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sábado, 7 de agosto de 2021

JJOO TOKYO 2020 (I) USA Y FRANCIA TRIUNFADORES




Toca hacer repaso de la competición masculina de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Tokyo. Como no habíamos escrito ni una línea al respecto y hay mucho que tratar, intentaremos hacerlo en distintas entradas, en formato de pequeño serial, que no es cosa de aburrir al lector ni quemarnos escribiendo varias horas seguidas. No vamos a detenernos demasiado en sentimentalismos por otro lado siempre necesarios en este y cualquier deporte sobre fines de ciclo y despedidas de competiciones de selecciones internacionales a personajes como Luis Scola, Marc Gasol y por encima de todo Pau Gasol, el hombre que cambió para siempre nuestro baloncesto y quien si bien no ha podido despedirse como le hubiera gustado, luchando por las medallas, al menos ha conseguido el objetivo de llegar hasta unos Juegos Olímpicos disputados un año más tarde de lo previsto (de haber sido el año pasado quizás Pau no hubiera podido llegar pese a ser un año más joven) tras dos temporadas en las que parecía casi un jugador retirado. Y no vamos a detenernos en estos temas porque jugadores como Scola o Pau Gasol merecen espacio aparte y en la medida de lo posible lo tendrán. Comenzaremos desde el final hasta el principio, empezando por el oro estadounidense hilando hasta la fase de grupos. Oro conseguido en la gran final ante una Francia que les derrotara precisamente en la primera jornada de esa primera fase. En condiciones normales hablaríamos de cerrar un círculo, ley del eterno retorno, pero ha sido todo tan extraordinario en estos juegos que el último partido del torneo no ha sido para dirimir el campeón, si no para otorgar el bronce a la selección de Australia. Curioso, pero teniendo en cuenta que Tokyo 2020 se ha disputado en 2021 casi que es lo de menos.


USA cumple con los pronósticos.

Aquella derrota inaugural del roster de Popovich sirvió para activar las alarmas y demostrar la vulnerabilidad de unos Estados Unidos que ya venían señalados por sus derrotas ante Nigeria y Australia en los preparatorios para los Juegos, además de llegar con la espina clavada de su eliminación en cuartos de final en el Mundial 2019 precisamente ante Francia, convirtiéndose así el equipo de Collet en la única selección capaz de vencer dos veces seguidas a Estados Unidos en competición internacional desde que acuden con jugadores profesionales de la NBA. No es poco honor y deja a las claras el momento actual del baloncesto galo posterior a Tony Parker (y Diaw), pero en eso ya nos detendremos posteriormente. Lo cierto es que esa primeriza derrota pareció despertar al equipo de Popovich, invicto desde entonces y que si bien no ha arrasado a sus rivales como hicieran anteriores escuadras USA (anteriores escuadras evidentemente con mayor calidad que la actual) ha ganado el oro con indiscutible solvencia, sobreponiéndose a erráticos comienzos de partido (o quizás más bien a espléndidos comienzos de los rivales) y siendo muy superiores a partir del segundo cuarto. No fue el caso de Irán en la segunda jornada (masacrados ya con un 28-12 en el primer parcial), pero si el de una luchadora República Checa que llegó casi a doblar a los de Popovich en el primer cuarto (12-21 a los 7 minutos de partido) para acabar perdiendo de 35 puntos. Sumados a los 54 de diferencia frente a Irán quedaba claro que Estados Unidos caía como mejor segunda en el primer bombo, sin posibilidad de enfrentarse a los mejores terceros (Alemania y Argentina) y con Italia o España en perspectiva. Tocaron los de Scariolo, incapaces de resolver el test de Eslovenia en un partido que parecía encarrillado (un triple de Rudy Fernández nos ponía 12 arriba a los 3 minutos del tercer cuarto) pero condenados por la incapacidad de cerrar el rebote (hasta 15 rechaces ofensivos capturaron los eslovenos, quienes se fueron a un total de 51 rebotes) llegando a un final igualado en el que primero Abalde, fallando un lanzamiento triple central con 1 abajo a 19 segundos del final y posteriormente Ricky errando otro lateral que hubiera empatado el partido a 10 segundos del cierre, no encontraron aro ante una Eslovenia cómoda en el agujero defensivo de la zona española (tremendo el último cuarto de Mike Tobey con 10 puntos y 6 rebotes, dos de sus canastas tras capturar rebotes ofensivos) Doncic, bien desactivado por la defensa española, especialmente en el trabajo individual de Claver (“sólo” 12 puntos con 2 de 7 en tiros de campo… y 6 de 11 en libres, pero con 14 rebotes y 9 asistencias) aumentaba su leyenda con 16 partidos vistiendo la elástica absoluta eslovena sin conocer la derrota (los 9 del Eurobasket 2017 cuando acabaron campeones invictos, los 4 del pre-olímpico de Kaunas, donde fueron un rodillo, y los tres de la primera fase de Tokyo) España recibía el castigo de enfrentarse a unos Estados Unidos a los que no esperaban ni deseaban en una ronda tan temprana como cuartos de final. Después de haber caído ante los padres del baloncesto en las impresionantes finales de 2008 y 2012 (sin duda dos de los mejores partidos de la historia de nuestro baloncesto… y diría que de todo el baloncesto internacional de selecciones), y de haberles plantado más cara todavía en las semifinales de 2016, la mejor generación del baloncesto español tenía otra oportunidad para rellenar el expediente con una de sus pocas faltas, la de vencer a unos Estados Unidos con los que nunca se llegaron a enfrentar en los oros mundiales de 2006 y 20019. Pero los de Popovich volvieron a cumplir con el guión. Perdieron el primer cuarto (21-19), se mantuvieron en el segundo (empate a 43 para encarrilar los vestuarios al descanso) y afrontaron el partido en un tercer cuarto en el que España estuvo casi seis minutos sin encestar en juego, hasta que Ricky Rubio anotó un triple para poner un 52-65 ya complicado para España. El mismo Ricky que había mantenido a duras penas a nuestra selección con seis tiros libres anotados minutos antes, y el mismo Ricky que nos mantuvo hasta el final. 38 puntos, record de anotación individual en un partido olímpico con la camiseta española, pero que resultaron estériles ante unos Estados Unidos que tuvieron que recurrir de nuevo al mejor Durant (29 puntos con 10 de 17 en tiros de campo) para meterse en las lucha por las medallas y despedir a los hermanos Gasol del combinado nacional. Popovich se deshizo posteriormente en rueda de prensa en elogios a un valiente Scariolo (recordemos como con 37 segundos por disputarse en el segundo cuarto ordena un ataque rápido en vez de agotar posesión para que podamos disputar de dos lanzamientos, por mucho que ambos fueran fallados por Llull y Ricky respectivamente) Estados Unidos fue superior, como lo fue ante todos los combinados comparecientes, en todo caso España debe lamentarse del mal final ante Eslovenia y la derrota estadounidense ante Francia que propició esa segunda plaza yanqui desembocando en ese 50% de posibilidades de enfrentarnos a los grandes favoritos al oro. Australia esperaba en semifinales después de aplastar a una Argentina que también lleva años destilando olor a despedida y aroma de fin de ciclo, pero consumado ya con el adiós del grandísimo Scola. Después de sobrevivir a los Ginobili, Nocioni y compañía, el bueno de Luisfa dejaba la albiceleste a los mismos 41 años de Pau Gasol. El mismo día tocaba despedir a dos gigantes de la canasta. El equipo del “Oveja” Hernández no fue rival para los oceánicos, cayendo de 38 puntos ante los de Oceanía. No ha sido un buen torneo para los gauchos, muy inferiores ante Eslovenia y España en las dos primeras jornadas de competición. Precisamente en los minutos finales de la derrota ante los de Scariolo un calculador Hernández recordaba en tiempo muerto a sus jugadores que podrían clasificarse como terceros, como así fue después de los 20 puntos de renta obtenidos ante un anfitrión Japón que más allá de los destellos de los NBA Watanabe y Hachimura poco más han ofrecido. El aficionado europeo lleva años viendo a los australianos quedarse a las puertas de medallas en mundiales o Juegos Olímpicos. Acostumbrados a arrasar en el FIBA Oceania, donde sólo Nueva Zelanda les discute el dominio de vez en cuando (de hecho ya las últimas ediciones el campeón continental lo dirimen ambos países en una eliminatoria al mejor de tres partidos), hemos visto como subirse al podio suponía un particular Rubicón para los “boomers”, en dos ocasiones consecutivas con protagonismo español (les quitamos el bronce en Río 2016 y la sufrida victoria en la prórroga del mundial 2019 que les condena a luchar por un tercer puesto que se acaba llevando Francia) Ya hablaremos en la próxima entrega de su meritorio bronce en el retorno de Brian Goorijan al banquillo “aussie”, pero su foco en semifinales no estaba exento del morbo de recordar cómo habían ganado semanas antes 91-83 a los de Popovich en partido preparatorio en Las Vegas. Pero Estados Unidos no se apartó del guión previsto. Gran comienzo del rival (18-24 para Australia en el primer cuarto), supervivencia en el segundo acto (42-43, un punto abajo al descanso), y destrozar al enemigo tras el paso por vestuarios (32-10 en el tercer parcial) Australia acababa claudicando por 19 puntos y Durant sumaba otros 23 puntos y 9 rebotes para seguir consolidándose como el jugador más decisivo del torneo. Y así llegamos a una final en cierto modo previsible ante una Francia que después de dar la sorpresa en la primera jornada ante los posteriormente campeones no dio opciones ni a Chequia (victoria 77-97) ni Irán (otro triunfo, 62-79) para pasar como primeros de grupo. Italia en cuartos aguantó hasta el descanso (42-43, un punto abajo) pero el 12-21 del tercer cuarto encarriló el partido para los de Collet. La semifinal ante Eslovenia se presentaba intensa, incierta, como uno de los posibles mejores partidos del torneo, y no defraudó. Doncic había subido a 17 su número de victorias, exento de derrotas, con la camiseta de su país, después de aplastar sin piedad a Alemania (pasaban como mejor tercero con sólo una victoria sobre Nigeria) por 24 puntos. El astro esloveno rozaba el triple doble (20 puntos, 8 rebotes y 11 asistencias) y se aliaba con la exhibición anotadora de Zoran Dragic, 27 puntos con un letal 5 de 7 en triples. El Francia-Eslovenia fue, no podía ser de otro modo, un partido igualado con final a cara o cruz en el que al margen de la decisiva jugada final (el tapón de Batum a un Prepelic cuyo arrojo en el “clutch” deja claro que pese a los galones que pueda tener Doncic el jugador de Dallas sabe delegar en sus compañeros), los de Collet fueron ligeramente superiores. Tras la exhibición en el preolímpico de Kaunas y las dos primeras victorias indiscutibles ante Argentina y Japón el rodillo esloveno se ha ido diluyendo (a la par que aumentaba el cansancio y frustración en fondo y forma de un Doncic cada vez más enfrentado con el mundo) y el nivel de dificultad ha ido subiendo. España fue un aviso, y superado el débil escollo alemán Francia les devolvió a la realidad. Durante todo el último cuarto los subcampeones estuvieron por delante en el marcador. Un triplazo de Prepelic a medio minuto del final (después de sacarle la quinta falta a Fournier en ataque en su defensa a media pista) ponía el 90-89 con mínimo dos posesiones por jugar, una por equipo. Francia desaprovechó la suya con un lanzamiento fallado por De Colo en el “mid range” ante la defensa del siempre elástico Tobey. El siguiente ataque esloveno figura ya en la historia del baloncesto olímpico. Doncic sube la bola y después de apoyarse en el bloqueo de Tobey juega con Prepelic que desde el triple penetra con la marca de un Batum que le cierra el camino a la canasta con uno de los mejores tapones de este torneo. El alero de Clippers (al igual que tantas veces ha demostrado nuestro Rudy Fernández) dejaba claro que se puede ser igual de decisivo en el “clutch” en defensa como en ataque. Francia volvía a una final olímpica 21 años después, desde Sydney, donde también esperaba Estados Unidos, la tercera de su historia (su primera final la jugaron en 1948 ante, como no, Estados Unidos)

