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martes, 12 de junio de 2018

LA HISTORIA DE UNAS FINALES SIN HISTORIA





El Rey hincó su rodilla.




El signo de los tiempos de nuestro blog hace que pasemos de puntillas por uno de los grandes acontecimientos baloncestísticos de cada temporada, como son las finales de la mejor liga de baloncesto del mundo, la NBA. Hemos tenido la suerte en los últimos años de asistir a grandes series finales entre Miami y Dallas, Miami y San Antonio, y más recientemente Cleveland y Golden State. Todas ellas con un denominador común: LeBron James, el gran dominador de la Conferencia Este, primer jugador en la historia en ganar diez veces consecutivas su división, y campeón del Este en nada menos que nueve ocasiones. Un joven LeBron James precisamente sufría el anterior 4-0 acaecido en unas finales NBA. Tenía 22 años, y los San Antonio Spurs de Parker, Ginobili y Duncan no dieron opción a aquel equipo liderado por un joven insolente que había destronado a los Detroit Pistons de Billups, Hamilton, Prince y Rasheed Wallace y buscaba dominar la NBA. Once años después un LeBron maduro, evidentemente mejorado, pero claramente exhausto, vuelve a caer sin contemplaciones, 4-0, frente a la nueva dinastía de la NBA. Los Golden State Warriors ganan su tercer anillo en cuatro años y dada la media de edad de su núcleo fundamental todo apunta a que no será el último. La liga sigue sin encontrar respuesta a la fastuosa dinamita de los Curry, Thompson y Durant, sólo Houston Rockets parece haberse acercado a la resolución de la fórmula, y nos quedamos con la duda de saber si hubieran hecho morder el polvo a los de Steve Kerr de no haber perdido a Chris Paul para los dos últimos partidos después de que los de D’Antoni llegasen a ponerles contra las cuerdas con 3-2 en la serie.  




No fue por tanto un camino fácil el de Golden State hasta llegar a su cuarta final consecutiva. Tampoco el de Cleveland, exuberante ante Toronto (4-0) pero sufriendo lo indecible frente a unos Boston Celtics de nuevo sorprendentes pese a no contar en play offs con su gran estrella Kyrie Irving, ni por supuesto Gordon Hayward. Con esas premisas ambos equipos se citaban de nuevo en una gran cita para la que los de Oakland eran grandes favoritos, pronóstico que cumplieron de manera casi insultante.  




Y es que unas finales en las que uno de los rivales no estrena su casillero de victorias siempre resultan decepcionantes y obviamente poco competidas, pese a que el primer y tercer partido gozaron de la emoción necesaria para tenernos enganchados a la pantalla y disfrutar de un gran espectáculo. Esa consideración del baloncesto en los pequeños detalles cobró visos de absoluta crueldad en la figura del ciclotímico J.R.Smith, protagonista del primer partido cuando en una jugada que pasará a la historia (a su pesar) de las finales de la NBA renuncia al tiro tras capturar un rebote ofensivo con marcador empatado a 4 segundos del final, saliendo de la zona y dejando consumir el tiempo ante la atónita mirada de un LeBron James quien se había vaciado una vez más sobre la cancha (acaba con 51 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias en 48 minutos) No sabemos qué hubiera pasado de haber sabido aprovechar Smith aquel balón que era un tesoro (o de haber anotado George Hill el segundo tiro libre, por no cargar toda la culpa sobre el imprevisible alero de New Jersey) y de haberse anotado Cleveland el primer punto de la serie. Creo sinceramente que Golden State hubiera acabado alzando igualmente el título, pero las series hubieran transcurrido por unos niveles de competitividad totalmente diferentes. La prórroga a la que se vio condenado el equipo de Tyronn Lue (cada vez más irrelevante en sus decisiones, y sobre quien sus conocidos problemas de ansiedad generan lógicas dudas sobre su capacidad para estar al frente de la nave de un equipo que aspire a ser campeón) nos ofreció a un equipo hundido tanto o más psicológica que físicamente. Con un 0-9 de salida Golden State comenzó a encarrilar el primer punto de las finales, la posibilidad, que se alumbraba lógica, del barrido del 4-0, y el deseado “back-to-back” como ganadores del anillo, con Kerr recurriendo de nuevo al descarado “small ball” y la renuncia al pívot (Curry-Livingston-Thompson-Durant-Green es el quinteto que borra de la pista a Cleveland en el tiempo extra) 



J.R.Smith saliendo de la zona con el último balón. Jugada para la historia.





El segundo choque no fue más que una continuación de aquella prórroga. Pese a la resistencia inicial de los de Ohio, el paso de los minutos fue imponiendo el peso de la lógica de un equipo superior, con mayor y mejor rotación, y más trabajado y dosificado. En el segundo cuarto los de Oakland comienzan a estirar el marcador otra vez con Livingston formando parte del quinteto (aprovechando la ausencia de Igoudala en esos dos primeros partidos), un parcial de 0-7 con dos canastas del base de Illinois y un triple de Curry rompían la barrera de la decena de puntos, y anticipaba la segunda victoria californiana que sólo debía esperar el desangrado del rival, incapaz de cerrar las vías por las que su barco hacia aguas frente a los torpedos de un Stephen Curry que con 9 triples (de 17 intentos, por encima del 50%) establecía un nuevo record de canastas de esa distancia en unas finales de la NBA, superando la anterior marca de 8 de Ray Allen en 2010. 2-0. Factor cancha salvado. Misión cumplida. Tocaba viajar a Ohio. 




