¡SÍGUENOS DESDE TU CORREO!

miércoles, 14 de marzo de 2012

CUANDO UN CRACK HACE CRACK

"Amor para mi compañero y amigo @rickyrubio. Que te recuperes rápido. Te echaremos de menos" (Kevin Love vía twitter)

Uno de los motivos más recurrentes en este blog, un tópico al que gustamos de aferrarnos en nuestros sufridos debates baloncestísticos, es el del “what if?”, ese escenario ucrónico sobre lo que pudo haber sido y no fue. Algo habitual en el mundo del deporte, un escenario en el que el aficionado tiende a idear, e incluso idealizar, una visión de los acontecimientos en la que el máximo potencial haya podido ser desarrollado sin impedimento ni traba alguna.

La historia del deporte en general y del baloncesto en particular está jalonada de “what if?s”, equipos que podían haber sido dinásticos, entrenadores que hubieran entrado en la historia de haber recibido la confianza y medios necesarios, y por supuesto, jugadores que no llegaron a explotar lo mejor de su juego. Hay muchas razones para explicar porque carreras que parecían destinadas a establecerse como legendarias se quedaron simplemente en buenas, normales, regulares, o incluso en otros casos fueron un fracaso, o yendo más allá en algunos casos más puntuales ni siquiera llegó a haber carrera. La falta de profesionalidad, una cabeza mal amueblada, ser poseedor de una naturaleza adictiva, ausencia de disciplina y de sacrificio, malos hábitos, endeblez mental, falta de ambición… todos estos factores determinarán en mayor o menos medida la brillantez de una trayectoria deportiva, y luego están, por supuesto, las lesiones. 

Al fin y al cabo todos estos factores de los que hemos hablado son perfectamente controlables, o deberían serlo, por el propio sujeto, dueño y señor de su vida y del talento con el que ha sido dotado, y libre de elegir entre sacrificarse para hacerse un hueco en la historia reservado sólo a los más grandes o simplemente tener una carrera que le sirva para vivir, y en la que nunca le faltarán ofertas dada su calidad innata. En ese sentido incluso tendemos a sentir simpatía por los segundos, deportistas más humanizados que como que cualquier hijo de vecino demuestran una tendencia natural al hedonismo, y nos parece comprensible que se dediquen a meter más puntos fuera de los terrenos de juego que dentro de las pistas. Los vemos como unos trasuntos de Curro Romero a los que hay que dejar a su aire, arriesgarse a pagar la entrada, y encontrarte con una faena de dos orejas y rabo (no sé que hago utilizando metáforas taurinas cuando soy contrario a esa “fiesta”) que te deje el alma henchida de gozo y placer para un mes, o encontrarte un espectáculo deplorable simplemente porque al genio no le apeteció ese día ponerse el mono de trabajo, y la caprichosa musa, si no se la entrena un poco, puede volar de una azotea a otra y buscarse acomodo en otro artista con más ganas de mover el culo. Pero en definitiva, ¿acaso hay alguien que no sintiese simpatía por Mágico González? 

Mágico Gonzalez frente a Maradona, paradigmas del genio disoluto.


Las lesiones, sin embargo, escapan por completo al control absoluto por parte de los protagonistas. Está claro que hay factores controlables, determinados hábitos, estar en buenas manos en terrenos fisioterapéuticos, y por supuesto no forzar buscando reapariciones milagrosas que suelen traer recaídas bastante gravosas, más incluso que la lesión original. Y también es cierto que hay físicos más propensos a “romperse” que otros, pero en general tendemos a pensar que el tema de las lesiones suele tener más que ver con el azar que con la propia gestión de su cuerpo, talento y energías por parte del deportista en cuestión. Los infortunios físicos de los que hablamos han producido auténticos calvarios para quienes los han padecido, y también, de un modo más egoísta, han sido mazazos para todos los que amamos este deporte, truncando carreras vertiginosas que nadie podía intuir donde estuviera su límite, privándonos de proezas y hazañas aún mayores de las vistas en el que consideramos el más espectacular de los deportes. En ese escenario improbable de “que hubiera sido”, para mí el caso más doliente es el de Arvydas Sabonis, jugador que posiblemente no llegó ni a demostrar el 50% de todo el baloncesto que podía haber desarrollado, un gigante cojo limitado a jugar prácticamente andando. Aún así desde el comienzo de su carrera hasta el final de la misma dominó toda cancha por la que pasó, pero siempre sin poder hacer un esfuerzo de más y con restricciones de minutos en juego. ¿A dónde hubiera podido llegar un Sabonis sin lesiones?, ¿qué clase de coloso hubiéramos podido presenciar de haber tenido el físico de, pongamos un Wilt Chamberlain (a pesar de que “The Slit”, como muchos gigantes, también sufrió la severidad de las lesiones durante su carrera, pasando prácticamente en blanco su segundo año “laker”)?

