sábado, 7 de agosto de 2021

JJOO TOKYO 2020 (I) USA Y FRANCIA TRIUNFADORES




Toca hacer repaso de la competición masculina de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Tokyo. Como no habíamos escrito ni una línea al respecto y hay mucho que tratar, intentaremos hacerlo en distintas entradas, en formato de pequeño serial, que no es cosa de aburrir al lector ni quemarnos escribiendo varias horas seguidas. No vamos a detenernos demasiado en sentimentalismos por otro lado siempre necesarios en este y cualquier deporte sobre fines de ciclo y despedidas de competiciones de selecciones internacionales a personajes como Luis Scola, Marc Gasol y por encima de todo Pau Gasol, el hombre que cambió para siempre nuestro baloncesto y quien si bien no ha podido despedirse como le hubiera gustado, luchando por las medallas, al menos ha conseguido el objetivo de llegar hasta unos Juegos Olímpicos disputados un año más tarde de lo previsto (de haber sido el año pasado quizás Pau no hubiera podido llegar pese a ser un año más joven) tras dos temporadas en las que parecía casi un jugador retirado. Y no vamos a detenernos en estos temas porque jugadores como Scola o Pau Gasol merecen espacio aparte y en la medida de lo posible lo tendrán. Comenzaremos desde el final hasta el principio, empezando por el oro estadounidense hilando hasta la fase de grupos. Oro conseguido en la gran final ante una Francia que les derrotara precisamente en la primera jornada de esa primera fase. En condiciones normales hablaríamos de cerrar un círculo, ley del eterno retorno, pero ha sido todo tan extraordinario en estos juegos que el último partido del torneo no ha sido para dirimir el campeón, si no para otorgar el bronce a la selección de Australia. Curioso, pero teniendo en cuenta que Tokyo 2020 se ha disputado en 2021 casi que es lo de menos.


USA cumple con los pronósticos.

