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viernes, 23 de enero de 2015

GASOL STAR WEEKEND



¿Dónde te escondes, hermano?


El sueño se hizo realidad. Por primera vez en la historia dos hermanos serán titulares en un All Star Game de la NBA, con la particularidad de que no son nativos estadounidenses sino compatriotas nuestros, que han tenido que trabajar muy duro y derribar muchos prejuicios para llegar a alcanzar este estatus. El baloncesto español ha evolucionado de una manera tan brutal que cualquier niño de mi generación que haya crecido deslumbrado viendo por primera vez la NBA de mediados/finales de los 80, hubiera mandado encerrar a un cotolengo bajo siete llaves a quien hubiese osado afirmar que apenas 30 años después íbamos a haber vivido cosas como el ser campeones del mundo, disputar dos finales olímpicas con opciones de victoria ante equipos plagados de estrellas NBA, contemplar a uno de los nuestros ganar dos anillos consecutivos siendo el segunda espada de nada menos que Los Angeles Lakers… o ver a dos hermanos originarios de Sant Boi de Llobregat estando entre los diez jugadores favoritos por los aficionados de todo el globo terráqueo para disputar el partido de las estrellas. Es decir, entre los diez mejores jugadores del mundo actualmente, los diez más deslumbrantes. 

En el caso de Pau le llega a sus 34 años, en uno de los mejores momentos de su carrera y como ejemplo del tipo de deportista que representa. El competidor nato que se empeña en ser mejor cada día en su ámbito individual y ayudar con ello al colectivo para el que trabaja (otro ejemplo, a una escala más modesta como es el basket FIBA, pero también dentro de nuestra mejor generación de la historia, sería el actual Felipe Reyes) Callando voces que le calificaban de “acabado”, como la de Shaquille O’Neal, quien en una conversación televisiva con otro ilustre bocazas como Charles Barkley tildó con ese adjetivo al mejor jugador español de todos los tiempos. Quizás Shaq hablaba por experiencia propia, sabiendo lo que significa estar acabado, cuando tiró por los suelos el final de su carrera mudándose constantemente de franquicia con la única intención de ampliar un palmarés que ya no volvió a crecer y haciendo olvidar al pívot que había deslumbrado en Florida y California. Le tenemos mucho cariño a O’Neal por todo lo que ha representado para el baloncesto, pero también nos fastidia que a este tipo de personajes se les de un altavoz para decir la primera tontería que se les pase por sus cabezas, dejando de lado análisis más serios que por desgracia el aficionado debe rebuscar más entre tanta basura amarilla y sensacionalista que rodea el deporte (aún así nos congratulamos de que el baloncesto no llegue ni por asomo a los niveles execrables del fútbol en ese sentido)


A ver quien la suelta más gorda 


Respecto a Marc, tras reconocimientos como mejor defensor del año e integrar el segundo quinteto ideal de la liga en la temporada 2012-13 (en una edición en la que en el primero, en el puesto de pívot, estaba un cuatro como Tim Duncan, es decir, Marc fue considerado el mejor cinco del campeonato), reconocimientos que no pudo reeditar el pasado curso por culpa de las lesiones, este premio por parte de la afición le llega a punto de cumplir los 29 años y alcanzar el cenit de su carrera baloncestística (suele ocurrir alrededor de los 30), superando en las votaciones a todo un ídolo como Dwight Howard y reabriendo un debate que cada vez tiene más a su favor: ¿es el mejor pívot puro del mundo a día de hoy?, posiblemente sí. 

Y ahora vayamos a la realidad de lo que supone ser titular en un All Star Game, ya que desgraciadamente el talibanismo baloncestístico entre FIBA y NBA es de doble dirección, y en Europa muchos aficionados siguen considerando que no se trata más que de una pachanga sin valor alguno. Por encima de consideraciones deportivas, significa estatus, reconocimiento, valor. Un valor que se traduce en contratos publicitarios, mejores posibilidades de negociaciones con las franquicias, más respeto por parte de entrenadores, rivales, compañeros, árbitro y público, mayor atención mediática, mayo peso en el vestuario, mayor crédito en el equipo incluso cuando no estés en tu mejor momento, capacidad para ejercer liderazgo, y un largo etcétera de cuestiones que se podrían resumir en ser la clase más alta posible dentro de una competición que es claramente clasista y donde los roles siempre están muy definidos. 

En efecto, la NBA es clasista, pero es un clasismo en cierta medida justo. Dicho de otro modo, da oportunidades y premia el talento y el esfuerzo. Pensemos en nuestros protagonistas. Pau era un auténtico desconocido en Estados Unidos (y apenas una estrella emergente en Europa) cuando desembarca en el baloncesto norteamericano en el arhturcclarkeriano año de 2001. Europeo, blanco y flaco, tuvo que ganarse todo el reconocimiento que ahora tiene a base de trabajo duro y de derribar muchos prejuicios (no del todo derribados, y a lo de Shaquille O’Neal nos remitimos de nuevo) Tampoco eran nadie para el público estadounidense Tony Parker (elegido al final de la primera ronda de precisamente el mismo draft que Pau) o Dirk Nowitzki (venía de la segunda división alemana), hoy día estrellas consagradas y ganadores de premios tanto individuales como colectivos. Las mismas oportunidades que Pau, Parker o Nowitzki las han tenido los Barnagni o Milicic pero ni de lejos han llegado al nivel de los tres primeros. ¿La diferencia? La ética de trabajo en el caso del italiano, el talento (de ética ya ni hablamos) en el caso del segundo. No sé si el mito de Estados Unidos como “la tierra de las oportunidades” es cierto, pero seguro que en el caso del baloncesto profesional si es así. Piensen si no en casos de jugadores venidos de la liga de desarrollo que con un contrato temporal se convierten en estrellas (Jeremy Lin), jugadores hundidos en segunda ronda del draft que adelantan a toda velocidad a quien se les pone por delante en cuanto tienen minutos (Monta Ellis) o incluso jugadores no drafteados y que parecían destinados a ser carne de baloncesto europeo (Ben Wallace) En efecto, el baloncesto NBA es clasista, pero no es un clasismo en el que se juega con los naipes marcados. Baloncestistas con peores cartas de mano que otros que llegaban como números uno del draft o como estrellas mediáticas casi desde High School han escalado más alto y demostrado la valía de su juego en cuanto alguien les ha abierto una rendija por donde introducir su talento.   


Nowitzki, de la segunda alemana a primer europeo MVP de la NBA.


Aún más sangrante es el caso de Marc Gasol, quien no sólo ha tenido que derribar prejuicios en Estados Unidos si no en nuestro propio país. Recuerden aquel inolvidable verano de 2006 (sí, campeones del mundo), el mediano de los Gasol, el “zampabollos” que apenas encontraba minutaje en pista en un Barcelona regido bajo el látigo de Dusko Ivanovic, se colaba para sorpresa de todos en la lista definitiva para el Mundial de Japón. La sentencia popular era clara: “le llevan por ser el hermano de…”

