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sábado, 8 de julio de 2017

LA NBA MODERNA Y LA MEMORIA SELECTIVA





Los MVPs unidos jamás serán vencidos



¡Qué no pare la locura! Si el verano pasado Kevin Durant hacía tambalear los cimientos de la NBA con su decisión de enrolarse en Golden State Warriors para convertir a la actual plantilla de Oakland en posiblemente el mejor equipo de la historia conocida (vistas sus series de play offs, el debate es totalmente válido), este año la tendencia parece seguir en aumento. Los propios Warriors añaden a su arsenal a Nick Young, un tirador letal que promedia 18.3 puntos por partido en su carrera NBA y viene de lanzar por encima del 40% en triples en su último curso con los Lakers. Más dinamita para la fiesta ofensiva de Steve Kerr. Stephen Curry, para dejar constancia que sigue siendo el líder de los pistoleros más letales del Oeste, consigue el contrato más alto de la historia del baloncesto, con sus 200 millones a repartir en cinco años. Las cifras marean. ¿Y qué hacen los demás equipos ante esto? Intentan seguir la desorbitada estela de poner dólares encima de la mesa y juntar figuras a tutiplén, dando la sensación de que estemos asistiendo a una liga que, metáfora del mundo en el que vivimos, las desigualdades son cada vez más evidentes. Recurriendo al viejo axioma izquierdista, se podría decir que “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres” (pese a la presunta apariencia de “nuevos ricos” que puedan tener equipos como los nuevos Timberwolves de Jimmy Butler… o aquellos “experimentos” del estilo de los Brooklyn Nets de Mijail Projorov que fue un fiasco absoluto)  


Chris Paul se va a Houston para junto a James Harden formar el mejor perímetro de la NBA, Paul George en Oklahoma City intentará hacer olvidar a Durant, y junto al MVP y rey del triple-doble Russell Westbrook formar un dueto ambicioso para intentar plantar cara a los todopoderosos Warriors. Los Clippers, ante la salida de Paul, atan a su otra gran estrella, Blake Griffin, con un contratazo de escándalo de 35 millones de dólares al año, mientras confían en Europa para no perder comba con el italiano Gallinari y la llegada, por fin, de Milos Teodosic a la NBA (lo que va a provocar otro efecto dominó en la posición de base en los equipos de Euroliga que habrá que seguir atentamente) Los eternos Spurs se “conforman” con un Rudy Gay venido a menos, pero que sigue siendo un alero de totales garantías para junto a Leonard, Aldridge y Pau Gasol seguir siendo una de las perennes potencias del Oeste.   


¿Y en el Este? Las desigualdades parecen todavía mayores. Sólo Boston parece poder aspirar a derrocar el reinado de Cleveland en su conferencia. Y de qué manera. La contratación de Gordon Hayward, en una decisión que ha tenido en vilo a toda la liga y protagonizada por un jugador que curiosamente hace cinco años parodiaba “The Decision” de LeBron James en un video subido a las redes sociales, les convierte en uno de los equipos más poderosos de la liga. Pero la ambición de Danny Ainge no se detiene aquí y ahora su gran objetivo es Marc Gasol. Isaiah Thomas, Gordon Hayward, Al Horford y Marc Gasol juntos, el sueño de los actuales Celtics.  


Es la NBA de los “superequipos”, una liga que se vanagloriaba de que gracias a su tope salarial y el sistema de draft no se establecían grandes dinastías y un equipo que en un momento dado fuera de los peores de la competición en apenas 5 o 6 años podía convertirse en aspirante al título. Es difícil tener hoy día esa sensación, y lo cierto es que equipos como Brooklyn, Philadelphia, Detroit, Charlotte, Orlando, Sacramento, New Orleans o, quien iba a decirlo, Los Angeles Lakers, parecen hermanos muy muy pobres en la mejor liga del mundo. Pese a tener buenos jugadores y al menos una gran estrella en sus rosters, no pueden competir con las franquicias que han logrado aglutinar a varios jugadores all-star. Como aquellas “superbandas” del pasado, cuando Eric Burdon se juntaba con Steve Winwood, o cuando Bob Dylan, George Harrison, Tom Petty, Jeff Lyne y Roy Orbison se lo pasaban en grande tocando y grabando juntos. 


Todo esto tiene mosca a algunos aficionados, quienes dependiendo de sus particulares fobias buscan culpables en algunos jugadores. Hay quien habla de Durant y su marcha a Oakland, otros de LeBron, por dos veces culpable (primero en Miami con Wade y Bosh, luego en Cleveland con Irving y Love), echando la vista más atrás podríamos hacerlo con Ray Allen y Kevin Garnett uniéndose en Boston con Paul Pierce, o incluso con Gary Payton y Karl Malone buscando el anillo en los Lakers de Kobe y Shaquille. Cada uno de estos movimientos tiene sus matices, evidentemente, no es lo mismo irte a un equipo sin apenas bagaje que busca empezar de cero (cosa que hizo LeBron en su regreso a Cleveland, o incluso en Miami, franquicia que aunque había sido campeona sólo mantenía a Wade como vestigio del pasado exitoso) que a un equipo campeón, o hacerlo, en la recta final de tu carrera, como hicieron Payton y Malone y en menor medida Allen y Garnett que hacerlo en tu plenitud como deportista. En ese sentido, si se trata de hacer un juicio, no me cabe duda que nadie es más “culpable” que Durant, en el mejor momento de su vida deportiva uniéndose a una franquicia que llevaba dos años seguidos dominando el Oeste, que habían ganado el anillo un año antes, y que venían de dejar un registro para la historia con aquel 73-9 en “regular season”. 


El aficionado crítico con la NBA actual y nostálgico del pasado encuentra así otro argumento más para disparar al baloncesto profesional estadounidense. Pero como suele suceder en estos casos no hay nada nuevo bajo el sol, y sólo la memoria selectiva de dicho aficionado hace que olvide que, precisamente la década de los 80, curiosamente la más añorada por el aficionado que desprecia la NBA actual, fue la que mayor desigualdad produjo entre equipos, hablando además de una época en la que había menos equipos y por tanto menos jugadores, con lo cual la concentración de talentos en unas pocas franquicias era más cruenta para el resto de equipos. Se sigue añorando la rivalidad Celtics-Lakers de los 80 como ejemplo de buen baloncesto de aroma “old school” y despreciando la NBA actual, cuando la realidad es que precisamente esa rivalidad se sustentó en la creación de auténticos “superequipos” desde los despachos de ambas franquicias.  




Los Celtics de los 80, ingeniería Auerbach para ganar anillos.



Los “Orgullosos Verdes” de Boston, quienes habían dominado la NBA como nunca jamás se ha vuelto a ver en la historia durante toda la década de los 60 (excepto en 1967 ganaron el anillo todos los años de aquel decenio), resistían en unos años 70 (dos títulos, en el 74 y el 76) cuya segunda mitad de década parecía amenazar cierto declive (retiradas de Don Nelson y John Havliceck, el traspaso de Paul Silas) Había que acertar en el draft (Cedric Maxwell) y tirar de despachos. Así es como llegan nombres ilustres a la franquicia verde del calado de Bob McAdoo, Nate Archibald y Pete Maravich. En 1978 eligen en el número 6 del draft a Larry Bird, pese a que le quedaba un año universitario que cumplió, por lo que no pudieron contar con su mejor jugador de los 80 hasta un año después. Precisamente en 1980 escogían a Kevin McHale con el número 3, un verano en el que llegaría a Boston una de las grandes estrellas de la NBA como era Robert Parish, quien llevaba dos temporadas consecutivas promediando por encima de los 17 puntos y 10 rebotes por partido en Golden State Warriors. Por si fuera poco para reforzar el puesto de base en 1983 llegaba un jugador que había sido cuatro veces All-Star y MVP de unas finales, Dennis Johnson, y como guinda al pastel en 1986 nada menos que Bill Walton, campeón de la NBA con Portland en el 77, MVP de aquellas finales, y MVP de la NBA en 1978. Súmenle a todo eso estrellas como Cedric Maxwell y Nate Archibald (sigue siendo el único jugador en la historia que ha liderado en una misma temporada regular puntos y asistencias) Sólo Danny Ainge, un sorprendente segunda ronda de draft, no tenía vitola de estrella en el núcleo duro de aquellos Celtics de los 80 (vitola que con justicia acabaría adquiriendo, claro) En aquel 1986 ya no están Maxwell ni Archibald, pero con Bird, Johnson, McHale, Parish y Walton hablamos de cinco all-stars, tres MVPs de unas series finales, y dos MVPs de temporada regular. Nada que envidiar en cuanto a concentración de talento a los actuales Golden State Warriors. 


