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viernes, 17 de agosto de 2012

GRUPO SALVAJE

"And now,
the end is near
and so i face
the final curtain"

(Frank Sinatra, "My way")  






Recuerdo perfectamente la situación, hace ya cuatro años. Estaba de doblete con algunos míticos mods madrileños y como pueden imaginar, bastante perjudicado debido al descomunal festín nocturno que habíamos perpetrado y después de la incontrolada ingesta de todo tipo de aquello que Baudelaire llamaba "paraísos artificiales". Era la mañana del domingo 24 de Agosto de 2008, día final y de clausura de los Juegos Olímpicos de Pekín, y jornada destinada para la gran final de baloncesto, protagonizada por segunda vez en la historia entre las selecciones nacionales de Estados Unidos y España.    

Todos ustedes recordarán aquel partido, aquellas sensaciones, aquellas imborrables emociones a flor de piel ante el brutal intercambio de canastas al que sometimos a la mejor selección de baloncesto del mundo. Fue un partido sin miedo al vértigo, o mejor dicho, un partido sin miedo al miedo. El espectáculo fue tan soberbio que volví a mi casa con la piel de gallina convencido de que nos hallábamos ante el mejor partido de baloncesto de toda la historia de los Juegos Olímpicos (así ha sido mayoritariamente reconocido), por lo que lo primero que hice fue encender el ordenador y comenzar a escribir un largo texto de maneras elegíacas sobre aquel "ars moriendi" al que habíamos asistido, aquella gozosa celebración de la muerte y la derrota deportiva, que titulé precisamente como "Grupo salvaje", en homenaje a William Holden y sus compinches, "outsiders" sin miedo a nada y ante nada que mueren matando fieles a si mismo y sus ideales, principios y valores.  Porque si hay una película que dignifica la fidelidad a unos valores (esa palabra que tanto parece chirriar) con todas sus consecuencias, esa es el "Grupo salvaje" con el que Peckinpah homenajea toda una manera de entender la vida. Aquel texto, que intenté recuperar para este blog, finalmente e imperdonablemente ha quedado perdido en el limbo del espacio de internet "gracias" a cierta red social y servicio que maldito sea por siempre por todo mi tiempo y parte de mi vida que se ha llevado. Como digo aquello fue hace cuatro años, mucho antes de que algún "hype" literario tratase de utilizar la imagen peckinpahiana para ensalzar los aspectos más innobles, sórdidos, chabacanos y mediocres del deporte. Cuando observo como desde algunas posiciones aparece la risa floja en cuanto algunos hablamos de "valores" (lo cual me parece muy bien, ya que estamos hablando de algo intangible, como todas las cosas, en mi opinión, buenas de la vida... comprendo y entiendo perfectamente que un alma prosaica o una persona excesivamente pragmática y poco idealista desprecie tal asunto), yo padezco la misma flojera en mi risa cuando me intentan vender eso que llaman "modernidad" en el deporte. Siguiendo con "Grupo salvaje", no hay que olvidar que todo el film es un canto al inconformismo ante al paso de la vida y la llegada de los "tiempos modernos", en ese sentido el gran "leit motiv" de esta obra de Peckinpah (como en tantas otras de la filmografía de este campeón californiano del celuloide) es la confrontación entre los dos personajes principales, interpretados por William Holden y Robert Ryan, antaño compañeros de pillaje y ahora enfrentados debido a que Ryan decidió pasarse "al otro lado" en vista de que había que "estar con los tiempos". "Grupo salvaje" es de esos films de aire crepuscular que celebran "el buen morir" y la fidelidad a uno mismo y a su propia personalidad. No es casual que ese mismo año de 1969 en el que se estrena la cinta, las carteleras ofrezcan la deliciosa "Dos hombres y un destino" ("Butch Cassidy and The Sundance Kid", George Roy Hill), película con evidentes paralelismos con "Grupo salvaje" (sin ir más lejos la estoicidad con la que los protagonistas se enfrentan a un final abrupto), y cuya secuencia más famosa sea posiblemente esa en la que Paul Newman descubre un nuevo invento moderno llamado bicicleta ("te presento el futuro", le dice a Katherine Ross) mientras B.J. Thomas canta aquello de "raindrops keep fallin' on my head" (canción que toda ella es una celebración de vida, y que podría entroncar con aquello que dicen por Galicia de "non choveu que non escampara"), la citada secuencia finaliza, como recordarán los aficionados a esta cinta, con Paul Newman dando con sus huesos en el suelo tras caerse del nuevo vehículo ante la mirada atónita de una vaca, para posteriormente renegar de la bicicleta, el futuro, la modernidad, y mandarlo todo al infierno.
Bueno, al fin y al cabo algún día hay que morir.