Aquella derrota inaugural del roster de Popovich sirvió para activar las alarmas y demostrar la vulnerabilidad de unos Estados Unidos que ya venían señalados por sus derrotas ante Nigeria y Australia en los preparatorios para los Juegos, además de llegar con la espina clavada de su eliminación en cuartos de final en el Mundial 2019 precisamente ante Francia, convirtiéndose así el equipo de Collet en la única selección capaz de vencer dos veces seguidas a Estados Unidos en competición internacional desde que acuden con jugadores profesionales de la NBA. No es poco honor y deja a las claras el momento actual del baloncesto galo posterior a Tony Parker (y Diaw), pero en eso ya nos detendremos posteriormente. Lo cierto es que esa primeriza derrota pareció despertar al equipo de Popovich, invicto desde entonces y que si bien no ha arrasado a sus rivales como hicieran anteriores escuadras USA (anteriores escuadras evidentemente con mayor calidad que la actual) ha ganado el oro con indiscutible solvencia, sobreponiéndose a erráticos comienzos de partido (o quizás más bien a espléndidos comienzos de los rivales) y siendo muy superiores a partir del segundo cuarto. No fue el caso de Irán en la segunda jornada (masacrados ya con un 28-12 en el primer parcial), pero si el de una luchadora República Checa que llegó casi a doblar a los de Popovich en el primer cuarto (12-21 a los 7 minutos de partido) para acabar perdiendo de 35 puntos. Sumados a los 54 de diferencia frente a Irán quedaba claro que Estados Unidos caía como mejor segunda en el primer bombo, sin posibilidad de enfrentarse a los mejores terceros (Alemania y Argentina) y con Italia o España en perspectiva. Tocaron los de Scariolo, incapaces de resolver el test de Eslovenia en un partido que parecía encarrillado (un triple de Rudy Fernández nos ponía 12 arriba a los 3 minutos del tercer cuarto) pero condenados por la incapacidad de cerrar el rebote (hasta 15 rechaces ofensivos capturaron los eslovenos, quienes se fueron a un total de 51 rebotes) llegando a un final igualado en el que primero Abalde, fallando un lanzamiento triple central con 1 abajo a 19 segundos del final y posteriormente Ricky errando otro lateral que hubiera empatado el partido a 10 segundos del cierre, no encontraron aro ante una Eslovenia cómoda en el agujero defensivo de la zona española (tremendo el último cuarto de Mike Tobey con 10 puntos y 6 rebotes, dos de sus canastas tras capturar rebotes ofensivos) Doncic, bien desactivado por la defensa española, especialmente en el trabajo individual de Claver (“sólo” 12 puntos con 2 de 7 en tiros de campo… y 6 de 11 en libres, pero con 14 rebotes y 9 asistencias) aumentaba su leyenda con 16 partidos vistiendo la elástica absoluta eslovena sin conocer la derrota (los 9 del Eurobasket 2017 cuando acabaron campeones invictos, los 4 del pre-olímpico de Kaunas, donde fueron un rodillo, y los tres de la primera fase de Tokyo) España recibía el castigo de enfrentarse a unos Estados Unidos a los que no esperaban ni deseaban en una ronda tan temprana como cuartos de final. Después de haber caído ante los padres del baloncesto en las impresionantes finales de 2008 y 2012 (sin duda dos de los mejores partidos de la historia de nuestro baloncesto… y diría que de todo el baloncesto internacional de selecciones), y de haberles plantado más cara todavía en las semifinales de 2016, la mejor generación del baloncesto español tenía otra oportunidad para rellenar el expediente con una de sus pocas faltas, la de vencer a unos Estados Unidos con los que nunca se llegaron a enfrentar en los oros mundiales de 2006 y 20019. Pero los de Popovich volvieron a cumplir con el guión. Perdieron el primer cuarto (21-19), se mantuvieron en el segundo (empate a 43 para encarrilar los vestuarios al descanso) y afrontaron el partido en un tercer cuarto en el que España estuvo casi seis minutos sin encestar en juego, hasta que Ricky Rubio anotó un triple para poner un 52-65 ya complicado para España. El mismo Ricky que había mantenido a duras penas a nuestra selección con seis tiros libres anotados minutos antes, y el mismo Ricky que nos mantuvo hasta el final. 38 puntos, record de anotación individual en un partido olímpico con la camiseta española, pero que resultaron estériles ante unos Estados Unidos que tuvieron que recurrir de nuevo al mejor Durant (29 puntos con 10 de 17 en tiros de campo) para meterse en las lucha por las medallas y despedir a los hermanos Gasol del combinado nacional. Popovich se deshizo posteriormente en rueda de prensa en elogios a un valiente Scariolo (recordemos como con 37 segundos por disputarse en el segundo cuarto ordena un ataque rápido en vez de agotar posesión para que podamos disputar de dos lanzamientos, por mucho que ambos fueran fallados por Llull y Ricky respectivamente) Estados Unidos fue superior, como lo fue ante todos los combinados comparecientes, en todo caso España debe lamentarse del mal final ante Eslovenia y la derrota estadounidense ante Francia que propició esa segunda plaza yanqui desembocando en ese 50% de posibilidades de enfrentarnos a los grandes favoritos al