Marc respondió a la confianza depositada por Pepu Hernández (5,5 puntos y 3,3 rebotes por partido en 12,5 minutos de juego, con un 77,3% en tiros de campo, llegando a jugar 17 minutos en la final ante Grecia con un buen trabajo defensivo y reboteador en ausencia por lesión de su hermano Pau) y a partir de ahí no ha dejado de evolucionar. Parecía que simplemente necesitaba que alguien le diera un empujón, una muestra de confianza como la que recibió de Pepu (claro que nunca sabremos que hubiera sucedido de no lesionarse Fran Vázquez, para quien estaba destinada la plaza que finalmente ocupó Marc) El trabajo físico comenzó a notarse en su cuerpo, dejando atrás al adolescente que había llegado a rondar los 160 kilos de peso. El Akasvayu Girona sería el club donde le veríamos explotar. En medio de su segunda temporada en aquel equipo se convirtió en noticia NBA de manera indirecta, siendo protagonista involuntario y secundario de uno de los trades más impactantes de los últimos tiempos, él que llevaba a su hermano Pau a Los Angeles Lakers donde ganaría dos anillos y jugaría tres finales a cambio, entre otras cosas, de uno de los grandes fiascos de la historia (Kwame Brown) y de los derechos de Marc Gasol. Gregg Popovich, quien tantas veces ha demostrado un gran ojo clínico, calificó el movimiento como “el robo del siglo”, e incluso en España admitimos que los Grizzlies salían perdiendo con el cambio de hermano. Lo bueno para Marc, quien estaba jugando a un nivel espectacular aquella temporada 2007-08 (acabó siendo MVP de la liga ACB), era que en caso de decidir dar el salto a la NBA lo haría a una franquicia en reconstrucción, sin apenas presión, y con escasa competencia en el puesto de pívot. Una vez más se abría un hueco por donde dejar salir todo su baloncesto, para un jugador que en su empeño de llegar a lo más alto aprovechó las vacaciones de verano tras su primer curso en Memphis para correr 14 kilómetros diarios con pesos de 13 kilos y cuesta arriba por Barcelona, o entrenarse con su antiguo compañero en Girona Darryl Middleton para mejorar sus movimientos en la zona, juego de pies, y juego al poste. 


En definitiva la historia de los Gasol se puede resumir en tres ingredientes: oportunidades, talento y trabajo. No hubieran llegado donde están sin ninguno de los tres. Muchos tuvieron los dos primeros, pero el tercero, el que depende más del propio deportista que de condicionantes externos, lo abandonaron. Pau y Marc no. Por eso ya tienen un sitio asegurado en el más resplandeciente olimpo baloncestístico.    


Ahí donde lo ven, se estaba gestando un All Star titular.

miércoles, 24 de abril de 2013

EL MURO



Not in my house!!!

Se confirmaron los rumores que comenzaron a circular con fuerza la noche del pasado lunes transformándose en una fantástica realidad para nuestro baloncesto. Marc Gasol obtiene el galardón de DPY. Es decir, es considerado el mejor jugador defensivo de la temporada. Casi nada. Un premio que en las últimas ediciones casi siempre ha sido obtenido por jugadores interiores (Tyson Chandler, Dwight Howard, Kevin Garnett, Marcus Camby, Ben Wallace…) y que viene a reconocer la magnífica temporada de nuestro pívot internacional, y su labor defensiva en el equipo del Oeste que mejores números atrás ha dejado durante este curso. La noticia como decimos es una nota muy positiva para nuestro baloncesto en una temporada NBA que quizás no ha parecido tan brillante como otras en cuanto a la participación de los nuestros, pero que acaba dejándonos finalmente grandes datos para el optimismo. Personalmente creo que es el reconocimiento individual más importante que ha logrado jugador español alguno en la NBA, por encima incluso del ROY con el que su hermano Pau fue nombrado mejor novato de la temporada en 2002, y me sorprende la poca importancia que le estamos dando por el momento en nuestros medios. Baste decir que es el primer europeo en obtener tal galardón. 

Hemos aludido en ocasiones desde este blog a la trayectoria de Pau Gasol como ejemplar profesional al que nadie ha regalado nada y ha tenido que trabajar muy duro para convencer al mundo del baloncesto de que aquel espigado y flaquísimo chaval de Sant Boi con natural predisposición a jugar por fuera más que a partirse la cara en la zona a pesar de sus centímetros, tenía un enorme potencial para llegar a ser uno de los mejores jugadores del mundo. Lo mismo podemos decir de su hermano Marc, cuya carrera ha sido un ejemplo constante de superación y progresión. Recordemos un poco los comienzos del mediano de los Gasol.   

Tras haber sido estrella de instituto en el Laussane Collegiate School de Memphis (donde también acabaría llegando su hermano menor Adriá) aprovechando, como no, la presencia de Pau en la ciudad de Graceland, Marc regresó a España para intentar hacerse un nombre en un país que ya empezaba a ser potencia mundial en este deporte. La imagen de aquel Marc Gasol de comienzos del siglo XXI no despertaba demasiado optimismo entre el aficionado, y el pívot comenzaba a recibir sintomáticos apodos en referencia a su voluminosa figura tales como “la tanqueta” o el menos favorecido “zampabollos”. Creo recordar que Moncho Monsalve (habitual formador de jóvenes talentos interiores) llegó a afirmar que vio a Marc en 147 kilos. En el Barcelona de Pesic y posteriormente de Ivanovic se le registraron 137, llegó a bajar hasta los 121. El peso, o más bien el sobrepeso, era un problema que amenazaba con lastrar la carrera del jugador hacia el estrellato. En verano de 2006 se produce un episodio crucial de cara a la evolución personal del jugador y su capacidad para generarse a si mismo confianza, así como un cambio en la visión general que el aficionado medio tenía de él. Pepu Hernández preparaba un grupo de jugadores de cara al Mundial de Japón con las máximas aspiraciones para al menos subirse al podio. Fran Vázquez, jugador mejor pagado de la ACB por aquel entonces gracias a su contrato con el millonario Akasvayu Girona parecía uno de nuestros más sólidos puntales de cara a la cita nipona, pero una inoportuna lesión trastocó los planes iniciales del seleccionador, quien ya contaba con el pívot gallego en la concentración. Había que reaccionar rápido y buscar a un cuarto jugador interior que acompañase a Pau Gasol, Felipe Reyes y Jorge Garbajosa para un evento que finalmente jamás olvidaríamos. Tres fueron los candidatos: Jordi Trias, compañero de Marc en el Barcelona y quien el curso siguiente sería proclamado MVP de la fase final de la Copa del Rey, Eduardo Hernández-Sonseca, por entonces prometedor jugador de rotación en el Real Madrid, y Marc Gasol, quien había jugado esa temporada poco más de 20 partidos con la elástica azulgrana promediando apenas unos pírricos 3 puntos y 3 rebotes por partido. En todas las quinielas el hermano de Pau partía como el último candidato a la plaza vacante. Pero Marc se ganó a Pepu a base de trabajo duro. El entrenador madrileño fue justo con el jugador, y también valiente, pues no fueron pocas las voces críticas que cuestionaron que un jugador tan residual en su club obtuviera billete para la cita mundialista, acusando la decisión de enchufe por parte de Pau (me gustaría saber donde se esconden esas voces ahora mismo, la historia de siempre, echando mierda sobre nuestro baloncesto y siendo incapaces de reconocer los méritos de los nuestros) Pepu no se equivocó, Marc cumplió con su papel de especialista defensivo apuntalando el juego interior y asegurando rebotes y efectividad de cara al aro con los pocos lanzamientos de los que dispuso (finalizó con un sobresaliente 17 de 22 en tiros de campo en el total del torneo) Su mejor partido lo realizó contra Japón, con 12 puntos y 7 rebotes en 16 minutos, y en la fiesta inolvidable que supuso la final contra Grecia, con su hermano lesionado, dispuso de 17 minutos en pista para firmar 2 puntos y 7 rechaces. Tenía 21 años y se colgaba un oro de campeón del mundo al cuello, y lo más importante, cerraba bocas, muchas bocas.   


La Tanqueta en el insti. Nunca olvidó los donuts.