Y en esto, que llegamos al baloncesto, y a aquel Grupo Salvaje de Pekín (que no Peckinpah) de hace cuatro años quien de repente vuelve a aparecer ante nuestros ojos hace pocos días con aún mayor furia, rabia, virulencia, brutalidad y pólvora en sus rifles. ¿Cuál ha sido mejor final, la de Pekín o la de Londres?, bueno, habrá opiniones para todos los gustos, yo personalmente me quedaría con la de la capital inglesa, donde las opciones de ganar fueron aún más reales (y ojo a este dato, ha sido la final más igualada y resuelta con menor diferencia de puntos sólo por detrás de la polémica de Munich 72... tal ha sido el abrumador dominio de Estados Unidos en este torneo y este deporte), pero es posible que la de Pekín dejase mayor número de "highlights" para el recuerdo (mención especial para Rudy Fernandez siendo capaz de "posterizar" a todo un Dwight Howard) 

La final de hace unos días en Londres, que por supuesto en principio había que reconocer ya como un éxito y un regalo el mero hecho de sólo estar allí, ofrecía interesantes datos para el debate y el análisis táctico. La singularidad del perfil con el que los estadounidenses acometían el torneo, con escasez de hombres interiores y predominio del juego abierto, permitía pensar que quizás por dentro tuviéramos alguna opción (en ese sentido el partido realizado por Pau Gasol es en todo momento una auténtica lección de hombre alto capaz de leer el juego, haciendo daño al poste, buscando a los tiradores, o encontrando a su otro compañero interior, especialmente Ibaka, cuya conexión nos dio grandes momentos con los que soñar con un oro que de alcanzarse hubiera sido la mayor gesta deportiva de toda la historia de este país), había por tanto quien pensaba en llevar el partido a terrenos groseramente tácticos, esos que en ocasiones ganan partidos y campeonatos, pero acaban echando aficionados de las gradas.  Afortunadamente no fue esa la decisión de Scariolo y sus jugadores, y como el Grupo Salvaje encaminándose hacia una muerte segura en el cuartel del general Mapache, salieron a pecho descubierto, a morir matando, y a que el visceral intercambio de balas dictase sentencia.  El resultado ya lo conocen (y cuando hablo del resultado, no me refiero a ese 107-100 del marcador final, si no a lo visto durante los 40 minutos del partido), un partido (otro partido), para la historia... y ganar la historia es más importante que ganar cualquier partido, medalla o campeonato. 

Pero está claro que para llegar a esa final histórica tuvimos que sufrir mucho, posiblemente más que nunca podamos recordar en esta generación de jugadores, lo cual, hay que insistir en ello, si somos justos debería hacer que valorásemos esta plata todavía muchísimo más. 

Hace ya meses, en pleno curso baloncestístico, cuando echábamos la vista hacia el futuro inminente y los Juegos Olímpicos de Londres no había demasiadas razones para ser optimistas. Una madrugada veíamos como la magia personificada en el dorsal número 9 de los Minnesota Timberwolves se quebraba repentinamente en los instantes finales de un partido contra los Lakers. Nos quedábamos sin uno de nuestros jugadores más decisivos y que mayor plus defensivo exterior nos aporta. Rudy seguía en el dique seco, y Navarro sufría en las canchas con más orgullo y coraje que otra cosa. Todo parecía indicar que íbamos a estar muy justitos por el exterior, aunque las impecables temporadas de Pau Gasol e Ibaka (no se perdieron un partido durante todo el curso, dato tremendamente revelante en la NBA actual plagada de pivots "de cristal") si abrían cierto halo de optimismo. Aún así éramos conscientes de que reeditar final iba a ser tarea hercúlea, y que un bronce sería bien recibido. Llegó la preparación y nos fuimos creciendo, se comenzó a hablar con demasiada ligereza (y falta de respeto a los rivales) de la final USA-España como si no hubiera un arduo camino que recorrer, y ese camino enseguida nos dimos cuenta de que sería mucho más duro de lo que habíamos pensado. Nadie iba a regalar nada.  