oro. Australia esperaba en semifinales después de aplastar a una Argentina que también lleva años destilando olor a despedida y aroma de fin de ciclo, pero consumado ya con el adiós del grandísimo Scola. Después de sobrevivir a los Ginobili, Nocioni y compañía, el bueno de Luisfa dejaba la albiceleste a los mismos 41 años de Pau Gasol. El mismo día tocaba despedir a dos gigantes de la canasta. El equipo del “Oveja” Hernández no fue rival para los oceánicos, cayendo de 38 puntos ante los de Oceanía. No ha sido un buen torneo para los gauchos, muy inferiores ante Eslovenia y España en las dos primeras jornadas de competición. Precisamente en los minutos finales de la derrota ante los de Scariolo un calculador Hernández recordaba en tiempo muerto a sus jugadores que podrían clasificarse como terceros, como así fue después de los 20 puntos de renta obtenidos ante un anfitrión Japón que más allá de los destellos de los NBA Watanabe y Hachimura poco más han ofrecido. El aficionado europeo lleva años viendo a los australianos quedarse a las puertas de medallas en mundiales o Juegos Olímpicos. Acostumbrados a arrasar en el FIBA Oceania, donde sólo Nueva Zelanda les discute el dominio de vez en cuando (de hecho ya las últimas ediciones el campeón continental lo dirimen ambos países en una eliminatoria al mejor de tres partidos), hemos visto como subirse al podio suponía un particular Rubicón para los “boomers”, en dos ocasiones consecutivas con protagonismo español (les quitamos el bronce en Río 2016 y la sufrida victoria en la prórroga del mundial 2019 que les condena a luchar por un tercer puesto que se acaba llevando Francia) Ya hablaremos en la próxima entrega de su meritorio bronce en el retorno de Brian Goorijan al banquillo “aussie”, pero su foco en semifinales no estaba exento del morbo de recordar cómo habían ganado semanas antes 91-83 a los de Popovich en partido preparatorio en Las Vegas. Pero Estados Unidos no se apartó del guión previsto. Gran comienzo del rival (18-24 para Australia en el primer cuarto), supervivencia en el segundo acto (42-43, un punto abajo al descanso), y destrozar al enemigo tras el paso por vestuarios (32-10 en el tercer parcial) Australia acababa claudicando por 19 puntos y Durant sumaba otros 23 puntos y 9 rebotes para seguir consolidándose como el jugador más decisivo del torneo. Y así llegamos a una final en cierto modo previsible ante una Francia que después de dar la sorpresa en la primera jornada ante los posteriormente campeones no dio opciones ni a Chequia (victoria 77-97) ni Irán (otro triunfo, 62-79) para pasar como primeros de grupo. Italia en cuartos aguantó hasta el descanso (42-43, un punto abajo) pero el 12-21 del tercer cuarto encarriló el partido para los de Collet. La semifinal ante Eslovenia se presentaba intensa, incierta, como uno de los posibles mejores partidos del torneo, y no defraudó. Doncic había subido a 17 su número de victorias, exento de derrotas, con la camiseta de su país, después de aplastar sin piedad a Alemania (pasaban como mejor tercero con sólo una victoria sobre Nigeria) por 24 puntos. El astro esloveno rozaba el triple doble (20 puntos, 8 rebotes y 11 asistencias) y se aliaba con la exhibición anotadora de Zoran Dragic, 27 puntos con un letal 5 de 7 en triples. El Francia-Eslovenia fue, no podía ser de otro modo, un partido igualado con final a cara o cruz en el que al margen de la decisiva jugada final (el tapón de Batum a un Prepelic cuyo arrojo en el “clutch” deja claro que pese a los galones que pueda tener Doncic el jugador de Dallas sabe delegar en sus compañeros), los de Collet fueron ligeramente superiores. Tras la exhibición en el preolímpico de Kaunas y las dos primeras victorias indiscutibles ante Argentina y Japón el rodillo esloveno se ha ido diluyendo (a la par que aumentaba el cansancio y frustración en fondo y forma de un Doncic cada vez más enfrentado con el mundo) y el nivel de dificultad ha ido subiendo. España fue un aviso, y superado el débil escollo alemán Francia les devolvió a la realidad. Durante todo el último cuarto los subcampeones estuvieron por delante en el marcador. Un triplazo de Prepelic a medio minuto del final (después de sacarle la quinta falta a Fournier en ataque en su defensa a media pista) ponía el 90-89 con mínimo dos posesiones por jugar, una por equipo. Francia desaprovechó la suya con un lanzamiento fallado por De Colo en el “mid range” ante la defensa del siempre elástico Tobey. El siguiente ataque esloveno figura ya en la historia del baloncesto olímpico. Doncic sube la bola y después de apoyarse en el bloqueo de Tobey juega con Prepelic que desde el triple penetra con la marca de un Batum que le cierra el camino a la canasta con uno de los mejores tapones de este torneo. El alero de Clippers (al igual que tantas veces ha demostrado nuestro Rudy Fernández) dejaba claro que se puede ser igual de decisivo en el “clutch” en defensa como en ataque. Francia volvía a una final olímpica 21 años después, desde Sydney, donde también esperaba Estados Unidos, la tercera de su historia (su primera final la jugaron en 1948 ante, como no, Estados Unidos)

