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miércoles, 8 de febrero de 2012

AS TEARS GO BY

“It is the evening of the day
I sit and watch the children play
Doin things I used to do
They think are new
I sit and watch
As tears go by” 

(The Rolling Stones, “As tears goes by”, 1964)     

"Que bueno es este chico" parece pensar Kidd.


Es lo que parece estar pensando el gran Jason Kidd en esta foto ante la bandeja de Ricky en el segundo de los dos partidos disputados esta temporada entre las franquicias tejana y de Minneapolis, saldados ambos con victoria lobezna y con estupendas sensaciones por parte del base español.  

La imagen pertenece a la prestigiosa agencia Getty Images, referente en el mundo de la actualidad de todo tipo, y por supuesto deportiva, y como ven ha sido elegida por nuestra mítica e incombustible publicación Gigantes del Basket para ilustrar la portada de su último número (el 1371, nada menos)   

"Ey Dirk, ¿has visto lo que acaba de hacer ese crío?"


Ayer nuevamente me sometí al ritual que llevo practicando desde hace tantos años que se pierde en la memoria de encaminarme al kiosco como todos los martes en busca de la edición semanal de esta publicación, y en cuanto vi esta portada admito que la foto me cautivó. Es una de esas instantáneas con una carga de profundidad que te hace poder contemplarla una y otra vez de manera casi obsesiva buscándole recónditas interpretaciones. Toda esa carga de profundidad de la que hablo no está en la bandeja de Ricky, simplemente una canasta más. Está en ese rostro sereno de un hombre que ya lo ha visto todo en este deporte. Está en la expresión estoica de Jason Kidd, en ese gesto complacido y complaciente al verse rebasado en una entrada a canasta por Ricky. Ciertamente, hay jugadores tan buenos que hasta es un placer tenerlos en tu contra y poder asistir al nacimiento de algo realmente grande, como está pasando estos días en la NBA con el debut del catalán.      

"La que me está liando este cabrón", parece que esté pensando Jason.


Ricky ha sido objeto de todo tipo de alabanzas y elogios hacia su electrizante juego, y se le ha comparado sobre todo con los grandes bases de los últimos tiempos en la creación del juego. Con el mayor arquitecto del pick&roll, John Stockton, o con el base que mejor ha puesto la imaginación y visión de juego al servicio de los beneficios de un colectivo, Steve Nash. Pero tiene Ricky también en Kidd un buen espejo en el que mirarse. El base de San Francisco es un jugador de carrera ejemplar, practicante de un baloncesto emocional que nace del corazón, y poseedor de una ética de trabajo que le ha llevado a ser campeón de la NBA con 38 años (en un par de meses cumplirá los 39) tras varios intentos y frustraciones que lejos de desgastarle le han curtido y le han hecho más fuerte como jugador y como persona. “Mr. Triple Doble” ha sido además, como su apodo indica, un base que ha sido capaz de acumular estadísticas de una manera enormemente brillante en todos los apartados del juego, incluido el rebote, y a pesar de su 1,93 de estatura, pero como el propio jugador californiano siempre ha dicho “el rebote es cuestión de deseo”. Y ese deseo por rebotear, por jugar, por ganar, por competir, es lo que le ha llevado a acumular tras sus espaldas nada menos que 17 campañas en la mejor liga de baloncesto del mundo, entre ellas, claro está, la de su debut en la que fue “rookie of the year” con números inferiores incluso a los que está promediando Ricky ahora mismo (Kidd hizo esa campaña 11.7 puntos, 7.7 asistencias, 5.4 rebotes y 1.9 robos) La mirada de Kidd en esta foto que tanto me gusta tiene por ello cierto halo nostálgico, el brillo sentimental de quien sabe lo que está sintiendo Ricky en estos momentos que vive sus primeros partidos en la NBA a una velocidad de vértigo. Jason Kidd es en esa imagen Marianne Faithfull, o mejor aún Mick Jagger, cantando el “As tears goes by”, viendo a los nuevos chicos jugar juegos que los muy inocentes no creían ni que existieran.     

Ricky, seguido desde sus comienzos en la élite.


La verdad es que pese a los 17 años y medio que separan a un jugador y otro, parece darse una extraña sintonía entre ambos cada vez que se han enfrentado, en una rivalidad que viene desde los JJOO de Pekín, como dos púgiles brillantes, dos finos bailarines de la lona, que se están dando un relevo entre golpe y golpe. Uno sabe que está haciendo sus últimos pasos, ejecutando sus últimos movimientos… el otro ni siquiera sabe donde está su límite.    

17 años de diferencia y el mismo objeto del deseo: el balón.


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