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sábado, 2 de julio de 2011

NO ES FACIL SER VERDE


Esta entrada quiere ser como la evocación de un recuerdo... un recuerdo atrapado en una tarde de 1999 frente al televisor, pero que nos acaba retrayendo mucho, bastante más atrás... 

El recuerdo del que hablo es de la antaño llamada "segunda cadena" de Televisión Española, ahora conocida como la 2, y de una de las últimas finales de Copa de Europa retransmitida por el ente público (estaba a punto de llegar la era de sequía para el aficionado que no tenía televisión de pago, con Canal + apostando por un baloncesto en el que la televisión de todos los españoles parecía no querer creer), una final más, en principio anodina, como todas las de aquella década, pero que de repente nos traía la reivindicación de un viejo concepto de juego, de una siempre querida idea baloncestística, en unos años de predominio de lo que llamaban "basket-control". De repente en la final de 1999 retransmitida por la segunda cadena de Radio Televisión Española, un equipo se empeñaba en ganar el título a base de anotar canastas y buscar el aro rival con rapidez antes de que el rival se armase en defensa sin tiempo para la especulación. Volvía el baloncesto ofensivo, y un exaltado Ramón Trecet, en otras de sus impúdicas exhibiciones de sentimentalismo baloncestístico exclamaba poseído unas palabras que aún resuenan en mi cabeza y que sirvieron para despertarnos del letargo en el que nos habían obligado a vivir los "maestros" de la pizarra, esas palabras eran algo así como: "¡por fin!, ¡por fin vuelve a ganar el equipo que más canastas meta!", mientras Tyus Edney penetraba una y otra vez por la zona de la Virtus Bolonia de Ettore Messina.  


Tyus a la carrera, ¡qué bueno que viniste!


Parece sencillo, algo de perogrullo lo que decía el bueno de Ramón, "por fin vuelve a ganar el equipo que más canastas meta", pero durante muchos años no fue así, en un baloncesto europeo dominado por la táctica, la pizarra, las posesiones al límite, y el castigo al jugador "atrevido" que osase correr un contrataque o hacer un lanzamiento a los diez o doce segundos de posesión. Baste decir que esa final que gana el Zalgiris, por 82-74, es el marcador más alto de un equipo campeón desde 1988. En efecto, desde aquella brillante final de 1988 entre el mítico Olimpia Milán y el omnipresente Maccabi Tel Aviv, que es ganada por los italianos (que contaban con sus filas con, póngase de pie que los nombres lo requieren, Mike D'Antoni, Premier, McAdoo, Meneghin, Ricky Brown y Ricardo Pittis), pasan once años en que ningún equipo es capaz de ganar la Copa de Europa con más de 75 puntos (la puntuación más alta son precisamente los 75 que consigue la Jugoplastika de Kukoc y Radja al año siguiente, entrenados por Maljkovic, un Maljkovic que engrandence su leyenda cuando consigue la Copa de Europa con el Limoges, a costa de uno de los estilos más rácanos, aburridos y desagradables que jamás hayamos visto en Europa), son unos años en los que alcanzar simplemente 60 puntos en la final parecen un seguro de vida si lo que se busca es levantar el cetro continental, para mayor gloria de los Maljkovic, Obradovic, o Messina, brillántisimos entrenadores pero que, pongamos las cosas claras, aburren a las ovejas y echan a los espectadores de las canchas. El baloncesto europeo (e incluso el americano) de la década de los 90 es en general un panorama desalentador de esquemas asfixiantes y de atropellos a los talentos naturales de los jugadores, y que afortunadamente comienza a repuntar con el nuevo milenio. De hecho la FIBA, consciente del tono absolutamente gris que estaba cobrando su baloncesto, en la temporada 2000-01 baja el tiempo de posesión de 30 a 24 segundos para igualarlo con la NBA (habría que ver el pasmo que les dió a entrenadores como Maljkovic, Pesic, Imbroda o Messina cuando recibieron la noticia) Por lo tanto esa final de 1999 no es cosa baladí, amigos míos, y por lo tanto, aquel Trecet exultante ante el retorno de un baloncesto basado en viejos axiomas del estilo "defensa-rebote-contrataque", en el que un loco y maravilloso "bajito" llamado Tyus Edney cruzaba la pista con la intención de buscar el aro rival, y no consumir la posesión, no era si no la confirmación de que el baloncesto necesitaba algo así, algo que le despertase... volver a ser un deporte espectacular, arriesgado, valiente, en el que la generosidad atrás y las buenas defensas no estuviesen reñidas con el atrevimiento y la libertad del jugador en cuanto asomase por la zona contraria.  