No se trata tampoco de hacer un repaso exhaustivo a todos lo que habiendo sido muy grandes, podían haberlo sido todavía más. No hace falta irse muy lejos en el tiempo y el aficionado seguro que podrá recordar casos como los de Grant Hill o Tracy McGrady, quienes han sido de los mejores jugadores de los últimos tiempos, pero, ¿y si las malditas lesiones no les hubieran cortado ininterrumpidamente su progresión, si no hubieran visto minada su moral por culpa de esos percances que les impedían llegar a establecer ese dominio en la mejor liga del mundo para el que parecían haber sido destinados? Reciente está también el caso de Yao Ming, una joya de 229 centímetros de buen baloncesto y fina muñeca quien desde 2005 ha pasado más tiempo en las clínicas que en las canchas, hasta su reciente retirada hace unos ocho meses. Y que decir de Greg Oden, ya prácticamente un ex –jugador de sólo 24 años de edad. Número 1 del draft del 2007, uno de los mejores de los últimos tiempos, y llamado a marcar la nueva era de la NBA junto a Kevin Durant. “Durantula” se ha quedado solo en tal tarea. El caso de Oden además alimenta el mito de Portland Trail Blazers como la franquicia maldita por excelencia, corroborado esta misma temporada con la retirada de Brandon Roy. Con sólo 26 años de edad, quien había sido “rookie” del año en 2007 e integrante del segundo y tercer quinteto ideal en 2009 y 2010 respectivamente, nos decía adiós con la dolorosa confesión de que, sencillamente, con sus rodillas no puede jugar a esto. En estos días hemos recordado el durísimo caso de Mario Bruno Fernandez gracias a una entrevista en la web Nuevo Basket. No hace muchos años se hablaba de él como uno de los bases de moda de nuestro baloncesto, e incluso llego a ser invitado por Pepu Hernandez para la preselección del Europeo 2007. Ahora, a sus 28 años de edad, una malformación en su rodilla no sólo le ha alejado de las canchas de jueg, si no que directamente lucha por poder volver a andar sin necesidad de muletas.  

El duelo por un reinado que nos quedaremos sin vivir.


A estas alturas del texto, y si el sufrido lector ha sido capaz de llegar hasta aquí, ya habrá sido capaz de imaginar de que estamos hablando. Quedaban apenas quince segundos para el final del Minnesota Timberwolves- Los Angeles Lakers, partido intenso y disputadísimo que confirmaba una vez más que si hay un equipo revelación esta temporada en la NBA, una franquicia que haya dado un paso de gigante, esa es la de los lobos grises dirigidos por Rick Adelman. Quedaba como decimos menos de un minuto en la noche del pasado viernes para el desenlace de un choque vibrante cuando Kobe Bryant en esos minutos finales de “kobesistema” se encontraba con la marca de un Ricky Rubio quien estaba volviendo a demostrar su mejor nivel. Kobe y Ricky estaban disputando un duelo realmente apasionante, pleno de intensidad, miradas, “trash talk”, y demás aspectos de esos que nos hacen dudar de la edad de Ricky y su grado de “rookie”, viendo la madurez con la que ha afrontado cada choque con las vacas sagradas de la liga. Era el duelo de la noche y llegaba a su resolución final. El depredador por excelencia de la liga, el devorador de registros, el jugador más seguro en los finales igualados, el rey del “clutch time”, frente al novato descarado que estaba poniendo patas arriba la liga, que estaba volviendo a llevar al baloncesto a los terrenos de la fantasía de donde no debió moverse jamás, que había liberado el juego de las ataduras de los especuladores, de los mezquinos, de los escamoteadores del espectáculo, y de quienes tienen el gris por color predilecto. 

Y entonces… Ricky hizo crack. 

