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martes, 6 de junio de 2017

LA MÁQUINA INFERNAL



Meter, meter, meter y volver a meter...


Segundo partido de las finales NBA con un guión casi calcado al del primero. Cleveland resistiendo, aguantando hasta el descanso (64-67), pero incapaz de seguir el vendaval ofensivo de esta máquina perfecta, infernal, en la que ha convertido Steve Kerr (por fin de vuelta al banquillo) a sus Golden State Warriors. El propio Kerr, listo como él solo, ha frenado la euforia californiana llegando incluso a declarar que jugando como en el segundo partido no tienen opción de ganar en Cleveland, aludiendo a que la victoria fue una cuestión de talento individual. No quiere relajaciones, pero la realidad es que estamos asistiendo a un equipo tan demoledor como demuestra su inaudito 14-0 en play offs y sus 27 victorias en los últimos 28 partidos. 12 partidos seguidos en post-temporada ganando por más de 10 puntos, y una cantidad de records para el recuerdo. El último, sus 18 triples, máximo conseguido en un partido de series finales. 18 triplazos que ayudaron a estirar el marcador a esos 132 puntos finales que constituyen la segunda mejor marca en la historia en un partido por el título (el tope lo siguen teniendo los Boston Celtics de 1987, con 141) Los Cavaliers consiguieron llegar a esos 113 puntos con los que los Warriors les derrotaron en el primer choque, pero de poco les sirvieron ante la voracidad ofensiva de Golden State. Y es que a Durant (33) y Curry (32) se les sumó el que faltaba. Klay Thompson recuperó su tino anotador con 22 puntos. 87 puntos entre jugadores. Demencial.  


Pero los focos se siguen concentrando principalmente en Durantula. 35,5 puntos por partido está promediando en estas finales. De otro planeta. LeBron mantiene el tipo y sigue devorando estadísticas. El domingo noche sumó un nuevo triple-doble, es su octavo en unas finales, lo que le iguala en este campo con el legendario “Magic” Johnson. 


El problema para los de Ohio, qué duda cabe, está en que la segunda unidad no da un solo motivo de esperanza para mantener alguna opción al título. El caso más sangrante es el de Deron Williams. Si hace tres años nos hubieran dicho que unos Cavaliers con Irving y Williams como pareja de bases iban a echar de menos a Mathew Dellavedova hubiéramos preguntado por el camello de quien hiciera tal afirmación, pero así de caprichoso es este deporte. El antaño All Star de la NBA acumula 4 pírricas asistencias, un 0 de 9 en tiros de campo, y un -16 cuando está en pista en estos dos primeros partidos. Para llorar. Tyronn Lue sigue sin encontrar un “factor X”, un héroe inesperado al que aferrarse y que pueda, ya no desequilibrar, al menos igualar la balanza frente a unos Warrios muy superiores en estos dos primeros partidos. ¿Dónde quedó la asombrosa capacidad reboteadora de Tristan Thompson?


Las finales viajan a Cleveland con el mismo resultado que el año pasado a estas alturas. 2-0 para Golden State. Incluso podríamos decir que el pasado curso la situación pintaba peor ateniéndonos a los números, ya que los de Kerr acumulaban un +48 en los dos primeros partidos ante su rival, y habían aplastado sin miramientos a los de Ohio por nada menos que 33 puntos de diferencia. Pero, ¿hay motivos para pensar que Cleveland pueda repetir la proeza de 2016? Sinceramente lo dudo. Para empezar la propia experiencia de lo sucedido la anterior campaña sirve tanto de aviso como de acicate para que los de la Bahía sigan haciendo su mejor baloncesto, como el propio Kerr ha demostrado con sus declaraciones. Y luego el efecto Durant, el elemento que proporciona el desequilibrio total en los distintos aspectos que pueden garantizar el éxito en las finales. Por un lado en el aspecto deportivo, ya que hablamos del jugador con mayor talento ofensivo del planeta (o al menos capaz de igualarse con Harden, Westbrook, y su propio compañero Curry), en un gran estado de forma y totalmente recuperado de una lesión que si bien le tuvo en el dique seco durante meses, ha permitido que tenga en sus piernas tantos minutos como sus compañeros. Por otro lado en el aspecto emocional, ante la posibilidad de ganar por primera vez un anillo y de sacarse la espina de las finales de hace cinco años, cuando los Miami Heat de precisamente LeBron James echaron por tierra el sueño del alero de Maryland. Aquellas finales supusieron el fin de la sociedad Westbrook-Harden-Durant, con la salida del escolta, traspasado a Houston y acusado de no responder en los momentos decisivos de un campeonato. Desde entonces los intentos de Westbrook y Durant por alcanzar el ansiado anillo por Memphis, San Antonio y los propios Golden State. Nadie parece desear por tanto este título más que KD, y su demoledor arranque en las finales parece confirmar este hecho. 



Cleveland, de hecho, parecen tener mejor tono ofensivo que el pasado curso, con un Kevin Love por fin rindiendo al nivel esperado. Pero siguen sin encontrar solución a la máquina infernal californiana. Nadie parece querer (o quizás poder) bajarse al barro y hacer sufrir a un equipo envuelto en la mayor inercia ganadora que se recuerda en muchísimo tiempo. Dicen que en el vestuario de Cleveland olía a marihuana después del segundo partido. Hay que tomarse la vida con filosofía. Quizás incluso también se escuchase algún suspiro entonando un “Mathew, we miss you…”  



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