No es un nuevo anuncio de Heineken, son los Zalgiris campeones del 99.


Comenzaba la entrada escribiendo sobre como esa evocación de la final del 99, que significó un afortunado punto de inflexión en el durante toda la década aburrido baloncesto europeo, era en realidad una evocación sobre cosas muchos más lejanas en el tiempo, y claro, en ese sentido, toca hablar de Trecet. Ese locuelo emocionado que jaleaba el rápido baloncesto en transiciones de aquel fenomenal Zalgiris del 99 no era un cualquiera, era, sencillamente, "uno de los nuestros".  


Hagan caso a Don Ramón, ¡hemos venido a divertirnos!


Ramón Trecet es hoy día un viejo periodista, en el sentido más cariñoso que le podemos dar al término "viejo" como sabio, como un viejo zorro, un buen maestro, un veterano en ciertas lides, y un tipo que sigue mostrando una inquietud brutal muy por encima de la media de los periodistas deportivos españoles (pobre y baja estirpe la de ese gremio, cuando sus más mediáticos representantes son esos forofillos de barra de bar) hacia cualquier deporte. A Trecet le escuchamos de vez en cuando en Radio Marca, diciendo algún que otro disparate, y le leemos en su blog que intenta actualizar de manera compulsiva intentando abarcar cualquier deporte que se precie. Queda en Trecet esa pasión brutal de quien ama la cultura del deporte de verdad, sin limitarse a ninguna disciplina, club, jugador, etc... el paso de los años en vez de serenarle nos lo muestra cada vez más sentimental y emotivo, quizás Trecet no es ya un brillante analista de la realidad del deporte (si es que alguna vez ese fue su cometido), es más bien un hombre sabio y mayor con muchas batallas en la espalda al que le perdonamos todo. Y se lo perdonamos porque Trecet ha significado mucho para la mayoría de nosotros.  


Alimento catódico para púberes enfermos del basket.


Nunca un programa de televisión ha tenido un nombre tan acertado como aquel "Cerca de las estrellas" en el que los viernes por la tarde/noche nos acercaba a la NBA, escogiendo para emitir en diferido el mejor partido de la semana (además de dar en directo varias finales que yo con gran esfuerzo y placer seguía, levántandome a horas intempestivas sin pensar en el examen que pudiera tener al día siguiente, o el marcado cariz que tomaban mis ojeras... además siendo como soy seguidor de los Pistons tuve la suerte de poder ver en directo su ascenso a la gloria consumado en dos anillos a finales de los 80), aquel espacio deportivo que asomó en nuestras pantallas en la segunda mitad de los 80 supuso un impacto brutal para una generación de españoles que como yo, en nuestra inocente pubertad, intentábamos repetir días después en los entrenamientos de nuestro equipo aquellas jugadas deslumbrantes, o peor aún para desgracia de nuestros entrenadores, en el partido del sábado por la mañana. Esos partidos de ligas escolares a los que este humilde tirador llegó en alguna ocasión en un estado lamentable cual Jim Carroll berciano con vergonzosos actos como tras anotar en un contrataque quedarse bajo la canasta rival echando una maléfica vomitona producto de una formidable borrachera de 15 años, cuando más fabulosas son las borracheras, y cuando realmente más fabulosa es la vida en general. 

Eran tiempos de embriaguez constante, todo te deslumbraba, las primeras borracheras, las chicas, los comics, el buen cine, las primeras lecturas de extraños personajes europeos como Oscar Wilde o Charles Baudelaire, y el descubrimiento de los discos de rock and roll. Y el baloncesto, lógicamente, estaba ahí, como un vicio y un veneno inoculado hasta lo más profundo de tus venas y del que no podías escapar. Era habitual montarte clases para jugar al baloncesto, o habitual era también tirarte horas y horas en la canasta del patio de tu casa creyéndote un nuevo Drazen Petrovic, y en mi caso incluso fue habitual, como si no tuviera bastante con todos los minutos que echaba enfrentándome a lo que más me apasionaba (lanzar a canasta, siempre tirar), hacerme una canasta con una caja de zapatos en mi habitación mientras "Cerca de las estrellas" retransmitía un partido y con un disco sonando en mi primer tocadiscos (recuerdo sobre todo ver el programa de Trecet con un recopilatorio de Jimi Hendrix de fondo, y con el primer disco de Los Suaves, pero esas son otras historias al margen de la canasta)  


Trecet, flor de pasión baloncestística, ¿se imaginan un partido narrado por él y con banda sonora escogida por Juan De Pablos?, me corro sólo de pensarlo.