Los problemas crecen

 Al igual que en Pekín, China supuso el comienzo de la andadura olímpica, con el recuerdo de la prórroga a la que nos llevaron hace cuatro años. Lo vimos como el típico primer partido de un torneo de este tipo, lo que buscábamos era soltarnos e ir encontrando sensaciones. Poco importaba el intercambio de golpes inicial que los chinos supieron aguantar con las excelencias en el tiro de Yi Jianlian (luego se demostró que realmente estábamos mal en defensa), el paso de los minutos y el peso de una mayor profundidad de banquillo decantó el partido hacia nuestro lado con relativa comodidad. 97-81 final apoyados en unos Pau e Ibaka imperiales (38 puntos y 16 rebotes entre ambos), y algún destello salido de la pizarra de Scariolo (una asistencia desde la línea de 6.75 de Felipe Reyes para Pau Gasol para cerrar el segundo cuarto tras tiempo muerto, jugada realmente brillante) Debut cómodo y tranquilo que tampoco permitía sacar demasiadas conclusiones, y más tratándose de una selección como la nuestra acostumbrada a saber dosificarse en primeras rondas e ir de menos a más en competiciones de este calibre. Por eso saludamos la buena imagen y el paso dado en la segunda jornada frente a Australia. Hablamos ya de un rival ciertamente respetable (y justo es reconocer que los boomers se fueron habiendo realizado un buen campeonato), ante el que ofrecimos nuestra mejor cara de la primera fase, al menos en ataque, y de una manera general durante los 40 minutos de juego. Nuestro partido más completo con un muy entonado Rudy Fernández y los hermanos Gasol y Felipe Reyes batiéndose el cobre por dentro. Navarro guardando fuerzas y cuidando su maltrecho pie.  Victoria final por 70-82
Desgraciadamente todo el buen camino recorrido en esas dos primeras jornadas se vino abajo tras el extraño encuentro ante Gran Bretaña, con un final de partido que nos dejó helados y nos metió el miedo en el cuerpo, haciéndonos vivir un sufrido “deja vu” respecto al Europeo de Polonia en el 2009, donde a punto estuvimos de hacer las maletas antes de tiempo frente a los británicos (finalmente acabamos arrasando en ese torneo con cinco partidos finales absolutamente memorables) Sabíamos que los británicos es una selección habituada a ponernos en problemas, por eso había que celebrar el 24-15 con el que cerrábamos el primer cuarto, pero adquirir ese buen colchón en el marcador, lejos de ayudarnos a jugar más cómodos y sueltos pareció acomodarnos demasiado, tanto que en ningún momento fuimos capaz de cerrar definitivamente el partido. Las diferencias se mantenían alrededor de la decena de puntos con los británicos haciendo lo que en argot ciclista se conoce como “la goma”, y llegamos al último cuarto con una buena renta de 12 puntos arriba. Suficiente para no pasar apuros… o no. Mantuvimos la diferencia hasta los últimos 6 minutos de encuentro (64-52), para a partir de ahí recibir un demoledor parcial de 14-25. ¡Nos hicieron 25 puntos en 6 minutos!, una constante sangría exterior desde el triple que como vimos en los dos partidos siguientes frente a Rusia y Brasil no fue un accidente. 79-78 pidiendo la hora, y con Calderón cerrando el partido desde los tiros libres con aplomo y seguridad (por algo estamos hablando del tipo que ha encestado 87 tiros libres consecutivos sin fallo en la NBA, y que mantiene el actual record de acierto en una temporada, con 151 de 154, 98.1 % ), comenzaron a personalizarse las críticas en algunos jugadores finalmente decisivos a partir de los cruces (Llull, Marc Gasol) y se vislumbraron ciertos e innegables defectos en nuestra selección. Principalmente una excesiva dependencia de los jugadores clave, abuso del juego interior, ausencia de lanzamiento de larga distancia, y preocupante debilidad defensiva, sobre todo en las líneas exteriores. Allí donde antaño habíamos sido una selección presionante, incómoda para el rival, que robaba balones o dificultaba pases, ahora éramos un equipo débil que permitía el acierto exterior con inusitada facilidad para el contrario.    