Un tapón para la historia.

Mucho se había hablado de la derrota (83-76) en la primera jornada del equipo estadounidense ante Francia, queriendo revelar debilidades en el cuadro de Popovich que alentasen la posibilidad de que no se colgasen el oro y de que, en este caso, fuera Francia, el otro finalista, quien subiese a lo más alto del podio y repitiese las victorias del mundial 2019 y primera fase de Tokyo 2020. Pero Estados Unidos se mantuvo fiel a su guión de consistencia y crecer a lo largo del partido. Lo ajustado del marcador (82-87 para USA) no deja lugar a dudas de la resistencia gala, pero lo cierto es que desde el 15-12 francés a dos minutos del final del primer cuarto los de Popovich siempre mandaron en el marcador. No llegaron a romperlo definitivamente, pero las diferencias entre 8 y 10 puntos (llegaron a tener 14 con el 57-71 del minuto 29) que manejaron durante toda la segunda parte dejaban claro que no iban a repetir los errores de la primera jornada, con fallos en las marcas exteriores (fruto en parte de los dobles marcajes a Gobert en la zona) y fallos incomprensibles (ese resbalón de Lillard) que dieron vida a una Francia que daba la sorpresa. No hubo lugar a ello en el partido por el oro, y pese a que pueda parecer que el triunfo estadounidense no tenga el brillo de otras ocasiones (y repetimos, no puede compararse este roster con aquellos en los que Durant compartía pista con los Kobe Bryant o LeBron James en los tiempos de “Coach K” Krzyzewski) hay que darle el mérito que corresponde. Precisamente porque, como en 2019, volvía a ser un Estados Unidos batible, con deficiencias en el juego interior y sin apenas pívots puros (sólo Adebayo y Green como falsísimo pívot… tema aparte Javale McGee, ese extraño elemento que sigue aumentando su palmarés sin apenas pisar parquet, pese a que justo es reconocer que siempre produce en sus pocos minutos… 7,2 puntos por 4 minutos en este torneo por partido) La decisión de convocar a Holiday, Middleton y Booker sin apenas preparación y recién acabadas las finales NBA también tenía un punto controvertido, y de hecho los dos segundos han estado muy por debajo de su nivel. No ha sido el caso de Holiday, jugador fundamental para Popovich precisamente para paliar cualquier carencia defensiva que su equipo pudiera dejar entrever en la cancha. El base de Milwaukee ha vuelto a demostrar que ha sido uno de los jugadores más infravalorados del planeta baloncestístico en los últimos años, abnegado atrás, ayudando en el rebote, pero sabiendo salir a campo abierto cuando la situación lo requería y mirando el aro y repartiendo juego. Ha sido el máximo asistente de los campeones, el segundo jugador más utilizado por Popovich tras Durant, el tercer anotador por detrás del propio Durant y Tatum, y ojo, el tercer mejor reboteador por detrás de Adebayo y Durant… siendo un base. No ha sido un ensamblaje fácil el de las piezas para Popovich, que se resarce del fracaso de 2019 y se cuelga un oro olímpico. Es el cuarto entrenador en la historia que lo hace habiendo sido campeón de la NBA, uniéndose a un club en el que figuraban Chuck Daly, Lenny Wilkens y Rudy Tomjanovich. Claro que entre los tres citados suman los mismos anillos (cinco) que los obtenidos por el técnico de San Antonio Spurs. En los primeros párrafos comentábamos la particularidad de que Francia es la única selección que ha sido capaz de ganar dos veces consecutivas a Estados Unidos desde que en sus convocatorias aparecen jugadores NBA. No es algo tan importante como colgarse su tercera plata olímpica, pero si demuestra que esta plata no es casualidad. En este 2021 de despedidas (las referidas de Scola y los Gasol en Tokyo… o las de Felipe Reyes y Spanoulis en baloncesto de clubes) Francia se consolida como el país europeo que mejor trabaja este deporte. Nos hemos hartado de decir que frente a la mejor generación del baloncesto español de la historia, el país vecino igualmente presentaba la suya, y si no llegaban más alto en el podio correspondiente solía ser precisamente por culpa de España. Retirado Parker, el base europeo que más lejos ha llegado nunca en la NBA, sin Diaw, compañero de vestuario y anillo de campeón con Tony en San Antonio, la selección francesa del incombustible Collet (en el cargo desde 2009, después de que el octavo puesto en el Eurobasket 2007 sumiese al baloncesto galo en una crisis debido a sus ausencias en los JJOO de 2008 y el Eurobasket de aquel mismo 2009) demuestra una salud actual envidiable. Igual que el río de Heráclito en el que es imposible sumergirse dos veces, o recordando la paradoja del barco de Teseo que va sustituyendo todas y cada una de sus piezas hasta que no quede ninguna original, las generaciones deportivas nunca son del todo puras, convergen entre ellas, y así hemos visto crecer a los ahora veteranos Batum, Heurtel, De Colo o Fournier al amparo de aquellos Parker y Diaw. Iban llegando los jóvenes, los Poirier o Gobert, ahora ya también veteranos y núcleo duro. Han ido apareciendo los Yabusele, Ntilikina o Luwawu-Cabarrot, y así en una cantera inagotable que nos podría llevar hasta la figura en lontananza de Victor Wembanyaba, la próxima gran esperanza gala y una de las grandes promesas de todo el baloncesto continental. El trabajo que se está haciendo en el país vecino es tremendo, y los frutos están ahí, tanto a nivel de clubes (el Mónaco vigente campeón de la Eurocup y con billete para Euroliga junto al Asvel) como de selección (esta reciente plata olímpica), con un baloncesto muy identificable en el que se logra conjugar la exuberancia física de sus jóvenes talentos con el aprendizaje técnico. Es justo reconocer en esto también la figura y el legado de Tony Parker, con su actual academia en Lyon. El histórico jugador sabe bien de la importancia de potenciar estos proyectos de base, siendo él mismo un exponente del INSEP francés, el instituto público para la excelencia y el alto rendimiento deportivo donde el MVP de las finales NBA de 2007 coincidió entre otros con Boris Diaw o Ronny Turiaf. En los Juegos Olímpicos por norma una plata, para cualquier equipo que no sea Estados Unidos, puede bien considerarse un oro (como fue nuestro caso en 2008 y 2012) y así debe ser con esta Francia, cuyo éxito en estos Juegos hay que ponerlo al mismo nivel que el del equipo de un Popovich sobre quien la mínima duda respecto a su capacidad para gestionar este deporte al más alto nivel debería desnudar en todo caso la incapacidad del aficionado que presente dicho planteamiento. Estados Unidos ha cumplido los pronósticos en un camino cuya dificultad precisamente debe engrandecer su mérito, al igual que el de Francia. En la próxima entrega tocará hablar del bronce australiano y su también enorme torneo. Hasta entonces.