Un tapón para la historia.

Mucho se había hablado de la derrota (83-76) en la primera jornada del equipo estadounidense ante Francia, queriendo revelar debilidades en el cuadro de Popovich que alentasen la posibilidad de que no se colgasen el oro y de que, en este caso, fuera Francia, el otro finalista, quien subiese a lo más alto del podio y repitiese las victorias del mundial 2019 y primera fase de Tokyo 2020. Pero Estados Unidos se mantuvo fiel a su guión de consistencia y crecer a lo largo del partido. Lo ajustado del marcador (82-87 para USA) no deja lugar a dudas de la resistencia gala, pero lo cierto es que desde el 15-12 francés a dos minutos del final del primer cuarto los de Popovich siempre mandaron en el marcador. No llegaron a romperlo definitivamente, pero las diferencias entre 8 y 10 puntos (llegaron a tener 14 con el 57-71 del minuto 29) que manejaron durante toda la segunda parte dejaban claro que no iban a repetir los errores de la primera jornada, con fallos en las marcas exteriores (fruto en parte de los dobles marcajes a Gobert en la zona) y fallos incomprensibles (ese resbalón de Lillard) que dieron vida a una Francia que daba la sorpresa. No hubo lugar a ello en el partido por el oro, y pese a que pueda parecer que el triunfo estadounidense no tenga el brillo de otras ocasiones (y repetimos, no puede compararse este roster con aquellos en los que Durant compartía pista con los Kobe Bryant o LeBron James en los tiempos de “Coach K” Krzyzewski) hay que darle el mérito que corresponde. Precisamente porque, como en 2019, volvía a ser un Estados Unidos batible, con deficiencias en el juego interior y sin apenas pívots puros (sólo Adebayo y Green como falsísimo pívot… tema aparte Javale McGee, ese extraño elemento que sigue aumentando su palmarés sin apenas pisar parquet, pese a que justo es reconocer que siempre produce en sus pocos minutos… 7,2 puntos por 4 minutos en este torneo por partido) La decisión de convocar a Holiday, Middleton y Booker sin apenas preparación y recién acabadas las finales NBA también tenía un punto controvertido, y de hecho los dos segundos han estado muy por debajo de su nivel. No ha sido el caso de Holiday, jugador fundamental para Popovich precisamente para paliar cualquier carencia defensiva que su equipo pudiera dejar entrever en la cancha. El base de Milwaukee ha vuelto a demostrar que ha sido uno de los jugadores más infravalorados del planeta baloncestístico en los últimos años, abnegado atrás, ayudando en el rebote, pero sabiendo salir a campo abierto cuando la situación lo requería y mirando el aro y repartiendo juego. Ha sido el máximo asistente de los campeones, el segundo jugador más utilizado por Popovich tras Durant, el tercer anotador por detrás del propio Durant y Tatum, y ojo, el tercer mejor reboteador por detrás de Adebayo y Durant… siendo un base. No ha sido un ensamblaje fácil el de las piezas para Popovich, que se resarce del fracaso de 2019 y se cuelga un oro olímpico. Es el cuarto entrenador en la historia que lo hace habiendo sido campeón de la NBA, uniéndose a un club en el que figuraban Chuck Daly, Lenny Wilkens y Rudy Tomjanovich. Claro que entre los tres citados suman los mismos anillos (cinco) que los obtenidos por el técnico de San Antonio Spurs. En los primeros párrafos comentábamos la particularidad de que Francia es la única selección que ha sido capaz de ganar dos veces consecutivas a Estados Unidos desde que en sus convocatorias aparecen jugadores NBA. No es algo tan importante como colgarse su tercera plata olímpica, pero si demuestra que esta plata no es casualidad. En este 2021 de despedidas (las referidas de Scola y los Gasol en Tokyo… o las de Felipe Reyes y Spanoulis en baloncesto de clubes) Francia se consolida como el país europeo que mejor trabaja este deporte. Nos hemos hartado de decir que frente a la mejor generación del baloncesto español de la historia, el país vecino igualmente presentaba la suya, y si no llegaban más alto en el podio correspondiente solía ser precisamente por culpa de España. Retirado Parker, el base europeo que más lejos ha llegado nunca en la NBA, sin Diaw, compañero de vestuario y anillo de campeón con Tony en San Antonio, la selección francesa del incombustible Collet (en el cargo desde 2009, después de que el octavo puesto en el Eurobasket 2007 sumiese al baloncesto galo en una crisis debido a sus ausencias en los JJOO de 2008 y el Eurobasket de aquel mismo 2009) demuestra una salud actual envidiable. Igual que el río de Heráclito en el que es imposible sumergirse dos veces, o recordando la paradoja del barco de Teseo que va sustituyendo todas y cada una de sus piezas hasta que no quede ninguna original, las generaciones deportivas nunca son del todo puras, convergen entre ellas, y así hemos visto crecer a los ahora veteranos Batum, Heurtel, De Colo o Fournier al amparo de aquellos Parker y Diaw. Iban llegando los jóvenes, los Poirier o Gobert, ahora ya también veteranos y núcleo duro. Han ido apareciendo los Yabusele, Ntilikina o Luwawu-Cabarrot, y así en una cantera inagotable que nos podría llevar hasta la figura en lontananza de Victor Wembanyaba, la próxima gran esperanza gala y una de las grandes promesas de todo el baloncesto continental. El trabajo que se está haciendo en el país vecino es tremendo, y los frutos están ahí, tanto a nivel de clubes (el Mónaco vigente campeón de la Eurocup y con billete para Euroliga junto al Asvel) como de selección (esta reciente plata olímpica), con un baloncesto muy identificable en el que se logra conjugar la exuberancia física de sus jóvenes talentos con el aprendizaje técnico. Es justo reconocer en esto también la figura y el legado de Tony Parker, con su actual academia en Lyon. El histórico jugador sabe bien de la importancia de potenciar estos proyectos de base, siendo él mismo un exponente del INSEP francés, el instituto público para la excelencia y el alto rendimiento deportivo donde el MVP de las finales NBA de 2007 coincidió entre otros con Boris Diaw o Ronny Turiaf. En los Juegos Olímpicos por norma una plata, para cualquier equipo que no sea Estados Unidos, puede bien considerarse un oro (como fue nuestro caso en 2008 y 2012) y así debe ser con esta Francia, cuyo éxito en estos Juegos hay que ponerlo al mismo nivel que el del equipo de un Popovich sobre quien la mínima duda respecto a su capacidad para gestionar este deporte al más alto nivel debería desnudar en todo caso la incapacidad del aficionado que presente dicho planteamiento. Estados Unidos ha cumplido los pronósticos en un camino cuya dificultad precisamente debe engrandecer su mérito, al igual que el de Francia. En la próxima entrega tocará hablar del bronce australiano y su también enorme torneo. Hasta entonces.

