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jueves, 4 de junio de 2015

LA SOLEDAD DEL REY



82 partidos de liga regular, tres eliminatorias de play offs al mejor de siete partidos, para llegar finalmente a la gran final entre los dos campeones de cada conferencia. La serie de partidos que más que ninguna otra atraen los ojos de millones de aficionados de todo el mundo. Si la NBA es la mejor liga de baloncesto, sus series finales constituyen, por encima de los All Star games, la auténtica esencia de la épica del baloncesto profesional estadounidense. La rivalidad Celtics-Lakers de los 60, siempre a favor del intratable por aquel entonces equipo de Red Auerbach y Bill Russell, recuperada en los 80 con dominio alterno y personificado en Larry Bird y “Magic” Johnson (un “Magic” MVP de las finales ante Philadelphia en su año rookie jugando de pívot en el partido decisivo por la lesión de Abdul-Jabbar y haciendo 42 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias, 3 robos y 1 tapón), la dictadura de Michael Jordan, la dinastía de los Spurs… la auténtica mística de la NBA se ha forzado alrededor de esos anillos objeto del deseo de los jugadores que saben que serán reflejados en los libros de historia en base a lo acaecido en estos momentos definitivos.  

Y las finales de la NBA en esta segunda década del nuevo siglo tienen un nombre propio: LeBron James. Sus quintas finales consecutivas (las sextas de su carrera), algo que no veíamos desde aquellos Celtics de los 60 que dominaron con mano de hierro la liga. Ningún jugador ha sido campeón del Oeste cinco veces consecutivas desde entonces. Enfrente un Stephen Curry en el mejor año de su carrera que ha sido capaz de llevar a los Warriors a una final de la NBA, un escenario que la franquicia californiana no conocía desde 1975, cuando barrieron por 4-0 a los Washington Bullets de Wes Unseld, liderados por un colosal Rick Barry, MVP de aquellas finales después de sus exhibiciones anotadoras (29,5 puntos de media anotó el legendario cañonero de New Jersey en aquellas series) 40 años después Curry quiere recoger el legado de Barry como el nuevo dios en el Olimpo particular de los fans del equipo de la bahía de Oakland.   



Rick Barry espera sucesor


Cleveland no ha tardado tanto en volver a unas finales. Lo consiguieron en 2007, de la mano de un LeBron que comenzaba a hacer efectivo su reinado destronando en el Este a unos Detroit Pistons casi intratables en su conferencia hasta la llegada del Chosen One. Luego llego “la elección”, vista como una traición por el aficionado de Cleveland,  el calor de Miami, y cuatro finales consecutivas para dos títulos de campeón NBA. Después el perdón, la redención, y el retorno a la gloria para la franquicia de Ohio de la mano de su jugador más ilustre, nacido, curiosidades de la vida, en Akron, al igual que Stephen Curry. Es realmente curioso que los dos mejores deportistas de la historia de una ciudad de 200000 habitantes vayan a enfrentarse en unas finales NBA. Un aliciente más para una serie por el título que vuelve a activar la gran maquinaria del baloncesto yanqui, prometiéndonos entre cuatro y siete noches del mejor espectáculo deportivo posible. 

Los pronósticos parecen claros y unánimes sobre el favoritismo de los Warriors. El mejor balance en liga regular, y además en el salvaje Oeste (67-15), con factor cancha a favor frente unos Cavaliers irregulares que acabaron segundos en su conferencia con 53-29. El equipo de Steve Kerr ha sido una máquina de hacer buen baloncesto, con Curry a la cabeza, pero varios jugadores rayando a un altísimo nivel. Su mejor escudero, como no, un Klay Thompson llegado a la NBA dos temporadas después de Curry para convertirse en la mejor pareja exterior de la liga en la actualidad, y quizás una de las mejores de todos los tiempos (los títulos lo dirán), los “Splash Brothers” comparten similitudes en su juego (demoledor tiro exterior) y genealogía NBA (ambos son hijos de jugadores reconocidos de los 80 como fueron Del Curry y Mychal Thompson), pero cada vez se complementan mejor, llegando uno a donde no pueda no llegar el otro. En ese sentido es reseñable el evidente paso adelante en defensa dado por Klay, paso que ya se había alabado en su “hermano” el curso pasado y que es una muestra más del compromiso del roster actual de los Warriors en su empeño de convertirse en campeones. Curry y Thompson son las principales armas de Steve Kerr, los únicos jugadores de la plantilla que han estado por encima de los 20 puntos por partido durante la temporada, pero han tenido dos socios de lujo en los forwards Harrison Barnes y Draymond Green. El primero había decepcionado la pasada temporada tras haber realizado un notable curso rookie, pero este año parece haberse asentado y se ha convertido en una de las principales espadas de su equipo junto a Curry, Thompson, y un sorprendente Draymond Green explotando en su tercer curso NBA y casi doblando sus registros de la pasada temporada (de 6.2 puntos, 5 rebotes y 1.9 asistencias por partido a los 11.7, 8.2  y 3.7 respectivamente, lo que le ha valido para estar en las quinielas de “Jugador más mejorado” de la temporada, galardón que finalmente cayó en manos de Jimmy Butler de Chicago Bulls) Tan eficiente ha sido el trabajo del jugador de Michigan que ha condenado al ostracismo a todo un David Lee. 