Popovich consuela a De Colo. La grandeza de los campeones.

viernes, 27 de enero de 2017

LOS MEJORES DE 2016: ENTRENADORES INTERNACIONALES



DIMITRIOS ITOUDIS: Si Pablo Laso ha sido el gran profeta del baloncesto ofensivo en Europa en los últimos tiempos, el griego Itoudis es uno de sus apóstoles. Crecido al amparo de Obradovic en el mejor Panathinaikos de la historia (el de las cinco euroligas), sus éxitos en solitario no tardaron en llegar (histórico primer puesto en temporada regular de la liga turca con el modesto Banvit), para consagrarse en 2016 con el cetro continental quitándose la espina de 2015, cuando el sempiterno Olympiakos cercenó el sueño europeo en el primer partido de la Final Four de Madrid. En la VTB su CSKA arrasó, con un balance de 28-2 en liga regular y sin conocer la derrota hasta las finales, donde el UNICS Kazan logró la proeza de hacerles morder el polvo en un partido para no irse de vacío y caer por un “honroso” 3-1. En total hicieron un balance de 37 victorias por 3 derrotas. Y encima con el mejor baloncesto de ataque del continente. Bendita locura.  


ZELJKO OBRADOVIC: Incombustible. Sigue siendo sinónimo de éxito allá por donde pasa. Y es que hay que reconocer que pese a un decepcionante primer año en Estambul con el todopoderoso Fenerbahce, en el que no pudo llevar ningún título a las vitrinas turcas, en 2016 volvió a reencontrarse con la gloria haciendo doblete con Liga y Copa en Turquía y llegando a la final continental, ese título que de momento se le resiste con los otomanos. Pero teniendo en cuenta que en cuatro de sus cinco equipos anteriores (únicamente en Treviso no fue campeón de Europa) consiguió el cetro europeo, en las vitrinas del club de Estambul ya piensan en hacerle sitio al trofeo. Y qué mejor ocasión que en un año en el que la Final Four se juega en su ciudad. 




Maestro, alumnos, rival... 



STEVE KERR: Una de romanticismo, ¿por qué no? Vale, hablamos del gran derrotado de los banquillos, el entrenador del record sin título, pero… ¿y lo qué hemos disfrutado durante todo el año gracias a sus vertiginosos Golden State Warriors? Acabaron la temporada anotando 114.9 puntos por partido en temporada regular, suministrados en gran parte por esas 28.9 asistencias por noche, líderes en ambas categorías, anotación y pases de canasta. Una bendición para el basket. Con la llegada de Durant la cosa ha subido a 117.5 puntos y 31 asistencias por partido. El entrenador del 73-9, el técnico que perdió las finales viendo como el rival remontaba un 3-1 por primera vez en la historia… pero también el entrenador que apuesta por un baloncesto que hace que millones de personas de todo el globo terráqueo se enganchen a las pantallas para ver el espectáculo de Los Locos de la Bahía. 



Otros entrenadores que han dado que hablar el pasado 2016 han sido Mike Krzyzewski, quien antes de ceder el testigo de la selección USA a Gregg Popovich se colgaba su tercer oro olímpico de manera consecutiva, Jay Wright, quien vio su trabajo de 15 años al frente de los Villanova Wildcats ganando por fin el torneo universitario de la NCAA, Tyron Lue, quien no puede haber tenido mejor debut como primer entrenador para convertirse en campeón de la NBA con los Cavaliers de LeBron e Irving, Ergin Ataman, campeón de Eurocup con Galatasaray, “nuestro” Sergio Scariolo con otro éxito olímpico, Andrej Lemanis, maravillando y llevando a Australia a semifinales en esos mismos Juegos en los que España les apartó del podio, y “Sasha” Djordjevic, quien se desquitó de su despido en el Panathinaikos en Primavera para llevar a su Serbia a la final olímpica.  





Porque los títulos no son todo.






martes, 7 de julio de 2015

LA ULTIMA ESPUELA




El relevo de la espuela



Que San Antonio Spurs conforma una franquicia única, ya no sólo en la NBA, sino en todo el mundo del deporte, es algo que debería estar fuera de toda duda. ¿Cuántos casos conocen de equipos del máximo nivel cuyo primer entrenador lleve en el cargo 19 temporadas seguidas?, ¿en el que su máxima estrella lleve 18 años seguidos siendo santo y seña del equipo, sin que nadie le haya jamás cuestionado ni se haya pasado por la cabeza traspaso alguno a pesar de la edad?, ¿en el que ese mismo emblema de la franquicia haya respondido con igual fidelidad, sin plantearse nunca abandonar “su casa”, llegando a incluso a rebajarse el sueldo para mantener un proyecto ganador en una liga condicionada por el límite salarial? La filosofía continuista del club tejano no tiene parangón a día de hoy en un deporte profesional fagocitador, impaciente, nervioso, un moderno Saturno devorando continuamente a sus hijos que instaura una permanente espada de Damocles sobre las cabezas de quienes un día son héroes y a la mañana siguiente villanos dignos del destierro (el más claro ejemplo de tan tóxica concepción del deporte lo ejemplifica el decapitador superior Florentino Pérez) Que el ejemplo de San Antonio no haya sido capaz de calar más hondo en un deporte empeñado en vivir a tanta velocidad que no deja siquiera a los aficionados disfrutar del camino, si no de la meta esporádica, es una pena y merecería análisis aparte. Pero las virtudes de los tejanos son evidentes, sus éxitos también, mientras que su reconocimiento y respeto por parte de los buenos aficionados, innegable. 

Con una base formada desde hace años, principalmente por Duncan, Parker y Ginobili, el equipo de Gregg Popovich apenas ha necesitado realizar grandes movimientos en los despachos para mantener la dinastía más triunfal de la NBA en los últimos 20 años. Desde luego no ha sido San Antonio un habitual animador de los veranos, ni un club que haya estado en boca de los aficionados según se acercaban los “trade deadlines” de cada Febrero. Toda la excitación que produce este equipo en la pista ha sido traducida en una exquisita tranquilidad mediática. Tanto es así que en una de las competiciones deportivas con más focos del mundo la existencia de los Spurs ha parecido limitarse de manera ejemplar a las canchas de baloncesto. Incluso cuando en un movimiento brillante el manager R.C.Budford se desprendía de George Hill para hacerse con los derechos de un futuro MVP de unas finales como Kawhi Leonard nadie parecía percibir nada en San Antonio. Después de tantas batallas durante el Wild West del siglo XIX, El Alamo vive en paz. 