Si levantar un 3-1 en 2015 ya había sido una labor hercúlea para un LeBron que por entonces contaba con la letal alianza de Kyrie Irving, hacerlo con un 3-0 parecía directamente misión imposible, por eso el tercer partido se antojaba absolutamente vital para dar ya por campeones a los de Kerr o al contrario pensar que tendríamos todavía finales y los Cavaliers conservarían alguna mínima esperanza de remontada. Y ciertamente no se les puede reprochar nada a los de Lue en este tercer choque con una puesta en escena arrolladora por parte local. Cleveland ofreció a sus seguidores sus mejores minutos de las finales, en unos espléndidos primeros cinco minutos en los que llegan a poner un salvaje 4-16 en el marcador, con acciones tan descomunales como el autopase a tablero de LeBron para hundir el balón en el aro. Al lado de The King Kevin Love demostraba casta y orgullo peleando por cada balón y mirando el aro con decisión, y hasta J.R.Smith se redimía con cinco puntos casi consecutivos. Pero Cleveland seguía enfrentándose a dos poderosos rivales cuya conjunción parecía imposible de batir. Por un lado su rival, la casi perfecta maquinaria ofensiva de Golden State, por otro el tiempo y el paso de los minutos, puñales que lenta pero inexorablemente se irían clavando en las piernas de sus hombres clave, especialmente el infatigable LeBron James. Igoudala reaparecía y entraba mediado el primer cuarto sentando a Javale McGee para volver a ese juego sin pívots que tanto rédito da a Steve Kerr, y Kevin Durant comenzaba su recital particular. En un suspiro Golden State estaba en el partido. En los últimos 4 minutos los visitantes lograban 18 puntos, sin fallo en sus últimas siete posesiones, que finalizaban en canasta o en tiros libres igualmente acertados. El marcador una vez sonado la bocina de fin de periodo no ofrecía dudas. 28-29. Sólo un punto de ventaja para unos Cleveland que parecían haber jugado su mejor baloncesto en las finales. Aún sacarían fuerzas los de Ohio para dominar el tercer cuarto, y Lue atisbaba parecer un entrenador de verdad gestionando sus recursos, sacando partido de la clase de un Rodney Hood cuyo enfrentamiento con el técnico en el cuarto partido ante Toronto (se negó a disputar los minutos de la basura, considerándolo un insulto para un jugador de su categoría) lo han pagado caro todas las partes implicadas. No obstante Cleveland tenía razones para el optimismo viendo a su equipo mantener distancias en torno a la decena de puntos, hasta que Durant volvió a demostrar que aquella noche estaba tocado por los dioses, con seis puntos en el último minuto y especialmente un triple a 1 segundo del descanso tan letal y casi tan lejano como el de Curry al filo del descanso en el G1 para poner el empate a 56. El 35 de los Warriors dejaba el marcador en un apretado 52-58. Cleveland seguía jugando su mejor baloncesto posible, ni siquiera necesitaban a “LeBron contra el mundo” (en el primer cuarto sólo había realizado cuatro tiros de campo, ocho en el segundo… en el total del segundo tiempo sumaría 16 lanzamientos más), pero sólo se veían seis arriba en el luminoso con 48 largos minutos por delante. Seis puntos de ese extraño elemento llamado Javale McGee metían a los Warriors en el partido hasta el punto de empatar a 61 transcurridos apenas dos minutos de tercer cuarto (entre medias otro triplazo de Durantula) Los de Kerr comenzarían a tomar el mando del partido, y pese a la resistencia de los Love, Hood y un cada vez más desinflado LeBron no cederían la ventaja en el electrónico hasta el último cuarto, cuando el partido entro en esa apasionante fase “columpio” con constantes cambios de liderato. El último de los locales fue a tres minutos para el final, momento en el que un desafortunado Curry (3 de 16 en tiros de campo, 1 de 10 en triples) anota cinco puntos en 20 segundos para poner a su equipo cuatro arriba, encontrando la respuesta en el orgullo de King James que responde con un triple. Los mejores minutos de las finales. Kevin Durant regalaría su séptima asistencia de la noche al reaparecido Igoudala y el propio Durantula mataría el partido con un triple antológico para poner una inalcanzable ventaja de seis puntos a 49 segundos para el final. El espigado alero marilandés cincelaba una obra de arte casi perfecta. 43 puntos con unos porcentajes de cortar la respiración (15 de 23 en tiros de campo, 6 de 9 triples y 7 de 7 en libres), además de 13 rebotes y 7 asistencias. Sencillamente uno de los mejores partidos que se recuerdan en unas finales, y la actuación definitiva para conseguir su segundo MVP Finals consecutivo. No puede haber dudas en el galardón, por mucho que reluzcan los 37 puntos de Curry en el cuarto partido, y es que las medias de 27.5 puntos, 10.75 rebotes y 7.5 asistencias por partido (además de 2.25 tapones por noche) le sitúan como el máximo anotador, reboteador y asistente de Golden State en las finales. La némesis perfecta de LeBron James, y además mejor acompañado. 



El fichaje que dimanitó la NBA





El cuarto partido significaba algo así como asistir al funeral de Cleveland mientras en las neveras californianas se enfriaba el champán. Fue un triste epílogo a unas finales sentenciadas prácticamente desde el momento en que J.R.Smith escribiese otro episodio más en su narrativa maldita (indispensable escuchar, a este respecto, el programa de “El Reverso”que Gonzalo Vázquez y Andrés Monje han dedicado a su quebradiza figura) con aquel disparatado rebote ofensivo. El 13-3 que reflejaba el luminoso a los tres minutos de partido tras un triple de Stephen Curry (era su noveno punto) no dejaba lugar a dudas. Íbamos a asistir a un trámite y no a un partido de las finales. Tanto fue así que prácticamente la única alegría que se llevaron los aficionados del Q Arena fue un celebrado “air ball” del odiado Draymond Green. 4-0, y LeBron James regresando a 2007, sólo que con once años más de baloncesto y batallas en sus piernas. 