Este es el cuarteto base de Steve Kerr, los cuatro jugadores que más minutos permanecen en pista y tienen la confianza absoluta del entrenador, contando no obstante con buenos “back ups” como Igoudala, Livingston o Barbosa. Es en la posición de cinco donde más carencias parece presentar su juego, con el siempre renqueante Bogut y un Speights que ha bajado mucho su rendimiento en play offs respecto a liga regular, bajando considerablemente sus minutos en cancha y su producción (además de verse aquejado de distensiones musculares que le han hecho perderse la mitad de los play offs) Festus Ezeli es en principio el tercer center en la rotación, pero contando también con minutos importantes en un equipo cuya una de sus claves es la profundidad de banquillo. Lo cierto es que pese a lo que sigan pensando los ortodoxos, la figura del cinco dominante es cada vez menos importante a la hora de ganar títulos, y los últimos campeones NBA, San Antonio y Miami, presentaban fisuras en esa posición, al igual que lo hace Cleveland, sin una superestrella en ese puesto, pero si un trabajador cualificado y eficiente como Timofey Mozgov. 


El numeroso y bien armado ejército de Curry contra un rey LeBron cada vez más solo. No queremos ser ventajistas, porque lo cierto es que nadie contaba con la lesión de un Kevin Love que sólo ha podido jugar cuatro partidos de play offs y de que quien ya se rumorea su posible marcha. De suceder así le no habría podido salir peor la jugada a los Cavs y al propio LeBron, quien la incorporación del beach boy supuso un deseo personal y una condición expresa en su retorno a Ohio. Perder a un posible jugador dominante a corto plazo como Andrew Wiggins por un Love gafado, propenso a las lesiones, y cuya incidencia en el juego de equipo más allá de su capacidad para engordar estadísticas individuales es cada vez más cuestionada. No son pocos los aficionados que aseguran incluso que los Cavaliers, sin Love, juegan mejor, y que desde luego defienden mejor. El tercer socio del Big Three de Cleveland, Kyrie Irving, se ha perdido dos encuentros de la final del Este frente a Atlanta, reapareciendo en el cuarto y último partido muy lejos de su nivel y jugando poco más de 20 minutos. Por si fuera poco un J.R. Smith más asentado que nunca consciente de su oportunidad de ganar un anillo también se perdió dos partidos por suspensión en la serie contra Chicago. El resultado de todo esto ha sido la exhibición de fortaleza de un LeBron sublime, capaz de echarse el equipo a la espalda y promediar 27.6 puntos, 10.4 rebotes, 8.3 asistencias y 1.3 tapones durante todos los play offs para convertir a su equipo en campeones del Este, alcanzando el cenit frente a unos Atlanta Hawks que habían maravillado durante toda la temporada para barrerles con un incontestable 4-0 y dejar unas medias, frótense los ojos, de 30.2 puntos, 11 rebotes y 9.2 asistencias por noche. Casi un triple doble por partido en unas finales de conferencia. Por mucho que sigan ladrando sus haters, el baloncesto actual se llama LeBron James, que una vez desmoronado su Big Three se ha erigido como un demoledor Army of One. Claro que Curry viene de hacerle 33.2 puntos por noche a Houston, clavando 27 triples de 55 intentos en los cinco partidos de la final del Oeste, con exhibiciones como la del tercer partido, en la que anotó 7 de sus 9. Por algo Steve Nash ha catalogado al base Warrior como el mejor tirador de la historia. Con estas premisas el aficionado lo único puede hacer es relamerse ante el espectáculo que viene encima. La diferencia es que LeBron está solo, demasiado solo.   


LeBron ante los elementos.

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