Popovich consuela a De Colo. La grandeza de los campeones.

miércoles, 4 de agosto de 2021

GRANDES ESPERANZAS

 



La era de Anteto.



Hay en la biografía de Giannis Antetokounmpo algo dickensiano, como si fuera uno de esos personajes que de manera tan hábil supo retratar el novelista inglés en el siglo XIX. Vidas surgidas en la miseria pero capaces de medrar socialmente en un entorno difícil, como bien refleja la obra “Grandes esperanzas”, en la que un huérfano aprendiz de herrero se acaba convirtiendo en caballero. Por mucho que se haya querido exagerar la vida del jugador griego, cayendo en la hipérbole sobre la dureza de su infancia como vendedor ambulante, no se puede negar que estamos ante una de las historias más hermosas que nos ha regalado el baloncesto del siglo XXI, culminando, por el momento, ya que hablamos de un deportista que tan sólo tiene 26 años, en la consecución del anillo de campeón de la NBA refrendado con un indiscutible MVP basado en unas medias terroríficas de 35.2 puntos, 13.3 rebotes, 5 asistencias, 1.8 tapones y 1.2 robos de balón con un 61,8% en tiros de campo. Una salvajada para un tipo llamado a llevar al baloncesto a otra dimensión, una en la que es justo situarle en el debate sobre el mejor europeo en la historia de la NBA, y es que ningún otro jugador de nuestro continente puede decir que ha sido dos veces MVP de temporada, MVP de las finales, Mejor Defensor de la temporada, y ganador del anillo. Y repetimos, con 26 años.

 

Lejana queda la obscenidad que llegó a sufrir en sus carnes cuando al recibir, por fin, después de años pateándose las calles de su Atenas natal dedicándose en ocasiones incluso como hemos recordado a la venta ambulante, la nacionalidad del país que le vio nacer, Grecia, el líder neonazi del partido Golden Dawn se descolgó con unas declaraciones que no deberían tener cabida en una sociedad como la nuestra. “Si a un chimpancé le das una banana y una bandera griega en el zoológico, ¿eso le convierte en griego?” llegaron a decir desde la bancada fascista. Todo esto hablando de un adolescente hijo de inmigrantes nigerianos. La crueldad expresada en su grado más sumo sobre un joven que, como expresa en la inscripción de la suela de sus zapatillas, es el legado de su padre fallecido (“I am my father’s legacy”)

 

Antetokounmpo es uno de esos jugadores bendecidos por los dioses del baloncesto a partir de un imponente molde físico que le hizo destacar desde la segunda división griega, donde en el modesto Filathlitikos y siendo todavía menor de edad era capaz de hacer de todo, incluso jugar de base. Cuentan que Larry Drew, su primer entrenador en Milwaukee, antes de conocerle en persona calculó que no debía medir más de 1,85 tras ver su manejo de balón en vídeos. Posteriormente a las órdenes de Jason Kidd, uno de los mejores bases de la historia, volvió a las posiciones exteriores demostrando que el apodo de “The Greek Freek” no era en vano, pero ha sido en las últimas tres temporadas, jugando cerca del aro y dejando la dirección del juego a bases contrastados como Eric Bledsoe y sobre todo Jrue Holiday cuando el dominio del griego le ha llevado al lugar al que estaba predestinado. Ganar el anillo.