Su némesis por aquellos años, Los Angeles Lakers, no se quedaban atrás a la hora de coleccionar estrellas. Kareem Abdul-Jabbar, uno de los mejores pívots de la historia, ya llevaba tres años cuando se hacen con el número 1 del draft de 1979, el genial “Magic” Johnson. Tres años después se hacen con otro número 1, James Worthy. Al año siguiente consiguen vía trade a un jugador de segundo año que había sido número 4 en 1983, Byron Scott. Por aquellos años recordarán que ya andaba por allí otra estrella como Jamaal Wilkes, fichado en 1977 y Rookie of The Year dos años antes, además de campeón en Golden State Warriors. Los Lakers ganan nada menos que cinco títulos durante los 80, con rosters plagados de números 1 del draft y jugadores All-Star. ¿Les sigue pareciendo tan novedoso lo de los Cleveland o Golden State actuales?   



Es cierto que equipos posteriores como los Detroit Pistons o los Chicago Bulls no se forman con tanta espectacularidad desde los despachos, pero aun así necesitan movimientos claves para convertirse en campeones (el traspaso de Dantley por Aguirre, o el traspaso que lleva a Scottie Pippen a Chicago desde Seattle, donde no llega ni a jugar), y hay que recordar que incluso un jugador como Clyde Drexler no pudo ganar el anillo hasta que unió sus fuerzas con Hakeem Olajuwom en Houston a mediados de los 90.  



Y es que en realidad, como la historia misma de las desigualdades económicas en el mundo, de la riqueza y de la pobreza, la historia de las desigualdades de talento en las franquicias NBA es tan vieja como la misma humanidad.  





Clyde Drexler consiguió en Houston lo que no pudo en Portland




martes, 12 de julio de 2016

LA "DURANTULA" EN UN NUEVO ECOSISTEMA





Si no puedes con tu enemigo, únete a él.





El verano de 2016 está siendo realmente movido en la NBA. Se veía venir, con el incremento del tope salarial y la obligatoriedad de las franquicias de gastar al menos el 90% de dicho tope en contratos con sus jugadores. Mucho pastel para repartir y un suculento mercado de agentes libres con un nombre propio brillando por encima del resto: Kevin Durant.


El rumor una vez más ha sido antesala de la noticia, y el alero de interminables brazos  nacido en Washington, cansado de ver una y otra vez como sus Oklahoma City Thunder no terminan de dar el salto de calidad definitivo (a pesar de que en las últimas seis temporadas han jugado cuatro finales de conferencia, siendo en ese sentido el equipo del Oeste más fiable junto a San Antonio), ha hecho las maletas rumbo a Oakland. 54.3 millones de dólares por dos temporadas tienen la culpa (que le convierten en el jugador mejor pagado de la NBA… al menos hasta que conozcamos el nuevo contrato de LeBron James), pero sobre todo la posibilidad inmediata de luchar por el anillo en el equipo que alcanzó 73 victorias en liga regular por primera vez en la historia. Unir sus fuerzas a Stephen Curry, Klay Thompson, Draymond Green y Andre Igoudala convierte a los Warriors en los máximos favoritos para conseguir el próximo título. No hay un quinteto igual en toda la liga, con una calidad escandalosa además de una extraordinaria versatilidad. El presumible próximo quinteto titular de Steve Kerr (Curry, Thompson, Durant y Green son innegociables, y las salidas de Barnes, Bogut y Ezeli hacen pensar que Kerr definitivamente apostará por “Iggy” de inicio, renunciando al pívot puro, para pasmo de los ortodoxos… a menos que apueste por Pachulia como jugador de inicio) se anticipa indescifrable para los rivales, y la duda en todo caso se instala en la capacidad de Kerr y su equipo para adaptarse a tantos jugadores que hacen tantos tiros por partido.     


No sería la primera vez que un equipo diseñado para el éxito inmediato fracasa. Quizás el fiasco más extraordinario sea el de los Lakers de la temporada 2012-13. Después de que Mike Brown durase tan sólo cinco partidos (balance 1-4) y tras un breve remontar el vuelo con el interino Bernie Bickerstaff (otros cinco partidos con balance 4-1), Mike D’Antoni veía como ponían a su disposición un equipo de auténtico ensueño: Steve Nash, Kobe Bryant, Metta World Peace, Pau Gasol y Dwight Howard, y desde el banquillo jugadores de la calidad de Antwan Jamison o Jodie Meeks. Parecían destinados a arrasar, y máxime con el entrenador que había desarrollado un baloncesto de hermosa locura ofensiva en Phoenix Suns con la batuta de precisamente Steve Nash. Sin embargo los problemas con las lesiones, y sobre todo la falta de química entre las figuras, les llevó a verse luchando por las últimas plazas de play offs. Finalmente lograrían clasificarse séptimos (balance 45-37) para ser barridos por San Antonio Spurs en primera ronda. No fue tan escandaloso el fracaso de Los Angeles Lakers de la temporada 2003-04, pero el resultado final fue igualmente decepcionante. Gary Payton, Kobe Bryant, Devean George, Karl Malone y Shaquille O’Neal se vislumbraba como uno de los quintetos más estelares de toda la historia de la glamourosa franquicia californiana, apoyado por un banquillo con nombres ilustres como Dereck Fisher, Horace Grant, Rick Fox,  y jóvenes prometedores como Kareem Rush o el ucraniano Mevdevenko. Todo esto bajo la dirección del maestro Phil Jackson en el banquillo. Llamados a ganar el anillo, dominaron la división Pacific con un balance 56-26, la cuarta mejor marca del año. Su mejor versión se vería en los play offs, primero pasando por encima de Houston, y posteriormente eliminando a San Antonio y Minnesotta, franquicias que habían hecho mejor temporada regular que los angelinos. Parecían claros favoritos ante los Pistons de Larry Brown, pese a no contar con el lesionado Karl Malone. Pero Detroit fue un rodillo y sólo una victoria en la prórroga en el segundo partido evitó un humillante “sweep” (barrido) Incluso los Heat de LeBron, Wade y Bosh no vivieron la gloria inmediata, perdiendo sus primeras finales contra pronóstico contra Dallas Mavericks, si bien se resarcirían, y de qué forma, ganando los dos siguientes campeonatos de manera consecutiva. El regreso de LeBron a Cleveland tampoco supuso el anillo el primer año, pese a estar secundado por Irving y Love (si bien es cierto que ausentes en las finales, con excepción de Irving en el primer partido), aunque la constancia les ha hecho llevar el primer título de la historia para su franquicia. Golden State se convierten en claros favoritos al anillo de 2017, pero afortunadamente será la cancha la que dicte justicia.      



¿El mejor quinteto de la historia?



Hay que tener en cuenta que una de las claves de estos maravillosos Warriors de Steve Kerr ha sido la química. No ha sido difícil, teniendo en cuenta que ningún jugador de este equipo llegó a la NBA con la etiqueta de “next big thing”, ni siquiera Curry, número 7 del draft. Incluso Draymond Green es un segunda ronda. No ha tenido por tanto que lidiar Kerr con los egos descomunales de jugadores que ya son estrellas desde la universidad (o incluso desde el instituto) Pero Durant es un caso distinto. Un jugador acostumbrado a ser el foco de atención mediático allí donde ha jugado, y que no fue número 1 del draft simplemente por la obsesión (cada vez menos plausible, en vista de los dudosos resultados) de las franquicias en encontrar ese pívot dominante, piedra filosofal baloncestística que en 2007 tenía el nombre de Greg Oden, jugador de cristal que tras constantes idas y venidas de las canchas finalmente se dedica a cultivar su fortuna personal en el baloncesto chino. Los fantasmas de 1984, cuando dejaron pasar la oportunidad de hacerse con Michael Jordan por preferir a Sam Bowie (otra vez la obsesión por los pívots), volvieron a aflorar en Portland. El jugador a elegir era Durant (MVP de la temporada en 2014 y cuatro veces máximo anotador de la liga), no Oden. 


