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miércoles, 23 de mayo de 2012

EL TRIUNFO DEL TAPADO Y LA QUEBRADURA DEL TALENTO






Teníamos pendiente tratar el asunto de la Final Four, al fin y al cabo la cita continental más importante a nivel de clubes de la temporada y un momento largamente esperado por el aficionado, aunque a decir verdad si hablamos exclusivamente de calidad baloncestística suele acabar resultando un fiasco. No obstante es un fin de semana que siempre deja cosas, más allá de la gloria del campeón, en este caso un inesperado Olympiakos, de modo que vayamos con ello. 

Para empezar nos llevamos una buena decepción con el Barcelona, cayendo ante un equipo que a posteriori acabó levantando la copa. Aún así seguimos pensando que el Barcelona es lo suficientemente superior al Olympiakos (de hecho los del Pireo, en calidad de roster, se presentaba como la plantilla menos brillante entre los cuatro contendientes) como para haberse colado en la gran final. Tanto es así que en un pésimo partido azulgrana (25 de 66 en tiros de campo, especialmente doloroso el 3 de 19 en triples), los de Xavi Pascual estuvieron dentro del partido en todo momento y con opciones hasta el final, gracias sobre todo a una muy buena actitud en el rebote, particularmente el ofensivo, permitiendo así un grandísimo número de segundas opciones en cada ataque que minimizaron un tanto el pírrico acierto en el tiro. Curiosamente ese apartado, que le mantuvo con vida durante prácticamente todo el partido, fue el que se le sepultó en los instantes finales del choque, con la aparición de un Richard Dorsey que acabó convirtiéndose en un “factor x” inesperado y desequilibrante. Sus rebotes ofensivos en los dos últimos minutos fueron puñaladas certeras en un corazón azulgrana que apenas había latido hacía por la victoria excepto por el empuje de un Navarro que aún tocado por su fascitis plantar no dejó de pelear nunca por su equipo. El problema del capitán es que estuvo solo, demasiado solo. Sobre Dorsey, suya fue además la última canasta del partido que certificaba el 68-64 definitivo servida por un Spanoulis cada vez más generoso en su juego.     

Un capitán que siempre responde. No fue suficiente.


Los griegos daban la campanada en el segundo partido de la Final Four. Con anterioridad, el CSKA había estado contra las cuerdas frente a un durísimo Panathinaikos, dando muestras de que el paseo militar que había supuesto su llegada al tramo final de la competición, practicando un baloncesto brillante y espectacular, no le iba a valer de nada en una Final Four donde una vez más, y para desgracia del espectador, quedaba constatado de nuevo el predominio del músculo, la defensa granítica, y el baloncesto de ritmo lento por encima de la fluidez ofensiva, la libertad de los jugadores a la hora de interpretar los ataques, y el ritmo de juego alto. 

La gran final por lo tanto nos llevaba a un duelo entre dos equipos con distintas filosofías. Por un lado un conjunto coral plagado de grandísimas estrellas dentro de un club que había reinado en Europa en un pasado nada lejano pero que se había visto obligado a rebajar sus pretensiones y ambiciones en los últimos tiempos debido a la crisis económica de un baloncesto ruso que se había inflado demasiado y que en 2008 pasó por algunos apuros debidos a la citada crisis y a la caída de las petroleras. Sin embargo esta temporada el club presidido por el joven Andrey Vatutin decidió tirar la casa por la ventana y volver a comportarse como el gigante económico que fue en tiempos de Messina, configurando posiblemente la mejor plantilla de un equipo europeo en muchos años, quizás desde el Barcelona de Pesic si hablamos de brillantez de nombres propios. Y no ha decepcionado el equipo moscovita durante prácticamente toda la temporada. En su competición doméstica, la PBL (anteriormente conocida como la “Superliga” rusa), han dominado de principio a fin de una manera absolutamente terrorífica y dictatorial. Balance de 17-1 en la liga regular (es una liga de sólo 10 equipos), y en las dos eliminatorias de play offs no han perdido un solo partido, consiguiendo el título en un tercer partido ante el Khimki que cayó por “sólo” 15 puntos, la menor diferencia por la que ha caído un rival del ejército rojo en las eliminatorias. En total 22 victorias y una sola derrota. Una trituradora. También ganaron con comodidad la VTB (algo así como la liga unida de los países del Este de Europa) con un balance de 14-2 en liga regular y ganando sus dos partidos en la final a cuatro ante Lietuvos Rytas y Unics Kazan respectivamente. Y su Euroliga, hasta la llegada de la Final Four, había resultado prácticamente impecable.

