 7.5 asistencias por partido (además de 2.25 tapones por noche) le sitúan como el máximo anotador, reboteador y asistente de Golden State en las finales. La némesis perfecta de LeBron James, y además mejor acompañado. 



El fichaje que dimanitó la NBA





El cuarto partido significaba algo así como asistir al funeral de Cleveland mientras en las neveras californianas se enfriaba el champán. Fue un triste epílogo a unas finales sentenciadas prácticamente desde el momento en que J.R.Smith escribiese otro episodio más en su narrativa maldita (indispensable escuchar, a este respecto, el programa de “El Reverso”que Gonzalo Vázquez y Andrés Monje han dedicado a su quebradiza figura) con aquel disparatado rebote ofensivo. El 13-3 que reflejaba el luminoso a los tres minutos de partido tras un triple de Stephen Curry (era su noveno punto) no dejaba lugar a dudas. Íbamos a asistir a un trámite y no a un partido de las finales. Tanto fue así que prácticamente la única alegría que se llevaron los aficionados del Q Arena fue un celebrado “air ball” del odiado Draymond Green. 4-0, y LeBron James regresando a 2007, sólo que con once años más de baloncesto y batallas en sus piernas. 




Poca historia en unas finales que sin embargo, no podía ser de otro modo con LeBron James por medio, dejan mucha miga y análisis posterior. El ídolo de Akron confesaba en rueda de prensa posterior que tras el primer partido se lesionó su mano derecha golpeando los vestuarios del Oracle californiano, frustrado por la inverosímil derrota y por las decisiones arbitrales (especialmente su falta sobre Durant en el ocaso del tiempo reglamentario, en un principio señalada en ataque y posteriormente tras revisión cobrada como en defensa, una acción que al igual que el fallo en el libre de Hill y el extraño movimiento de Smith en el último balón, bien pudo cambiar el curso del partido, y quizás de las finales) Cualquiera que haya seguido este blog durante sus siete años de existencia no puede dudar de nuestro amor por LeBron. En esta nueva edad dorada del mejor baloncesto James reluce como la estrella más rutilante, la más desafiante a la lógica y la más capaz de devorar registros y coleccionar hazañas, pero todo eso es insuficiente para avanzar en un palmarés ya de por si desorbitado. Hablamos de un jugador condenado a ser recordado, al menos bajo el prisma actual (es muy posible que el paso del tiempo emita un juicio más generoso sobre su esfuerzo), más por la miseria de perder ya seis finales que por la gloria de llegar a nada menos que nueve últimas rondas de play offs. La absurda comparación con Michael Jordan, que ya padeciera Kobe Bryant (más lógica en el caso del escolta de los Lakers, por estilo de juego y posición en la cancha), sigue oscureciendo, como una sombra negra, la auténtica valía de un jugador nunca visto anteriormente. No entraremos en tal pernicioso debate, pero quienes se aferran a la dictadura de Jordan como el mejor de todos los tiempos por sus seis anillos en seis finales en 15 temporadas (¿a qué nivel deberíamos situar entonces a Bill Russell con sus once títulos en 12 años, dos de ellos como jugador-entrenador, siendo prácticamente el mejor de todas esas finales pese a que no se entregaba MVP por aquel entonces?) mal hacen en despreciar la constancia de la carrera de James, quien ha llegado a tres finales más que Jordan en de momento el mismo número de temporadas.



Reconocemos pues nuestro “lebronismo”, pero seguimos advirtiendo que su extraordinaria calidad como jugador queda empañada por su ansiedad en la búsqueda del anillo llevándole a inmiscuirse en tareas directivas tratando de dar forma a un equipo a su gusto. Ya le hemos perdonado su abuso en la posesión del balón y en la dirección del juego, asumiendo que no le basta con ser posiblemente el mejor alero de todos los tiempos, si no que busca el ser el mejor jugador, el baloncestista total, al que ningún aspecto del juego, ni en ataque ni en defensa, le es ajeno, pero debería concentrar sus energías más en la cancha que en los despachos. El disparate de esta campaña, cambiando medio equipo antes del “trade deadline”, no parece la mejor manera de conseguir un grupo ganador, al menos a corto plazo. En estas dos últimas temporadas marcadas por la llegada de Kevin Durant a Golden State, Cleveland ha contado con rosters de 21 y 22 jugadores respectivamente, sin dejar madurar apuestas que en principio parecían interesantes alrededor de jugadores como Isaiah Thomas, Jae Crowder, Dwyane Wade o Derrick Rose. Buscaban en la defensa la respuesta a la tormenta ofensiva de Oakland, pero quizás la respuesta hubiera estado en no renunciar a la dinamita. Lo empequeñecidos que están en este Cleveland jugadores con la excelente mano de Kyle Korver o Rodney Hood muestra que Tyronn Lue (o LeBron James) no son conscientes del momento que vive el baloncesto actual, en el que prima (por suerte) el descaro anotador antes que la desactivación ofensiva del rival. 




Y queda por último toda una NBA obligada a reflexionar sobre el modelo de “superequipos” en el que Golden State marca un antes y un después con la incorporación de Kevin Durant. En un baloncesto contemporáneo marcado (y repetimos, afortunadamente) por la anotación y el ataque, los Warriors acumulan dos jugadores que han sido máximos anotadores en cinco ocasiones en la presente década, cuatro de ellas el propio Durant, siempre en Oklahoma City, un galardón que bien podría haber seguido coleccionando pero a buen seguro no cambia tal honor por lucir dos anillos de campeón en sus manos (y dos MVPs de las finales), formando la posiblemente mejor tripleta de tiradores de todos los tiempos junto a Curry y Thompson. La gestión en Oakland ha sido realmente eficiente, con las incorporaciones vía draft de Stephen Curry (número 7 en 2009), Klay Thompson (elección 11 en 2011) o Draymond Green (segunda ronda en 2012), un buen ojo que parece mantenerse viendo el rendimiento del “rookie” Jordan Bell (mérito también de Steve Kerr, cuya gestión de los recursos humanos deja en evidente mal lugar el trabajo de Lue en el banquillo Cavalier), pero curiosamente sus MVPs en las finales han sido sus dos grandes fichajes vía agencia libre, un Andre Igoudala que buscaba nuevos retos después de haber sido All Star y jugador franquicia en Philadelphia, y sobre todo el de Kevin Durant, el golpe definitivo para que la NBA viva la mayor dictadura desde la era de los Bulls de Jordan. Esperemos que algún equipo encuentre la “respuesta” para que las próximas finales vuelvan a tener historia. 



Steve Kerr, tres anillos como entrenador... más cinco como jugador.