En un juego tan completo como el baloncesto y en el que la importancia de tan distintas facetas hace que hayan llegado a ser estrellas jugadores tan radicalmente opuestos en su juego como pueden ser Allen Iverson y Dennis Rodman, por poner dos ejemplos, sigue siendo la anotación la estadística más propicia para alimentar el ego de los jugadores. Y es que el aficionado por lo general sigue fijándose más en el hombre que mete la pelota en el aro que en el defensor superlativo, el taponador estratosférico, el fajador de los tableros o en el director imaginativo. Kerr en ese sentido tiene que saber manejar la convivencia entre dos jugadores que han sido máximos anotadores de la liga, como son Curry y Durant. Dos tipos que suman entre ambos 39.4 tiros de campo por partido en la pasada temporada regular. A todo esto… ¿podrá seguir teniendo Klay Thompson sus 17 lanzamientos por partido? Hablamos ya de 56 tiros entre tres jugadores. El pasado curso los Warriors lanzaron 87.3 veces por partido. De modo que quedarían unos 30 tiros a repartir entre todo el resto del roster. Migajas. 


Eso, o aumentar todavía más el ritmo de juego y subir la apuesta por la locura ofensiva, para disfrute del espectador. Marcin Gortat, el pívot de los Washington Wizards, ha afirmado en redes sociales medio en broma que estos Warriors pueden ser capaces de llegar a los 200 puntos en un partido. Si Kerr es capaz de aumentar el número de posesiones por partido (un pase menos, dos segundos menos de posesión… y sobre todo, mayor defensa, mayor presión para recuperar más balones), podemos asistir definitivamente a la mayor maquinaria ofensiva que jamás haya visto el baloncesto moderno, pero para eso no deben perder sus señas de identidad, una de ellas es la vertiginosa circulación de balón (algo en lo que no debería tener problema en encajar Durant) Por tanto sobre el papel no pinta nada mal. Pero no todo puede ser tan positivo. El precio de tener el quinteto titular más demoledor que se pueda recordar en décadas en la NBA, hace pagar el precio de debilitar el que era uno de los banquillos más resolutivos de la liga. 


Y es que de una segunda unidad como la que manejaba Kerr la pasada temporada, compuesta por Livinsgton-Barbosa-Rush-Igoudala-Ezeli-Speights, reforzada en invierno con la llegada de Anderon Varejao, pasamos a un previsible banquillo integrado por Shaun Livingston como sexto hombre y veteranos como David West o Zaza Pachulia, a la espera de lo que puedan aportar jóvenes como Ian Clark, McAdoo, Looney y los rookies (entre los que habría que incluir a Looney, lesionado todo el pasado curso) Damian Jones y Patrik McCaw. Barnes, Speights, Ezeli, Rush y Barbosa salen del equipo, y no está claro el futuro de Varejao. Demasiados cambios en una plantilla que funcionaba, y para la que suenan más veteranos como David Lee o Ray Allen. Una rotación menos larga y fuerte y con muchos años en las piernas de sus jugadores, recordando demasiado a los Heat de la era LeBron o incluso a los recientes Cavs con casos como los de Shawn Marion (anecdótico la pasada temporada) o Mo Williams, cada vez aportando menos. Más calidad pero concentrada en menos jugadores, precisamente un reproche que se le ha hecho habitualmente a LeBron James. 


En ese sentido es flagrante la diferencia de criterio con el que las redes sociales han acogido la noticia del fichaje de Durant por Golden State respecto a cualquier decisión de LeBron para asaltar el título. Memes cachondeándose de LeBron, Irving y Love, al parecer muertos de miedo ante los nuevos Warriors, una animación del próximo NBA 2K17 que muestra a los jugadores de Oakland agigantados de tamaño contra unos pequeños Cavaliers, o chistes gráficos en los que Steve Kerr aguarda la llegada de veteranos en busca de un anillo, incluso jugadores ya retirados como Iverson, Barkley o Karl Malone. Todo muy simpático, nada que ver con el odio demostrado hacia LeBron cuando se reunió en Miami con sus amigos Wade y Bosh. Cosas del submundo “hater”.  




La vida sigue igual, palos a LeBron y respeto para sus rivales.



Tampoco compartimos las críticas hacia Durant (igual que no compartimos en su día las que hubo hacia LeBron) de algunos jugadores legendarios o de muchos aficionados, desvirtuando el valor del alero en comparación con los “Magic”, Bird o Jordan que dominaron la NBA hace unas décadas. Nos parece un argumento muy demagógico, porque para empezar hay que entender que la NBA ha cambiado mucho, y no es comparable una liga con 23 equipos, como la que se encontraron estos jugadores, que la actual con 30. A menos equipos, la concentración de calidad en los equipos dominadores era más evidente. Por otro lado es cierto que estos jugadores no necesitaron cambiar de equipos para ganar títulos, porque los movimientos en los despachos de sus franquicias consiguieron crear auténticas constelaciones de estrellas. Hay que recordar que los Lakers 80’s del showtime llegaron a juntar a tres números uno del draft (“Magic”, Worthy y Abdul-Jabbar), y un número cuatro como Byron Scott. Tres números uno del draft y un número cuatro en un quinteto titular no ha vuelto a verse en ningún equipo desde entonces. ¿Qué necesidad tenía “Magic” de cambiar de equipo? El caso de Bird no es tan descarado, pero hay que recordar que al “pájaro” le rodean de uno de los mejores pívots del momento, un Robert Parrish que deslumbraba en Golden State, junto a Kevin McHale, número tres de su draft, en un gran movimiento en los despachos de Red Auerbach en 1980. El laureado entrenador y directivo de los Celtics pondría la guinda cuando en 1983 se hacía con los servicios de nada menos que Dennis Johnson, quien había llevado a los Seattle Supersonics a ganar el campeonato de 1979 en el que había sido MVP de las finales. ¿Necesitaba Bird irse a otro equipo cuando le habían conseguido a dos de los mejores jugadores de la liga en sus posiciones (Johnson y Parrish) y otra estrella universitaria como McHale? Si le concedería en todo caso más mérito a Michael Jordan, quien sólo tenía a Pippen como jugador que hubiera podido considerarse “jugador franquicia” en otro equipo, pero también es cierto que siempre estuvo rodeado de grandísimos jugadores, la mayoría de ellos creciendo a partir del draft. Y éste es, en definitiva, el gran cambio que experimenta Golden State con la llegada de Durant, desterrando la filosofía de equipo ganador creado a partir del draft, que si le hacía emparentarse con míticas franquicias de los 80 o primeros 90.  



A veces es peligroso cambiar un animal de ecosistema, ya que puede romper el equilibrio natural entre planta, animales y demás componentes. El tiempo dirá si la adaptación de la “Durantula” al ecosistema Warrior, en el que todos eran felices aceptando unos roles ya perfectamente definidos en dos temporadas de auténtico ensueño, traerá beneficios a Oakland o por el contrario alterará el que parecía el ecosistema más envidiable de todo el planeta NBA.   



Bird y sus soldados







LA "DURANTULA" EN UN NUEVO ECOSISTEMA





Si no puedes con tu enemigo, únete a él.





El verano de 2016 está siendo realmente movido en la NBA. Se veía venir, con el incremento del tope salarial y la obligatoriedad de las franquicias de gastar al menos el 90% de dicho tope en contratos con sus jugadores. Mucho pastel para repartir y un suculento mercado de agentes libres con un nombre propio brillando por encima del resto: Kevin Durant.


El rumor una vez más ha sido antesala de la noticia, y el alero de interminables brazos  nacido en Washington, cansado de ver una y otra vez como sus Oklahoma City Thunder no terminan de dar el salto de calidad definitivo (a pesar de que en las últimas seis temporadas han jugado cuatro finales de conferencia, siendo en ese sentido el equipo del Oeste más fiable junto a San Antonio), ha hecho las maletas rumbo a Oakland. 54.3 millones de dólares por dos temporadas tienen la culpa (que le convierten en el jugador mejor pagado de la NBA… al menos hasta que conozcamos el nuevo contrato de LeBron James), pero sobre todo la posibilidad inmediata de luchar por el anillo en el equipo que alcanzó 73 victorias en liga regular por primera vez en la historia. Unir sus fuerzas a Stephen Curry, Klay Thompson, Draymond Green y Andre Igoudala convierte a los Warriors en los máximos favoritos para conseguir el próximo título. No hay un quinteto igual en toda la liga, con una calidad escandalosa además de una extraordinaria versatilidad. El presumible próximo quinteto titular de Steve Kerr (Curry, Thompson, Durant y Green son innegociables, y las salidas de Barnes, Bogut y Ezeli hacen pensar que Kerr definitivamente apostará por “Iggy” de inicio, renunciando al pívot puro, para pasmo de los ortodoxos… a menos que apueste por Pachulia como jugador de inicio) se anticipa indescifrable para los rivales, y la duda en todo caso se instala en la capacidad de Kerr y su equipo para adaptarse a tantos jugadores que hacen tantos tiros por partido.     