Me siento seguroooooo...

No parecía el mejor momento para enfrentarnos a la potencia rusa, quienes desde el primer minuto del campeonato habían demostrado una fortaleza y determinación de cara a las medallas. El milagroso triple de Vitaly Fridzon frente a la dura selección brasileña daba al partido frente a los de Blatt rango de final con la primera plaza de grupo como suculenta recompensa. Había ambiente de partido grande por tanto, y ganas de ver como respondíamos ante el primer escollo realmente importante del campeonato. Y lo que vimos durante aquel primer cuarto de aquel partido de sábado matutino realmente fue para frotarnos los ojos, el comienzo perfecto, el partido soñado. Ni en un videojuego se podría haber diseñado mejor. Una canasta de Rudy Fernández tras un difícil escorzo (daba igual, entraba todo), ponía en el luminoso un marcador de ensueño: 2-20 a nuestro favor. En aquel momento nuestros porcentajes de tiro eran del 100% en tiros libres (4 de 4) y del 80% en tiros de campo (8 de 10), increíble, irreal, inhumano. ¿El problema? Quedaban casi 35 minutos de partido. No volveríamos a tener esa diferencia de 18 puntos (aún así acabamos el primer cuarto con 17 de ventaja), y la labor de zapa por parte de la defensa ordenada por Blatt (esa defensa de ajustes “match up”, muy practicada en Estados Unidos por cierto por entrenadores como Mike Krzyzewski) nos fue desgastando poco a poco, principalmente a Pau Gasol, objetivo principal de esa zona basculante que pasaba de 2-1-2 a 2-3 en cuanto nuestro astro de Sant Boi recibía, todo ello unido a asfixiantes “traps” a nuestros pivots mientras que nuestro lanzamiento exterior continuaba desaparecido en combate (3 de 15 desde la línea de 6.75, en concordancia con el torneo que llevábamos hasta la fecha) Nos recortaron 9 puntos en el segundo cuarto, y del 32-40 con el que llegamos al descanso pasamos a un 56-51 en un abrir y cerrar de ojos (parcial 24-11) En esa montaña rusa que habíamos convertido el partido volvimos a tocar el cielo a cuatro minutos y medio para el final, Marc Gasol ponía un 60-69 en el marcador (tras asistencia de un Sergio Rodriguez decisivo para llegar a esos minutos finales con ventaja) después de un sufrimiento que debería habernos hecho aprender la lección sobre el rival que teníamos enfrente. No fue así, el escandaloso parcial de 17-5 (infinitamente mucho más escandaloso que cualquier bobada que puedan seguir diciendo sobre el España-Brasil) nos envió al infierno después de asistir a fallos de todo tipo, incluyendo un tiro libre de Pau que nos hubiera dejado con ciertas opciones. Especialmente doloroso fue el mate sin oposición de Mozgov tras una empanada defensiva de las que hacen época. Si llegábamos al partido frente a Rusia plagados de dudas, salíamos de él con unas cuantas más en la mochila, todo ello después de haber hecho nuestro mejor primer cuarto del torneo. Nos habíamos apoyado bien en Rudy y los gasoles en ataque, pero era la debilidad defensiva la que nos hacía en aquellos momentos irreconocibles. Habíamos perdido una de nuestras señas de identidad, esa que no nos permitía desfallecer en ningún momento por muy cuesta arriba que se pusieran las cosas. Contrariamente a eso nos habíamos convertido en un equipo al que apenas costaba remontarle. Blandos como la mantequilla.   

