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miércoles, 19 de febrero de 2014

LAMAR ODOM, ENTRE RALPH SAMPSON Y GEORGE GERVIN



Baskonia, la mar de contentos.


Se confirmó el bombazo que comenzó a sacudir como un rumor a primeras horas de la mañana de este martes, casi madrugada (en Estados Unidos a eso de las tres de la mañana hora española ya circulaba), Lamar Odom vestirá la elástica rojinegra del club de baloncesto Baskonia, el actual Laboral Kutxa, hasta el final de la presente temporada en curso. Competirá por tanto en cuanto pueda ser inscrito tanto en ACB como en Euroliga.  

El análisis inmediato de la noticia nos sugiere que sin duda alguna es una grandísima nueva para la ACB y el baloncesto español. Ha sido la información más relevante durante toda la jornada del martes en el continente europeo. Una estrella NBA, ganador de dos anillos y Mejor Sexto Hombre de la mejor liga del mundo en 2011, recala en el histórico club vitoriano necesitado de algún estímulo que le ayude a levantar el ánimo en una hasta el momento alicaída campaña. Mediáticamente ha sido un bombazo, no cabe duda. Las dudas se centran ahora en el aspecto meramente deportivo, con un jugador desahuciado por la NBA y con una azarosa vida de “juguete roto” que hace que su fichaje presente razonables inquietudes sobre si su rendimiento estará a la altura de su nombre. No es la primera estrella (o ex –estrella si prefieren) NBA que recala en nuestra liga una vez vividos sus mayores años de gloria baloncestística. Muchos aún recordarán el caso de Walter Berry, brillante alero en los San Antonio Spurs a mediados de los 80 quien en la temporada 90-91 se lo trajo Jesús Gil a su Atlético de Madrid-Villalba por 180 millones de pesetas. Todavía mantiene el record de anotación individual en un partido ACB con 52 tantos (empatado con Henry Turner quien lo igualaría precisamente en el mismo equipo de Villalba, ya sin el concurso del Atlético de Madrid) Berry era un jugador magnífico que hizo una próspera carrera en Europa, si bien es cierto que llegó a nuestro continente sin haber cumplido siquiera los 30 años y con unas condiciones físicas excelentes. Obviando entonces el episodio Walter Berry, dos nombres realmente ilustres y con aroma al mejor baloncesto “old school” vienen a mi memoria. Dos jugadores míticos pero con un paso tan antagónico por nuestro baloncesto que pueden servir de referencia para lo que el tiempo juzgará como un éxito deportivo o por el contrario nada más que un golpe de efecto que una vez apagado el ruido no deje nueces encima de la mesa. Y esta es la duda que se presenta sobre la figura del espigado forward de Queens, si dejará el recuerdo de un George Gervin o de un Ralph Sampson.     



Walter Berry, el juguete de Jesús Gil


Los interminables 224 centímetros de Ralph Sampson recalaron en Málaga allá por el olímpico 1992. Seis años antes había rozado la gloria en las finales de 1986 (de las primeras que recuerdo, cuando en mi ciudad algunos bares habían publicitado que ofrecerían aquellos partidos vía satélite), disputándole un anillo que no llegó a los Boston Celtics de los 80, después de ganar las finales del Oeste a los otros intratables de aquella década, los Lakers de “Magic” Johnson y compañía, precisamente gracias a una canasta del propio Sampson. Vestía la zamarra roja de los Houston Rockets y compartía espacio en la zona con una leyenda del calibre de Hakeem Olajuwon (de aquella aún Akeem) formando las memorables “torres gemelas” de la franquicia tejana. Después de aquello llevaría los colores de los Golden State Warriors (donde coincidiría con otra torre como el querido y recordado Manute Bol) y de Sacramento Kings, siempre manteniendo unos promedios en torno a los 15 puntos, 10 rebotes y 2 tapones por partido a pesar de sus lesiones y problemas físicos, tan propios por otra parte de los hombres de su envergadura, evidenciados en su última época en Washington donde ya su juego se veía notablemente resentido. Con todo ello una estrella NBA con todas las letras. No es de extrañar por tanto que su venida a la Costa del Sol levantase la máxima expectación posible en un baloncesto español que no vivía sus mejores momentos y tocaría fondo meses después con el fiasco de los Juegos Olímpicos, cuando cayendo contra Angola tristemente asistíamos al ocaso de una brillante generación que nos había llevado a la plata ocho veranos antes en Los Angeles. Mayor depresión, si cabe, existía en Málaga, donde no quedaba ni rastro (excepción hecha de Rafa Vecina) de aquel orgulloso equipo de finales de los 80 liderado por Mike Smith en la pista y Mario Pesquera en el banquillo que había jugado la Korac y se había convertido por derecho propio en uno de los “gallos” del baloncesto español. El Unicaja buscaba un golpe de efecto y lo encontró en el fichaje de quien había sido uno de los pívots dominantes de la NBA durante la década de los 80, aún a sabiendas de que su maltrecha rodilla impediría volver a ver nunca al imparable interior del periodo 83-87.  