No sería la primera vez que un equipo diseñado para el éxito inmediato fracasa. Quizás el fiasco más extraordinario sea el de los Lakers de la temporada 2012-13. Después de que Mike Brown durase tan sólo cinco partidos (balance 1-4) y tras un breve remontar el vuelo con el interino Bernie Bickerstaff (otros cinco partidos con balance 4-1), Mike D’Antoni veía como ponían a su disposición un equipo de auténtico ensueño: Steve Nash, Kobe Bryant, Metta World Peace, Pau Gasol y Dwight Howard, y desde el banquillo jugadores de la calidad de Antwan Jamison o Jodie Meeks. Parecían destinados a arrasar, y máxime con el entrenador que había desarrollado un baloncesto de hermosa locura ofensiva en Phoenix Suns con la batuta de precisamente Steve Nash. Sin embargo los problemas con las lesiones, y sobre todo la falta de química entre las figuras, les llevó a verse luchando por las últimas plazas de play offs. Finalmente lograrían clasificarse séptimos (balance 45-37) para ser barridos por San Antonio Spurs en primera ronda. No fue tan escandaloso el fracaso de Los Angeles Lakers de la temporada 2003-04, pero el resultado final fue igualmente decepcionante. Gary Payton, Kobe Bryant, Devean George, Karl Malone y Shaquille O’Neal se vislumbraba como uno de los quintetos más estelares de toda la historia de la glamourosa franquicia californiana, apoyado por un banquillo con nombres ilustres como Dereck Fisher, Horace Grant, Rick Fox,  y jóvenes prometedores como Kareem Rush o el ucraniano Mevdevenko. Todo esto bajo la dirección del maestro Phil Jackson en el banquillo. Llamados a ganar el anillo, dominaron la división Pacific con un balance 56-26, la cuarta mejor marca del año. Su mejor versión se vería en los play offs, primero pasando por encima de Houston, y posteriormente eliminando a San Antonio y Minnesotta, franquicias que habían hecho mejor temporada regular que los angelinos. Parecían claros favoritos ante los Pistons de Larry Brown, pese a no contar con el lesionado Karl Malone. Pero Detroit fue un rodillo y sólo una victoria en la prórroga en el segundo partido evitó un humillante “sweep” (barrido) Incluso los Heat de LeBron, Wade y Bosh no vivieron la gloria inmediata, perdiendo sus primeras finales contra pronóstico contra Dallas Mavericks, si bien se resarcirían, y de qué forma, ganando los dos siguientes campeonatos de manera consecutiva. El regreso de LeBron a Cleveland tampoco supuso el anillo el primer año, pese a estar secundado por Irving y Love (si bien es cierto que ausentes en las finales, con excepción de Irving en el primer partido), aunque la constancia les ha hecho llevar el primer título de la historia para su franquicia. Golden State se convierten en claros favoritos al anillo de 2017, pero afortunadamente será la cancha la que dicte justicia.      



¿El mejor quinteto de la historia?



Hay que tener en cuenta que una de las claves de estos maravillosos Warriors de Steve Kerr ha sido la química. No ha sido difícil, teniendo en cuenta que ningún jugador de este equipo llegó a la NBA con la etiqueta de “next big thing”, ni siquiera Curry, número 7 del draft. Incluso Draymond Green es un segunda ronda. No ha tenido por tanto que lidiar Kerr con los egos descomunales de jugadores que ya son estrellas desde la universidad (o incluso desde el instituto) Pero Durant es un caso distinto. Un jugador acostumbrado a ser el foco de atención mediático allí donde ha jugado, y que no fue número 1 del draft simplemente por la obsesión (cada vez menos plausible, en vista de los dudosos resultados) de las franquicias en encontrar ese pívot dominante, piedra filosofal baloncestística que en 2007 tenía el nombre de Greg Oden, jugador de cristal que tras constantes idas y venidas de las canchas finalmente se dedica a cultivar su fortuna personal en el baloncesto chino. Los fantasmas de 1984, cuando dejaron pasar la oportunidad de hacerse con Michael Jordan por preferir a Sam Bowie (otra vez la obsesión por los pívots), volvieron a aflorar en Portland. El jugador a elegir era Durant (MVP de la temporada en 2014 y cuatro veces máximo anotador de la liga), no Oden. 


En un juego tan completo como el baloncesto y en el que la importancia de tan distintas facetas hace que hayan llegado a ser estrellas jugadores tan radicalmente opuestos en su juego como pueden ser Allen Iverson y Dennis Rodman, por poner dos ejemplos, sigue siendo la anotación la estadística más propicia para alimentar el ego de los jugadores. Y es que el aficionado por lo general sigue fijándose más en el hombre que mete la pelota en el aro que en el defensor superlativo, el taponador estratosférico, el fajador de los tableros o en el director imaginativo. Kerr en ese sentido tiene que saber manejar la convivencia entre dos jugadores que han sido máximos anotadores de la liga, como son Curry y Durant. Dos tipos que suman entre ambos 39.4 tiros de campo por partido en la pasada temporada regular. A todo esto… ¿podrá seguir teniendo Klay Thompson sus 17 lanzamientos por partido? Hablamos ya de 56 tiros entre tres jugadores. El pasado curso los Warriors lanzaron 87.3 veces por partido. De modo que quedarían unos 30 tiros a repartir entre todo el resto del roster. Migajas. 


Eso, o aumentar todavía más el ritmo de juego y subir la apuesta por la locura ofensiva, para disfrute del espectador. Marcin Gortat, el pívot de los Washington Wizards, ha afirmado en redes sociales medio en broma que estos Warriors pueden ser capaces de llegar a los 200 puntos en un partido. Si Kerr es capaz de aumentar el número de posesiones por partido (un pase menos, dos segundos menos de posesión… y sobre todo, mayor defensa, mayor presión para recuperar más balones), podemos asistir definitivamente a la mayor maquinaria ofensiva que jamás haya visto el baloncesto moderno, pero para eso no deben perder sus señas de identidad, una de ellas es la vertiginosa circulación de balón (algo en lo que no debería tener problema en encajar Durant) Por tanto sobre el papel no pinta nada mal. Pero no todo puede ser tan positivo. El precio de tener el quinteto titular más demoledor que se pueda recordar en décadas en la NBA, hace pagar el precio de debilitar el que era uno de los banquillos más resolutivos de la liga. 


Y es que de una segunda unidad como la que manejaba Kerr la pasada temporada, compuesta por Livinsgton-Barbosa-Rush-Igoudala-Ezeli-Speights, reforzada en invierno con la llegada de Anderon Varejao, pasamos a un previsible banquillo integrado por Shaun Livingston como sexto hombre y veteranos como David West o Zaza Pachulia, a la espera de lo que puedan aportar jóvenes como Ian Clark, McAdoo, Looney y los rookies (entre los que habría que incluir a Looney, lesionado todo el pasado curso) Damian Jones y Patrik McCaw. Barnes, Speights, Ezeli, Rush y Barbosa salen del equipo, y no está claro el futuro de Varejao. Demasiados cambios en una plantilla que funcionaba, y para la que suenan más veteranos como David Lee o Ray Allen. Una rotación menos larga y fuerte y con muchos años en las piernas de sus jugadores, recordando demasiado a los Heat de la era LeBron o incluso a los recientes Cavs con casos como los de Shawn Marion (anecdótico la pasada temporada) o Mo Williams, cada vez aportando menos. Más calidad pero concentrada en menos jugadores, precisamente un reproche que se le ha hecho habitualmente a LeBron James. 


En ese sentido es flagrante la diferencia de criterio con el que las redes sociales han acogido la noticia del fichaje de Durant por Golden State respecto a cualquier decisión de LeBron para asaltar el título. Memes cachondeándose de LeBron, Irving y Love, al parecer muertos de miedo ante los nuevos Warriors, una animación del próximo NBA 2K17 que muestra a los jugadores de Oakland agigantados de tamaño contra unos pequeños Cavaliers, o chistes gráficos en los que Steve Kerr aguarda la llegada de veteranos en busca de un anillo, incluso jugadores ya retirados como Iverson, Barkley o Karl Malone. Todo muy simpático, nada que ver con el odio demostrado hacia LeBron cuando se reunió en Miami con sus amigos Wade y Bosh. Cosas del submundo “hater”.  




La vida sigue igual, palos a LeBron y respeto para sus rivales.