Poca historia en unas finales que sin embargo, no podía ser de otro modo con LeBron James por medio, dejan mucha miga y análisis posterior. El ídolo de Akron confesaba en rueda de prensa posterior que tras el primer partido se lesionó su mano derecha golpeando los vestuarios del Oracle californiano, frustrado por la inverosímil derrota y por las decisiones arbitrales (especialmente su falta sobre Durant en el ocaso del tiempo reglamentario, en un principio señalada en ataque y posteriormente tras revisión cobrada como en defensa, una acción que al igual que el fallo en el libre de Hill y el extraño movimiento de Smith en el último balón, bien pudo cambiar el curso del partido, y quizás de las finales) Cualquiera que haya seguido este blog durante sus siete años de existencia no puede dudar de nuestro amor por LeBron. En esta nueva edad dorada del mejor baloncesto James reluce como la estrella más rutilante, la más desafiante a la lógica y la más capaz de devorar registros y coleccionar hazañas, pero todo eso es insuficiente para avanzar en un palmarés ya de por si desorbitado. Hablamos de un jugador condenado a ser recordado, al menos bajo el prisma actual (es muy posible que el paso del tiempo emita un juicio más generoso sobre su esfuerzo), más por la miseria de perder ya seis finales que por la gloria de llegar a nada menos que nueve últimas rondas de play offs. La absurda comparación con Michael Jordan, que ya padeciera Kobe Bryant (más lógica en el caso del escolta de los Lakers, por estilo de juego y posición en la cancha), sigue oscureciendo, como una sombra negra, la auténtica valía de un jugador nunca visto anteriormente. No entraremos en tal pernicioso debate, pero quienes se aferran a la dictadura de Jordan como el mejor de todos los tiempos por sus seis anillos en seis finales en 15 temporadas (¿a qué nivel deberíamos situar entonces a Bill Russell con sus once títulos en 12 años, dos de ellos como jugador-entrenador, siendo prácticamente el mejor de todas esas finales pese a que no se entregaba MVP por aquel entonces?) mal hacen en despreciar la constancia de la carrera de James, quien ha llegado a tres finales más que Jordan en de momento el mismo número de temporadas.



Reconocemos pues nuestro “lebronismo”, pero seguimos advirtiendo que su extraordinaria calidad como jugador queda empañada por su ansiedad en la búsqueda del anillo llevándole a inmiscuirse en tareas directivas tratando de dar forma a un equipo a su gusto. Ya le hemos perdonado su abuso en la posesión del balón y en la dirección del juego, asumiendo que no le basta con ser posiblemente el mejor alero de todos los tiempos, si no que busca el ser el mejor jugador, el baloncestista total, al que ningún aspecto del juego, ni en ataque ni en defensa, le es ajeno, pero debería concentrar sus energías más en la cancha que en los despachos. El disparate de esta campaña, cambiando medio equipo antes del “trade deadline”, no parece la mejor manera de conseguir un grupo ganador, al menos a corto plazo. En estas dos últimas temporadas marcadas por la llegada de Kevin Durant a Golden State, Cleveland ha contado con rosters de 21 y 22 jugadores respectivamente, sin dejar madurar apuestas que en principio parecían interesantes alrededor de jugadores como Isaiah Thomas, Jae Crowder, Dwyane Wade o Derrick Rose. Buscaban en la defensa la respuesta a la tormenta ofensiva de Oakland, pero quizás la respuesta hubiera estado en no renunciar a la dinamita. Lo empequeñecidos que están en este Cleveland jugadores con la excelente mano de Kyle Korver o Rodney Hood muestra que Tyronn Lue (o LeBron James) no son conscientes del momento que vive el baloncesto actual, en el que prima (por suerte) el descaro anotador antes que la desactivación ofensiva del rival. 




Y queda por último toda una NBA obligada a reflexionar sobre el modelo de “superequipos” en el que Golden State marca un antes y un después con la incorporación de Kevin Durant. En un baloncesto contemporáneo marcado (y repetimos, afortunadamente) por la anotación y el ataque, los Warriors acumulan dos jugadores que han sido máximos anotadores en cinco ocasiones en la presente década, cuatro de ellas el propio Durant, siempre en Oklahoma City, un galardón que bien podría haber seguido coleccionando pero a buen seguro no cambia tal honor por lucir dos anillos de campeón en sus manos (y dos MVPs de las finales), formando la posiblemente mejor tripleta de tiradores de todos los tiempos junto a Curry y Thompson. La gestión en Oakland ha sido realmente eficiente, con las incorporaciones vía draft de Stephen Curry (número 7 en 2009), Klay Thompson (elección 11 en 2011) o Draymond Green (segunda ronda en 2012), un buen ojo que parece mantenerse viendo el rendimiento del “rookie” Jordan Bell (mérito también de Steve Kerr, cuya gestión de los recursos humanos deja en evidente mal lugar el trabajo de Lue en el banquillo Cavalier), pero curiosamente sus MVPs en las finales han sido sus dos grandes fichajes vía agencia libre, un Andre Igoudala que buscaba nuevos retos después de haber sido All Star y jugador franquicia en Philadelphia, y sobre todo el de Kevin Durant, el golpe definitivo para que la NBA viva la mayor dictadura desde la era de los Bulls de Jordan. Esperemos que algún equipo encuentre la “respuesta” para que las próximas finales vuelvan a tener historia. 



Steve Kerr, tres anillos como entrenador... más cinco como jugador.




viernes, 2 de junio de 2017

LA PICADURA DE LA "DURANTULA"



Volando sobre el Oracle.


Golden State golpea primero en las finales de la NBA. En el duelo mediático entre Stephen Curry y LeBron James, el momentáneo vencedor es… Kevin Durant. Quizás sea por su reciente lesión que le tuvo apartado de las canchas en el final de temporada regular, quizás sea porque no estuvo en las dos finales anteriores (aunque precisamente por eso debiera encontrar foco como el factor desequilibrante respecto a un enfrentamiento que en dos años tuvo desenlace distinto para cada uno de los bandos), lo cierto es que poco habíamos hablado del tercer gran dominador de la NBA en los últimos años tras LeBron y Curry. Es cierto que no tiene ningún anillo, como los dos genios de Akron, pero hablamos de un cuatro veces máximo anotador de la liga durante esta década, y del MVP de 2014, entre medias de los dos consecutivos de LeBron y Curry (James tiene otros dos anteriores, en una racha que trunca el malogrado Derrick Rose) Lejano queda el debate sobre si Durant lograría acomodo en el sistema californiano. Una vez llegados hasta aquí poco importa que la rotación de Steve Kerr y Mike Brown no alcance la excelencia de las dos temporadas pasadas, por muy largas que se hagan las finales todo se va a concentrar en los pesos pesados de ambas escuadras. Cleveland demostró el pasado curso que prácticamente se pueden ganar unas series finales con dos jugadores al más alto nivel (LeBron e Irving), y si hablamos de desorbitada concentración de fuerzas en pocas unidades, los Warriors de Curry, Durant, Thompson y Green no parecen tener parangón en la NBA actual. A todo eso, claro, hay que sumar los Igoudala,  Livingston, Pachulia, David West, e incluso reconocer como el cuerpo técnico de Oakland (donde cada vez cobra más peso Mike Brown ante los sempiternos problemas de espalda de Steve Kerr, ausente en el primer partido de las finales) ha sido capaz de recuperar a ese extraño elemento llamado Javale McGee, quien está protagonizando una post-temporada extraordinaria en relación minutos jugados/productividad (anoche sin ir más lejos 5 puntos, 4 rebotes y 1 tapón en tan sólo 5 minutos de juego) ,pero no nos engañemos, el desenlace de estas finales va a pasar irremediablemente por las manos de las primeras espadas de cada equipo, y en ese sentido este primer partido es sintomático: en un encuentro que demuestra una evidente superioridad californiana ambos banquillos no mantienen un nivel más que discreto (21 puntos de Cleveland por 24 los de Oakland)