A partir de ahí el resto es historia, y muy brillante, tan brillante como el oro que se trajo de Japón. Dos temporadas en el Akasvayu Girona, la primera buena, la segunda sublime (refrendada con el MVP de la fase regular en ACB) De su estancia en el club gerundense, aparte de la confirmación como uno de los grandes pívots FIBA por aquel entonces, se lleva un título de Euro Cup en 2007 y un subcampeonato de ULEB en 2008 (perdieron la final por 25 puntos frente a aquel impresionante Joventut de Ricky Rubio y Rudy Fernández) Terminada la temporada 2007-2008 no había dudas sobre Marc, era ya uno de los grandes nombres del baloncesto europeo y era cuestión de tiempo que diera el salto a la NBA. Cargado de confianza, decidió no esperar más. Los Angeles Lakers le habían drafteado en segunda ronda en 2007, pero sus derechos fueron a parar a Memphis dentro del traspaso que dio con su hermano mayor en el Staples Center, dentro de un “trade” que se llegó a calificar como “robo histórico” a favor de la franquicia de Jerry Buss. Una vez más Marc contra el prejuicio y la injusticia. El tiempo ha demostrado que aquel movimiento no sólo no fue ningún robo si no que incluso fortaleció el futuro, actual presente, de la joven franquicia de Memphis que con Marc Gasol en sus filas no ha dejado de crecer, siendo ya unos habituales de play offs, y regalando grandes momentos al aficionado como la eliminación de los San Antonio Spurs hace dos campañas. 

Este es Marc Gasol. Un tipo que no ha dejado de progresar y de crecer. Paradigma del nuevo modelo imperante de pívot basado sobre todo en un extraordinario IQ baloncestístico lo cual le hace poseer una visión de juego antaño reducida a unos pocos escogidos dentro de la posición de “cinco” (con Arvydas Sabonis como ejemplar más resplandenciente) Marc Gasol lidera el nuevo formato de pívot secundado por jugadores tan repletos de técnica y táctica como Nikola Pekovic, Nikola Vucevic o Greg Monroe. En definitiva, el pívot inteligente. Marc, el campeón del mundo, el campeón de Europa, el All Star… el muro.  

lunes, 3 de septiembre de 2012

UN DORADO ANIVERSARIO

Héroes



Hoy se cumplen seis años del logro y consecución de una de las mayores gestas de nuestro deporte, y quizás la mayor hazaña de nuestro baloncesto. Es difícil "medir" la calidad de un éxito, ¿es más valioso el oro mundial al que vamos a hacer referencia en esta entrada, o cualquiera de nuestras tres platas olímpicas? (y tal que lo escribo hasta me cuesta creerlo y soy más consciente aún de lo que significa... tres platas olímpicas en un deporte en el que el dominio históricamente ha estado muy marcado por Estados Unidos principalmente y en menor medida por las selecciones del Este de Europa), lo que es cierto es que aquel 3 de Septiembre de 2006 en Saitama (Japón), nuestra selección nacional absoluta de baloncesto se subía por vez primera en su historia a lo más alto del podio de una gran competición internacional (recordemos que hasta entonces ni siquiera habíamos sido campeones de Europa, cosa que hemos conseguido a posteriori y dos veces de manera consecutiva), no había escalón más alto para nosotros ni gloria mayor. En un baile al que habían acudido invitados como los Estados Unidos de Dwyane Wade, Elton Brand, Chris Paul, LeBron James, Chris Bosh, Carmelo Anthony, Dwight Howard y Joe Johnson; la Argentina campeona olímpica con la llamada "generación dorada" (Scola, Ginobili, Oberto, Herrmann, Nocioni, Delfino, Prigioni) en el momento más algido de sus carreras como grupo;, la Grecia de Papaloukas, Spanoulis, Fotsis, Diamantidis o Schortsianitis; una Serbia aún con Montenegro ya venida a menos, pero aún así con Milicic, Rakocevic o Kosta Perovic; la Turquía de Ilyasova, Erdogan y Kutluay; la Italia de Belinelli, Basile y Marconato; la Lituania de Macijauskas, Songaila, Kleiza y los gemelos Lavrinovic; la Eslovenia de Lakovic, Nachbar y Nesterovic; el Brasil de Barbosa, Splitter y Varejao; la Francia de Boris Diaw y Mickael Pietrus; o la Alemania de Nowitzki... es decir, todas las grandes potencias baloncestísticas del globo a excepción de Rusia, y con sus mejores jugadores y estrellas poblandos los rosters excepto alguna notoria ausencia (Jasikevicius o Parker), por encima de todas ellas y en lo más alto de un total de 24 selecciones, por primera vez el rojo de la selección española se situaba donde más lejos no se podía llegar. 

Aquello supuso el comienzo de los años más brillantes que hemos conocido jamás en nuestro baloncesto y la mayor regularidad de éxitos y triunfos que hayamos tenido nunca en un deporte de equipo. Al oro de Saitama lo siguieron nada menos que dos platas olímpicas, dos oros europeos y una plata también continental. Hay quien sitúa el oro mundial como el comienzo triunfal de nuestra mejor generación de jugadores de todos los tiempos (aunque ya se veía venir, con la plata europea del 2003, contando ya en nuestras filas con Pau Gasol, Felipe Reyes, Navarro, Calderón, Jiménez y Garbajosa, el buen papel en los JJOO de Atenas, donde tras una primera fase inmaculada nos eliminó Estados Unidos en su mejor partido del torneo, o el Europeo de 2005, donde pese a no contar con Pau Gasol sólo un estratosférico Dirk Nowitzki nos dejó fuera de la final... del partido por el bronce mejor ni acordarse ya que no salimos ni a competir y Francia nos pasó por encima desde el minuto uno), o quien prefiere mirar más atrás y acordarse de como los "juniors de oro" comenzaron a sembrar un camino por el que pronto brotarían las victorias, con sus dos campeonatos consecutivos, europeo y mundial, saldados con el oro. 

Sea como fuere, lo que está claro es que el Mundial de Japón supuso un punto de inflexión en nuestro deporte a nivel absoluto. Nos habíamos convertido en los mejores sobre la Tierra en el segundo deporte de equipo más popular del mundo. Más allá del brillante resultado final, aquella selección advertía unas señas de identidad que enseguida se revelaron como modélicas y ejemplares para cualquier colectivo que buscase el éxito de manera conjunta. La unidad del grupo, la generosidad reciproca entre jugadores, la ausencia de egos... todo ello modelado por un Pepu Hernández que se convirtió al instante en una especie de "personaje del año" (recordarán que a raíz de aquello fue habitual su requerimiento por parte de grandes empresas como conferenciante sobre como gestionar grupos de trabajo), sobre todo una vez se conoció el fallecimiento de su padre la víspera de la final frente a Grecia y como interiorizó y se guardó todo su dolor y no dejó que nadie conociera la noticia hasta después del partido. Pepu parecía el técnico ideal para aquel combinado. A la manera de su Estudiantes que dos temporadas antes había llevado a un todopoderoso Barcelona a una final ACB de cinco partidos (y personalmente, uno de los equipos del que mejor recuerdo tengo de toda aquella década por su encomiable espíritu de lucha y sacrificio), el entrenador madrileño buscó para la selección como valor principal la unidad del grupo, sin demasiados enredos tácticos, que muchas veces no hacen sino complicar este juego, la España de Pepu se basaba en los básicos conceptos de defensa-rebote-contrataque (y su fiel zona 2-3). Morir atrás para disfrutar y jugar con libertad en ataque. En su cargo de seleccionador también tuvo que tomar alguna decisión controvertida, personalizada en la elección de Marc Gasol para el roster definitivo que se llevaría a Japón. Nadie en su sano juício se atrevería a discutir hoy día al mediano de los Gasol, consolidado ya como uno de los mejores cincos del mundo, pero hace seis años la situación era muy distinta para Marc. Jugador residual para su entrenador en el Barcelona, Dusko Ivanovic, aquella temporada apenas había promediado 3 puntos y 3 rebotes por partido en los poco más de 20 partidos que había saltado a la cancha. El de Sant Boi acabó cumpliendo con creces en aquel Mundial (fue nuestro séptimo anotador, quinto reboteador, y el mejor en porcentaje de tiros de campo), y a partir de ahí su salto al Girona, donde fue uno de los pivots más dominantes de la ACB, para finalmente convertirse en el All Star NBA que es hoy día. Pero hay que recordar que Pepu fue valiente apostando por él en 2006 y que afortunadamente el baloncesto todavía no tenía demasiado ruído mediático alrededor que pudiese hacer mella en la propia confianza que Hernández tenía en sus decisiones. 
¿Adivinan porque le llaman "La Tanqueta"?