Tampoco compartimos las críticas hacia Durant (igual que no compartimos en su día las que hubo hacia LeBron) de algunos jugadores legendarios o de muchos aficionados, desvirtuando el valor del alero en comparación con los “Magic”, Bird o Jordan que dominaron la NBA hace unas décadas. Nos parece un argumento muy demagógico, porque para empezar hay que entender que la NBA ha cambiado mucho, y no es comparable una liga con 23 equipos, como la que se encontraron estos jugadores, que la actual con 30. A menos equipos, la concentración de calidad en los equipos dominadores era más evidente. Por otro lado es cierto que estos jugadores no necesitaron cambiar de equipos para ganar títulos, porque los movimientos en los despachos de sus franquicias consiguieron crear auténticas constelaciones de estrellas. Hay que recordar que los Lakers 80’s del showtime llegaron a juntar a tres números uno del draft (“Magic”, Worthy y Abdul-Jabbar), y un número cuatro como Byron Scott. Tres números uno del draft y un número cuatro en un quinteto titular no ha vuelto a verse en ningún equipo desde entonces. ¿Qué necesidad tenía “Magic” de cambiar de equipo? El caso de Bird no es tan descarado, pero hay que recordar que al “pájaro” le rodean de uno de los mejores pívots del momento, un Robert Parrish que deslumbraba en Golden State, junto a Kevin McHale, número tres de su draft, en un gran movimiento en los despachos de Red Auerbach en 1980. El laureado entrenador y directivo de los Celtics pondría la guinda cuando en 1983 se hacía con los servicios de nada menos que Dennis Johnson, quien había llevado a los Seattle Supersonics a ganar el campeonato de 1979 en el que había sido MVP de las finales. ¿Necesitaba Bird irse a otro equipo cuando le habían conseguido a dos de los mejores jugadores de la liga en sus posiciones (Johnson y Parrish) y otra estrella universitaria como McHale? Si le concedería en todo caso más mérito a Michael Jordan, quien sólo tenía a Pippen como jugador que hubiera podido considerarse “jugador franquicia” en otro equipo, pero también es cierto que siempre estuvo rodeado de grandísimos jugadores, la mayoría de ellos creciendo a partir del draft. Y éste es, en definitiva, el gran cambio que experimenta Golden State con la llegada de Durant, desterrando la filosofía de equipo ganador creado a partir del draft, que si le hacía emparentarse con míticas franquicias de los 80 o primeros 90.  



A veces es peligroso cambiar un animal de ecosistema, ya que puede romper el equilibrio natural entre planta, animales y demás componentes. El tiempo dirá si la adaptación de la “Durantula” al ecosistema Warrior, en el que todos eran felices aceptando unos roles ya perfectamente definidos en dos temporadas de auténtico ensueño, traerá beneficios a Oakland o por el contrario alterará el que parecía el ecosistema más envidiable de todo el planeta NBA.   



Bird y sus soldados







LA "DURANTULA" EN UN NUEVO ECOSISTEMA





Si no puedes con tu enemigo, únete a él.





El verano de 2016 está siendo realmente movido en la NBA. Se veía venir, con el incremento del tope salarial y la obligatoriedad de las franquicias de gastar al menos el 90% de dicho tope en contratos con sus jugadores. Mucho pastel para repartir y un suculento mercado de agentes libres con un nombre propio brillando por encima del resto: Kevin Durant.


El rumor una vez más ha sido antesala de la noticia, y el alero de interminables brazos  nacido en Washington, cansado de ver una y otra vez como sus Oklahoma City Thunder no terminan de dar el salto de calidad definitivo (a pesar de que en las últimas seis temporadas han jugado cuatro finales de conferencia, siendo en ese sentido el equipo del Oeste más fiable junto a San Antonio), ha hecho las maletas rumbo a Oakland. 54.3 millones de dólares por dos temporadas tienen la culpa (que le convierten en el jugador mejor pagado de la NBA… al menos hasta que conozcamos el nuevo contrato de LeBron James), pero sobre todo la posibilidad inmediata de luchar por el anillo en el equipo que alcanzó 73 victorias en liga regular por primera vez en la historia. Unir sus fuerzas a Stephen Curry, Klay Thompson, Draymond Green y Andre Igoudala convierte a los Warriors en los máximos favoritos para conseguir el próximo título. No hay un quinteto igual en toda la liga, con una calidad escandalosa además de una extraordinaria versatilidad. El presumible próximo quinteto titular de Steve Kerr (Curry, Thompson, Durant y Green son innegociables, y las salidas de Barnes, Bogut y Ezeli hacen pensar que Kerr definitivamente apostará por “Iggy” de inicio, renunciando al pívot puro, para pasmo de los ortodoxos… a menos que apueste por Pachulia como jugador de inicio) se anticipa indescifrable para los rivales, y la duda en todo caso se instala en la capacidad de Kerr y su equipo para adaptarse a tantos jugadores que hacen tantos tiros por partido.     


No sería la primera vez que un equipo diseñado para el éxito inmediato fracasa. Quizás el fiasco más extraordinario sea el de los Lakers de la temporada 2012-13. Después de que Mike Brown durase tan sólo cinco partidos (balance 1-4) y tras un breve remontar el vuelo con el interino Bernie Bickerstaff (otros cinco partidos con balance 4-1), Mike D’Antoni veía como ponían a su disposición un equipo de auténtico ensueño: Steve Nash, Kobe Bryant, Metta World Peace, Pau Gasol y Dwight Howard, y desde el banquillo jugadores de la calidad de Antwan Jamison o Jodie Meeks. Parecían destinados a arrasar, y máxime con el entrenador que había desarrollado un baloncesto de hermosa locura ofensiva en Phoenix Suns con la batuta de precisamente Steve Nash. Sin embargo los problemas con las lesiones, y sobre todo la falta de química entre las figuras, les llevó a verse luchando por las últimas plazas de play offs. Finalmente lograrían clasificarse séptimos (balance 45-37) para ser barridos por San Antonio Spurs en primera ronda. No fue tan escandaloso el fracaso de Los Angeles Lakers de la temporada 2003-04, pero el resultado final fue igualmente decepcionante. Gary Payton, Kobe Bryant, Devean George, Karl Malone y Shaquille O’Neal se vislumbraba como uno de los quintetos más estelares de toda la historia de la glamourosa franquicia californiana, apoyado por un banquillo con nombres ilustres como Dereck Fisher, Horace Grant, Rick Fox,  y jóvenes prometedores como Kareem Rush o el ucraniano Mevdevenko. Todo esto bajo la dirección del maestro Phil Jackson en el banquillo. Llamados a ganar el anillo, dominaron la división Pacific con un balance 56-26, la cuarta mejor marca del año. Su mejor versión se vería en los play offs, primero pasando por encima de Houston, y posteriormente eliminando a San Antonio y Minnesotta, franquicias que habían hecho mejor temporada regular que los angelinos. Parecían claros favoritos ante los Pistons de Larry Brown, pese a no contar con el lesionado Karl Malone. Pero Detroit fue un rodillo y sólo una victoria en la prórroga en el segundo partido evitó un humillante “sweep” (barrido) Incluso los Heat de LeBron, Wade y Bosh no vivieron la gloria inmediata, perdiendo sus primeras finales contra pronóstico contra Dallas Mavericks, si bien se resarcirían, y de qué forma, ganando los dos siguientes campeonatos de manera consecutiva. El regreso de LeBron a Cleveland tampoco supuso el anillo el primer año, pese a estar secundado por Irving y Love (si bien es cierto que ausentes en las finales, con excepción de Irving en el primer partido), aunque la constancia les ha hecho llevar el primer título de la historia para su franquicia. Golden State se convierten en claros favoritos al anillo de 2017, pero afortunadamente será la cancha la que dicte justicia.      



¿El mejor quinteto de la historia?



Hay que tener en cuenta que una de las claves de estos maravillosos Warriors de Steve Kerr ha sido la química. No ha sido difícil, teniendo en cuenta que ningún jugador de este equipo llegó a la NBA con la etiqueta de “next big thing”, ni siquiera Curry, número 7 del draft. Incluso Draymond Green es un segunda ronda. No ha tenido por tanto que lidiar Kerr con los egos descomunales de jugadores que ya son estrellas desde la universidad (o incluso desde el instituto) Pero Durant es un caso distinto. Un jugador acostumbrado a ser el foco de atención mediático allí donde ha jugado, y que no fue número 1 del draft simplemente por la obsesión (cada vez menos plausible, en vista de los dudosos resultados) de las franquicias en encontrar ese pívot dominante, piedra filosofal baloncestística que en 2007 tenía el nombre de Greg Oden, jugador de cristal que tras constantes idas y venidas de las canchas finalmente se dedica a cultivar su fortuna personal en el baloncesto chino. Los fantasmas de 1984, cuando dejaron pasar la oportunidad de hacerse con Michael Jordan por preferir a Sam Bowie (otra vez la obsesión por los pívots), volvieron a aflorar en Portland. El jugador a elegir era Durant (MVP de la temporada en 2014 y cuatro veces máximo anotador de la liga), no Oden. 