Y no empezó mal el partido para Cleveland, saltando al Oracle Arena luciendo músculo y queriendo llevar el partido a la guerra. Hubo de transcurrir un minuto y medio de partido hasta que el marcador fuese desvirgado, con una diana triple de J.R.Smith, y casi dos minutos hasta que los Warriors anotasen por medio de Zaza Pachulia. Fue todo un espejismo, ya que los de Oakland no tardarían en encontrar su habitual circulación de balón (perdieron sólo 4 balones en todo el partido, record de unas finales empatando con los San Antonio de 2013 y los Detroit de 2005) y comenzar su orgía anotadora. Espejismo fue también el triple de Smith, ya que no volvió a anotar en todo el encuentro (tampoco miró mucho más al aro), encomendado a misiones defensivas de las que puede decir que salió airoso en el caso de su enfrentamiento con un errático Klay Thompson (3 de 16 en tiros de campo)  



Pero Cleveland no perdió la cara al encuentro en un magnífico primer cuarto por parte de ambos equipos. Pese a la seriedad defensiva de Golden State (Thompson, desacertado en ataque, hiperactivo atrás), liderada de nuevo por un Draymond Green capaz de emparejarse en la misma posesión rival con Kevin Love y LeBron James (y cuyo sacrificio defensivo le costó dos faltas en los cinco primeros minutos de juego), los 13 puntos de James y 7 de Irving permitieron a Cleveland estar en el partido hasta que un triple de Igoudala sobre la bocina estiraba el marcador a cinco puntos de diferencia, la máxima hasta aquel momento, con un 30-35 que significaba el mejor baloncesto de la noche. 



En el segundo cuarto el show de KD alcanzaría sus cotas más altas. 13 de sus 38 puntos los firmó en ese periodo en el que ni LeBron a campo abierto ni Kevin Love en el poste pudieron detenerle. Apenas necesitó utilizar una de sus armas favoritas durante esos minutos, como es la larga distancia. Como pez en el agua dentro de la fluidez Warrior y del particular “small ball” californiano, no como un falso cuatro abierto, si no como un alero imparable en el uno contra uno mientras que Green cubría las espaldas de sus compañeros como único jugador interior. Golden State de nuevo reivindicando el baloncesto moderno, donde ya no caben los antediluvianos pívots que viven en la zona. Los Warriors amenazaron con romper el partido, la figura de Green se agigantaba en defensa y LeBron en su ya habitual papel de "point-forward" se estrellaba contra la defensa de un Mike Brown disfrutando de su venganza servida en plato frío después de haber vivido cinco temporadas en Cleveland a la sombra de King James. Y es que otro aspecto desequilibrante de esa maquinaria perfecta construída en la Bahía es el tener como entrenador asistente al técnico que posiblemente mejor conozca a The Chosen One. Ni un detalle al azar en unos Golden State cimentados para seguir haciendo historia. Si Cleveland se sostuvo en el partido fue gracias a la efervescencia anotadora del base menos base de la NBA, un Kyrie Irving rompiendo la zona de su rival como un cuchillo penetrando en mantequilla y que con 10 abajo se saca de la manga una de las jugadas del partido: un 3+1 ante un Klay Thompson incansable en defensa (abnegado trabajo en consonacia con la responsabilidad de saber su mal partido en ataque) para comprimir el marcador en un 43-49 a falta de unos cinco minutos para el descanso que apenas conocería variaciones en la relevancia de cara al partido, ya que ambos equipos enfilaron los vestuarios con un 52-60 que si bien demostraba la superioridad de los de San Francisco mostraba a unos Cavaliers vivos y con opciones.  



Durant se había guardado sus triples para la segunda mitad de la batalla. Abrió desde la distancia letal un parcial de 0-13 al que acompañó Curry con otras dos canastas desde su distancia favorita para romper el partido. 52-73 en un abrir y cerrar de ojos. Se acabó el partido. El último cuarto y medio fue simplemente la constatación de que estos Cavaliers no alcanzan al nivel de unos Warriors varios peldaños más letales que la pasada temporada. Incluso con un Love a un buen nivel (15 puntos y nada menos que 21 rebotes, compensando la sequía de un habitual "arma X" de los de Ohio como Tristan Thompson que dejó una raquítica tarjeta de 4 rechaces y sin anotar), siendo un jugador ausente en las finales de 2016, el Big Three de James-Irving-Love palidece ante estos Warriors de Kerr y cada vez más Brown, un Mike Brown quien volvemos a insistir, parece conocer mejor que nadie como desactivar al mejor jugador del mundo. Hambre Warrior para limpiar la afrenta del pasado año, demostrada en el hecho de que con el partido sentenciado un conservador Brown sólo se atrevió a sentar a sus figuras a dos minutos del final, cuando los LeBron, Love e Irving ya llevaban tiempo con sus cabezas bajo las toallas en la bancada visitante. Trabajo por hacer para Tyronn Lue, a quien no le quedó más remedio que reconocer tras el partido que estos eran los mejores Warriors que jamás había visto. Trabajo que pasa por entre otras cosas recuperar a un banquillo del que se espera mejor rendimiento. Sangrante es que uno de los grandes especialistas del perímetro de los últimos años en esta liga como Kyle Korver se quedase con su casillero de puntos vacio (tres intentos triples errados), más sangrante todavía ver a un errabundo Deron Williams, quien no hace mucho peleaba con Chris Paul por el trono de mejor base del mundo, actuar como uno de los peores directores de juego suplentes que uno pueda recordar en unas finales (y capaz de que echemos de menos a Mathew Dellavedova... no queremos ni pensar lo que hubiera supuesto el deseado Ricky Rubio en este equipo), sólo el voluntarioso veterano Richard Jefferson pareció atisbar alguna esperanza de que Cleveland presente credenciales de orgullo de vigente campeón. 