España conquistó el mundial y acabó de manera invicta sin conocer la derrota, nueve partidos saldados con nueve victorias. Lugar para la épica y el sufrimiento (aquel triple de Nocioni que no entró en semifinales, la delgada línea que separa el cielo del infierno), y una final para la historia con Pau Gasol lesionado y dejando a Grecia en el record negativo en una final mundial con tan sólo 47 puntos anotados. 
Aquel inmaculado mundial se inscribió dentro de nuestra extraordinaria racha de 28 partidos consecutivos sin conocer la derrota, y por supuesto, no fue flor de un día. Una flor que debemos seguir regando y alimentando entre todos, porque no siempre estaremos en lo más alto del podio. 

¡Feliz aniversario, campeones!
El hombre de moda... hasta que pasó de moda.

Estos fueron los doce elegidos para la gloria: 
4 PAU GASOL
5 RUDY FERNANDEZ
6 CARLOS CABEZAS
7 JUAN CARLOS NAVARRO
8 JOSÉ MANUEL CALDERÓN
9 FELIPE REYES
10 CARLOS JIMÉNEZ
11 SERGIO RODRIGUEZ
12 BERNI RODRIGUEZ
13 MARC GASOL
14 ALEX MUMBRÚ
15 JORGE GARBAJOSA

CUERPO TÉCNICO:   PEPU HERNÁNDEZ, RAFA VECINA Y JOTA CUSPINERA.  

martes, 3 de julio de 2012

FÚTBOL NO ES FÚTBOL

El nuevo Maestro Zen



Imagino que puede haberle entrado algún pequeño escalofrío al lector ante el título de esta entrada a priori tan alejada de las canchas de 28x15 que concentran nuestra atención y donde se cuece nuestra mayor felicidad a plena ebullición. No se preocupen, desde aquí mismo admitimos también que en el fútbol moderno se encuentran muchas de las cosas que más detestamos del deporte y que se alejan completamente del concepto de la esencia misma del citado deporte, esa que nace cuando un par de griegos se ponen a echar una carrera por la colina de Cronos sólo por el placer de competir y el orgullo de ver quien tiene las piernas más rápidas, y no por discernir quien es más guapo, más famoso, o luce el peinado más horrible. 

No obstante es en el fútbol de selecciones nacionales donde si sigue latiendo cierto espíritu honorable, y donde el misticismo de un deporte tan grande como el del balompié permanece inquebrantable gracias al arrojo de unos tipos que se juntan todos los veranos (fases de clasificación aparte) bajo una misma bandera y escudo, y realmente es muy difícil de sustraerse de la emoción y épica de un torneo como una Eurocopa o un Mundial, que nos traen tantísimos recuerdos a los de mi generación, quienes crecimos con las hazañas de hombre y nombres ya inmortales y que nos retrotraen a felices jornadas de nocilla y televisión. Sócrates, Zico, Platini, Rossi, Zoff y un largo etcétera a los que emular la tarde siguiente en cualquier campo cercano, sin importar que fuera de hierba o de cemento o de que nos dejásemos en ello nuestras benditas y prepúberes espinillas. Y por supuesto, los nuestros, esos ídolos vestidos de rojo que por alguna u otra razón se la acababan pegando cuando más feliz pintaba el final de la película. Un balón que se le escapaba a nuestro guardameta por debajo del cuerpo, algún penalti mandado al limbo, o la permisividad del árbitro de turno con unos rivales que siempre habían ganado algo más que nosotros y se merecían más respeto por parte de los estamentos que el que nuestra camiseta pudiera imponer.  

Sócrates y Zico, el "xogo bonito" del 86.


Hasta que un buen día y de golpe y porrazo (o mejor dicho, tres porrazos consecutivos) hemos visto como todos esos fantasmas del pasado se quedan en un mal recuerdo. Dentro de esta “edad dorada” del deporte español, el fútbol, el mayor espectáculo de masas europeo, también ha conseguido darnos una serie de deportistas excepcionales que se unen a la fabulosa camada surgida de entre algunos de nuestros compatriotas más ilustres nacidos en los primeros años 80. Xavi Hernandez (1980) e Iker Casillas (1981) son la punta de lanza de esta generación, y los equivalentes a nivel baloncestístico de lo que serían Navarro o Pau Gasol (ambos nacidos en 1980), y dos jugadores que al igual que nuestros genios baloncestísticos se conocen desde las selecciones de formación, donde ya forjaron su amistad y respeto mutuo.

Una década haciéndonos felices.


Y aquí es donde queríamos llegar, claro, para darle sentido a esta entrada, llevar el ascua a nuestra sardina y zampárnosla sin ningún miramiento y dejar que atruenen ahí fuera sobre falsos nueves, dobles pivotes y demás debates estériles que deberían quedar enterrados en cuanto hemos hecho historia de una manera abrumadora logrando lo que jamás nunca se había conseguido con tres grandes torneos de selecciones conquistados de manera consecutiva. 

De modo que vamos a llevar esto a nuestro terreno. Verano de 2006, Saitama, Japón. Ahí comenzó la leyenda de un grupo de campeones que han llevado el baloncesto español a las cotas más altas jamás soñadas. El oro mundial que se cuelgan los muchachos de Pepu Hernández, quien queda señalado desde aquel momento como un brillante gestor de recursos humanos, viene acompañado posteriormente de una extraordinaria cosecha de nada menos que dos oros europeos, una plata olímpica y otra plata europea. Esa selección se convirtió en un magnífico ejemplo en el que poder mirarse como paradigma de ciertos valores imprescindibles a la hora de hablar de un grupo consecuente con el éxito, tales como el compromiso, el esfuerzo y la solidaridad entre los compañeros. De modo que en cierta manera el éxito y el estilo de aquellos chicos y aquel entrenador tranquilo y poco mediático que gustaba vivir alejado de las trincheras y los fuegos de artificio sin dar una palabra más alta que otra fue un pequeño empujón para nuestro fútbol.   

Saitama marcó el camino.


La hazaña de Saitama, que inició como decimos nuestra mejor época de la historia del deporte de la canasta, comenzó sin embargo a gestarse varios años antes, cuando asistimos a la feliz casualidad de que se juntaron en la misma época un grupo de chavales con calidad y ambición a partes iguales y capaces de navegar por la vida sin miedo al fracaso. Pero aparte de calidad y ambición también iban provistos de humildad, capacidad de esfuerzo, y respeto por rivales y compañeros, y por supuesto repeto por unos magníficos entrenadores de formación (ahí brilla con luz propia el nombre de Charly Sainz de Aja), en definitiva el huir del éxito fácil y vivir el deporte, su deporte, ese para el que han sido elegidos por los dioses (y por lo que deben sentirse unos privilegiados felices con la vida y no unos niñatos malencarados con falsa pose de rebelde de baratija), con profesionalidad y compromiso. 

La imagen de aquel líder impecable que ha sido siempre Pau Gasol lesionándose a dos minutos del final de aquella semifinal que cambió para siempre nuestra historia (algo así como la tanda de penalties que las manos de Iker Casillas inclinaron para nuestro lado en los cuartos de final de la Eurocopa 2008 contra Italia, marcando el punto de inflexión entre una suerte antaño esquiva y la gloria inminentemente venidera), saliendo a hombros de su hermano Marc y un enorme Garbajosa, para al día siguiente estar a pie de pista espoleando a un equipo que ante su ausencia reaccionó como un solo hombre para firmar una final de escándalo ante Grecia a la que borraron de la pista desde el minuto 1 (y otra vez, excelso Jorge Garbajosa, ahora que acaba de retirarse y la memoria reciente no le hace justicia, hay que recordar el jugador que era antes de su grave lesión en Toronto), o el gesto de Pepu Hernández conociendo en víspera de la final la noticia de la perdida de nada menos que su padre, suceso que guardó en el más absoluto de los silencios y que sólo conocimos, al igual que los jugadores, cuando el cetro mundial era nuestro… aquel campeonato dejó inolvidables detalles y muestras, pistas para conducirse al éxito desde el mejor de los estados anímicos. Pero sobre todo dejó un mensaje bien claro: podíamos ser campeones sin necesidad de hacer ruido ni de disparar cañones. Podíamos ganar siendo fluidos como el agua, y no duros como una piedra. En definitiva, éramos unos campeones zen.     