 

Ha sido precisamente el cambio de Holiday por Bledsoe el movimiento maestro para que el equipo de Budenholzer haya pasado de equipo aspirante a real y tangible campeón. Holiday, un tipo muy querido en la liga (la temporada pasada recibió el premio Twyman-Stokes como mejor compañero de equipo y este curso ha sido galardonado con el Joe Dumars a la deportividad), es pura élite defensiva en la NBA. Un base capaz de defender cuatro posiciones, a quien hemos visto secar a Devin Booker en el sexto y definitivo partido (8 de 22 en tiros de campo) y que deja una de las jugadas clave de las finales con el robo al propio Booker en el quinto, con 120-119 para los Bucks y posesión de Phoenix para consumar una remontada (llegaron a estar 14 abajo pocos minutos antes) que no llegó cuando quedaban sólo 16 segundos para el final. Un robo de balón que derivó en un estratosférico alley oop de Anteto servido por el propio Holiday . El base de Chatsworth firmó 9.3 asistencias por partido, el mejor de las finales en ese apartado, además de ser el  máximo recuperador con 2.2 robos por choque. Fueron las únicas principales estadísticas no dominadas por su compañero Giannis, máximo anotador, reboteador y taponador de las series.

 

Khris Middleton ha sido el tercer hombre clave en la franquicia de Wisconsin. Desde LeBron James en 2007 no se veía un jugador más seguro en el “clutch” en las series de post-temporada. Su fiabilidad en el tiro exterior y el “mid range” ha sido fundamental cuando en los finales de partido las defensas más se cerraban sobre Antetokounmpo. Middleton ya tiene estatus de estrella, pero su carrera se ha movido habitualmente por debajo del radar desde que fuera elegido en segunda ronda del draft por unos Detroit Pistons que no supieron ver su potencial (apenas jugó 27 partidos en la MoTown antes de verse involucrado en un trade que llevaba a Brandon Jennings a Detroit), su perfil parecía limitarse al de un “glue guy”, abnegado jugador de equipo que poco a poco ha ido destapando su capacidad anotadora hasta explotar en estos “play offs” con un rendimiento calculado para responder cuando su equipo más le necesitaba, como en la remontada ante Brooklyn, anotando 30.5 puntos por partido en las dos noches en las que el astro griego estuvo ausente por lesión y el pesimismo se había instalado en la bancada de Wisconsin. Y es que excepto en la serie ante Miami, saldada con un barrido de 4-0 (quien sabe cuál hubiera sido el discurrir de la serie si el propio Middleton no hubiera sellado la primera victoria a medio segundo del final de la prórroga de aquel primer partido de play offs… por si fuera poco Holiday, quien si no, taponaba un desesperado lanzamiento de Butler ya fuera de tiempo en la jugada siguiente ), en el resto de eliminatorias los del siempre cuestionado Budenholzer han comenzado por debajo. Ante Brooklyn tuvieron que remontar un 2-0 y un 3-2, Atlanta comenzó ganando la final del Este, y Phoenix llegó a ponerse 2-0 en las recientes finales por el título.

 

Ese 2-0 de los de Arizona basado en la imponente asociación en el “pick and roll” entre Paul y Ayton (22 puntos y 19 rebotes para el pívot de Bahamas en su primera aparición en unas finales) deja la sensación de oportunidad perdida para unos Phoenix Suns que no obstante han sido la gran revelación de la temporada, y en los que el tutelaje de la veteranía de Chris Paul ha maridado de manera certera con la juventud de los Booker, Bridges o Ayton, todos por debajo de los 25 años, la edad justa que tiene Cameron Johnson, otra de las grandes esperanzas del equipo de Monty Williams. Veremos si Phoenix son realmente el futuro o vuelven a ser un caso similar al de Miami, que presentándose en las finales el pasado curso de manera sorprendente con un roster también muy joven sin embargo esta temporada no han sido capaces de superar la primera ronda. En el caso de Phoenix hay que poner en valor también su gran temporada regular (segunda mejor marca con 51-21, sólo una derrota menos que Utah, y muy por encima del 44-29 con el que Miami acabaron quintos en el Este en 2020) y unas eliminatorias en las que antes de llegar a las finales sólo cedieron cuatro partidos ante ambos equipos angelinos, dos ante Lakers y dos ante Clippers, barriendo a los Denver Nuggets del MVP Jokic por 4-0.  El curso de la franquicia de Arizona por tanto no merece otro calificativo que el de sobresaliente. 