En un juego tan completo como el baloncesto y en el que la importancia de tan distintas facetas hace que hayan llegado a ser estrellas jugadores tan radicalmente opuestos en su juego como pueden ser Allen Iverson y Dennis Rodman, por poner dos ejemplos, sigue siendo la anotación la estadística más propicia para alimentar el ego de los jugadores. Y es que el aficionado por lo general sigue fijándose más en el hombre que mete la pelota en el aro que en el defensor superlativo, el taponador estratosférico, el fajador de los tableros o en el director imaginativo. Kerr en ese sentido tiene que saber manejar la convivencia entre dos jugadores que han sido máximos anotadores de la liga, como son Curry y Durant. Dos tipos que suman entre ambos 39.4 tiros de campo por partido en la pasada temporada regular. A todo esto… ¿podrá seguir teniendo Klay Thompson sus 17 lanzamientos por partido? Hablamos ya de 56 tiros entre tres jugadores. El pasado curso los Warriors lanzaron 87.3 veces por partido. De modo que quedarían unos 30 tiros a repartir entre todo el resto del roster. Migajas. 


Eso, o aumentar todavía más el ritmo de juego y subir la apuesta por la locura ofensiva, para disfrute del espectador. Marcin Gortat, el pívot de los Washington Wizards, ha afirmado en redes sociales medio en broma que estos Warriors pueden ser capaces de llegar a los 200 puntos en un partido. Si Kerr es capaz de aumentar el número de posesiones por partido (un pase menos, dos segundos menos de posesión… y sobre todo, mayor defensa, mayor presión para recuperar más balones), podemos asistir definitivamente a la mayor maquinaria ofensiva que jamás haya visto el baloncesto moderno, pero para eso no deben perder sus señas de identidad, una de ellas es la vertiginosa circulación de balón (algo en lo que no debería tener problema en encajar Durant) Por tanto sobre el papel no pinta nada mal. Pero no todo puede ser tan positivo. El precio de tener el quinteto titular más demoledor que se pueda recordar en décadas en la NBA, hace pagar el precio de debilitar el que era uno de los banquillos más resolutivos de la liga. 


Y es que de una segunda unidad como la que manejaba Kerr la pasada temporada, compuesta por Livinsgton-Barbosa-Rush-Igoudala-Ezeli-Speights, reforzada en invierno con la llegada de Anderon Varejao, pasamos a un previsible banquillo integrado por Shaun Livingston como sexto hombre y veteranos como David West o Zaza Pachulia, a la espera de lo que puedan aportar jóvenes como Ian Clark, McAdoo, Looney y los rookies (entre los que habría que incluir a Looney, lesionado todo el pasado curso) Damian Jones y Patrik McCaw. Barnes, Speights, Ezeli, Rush y Barbosa salen del equipo, y no está claro el futuro de Varejao. Demasiados cambios en una plantilla que funcionaba, y para la que suenan más veteranos como David Lee o Ray Allen. Una rotación menos larga y fuerte y con muchos años en las piernas de sus jugadores, recordando demasiado a los Heat de la era LeBron o incluso a los recientes Cavs con casos como los de Shawn Marion (anecdótico la pasada temporada) o Mo Williams, cada vez aportando menos. Más calidad pero concentrada en menos jugadores, precisamente un reproche que se le ha hecho habitualmente a LeBron James. 


En ese sentido es flagrante la diferencia de criterio con el que las redes sociales han acogido la noticia del fichaje de Durant por Golden State respecto a cualquier decisión de LeBron para asaltar el título. Memes cachondeándose de LeBron, Irving y Love, al parecer muertos de miedo ante los nuevos Warriors, una animación del próximo NBA 2K17 que muestra a los jugadores de Oakland agigantados de tamaño contra unos pequeños Cavaliers, o chistes gráficos en los que Steve Kerr aguarda la llegada de veteranos en busca de un anillo, incluso jugadores ya retirados como Iverson, Barkley o Karl Malone. Todo muy simpático, nada que ver con el odio demostrado hacia LeBron cuando se reunió en Miami con sus amigos Wade y Bosh. Cosas del submundo “hater”.  




La vida sigue igual, palos a LeBron y respeto para sus rivales.



Tampoco compartimos las críticas hacia Durant (igual que no compartimos en su día las que hubo hacia LeBron) de algunos jugadores legendarios o de muchos aficionados, desvirtuando el valor del alero en comparación con los “Magic”, Bird o Jordan que dominaron la NBA hace unas décadas. Nos parece un argumento muy demagógico, porque para empezar hay que entender que la NBA ha cambiado mucho, y no es comparable una liga con 23 equipos, como la que se encontraron estos jugadores, que la actual con 30. A menos equipos, la concentración de calidad en los equipos dominadores era más evidente. Por otro lado es cierto que estos jugadores no necesitaron cambiar de equipos para ganar títulos, porque los movimientos en los despachos de sus franquicias consiguieron crear auténticas constelaciones de estrellas. Hay que recordar que los Lakers 80’s del showtime llegaron a juntar a tres números uno del draft (“Magic”, Worthy y Abdul-Jabbar), y un número cuatro como Byron Scott. Tres números uno del draft y un número cuatro en un quinteto titular no ha vuelto a verse en ningún equipo desde entonces. ¿Qué necesidad tenía “Magic” de cambiar de equipo? El caso de Bird no es tan descarado, pero hay que recordar que al “pájaro” le rodean de uno de los mejores pívots del momento, un Robert Parrish que deslumbraba en Golden State, junto a Kevin McHale, número tres de su draft, en un gran movimiento en los despachos de Red Auerbach en 1980. El laureado entrenador y directivo de los Celtics pondría la guinda cuando en 1983 se hacía con los servicios de nada menos que Dennis Johnson, quien había llevado a los Seattle Supersonics a ganar el campeonato de 1979 en el que había sido MVP de las finales. ¿Necesitaba Bird irse a otro equipo cuando le habían conseguido a dos de los mejores jugadores de la liga en sus posiciones (Johnson y Parrish) y otra estrella universitaria como McHale? Si le concedería en todo caso más mérito a Michael Jordan, quien sólo tenía a Pippen como jugador que hubiera podido considerarse “jugador franquicia” en otro equipo, pero también es cierto que siempre estuvo rodeado de grandísimos jugadores, la mayoría de ellos creciendo a partir del draft. Y éste es, en definitiva, el gran cambio que experimenta Golden State con la llegada de Durant, desterrando la filosofía de equipo ganador creado a partir del draft, que si le hacía emparentarse con míticas franquicias de los 80 o primeros 90.  



A veces es peligroso cambiar un animal de ecosistema, ya que puede romper el equilibrio natural entre planta, animales y demás componentes. El tiempo dirá si la adaptación de la “Durantula” al ecosistema Warrior, en el que todos eran felices aceptando unos roles ya perfectamente definidos en dos temporadas de auténtico ensueño, traerá beneficios a Oakland o por el contrario alterará el que parecía el ecosistema más envidiable de todo el planeta NBA.   



Bird y sus soldados







lunes, 4 de agosto de 2014

PAUL GEORGE, CUATRO VECES TE LLORÉ



Paul George, sacado de la cancha en camilla tras romperse tibia y peroné.


Nunca nos gusta tener que dar este tipo de noticias. La rotura, el quebrado en la línea ascendente y progresión de uno de los mejores jugadores del mundo, quien con 24 años y después de haber realizado la mejor de sus cuatro campañas en la NBA se ve obligado a permanecer fuera de las canchas durante un tiempo que puede llegar incluso al año, tras su fractura de tibia y peroné al intentar taponar a James Harden en una transición defensiva en un amistoso de preparación para el Mundial disputado en Las Vegas. Una jugada que personalmente nos ha hecho recordar a la lesión sufrida por Jorge Garbajosa en 2007 en su época de jugador de Toronto en una acción similar, intentando taponar a Al Jefferson y fracturándose el tobillo. No fue tan grave (seis meses) pero inevitable no encontrar similitudes entre ambas jugadas. 