Imagino que muchos de ustedes que, como yo, estarían viendo el partido en directo, enseguida sintieran una súbita preocupación ante la caída, no demasiado aparatosa, pero si con una “doblez” que no anticipaba nada bueno. Preocupación que se confirmó al ver las repeticiones, o al observar los gestos de dolor de Ricky en el banquillo, su incapacidad para andar, o como tuvo que salir de la cancha apoyado en los hombros de miembros del cuerpo técnico de los T-Wolves. Ni siquiera pudo jugar esa última posesión para su equipo, aún con la anestesia que supone para el dolor el tener el músculo caliente tras casi 40 minutos en pista (¿cuántas veces hemos visto jugadores lesionados acabar partidos, engañados por la naturaleza muscular que en caliente les hace pensar que la caída que acaban de sufrir no ha sido nada, para luego en una posterior exploración darse cuenta de lo que tenían?) 

I've been hurt


Y Ricky se rompió, vivió su particular “punto jonbar”, sufriendo la posiblemente peor lesión para un deportista. Rotura de ligamentos. Seis meses como mínimo fuera de las canchas, progresión cortada, y ausencia de lo que hubieran sido sus segundos Juegos Olímpicos con tan solo 21 años. Unos Juegos de los que es el más joven medallista en esta disciplina deportiva, por delante de los genios más precoces de este deporte, incluyendo a Drazen Petrovic o a Arvydas Sabonis. Una medalla de plata que obtuvo tras dirigir como base titular a la selección en aquel histórico partido de Pekín (José Manuel Calderón, otro jugador con infortunios constantes, sobre todo en sus encuentros con la elástica nacional, se había lesionado) y que no podrá refrendar este verano. Si había un jugador en el panorama actual con capacidad para igualar las increíbles marcas de Oscar Schmidt Becerra, Andrew Gaze y Teofilo Cruz con cinco Juegos Olímpicos a sus espaldas, ese era Ricky. Otra proeza que nos tememos ya quedaré en el tintero para siempre.  

La preocupación por la ausencia de Rubio en los Juegos de Londres no es tema baladí. Algunas de las mayores dudas de Sergio Scariolo de cara a configurar sus planteles definitivos para competir con nuestra selección han venido precisamente en la posición de base, no tanto en que jugadores, si no en el número de bases puros. Lo que si tiene claro el italiano (y creo que el 99% de la afición) es que Calderón y Ricky son la pareja de bases segura para nuestra selección. Por lo tanto el debate ya no es si ir con dos bases o tres, como el pasado verano, la ausencia del catalán abre las puertas a otro director de juego. Ahí el panorama (y el debate) es amplio, y ya hablaremos de ello… Raúl López, Sergio Rodriguez, Victor Sada o Carlos Cabezas parten con cierta ventaja, por estatus, nombre, y experiencia con la selección, pero quien sabe si podría ser el momento de que llegasen a la internacionalidad magníficos bases quizás no tan mediáticos pero igualmente brillantes como Javi Salgado o Pedro Llompart. 

La desazón en Minneapolis tampoco se ha hecho esperar. El infortunio de Ricky frena de golpe y porrazo las aspiraciones de los Wolves de arañar una de las siempre caras plazas de POs en el Oeste. Un club que ha pasado de la nada al todo, y ahora tiene que volver a la costumbre de nadar en aguas más ordinarias, una vez que su fantasioso arquitecto se ha quedado en el dique seco. La desgracia del base español puede ser también una vara con la que medir la real importancia del joven genio. Simplemente, veamos cual es el balance que obtiene Minnesota sin Ricky llevando el mando en la pista, y eso puede ayudar al aficionado a hacerse una idea de cual era la importancia real del jugador de El Masnou más allá de sus números individuales.  

Sin perder la sonrisa.


