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martes, 12 de julio de 2016

LA "DURANTULA" EN UN NUEVO ECOSISTEMA





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El verano de 2016 está siendo realmente movido en la NBA. Se veía venir, con el incremento del tope salarial y la obligatoriedad de las franquicias de gastar al menos el 90% de dicho tope en contratos con sus jugadores. Mucho pastel para repartir y un suculento mercado de agentes libres con un nombre propio brillando por encima del resto: Kevin Durant.


El rumor una vez más ha sido antesala de la noticia, y el alero de interminables brazos  nacido en Washington, cansado de ver una y otra vez como sus Oklahoma City Thunder no terminan de dar el salto de calidad definitivo (a pesar de que en las últimas seis temporadas han jugado cuatro finales de conferencia, siendo en ese sentido el equipo del Oeste más fiable junto a San Antonio), ha hecho las maletas rumbo a Oakland. 54.3 millones de dólares por dos temporadas tienen la culpa (que le convierten en el jugador mejor pagado de la NBA… al menos hasta que conozcamos el nuevo contrato de LeBron James), pero sobre todo la posibilidad inmediata de luchar por el anillo en el equipo que alcanzó 73 victorias en liga regular por primera vez en la historia. Unir sus fuerzas a Stephen Curry, Klay Thompson, Draymond Green y Andre Igoudala convierte a los Warriors en los máximos favoritos para conseguir el próximo título. No hay un quinteto igual en toda la liga, con una calidad escandalosa además de una extraordinaria versatilidad. El presumible próximo quinteto titular de Steve Kerr (Curry, Thompson, Durant y Green son innegociables, y las salidas de Barnes, Bogut y Ezeli hacen pensar que Kerr definitivamente apostará por “Iggy” de inicio, renunciando al pívot puro, para pasmo de los ortodoxos… a menos que apueste por Pachulia como jugador de inicio) se anticipa indescifrable para los rivales, y la duda en todo caso se instala en la capacidad de Kerr y su equipo para adaptarse a tantos jugadores que hacen tantos tiros por partido.     


No sería la primera vez que un equipo diseñado para el éxito inmediato fracasa. Quizás el fiasco más extraordinario sea el de los Lakers de la temporada 2012-13. Después de que Mike Brown durase tan sólo cinco partidos (balance 1-4) y tras un breve remontar el vuelo con el interino Bernie Bickerstaff (otros cinco partidos con balance 4-1), Mike D’Antoni veía como ponían a su disposición un equipo de auténtico ensueño: Steve Nash, Kobe Bryant, Metta World Peace, Pau Gasol y Dwight Howard, y desde el banquillo jugadores de la calidad de Antwan Jamison o Jodie Meeks. Parecían destinados a arrasar, y máxime con el entrenador que había desarrollado un baloncesto de hermosa locura ofensiva en Phoenix Suns con la batuta de precisamente Steve Nash. Sin embargo los problemas con las lesiones, y sobre todo la falta de química entre las figuras, les llevó a verse luchando por las últimas plazas de play offs. Finalmente lograrían clasificarse séptimos (balance 45-37) para ser barridos por San Antonio Spurs en primera ronda. No fue tan escandaloso el fracaso de Los Angeles Lakers de la temporada 2003-04, pero el resultado final fue igualmente decepcionante. Gary Payton, Kobe Bryant, Devean George, Karl Malone y Shaquille O’Neal se vislumbraba como uno de los quintetos más estelares de toda la historia de la glamourosa franquicia californiana, apoyado por un banquillo con nombres ilustres como Dereck Fisher, Horace Grant, Rick Fox,  y jóvenes prometedores como Kareem Rush o el ucraniano Mevdevenko. Todo esto bajo la dirección del maestro Phil Jackson en el banquillo. Llamados a ganar el anillo, dominaron la división Pacific con un balance 56-26, la cuarta mejor marca del año. Su mejor versión se vería en los play offs, primero pasando por encima de Houston, y posteriormente eliminando a San Antonio y Minnesotta, franquicias que habían hecho mejor temporada regular que los angelinos. Parecían claros favoritos ante los Pistons de Larry Brown, pese a no contar con el lesionado Karl Malone. Pero Detroit fue un rodillo y sólo una victoria en la prórroga en el segundo partido evitó un humillante “sweep” (barrido) Incluso los Heat de LeBron, Wade y Bosh no vivieron la gloria inmediata, perdiendo sus primeras finales contra pronóstico contra Dallas Mavericks, si bien se resarcirían, y de qué forma, ganando los dos siguientes campeonatos de manera consecutiva. El regreso de LeBron a Cleveland tampoco supuso el anillo el primer año, pese a estar secundado por Irving y Love (si bien es cierto que ausentes en las finales, con excepción de Irving en el primer partido), aunque la constancia les ha hecho llevar el primer título de la historia para su franquicia. Golden State se convierten en claros favoritos al anillo de 2017, pero afortunadamente será la cancha la que dicte justicia.      