Un líder tranquilo.


El “maestro zen” como bien sabrán los aficionados es como se conoce al gran Phil Jackson, un tipo que ha sido capaz de conseguir nada menos que trece anillos de campeón de la NBA (ya que a sus once como entrenador, hay que añadir dos como jugador, aunque su ascendencia sobre el equipo no fuera la misma que como técnico) con la enorme tranquilidad de quien confía en sus posibilidades ajeno a las críticas externas y fiel a su propio estilo sin apartarse de su camino. Me resulta imposible que haya un solo aficionado al deporte del baloncesto que considere que los éxitos de Jackson se hayan debido tan solo a la suerte, al haber tenido la fortuna de contar con los jugadores más dominantes del globo en cada momento (Jordan, Pippen, Rodman, Kobe, Shaquille, Pau Gasol…), más bien al contrario, el seguidor de este juego considerará al entrenador de Montana como la pieza clave en encauzar las carreras ganadoras de sus pupilos, como el inteligente gestor que ha sabido tocar la tecla adecuada en cada momento, sea la emocional, la técnica, la táctica o la física. Comprenderán por tanto que me resulta más agradable moverme en las amables coordenadas de un deporte que hace justicia a quien en justicia triunfa, que en otro en el cual a quien acaba de erigirse en el mejor entrenador de todos los tiempos, siendo el único en haberse proclamado campeón del mundo y del continente tanto en selecciones internacionales como en clubes, no se le trata con el mismo respeto y debida admiración por el trabajo bien hecho. 

Quizá sea, y contradiciendo a Vujadin Boskov, porque en el fondo “fútbol no es fútbol”.    

¿Dudar de Jackson?, ¡hay que tener bigotes!

miércoles, 9 de mayo de 2012

CRÓNICA DE UN DESCENSO... ¿ANUNCIADO?


La noticia baloncestística del fin de semana tiene un claro protagonista, intérprete de un titular que nunca le hubiera gustado encabezar. El del drama de un pabellón, el Palacio de los Deportes de Madrid, de una afición incansable, y de un club histórico, asistiendo al descenso de categoría por vez primera en su historia.

En efecto, el Estudiantes, junto al Real Madrid y al Joventut de Badalona, eran hasta este pasado domingo los únicos tres clubes que habían jugado siempre en la máxima categoría del baloncesto español desde que tal concepto existe (el Barcelona jugó en la segunda división en los años 60), de modo que estamos ante un descenso, se mire como se mire, histórico. Siempre y cuando en caso de consumarse, ya que su presidente, Juan Francisco García, ya ha asegurado que hará todo lo posible porque el club se mantenga en la máxima categoría aunque sea a costa de que alguno de los dos equipos ascendidos (uno el brillantísimo Iberostar Canarias, sobre quien algún día le dedicaremos una entrada como se merece, otro, el que salga del durísimo play-off jugándose en LEB estos días) no pueda pagar el aval correspondiente. 

El descenso de categoría siempre es un drama, el lado más amargo del deporte. En niveles de intensidad la tristeza siempre es superior a la alegría. De modo que el pasado domingo permanece como el día más triste en la historia de este club de 64 años de historia, por muchos y brillantes éxitos obtenidos en un pasado no tan lejano (hace apenas ocho años este club estaba jugando nada menos que la final de la ACB llegando a forzar cinco partidos ante un Barcelona inmenso ganador del triplete la anterior temporada), ¿cómo es posible pasar de ser un equipo modélico dentro y fuera de las canchas, un club perfectamente consolidado dentro de un engranaje sólido y fuerte, a convertirse en una especie de club fantasma casi sin identidad e incapaz de reconocer en él las señas que le convirtieron en alternativa al poder establecido no hace tanto tiempo? 


Foto de archivo del club. Formando de pie, segundo por la izquierda, con el número 11, Antonio  Diaz Miguel.

Realmente creo que el acontecimiento del Estudiantes como club LEB es una pésima noticia para el baloncesto español, no sólo para el madrileño, que queda muy tocado con esto. No voy a entrar en ese tipo de valoraciones sobre la diferencia de un club y un sentimiento, ya que todo ello es subjetivo, y eso queda para los aficionados y seguidores del conjunto colegial. Al fin y al cabo cada uno siempre tiende a pensar que su mierda es la que mejor huele, y por eso se llega incluso al disparate de pensar que ser seguidor de un determinado equipo condiciona tu personalidad, como si ser aficionado a cierto club te convierte en una bellísima persona y serlo a otro en un malnacido. Un sinsentido en el que no vale la pena ni pararse un segundo (aunque hay gente que realmente lo cree, hay cabezas para todo). Por lo tanto mi punto de vista como no seguidor del Estudiantes (aunque un poco simpatizante) es totalmente objetivo en ese sentido. Lo que si pienso es que si hay dos clubes de baloncesto, digamos, “especiales”, en nuestro país, esos son el Estudiantes de Madrid y el Joventut de Badalona, la mítica Penya. Dos entidades deportivas con una manera de trabajar muy definida, con unas características muy marcadas, y una serie de valores (por mucho que esa palabra ya no tenga casi sentido y hay quien hasta se atreva a decir que tal cosa en deporte no existey sólo importa ganar, ¡cuándo precisamente el deporte nace por reivindicar esos valores!, gracias Mourinho) muy definidos. Quizás los valores, como las grandes cosas de la vida, como el amor, la imaginación, o incluso la inteligencia, sea algo abstracto, y quizás se trate de que lo que es abstracto, lo que no se puede palpar, pero si sentir, para algunas cabezas es imposible de comprender. 

El caso es que el baloncesto español le debe mucho, muchísimo, al club del Ramiro de Maeztu. Esa línea de trabajo buscando el forjar jugadores que mantengan una identidad consolidada y reconocible para el aficionado por encima de los éxitos esporádicos o el triunfo inmediato y pasajero, que también lo han tenido (tres copas del rey jalonan sus vitrinas como éxitos más reconocibles, además de cuatro subcampeonatos de liga), esa filosofía única (en todo caso, comparable, como decimos a la Penya) ha sido un estímulo constante del que otros equipos (muy especialmente el Real Madrid) y por supuesto el equipo de todos (la selección) se han beneficiado. Estamos hablando de un trabajo de club y de cantera que ha dado al baloncesto español deportistas como Antonio Diaz-Miguel, Vicente Ramos, los hermanos Sagi-Vela, los Martin, Alfonso del Corral, Antunez, Azofra, Alberto Herreros, Carlos Jiménez, Alfonso y Felipe Reyes… el número de entorchados nacionales de estos nombres nos hacen darnos cuenta de que estamos hablando de auténtica historia del baloncesto en nuestro país. No sólo eso, algunos de los extranjeros que más han contribuido a hacer grande nuestra liga y elevar el nivel de competitividad de nuestra competición han pasado por el club de Magariños. Estrellas norteamericanas del calibre de John Pinone, David Russell, Ricky Winslow, o tiradores de muñeca de seda como Danko Cvjeticanin perduran en el recuerdo del buen aficionado estudiantil y de todos los que hemos crecido disfrutando del baloncesto en este país.  

El Oso Pinone, un yanqui de Connecticut que pervive como uno de los mayores símbolos estudiantiles.