Aquel "Cerca de las estrellas" con Trecet y un joven Esteban Gómez, y de vez en cuando invitados como Vicente Salaner o Moncho Monsalve, que en cuanto abrían su enormes bocas escuchabas embobado esa manera de hablar y de transmitir sobre tu deporte favorito. Eran como los estirados tertulianos que años más tarde llevaría Garci a su programa de cine, ¡pero hablando de basket! ¡Se podía ser intelectual hablando de baloncesto! Ese Trecet era un tipo curioso, le seguías un poco la pista, indagabas en su figura, y veías cosas "extrañas" para un periodista deportivo, como su carrera de musicología y su periplo en Nueva York, que aprovechó para enrolarse en un programa musical en Radio 3 (un espacio sobre "new age" bastante aburrido, todo hay que decirlo, parece que su pasión por el baloncesto vibrante no le ha acompañado en sus gustos musicales) Hablaba de aquel Nueva York que amaba, y no tenía reparos en admitir su devoción por los Knicks, a pesar de que no se comían un colín. Amaba la cultura norteamericana y se le notaba, en un país como el nuestro acomplejado con ciertos tics "progres", se mostraba como un oasis de conocimiento amplio, alegre, despreocupado, pura cultura del ocio, y así nos hacía llegar ese baloncesto americano que no entendía de dramas, robos arbitrales, fanatismos, etc... simplemente algo para disfrutar. Era un comentarista pasional, espectacular, que chillaba, jaleaba, criticaba, se emocionaba... mucha gente, limitados en su mentalidad obtusa y su estrechez de miras, no podían entender que este hombre cuando alguien, el Dale Ellis de turno, clavaba majestuosamente un triple exclamase su famoso "¡ding dong!". Eran buenos tiempos para el baloncesto, teníamos varias publicaciones en los kioskos sobre este deporte, y recuerdo con verguenza columnas de... ¿opinión?, en las que se criticaba su estilo, luego imitado hasta la saciedad. Recuerdo una publicación que duró dos telediarios, era enorme, como una sábana, Super Basket creo que se llamaba, y una columna de Gomaespuma criticando el estilo Trecet. What the fuck? Me encantan Gomaespuma en lo suyo, pero, ¿quienes eran ellos para tener una columna de opinión sobre baloncesto?,  nuestro deporte estaba de moda, y todo el mundo podía opinar. 

El caso es que en aquel baloncesto tan de moda en nuestro país, con una selección modernizada por Diaz Miguel (quien luego sufriría un estancamiento brutal), modernizada en parte por la mirada que Diaz Miguel siempre echaba al otro lado del Atlántico y sus buenas relaciones con grandes entrenadores americanos como Bobby Knight, Dean Smith o Lou Carnesseca, aquel "Cerca de las estrellas" que Ramón Trecet nos regalaba para ofrecernos ese "otro mundo" creó una generación de jugadores, entrenadores, o aficionados en general, capaces de ver con una mirada límpida y clara el baloncesto FIBA y NBA sin despreciar ni obviar ninguno de ellos, pudiendo disfrutar ambos espectros baloncestísticos en su plenitud, en definitiva, nos lo "acercó", por eso repito y estoy muy convencido de que dificilmente ningún programa de televisión ha recibido jamás un nombre más certero que ese "Cerca de las estrellas". Este simpático y a menudo viejo cascarrabias de Trecet nos dejó otra de sus perlas con el primer anillo de Gasol en uno de los momentos más felices y emotivos del deporte español. Yo, como adicto al periodismo baloncestístico, en ocasiones puedo estar viendo un partido por televisión y a la vez zapear compulsivamente por las ondas en busca de alguna emisora de radio que esté retransmitiendo el evento, para "ver lo que dicen"... en el caso de las finales contra Orlando que supusieron el primer anillo de Pau Gasol, recuerdo esa noche del partido definitivo, viéndolo a través de internet y sintonizando Radio Marca, cuando nuestro "E.T" de Sant Boi acariciaba con las yemas de los dedos el mayor triunfo que puede ganar un baloncestista a nivel de clubes, Trecet nos ofreció uno de los más sinceros, entrañables y emotivos discursos radiofónicos que jamás pueda recordar, en el que establecía un generoso extracto de la historia de nuestra baloncesto (que por cierto, ¡caray cuánto ha crecido!) desde los tiempos de los primeros pioneros hasta llegar a este espigado catalán que ha hecho historia ganando dos títulos NBA, algo que, sinceramente, cuando "Cerca de las estrellas" comenzaba sus emisiones a finales de los 80, nadie hubiera podido preveer. Fue una especie de testamento de un hombre que ha vivido toda esta historia a flor de piel y con las venas erectas, alguien que en cierta manera también merece ser recordado dentro de ese crecimiento del basket español, porque, insistiendo una vez más, nos acercó las estrellas, hasta el punto que ahora algunos de los nuestros son esas estrellas. Imagino que Ramón Trecet puede mirar atrás, echar la vista a esos más de 20 años pasados, y sentirse orgulloso del trabajo realizado. Él nos acostumbró a una liga, un show, un espectáculo, un mundo grandioso que ahora vemos como normal, pero créanme, no siempre fue así. Créanme que en España había un tiempo en el que ver un partido de la NBA resultaba tan exótico como ver un combate de sumo. 