¿El mejor quinteto de la historia?



Hay que tener en cuenta que una de las claves de estos maravillosos Warriors de Steve Kerr ha sido la química. No ha sido difícil, teniendo en cuenta que ningún jugador de este equipo llegó a la NBA con la etiqueta de “next big thing”, ni siquiera Curry, número 7 del draft. Incluso Draymond Green es un segunda ronda. No ha tenido por tanto que lidiar Kerr con los egos descomunales de jugadores que ya son estrellas desde la universidad (o incluso desde el instituto) Pero Durant es un caso distinto. Un jugador acostumbrado a ser el foco de atención mediático allí donde ha jugado, y que no fue número 1 del draft simplemente por la obsesión (cada vez menos plausible, en vista de los dudosos resultados) de las franquicias en encontrar ese pívot dominante, piedra filosofal baloncestística que en 2007 tenía el nombre de Greg Oden, jugador de cristal que tras constantes idas y venidas de las canchas finalmente se dedica a cultivar su fortuna personal en el baloncesto chino. Los fantasmas de 1984, cuando dejaron pasar la oportunidad de hacerse con Michael Jordan por preferir a Sam Bowie (otra vez la obsesión por los pívots), volvieron a aflorar en Portland. El jugador a elegir era Durant (MVP de la temporada en 2014 y cuatro veces máximo anotador de la liga), no Oden. 


En un juego tan completo como el baloncesto y en el que la importancia de tan distintas facetas hace que hayan llegado a ser estrellas jugadores tan radicalmente opuestos en su juego como pueden ser Allen Iverson y Dennis Rodman, por poner dos ejemplos, sigue siendo la anotación la estadística más propicia para alimentar el ego de los jugadores. Y es que el aficionado por lo general sigue fijándose más en el hombre que mete la pelota en el aro que en el defensor superlativo, el taponador estratosférico, el fajador de los tableros o en el director imaginativo. Kerr en ese sentido tiene que saber manejar la convivencia entre dos jugadores que han sido máximos anotadores de la liga, como son Curry y Durant. Dos tipos que suman entre ambos 39.4 tiros de campo por partido en la pasada temporada regular. A todo esto… ¿podrá seguir teniendo Klay Thompson sus 17 lanzamientos por partido? Hablamos ya de 56 tiros entre tres jugadores. El pasado curso los Warriors lanzaron 87.3 veces por partido. De modo que quedarían unos 30 tiros a repartir entre todo el resto del roster. Migajas. 


Eso, o aumentar todavía más el ritmo de juego y subir la apuesta por la locura ofensiva, para disfrute del espectador. Marcin Gortat, el pívot de los Washington Wizards, ha afirmado en redes sociales medio en broma que estos Warriors pueden ser capaces de llegar a los 200 puntos en un partido. Si Kerr es capaz de aumentar el número de posesiones por partido (un pase menos, dos segundos menos de posesión… y sobre todo, mayor defensa, mayor presión para recuperar más balones), podemos asistir definitivamente a la mayor maquinaria ofensiva que jamás haya visto el baloncesto moderno, pero para eso no deben perder sus señas de identidad, una de ellas es la vertiginosa circulación de balón (algo en lo que no debería tener problema en encajar Durant) Por tanto sobre el papel no pinta nada mal. Pero no todo puede ser tan positivo. El precio de tener el quinteto titular más demoledor que se pueda recordar en décadas en la NBA, hace pagar el precio de debilitar el que era uno de los banquillos más resolutivos de la liga. 


