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martes, 16 de junio de 2015

WHEN COACHING MATTERS


Seguimos desgranando las finales de la NBA partido a partido, en este caso vamos con los encuentros 4 y 5. No hemos podido dedicarles a cada uno una entrada por separado. Cuestiones de calendario, trabajo y fin de semana. 


Tenemos que admitir dolorosamente que no están siendo unas buenas finales en cuanto a la calidad del juego. A falta de espectáculo tenemos que quedarnos con la épica de LeBron y sus Cavaliers, luchando contra los elementos, y algunas consideraciones tácticas con ambos entrenadores, sobre todo Kerr, buscando alternativas a lo que pudiera parecer el guión preestablecido. Los grandes sacrificados vuelven a ser los pívots puros, demostrando una vez más que pese a lo que clamen los ortodoxos es la posición menos decisiva en el baloncesto actual… o visto de otra manera, la que más, debido precisamente a la escasez de pívots que si sean decisivos. El equipo que cuente con un elemento así sabe que cuenta con un tesoro, pero en la mayoría de los casos lo único que se consigue es llenar las zonas con centímetros y kilos sin apenas aportación al juego. 


El primero en mover ficha fue Steve Kerr, obligado a ello al llegar al cuarto partido por debajo en las series (con 1-2 a favor de Cleveland) El movimiento fue tan sencillo como prescindir de su cinco, Andrew Bogut, para dar la titularidad a un jugador exterior pero tan polivalente como André Igoudala. Una decisión que se ha alabado otorgando la importancia que se merece a uno de sus ayudantes, Nick U’Ren, a quien al parecer se le encendió la bombilla viendo videos de las finales del pasado año imitando a Popovich cuando cambió el curso del guión al confiar en Boris Diaw (otro ejemplo de polivalencia) en lugar de un cinco clásico como Tiago Splitter. En realidad estoy convencido de que muchos aficionados, sin dedicarnos profesionalmente a esto, sabíamos que era una opción muy válida (Kerr, dame trabajo) Podríamos recordar también el brillante movimiento de Rick Carlisle en las finales de 2011, cuando dio rol de titular a Juan José Barea, inventándoselo de escolta con su 1,83, y haciendo coincidir en pista a Jason Kidd, Jason Terry y el citado Barea durante muchos minutos de los partidos, después de verse 2-1 abajo en unas finales que acabaron ganando 2-4. Carlisle honraba así a su maestro Chuck Daly, ganador de dos anillos con los Detroit Pistons utilizando en cancha al mismo tiempo a un base como Isiah Thomas junto a otros dos “bajitos” como Joe Dumars y Vinnie Johnson.       


Esos locos bajitos



La decidida apuesta por el “small ball” (tan ligado históricamente a la franquicia californiana desde los tiempos del maravilloso Don Nelson) de Steve Kerr nos dejó el mejor primer cuarto, hasta el momento, en estas finales de los Warriors. Y eso a pesar de encajar un 0-7 de salida ante el delirio de la afición Cavalier, convencida de que sus jugadores eran superhombres inmunes al cansancio. La tozuda realidad empieza a demostrar lo contrario, según transcurren los partidos Golden State va encontrando cada vez su mejor juego, mientras que las piernas de los de Ohio cada vez responden menos. Leyes de la naturaleza. Curry calentaba la muñeca, acompañado de Igoudala, y Kerr volvía a echar mano antes de acabar el cuarto de un All Star venido a menos como David Lee. Por muchos problemas y lesiones que haya tenido sigue siendo un jugadorazo y su proporción entre minutos en pista y producción para su equipo está siendo una de las claves en el resurgir Warrior en estas finales. Los 31 puntos anotados por el equipo del MVP de la temporada regular demostraban que Kerr acertó con el “small ball”.


Cleveland está reboteando mucho y bien en estas finales (destacando Tristan Thompson), encontrando un sostén para no descolgarse definitivamente de los partidos hasta los minutos finales. El cuarto partido no fue una excepción, con el añadido de encontrar a un Timofei Mozgov que aprovechó la ausencia de Bogut (sólo 3 minutos en pista) para campar a sus anchas y realizar el mejor partido de su carrera NBA (28 puntos y 10 rebotes) Del todo a la nada para el ruso, que pasó de su partidazo en el cuarto encuentro a disputar tan sólo nueve minutos en el quinto. ¿La razón? La respuesta de Blatt al “small ball” de Kerr, sacrificando a su hombre alto y dando más minutos al ciclotímico J.R.Smith y sus 14 triples intentados (acertó en 4) Le salió bien la jugada al ex del Maccabi, ya que los Cavaliers mantuvieron opciones de ganar el partido hasta prácticamente los últimos tres o cuatro minutos del mismo. Claro que también tuvo la culpa un LeBron James de nuevo en su versión extraterrestre. Otro triple-doble descomunal (40 puntos, 14 rebotes y 11 asistencias) para el jugador de baloncesto total, pero cuyas actuaciones históricas constatan que esto es un deporte de equipo. Es el mejor del mundo, pero a la hora de enfrentar las fuerzas de jugadores como Dellavedova (dieron las doce en su particular cuento de Cenicienta y la carroza volvió a ser calabaza), Shumpert o James Jones frente a los Curry, Igoudala o Klay Thompson, la desigualdad es tan manifiesta que sólo queda quitarse el sombrero ante el hecho de que estos Cavaliers hayan sido capaces de ganar dos partidos en estas finales. 



No olvidemos que el balance de 67-15 con el que Golden State Warriors finalizaba la temporada regular es la octava mejor marca de todos los tiempos, empatados con los Celtics de 1986, los Bulls de 1992, los Lakers del 2000, y los Mavericks de 2007. Aun así estos mermados pero corajudos Cavaliers están siendo capaces de plantarles cara, por suerte para el espectador imparcial, y obligando a Steve Kerr a tirar de repertorio. Repertorio que debería ampliar Blatt, pese a lo limitado de su armamento. Aunque suene políticamente incorrecto, es totalmente lícito en un momento dado utilizar jugadores residuales para permanecer cinco minutos en cancha y dar un par de hachazos al rival y buscar su desgaste. Hablábamos de Rick Carlisle y los Dallas campeones de 2011. Otro de los elementos claves (aparte de en general una mayor rotación y mejor uso del banquillo) para aquel triunfo frente a los Miami de Wade, LeBron y Bosh fue saber utilizar en un momento dado a ese “extraño elemento” llamado Brian Cardinal. “The Custodian” era un jugador limitado incluso para la liga ACB (apenas promedió cinco puntos y cuatro rebotes por partido en sus cuatro apariciones con la camiseta del Pamesa Valencia), o sea que imagínense en la mejor liga de baloncesto del mundo. Eso no fue óbice para que en las tres victorias consecutivas con las que Dallas remontó el 2-1 de aquellas finales jugase 7, 9 y 12 minutos respectivamente, dándole un poco de “calor” a LeBron James y anotando incluso algún triple. Se puede ganar un anillo con jugadores como Cardinal, igual que se puede con jugadores como Brendan Haywood, Kendrick Perkins, o un casi retirado Shawn Marion. Lo que no se puede es ganarlo con siete jugadores. Si las finales son una guerra, todo soldado es válido, y más cuando te enfrentas a un ejército que sabes que es superior en calidad.    


Brian Cardinal, en el amor y en la guerra... 

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