Sólo cuando la necesidad se ha hecho evidente, cuando el prolongado último baile del Big Three parece llegar a su inevitable fin, hemos visto a los Spurs bajo los focos de las noticias veraniegas. El agente libre más deseado del verano, LaMarcus Aldridge, abandona otro proyecto frustrado de Portland por convertirse en aspirante al título, rechaza el glamour de unos Lakers a la deriva, y se convierte en el heredero en la cancha de un Tim Duncan que posiblemente afronte su última temporada (no es la primera vez que escuchamos esto, pero en algún momento tendrá que suceder), con el simbolismo de ceder el testigo a Aldridge como en su día él lo recibió de David Robinson. Veremos como gestiona Popovich este relevo, si Duncan es suplente por primera vez en su carrera (ha sido titular 1329 de sus 1331 partidos NBA, un impresionante 99,84%), o convence a Aldridge para jugar de cinco, cosa que no parece fácil si atendemos a la rumorología de hace unas semanas que hablaba de la renuncia de LaMarcus a la oferta de New York ya que pretendían hacerle jugar en esa posición. O quizás sea Duncan, ese deportista ejemplar incapaz de decir una voz más alta que otra y que nunca se ha visto envuelto en polémica alguna, quien se sacrifique en su último servicio a El Alamo, y veamos al mejor ala-pívot de todos los tiempos jugando de pívot en su despedida de la franquicia con que la ha conquistado cinco anillos de campeón.  

martes, 16 de junio de 2015

WHEN COACHING MATTERS


Seguimos desgranando las finales de la NBA partido a partido, en este caso vamos con los encuentros 4 y 5. No hemos podido dedicarles a cada uno una entrada por separado. Cuestiones de calendario, trabajo y fin de semana. 


Tenemos que admitir dolorosamente que no están siendo unas buenas finales en cuanto a la calidad del juego. A falta de espectáculo tenemos que quedarnos con la épica de LeBron y sus Cavaliers, luchando contra los elementos, y algunas consideraciones tácticas con ambos entrenadores, sobre todo Kerr, buscando alternativas a lo que pudiera parecer el guión preestablecido. Los grandes sacrificados vuelven a ser los pívots puros, demostrando una vez más que pese a lo que clamen los ortodoxos es la posición menos decisiva en el baloncesto actual… o visto de otra manera, la que más, debido precisamente a la escasez de pívots que si sean decisivos. El equipo que cuente con un elemento así sabe que cuenta con un tesoro, pero en la mayoría de los casos lo único que se consigue es llenar las zonas con centímetros y kilos sin apenas aportación al juego. 


El primero en mover ficha fue Steve Kerr, obligado a ello al llegar al cuarto partido por debajo en las series (con 1-2 a favor de Cleveland) El movimiento fue tan sencillo como prescindir de su cinco, Andrew Bogut, para dar la titularidad a un jugador exterior pero tan polivalente como André Igoudala. Una decisión que se ha alabado otorgando la importancia que se merece a uno de sus ayudantes, Nick U’Ren, a quien al parecer se le encendió la bombilla viendo videos de las finales del pasado año imitando a Popovich cuando cambió el curso del guión al confiar en Boris Diaw (otro ejemplo de polivalencia) en lugar de un cinco clásico como Tiago Splitter. En realidad estoy convencido de que muchos aficionados, sin dedicarnos profesionalmente a esto, sabíamos que era una opción muy válida (Kerr, dame trabajo) Podríamos recordar también el brillante movimiento de Rick Carlisle en las finales de 2011, cuando dio rol de titular a Juan José Barea, inventándoselo de escolta con su 1,83, y haciendo coincidir en pista a Jason Kidd, Jason Terry y el citado Barea durante muchos minutos de los partidos, después de verse 2-1 abajo en unas finales que acabaron ganando 2-4. Carlisle honraba así a su maestro Chuck Daly, ganador de dos anillos con los Detroit Pistons utilizando en cancha al mismo tiempo a un base como Isiah Thomas junto a otros dos “bajitos” como Joe Dumars y Vinnie Johnson.       


Esos locos bajitos



La decidida apuesta por el “small ball” (tan ligado históricamente a la franquicia californiana desde los tiempos del maravilloso Don Nelson) de Steve Kerr nos dejó el mejor primer cuarto, hasta el momento, en estas finales de los Warriors. Y eso a pesar de encajar un 0-7 de salida ante el delirio de la afición Cavalier, convencida de que sus jugadores eran superhombres inmunes al cansancio. La tozuda realidad empieza a demostrar lo contrario, según transcurren los partidos Golden State va encontrando cada vez su mejor juego, mientras que las piernas de los de Ohio cada vez responden menos. Leyes de la naturaleza. Curry calentaba la muñeca, acompañado de Igoudala, y Kerr volvía a echar mano antes de acabar el cuarto de un All Star venido a menos como David Lee. Por muchos problemas y lesiones que haya tenido sigue siendo un jugadorazo y su proporción entre minutos en pista y producción para su equipo está siendo una de las claves en el resurgir Warrior en estas finales. Los 31 puntos anotados por el equipo del MVP de la temporada regular demostraban que Kerr acertó con el “small ball”.


Cleveland está reboteando mucho y bien en estas finales (destacando Tristan Thompson), encontrando un sostén para no descolgarse definitivamente de los partidos hasta los minutos finales. El cuarto partido no fue una excepción, con el añadido de encontrar a un Timofei Mozgov que aprovechó la ausencia de Bogut (sólo 3 minutos en pista) para campar a sus anchas y realizar el mejor partido de su carrera NBA (28 puntos y 10 rebotes) Del todo a la nada para el ruso, que pasó de su partidazo en el cuarto encuentro a disputar tan sólo nueve minutos en el quinto. ¿La razón? La respuesta de Blatt al “small ball” de Kerr, sacrificando a su hombre alto y dando más minutos al ciclotímico J.R.Smith y sus 14 triples intentados (acertó en 4) Le salió bien la jugada al ex del Maccabi, ya que los Cavaliers mantuvieron opciones de ganar el partido hasta prácticamente los últimos tres o cuatro minutos del mismo. Claro que también tuvo la culpa un LeBron James de nuevo en su versión extraterrestre. Otro triple-doble descomunal (40 puntos, 14 rebotes y 11 asistencias) para el jugador de baloncesto total, pero cuyas actuaciones históricas constatan que esto es un deporte de equipo. Es el mejor del mundo, pero a la hora de enfrentar las fuerzas de jugadores como Dellavedova (dieron las doce en su particular cuento de Cenicienta y la carroza volvió a ser calabaza), Shumpert o James Jones frente a los Curry, Igoudala o Klay Thompson, la desigualdad es tan manifiesta que sólo queda quitarse el sombrero ante el hecho de que estos Cavaliers hayan sido capaces de ganar dos partidos en estas finales. 



No olvidemos que el balance de 67-15 con el que Golden State Warriors finalizaba la temporada regular es la octava mejor marca de todos los tiempos, empatados con los Celtics de 1986, los Bulls de 1992, los Lakers del 2000, y los Mavericks de 2007. Aun así estos mermados pero corajudos Cavaliers están siendo capaces de plantarles cara, por suerte para el espectador imparcial, y obligando a Steve Kerr a tirar de repertorio. Repertorio que debería ampliar Blatt, pese a lo limitado de su armamento. Aunque suene políticamente incorrecto, es totalmente lícito en un momento dado utilizar jugadores residuales para permanecer cinco minutos en cancha y dar un par de hachazos al rival y buscar su desgaste. Hablábamos de Rick Carlisle y los Dallas campeones de 2011. Otro de los elementos claves (aparte de en general una mayor rotación y mejor uso del banquillo) para aquel triunfo frente a los Miami de Wade, LeBron y Bosh fue saber utilizar en un momento dado a ese “extraño elemento” llamado Brian Cardinal. “The Custodian” era un jugador limitado incluso para la liga ACB (apenas promedió cinco puntos y cuatro rebotes por partido en sus cuatro apariciones con la camiseta del Pamesa Valencia), o sea que imagínense en la mejor liga de baloncesto del mundo. Eso no fue óbice para que en las tres victorias consecutivas con las que Dallas remontó el 2-1 de aquellas finales jugase 7, 9 y 12 minutos respectivamente, dándole un poco de “calor” a LeBron James y anotando incluso algún triple. Se puede ganar un anillo con jugadores como Cardinal, igual que se puede con jugadores como Brendan Haywood, Kendrick Perkins, o un casi retirado Shawn Marion. Lo que no se puede es ganarlo con siete jugadores. Si las finales son una guerra, todo soldado es válido, y más cuando te enfrentas a un ejército que sabes que es superior en calidad.    


