¡SÍGUENOS DESDE TU CORREO!

martes, 14 de febrero de 2012

ALL YOU NEED IS LOVE

El 25 de Junio de 1967, en la primera retransmisión global vía satélite de la historia, cuatro músicos de Liverpool cuyo status y trascendencia superaba ya en mucho el de una  simple banda de música pop ofrecían al mundo en exclusiva su nueva canción. Un tema paradigmático del “buen rollo” y el hippismo imperante en aquellos momentos. Como todo tiene su reverso tenebroso y su lado oscuro (como sabe, sin ir más lejos, cualquier fan de la saga Star Wars), estos mismos músicos un año más tarde golpearían con una pieza tan virulenta como aquel “Helter Skelter” que sirvió de inspiración al alucinado y vengativo satanista (en realidad aquellos crímenes se cometieron por despecho hacia su música, pensando que en aquella mansión aún vivía su anterior propietario, el productor musical Terry Melcher) Charles Manson en los tristemente celebérrimos crímenes de Cielo Drive, conformando uno de los más negros episodios de la América del Norte de los años 60 y suponiendo una bofetada de realidad oscura que aunque no se veía a primera vista acechaba latente bajo la superficie de los lemas pacifistas y las exaltaciones del amor que se vivían en la época.    


Dennis y Charles, el surfer y el psicópata.




El mismo Manson, directa o indirectamente nos enlaza con los auténticos protagonistas de nuestra historia. Aquellos cuatro muchachos de Liverpool, por aquellos momentos afines a los ropajes más psicodélicos, las largas melenas, y los colosales mostachos, significaban, como hemos dicho, algo más que cuatro artistas de música pop o rock’n’roll. Su trascendencia sobre la juventud cobraba tintes mesiánicos. No eran una banda musical, eran un mensaje.  


La magnitud de su importancia era tal que el mayor genio joven musical de los Estados Unidos vivía obsesionado con estar a la altura de sus rivales ingleses, no sólo eso, superarlos, llegar incluso aún más lejos que ellos. Todo era poco si con 20 años habías sido capaz de conseguir que todo un Capitol Records se pusiera a tus pies y te dieran el poder absoluto en unos estudios de grabación que hasta aquel momento habían sido coto privado de Frank Sinatra y artistas de esa cuerda digamos más "seria". Todo era poco si eras realmente otro genio, como aquellos chicos de Liverpool, con un mensaje en tu prodigioso cerebro capaz de parir combinaciones de notas musicales que hacían estremecer a toda una generación de jóvenes norteamericanos, con una misión dentro de una mente maravillosa que albergaba la creación de los más excitantes sonidos de todo un país. Todo era poco, en definitiva, si te llamabas Brian Wilson.  


Aquel chalado con sus locos cacharros.




Poco podemos apuntar sobre Brian Wilson en este blog (que, no se equivoquen, sigue estando dedicado al baloncesto), cuando es una de las figuras sobre las que más se ha escrito y analizado desde hace décadas y con justicia, tratando de descifrar los enigmas que se esconden bajo este genio poliédrico de vida tortuosa y torturada, se diría casi un Mozart del pop. Un hombre para el que la genialidad y el talento se han convertido en enfermedad en algunos momentos de su vida. De modo que vayamos a lo concreto, y dejemos lo abstracto para otros momentos, no obstante y ya metidos en faena aprovecharé para recomendar una vez más el que considero el mejor libro jamás escrito en nuestro país y nuestra lengua con temática referida a la música pop. El fascinante “Bendita locura”.  


No vamos por tanto a hablar de la vida y milagros del mayor de los hermanos Wilson, ni de su despótico progenitor Murry, quien pertenecía a ese tipo de padres empeñados en desahogar todas sus frustraciones en los hijos. Simplemente recordemos que junto a sus hermanos protagoniza una de las mayores sagas musicales familiares de la historia de la música pop, pero para que todo siguiera más aún en familia, otro de los miembros de los ya inmortales Beach Boys será un primo de los muchachos llamado Mike Love, quien junto al amigo común de todos ellos Al Jardine dará forma al quinteto originario y fundador de la mítica banda californiana.  


We're a happy family.




Sobre los Beach Boys ya se ha dicho muchas veces que debajo de esa apariencia amable y soleada, detrás de esa música idealista del sueño americano, se escondía una tormenta de demonios aterradora, una intriga de celos familiares, de amores y desamores, de vida turbia y desencajada, de espíritu disoluto, concentrándose todo ello sobremanera en el apuesto y desgraciado Dennis, quien él mismo era una tempestad en si, y que acabó alcoholizado y ahogado en las aguas de ese Pacífico sobre las que tantas veces había cabalgado a lomos de su tabla (era el único Beach Boy que sabía hacer surf), como un terrible epítome del artista maldito.  