De modo que es fácil entender que no estamos hablando de un descenso más, si no de una página de nuestro baloncesto que nadie hubiera podido prever hace un tiempo, cuando el club estudiantil era un referente de nuestro deporte, acostumbrado a luchar por el título y plantar cara a los grandes, aspirante a la Copa del Rey, e incluso habitual representante español en Europa. Pero no hay más cera que la que arde ni baloncesto que es el que se juega en la pista, y el descenso colegial es la consecuencia de una temporada en la que el demérito ha sido norma. Un curso baloncestístico desastroso en el que apenas nadie puede salvarse, con un cuerpo técnico incapaz de motivar ni enchufar a los jugadores en la competición, una directiva que lleva demasiado tiempo envuelta en dudas, sombras y críticas y que fracasa estrepitosamente en los fichajes que deberían sostener al equipo durante la temporada (mención especial para Antoine Wright del que todos recordarán su “magnífico” -19 de valoración contra el Barcelona con el que se ha asegurado un lugar en la historia de nuestra liga), y un cuadro de jugadores en el que se lleva tiempo creyendo y esperando su “paso adelante” sin que se haya producido, un grupo de jugadores jóvenes que no resisten la comparación ni por asomo con los más recientes canteranos del equipo desde los tiempos de Herreros hasta Carlos Suárez pasando por Jiménez. Sólo Jayson Granger parece haber mostrado una evolución satisfactoria, y a quien apunta a nueva perla estudiantil y una de nuestras futuras estrellas nacionales, Jaime Fernández, esto le ha pillado demasiado pronto. De modo que muy poquitas cosas se pueden salvar de la temporada estudiantil y apenas nadie debería sentirse contento por su trabajo realizado. Sólo Germán Gabriel y Carlos Jiménez, es decir, los veteranos, han tenido la vergüenza torera que se le pide a este club y han dado la cara en todo momento y luchado lo indecible para que esto no sucediera. Y por supuesto, la afición, un valor seguro al que incluso le deben no haber registrado un peor balance que el de las once victorias finales gracias a su aliento incansable (recuerdo remontadas contra el Lagun Aro o Real Madrid, por ejemplo, fraguadas en gran parte desde el empuje en la grada) 

Pese al descenso, Germán Gabriel acaba firmando una temporada notable en lo individual.


Pero no sería justo pensar que el descenso del Estudiantes se deba, simplemente, a una mala temporada en la que no han salido las cosas o se ha sesteado más de la cuenta. No. El devenir del club madrileño en las últimas temporadas ofrecía un panorama no muy afortunado camino de un rumbo equivocado que no se ha sabido enderezar, hasta llegar a esto. Como hemos recordado al comienzo de esta entrada, en la temporada 2003-04 el club alcanzaba el subcampeonato de la ACB, frente al todopoderoso Barcelona de Pesic que un año antes había reinado en Europa, y que en sus filas contaba con nombres como los de Navarro, Bodiroga, Fucka, Dueñas o Illieski. Claro que aquel Estudiantes tampoco era manco. Jugadores como Azofra, Corey Brewer, el gran "Pancho" Jasen, Carlos Jiménez, Iker Iturbe o Felipe Reyes conformaban una plantilla sólida y sobre todo muy luchadora dirigida brillantemente por un Pepu Hernandez que un par de veranos más tarde haría historia con la selección española consiguiendo el primer oro mundial para nuestro país. ¡Cómo enamoraba aquel equipo a cualquier aficionado independientemente del equipo que fuera! Aquel Estudiantes era un equipo que llevaba años creciendo, tomando el relevo de los finalistas de la Korak del 99 (precisamente ante el Barcelona) y campeón de Copa del año 2000. De hecho llevaban dos temporadas consecutivas siendo semifinalistas, y aún tras la hazaña de llegar a aquella final, la temporada siguiente volverían a estar entre los cuatro mejores, eliminando al Barcelona vigente campeón en cuartos de final y cayendo en semifinales ante el a la postre posterior campeón Real Madrid. Y a partir de ahí... caída en picado. La llegada de Juan Francisco García a la presidencia, con el club ya tocado económicamente, no sólo supuso el revulsivo esperado, si no que el equipo estudiantil comenzó a acostumbrarse a coquetear muy peligrosamente con los puestos de descenso, mientras se suceden las "caras" en la presidencia (García, Bermudez, Tejedor...) en una peligrosa inestabilidad y líos institucionales. Las temporadas 07/08 y 08/09 apenas hay momentos de alegría para el aficionado, especialmente la 07/08 en la que llegaron a jugarse la permanencia en la última jornada en aquel mítico partido en León con el club fletando plazas de la Renfe para una afición que una vez más volvió a responder. El equipo respondió a base de casta y coraje y orgullo por la camiseta.    

Los guerreros de Pepu, los últimos buenos tiempos.


La apuesta por Luis Casimiro en el banquillo parecía que podría volver a meter al Estudiantes entre la zona noble de la tabla y entre el grupo de equipos capaces de dar algún disgusto a los grandes. Una temporada 09/10 con clasificación para la Copa del Rey y el play off por el título parecía lanzar un aviso: Estudiantes había vuelto. Fue un espejismo. La temporada siguiente, es decir, la pasada, se volvieron a las andadas. Cinco derrotas consecutivas encendieron las alarmas. El equipo se puso las pilas y reaccionó para no volver a pasar aquellos apuros y malos momentos tan recientes que les habían llevado a vivir con el agua al cuello en las últimas jornadas. No obstante el daño ya estaba hecho. Se había instalado en la plantilla un nada estimulante conformismo que no ayudaba a crecer a quienes se confiaba volvieran a reverdecer viejos laureles para el club a base de apostar por ellos y trabajar con paciencia, hablamos de los Granger, Clark, o el más reciente caso de Driesen. Los problemas económicos, que obligaban a técnicos y directivos a tener que hilar muy fino en el tema de los fichajes, sobre todo extracomunitarios, hicieron el resto. Quizás si esta última reacción con Trifón Poch en el banquillo hubiera llegado antes, quizás si se hubiera apostado desde el principio por jugadores de un perfil más generoso con el equipo y el juego colectivo como Tariq Kirksay en vez de los Flores o Wright... demasiados quizás para un equipo que no supo hacer los deberes a tiempo. Y demasiados cambios sobre la marcha tratando de enderezar el rumbo de un barco demasiado a la deriva. El último movimiento desesperado con la contratación del otrora excelso Louis Bullock tampoco se ha acabado de entender, llegando tocado físicamente para jugar los tres últimos partidos (7, 15 y 6 minutos respectivamente) en decrimento de jugadores que todavía estaban adaptándose y comenzando a enchufarse al equipo (Lofton o Deane) Tremenda manera de emborronar el historial de quien ha sido uno de los más brillantes jugadores ACB de los últimos tiempos.  

Claro que si hablamos de historiales, nada es comparable a la situación que ha tenido que vivir el gran capitán Carlos Jiménez. Un jugador con 17 temporadas ACB a sus espaldas, 12 de ellas en el Estudiantes, 170 veces internacional con la selección española absoluta con la que ha sido seis veces medallista y ganador del último título del club colegial (la Copa del 2000), ve terminada su carrera con un último partido que supone el descenso del club de su vida. No, la vida a veces no es justa.     

El final que no merecía.


Personalmente, y para finalizar este requiem por el club estudiantil en el que hemos querido incidir en el hecho de que este descenso no obedece a una mala y puntual temporada si no que se ha tratado de una lenta y progresiva caída hacia el abismo, yo opino como la Demencia, quienes ya se han pronunciado sobre el hecho de que el club trate de ganar en los despachos lo que no ha conseguido en las canchas. Creo que por muy doloroso que sea, esto tiene que ser una oportunidad para el histórico club de enfrentarse a una necesaria regeneración que les reencuentre con las señas de identidad que le convirtieron, más allá de un club "simpático", peculiar, y todo lo que se quiera, en un equipo grande, luchador, orgulloso y con capacidad de sacrificio para medirse a clubes más poderosos sin perder nunca la cara. No obstante, y pase lo que pase, ¡suerte toreros, os estaremos esperando!    