Brian Cardinal, en el amor y en la guerra... 

martes, 10 de febrero de 2015

LOS MEJORES DEL 2014: ENTRENADORES INTERNACIONALES



Nos ha llevado un tiempo, pero mes y medio después de acabado el 2014 concluimos el repaso a los grandes protagonistas del año pasado con la entrega dedicada a los banquillos internacionales. Ya saben que no actualizamos con el ritmo que nos gustaría, y que además los focos de interés siempre son numerosos. 


GREGG POPOVICH: Si a alguien le quedaba alguna duda sobre que el entrenador de San Antonio es el técnico en activo más legendario de la actual NBA, el 2014 debería haber disipado todas sus incertidumbres de golpe. Hablamos de un tipo que aún en sus peores años roza el notable (son ya18 temporadas consecutivas, leen bien, 18 temporadas, superando el 60% de victorias en su equipo en una competición en la que difícilmente se pueden dar dinastías tan largas como es la NBA), y que en los mejores, se adorna con otro anillo. Este ha sido el quinto, reinventando a unos Spurs eternos y desquitándose de las finales de la anterior campaña en las que lo tenían a su favor para haberse proclamado campeones en aquel mítico sexto partido en el que un triple de Ray Allen para llegar a la prórroga rescató a unos Miami Heat que se acabarían llevando el anillo. Las virtudes de Pops son conocidas, principalmente capacidad de evolución (de los Spurs campeones a base de defensa rozando la ilegalidad de los principios a la máquina ofensiva de ahora hay un mundo) y sacar petróleo de jugadores que en otros equipos no tendrían tanta incidencia (Boris Diaw como falsísimo pívot titular en las pasadas finales es un ejemplo), falta de prejuicios siendo el entrenador que más confía en jugadores no nacidos en Estados Unidos y sobre todo mantener una química de equipo envidiable. Popovich ha convertido a los Spurs en una concepción del baloncesto con personalidad propia. No es que jueguen a algo concreto, es que juegan como los Spurs.    
  

Pops, leyenda en San Antonio



DAVID BLATT: El técnico americano-israelí se aseguró un lugar en el Olimpo de mejores entrenadores europeos contemporáneos junto a los Messina y Obradovic de turno al conseguir su primera Euroliga. Aunque no fuera así ya había dado sobradas muestras de su talento al ser capaz de gestionar plantillas en principio inferiores a sus rivales a los que acababa pasando por encima, caso de la Rusia con la que se proclamó campeón de Europa ante la España de los Gasol, Navarro y cia en nuestro propio país en 2007, o del meritorio bronce europeo en Londres 2012. Ese fue el caso de su Maccabi Tel Aviv. Llegaba a la Final Four de Milán como cenicienta, después de eliminar con factor cancha en contra al propio Emporio Armani que soñaba con jugar la final a cuatro de la que era anfitrión, y primero remontaron una semifinal increíble ante el CSKA para dos días después frustrar de manera sorprendente el sueño europeo del Real Madrid de Pablo Laso. Como es habitual, además ganaron Liga y Copa del país hebreo. Por si fuera poco Blatt volvió a ser noticia en verano al conocerse su fichaje por el ambicioso proyecto de los Cleveland Cavaliers (aunque nos tomamos con reservas lo de “primer entrenador europeo en ser “head coach” NBA, ya que Blatt es nativo de Kentucky, tiene doble nacionalidad, y se formó en el baloncesto universitario estadounidense)    


Blatt, (aún más) consagrado



EX AEQUO SASHA DJORDEVIC/VINCENT COLLET: El primero ha sido un impacto súbito, el segundo significa el triunfo de la continuidad. Si la gran cita veraniega del pasado año fue el Mundial de España, el temperamental y genial ex –base serbio sin duda ha sido uno de los protagonistas del 2014. Llevó a su selección a lo más alto que se podía llegar (ganar a estos Estados Unidos parece una quimera), nos dejó partidos para el recuerdo, apalizando a Grecia y Brasil y esas semifinales brutales ante Francia, quizás el mejor partido del torneo, y tampoco fue esquivo a las polémicas, como la que protagonizó en el partido contra España, siendo expulsado y acusando a Orenga y a nuestros jugadores de falta de respeto.

Collet fue uno de los grandes triunfadores del 2013 con su oro europeo en Eslovenia, y creemos que merece repetir en esta sección tras su bronce mundialista en España. Sobre todo si tenemos en cuenta que acudía con un roster en el que no figuraba el mejor jugador galo de todos los tiempos, Tony Parker, ni uno de sus más ilustres escuderos como es Joakim Noah. Tampoco pudo contar por diferentes motivos ni con Ajinca, ni con Seraphin ni con Mahinmi, lo que parecía que mermaba considerablemente sus opciones de éxito, sobre todo debido a la flaqueza interior con la que se veía obligado a acudir. Pero Francia volvió a demostrar que se encuentra con la mejor generación de su historia, y Collet ha sido el cocinero que a fuego lento (recordemos todas las veces que se la pegaban contra España) ha dado con la receta del éxito. Su bronce, tras un espectacular partido contra Lituania, tiene mucho mérito.     



Djordjevic y Collet, carácteres distintos, pero ambos triunfadores.


Hemos dejado fuera de este particular podio a otro de los triunfadores del pasado verano, el gran Mike Kryzewski, actual campeón del mundo de selecciones, ya que entendemos que con la materia prima manejada el éxito parecía capaz de encarrilarse sin demasiada dificultad. Pero queremos citarlo aquí y reconocer su mérito a un técnico legendario y que ha sido capaz de enderezar el baloncesto USA a la hora de participar en competiciones FIBA, sabiendo conducir a tanta estrella y tanto ego a la hora de trabajar para un bien común. Precisamente a veces lo más difícil es hacer funcionar a tanto talento individual, como tantas veces hemos visto a lo largo de la historia del deporte. 


viernes, 14 de noviembre de 2014

WINTER IS COMING: SOUTHWEST



Y terminamos nuestro análisis de la nueva temporada NBA hablando sobre otra división tan interesante como es la Southwest.

Para empezar tenemos a los vigentes campeones, y posiblemente la franquicia más ejemplar de la NBA. Una auténtica dinastía basada sobre todo en dos hombres: Gregg Popovich y Tim Duncan. Desde que en 1997 este binomio ganador juntase sus fuerzas en el club tejano, la estadística es demoledora: 17 temporadas seguidas acudiendo a la cita de los play offs, 6 años campeón del Oeste, y otros 5 campeón de la NBA. Junto a Duncan (sin discusión el mejor 4 de todos los tiempos), Tony Parker y Manu Ginobili han conformado uno de los “big threes” más reconocibles de todos los tiempos, alcanzando ya las 500 victorias en liga regular (sólo les superan el formado por Bird-McHale-Parrish, con 640) No se conforman y el objetivo para el nuevo curso es estar en lo más alto. Pese a ser los campeones, no son los grandes favoritos. Circunstancia que parece favorecerles. Irán a lo suyo en liga regular, dosificando fuerzas y haciendo crecer jugadores. Popovich saca petróleo de jugadores que en otros equipos agitarían toallas. Siguen los mismos jugadores que ganaron el quinto anillo para la franquicia y se espera que el rookie Kyle Anderson sea otro de esos “robos del draft” a los que nos tienen tan acostumbrados las espuelas. El concepto “deporte de equipo” elevado a su máxima expresión.  

Memphis Grizzlies empiezan como un tiro este curso (8-1 en estos momentos), con un Marc Gasol estelar. Son un ejemplo de estabilidad con la columna Conley-Allen-Randolph-Gasol intocable desde hace varias temporadas, y llega un veterano como Vince Carter para coger su “last train to Memphis”. David Joerger, con la plantilla sana (sobre todo Marc, quien se perdió unos 30 partidos la pasada temporada) aspira a superar las 50 victorias con las que debutó en el banquillo grizzlie. Todo parece indicar que lo conseguirá.          



Marc Gasol lidera a unos enormes Grizzlies


Houston sobre el papel parece menos fuerte que el pasado curso (aunque su gran inicio de temporada lo desdice), ya que no sólo no han conseguido capaces de traerse ninguno de los jugosos agentes libres del verano, si no que además no han sido capaces de retener a su tercera espada Chandler Parsons, huido al calor de los millones de Mark Cuban en Dallas. De modo que todo seguirá pasando por James Harden y Dwight Howard, apoyados en buenos complementos como Trevor Ariza, un creciente Terrence Jones, o ese perro de presa llamado Patrick Beverley. Parece que el ex –barcelonista Kostas Papanikolau cuenta bastante para McHale, y está jugando nada menos que 25 minutos por partido.   