La lesión de Paul George, más allá de la desolación que supone para cualquier amante del basket, reabre viejas guerras entre NBA y FIBA, al producirse en un encuentro de preparación para un torneo de los segundos. Es una noticia tan importante para el mundo del baloncesto que llega a tener un cuadruple impacto. Por cuatro veces debemos llorar la lesión de George: 

-Llanto por el Mundobasket: Cuantas más estrellas, mejor. Que duda cabe que la repercusión internacional que vaya a tener el torneo celebrado en España dependerá en parte del número de figuras con que acuda cada selección. El ramillete de jugadores de máximo nivel que sigue acumulando Estados Unidos de cara a esta cita es impresionante (Derrick Rose, Anthony Davis, Kevin Durant, James Harden, Stephen Curry…) y les sigue dando condición de claros favoritos al oro, pero en el caso de George hablamos de un jugador que ya se había instalado sólo un peldaño por detrás de LeBron y Durant, y que encabeza la nueva hornada de estrellas NBA junto a los citados Davis, Curry, o Kawhi Leonard. Una pena no verle por nuestras canchas. 

-Llanto por Indiana: la franquicia de Larry Bird era un ejemplo de trabajo bien hecho en los últimos años, capaces de disputarle dos finales consecutivas del Este a los Miami Heat del “Big Three”. Un equipo no muy mediático y sin, a priori, grandes estrellas, que se postulaba como aspirante al anillo siguiendo más el método San Antonio Spurs que la fórmula Miami, o ahora Cleveland, de juntar figuras. Un ejemplo de coralidad en el que George era el líder en todos los sentidos. Frank Vogel, al igual que Tom Thibodeau en Chicago, ha conseguido impregnar de química a su equipo, por lo que al igual que los Bulls sin Rose, los Pacers sin George seguirán siendo un conjunto difícil y deberían estar en play offs, pero muy difícilmente los veremos en final de Conferencia la próxima temporada.   

-Llanto por el baloncesto: sí, por el baloncesto en general. Porque Paul George, con 24 años, ya entrará para siempre en el grupo de los jugadores con un enorme “what if?” sobre ellos. ¿Cuál sería el nivel actual de Ricky Rubio si no se hubiera roto el ligamento cruzado con 21 años?, ¿hasta dónde habría llegado Derrick Rose si no hubiera padecido la misma lesión con 24 años, amen de sus posteriores problemas de menisco y rodillas?, esto por citar dos casos recientes y llamativos. El frenazo en la progresión de un superclase siempre es una malísima noticia para todos los aficionados, que nos vemos privados de la magia de un grandísimo jugador durante varios meses, y además nos asiste la duda sobre si volverá a su mejor nivel tanto físico como mental, ya que es inevitable que tras sufrir una lesión tan grave cierto “miedo” se instale en la mente del jugador y no sea capaz de arriesgar y llevarse hasta el límite en algunas acciones como haría antes de pasar por el quirófano. 

-Llanto por las heridas que se abren: nos referimos a los conflictos NBA-FIBA. En el caso de Paul George hablamos de un jugador recién renovado por su franquicia, con un contrato de cinco años y 90 millones de dolares (el máximo salarial al que podía aspirar) El primer curso de ese nuevo lustro, salvo recuperación asombrosa que le permitiera llegar a play offs, lo va a pasar totalmente en blanco. Larry Bird, ejemplo de hombre de baloncesto tanto en su época de jugador como ahora en los despachos desempeñando el cargo de presidente de operaciones de los Indiana Pacers, ha salido a la palestra para quitar hierro al asunto y no echar leña al fuego. La fortuita lesión podía haberse producido en cualquier situación. Sí, pero ha sido en un partido de preparación para un torneo FIBA que tiene el interés justo en Estados Unidos. No han tardado en aparecer voces como las de Mark Cuban (¿a alguien le extraña?) arremetiendo contra la presencia de estrellas NBA en combinados nacionales. El bocazas millonario, en su línea, lo ha hecho además atacando al COI, demostrando que no tiene ni idea de lo que sucede con una pelota de baloncesto fuera de su país, ya que el Comité Olímpico Internacional, evidentemente, poco tiene que ver con la celebración de una Copa del Mundo de Baloncesto, torneo organizado por la FIBA. De modo que se ciernen negros nubarrones sobre el consentimiento de las franquicias NBA para que sus mejores jugadores disputen competiciones internacionales con las camisetas de sus selecciones. 


Entre tanto llanto, un motivo para la sonrisa. Y es que esta preparación de Estados Unidos para el Mundobasket parece confirmar el retorno en buena forma del gran Derrick Rose. Parece que en España vamos a ser testigos de excepción de la definitiva “Roserrection”. Bien por ello.    


Analfabeto, multimillonario y bocazas. Mark Cuban.

miércoles, 5 de junio de 2013

GRANT HILL, EL CRACK REINVENTADO (II): EL MITO DEL AVE PHOENIX SE TORNA REALIDAD



T-Mac y Grant Hill. Talento quebradizo.



En verano de 2000 la aventura del amigo Grant en la MoTown llega a su fin. Los Pistons envían al alero a Orlando a cambio de dos piezas en principio discretas: el base Chucky Atkins y el granítico pívot Ben Wallace. Ambos conquistarán el anillo con la camiseta de Detroit en 2004 a las órdenes de Larry Brown, siendo “Big Ben” Wallace una de las piezas claves con su magnífica defensa sobre Shaquille O’Neal en aquellas finales. Visto con la perspectiva del tiempo, los Pistons acertaron con el movimiento, por mucho que en aquel momento los aficionados nos echásemos las manos a la cabeza. No era para menos. Se iba nuestra gran estrella y lo hacía precisamente en su mejor temporada, dejando unos números de autentico megacrack. 25.8 puntos, 6.6 rebotes, 5.2 asistencias y 1.4 robos de balón que volaban a Florida, a los emergentes Orlando Magic de Doc Rivers y con Tracy McGrady como compañero estelar. Números de jugador total que le emparentaban en la genealogía de los Oscar Robertson, “Magic” Johnson, Larry Bird o lo que actualmente significa LeBron James. Sin embargo, y sin que nadie lo hubiera podido prever, aquello significó el comienzo del calvario de Hill en forma de lesiones, o más bien, la continuación de su infortunio con una lesión en el tobillo ante Philadelphia a poco de terminar su última temporada regular con Detroit. Hill descansó los tres partidos siguientes con los que la regular season tocaba a su fin, pero arriesgó para jugar en primera ronda contra Miami, castigando su pierna de manera decisiva para el futuro. Posteriormente declararía que jugó aquella serie presionado por el entorno de Detroit y luchando contra la alargada sombra de Isiah Thomas, de quien aún se recuerda su épica gesta anotando 25 puntos en un cuarto con el tobillo lesionado en las finales del 88 frente a Los Angeles Lakers.

Con la herencia de esa lesión a cuestas, la carrera posterior de Hill ofrece datos desoladores. En sus tres primeras temporadas en Florida, de un total de 246 partidos de temporada regular, sólo es capaz de vestirse de corto en 47 ocasiones. La leyenda negra del jugador comienza nada más aterrizar en su nuevo destino, ya que en su primer curso sólo aparece en pista en cuatro contadas ocasiones, truncando las ilusiones de quienes deseaban disfrutar del espectáculo de la pareja de malabaristas Hill-McGrady. En plena tercera y fatídica temporada aún vendría lo peor. En Marzo de 2003 Hill se somete por cuarta vez a una operación de tobillo, y en esta ocasión del modo más drástico posible. Peligraba la carrera de quien había firmado un contrato de 93 millones de dólares por vestir durante siete temporadas la camiseta de la ciudad de Disneyworld, de modo que los cirujanos buscaron rizar el rizo para que aquel brutal talento no desapareciera de las canchas. Hill pasa por el quirófano para someterse a una compleja operación con la finalidad de reconstruir su tobillo mediante material genético y librarse de los tres tornillos con los que se veía condenado a vivir y a jugar al deporte que amaba. Parecía una buena apuesta, pero el infortunio se ceba una vez más con nuestro protagonista, quien incluso ve peligrar su vida tras la operación. En efecto, a los cinco días de pasar por el quirófano sobreviene la tragedia. Hill, aquejado de alta fiebre (más de 40º) y sufriendo espasmos y convulsiones, es ingresado en Cuidados Intensivos donde se le detecta una grave infección de estafilococos en el tobillo operado. Recibe injertos de su propia piel para luchar contra la nueva herida, y una vez que su vida es salvada, aún le espera una larga lucha contra la enfermedad en forma de tratamiento de seis meses con antibióticos intravenosos. El estatus de Hill pasa del de lesionado crónico al de moribundo.  