No obstante el caso de la familia Love pese a su parentesco directo con los Wilson es, nunca mejor dicho, otro cantar. Jardine y Love si que han representado ese lado “amable” de los Beach Boys, ultraconservadores, familiares, firmes admiradores de Ronald Reagan, del capitalismo, y del “american way of life”. En ese ambiente tan sanote viene al mundo en Septiembre de 1988 (por lo tanto nunca llegó a conocer a uno de sus primos segundos, el “maldito” Dennis), un muchacho llamado Kevin, sobrino directo de un Mike Love quien por aquel entonces dilapidaba el buen nombre de los Beach Boys y el talento compositivo de Brian Wilson manteniendo viva a una banda que hacía gala de un horterismo infumable como eternos y ridículos chicos de la playa, amén de sus discutibles apoyos públicos a personajes como Reagan, convirtiendo a una de las mejores bandas de la historia y uno de los legados musicales más apasionantes en un estúpido cliché ochentero de playas, extenuantes y repetitivos discos recopilatorios, y películas de Tom Cruise, alimentando una imagen injusta de la banda de los Wilson, que afortunadamente el tiempo y la historia han puesto en el lugar que se merecen, una vez recuperados de esa época ignominiosa más propia de unas excursiones del Imserso a Benidorm que de la grandeza sentimental de uno de los cancioneros más poderosos a nivel anímico que jamás se hayan conocido.   


Mike Love haciendo el chorras.




Pero no son los genes de Mike Love los únicos con lustre y nombre propio que el pequeño Kevin recibe desde su nacimiento en la soleada Santa Mónica, ya que su padre fue el alero Stanley Love, estrella universitaria en los Ducks de Oregon, y jugador de segunda fila en la NBA de mediados de los 70, predestinando en cierta manera a su hijo a continuar una genealogía que le ha permitido progresar hasta el estrellato más absoluto, a punto de acudir a su segundo All Star Weekend consecutivo.  


Ciertamente Kevin era uno de esos muchachos que difícilmente podría escapar al éxito. Uno de esos chicos perfectos de telefim de sobremesa. Bien parecido, proveniente de familia de famosos, alto, fuerte, buen deportista. Kevin Love posiblemente hubiese destacado en cualquier disciplina física en la que hubiera intentado hacer carrera, pero afortunadamente para nosotros, y sin duda influido por su padre, su elección fueron las canastas y los tableros que asisten con impertérrita pasividad a lo furibundo de su juego (tanto es así que aún estando en su época High School se hizo famoso por la rotura de uno de esos dichosos tableros)  


Esos años de instituto Kevin los vive en el Lake Oswego High School de ese Oregon donde su padre había sido una celebridad deportiva. Love destroza todos los registros de la escuela, se convierte en el máximo anotador histórico del instituo, y les lleva a jugar tres finales estatales consecutivas (dos de ellas contra los South Medford del ahora madridista Kyle Singler) Para el salto a la universidad Kevin elige nada menos que los UCLA Bruins, que no es sólo el mejor equipo universitario de todos los tiempos, con once títulos, si no que incluso podría considerarse uno de los mejores clubes baloncestísticos de la historia durante el periodo del mítico John Wooden en los banquillos, con siete títulos consecutivos entre 1967 y 1973, una época marcada por el brutal liderazgo de dos grandes pivots: Kareem Abdul-Jabbar (Lew Alcindor por aquel entonces) a finales de los 60, y Bill Walton en los primeros años de la década siguiente. Otro jugador mítico de los Bruins en sus buenos tiempos de la década de los 60 había sido el gran Walt Hazzard (posteriormente, al igual que Kareem, convertido al islamismo), cuyo número 42 había sido retirado por el "college" y colgaba del Pauley Pavilion en homenaje al genial base de Delaware. Quien haya seguido la carrera de Kevin Love sabrá que siempre ha sido fiel al mismo dorsal, precisamente el 42, y así fue en la universidad angelina, ya que el bueno de Hazzard no tuvo reparos en que su número retirado volviese a lucir sobre la pista en esta ocasión en la espalda de aquel herculeo "prospect" blanco capaz de hacer dobles-dobles con una facilidad desbordante.    


Singler y Love en High School, viejos enémigos.