 

Pero el presente es de Milwaukee y de Antetokounmpo. El héroe dickensiano que ha alcanzado esa gloria a la que estaba destinado pero le parecía esquiva. Giannis dibuja un baloncestista nuevo, al que los siempre presentes “haters” tratarán de restar méritos aludiendo a su molde físico como único valor cuando en realidad hablamos de un jugador en constante progreso (en el partido definitivo firma un imponente 17 de 19 en tiros libres cuando era una de las mayores aristas de su juego), inconformista, ambicioso y tan competitivo que ha sido capaz de poner el mundo del baloncesto a sus pies con sólo 26 años (¿hace falta recordar de nuevo que Jordan tuvo que esperar a los 28 para ganar su primer anillo?)  Giannis refiere como decimos un baloncestista nuevo y total capaz de ser igual de demoledor a ambos lados de la cancha. Las dos imágenes icónicas que nos deja en estas finales le muestran primero colocando un tapón sobrehumano sobre Ayton a 1.14 del final del cuarto partido evitando una canasta segura que hubiera puesto la igualdad en el marcador. En la segunda le vemos hundiendo el aro tras el robo y asistencia de Holiday para sentenciar el quinto encuentro a falta de 13 segundos. Dos acciones descomunales en los dos lados de la cancha para remontar las series, poner el 3-2 en el global y viajar a Milwaukee con una oportunidad de cerrar las finales que no dejaron escapar.

 

Cada uno de los 50 puntos anotados por Antetokounmpo en el sexto partido justifican la desorbitada extensión de contrato firmada desde la franquicia para con su estrella finalizada la temporada 2020. “Esta es mi casa”, respondía entonces el griego, demostrando una fidelidad no tan habitual a día de hoy en una NBA en la que el movimiento de estrellas entre clubes llega a resultar mareante. A Giannis le han sabido rodear del contexto ideal donde lograr explotar su atómico poder, apostando igualmente por jugadores capaces de unir talento con estajanovismo (Holiday y Middleton) o simplemente lo segundo (Tucker o Connaughton) Y esto es lo que hace este triunfo de Milwaukee tan especial, revelando un quinteto titular en el que sólo la veterana estrella Brook Lopez (máximo anotador histórico de la franquicia de Nets, precisamente una de sus víctimas en post-temporada) presenta en su biografía un pick realmente alto en el draft (número 10 en 2008) Jrue Holiday, un 17 en 2009 por unos Philadelphia con los que a pesar de llegar a ser all star sufrió el interminable proceso de reconstrucción de los 76ers, siendo una de las primeras víctimas traspasado a New Orleans donde las lesiones y un retiro temporal para cuidar de su esposa embarazada y diagnosticada con un tumor cerebral le apartaron del foco. Middleton, ya lo hemos explicado, un segunda ronda cuya primera temporada la pasó mayormente en la liga de desarrollo, como segunda ronda fue también un P.J. Tucker al que vimos curtirse sus primeras temporadas como profesional en ligas europeas (Ucrania, Israel,  Italia, Alemania, Grecia…), y en el medio de todo el imponente Antetokounmpo, aquel chaval sin papeles cuyo nombre comenzaba a aparecer en las libretas de los más avezados ojeadores europeos, pero también norteamericanos, dejando con la miel en los labios al Zaragoza y a la ACB, ya que el equipo maño había pagado por los derechos continentales del jugador 200000 euros. Milwaukee no se lo pensó y pagó la cláusula de salida (un millón de dólares) a la NBA para incorporar a aquel espigado jovenzuelo de 18 años ipso facto. Con esa insultante juventud debutaba en la mejor liga del baloncesto del mundo, apenas cuatro minutos para anotar su primer punto, un tiro libre, frente a los New York Knicks. Ocho años han pasado entre aquel primer punto y los 50 de su histórico sexto partido. Ocho años de grandes esperanzas por fin cumplidas.