Y es que de una segunda unidad como la que manejaba Kerr la pasada temporada, compuesta por Livinsgton-Barbosa-Rush-Igoudala-Ezeli-Speights, reforzada en invierno con la llegada de Anderon Varejao, pasamos a un previsible banquillo integrado por Shaun Livingston como sexto hombre y veteranos como David West o Zaza Pachulia, a la espera de lo que puedan aportar jóvenes como Ian Clark, McAdoo, Looney y los rookies (entre los que habría que incluir a Looney, lesionado todo el pasado curso) Damian Jones y Patrik McCaw. Barnes, Speights, Ezeli, Rush y Barbosa salen del equipo, y no está claro el futuro de Varejao. Demasiados cambios en una plantilla que funcionaba, y para la que suenan más veteranos como David Lee o Ray Allen. Una rotación menos larga y fuerte y con muchos años en las piernas de sus jugadores, recordando demasiado a los Heat de la era LeBron o incluso a los recientes Cavs con casos como los de Shawn Marion (anecdótico la pasada temporada) o Mo Williams, cada vez aportando menos. Más calidad pero concentrada en menos jugadores, precisamente un reproche que se le ha hecho habitualmente a LeBron James. 


En ese sentido es flagrante la diferencia de criterio con el que las redes sociales han acogido la noticia del fichaje de Durant por Golden State respecto a cualquier decisión de LeBron para asaltar el título. Memes cachondeándose de LeBron, Irving y Love, al parecer muertos de miedo ante los nuevos Warriors, una animación del próximo NBA 2K17 que muestra a los jugadores de Oakland agigantados de tamaño contra unos pequeños Cavaliers, o chistes gráficos en los que Steve Kerr aguarda la llegada de veteranos en busca de un anillo, incluso jugadores ya retirados como Iverson, Barkley o Karl Malone. Todo muy simpático, nada que ver con el odio demostrado hacia LeBron cuando se reunió en Miami con sus amigos Wade y Bosh. Cosas del submundo “hater”.  




La vida sigue igual, palos a LeBron y respeto para sus rivales.



Tampoco compartimos las críticas hacia Durant (igual que no compartimos en su día las que hubo hacia LeBron) de algunos jugadores legendarios o de muchos aficionados, desvirtuando el valor del alero en comparación con los “Magic”, Bird o Jordan que dominaron la NBA hace unas décadas. Nos parece un argumento muy demagógico, porque para empezar hay que entender que la NBA ha cambiado mucho, y no es comparable una liga con 23 equipos, como la que se encontraron estos jugadores, que la actual con 30. A menos equipos, la concentración de calidad en los equipos dominadores era más evidente. Por otro lado es cierto que estos jugadores no necesitaron cambiar de equipos para ganar títulos, porque los movimientos en los despachos de sus franquicias consiguieron crear auténticas constelaciones de estrellas. Hay que recordar que los Lakers 80’s del showtime llegaron a juntar a tres números uno del draft (“Magic”, Worthy y Abdul-Jabbar), y un número cuatro como Byron Scott. Tres números uno del draft y un número cuatro en un quinteto titular no ha vuelto a verse en ningún equipo desde entonces. ¿Qué necesidad tenía “Magic” de cambiar de equipo? El caso de Bird no es tan descarado, pero hay que recordar que al “pájaro” le rodean de uno de los mejores pívots del momento, un Robert Parrish que deslumbraba en Golden State, junto a Kevin McHale, número tres de su draft, en un gran movimiento en los despachos de Red Auerbach en 1980. El laureado entrenador y directivo de los Celtics pondría la guinda cuando en 1983 se hacía con los servicios de nada menos que Dennis Johnson, quien había llevado a los Seattle Supersonics a ganar el campeonato de 1979 en el que había sido MVP de las finales. ¿Necesitaba Bird irse a otro equipo cuando le habían conseguido a dos de los mejores jugadores de la liga en sus posiciones (Johnson y Parrish) y otra estrella universitaria como McHale? Si le concedería en todo caso más mérito a Michael Jordan, quien sólo tenía a Pippen como jugador que hubiera podido considerarse “jugador franquicia” en otro equipo, pero también es cierto que siempre estuvo rodeado de grandísimos jugadores, la mayoría de ellos creciendo a partir del draft. Y éste es, en definitiva, el gran cambio que experimenta Golden State con la llegada de Durant, desterrando la filosofía de equipo ganador creado a partir del draft, que si le hacía emparentarse con míticas franquicias de los 80 o primeros 90.  



A veces es peligroso cambiar un animal de ecosistema, ya que puede romper el equilibrio natural entre planta, animales y demás componentes. El tiempo dirá si la adaptación de la “Durantula” al ecosistema Warrior, en el que todos eran felices aceptando unos roles ya perfectamente definidos en dos temporadas de auténtico ensueño, traerá beneficios a Oakland o por el contrario alterará el que parecía el ecosistema más envidiable de todo el planeta NBA.   



Bird y sus soldados







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