Enfrente a ellos un Olympiakos con una tendencia diametralmente opuesta a los moscovitas. El club del Pireo había sido las pasadas temporadas uno de los equipos más fuertes a la hora de sacar la billetera, sus asaltos al cetro europeo se habían fundamentado en fichajes de relumbrón del nombre de Josh Childress, Papaloukas, Vujcic o un Teodosic que había emigrado precisamente esta temporada al CSKA ante la crísis económica que ahora golpeaba el baloncesto griego. Quienes habían sido los ricos y poderosos ahora tenían que bregar con un equipo que siendo aún tremendamente competitivo no contaba con la resplandeciente colección de figuras del pasado reciente. Los griegos contaban con ser uno de los equipos que pudiera ir pasando rondas y colarse quizás en la Final Four peleando con los Real Madrid, Montepaschi Sienna o Maccabi, ya que en buena lógica parecía que tres de esas plazas deberían ser para CSKA, Barcelona y Panathinaikos. Su temporada por tanto no ha sido un camino de rosas, pero su fortaleza ha radicado en ir de menos a más. Pasaron apuros en el Top 16 accediendo a las eliminatorias segundos de grupo con un balance de 3-3 empatados con el Galatasary que se quedó fuera (recordemos por ejemplo que el Real Madrid, con un 4-2, no pasó la ronda) En ese Top 16 estuvieron encuadrados precisamente con el CSKA que les ganó con solvencia sus dos partidos, especialmente el disputado en Moscú con una demoledora difrencia de 32 puntos. Un impresionante 96-64 en una de las mayores exhibiciones rusas de la temporada. Quien les iba a decir a ambos equipos que menos de tres meses después se iban a enfrentar en la gran final con un desenlace tan distinto para unos y otros. Los de Ivkovic llegaron a cuartos de final por tanto con factor cancha en contra y ante un equipo tan complicado como el Montepaschi Siena, quienes partían como favoritos en el cruce, pero desde el principio los del Pireo demostraron que estaban llegando a los momentos decisivos de la temporada en un estado de forma aterrador. Rompieron la ventaja de campo en el primer partido, cayeron en el segundo por un solo punto, y se comieron a los italianos en sus dos partidos en cancha helena. Brillante pase a la Final Four, como el tapado de turno con el que nunca se cuenta pero que llega con mucho que ganar y muy poco que perder.  

Childress en Olympiakos, el dinero por castigo.


Por lo tanto la Euroliga 2012 deja un campeón inesperado, sorprendente, que ha ido derribando los pronósticos desde hace meses. Desde luego ya fue sorpresa que dejasen en la cuneta a unos clásicos de las últimas finales a cuatro como el Montepaschi Siena, a quienes apartaron del camino a Estambul con el factor cancha en contra. Sorpresa fue que en la Final Four un Barcelona que había perdido un solo partido en toda la competición durante la temporada doblase la rodilla ante Spanoulis y los suyos. Y para rematar la faena, sorpresón fue ya no sólo la victoria griega ante un CSKA que la última vez que se había visto las caras les había derrotado por 32 puntos, si no el modo en que se produjo con una remontada que queda para la historia de este deporte.   