Pudiera parecer que Kevin Love fuese a seguir el ejemplo de los buenos chicos blancos de cabeza amueblada que llegan a la NBA trás cumplir su completo ciclo universitario de cuatro años en los más afamados "colleges", armados de una buena educación, profesionalidad, y ética de trabajo, al estilo de Tyler Hansbrough en North Carolina, o Kyle Singler en Duke (a decir verdad este último aún no ha llegado, y quien escribe estas líneas se debate entre recibirlo con los brazos abiertos en Detroit o seguir disfrutando de él en el Real Madrid, ya que como sabrán los lectores de este blog siempre me he declarado seguidor incondicional de ambos equipos), pero lo cierto es que la calidad de Love era tal que enseguida vio que la NCAA se le quedaba pequeña. En su primer y único año universitario, Kevin se convirtió en el mejor novato, fue elegido en el primer equipo All American, y llegó a la Final Four de Primavera. No necesitaba más para darse cuenta de que estaba preparado para el gran salto.  


En el verano de 2008, los Memphis Grizzlies que acababan de perder unos meses antes a su gran estrella Pau Gasol rumbo a Los Angeles Lakers en aquel traspaso que Gregg Popovich no tuvo reparos en afirmar que debió ser vetado, tuvieron el buen ojo de elegir a Kevin en la quinta posición tras ver como Derrick Rose, su ahora compañero Michael Beasley, O.J. Mayo y  su compañero en UCLA Russell Westbrook copaban las cuatro primeras posiciones en uno de los mejores drafts de los últimos tiempos. En lo que no parecieron tener tan buen ojo los oseznos fue en el megatrade de locura que se consumó esa misma noche, en el que tras un baile de ocho jugadores Love dió con sus huesos en la fría Minnesota y el escolta Mayo emprendió rumbo a Memphis. ¿Se imaginan una pareja interior hoy día formada por Kevin Love y Marc Gasol?  


Kevin drafteado por Memphis... la historia le deparaba otro destino.




El resto es historia conocida y contemporanea. Tres años en la mejor liga del mundo promediando 16.2 puntos y 12 rebotes por partido (25.3 y 13.9 este curso), noches históricas como su marca la temporada pasada frente a New York Knicks de 31 puntos y 31 rebotes (habría que remontarse tres década atrás y a nada menos que Moses Malone para ver la última vez que un jugador consiguió una marca por encima de los 30 puntos y 30 rebotes) Precisamente el propio pivot de los Philadelphia vería como su mejor marca de dobles-dobles consecutivos, nada menos que 51, era superada por este coloso que con tan solo 23 años ya apunta a ser el mejor jugador blanco de la segunda década del sigo XXI. Y lo mejor de todo para nuestro protagonista, después de dos temporadas en las que pese a sus excelencias individuales veía como su equipo se arrastraba en lo más hondo de la clasificación reflejando un balance de 32 victorias por 132 derrotas en sus dos primeros años NBA, es que ahora puede decir claramente que no está en el peor equipo de la liga, si no en un proyecto joven que compite contra cualquier rival, y que pese a que los play-offs aún se antojan una meta lejana, su franquicia es una de las más a tener en cuenta de cara al futuro inmediato del baloncesto profesional estadounidense, todo ello gracias a la llegada de un joven socio en la dirección del juego llegado desde nuestro país y a la sabia mano de un maestro de los banquillos como Rick Adelman. Love no deja de crecer y progresar en su juego, e incluso se nota en su físico más estilizado esta temporada después de un verano en el que lejos de descuidar la forma ha aprovechado para perder kilos y ganar agilidad y mejorar su muñeca. Ese verano en el que le vimos "twittear" como un poseso ese sagrado mantra baloncestístico de "pick&roll" cuando supo que nuestro base internacional Ricky Rubio había decidido dar el gran salto a la mejor liga del mundo a su lado.    


Pick&Roll Sociedad Ilimitada.




No se han equivocado, esto sigue siendo un blog de baloncesto, y si miran el calendario verán que hoy ha sido San Valentín, lo que se conoce como "día de los enamorados"... estamos seguros de que en pocos lugares del mundo como en las gradas del Target Center de Minneapolis las gentes se reúnen bajo el feliz y hermoso mensaje que un 25 de Junio de 1967 en la primera transmisión via satélite para todo el mundo cuatro muchachos de Liverpool quisieron llevar a toda la humanidad... "all you need is... Love".  

2 comentarios:

  1. Baloncesto y Beach Boys ...¿es esto el cielo? ;-)

    ResponderEliminar
  2. Siempre hay que buscar algún nexo común, a partir del baloncesto, con otras cosas que me interesan, si no el blog quedaría demasiado aburrido, :-)

    Muchas gracias.

    ResponderEliminar