El eléctrico Jaime Fernandez, la piedra sobre la que debe construirse el nuevo Estudiantes.


PD: Comencé a escribir esta entrada anoche, y hoy me levanté con una noticia que no podemos dejar pasar por alto, aunque no tenga que ver con el mundo del baloncesto, pero si con los estudiantes, y en este caso, los de verdad. En vísperas de una serie de justas protestas que comienzan mañana contra unos recortes en educación en absoluto necesarios para cualquiera que eche unas simples cuentas sobre fraude fiscal, indemnizaciones multimillonarias de grandes directivos, sueldos políticos y demás sinvergonzonerías que hemos consentido entre todos en este país, un periódico ha decidido traspasar una línea peligrosa que les convierte en auténticos cómplices, responsables y partícipes de toda la situación en la que vivimos, poniendo en la diana de la opinión pública a cinco jóvenes con rostros, nombres, apellidos, y datos personales y contribuyendo a desviar la atención sobre los auténticos problemas que vive el ciudadano medio de este país, dándole una puñalada trapera además al código deontológico periodístico que en su artículo 13 punto 1 dice:  


 "El/la periodista respetará en su trabajo informativo la intimidad y 

la dignidad de las personas, al tiempo que eludirá proporcionar datos que 
identifiquen a los/las protagonistas  de la información cuando puedan 
ocasionarles daños morales, tanto en su esfera personal como en su entorno 
familiar y social."  

Triste día por lo tanto para quienes aún creemos en algo de lo que hemos hablado en esta entrada: valores. Principios, ética, integridad, moral.  

Nada de eso importa hoy día, nunca pude intuir un panorama tan triste para el ser humano, por dentro y por fuera.  

  




viernes, 2 de septiembre de 2011

REALITY BITES

El comienzo del Europeo nos vuelve a dejar muestras, una vez más, de la incapacidad de análisis sosegados, de la falta de mesura y de equilibrio aristotélico a la hora de afrontar la realidad de esta competición. Realidad falseada cuando desde el principio se quiere vender la idea de que nos encontramos ante nuestra mejor selección de la historia, sólo por algo tan peregrino como el hecho de tener seis jugadores NBA. No dudamos que es un detalle indicador de nuestra calidad, en este blog no sólo y afortunadamente no caemos en esas estúpidas guerras FIBA-NBA, si no que admitimos que la liga estadounidense es de un nivel superior, pero quien analice un poco el baloncesto europeo reciente sabe que el número de jugadores NBA en absoluto puede otorgar ningún favoritismo. Si así fuera, en los últimos años, selecciones como Francia o Eslovenia deberían haber arrasado en estos torneos, ya que eran los combinados que más jugadores de esa liga traían. Es más, si nos vamos años atrás a una selección como Serbia, vemos que sus resultados más desastrosos llegaron precisamente cuando más NBA tenían en sus filas, y sólo han comenzado una lenta pero segura resurrección hacia la elite cuando el sabio Ivkovic ha cogido las riendas creando un bloque de jóvenes talentos llenos de hambre y ambición rodeando a un único NBA, Nenad Krstic.

La deformación de la realidad continua cuando se quiere otorgar a España el único y máximo favoritismo de la competición, como denunciamos en nuestra entrada "Dear Prudence", es decir, el campeonato empieza y acaba en España, los rivales no existen, vamos a ganar el oro sin bajarnos del autobús. Una tremenda falta de humiltad, respeto, y sobre todo una peligrosa muestra de desconocimiento de la realidad sobre un campeonato como este. Así, mi grito de guerra para este Eurobasket tengo decidido que va a ser "¡Esto no es la play-station!" mientras me sigo rasgando las vestiduras viendo como los comentaristas hacen guasas, chanzas y chistes sobre los rivales y apuestan antes de cada partido sobre si vamos a ganar por más o menos de 40 puntos, para después cuando aparece el mínimo atisbo de duda, como ese partido inaugural frente a Polonia, sacar a pasear frustraciones varias y todo tipo de fobias contra jugadores en concreto, y por supuesto, contra el siempre puesto en tela de juício Sergio Scariolo, al que práticamente se le trata como un entrenador de barrio sin mérito alguno.

Pero sobre lo que quería tratar en la entrada de hoy (que posiblemente sea la última durante varios días, ya que estaré ausente un tiempo, pero eso sí, siguiendo el campeonato) es sobre la auténtica realidad de lo que a día de hoy, en el siglo XXI, es un Eurobasket.

Pepu Hernandez ya advirtió en su día, después de hacernos campeones del mundo, y sabedor de que la presión que nos iban a colocar sobre nuestras espaldas iba a ser brutal siendo anfitriones del Europeo 2007, advirtió como digo que un Eurobasket era más duro y difícil que un Mundial.

Si no has cazado el oso no vendas la piel. Pepu lo sabía.



La descomposición de las históricamente dos grandes potencias europeas, Yugoslavia y la URSS, ha permitido que finalizase la tremenda dictadura que durante décadas ejercieron estos países, pero a su vez ha traído un buen número de pequeñas potencias salidas de esos territorios que han aumentado la calidad y dificultad general de estos torneos. Por otro lado y en este Eurobasket en concreto, la ampliación a 24 selecciones nos trae, ciertamente, una mayor desigualdad entre los grandes del torneo y las llamadas "cenicientas", pero también un aumento en las posibilidades de encontrarte "trampas" por el camino, y una mayor dificultad a la hora de mantener cierto nivel de exigencia y concentración en los primeros partidos. Así estamos viendo, y puede comprobarlo el lector con sólo echar una ojeada a las estadísticas de los partidos disputados hasta el momento, que incluso en los partidos que se han resuelto con mayor facilidad, el equipo "pequeño" ha conseguido al menos ganar el último cuarto.Por no hablar de los tremendos sustos que se han llevado selecciones que tenían el partido perfectamente controlado y un exceso de relajación les ha llevado a sentir en el cogote el aliento de sus rivales, caso de España frente a Polonia o Eslovenia ayer frente a Ucrania.

Pero además, y sobre esto si es lo que queremos llamar la atención, si echamos un vistazo a la historia reciente de esta competición, comprenderemos que si España revalida el oro, merecería considerarse una tremenda hazaña y proeza, que, por desgracia, estoy convencido que no se valorará como tal.


Si echamos un vistazo a la historia de este torneo, vemos que sólo tres países han logrado revalidar el oro a lo largo de la historia. En la década de los 30 fue Lituania, siendo independiente y antes de integrarse en la URSS. Precisamente la URSS fue la gran dictadora del torneo, ganando nada menos que ocho ediciones seguidas (entre 1957 y 1971), no sólo eso, desde 1951 hasta el citado 71, durante esos 20 años, ganó todas las ediciones menos la del 55 en la que triunfó Hungría. Es decir, durante once ediciones seguidas, los soviéticos obtuvieron diez oros y un bronce. Ese dominio tiránico encontró por fin oposición en la década de los 70 gracias a una escuela yugoslava comandada por Kresimir Cosic que ganó tres ediciones consecutivas (en la primera de ellas, en Barcelona 73, nosotros "rascamos" una meritoria plata después de derrotar a la URSS en semifinales con nuestros Brabender, Luyk, Buscató, Cabrera, Ramos, Santillana, Rullán, los Sagi-Vela, etc) A partir de ahí se establecería un liderazgo en estos torneos repartido entre yugoslavos y soviéticos, pero con apariciones esporádicas de otros países (Italia o Grecia), hasta llegar a la última selección que logró ganar dos oros seguidos, Yugoslavia en el 95 y 97.