Pyschedelic Blatt

La derrota ante Rusia nos dejaba en la tesitura de que el encuentro contra Brasil era una final por un segundo puesto que posiblemente no apetecería a nadie, ni a españoles ni a brasileños, pero había que disputarlo. Había que intentar cerrar la fase de grupos con las mejores sensaciones posibles, con sólo una derrota y recuperando crédito. Esa misma tesitura provocó que apareciesen los viejos prejuicios cuando hay partidos de este tipo, dicho de otro modo, fuese cual fuese el resultado, en caso de acarrear una derrota por nuestra parte, aquellos que ya habían prejuzgado un “tongo” iban a acusarnos de habernos dejado perder (¿pensarían lo mismo en caso de victoria, es decir, pensarían en un “tongo” por parte brasileña?, lo dudo), lo cierto es que el partido ante Brasil no fue más que un calco de lo visto y vivido ante Gran Bretaña y Rusia especialmente en los instantes finales. Quien quiera ver cosas raras en ese partido tiene un serio problema. No obstante, y como quien busca al Tirador lo encuentra, tenemos preparada una entrada especial dedicada a analizar detalle por detalle dicho partido desmontando una vez más todos los tópicos y todo el lúgubre acarreo de embustes que se ha vertido reciente e interesadamente desde algunos sectores, por ello no nos detenemos más en tal encuentro. 

De modo que dejamos la fase de grupos con cierto tono grisáceo, un balance de 3-2, derrotas ante los dos equipos fuertes del grupo, sustazo frente a los anfitriones, cumpliendo ante China, y realmente sólo convenciendo ante Australia. Escaso bagaje que nos hacía poner los pies en el suelo. Por mucho que en nuestras camisetas luciese el nombre de ESPAÑA con todo el significado que ello conlleva hoy día en este deporte, o apretábamos el culo en defensa y volvíamos a recordar el significado de la palabra “sufrimiento”, o nuestras horas en este torneo estaban contadas.

Francia esperaba con el cuchillo entre los dientes. La selección de Collet no contaba con encontrarse con su bestia negra tan pronto (que malo es eso de andar haciendo las cuentas de la lechera antes de que comiencen los torneos), y se presentaban en cuartos de final luciendo sus habituales y conocidas armas. Exhuberancia física, defensa granítica, y el talento de Parker y Batum como puñales desgarradores sobre las vísceras de cualquier rival que se topase en su camino. En efecto, los actuales subcampeones de Europa parecían un buen ejército de guerrilleros machete en mano dispuestos a despellejar de una vez a nuestro veterano Grupo Salvaje que tantos infortunios les habían hecho padecer. Los galos pronto llevaron el partido a su terreno, a la guerra de guerrillas donde a nosotros cada canasta nos costaba un mundo. A pesar de irse cargando de faltas personales Francia sabía que sus posibilidades pasaban por desquiciarnos a base de físico, todo ello unido a que en ataque Diaw hacía su mejor partido del torneo, y a la fiesta se unía un invitado de excepción: Florent Pietrus. Los galos, habitualmente romos cuando se les concede espacio y tiro, nos hacían daño desde el triple y su dureza atrás no nos permitía en ningún momento ser capaces de jugar a nuestro ritmo. En un mal partido para nosotros, el único motivo de optimismo era el marcador, que aunque dominado por Francia en todo momento, en ningún momento era definitivo. Estábamos ahí, nos faltaba un empujoncito más. Creo recordar que nuestra primera ventaja no llega hasta a cinco minutos del final con canasta de Llull. El escolta madridista finalmente resulta decisivo jugando los momentos de la verdad como base en detrimento de un Calderón nuevamente indolente en defensa. Es Llull quien se convierte en el jugador clave del partido con su defensa final sobre un Parker al que se le apagó la luz en cuanto un acertado Scariolo ordenó poner al balear sobre el genio francés. Una gran jugada entre los hermanos Gasol culmina con una canasta de Marc que a falta de 45 segundos nos pone con cinco puntos de ventaja, algo que se antojaba impensable minutos antes. Y esta vez sí, para desesperación francesa en esta ocasión supimos cerrar el partido, asegurando los tiros libres tras los malos modos de una selección gala para quienes nos hemos convertido en su peor pesadilla. No jugamos bien, sufrimos lo indecible, y habría que remontarse a la Eurocopa del 2001 para encontrar un partido en el que hubiéramos ganado anotando menos de 70 puntos, pero el primer objetivo estaba cumplido, ¡volvíamos a luchar por las medallas! 

Cualquiera no va a arreglarle las goteras.