Por lo tanto, y después de toda esta colección de palabras que una vez más intento sirvan para hablar del deporte que amamos pero expresando "algo", un algo que aún no sabemos lo que es, una emoción, un sentimiento, etc... y ni falta que hace que lo sepamos. Sirvan estas palabras como digo para que puedan entender como aquella tarde de 1999, cuando el histórico base de la Universidad de UCLA Tyus Edney conducía a los siempre bien queridos en estos lares de tiradores melancólicos Zalgiris Kaunas, este humilde servidor de ustedes daba un respingo y se levantaba del sofá mientras Trecet decía aquello de "¡por fín vuelven a ganar los que juegan a meter más canastas!", sabedor de que quizás se abría una nueva década que nos devolvería este deporte en su máxima expresión de espectáculo y juego vistoso (que insisto, no está reñido con la defensa, más bien al contrario)  



Por dentro o por fuera, pero Stombergas te la acabará clavando, elige por donde.



Sólo un par de apuntes sobre aquel Zalgiris, aparte de Edney, ese vibrante base de eléctrico juego que quizás haya encontrado su sucesor en otro jugador favorito de este blog (me refiero al gran Bo McCalebb), otro hombre clave era un jugador en mi opinión fundamental para comprender el baloncesto de años posteriores: Saulius Stombergas, el primer jugador del que tengo constancia clara de representar ese "falso cuatro" o "cuatro abierto" que tanto se utilizó posteriormente, con jugadores como en cierta manera Smodis (aunque era más pivot que un Stombergas, pero con Savrasenko a su lado salía a jugar por fuera con un demoledor tiro exterior), o para nuestro beneficio el mejor Garbajosa que tan fundamental fue en la segunda mitad de la pasada década vistiendo nuestra camiseta... un tipo de jugador que seguimos viendo en los Terence Morris en FIBA, o Rashard Lewis en NBA. Aquella copa del Zalgiris también supuso el mayor éxito continental a nivel de clubes de un gran entrenador como Jonas Kazlauskas, un técnico que injustamente se olvida cuando se habla de los mejores "coachs" continentales. Un clásico del baloncesto lituano, ese baloncesto, ese país, que trata a este deporte como una religión y por ello siempre consideraremos en este blog a Lituania como una segunda patria (y porque tiene las mujeres más bellas del mundo, claro) 

Lamentablemente aquel triunfo del Zalgiris del veloz Edney no tuvo continuación y Europa, ya con un baloncesto más atractivo y dinámico (algo a lo que sin duda contribuyó el Zalgiris, demostrando que "si se podía" jugar así, y porque siempre se trata de seguir el modelo del actual vencedor) vería el dominio de poderosísimas escuadras como el Panathinaikos, Maccabi, CSKA o Barcelona, con esos genios que todos conocemos (Bodiroga, Jasikevicius, Papaloukas, Navarro, etc), y es que aunque, en el mundo del baloncesto el color verde se asocie a esos Boston Celtics implacables coleccionistas de títulos NBA (lo que equivale a decir títulos mundiales), la realidad es que en Europa no es tan fácil ser del verde de este honrado, y humilde pero eficiente club lituano. El club que además siempre llevaremos en nuestros corazones porque ustedes ya saben que jugador ha sido siempre su bandera. 

2 comentarios:

  1. Aún recuerdo que en esta final fue cuando se empezó a oir la siguiente frase: "Nesterovic puede llegar a ser uno de los pivots más dominante del baloncesto, este chico dará que hablar". Me alegre de que perdieran sólo por el odio que tenía hacia Rigaudeau(era la época en que Francia era la horma de nuestro zapato y este tio siempre se salía contra España) y sobre todo hacia Danilovic

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  2. Sí, menudo "equipín" tenía aquel Bolonia, eran practicamente los mismos que habían ganado la Euroliga al AEK (en el que jugaba Lasa) el año anterior: Nesterovic, Danilovic, Rigaudeau, Sconochini... ¡saludos!

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