Aquella fue la última gran selección capaz de ganar dos oros seguidos, con una colección de talentos como Divac, Paspalj, Bodiroga, Danilovic o Rebraca. A partir de ahí ningún país ha logrado tal proeza, y sólo la citada Yugoslavia, en la edición siguiente disputada en Francia, logró "rascar" chapa, obteniendo el bronce ante los anfitriones, a pesar de contar con jugadores como los mencionados, incluso más la aportación de nada menos que Predrag Stokajovic. Los vigentes campeones se la pegaron contra la Italia a la postre campeona que contaba en sus filas con el todoterreno Gregor Fucka como referente. No pudieron llegar a una final en la que por cierto si estuvo la España de Lolo Sainz con un Alberto Herreros estelar que finalizaría el torneo como máximo anotador del mismo. 

Italia por tanto se presentaba como el rival a batir en la siguiente edición, la primera del siglo XXI, en Estambul. Allí la Yugoslavia de Bodiroga, Stojakovic y Jaric demostraron que el viejo orgullo "plavi" seguía intacto. La Italia que había brillado dos años antes se vió en la cuneta cuando se enfrentó a Croacia, y acabó en una lastimosa novena posición, escaso bagaje para quienes llegaban defendiendo corona. 

Dos años después, en Estocolmo, los campeones llegaban con su nueva denominación de Serbia y Montenegro, pero su talento seguía intacto, y ahí estaban los Jaric, Stojakovic, Gurovic o Drobnjak como orgullosos estandartes de su país. Demasiado orgullosos. Dos derrotas ante Rusia y ante una España en la que ya empezaba a brillar Pau Gasol, en aquel partido que comenzó a mostrar los malos modos de ciertas estrellas serbias, con Pedro Barthe gritando que había que expulsarlos del mundo, condenó a los campeones a un cruce complicado frente a una enorme Lituania que los destrozó en cuartos y les apartó de la lucha por las medallas. Acabaron sextos. Nosotros, por cierto, volvimos a sacar plata, con una selección que sin saberlo estaba germinando semilla de campeona, con nombres como Gasol, Calderón, Navarro, Felipe Reyes, Jiménez o Garbajosa. Tocaba cambio de ciclo en el baloncesto europeo, como quizás el triple de Teodosic ante nuestras narices el pasado mundial nos indica que vuelve a tocar otro, por mucho que nos duela. Esperemos que tarde en llegar, no obstante.  



Los serbios se cabrean. No estaban preparados para el bocado de realidad que les dió Pau.

La selección dominadora en aquellos momentos era una gran Lituania. Jugadores como Jasikevicius, Stombergas, Macijauskas o Siskaukas eran pura poesía baloncestística y hace que a uno se le caigan las lágrimas recordando esos momentos en los que compartían equipo. Por lo tanto el Europeo de Belgrado en 2005 se presentaba apasionante. Por un lado Serbia y Montenegro, confiando en la mano de hierro de Zelko Obradovic desde el banquillo, y con sus estrellas NBA conjuradas para volver a colocar a su país en lo más alto frente a su afición. Por otro los campeones lituanos. Parecían los dos grandes favoritos. Pues ni los unos ni los otros. Lo de Serbia, que les vamos a contar. Un desastre. En primera ronda les pasamos por encima mientras cantábamos lo de Los Nikis de "España está aplastando a Yugoslavia...", y posteriormente Francia les dejó fuera de cuartos de final. Finalizaron novenos, con un vestuario enfrentado y jugadores enemistados entre si y rumores de que llegaron a las manos en las duchas. Un polvorín. Lituania por su parte, pese a hacer una primera fase brillante e impoluta que les colocaba como claros favoritos al oro, pese a la ausencia de Jasikevicius, se la pegó estrepitosamente contra Francia en un cruce de cuartos que fue una auténtica mina en medio del camino. Entre tanto lio una pujante Grecia se alzó con el oro. En sus filas jugadores como Papaloukas, Kakiouzis, Diamantidis o Spanoulis indicaban claramente que se abría una nueva edad dorada en el baloncesto heleno. Fue la edición en la que Nowitzki nos apartó de la final, y en la lucha por el bronce nos dejamos llevar y ni competimos.

Pero en el 2007, en Madrid, los griegos sabían que tendrían un enorme obstáculo en su camino para revalidar el oro. Eramos anfitriones y llegábamos como campeones del mundo. Pepu había advertido de la dificultad del Europeo, quería huír del favoritismo. No iba a ser un camino de rosas. La derrota ante Croacia era la primera en mucho tiempo, e indicaba que no estábamos tan sobrados de gasolina. El sufrimiento y paroxismo llegó precisamente contra Grecia, en lo que es ya un cruce clásico en rondas finales de estos torneos, y que afortunadamente se viene decantando de nuestro lado. Fue una semifinal durísima que nos dejó tocados y justos de fuerzas frente a una Rusia excepcionalmente gestionada por el grandísimo e infravalorado David Blatt, que venía de tapada y se llevó el oro. Grecia por su parte no pudo con una gran Lituania en el partido por el tercer puesto. Otra selección que llegaba como campeona y se iba sin medalla.  


La delgada línea que separa el cielo del infierno. Pau tras fallar el último tiro de la final de Madrid.


Llegamos al 2009, Polonia, última edición hasta la fecha. Nuestro Eurobasket, en el que estuvimos a punto de quedarnos fuera frente a Gran Bretaña, y acabamos pasando por encima de todos los rivales. Para seguir haciendo honor a la historia, y ver lo complicado que es esto y lo poco que duran los dominios, y lo rápido que se suceden los cambios de ciclo, Rusia cayó en cuartos ante la joven y creciente Serbia. De campeones a una séptima posición en sólo dos años. Es lo que pasa cuando hablamos de un torneo como este, con una igualdad brutal (¿no querían igualdad y competitividad en el deporte?, pues aquí la tienen), con un ramillete de rivales con un nivel similar alto que hace que no se pueda ser favorito claro. No obstante, y a pesar de la historia reciente, con nuestra habitual prepotencia y falta de conocimiento de la realidad llegamos a este Europeo haciendo apuestas sobre si vamos a ganar de más de 40 o de menos. De nada vale todo lo vivido en los últimos años, y de lo que deberíamos aprender. Esto es un camino largo y tortuoso, no una alfombra roja por la que caminas hacia el oro sin que nadie te haga sudar y sacar tu mejor baloncesto. En definitiva, esto no es la play-station. 

jueves, 25 de agosto de 2011

EN EL NOMBRE DEL PADRE



Como ya sabrán los aficionados, ayer falleció de manera repentina e inesperada el padre del jugador Felipe Reyes, y de su hermano y ex –jugador Alfonso. Evidentemente hoy Felipe no saltará a la cancha a disputar el amistoso contra Murcia, y supongo que tampoco lo harán ni Navarro ni Llull, quienes en un gran gesto de compañerismo, uno más dentro del formidable grupo de nuestra selección, han acompañado al ala-pivot cordobés en el sepelio. Una triste noticia, y desde aquí queremos manifestar nuestro más sentido pésame a la familia Reyes.   

Los hermanos Reyes, historia viva de nuestro baloncesto. 


Precisamente estos días se cumplen cinco años del gran éxito de nuestro oro mundial en Japón. Todos los aficionados recordarán aquella final contra Grecia, de la que tiempo después supimos que el entrenador, Pepu Hernandez, afrontaba con la reciente perdida de su padre la noche anterior, desgraciado acontecimiento del que no quiso hacer partícipes a nadie. Fue un gesto más que ayudó a consagrar a un entrenador de extraordinaria personalidad que, sin ser considerado un consumado estratega ni un maestro táctico de la pizarra, si hace gala de una extraordinaria inteligencia y de estar dotado de un arma poderosa y por desgracia poco usual hoy día en el mundo del deporte: el sentido común. 

Descanse en paz, Alfonso Reyes senior.