Así pues y con Ricky KO, los aficionados que buscamos disfrutar del baloncesto en su vertiente más imaginativa y estética estamos de enhoramala. Peor lo llevará el propio protagonista, claro, quien lo primero que “tuiteaba” tras su desgracia era su lástima por esa victoria huidiza que tuvieron tan cerca frente a los Lakers, por si alguien tenía alguna duda de que Ricky es uno de esos deportistas para quienes la palabra “equipo” significa mucho más que un montón de cuerpos con cara y ojos que comparten vestuario. Y por supuesto, la sombra de la duda vuelve a planear una vez más sobre el jugador. Un jugador acostumbrado a ser puesto en tela de juicio, cuando tuvo el único mal año de su meteórica carrera y soportó un chaparrón de feroces críticas despiadadas sobre la realidad de su juego y su calidad. Cerró todas las bocas, volvió a llenar las canchas de magia, e inundó de esperanza los corazones de los abnegados aficionados del Target Center de Minneapolis, que tras muchos años de infamia baloncestística en su cancha volvían a ver ganar con cierta frecuencia a su equipo. Ahora vuelven las dudas, y parecen tener su parte de lógica. ¿Volverá a ser Ricky el mismo que antes de romperse los ligamentos?, sinceramente, me cuesta mucho pensar que así sea. Es prácticamente imposible que un deportista vuelva a ser el mismo que antes de una lesión grave. No quiero decir con esto que no volvamos a ver a un Ricky a primerísimo nivel, estoy convencido de que así será, y que su segundo año NBA, su curso “sophomore”, será el de su consagración absoluta. Mejorará sus números individuales, los del equipo, y hará mejores a sus compañeros. Será All-Star y ocupará el vacío dejado por Steve Nash. Así de fuerte apostamos por Ricky. Pero no nos engañemos, de alguna u otra manera no será el mismo. Estamos hablando de la lesión más temida en el mundo del baloncesto, un tabú, un innombrable, lo que es Juán Pardo para los músicos. La lesión del ACL ("Anterior Cruciate Ligament"), la misma que supuso un contratiempo insalvable para un Adam Morrison al que muchos veían como el nuevo Larry Bird, la misma que padeció por dos veces el gran Raül López, jugador llamado a ser un superclase, que supuraba NBA por cada poro de su piel, y así lo demostró cuando el físico se lo permitió cada segundo que vistió la camiseta de los Jazz de Utah, quien finalmente se ha quedado en un brillante jugador FIBA, lo cual no es poco, pero si muy por debajo del potencial verdadero de quien apuntaba a ser posiblemente el mejor base español de todos los tiempos. Por lo tanto sería realmente ilusorio pensar que una lesión de este tipo no vaya a afectar física y mentalmente a un chaval de 21 años, aunque en el segundo aspecto, Ricky ha dado sobradas muestras de poseer una cabeza perfectamente amueblada, de tener la suficiente madurez, y de manejarse en un envidiable equilibro emocional, ese que hace que se nos presente como un chico feliz pese a que por primera vez en su exitosa carrera vive el lado amargo del deporte. Dura prueba la de manejar su primer gran contratiempo (o quizás el segundo si consideramos el primero el notable bajón de juego y forma que experimentó en su último año europeo), pero estoy convencido de que si Ricky no fuese tan equilibrado, maduro e inteligente, no habría sido capaz de recorrer tanto en tan poco tiempo, y quizás hablaríamos de él como claro exponente de los individuos con los que comenzamos esta entrada, esos que no han sabido o no han querido gestionar todo el talento que han recibido. Ricky se siente tan privilegiado por sus facultades y vive tan entregado a la causa de este deporte, que mucho más allá de que se pierda la posibilidad de meter en play-offs a su equipo, o de disputar sus segundos Juegos Olímpicos volviendo a aspirar a medalla y quizás repetir final, mucho más allá de eso, hay algo mucho más simple pero doloroso: Simplemente, no va a poder jugar al baloncesto. Es decir, lo que más le hace feliz en la vida. 

Raúl y las dudas.


Es en este tipo de situaciones, en las que el deporte que tanto nos hace disfrutar nos sacude con un revés inesperado, que uno recurre a la filosofía de andar por casa, esa que habla de ver los vasos medios llenos o medio vacíos, lo que ocurre es que quien es bebedor irremediablemente tiende a verlo medio vacío y a desear más brebaje para saciar su alma. O también es un buen momento para recordar a Carlos Sainz, paradigma del deportista gafe y maldito en nuestro país, una especie de imán andante para las desgracias. Siempre que al piloto madrileño le inquieren sobre su proverbial mala suerte histórica él siempre responde la misma estoica y sosegada manera. Da gracias por todo lo conseguido. Sabe que forma parte del grupo de los privilegiados, de los actores, mientras otros nos conformamos con observar desde debajo del escenario.   

¿Afortunado o maldito?


No hay comentarios:

Publicar un comentario