Tras el “susto” de la semifinal contra el Panathinaikos parecía que los rusos saldrían con la lección aprendida y marcando las diferencias desde el principio, a pesar de la salvaje consigna desde el banquillo de Ivkovic. Si la preocupación de Obradovic dos días antes era que Teodosic no estuviese cómodo dirigiendo para que los aleros y pivots del CSKA no recibiesen, el actual entrenador de la selección serbia fue aún más lejos, y no le tembló el pulso a la hora de pedir a sus jugadores sacar el hacha en cuanto Kirilenko o Krstic recibiesen el balón. No importaban ni las faltas personales ni sacrificar peones en la tarea. Se trataba de impedir a toda costa que los rusos ni entrasen en juego ni pudiesen sentirse a gusto sobre el parquet. Se trataba, en definitiva, de llevar el partido a su terreno y que cada ataque moscovita se convirtiera en una sucesión de guerra de guerrillas subterráneas, ayudado todo ello además por un Kazlaukas que ya empezaba a dar muestras de demasiado conformismo en el banquillo, incapaz de reaccionar y mover su talentoso roster ante la incapacidad del ataque de sus hombres. Y hay que admitir que en un primer instante los griegos lo consiguieron. El infame 10-7 con el que finalizaba el primer cuarto figura ya como uno de los más grandes episodios de ignominia baloncestística de todos los tiempos. Un auténtico puñetazo a este deporte que ni los mayores enemigos del mismo hubieran podido hacer mejor. Si alguien quería cargarse el baloncesto, le basta con coger ese primer cuarto y ponérselo a los niños en los colegios para que sepan que deporte no van a seguir en la vida. Unos primeros diez minutos en los que el mundo de la canasta se hacía cruces ante el atentado baloncestístico que estaba presenciando. Todo el mundo… excepto Ivkovic, que tenía el partido donde había deseado. No obstante a partir de ahí comenzó a imponerse cierto atisbo de lógica, y con ello de buen baloncesto, materializado en un majestuoso Teodosic quien ante el sufrimiento de sus jugadores interiores armó el brazo para clavar tres triples consecutivos afilados como cuchillos para romper el plan heleno. Parecía por tanto que el partido discurría plácido para los rojos, con unas rentas que comenzaban a fijarse por encima de la decena de puntos. El CSKA se veía ganador. Sin llegar en ningún momento a desplegar al fantástico juego de la temporada, su calidad le bastaba para mantener a distancia a los griegos. De un modo lento, seguro y progresivo, la diferencia se estiró hasta unos 19 puntos que parecían dejar la final sentenciada a 12 minutos del final (53-34)… cuando de repente, llegó el colapso.   

Teodosic, abrir y cerrar un camino en el mismo partido.


A falta de calidad y buen juego, esta Final Four 2012 nos deja esa remontada histórica y esa lección para el futuro sobre competitividad y épica. Los griegos se veían inferiores, suficientemente inferiores como para que nadie en todo el pabellón Sinan Erdem Arena ni en todo el globo terráqueo que asistía al espectáculo a través de sus televisores, ordenadores, etc, creyese en sus posibilidades de victoria. Nadie… excepto ellos mismos. Quizás ni el propio Ivkovic creyese demasiado en la remontada, la cual precisamente comenzó a fraguarse con eso que llaman “segunda unidad” en pista. Con Spanoulis, Dorsey y Antic en el banquillo y el empuje de una serie de jóvenes jugadores comandados por Papanikolau, los griegos comenzaron a meterse en el partido, para, una vez llegados a los minutos decisivos del choque, esos en los que se ve de que pasta están hechos los hombres, asistir a otro colapso de ese talento quebradizo llamado Teodosic, un genio demasiado volátil sobre quien comienza a pesar cierta losa en forma de complejo de perdedor. Al base serbio lo llegamos siguiendo desde hace años, cuando parecía predestinado a marcar una época en el baloncesto europeo, más aún con la marcha de Ricky Rubio a la NBA. Parecía así claro que Milos debería tomar el testigo de los últimos grandes bases europeos, esos por cuyas manos pasan las decisiones que habitualmente a la gloria. Y en realidad, año tras año nos llevamos alguna pequeña decepción con un jugador sobrado de talento pero escaso de competitividad. Un auténtico perdedor de finales, un tipo que se arruga en los momentos decisivos, por mucho que aún recordemos aquel triple letal en el pasado mundial de Turquía que nos mandó de vuelta a casa. Aún es joven y cambiará el curso de su particular historia, estoy convencido, pero sin duda es el jugador que más tocado sale de la Final Four, arrastrando un estigma de perdedor que le va a costar quitarse de encima durante algún tiempo. Su calidad es tanta que acabará sus días deportivos con un palmarés envidiable, pero es una pena que quien apuntaba a poder ser un auténtico depredador insaciable de esos que asoman al baloncesto europeo muy de cuando en cuando parezca conformarse con ser uno más de entre los grandes (que no es poco) 