Es sólo el primer partido, el que coloca un 1-0 en el casillero en el favorito, en el equipo que no olvidemos el pasado año adquiría un 2-0 de ventaja y veía remontar por primera vez en la historia un 3-1 a favor. Pero las sensaciones, las pequeñas batallas que conforman el total de una guerra, resultan demoledoras. Curry superando a Irving y despejando todas las dudas sobre el fantasma del famoso triple que a falta de 53 segundos dejaba en bandeja el anillo para los de Ohio con el base Cavalier ajusticiando con un "cross over" sobre el MVP de los dos últimos años. Klay Thompson y Green gigantescos en defensa, sin necesidad de mirar el aro. Mike Brown curtido en mil sinsabores (con los propios Cleveland o con unos Lakers aspirantes a mejor equipo de la historia) destrozando cualquier planteamiento, si lo tuviera, de Tyronn Lue... y por encima de todo el efecto "Durantula" planteando un más difícil todavía para el gran LeBron James. Ya no sólo se le pide a un cuatro veces MVP y ganador de tres anillos como The King subir la bola, anotar desde fuera, jugar al poste y vaciarse en defensa, además de eso ahora tiene que anular a uno de los jugadores con mayor talento ofensivo de todos los tiempos como es el ex de Oklahoma City. Demasiado para un solo hombre por muy King James que seas.



Esto no ha hecho más que empezar, pero en el vestuario de Cleveland tienen que encontrar una solución a una picadura que amenaza con ser mortal. La Durantula quiere su primer anilllo. Ajeno al duelo entre Curry y LeBron el espigado alero que lleva cinco años viviendo a la sombra de los dos genios de Akron, deseando volver al mismo escenario en el que estuvo hace cinco años, cuando al lado de Russell Westbrook y James Harden se esperaba que liderara un equipo dominador como aquellos Oklahoma City, ambiciona su primer anillo. Para ello este verano decidió unir sus fuerzas con los Curry, Thompson, Green o Igoudala (dejando en evidencia, como ya hemos expresado en este blog, las diferencias en el trato mediático con KD y el LeBron que une sus fuerzas con Wade y Bosh para ganar anillos) La Durantula cambió de ecosistema para poner patas arriba la NBA. ¿Encontrará Cleveland el antídoto a su picadura?

viernes, 27 de enero de 2017

LOS MEJORES DE 2016: ENTRENADORES INTERNACIONALES



DIMITRIOS ITOUDIS: Si Pablo Laso ha sido el gran profeta del baloncesto ofensivo en Europa en los últimos tiempos, el griego Itoudis es uno de sus apóstoles. Crecido al amparo de Obradovic en el mejor Panathinaikos de la historia (el de las cinco euroligas), sus éxitos en solitario no tardaron en llegar (histórico primer puesto en temporada regular de la liga turca con el modesto Banvit), para consagrarse en 2016 con el cetro continental quitándose la espina de 2015, cuando el sempiterno Olympiakos cercenó el sueño europeo en el primer partido de la Final Four de Madrid. En la VTB su CSKA arrasó, con un balance de 28-2 en liga regular y sin conocer la derrota hasta las finales, donde el UNICS Kazan logró la proeza de hacerles morder el polvo en un partido para no irse de vacío y caer por un “honroso” 3-1. En total hicieron un balance de 37 victorias por 3 derrotas. Y encima con el mejor baloncesto de ataque del continente. Bendita locura.  


ZELJKO OBRADOVIC: Incombustible. Sigue siendo sinónimo de éxito allá por donde pasa. Y es que hay que reconocer que pese a un decepcionante primer año en Estambul con el todopoderoso Fenerbahce, en el que no pudo llevar ningún título a las vitrinas turcas, en 2016 volvió a reencontrarse con la gloria haciendo doblete con Liga y Copa en Turquía y llegando a la final continental, ese título que de momento se le resiste con los otomanos. Pero teniendo en cuenta que en cuatro de sus cinco equipos anteriores (únicamente en Treviso no fue campeón de Europa) consiguió el cetro europeo, en las vitrinas del club de Estambul ya piensan en hacerle sitio al trofeo. Y qué mejor ocasión que en un año en el que la Final Four se juega en su ciudad. 




Maestro, alumnos, rival... 



STEVE KERR: Una de romanticismo, ¿por qué no? Vale, hablamos del gran derrotado de los banquillos, el entrenador del record sin título, pero… ¿y lo qué hemos disfrutado durante todo el año gracias a sus vertiginosos Golden State Warriors? Acabaron la temporada anotando 114.9 puntos por partido en temporada regular, suministrados en gran parte por esas 28.9 asistencias por noche, líderes en ambas categorías, anotación y pases de canasta. Una bendición para el basket. Con la llegada de Durant la cosa ha subido a 117.5 puntos y 31 asistencias por partido. El entrenador del 73-9, el técnico que perdió las finales viendo como el rival remontaba un 3-1 por primera vez en la historia… pero también el entrenador que apuesta por un baloncesto que hace que millones de personas de todo el globo terráqueo se enganchen a las pantallas para ver el espectáculo de Los Locos de la Bahía. 