La semifinal España-Rusia parecía algo así como un puzzle macabro, un enigma irresoluble tanto para Scariolo como para David Blatt. Los dos maestros llegaban a esta partida de ajedrez con dudas, no tanto sobre sus jugadores y sus posibilidades como sobre el rival. ¿Qué Rusia se encontraría España?, ¿la selección sobre la que bailó salvajemente en los primeros compases de su enfrentamiento seis días antes incapaz de saber por donde le venían los golpes, o el fantástico coro de tiradores y ametralladoras que aparecían desde cualquier posición a partir del segundo cuarto de partido? Asimismo, ¿con qué versión española se encontrarían Kirilenko y compañía?, ¿con la de ese equipo armónico y letal en ataque que les sorprendió en el arranque de su partido previo, o con el puñado de jugadores desorientados y deambulantes que acabó el encuentro totalmente groggy incapaces de explicarse a si mismos como habían dejado escapar aquel partido? Sea como fuere Blatt no quería esperar. Ofreció lo mejor de su táctica de salida, modelando un partido incómodo en el que los puntos llegarían con cuentagotas y en el que nuestros pivots apenas pudieran maniobrar (Pau se fue con su casillero a cero en el primer cuarto), el 20-31 con el que nos fuimos al descanso era bastante elocuente. En un encuentro con ese escaso ritmo anotador, los once puntos de diferencia eran una losa. Difícilmente los rusos permitirían parciales producidos por un juego más veloz o un ritmo más alto. Nos encontrábamos por tanto ante los posiblemente 20 minutos más difíciles que ha tenido que afrontar esta selección durante mucho tiempo. Desconozco que es lo que se dijo exactamente en los vestuarios españoles del O2 londinense, y cual fue la consigna con la que se salió a cancha (aún así y a 1400 kilómetros de distancia hay gente que sin vergüenza ninguna es capaz de asegurar que en tal vestuario o en tal banquillo sucede tal o cual cosa… que les vamos a contar que ya no sepan), por lo que he leído a algunos jugadores, incidieron en recuperar la alegría en el juego, admitiendo la posibilidad de caer en semifinales al menos que fuera muriendo con su estilo, en otras palabras, ATREVERSE a jugar. De modo que en esa segunda parte nuestra selección recuperó dos simples y básicas señas de identidad que les llevan dando triunfos sin cesar desde el Mundial 2006: intensidad defensiva y descaro en ataque. Una receta muy simple, que por supuesto cualquiera puede aplicar (igual que cualquiera puede hacer una tortilla de patatas pero de la que hago yo a la que hace mi madre media una constelación entera) El primero en unirse a la fiesta fue el siempre hiperactivo Rudy, quien entendió perfectamente el mensaje: si iban a quedarse fuera del show, al menos que se viese de lo que eran capaces. Un triple suyo nada más reanudarse el partido enchufó a todo el equipo y a toda la afición que empujábamos detrás. Había que endurecer el partido atrás, y lo hicimos. Si anotasen, que fuese con enorme sufrimiento o a través del tiro libre, no importan las faltas (en la primera parte no les llevamos al 4.60 en ningún momento). Calderón fue otro de los que vio que había que echarle  morro al partido y empezó a tirar…  y lo que es realmente importante, a meter. Un robo de Rudy (una vez más trabajando en toda la pista) fue culminado por otro triple de Pau que nos ponía a 3 puntos. Alternábamos fallos y aciertos a partes iguales, pero, ¿qué más daba?, habíamos recuperado la alegría en el juego y comenzábamos a golpear furiosamente en la puerta de la final. Los rusos notaban nuestro aliento en su cogote y era cuestión de tiempo que llegásemos… y antes de la bocina final del tercer cuarto, Calderón desde el 6.75 ponía un 46-46 para indicarnos que había un partido nuevo. Diez minutos en los que la gloria o el fracaso serían más que nunca esos dos impostores de los que hablaba Kipling. Se trataba por tanto, simplemente y pasase lo que pasase y fuese cual fuese el resultado, de vivir sin miedo, de ser una vez más unos trasuntos de Daredevil disfrazados de jugadores de baloncesto. Consistía, una vez más, en la fidelidad a si mismos, en volver a ser el auténtico Grupo Salvaje sin miedo a la muerte. Jugarse el pase a una final olímpica en sólo diez minutos y no marearte sólo puede entenderse si eres un equilibrista sin red acostumbrado a desafiar el peligro y el vacío. Y en esa tesitura de vivir sin aliento es donde parece encontrarse más cómoda nuestra selección, acostumbrada a dar lo mejor cuando pinta lo peor, y a aplastar con brutal insolencia cualquier atisbo de duda que desde los crueles vendedores de complejos quieran plantear. Volvió a aparecer el criticado Llull, Calderón siguió a lo suyo, Felipe sacó músculo y Marc apuntaló el edificio. Las diferencias comenzaron a moverse en torno a la decena de puntos y todo ello con Pau en el banquillo, y de nuevo acierto de Scariolo al despojar a Blatt de su principal referencia a la hora de ajustar su ya famosa defensa. Pau es nuestro líder, cierto, pero cierto es también que al quitarnos la gigantesca red de nuestro mejor jugador de todos los tiempos por unos instantes durante aquel último cuarto recuperamos de nuevo la coralidad en ataque. Con nuestro mejor hombre en el banquillo el resto de jugadores dio un generoso paso adelante, nunca atrás. Hablando de generosidad, la imagen de Llull recorriendo toda la pista para robar limpiamente un balón por detrás a Fridzon (nuestra pesadilla seis días antes) no dejó lugar a dudas en ese aspecto. Habíamos vuelto. El Grupo Salvaje aún tenía balas en sus fusiles, e iríamos a morir dos días más tarde. En otro final para la historia, como en las mejores películas.    