Hablábamos de Parsons y su traslado a Dallas, al lado de otro ilustre blanco y rubio como es el gran Dirk Nowitzki (quien en este comienzo de curso ya ha superado a Olajuwom como el jugador internacional en anotar más puntos en la NBA) Los Mavericks es un equipo que busca siempre ser competitivo equilibrándose entre estabilidad y renovación. Lo primero lo marca el propio Nowitzki, quien no conoce otra camiseta en esta liga que la azul de los Mavs y ya acumula 16 años al servicio de la franquicia tejana. Para que no queden dudas sobre su fidelidad este verano ha renovado a la baja (al igual que hiciera Duncan con los Spurs anteriormente), para que el club pudiera acometer incorporaciones como las del citado Chandler Parsons. Estabilidad también en el banquillo, con un entrenador de total solvencia como Rick Carlisle. Renovación con muchas caras nuevas (Parsons, Nelson, Felton, Jefferson, Aminu, Villanueva…) y entre medias jugadores como Tyson Chandler y Barea que vuelven a “casa”, intentando recuperar las sensaciones de cuando fueron pilares importantes para el único anillo que posee la franquicia. En el caso del pívot así será, apuntalando el aspecto en el que más flojeaban el pasado curso: la defensa. En el caso del base portorriqueño se antoja más difícil viendo toda la competencia que tiene en el backcourt (Nelson, Harris, Ellis, Felton…)   



Nowitzki, cada vez más legendario.


Y por último los pelícanos de Nueva Orleans, cuya gran ave zancuda es la inmensa y rutilante estrella llamada Anthony Davis. Se espera que su imparable progresión vaya unida a la franquicia. Para empezar a su lado le han traído a un estupendo complemento defensivo como Omer Asik, la torre turca venida desde Houston. Sigue ese ROY (rookie of the year) venido a menos que es Tyreke Evans. Inexplicable lo de este jugador, quien después de ser el cuarto debutante en firmar al menos 20 puntos, 5 rebotes y 5 asistencias por partido (uniéndose al club de Oscar Robertson, Michael Jordan y LeBron James, ahí es nada), ha decepcionado temporada tras temporada sin volver a alcanzar el nivel estelar de su primera campaña en la mejor liga del mundo. El empeño de querer hacerle jugar de tres tampoco le favorece, pero es la mejor manera de hacer sitio a otros dos cracks como Jrue Holiday y Eric Gordon. Mucho exterior joven que no acaba de dar el salto (Freddette, Rivers…), la veteranía de John Salmons, y el interior con muñeca de seda Ryan Anderson conforman el resto de caras conocidas del roster. Tienen mimbres para, a corto plazo, acabar haciendo ruido, pero aún tendrán que esperar. 


NUESTRO PRONÓSTICO: 

SAN ANTONIO: finalistas de conferencia
MEMPHIS: 2ª ronda de play offs o finalistas de conferencia.
HOUSTON: 1ª ronda de play offs.    
DALLAS:      1º ronda de play offs.
NUEVA ORLEANS: fuera de play offs.                                                                                  

lunes, 30 de junio de 2014

EL SÍNDROME DE STENDHAL



Una cancha llena y volcada con su equipo, el mayor triunfo de Laso.


"De momento han conseguido la Supercopa y la Copa y van a por Euroliga y Liga, independientemente de que lo consigan o no ya se han asegurado un lugar en la memoria del buen aficionado por un estilo de juego que nos hace felices. Tras tantos años de imposiciones tácticas, mamporrerismo bajo el eufemismo de "deporte de contacto", y entrenadores especuladores que nos robaron el espectáculo con el pretexto de que sólo les valía ganar, Pablo Laso nos deja este regalo con este grupo de jugadores y esta filosofía de juego. Sea cual sea el resultado, a muchos de nosotros ya nos han ganado."


Aquello lo escribíamos en Semana Santa del presente año, hace unos dos meses y medio. Con el curso ya finiquitado y por tanto llegada la hora de hacer balance seguimos pensando lo mismo. Mucho se está hablando de la temporada blanca en términos absolutos de fracaso y decepción, poniendo en duda la validez de una gran temporada regular si se pierden las finales. No estamos de acuerdo con tales apreciaciones, y vamos a tratar de explicarlo, sin intentar convencer a nadie, pero si buscando que el amable lector tenga más elementos de juicio a la hora de dictar sentencia sobre el actual proyecto baloncestístico del Real Madrid, la apuesta de Pablo Laso, y la calidad e importancia del grupo de jugadores contemporáneo.  

Para empezar creo que habría que desterrar de manera radical el pensamiento de que este estilo de juego ofrece simplemente (como si fuera poco) goce estético pero no triunfos, éxitos o títulos. Si nos centramos en la trayectoria en partidos oficiales de los tres años de Pablo Laso al frente del equipo madridista, los datos son concluyentes y demoledores. El técnico vitoriano ha dirigido 212 encuentros en los que se ha llevado el resultado a su favor en 177 de ellos. Un brutal 83.5% de victorias. Todo ello además en una progresión creciente. Si la primera temporada de Laso, el Real Madrid jugaba 66 partidos ganando 48 (72.7%), a la siguiente la cifra se estiraba hasta los 76 encuentros siendo 61 de ellos victorias (80.2%), para este curso llegar a nada menos que 80 partidos, de los cuales se ha ganado en 68 (un redondo 85%) Es decir, con Laso el Madrid ha jugado cada temporada mejor y ha ganado más partidos. Ha habido progresión y crecimiento. Respecto a los títulos, de los doce oficiales a los que ha optado este equipo durante la era Laso, se han conseguidos cinco (dos supercopas, dos copas y una liga), pero se ha luchado por casi todos (de doce finales posibles se ha llegado a nueve) Una barbaridad, créanme, es una barbaridad, porque por mucho que recurramos a la grandeza histórica del Real Madrid, hay que recordar que desde el periodo 1993-1995 no veíamos al club blanco ganar títulos tres años seguidos. Entre otras cosas porque el baloncesto europeo es cada vez más competitivo, con equipos rusos, turcos o griegos manejando grandísimos presupuestos. Y entre otras, claro, porque el baloncesto madridista se convirtió en una especie de reflejo del mito de Sísifo, empeñado en subir cuesta arriba con una pesada carga a sus espaldas para una vez a punto de coronar la cumbre volver a empezar. Siempre desde cero. Aquellos años en los que veíamos desfilar a los Maljkovic, Imbroda o Lamas, todos entrenadores de enorme prestigio pero incapaces de dotar de identidad y alma al baloncesto blanco, hasta la llegada de Joan Plaza, quien salió por la puerta de atrás a consecuencia de la fallida apuesta de Ettore Messina, y a quien, ironías del destino, ahora algunos añoran después de despellejarlo vivo. Plaza fue un soplo de aire fresco en el basket madridista y el hombre que devolvió identidad, orgullo e ilusión a los seguidores del club blanco. Y Pablo Laso le ha superado en insuflar toneladas de ilusión a un Palacio de Los Deportes que ha vivido las mayores fiestas baloncestísticas que se recuerdan en mucho tiempo. Por tanto el veredicto debe ser claro, la apuesta de Laso es mucho más ganadora que perdedora si somos justos a la hora de aplicar la balanza.         


Joan Plaza, despreciado por Florentino. ¿Cometerá el mismo error con Laso?


No obstante la actual temporada madridista deja un regusto amargo, precisamente por la excelencia del juego desplegado meses atrás. Lo cual lleva a plantear un debate que si lo afrontamos de manera sana y con la conveniente higiene mental que se debe tener a la hora de hablar de deporte no negamos que puede resultar interesante. Debate que busca poner en entredicho, según algunos, la importancia de lo que se haga durante la temporada, liga regular y liguillas varias, y dar toda la trascendencia a las finales. En nuestra opinión, y este es un concepto vital que va más allá del baloncesto, tan importante es la meta como el camino. Es más, incluso podríamos llegar a afirmar que importa más lo segundo, ya que la meta es el fin, la conclusión, la última parada tras la cual ya sólo asoma el vacío, pero el verdadero disfrute se produce durante el camino. Sucede con el mundo del deporte que hay una perversión resultadista que prevalece sobre el trabajo (sin darse cuenta de que en realidad el resultado no es si no fruto de dicho trabajo), la cual impide valorar la alegría del momento o la espectacularidad del paisaje. Y el paisaje que nos ha acompañado a los madridistas durante la temporada es realmente inmejorable. Es comprensible que quien se haya acercado a este equipo únicamente durante el fin de semana de la Final Four en Milán, o en estos pasados días de las finales ACB, se haya sentido decepcionado y se plantee la validez de la propuesta de Pablo Laso. Sin embargo quien haya visto (y disfrutado) el juego madridista desde el comienzo de la temporada (diría más, desde el comienzo de la temporada 2011-2012, la primera con el vitoriano en el banquillo), lleva en sus alforjas un bagaje emocional baloncestístico muy distinto (y evidentemente superior) que el del aficionado incapaz de perder un segundo de su tiempo viendo un partido de liga regular. Al final hemos sucumbido al Síndrome de Stendhal. Un arrebato melancólico por la belleza nihilista y presunta futilidad que ha manejado a este equipo. Llegados por tanto a un punto en el que el valor estético lo envuelve todo. Como siempre en la vida, se trata de elegir las opciones, y el baloncesto-arte es una de ellas. Nos aferramos a ello precisamente ahora, cuando más bofetadas nos dan y la silla del arquitecto de este equipo para mí ya inolvidable se tambalea. Todas las opiniones son respetables, por eso urge levantar la voz para reclamar respeto por la propia, aunque uno no puede sentir evitar ese pesimismo al que le condena el trato reciente del club hacia su sección de baloncesto. Ahora que hemos escalado tanto van a volver a ponernos al comienzo de la montaña. 