También deja cierta crueldad la imagen de Ramunas Siskaukas en su último partido de Euroliga fallando los dos tiros libres decisivos del final del partido. Ha sido uno de los más grandes de los últimos tiempos, y su nombre ha sido con justicia uno de los que más se ha podido asociar a esta competición. Ganador de dos títulos en 2007 y 2008 (y MVP en el segundo de ellos), sus dos fallos consecutivos fueron la perfecta constatación de que esta Copa de Europa no llevaría el nombre del CSKA de Moscú.     

Puliendo el parquet.


Tampoco sale bien parado Jonas Kazlaukas, quien por esas cosas del “estilo” y demás debates ahora acusarán de practicar un baloncesto no ganador y poco competitivo. No estoy de acuerdo, aunque es cierto que el lituano no ha estado nada brillante a la hora de gestionar la enorme calidad de su plantilla en esta cita final. Tardó en mover el banquillo ante el colapso inicial del equipo a la salida del choque, y tardó en moverlo cuando la reacción helena era una realidad mucho más peligrosa que un simple arranque de vergüenza y coraje. Pero no nos engañemos, que nadie nos venda ahora la moto de que sólo se pueden ganar estos torneos al estilo propuesto por Ivkovic. El Olympiakos que gana la final no es el Olympiakos que dispone el serbio desde el principio, con la orden de cual Ralph Macchio bajo el maestro Miyagi “dar cera pulir cera” en defensa y extenuar los ataques lo máximo posible para que el ritmo decaiga hasta hacerse absolutamente insoportable. En absoluto. El Olympiakos que vence esta final es el equipo que anota 28 puntos en 12 minutos, 14 de ellos en los últimos cuatro. Es decir, el equipo que recobra los viejos axiomas de defensa, rebote y contrataque y sus posesiones fulgurantes apenas sobrepasan los 10 segundos. ¿Hace falta verse tan abajo en el marcador para jugar de esta manera?, esta es la pregunta que habría que hacerles a los Ivkovic, Obradovic, Maljkovic, Messina y demás, que habrán llenado sus vitrinas de trofeos, pero no han conseguido el triunfo más importante y por el que nació este impresionante deporte de la canasta: hacer disfrutar a la gente. 

Si hay un nombre propio ganador, está claro que ese es el de Vassilis Spanoulis, un genio a la antigua usanza que con los años se ha ido convirtiendo en cada vez mejor jugador. El talento de Larissa siempre se caracterizó por ser uno de esos impenitentes anotadores exteriores del baloncesto griego, en la mejor tradición del mito Nicos Gallis, lo que incluso le llevó a la NBA de la mano de los Houston Rockets y a convertirse en una de las grandes apuestas de Zeljko Obradovic para su Panathinaikos (con quienes ganó la Euroliga del 2009 siendo, como en esta ocasión, MVP de la Final Four), y en su segundo año en Olympiakos, tras la marcha de Teodosic, su juego ha alcanzado una dimensión mayor resultando igual de efectivo a la hora de dirigir que de anotar. Su generosidad a la hora de buscar a los compañeros ha quedado patente en los finales de ambos partidos disputados en Estambul, sirviendo las dos canastas finales de cada choque a Dorsey y Printezis respectivamente. Pero es sobre todo esa asistencia en la última posesión de la final al ex –jugador del Unicaja la que refleja perfectamente la madurez baloncestística del escolta griego. Una muestra de que la canasta decisiva de un partido, esa con la que sueñan todos los niños y te procura gloria eterno en el olimpo baloncestístico, también la puedes lograr sin necesidad de anotar.    

Spanoulis encuentra el camino.


Hasta la próxima Euroliga.  

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