¿Quién dijo miedo?

7 comentarios:

  1. Siempre nos quedará la duda de que hubiera pasado con Rubio defendiendo el perímetro....

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  2. Muchas gracias naturalezadolescente... Marcos, ¿qué puedo decir yo de Ricky que no suene a ventajista u oportunista?, ya es sabido lo que pienso del genio del Masnou... aún revisionando la final de Pekín días antes del comienzo de lo de Londres era increíble verle en el último minuto (y fue nuestro jugador que más minutos jugó en ese partido) presionar sin descanso a toda la pista e intentar cortar cualquier pase... un jugador único, esperemos que esa rotura de ligamentos se note lo menos posible.

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  3. Bueno la recuperación se está haciendo como debe de ser. Es un joya y lo saben, con lo cual no han forzado. En diciembre saldremos de dudas. Yo personalmente soy optimista y con la juventud que tiene, no creo que merme su juego.

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  4. No sé, Marcos, quizás mi fanatismo por Ricky me hace curarme en salud y ponerme en lo peor, por si acaso, para no llevarme el palo si no vuelve a ser el mismo... de todos modos es una lesión muy jodida y si echamos un vistazo al historial de quienes la han padecido muchos han visto de alguna manera truncada su carrera, aunque es cierto que hoy día se ha avanzado mucho en este tema:

    http://www.apbr.org/forum/viewtopic.php?t=3533

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  5. coñe, ese artículo es demoledor....esperemos que RR no lo lea...porque es para llorar. Yo creo que todo depende (obviamente) de la edad del jugador, porque no es lo mismo que le pase eso a Nash que a un chaval de 21 años. Yo llevo con tendinitis en el brazo izquierdo ...1 año....eso mismo con 20 años, ni lo veo ;-) por no hablar como tu bien dices de los adelantos médicos, tanto en la operación como en la recuperación. Luego hay que tener en cuenta el modo de juego del afectado. Si eso le pasa a un jugador muy físico, como Llull p.ej. si creo que se vería más afectado, pero no creo que al juego de RR le afecte tanto......esperemos

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  6. Bueno, ese artículo habla también de lo que se ha avanzado hoy día en este tema. Para demoledor lo de Derrick Rose diciendo (recordemos que ha sufrido la misma lesión) que ha sido lo más cercano a la muerte que ha conocido... sobre la edad, depende como lo mires, un jugador joven se puede recuperar mejor, pero por otro lado es una lesión que le influye más en su juego y su carrera, ya que aún no sabe donde está su techo, que en uno maduro y que ya ha alcanzado su mejor nivel.

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