Otros entrenadores que han dado que hablar el pasado 2016 han sido Mike Krzyzewski, quien antes de ceder el testigo de la selección USA a Gregg Popovich se colgaba su tercer oro olímpico de manera consecutiva, Jay Wright, quien vio su trabajo de 15 años al frente de los Villanova Wildcats ganando por fin el torneo universitario de la NCAA, Tyron Lue, quien no puede haber tenido mejor debut como primer entrenador para convertirse en campeón de la NBA con los Cavaliers de LeBron e Irving, Ergin Ataman, campeón de Eurocup con Galatasaray, “nuestro” Sergio Scariolo con otro éxito olímpico, Andrej Lemanis, maravillando y llevando a Australia a semifinales en esos mismos Juegos en los que España les apartó del podio, y “Sasha” Djordjevic, quien se desquitó de su despido en el Panathinaikos en Primavera para llevar a su Serbia a la final olímpica.  





Porque los títulos no son todo.






lunes, 13 de junio de 2016

Y POR FIN APARECIÓ EL MVP





La ley del MVP



Se le esperaba. Y apareció. Vaya si apareció Stephen Curry en las finales para, en el cuarto partido de la serie, dinamitar el Quicken Loans Arena con una de esas actuaciones superlativas a las que nos tiene malacostumbrados. 38 puntos, 5 rebotes, 6 asistencias y 2 recuperaciones. El MVP de las dos últimas temporadas confirmó su presencia en la lucha por el título. En los tres partidos anteriores, su máxima anotación “sólo” había sido de 19 puntos, muchos de ellos anotados cuando el partido ya estaba resuelto para Cleveland en la paliza del tercer choque. En el cuarto anotó el doble. 7 triples como 7 puñales acompañando la tormenta de 17 canastas de tres puntos con las que los Warriors destrozaron a su rival para sentir ya el segundo anillo consecutivo rozando sus dedos. 17 triples que suponen un nuevo record en un partido de finales. Los de Steve Kerr siguen devorando registros. 



Fue, no obstante, el partido más igualado de la serie. Igualdad y constantes cambios de liderato en el marcador, y un duelo Irving-Curry en su máximo esplendor. El de Akron fue el mejor del partido, pero el base Cavalier dejó otra exhibición con 34 puntos, 4 rebotes, 4 asistencias, 3 robos, e incluso un espectacular tapón sobre Stephen Curry. Fue el duelo del partido, y si los Cavs mantuvieron opciones de victoria durante gran parte del choque fue gracias al inmenso partido de su base, pese a que el cansancio se hizo evidente en unos minutos finales en los que ante la brecha que comenzaba a abrir Golden State, Irving tomó alguna mala decisión en ataque. Otro duelo electrizante, aunque no tanto por la calidad del mismo como por la dureza con la que se emplearon ambos jugadores, fue el que mantuvieron LeBron James y Draymond Green. Tanto es así que la NBA ha actuado 48 horas después del partido para suspender a Green de cara al partido por una acción en la que golpea el vientre de James, y el propio James ha sido castigado con una técnica. Lo cierto es que Green se está ganando una fama de jugador duro y violento en estos play offs que no recordábamos desde los tiempos de Mahorn y Laimbeer en Detroit. Además de su dureza en el contacto físico, se ha convertido ya en uno de los reyes del “trash talking”. Un “arte” que permite todo tipo de rumorología, ya que raramente se llega a saber qué es que lo se dicen los jugadores en la cancha, pero la insinuación de LeBron refiriéndose a una “pasada de la raya” de Green sobre la condición de padre de familia de King James da que pensar. Tanto o más que en aquel famoso cabezazo de Zidane a Materazzi.    





Irving contra Oakland y resto del mundo.




El incendiario Green volvió a ser una vez más el termómetro anímico de unos Warriors que demostraron de nuevo su superioridad basándose en la excelencia del juego exterior y su extraordinaria intensidad defensiva. Convertidos en bosques de manos y piernas, lograron que LeBron, pese a sus 25 puntos, 13 rebotes y 9 asistencias, no se sintiera cómodo en ataque, y sólo un estratosférico Irving mantenía con vida a Cleveland. Reaparecía Kevin Love, y nuevamente su aportación volvió a ser poco trascendente (11 puntos y 5 rebotes, y problemas en la defensa a los pívots rivales, incluso con Varejao, quien en apenas 4 minutos capturó 3 rebotes ofensivos vitales para su equipo) Al menos Lue fue valiente y mantuvo a Jefferson como titular, pero Kerr sigue yendo varios pasos por delante y probando más cosas (apareció James McAdoo por primera vez en las finales para contribuir a la labor de desgaste sobre LeBron) Igoudala de nuevo fue el factor decisivo, no sólo por sus 10 puntos, 6 rebotes y 7 asistencias, sino porque con él en pista Golden State realizó su mejor baloncesto, los mejores minutos del último cuarto en los que los Warriors sentenciaban el partido y casi podríamos decir que la serie. Hay un dato definitivo sobre Igoudala, y es que en el partido más disputado de la serie, su balance +/- registra un contundente +15, superior al resto de jugadores que estuvieron en la pista a disposición de ambos entrenadores.   




Decepcionantes finales debido a la clara superioridad californiana. Una superioridad que también fue muy manifiesta en las finales de la pasada temporada ante unos mermados pero voluntariosos Cavaliers. Pero el menos al finalizar el cuarto partido la serie registraba un empate a dos victorias para cada equipo. Queda sólo por dilucidar en que momento los de Ohio doblarán definitivamente la rodilla, y dado además el desgaste sometido en sus principales hombres (LeBron e Irving especialmente), se intuye que bien puede ser la próxima madrugada, pese a la ausencia de Green. Con tan poca emoción sobre la franquicia ganadora, la mayor incertidumbre parece ser la de quien se coronará como MVP de las finales. Curry hasta el cuarto partido no ha estado a su nivel, pero otra exhibición como la del segundo partido en Cleveland le podría hacer merecedor del galardón. Green, tras la descalificación, parece descartado. Igoudala, pese a la poca exuberancia estadística, debe ser tenido en cuenta por todo lo comentado en el anterior párrafo. Klay Thompson tampoco está a su mejor nivel, pero al menos demuestra cierta regularidad. Lo cierto es que se hace difícil apostar quien será considerado jugador más valioso de estas finales. Irving y LeBron, lógicamente, serían máximos candidatos a ello en caso de la improbable remontada Cavalier. Pero en caso de producirse tal proeza lo de menos sería el MVP, ya que merecerían por lo menos una estatua en el medio del Q Arena y las llaves de la ciudad de Cleveland.     