Debutó frente al Valencia, por aquel entonces bajo el patrocinio de Pamesa, dejando un doble-doble de 10 puntos y 12 rebotes. No eran malos números, pero la sensación de que físicamente Sampson no estaba bien era evidente. Con el tiempo fueron saliendo a la luz historias sobre la realidad del pívot en su periplo malagueño, como que no llegó a superar las pruebas médicas o que en su segundo partido, frente al Caja San Fernando, llegaron a extraer hasta 9 jeringuillas de liquido de sus rodillas. Finalmente jugaría sólo 8 partidos con la camiseta andaluza, en los que sumó un total de 56 puntos y 20 rebotes, siendo sustituido por Eddy Amos de quien si alguien en la sala se acuerda, por favor, que levante la mano. La apuesta de Sampson salió cruz, pese a ello no se le puede acusar de poca profesionalidad o de pasotismo, al contrario, sus compañeros de vestuario hablan de una persona muy humilde y sensible con su situación que sufría al verse en tan penosas condiciones. En todo caso el fracaso fue para el club, no para el jugador, empeñado a toda costa en tener una figura NBA que vender a la afición aunque fuera un jugador sin rodillas.   

  


Sampson en Houston, muchos crecimos con él.


El recuerdo de George Gervin, por contra, es mucho más dulce para el aficionado. Gervin era un jugador elegante y con una deslumbrante capacidad anotadora (hablamos de un cuatro veces máximo anotador de la NBA, tres de ellas de manera consecutiva), poseedor de una inalterable frialdad a la hora de mirar el aro que le valió el calificativo de “Iceman”. 12 veces All Star entre NBA y ABA, cinco veces elegido en el mejor quinteto de la liga… y así podríamos seguir enumerando datos que nos dan la idea de que en Manresa aterrizó la posiblemente mayor leyenda del baloncesto que hayamos tenido en nuestra liga. Gervin tenía ya 37 (camino de 38) años y el por entonces TDK iba a ser el último club de su brillante trayectoria profesional, promediando 25 puntos por partido y evitando el descenso del club catalán entrenado en aquellos tiempos por un joven Ricard Casas. El Hombre de Hielo ya conocía Europa, puesto que había jugado en el Banco di Roma, y recalaba en España directamente de la CBA después de una rehabilitación de dos años por su adicción al alcohol y las drogas, circunstancia ésta que le emparenta con el tortuoso Lamar Odom. Lo cierto es que en el caso de Gervin si fue un acierto tanto en lo mediático como en lo deportivo para el club manresano del Bagés. "Iceman" se despidió del basket profesional anotando 36.5 puntos por partido en un play off por la permanencia frente al Tenerife que mantenía al Manresa en la élite de nuestro baloncesto.     



Gervin dejó un recuerdo imborrable entre nosotros.


Queda por ver entonces hacía que extremo se orientará Odom, jugador acostumbrado a vivir en el ojo del huracán tras su adicción al crack y su matrimonio con una de las hermanas Kardashian. El alero, convertido en “celebrity” por encima de jugador de baloncesto, ha sido constante objeto de chanzas y burlas y habitual comidilla de ese aspecto del deporte que menos nos gusta, el que está más próximo a la telebasura que a las canchas de baloncesto. Sin embargo echando un vistazo a la biografía de nuestro protagonista su tráfica figura no puede invitar si no a la compasión. Huérfano de madre a los 12 años y con un padre cocainómano que abandonó a la familia, Lamar, como tantos otros chicos de barrios humildes, encontró en el baloncesto una salida y un futuro mientras crecía al cuidado de su abuela Mildred, fallecida cuando el jugador contaba con 20 años y a la que sigue recordando en sus zapatillas. Ella le compraba sus primeras playeros de basket y fue su primera fan. Pero posiblemente el mayor puñetazo que la vida le haya propinado haya sido la muerte de su hijo Jayden, con tan sólo seis años de edad. Escuché en una ocasión a Francis Ford Coppola decir, tras la muerte de uno de sus hijos, que no había dolor en el mundo comparable a tal pérdida, algo tan dramático que ni siquiera podía encontrarse una palabra para quien sufriese tal estado. Al igual que usamos el vocablo "huérfano" para referirnos a quien pierde a sus progenitores, no existe alguna para calificar al padre o madre que ve partir a su hijo alterando el orden natural de las cosas, ese que dice que ningún padre debe sobrevivir a su hijo. Lo contrario sume al individuo en una constante pregunta, un "¿por qué?" infinito al que no logrará hallar respuesta aunque dolorosamente trate de acercarse a ello, como hizo Francisco Umbral en su obra maestra "Mortal y Rosa" tras pasar por la misma tesitura. No parece por tanto el caso de Odom el de un "viva la virgen" descerebrado e irredento, si no el de un alma tortuosa y torturada. Humano, demasiado humano, que decía Nietzsche. Sus aliados en aquellos Lakers que ganaron dos anillos, entre ellos nuestro Pau Gasol, hablan de un estupendo compañero que ejercía de "pegamento" en un vestuario plagado de estrellas y egos, pero como todo ángel, Lamar también tuvo su caída.    



Lamar no olvida a los que se fueron.


Vitoria es el punto de partida para un jugador que quiere rehabilitarse con el baloncesto y con la vida. En su mira futura vuelve a vislumbrar la NBA, esa competición en la que hace apenas un par de años aún era una estrella.Respecto a su juego, los buenos aficionados ya saben lo que pueden encontrarse con Lamar en la cancha. No esperen un jugador que anote 30 puntos por partido. Odom es un estajanovista que ofrece polivalencia y trabajo a ambos lados de la pista. Buen defensor y reboteador, sabe permanecer en un segundo plano y no necesita de excesivos focos ni tener asegurado un número de lanzamientos por partido. Algo así como un Carlos Jiménez exponencialmente aumentado. Veremos como encaja en un roster en el que sus habituales posiciones en el juego parecen bien cubiertas, especialmente por un "Chapu" Nocioni recordando su mejor nivel. Sea como sea estamos seguros que la experiencia de tenerle entre nosotros será para bien. Bienvenido Lamar, aquí empieza el resto de tu vida.    




A recuperar la sonrisa.

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