Hay un pensamiento tópico y generalizado (y como todos los tópicos, tiene gran parte de falsedad) que dice que ganar es lo único que importa y que nadie se acuerda ni de los subcampeones ni los segundos clasificados. Es decir, sólo manda el resultado. No hay más que echar un vistazo a la historia universal del deporte, sus grandes mitos y hazañas, para darnos cuenta de la irrelevancia de ese argumento. Uno de los ejemplos más conocidos lo podemos encontrar dentro del deporte rey, el fútbol, y uno de los equipos más recordados de todos los tiempos. La Holanda de los años 70, que pasó a la historia con el apelativo de La Naranja Mecánica, contando en sus filas con jugadores como Neeskens, Jansen o Van Hanegem  y sobre todo un flaco esteta de pies alados llamado Johan Cruyff, cuya espigada figura sobre el verde césped evoca auténtico caviar futbolístico para el aficionado. Era un grupo de jugadores que llegaba a los terrenos de juego con tintes revolucionarios, los que pregonaba su líder espiritual desde el banquillo, Rinus Michels, quien hablaba de “fútbol total” y afinaba una orquesta en la que las individualidades se ponían al servicio del colectivo. Aquel equipo legendario maravilló al planeta, pero nunca los vimos levantar ningún título. Cuando llegaban las finales aparecía la Alemania, Checoslovaquia o Argentina de turno para privarles de ver compensada su excelencia en el juego con el brillo refulgente de alguna copa. A efectos meramente resultadistas su nombre no debería figurar en los libros de historia, a diferencia de por ejemplo la Grecia del 2004 campeona de Europa en Portugal. Dudo mucho que haya un solo aficionado que no recuerde y valore más la Holanda de los 70 que la  Grecia del 2004. Sin salirnos del fútbol, en Europa aún se recuerdan las andanzas continentales del Real Madrid de La Quinta del Buitre, especialmente aquella maravillosa temporada en la que eliminaron primeramente al Nápoles de Giordano, Careca y Maradona, posteriormente al Oporto, vigente campeón de Europa por entonces con Madjer y Rui Barros (Futre acababa de enrolarse en las filas rojiblancas del Atlético de Madrid), y más tarde al Bayern Munich de Matthaus, Augenthaler, Hughes, Brehme, y aquel extraordinario guardameta belga que era Jean Marie Pfaff. Proeza tras proeza para finalmente nunca levantar la “orejona”. El PSV de Guus Hiddink que no ganó un partido desde cuartos de final fue el campeón de aquella edición. El título fue para el equipo holandés, pero el fútbol lo puso el Real Madrid.       


Fuego Naranja


El anhelado cetro europeo fue algo que nunca pudieron conseguir, y volvemos ahora al baloncesto, jugadores irrepetibles como Solozabal, Epi, Jiménez o Norris. Aquel Barcelona de Aíto García Reneses era uno de los equipos que mejor baloncesto practicaba a finales de los 80 y principios de los 90. Nunca conquistó Europa, pero si se ganaron un lugar en la memoria de los buenos aficionados, cosa que no se puede decir del Limoges de Bozidar Maljkovic, campeón continental en 1993 y del que si nos acordamos es para recordar el tipo de baloncesto que no deseamos volver a ver en las canchas. Y como no recordar más recientemente dentro de la mejor liga del baloncesto del mundo a equipos maravillosos como los Warriors de Don Nelson, los Kings de Rick Adelman, o los Suns de Mike D’Antoni. Nunca les vimos siquiera jugar unas finales por el título, pero se ganaban aficionados en todo el globo terráqueo. Piensen incluso en una franquicia campeona y ganadora como San Antonio Spurs, a la que se pone como modelo y ejemplo de trabajo bien hecho gracias a sus cinco anillos conseguidos en la era Popovich. Sí, han sido cinco anillos, pero han necesitado casi 20 años para ganarlos, pasando nada menos que siete temporadas desde su anterior título hasta el actual. Años en los que incluso los vimos caer en alguna ocasión en primera ronda de play offs. Pero siguieron confiando en su entrenador, en su bloque y en sus jugadores veteranos. Porque podían ganar o perder partidos, pero había una cosa que no estaban dispuestos a abandonar: su identidad. 


Una identidad que al Real Madrid le ha costado muchos años encontrar. Depende ahora de sus directivos y mandamases, y sobre todo del mandamás supremo, mantener esa identidad una vez que han encontrado un camino ganador o volver a dar palos de ciego y cometer viejos errores del pasado reciente. Creo que la mayoría de aficionados tenemos claro lo que queremos, pero ya sabemos que nuestra opinión, a los de la poltrona, poco les importa.    

En definitiva, términos como los del “éxito” y el “fracaso” (que al fin y al cabo son dos impostores, como Ruyard Kipling afirmaba en su célebre poema “If”), no dejan de ser relativos y nunca absolutos. Ganar títulos es importante, y habrá quien piense de hecho que es lo más importante. Pero existen muchos tipos de victorias. Victorias en el día a día que van ligadas a aspectos anímicos, sentimentales o estéticos, bien juntos o por separado. En ese sentido pocos entrenadores han sido más ganadores que Pablo Laso en la historia del baloncesto madridista. La sonrisa que se dibuja en el rostro de los aficionados que acuden al Palacio de Los Deportes de la comunidad madrileña es su mayor victoria.   


San Antonio Spurs, modelo de estabilidad también en la derrota y ejemplo en el que mirarse.

martes, 17 de junio de 2014

LOS VIEJOS NUEVOS SPURS





San Antonio Spurs vuelve a reinar en la NBA. Es su quinto anillo de campeón, y llega 18 años después de que Gregg Popovich se hiciese cargo de la dirección del equipo desde el banquillo, 17 desde que Tim Duncan se enfundase la elástica tejana tras ser elegido en el número 1 del draft de 1997, 15 desde que ganaran su primer campeonato y 7 desde que se alzarán con el último.

Son los viejos Spurs, los de siempre. Los de Popovich, Duncan, Parker y Ginobili. Los de la química del vestuario, los del colectivo por encima de las individuales. Pero son los nuevos Spurs. Los de Kawhi Leonard, MVP de unas finales con tan sólo 22 años (sólo “Magic” Johnson le supera en precocidad en ese aspecto), los de una ONU baloncestística donde todos aportan, y los de uno de los mejores juegos ofensivos del planeta. La evolución es clara. Si en 1999 San Antonio inauguraba su dinastía derrotando en unas plomizas finales a los New York Knicks del ahora comentarista Jeff Van Gundy anotando 424 puntos en 5 partidos (una media de 84.8 por encuentro), 15 años después, igualmente en 5 partidos, han acumulado una cifra de 526, 20 puntos más por partido (105.2 de media) 

¿Cómo era el mundo en 1999? El convulso siglo XX, el de las dos grandes guerras mundiales, llegaba a su fin. Se cernía la amenaza tecnológica del “efecto 2000” que finalmente no fue tal. En España aún pagábamos con pesetas. El saxofonista Bill Clinton ocupaba la Casa Blanca, y el Cid Campeador Aznar hacía lo propio en La Moncloa. Por supuesto, Jordi Hurtado conducía “Saber y Ganar”. En los cines, la saga “Star Wars” reventaba las taquillas con la primera de sus precuelas, Bruce Willis trataba de ayudar a un niño que en ocasiones veía muertos, “American Pie” volvía a poner de moda el sub-género de las comedias universitarias y “American Beauty” arrasaba en los Oscars de Hollyood. Britney Spears y Backstreet Boys arrasaban en los charts musicales (Justin Bieber tenía 5 añitos) Haciendo un guiño a Eduardo Galeano y su magnífico ensayo “El fútbol a sol y sombra”, podríamos decir también aquello de que “fuentes bien informadas desde Miami avisaban de una inminente caída del régimen de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas”. Siguiendo en Miami, los Heat contaban con once años de vida tan solo en aquel año de 1999, y a pesar de eso ya eran habitual equipo de play offs, liderados por jugadores como Tim Hardaway y Alonzo Mourning. En la mejor liga de baloncesto del mundo, Jordan se había tomado se segundo descanso, y todavía podíamos disfrutar de los últimos años de leyendas como Charles Barkley y Hakeem Olajuwom. El desaparecido Fernando Martín seguía siendo por entonces el único español en haber jugado en la NBA, y ni locos podíamos imaginar hasta donde iba a llegar nuestro baloncesto en unos pocos años. 