Y si no, nos enfadamos...





jueves, 9 de junio de 2016

CLEVELAND NO NECESITA AMOR




Uno de los míticos primeros 7" de Pagans, en la cara b dejaban claro lo que pensaban del amor.






Comentábamos en nuestra anterior entrada, referente a los dos primeros partidos de las finales NBA que mostraron una enorme superioridad warrior, la escasa aportación de Kevin Love para la franquicia de Ohio. En ataque apenas limitándose a esperar desde la esquina la posibilidad del lanzamiento triple, y, peor todavía, un auténtico coladero defensivo al que tantos los cuatros rivales (Draymond Green) como los cincos (Andrew Bogut) le estaban haciendo un descosido evidente anotando en las mismas narices del ex –jugador de Minnesotta. El equipo de Lue necesitaba una mejor versión del power-forward californiano si quería tener opciones para conquistar un título que se le ha puesto muy cuesta arriba. Ironías de la vida o jugadas del destino, el entrenador de los Cavaliers se ha encontrado con algo que, a tenor del resultado, ha sido todavía más beneficioso que un paso adelante de Love: la ausencia del jugador en el partido, todavía tocado por un golpe en el Game 2. 


Suena cruel, a todas luces injusto, pero la realidad resulta clamorosa. Sin Love los cavs son otro equipo… mejor. La maldición del sobrino de Mike Love se acentúa, un magnífico jugador pero con una pesada losa en forma de etiqueta fluctuante entre gafe y perdedor. Es difícil de explicar esto cuando hablamos de un deportista excepcionalmente dotado, con inteligencia y colocación para el rebote y con una muñeca excepcional, superior a la gran mayoría de los hombres altos de la liga, por no decir a todos ellos. Pero por fortuna la naturaleza de este juego es tan rica y comprende tantos matices que un jugador que promedia 18.3 puntos y 11.5 rebotes en sus ocho años NBA lejos de garantizar el éxito para su equipo, en ocasiones puede ser incluso perjudicial para el mismo. 


En los últimos años hemos visto entrenadores cambiar cursos de las finales cuando se veían abajo en las series modificando la configuración inicial de sus equipos, sacrificando habitualmente hombres altos y buscando un baloncesto más rápido, agresivo a ambos lados de la cancha, y con mayor aprovechamiento de los espacios. Lo hizo Rick Carlisle con Dallas para darles su único anillo hasta la fecha a los tejanos cuando apostó por la fórmula de tres bajitos a la vez en pista (Kidd, Barea y Terry) para morder en defensa a LeBron y sus Heat, lo hizo Popovich sacrificando a Splitter para poner de falso cinco a Boris Diaw igualmente frente a Miami Heat, y lo vimos la pasada temporada con Steve Kerr sentando a Bogut y poniendo a Igoudala de titular para comenzar a remontar las finales. Tyronn Lue ya ha encontrado su “movimiento”… pero ha sido por accidente, y la duda es, ¿se atreverá a apostar por el quinteto de ayer en caso de que Love se recupere?    






Lue se lo piensa



Con un rejuvenecido Richard Jefferson ocupando la plaza de titular que dejaba Love, LeBron pasaba a la presumible posición de cuatro (al fin y al cabo, una de las cinco posiciones en las que puede jugar quien sigue siendo el jugador más completo de la NBA), para mantener un intenso duelo frente a Draymond Green, mejor jugador del segundo partido. LeBron, era presumible, fue muy superior a su par (32 puntos, 11 rebotes, 6 asistencias y 2 tapones), pero Green no se arrugó y el duelo entre los dos jugadores más polivalentes de ambos equipos dejó jugadas de gran intensidad defensiva, con ambos forwards buscándose durante el partido, pero en esta ocasión ni siquiera el eficiente Igoudala pudo frenar a un James en su versión más excelsa.


El 0-9 de salida fue una declaración de principios cavalier, espoleados por la intensidad defensiva de Jefferson, James y un inconmensurable Tristan Thompson (14 puntos y 13 rebotes) El canadiense fue amor y señor de ambos tableros, capturando 7 rebotes en su aro y 6 en el contrario, especialmente dolorosos estos últimos. Pero no fue sólo una victoria basada en el trabajo defensivo, ya que Kyrie Irving exhibió su baloncesto de seda (30 puntos y 8 asistencias) para demostrar a los Warriors que en Cleveland también saben hacer “run and gun”. Ese baloncesto de seda, de manejo de balón endiablado y disparo letal que hemos visto durante toda la temporada en las manos de un Stephen Curry autocrítico y consciente de que sus 16 puntos (ayer hizo 19, su marca más alta en estos tres partidos, pero la mayoría anotados cuando su equipo ya perdía de más de 20 puntos) y 4.3 asistencias por partido en estas finales están muy por debajo de las prestaciones que le llevaron a ser MVP de temporada regular por segundo año consecutivo. No obstante hay razones para el optimismo en Oakland, y es que precisamente con el peor Curry que se recuerda en muchísimo tiempo siguen mandando 2-1 en estas finales y con muy buenas sensaciones, las cuales les siguen otorgando papel de favoritos.
 

Sin Curry (no anotó su primera canasta hasta el minuto 8 del segundo cuarto), pero con buenos minutos de Klay Thompson, los Warriors parecían amainar la tormenta, llegando a ponerse a 7 puntos y dejando la diferencia al descanso en 8, después de que un espectacular triple de J.R.Smith desde medio campo no subiera al marcador por estar fuera de tiempo, pero un parcial de 0-7 de salida volvía a elevar la diferencia a 15 puntos en el tercer cuarto y a partir de ahí los guarismos resultarían tan crueles para los de La Bahía hasta llegar a esos 30 finales (90-120) con los menos habituales disfrutando por fin de minutos. Cleveland no se rinde.  



La sede del condado más poblado de Ohio (Cuyahoga) fue hace décadas un hervidero de la mejor música popular estadounidense, especialmente en las ramas del power-pop y el punk-rock. Bandas como Electric Eels, Pagans o Dead Boys ejemplificaron la rabia callejera de aquel momento cuya actitud buscaba situarse en las antípodas del hipismo y sus reivindicaciones pacifistas y amorosas. Tras lo visto anoche en el Quicken Loans Arena, está claro que lo que necesita Cleveland no es amor.     