Y tras el infierno… la resurrección. Hill vuelve a las canchas el 3 de Noviembre de 2004. Habían pasado 657 días desde su última aparición pública como jugador profesional de baloncesto. Al estilo de Fray Luis de León nuestro protagonista decide soltar un “como decíamos ayer” sobre la cancha presentando una lustrosa tarjeta de 20 puntos, 4 rebotes y 2 asistencias en 33 minutos de juego. Tiene por aquel momento 31 años, pero en cierta manera, es un debutante. Un hombre reinventándose a si mismo. Ya no está McGrady, quien ha llevado su talento (y sus lesiones) a Houston, pero Hill se encuentra con un joven grupo de jugadores en progresión donde destaca un gigantón de 19 años con hombros de acero llamado Dwight Howard. Era el primer año del center, al igual que el del base Jameer Nelson, quienes trabajan a la sombra de los Steve Francis, Hedo Turkoglu, y por supuesto, un Grant Hill dispuesto a volver a empezar.   


El retorno del dandy


¿Había vencido por fin a la mala suerte? Desgraciadamente no. Pese a acabar brillantemente la temporada 2004-05 de su regreso a las pistas (19.7 puntos por partido y retorno al All Star Game), el año siguiente le depara nuevas y desagradables sorpresas. Ahora es una pubalgia la que hace que durante el curso 2005-06 Hill despliegue su talento una vez más con cuentagotas (únicamente disputa 21 partidos) La temporada siguiente se presentaba crucial para el alero, ya que finalizaba contrato en Florida y su futuro se presentaba bastante incierto. Su curso resulta bastante discreto (14.4 puntos por partido), pero la gran noticia está en sus 65 partidos disputados con una media de 30.9 minutos por encuentro. Con 34 años se convertía en agente libre. Castigado por las lesiones, sí, pero con una calidad innata como muy pocos jugadores de la liga, también. Novias no le iban a faltar, y aparece una muy brillante y soleada, tanto es así que la siguiente y casi definitiva andadura nos presenta la mejor versión posible del jugador desde sus tiempos en Detroit. Un Grant Hill ya definitivamente reconvertido y rehecho con los mejores porcentajes de tiro de su carrera. 

Seguro que han escuchado hablar alguna vez del mito de la Fuente de la Eterna Juventud. Si hubiera que ubicarla en alguna ciudad moderna, no se me ocurre mejor emplazamiento que en Phoenix, Arizona. Y es que allí un “jovencito” Steve Nash jugaba el mejor baloncesto de su carrera en unos indómitos Phoenix Suns que desataban tormentas perfectas por todas las canchas de la NBA bajo el mandato de un apóstol del “run&gun” como Mike D’Antoni. Nash había sido dos veces MVP de la temporada regular y había llevado a su equipo a dos finales de conferencia consecutivas. Los Suns no eran un equipo campeón, pero unánimemente eran el conjunto más atractivo para cualquier aficionado imparcial por aquellos momentos. Desde los despachos de la franquicia de los soles lo tuvieron claro. Hill podría ser la pieza ideal que encajase en el esplendoroso puzzle constituido por piezas del talento de Steve Nash, Amar’e Stoudemire, Shawn Marion y Boris Diaw. Por primera vez en su carrera, Hill se veía con opciones reales de optar al anillo de campeón. Curiosamente en Phoenix podía sentirse como el auténtico protagonista de la leyenda del ave renacido de sus cenizas.

Además  de los citados, jugadores de la clase de Leandro Barbosa, Raja Bell o la por aquel entonces promesa Marcus Bank mostraban la sobredosis de talento exterior para un equipo para el que correr era una cuestión vital más que un estilo de juego. Cansados de ser un club admirado por su espectáculo pero abocado a la derrota cuando llegaban los momentos decisivos frente a equipos más duros (en especial los San Antonio Spurs), en Phoenix deciden dar un giro y apostar por meter centímetros y kilos en la pintura. Y nadie mejor que otro ilustre veterano como Shaquille O’Neal (en el nómada carrusel en busca de anillos que no llegaban que protagonizó la parte final de su carrera) para ejemplificar todo ello. Shaq, rebautizado como “Big Cactus”, llega en Febrero de 2008 a cambio de Marion y Banks. La cosa no termina de funcionar y los de Hill caen en primera ronda, contra, lo han adivinado, nuevamente unos San Antonio Spurs convertidos en auténtica bestia negra del club soleado. Batacazo colectivo al margen, Grant Hill recupera por fin su sitio en la NBA. Que su nombre aparezca en los box scores ya deja de ser noticia. Se vuelve a sentir importante. Sus números de 13 puntos, 5 rebotes y 3 asistencias en 31 minutos por partido con porcentajes del 50% de acierto en tiros de campo, para un jugador de 35 años con cuatro operaciones en el tobillo y que cinco años antes se encontraba al borde de la muerte, no están nada mal como ejemplo de superación, lucha y constancia en la mejor liga de baloncesto del mundo. Pero lo mejor estaba por llegar.  


Dos maduritos en busca de anillos.


La temporada siguiente apuntaba un cambio de estilo en la franquicia arizoniana con la marcha de Mike D’Antoni, auténtico arquitecto del vistoso juego de Phoenix a New York. No fue fácil. Terry Porter como nuevo inquilino del banquillo de los Suns buscó dotar al grupo de mayor empaque defensivo. El resultado fue un equipo falto de chispa y abandonado de su personalidad anterior. Porter no acabó la temporada, siendo sustituido por su asistente Alvin Gentry. Hill por fin estaba pletórico de salud, llegando a jugar por primera vez en su vida y con 36 años los 82 partidos de la temporada regular. ¡Por fin! Pero la desgracia rondaba cerca, en este caso en la figura del fundamental Amar’e Stoudemire, quien sufre un desprendimiento de retina en un choque contra Los Angeles Clippers. El power-forward se pierde los últimos meses de competición y los Suns se ven fuera de post-temporada por vez primera en los últimos cinco años. Cuando Hill lograba remontar el vuelo en el plano individual se encontraba con otra decepción grupal. La historia de su vida. Sus números y minutos en la pista van descendiendo gradualmente (12 puntos, 4.9 rebotes y 2.3 asistencias), pero alcanza un excelso 52,3% en tiros de campo, y sobre todo el reconocimiento unánime de la afición que ya identifica en esta segunda juventud del alero un ejemplo de imbatible tenacidad y amor por el baloncesto. Mil veces caído, tantas otras puesto en pie.  

El curso posterior deparaba buenos momentos para nuestro hombre. 81 partidos en liga regular (sólo se pierde uno), todos ellos como titular, con 30 minutos en pista, dejando 11.3 puntos por partido, 5.5 rebotes y 2.4 asistencias. Sigue siendo un todoterreno fiable. Y a sus 37 años se da otro gustazo con la misma ilusión de un debutante: por fin sabe lo que es ganar eliminatorias de play offs. Portland en primera ronda, para posteriormente  vapulear a sus grandes enemigos de San Antonio con un inapelable 4-0. Finalmente caerán ante los vigentes campeones por aquel entonces, los Lakers de nuestro Pau Gasol quienes iban camino de su segundo título consecutivo. Nunca Grant Hill había llegado tan lejos en una temporada. El baloncesto se lo debía. 

Aún jugaría dos años más a buen nivel con la elástica de los Suns, sin bajar de los 10 puntos por partido, pero sin pisar play offs. Finalmente la pasada temporada ya con 40 años intenta una nueva aventura en los pujantes Clippers de Chris Paul y Blake Griffin, a donde llega lesionado de su rodilla derecha y su papel finalmente acaba siendo bastante anecdótico. No ha sido la mejor de las despedidas posibles para un jugador único e irrepetible. Un baloncestista total que entre 1995 y 1999 repartió más asistencias que ningún otro jugador que no fuera base, que lideró a los Pistons en puntos, rebotes y asistencias durante tres campañas (sólo Wilt Chamberlain y él a lo largo de la historia han sido capaces de ser los máximos realizadores de las principales categorías del juego en un roster durante tres temporadas), y que en sus seis primeros años NBA acumuló 9393 puntos, 3417 rebotes y 2720 asistencias. Números sólo superados en el mismo periodo de tiempo por Oscar Robertson, Larry Bird y LeBron James. Sirva este dato para comprender la dimensión del jugador que en algún momento Hill llegó a ser, y el utópico límite al que hubiera aspirado traspasar de no mediar el infortunio en su carrera y su vida. Pero quédense también con esto: entre 2008 y 2011 jugó 243 de los 246 partidos de temporada regular de la NBA. No está mal para un tipo que, como Jack Palance en el brillante (e infravalorado) remake de “High Sierra”, “murió un millar de veces”.   


Que bello es vivir.