Y aquí están, quince años después, de nuevo en lo más alto. Si aquel 1999 Tim Duncan asumía el liderazgo como relevo de un David Robinson quien se retiraría cuatro temporadas más tarde, ahora es Kawhi Leonard quien adquiere los galones. Ejemplo del ojo clínico en los despachos de San Antonio, fue seleccionado en el número 15 de la primera ronda del draft de 2011, posición que correspondía a Indiana pero que tras la operación que dio con George Hill en los Pacers pasa a ser de los Spurs. Hay que recordar que por delante de Leonard salieron jugadores que están muy lejos todavía de haber triunfado en la NBA, como Jan Vesely o Bismack Biyombo. Acertaron con este alero con cierto aire de “all around player” que pudiera evocar lejanamente a un Scottie Pippen del siglo XXI. Muy discreto en los dos primeros partidos (9 puntos y 2 rebotes en cada uno de ellos)  jugados en San Antonio, ha sido el hombre clave para las tres victorias consecutivas que han acabado dando el título a los de Popovich, promediando 23,6 puntos, 10 rebotes, 2 asistencias, 2 robos y 2 tapones por noche. Mucho más que un “Anti-LeBron”. 

Miami acudía al quinto partido intentando remedar las costuras de un traje de campeón hecho trizas. Como el Príncipe Oberyn en “Juego de Tronos” habían anunciado a través de las redes sociales que el domingo no era el día en que morían, trasladando a los aficionados la esperanza de alargar la serie. Y parecían cumplir su amenaza jugando su mejor cuarto de las finales. Serios en defensa y con un gran LeBron (17 puntos en este acto), los Heat se comportaban por fin como el ganador de los últimos títulos NBA. A ello se sumaba el desacierto Spur personificado en jugadores como Parker o Duncan, fallando algunos tiros abiertos sin demasiada oposición, ¿iban a volver a sufrir vértigo a las alturas, tras llegar tan arriba, y dejar pasar otra ocasión como la pasada temporada?, para revivir viejos fantasmas Spoelstra ponía además de inicio a Ray Allen en detrimento de un muy señalado Mario Chalmers. Sin base y sin pívot, pero eran los mejores momentos de Miami en toda la serie. 29-22 hasta que sonó la bocina. 

Cuatro puntos consecutivos de, quien si no, Kawhi Leonard, estrechaban el marcador para que los de Popovich comenzasen a oler sangre en su rival, y eso que Parker seguía fallando para alimentar las esperanzas de unos Heat que abusaban una vez más del exceso de minutaje de sus figuras mientras en San Antonio comenzaba el desfile habitual de jugadores y lo que es más importante, la contribución coral del equipo. El trabajo defensivo de Diaw, la sobriedad de Duncan, y siempre Leonard, daban sus frutos y con un triple del MVP de las finales los locales adquirían la primera ventaja del partido ante la locura de los asistentes al AT&T Center, que intuían el resquebrajamiento moral de sus víctimas. San Antonio ya no volvería a abandonar el liderazgo del partido, estirando el marcador al descanso a siete de diferencia y pasando por encima de Miami a partir del tercer periodo. Sin historia. 

Una pena que unas finales NBA no hayan tenido mayor competitividad y emoción. Soñábamos con un séptimo partido, una fiesta del baloncesto el próximo viernes noche, pero la temporada de San Antonio ha sido tan brillante que no ha dado opción a sus rivales. Popovich ha encontrado la fórmula, después de varios años dosificando a unos jugadores que le dieron la gloria a principios de siglo, y haciendo crecer a un batallón de ilustres secundarios. Esperemos que no se haga demasiada sangre con el gran LeBron James (aunque lo damos por imposible), tengan en cuenta que estos viejos nuevos Spurs han tenido que esperar nada menos que siete años para volver a alcanzar la cima, y finalmente han vuelto. El Rey también lo hará. 

Gloria a San Antonio, respeto para Miami. 




viernes, 13 de junio de 2014

MIAMI SE QUEDA FRÍO


Decepción absoluta. No se puede definir de otra manera lo que han sido los dos partidos de las finales NBA jugados en Miami para quienes esperábamos unas series largas, igualadas y a siete partidos. San Antonio ha pasado por encima de su rival de una manera tan contundente que cuesta pensar que los dos partidos vistos en Florida enfrentasen a los dos mejores equipos de la competición. La era LeBron en los Heat, salvo mayúscula debacle tejana, se saldará de momento con cuatro campeonatos del Este, cuatro finales NBA, y dos anillos de campeón. Es un balance que firmarían el 99% de los equipos en la actualidad, pero que no vale para una franquicia que apostaba por convertirse en una dinastía tiránica que marcase una época. No vale con tener al (le pese a quien pese) mejor jugador del mundo. La diferencia de recursos entre un equipo y otro está siendo tan abismal que debería plantear a Pat Riley la configuración de su equipo, totalmente descompasada en algunas posiciones, especialmente en las de base y pívot, a diferencia de unos Spurs en los que sin renunciar al “baloncesto total” (cualquier jugador puede aportar en cualquier faceta del juego) hay al menos dos jugadores solventes por puesto, de modo que el rendimiento tejano no se resiente esté quien esté en pista. Parte del mérito, claro está, es de Gregg Popovich. El marine ha sabido dosificar de manera tan sabia a su plantilla y darles a todos un rol importante, que vemos cosas tan sangrantes como que el base suplente Patrick Mills (14 puntos en 16 minutos la pasada noche) rinde mucho más que todo un titular de Miami como Mario Chalmers (nuevamente mal, con 4 puntos en 31 minutos)   

Y es que en el cuarto partido, como en el tercero, no hubo más color que el negro de las espuelas. Sin alcanzar los niveles de excelencia del anterior choque, los de Popovich comenzaron marcando las diferencias desde el primer cuarto, 13-4 a los cinco minutos tras un triple de Danny Green. Un gran Chris Bosh reducía las distancias a tres puntos y obligaba a Popovich a pedir tiempo muerto. A partir de ahí la tendencia fue siempre la misma, San Antonio estirando el marcador y LeBron luchando por reducirlo. Demasiado solo. Caso aparte es el de Dwyane Wade, empeñado en estrellarse una y otra vez contra la defensa tejana con penetraciones suicidas y demasiado fáciles para unos ordenados Spurs. Hundió a su equipo. A partir del segundo cuarto las diferencias ya empezarían a estar por encima de la quincena de puntos, y en ningún momento Miami pudo meterse en el partido. No hubo partido. La superioridad Spur fue aplastante, con mejores porcentajes de tiro, moviendo mejor el balón, y mostrando una autoridad incontestable en el rebote. Una paliza en toda regla y una decepción para quienes esperábamos un espectáculo basado en una mayor igualdad de fuerzas. La imagen anecdótica del número 1 del draft de 2007, Greg Oden, casi un ex –jugador de tan sólo 26 años, jugando el último minuto de la basura en el American Airlines Arena ilustra a la perfección cual está siendo el papel de los Heat en estas finales: el de una mera anécdota.   


Los Spurs ya pueden ir pensando en su quinto anillo. Más difícil es pronosticar quien va a ser MVP de las finales, ya que ningún jugador de las espuelas está destacando sobremanera por encima del resto (las dos últimas actuaciones de Kawhi Leonard, no obstante, le otorgan un buen número de papeletas), y sinceramente, no creo que sea motivo de preocupación en el vestuario de San Antonio. Un ejemplo de colectividad para quitarse el sombrero. El sombrero tejano, claro.    


Allen y Chalmers contemplan la debacle.