Tristan Thompson, el primo de Zumosol para Irving Y LeBron.





lunes, 6 de junio de 2016

LOS WARRIORS VUELAN EN EL ORACLE



Golden State pone el 2-0 en el marcador de las finales haciendo bueno el factor cancha y confirmando la condición de fortín del Oracle Arena (51-3 de balance esta temporada) Dos victorias en las que han demostrado una superioridad brutal, nada que ver con las finales de 2015 en las que Cleveland  logra llevarse una victoria de Oakland e incluso tiene opciones de ganar el primer partido. Había enorme expectación por ver estas finales con LeBron acompañado de Irving y Love (y ahí está el record de audiencia del primer partido), imaginando a unos Cavaliers mucho más fuertes que el año pasado, pero la realidad es que los Warriors también son superiores a la versión del pasado curso, que si ya era buena, se transmuta en inalcanzable para el resto de franquicias NBA, tanto que huele a dictadura, dinastía, tiranía… con el peligro que ello conlleva de cara a que muchos aficionados pierdan interés por una liga con un equipo tan superior al resto. Ni siquiera necesitaron la mejor versión de Stpehen Curry en un primer partido protagonizado por los habituales secundarios de la plantilla californiana. Hasta siete jugadores de Steve Kerr estuvieron en dobles dígitos anotadores, destacando un enorme Shaun Livingston con 20 puntos (80% en tiros de campo), 4 rebotes y 3 asistencias en 26 minutos en pista. Barbosa sólo necesito 11 minutos para anotar otros tantos puntos, dejando canastas de gran belleza, e Igoudala se volvió a reivindicar como factor decisivo de las finales con 12 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias, pero por encima de todo con su superlativa defensa sobre LeBron James. The King cumplió sobradamente rozando el triple-doble (23 puntos, 12 rebotes y 9 asistencias), pero en los ataques que Igoudala fue su par sólo pudo convertir una canasta, y hablamos de nada menos que 22 posesiones en las que el vigente MVP de las finales se emparejó con James. Con todo eso, el pobre 8 de 27 en tiros de campo sumado entre Curry y Klay Thompson se revela anecdótico. Los Warriors pusieron el 1-0 con una lección de coralidad dejando al descubierto las costuras cavaliers y la enorme dependencia de LeBron James. Después de llegar incluso a ponerse por delante a poco de finalizar el tercer cuarto, con los mejores minutos de Cleveland en toda la serie y Steve Kerr rompiendo literalmente su pizarra ante la inoperancia de su equipo, Tyronn Lue sentó al de Ohio tras una breve reacción warrior (68-71 para los de Oakland) En apenas tres minutos los cavaliers encajaron un parcial de 11-0 coincidiendo con la presencia de su líder en el banquillo. Ahí se acabó el partido. 




Steve Kerr destrozando su pizarra. Luego su equipo destrozó a los cavaliers.



El primer partido dejaba por tanto varias lecturas. Los warriors demostraban su mayor profundidad de banquillo y mejor roster, pero los cavs, con las mejores versiones de James e Irving (Love, definitivamente, confirma su estatus de “loser”, poco resolutivo en ataque más allá de quedarse en la esquina esperando al triple, con 11 puntos por partido en este comienzo de series, y un tremendo agujero en defensa cada vez que le han puesto un cinco delante e incapaz igualmente de salir con éxito a las ayudas exteriores, en definitiva, un desastre), parecía que podrían intentar morder en el segundo encuentro, en el que, por otro lado, se esperaba la resurrección de los Splash Brothers, unos Curry y Thompson muy por debajo de su nivel en el partido inaugural de las finales. 


Y lo que vimos fue una exhibición warrior en toda regla. Pese al buen trabajo defensivo de los de Cleveland especialmente en el primer cuarto, con Richard Jefferson manteniendo al equipo al final de un primer cuarto muy defensivo (protagonismo para Bogut por los californianos, con cuatro tapones) en el que logran ponerse por delante. A partir del segundo acto veríamos a los Golden State que llevan maravillando todo el curso: transiciones rápidas, jugadas espectaculares hiladas en apenas tres pases y el letal “catch and shoot” con el que no han parado de destrozar rivales partido tras partido, impulsados por la adrenalina de un Draymond Green que se postula para MVP de las finales (28 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias) Cuando algunos analistas dicen que el auténtico líder de estos warriors es este power-forward multidisciplinar no es una frivolidad ni ninguna extravagancia. Los Splash Brothers son la dinamita de Kerr, pero no se podría entender a este equipo sin un jugador como Green que no sólo oficia como “pegamento” invisible responsable de eso que llaman “intangibles”, si no que su productividad es tan tangible como la brutal tarjeta estadística que nos deja en el segundo choque. Poco importa que LeBron James vuelva a rozar el triple-doble (19 puntos, 8 rebotes y 9 asistencias), y que acreciente su condición legendaria (excepto para los “haters” de turno, casos perdidos que seguirán negando la magnificencia de este jugador), convirtiéndose en el único baloncestista que es Top-10 histórico en post-temporada en puntos, rebotes y asistencias. La superioridad de los warriors es tan brutal que ya comienza a olisquearse la posibilidad de un humillante “sweep” (barrido), con un 4-0 final para redondear la mejor temporada jamás realizada por un equipo NBA en toda la historia. 



Esperemos equivocarnos y que Cleveland sea capaz de plantar batalla en el Q Arena y ser capaces de alargar una serie que de momento sólo tiene el color amarillo y azul de los Locos de la Bahía. Un equipo ya histórico y que supone un regalo para cualquier aficionado por su manera de entender el baloncesto de ritmo alto y posesiones cortas (lo cual no supone descuidar la defensa, más bien al contrario, ya que no puede haber contraataque sin defensa), pero por el bien de este deporte, necesitamos que tengan rivales capaces de plantarles cara durante 48 minutos. Y en ese sentido, parece claro que LeBron solo no puede.  




LeBron está mejor que Curry, pero el colectivo warrior arrasa.