Un tapón para la historia.



miércoles, 7 de julio de 2021

TODOS LOS DÍAS SALE EL SOL

 








La actualidad baloncestística sigue a un ritmo vertiginoso, ítem más en comparación con este blog ya habituado a actualizaciones esporádicas. Pero no podíamos dejar pasar por alto la retirada de Felipe Reyes, gran capitán de la nave madridista durante los últimos años, en la gloriosa era Laso, y tercer gran espada de la generación del 80 junto a Juan Carlos Navarro y el todavía activo Pau Gasol (quien cumple precisamente hoy, cuando escribo estas líneas, 6 de Julio, 41 años)

 

Pese a la comprensible pérdida de foco sufrida con el paso de los años, viendo menguada su cantidad de minutos en pista con el Real Madrid, y retirado de la selección española desde 2017 (anunció que realizó después de un Eurobasket al que ya había renunciado, siendo los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro su última participación con la elástica nacional), Felipe ha sido un personaje imprescindible para comprender el baloncesto en nuestro país en el siglo XXI. Como madridista confeso en mi caso, la figura de Felipe ha sido el estandarte a defender en los momentos más crudos, como hicimos en nuestra entrada “Blanco perfecto”. Y es que no podemos olvidar la realidad de que en plena época Messina hubo un sector del madridismo, el más cruento, ese que confunde pasión con talibanismo, en el que a Felipe se le quiso jubilar, se le acusó de responsable de todos los males de la sección, de cáncer del equipo, de jugar por decreto, por ser amigo de los periodistas y de taponar la progresión de jóvenes como Mirotic (posiblemente aquellos que lapidasen a Felipe en aquel momento han sido los primeros en llamar “rata” al hispano-montenegrino en su regreso al baloncesto español con la camiseta del Barcelona) No era nada nuevo, desgraciadamente en fútbol ha sido norma habitual el despellejamiento de símbolos y capitanes cuanto más históricos peor, como si hacer larga carrera en un club como el Real Madrid en vez de alimentar la leyenda blanca atentase contra ella y la entidad deportiva más laureada de Europa en fútbol y baloncesto no debiese ser si no una máquina trituradora donde a los mejores deportistas apenas se les pudiera sacar unos pocos años de rendimiento, siempre por debajo de la decena.

 

Felipe resistió para comenzar a levantar títulos con la llegada de Pablo Laso, nada menos que 20 títulos entre ellos dos copas de Europa. 20 títulos para sumar a los tres anteriores a la llegada del técnico vitoriano (una liga a las órdenes de Maljkovic y el doblete ACB-ULEB con Joan Plaza), sin olvidar su Copa del año 2000 junto a su hermano Alfonso (MVP de aquella edición) en el Estudiantes de Pepu Hernández, quien también acabaría siendo su primer entrenador en una selección absoluta con la que ha sido campeón mundial y tres veces europeo (además de otros tres podios continentales y olímpicos) Uno de los palmareses más deslumbrantes de toda la historia del baloncesto del continente, pero por encima de los títulos colectivos e individuales (dos veces MVP de temporada regular ACB y otras tantas de las finales), de todos los registros destrozados (se retira siendo el jugador con más partidos disputados nunca en la máxima categoría del baloncesto español y como máximo reboteador ACB, además de poseer el record de partidos con la camiseta del Real Madrid), Felipe ha sido uno de esos jugadores que irremediablemente enganchan, tanto a los aficionados de su propia bancada como a los rivales. Evidentemente gracias a su estilo de juego, pleno de pundonor y rozando la épica para un tipo que aunque la ficha le ponga 204 centímetros es lo que se suele conocer como un “dos metros pelao”. Su desventaja física no ha resultado óbice para verle fajarse y pelear rebotes a interiores mucho más altos, muchos más grandes, mucho más fuertes… por otro lado su constante aprendizaje y mejora en algunos aspectos del juego, especialmente el tiro, dando ejemplo de que un deportista debe estar sujeto a la constante evolución si quiere sobrevivir con el paso de los años. Así le hemos visto subir desde aquellos pobres porcentajes en el tiro libre cercanos al 60% durante los primeros años de este siglo, hasta esa segunda década en la que se ha movido con facilidad en un lustroso 80%. De igual modo se ha ido familiarizando con el lanzamiento triple, cualidad que nunca se le supuso y que le puso bajo sospecha para el baloncesto moderno en el que la posición de cuatro exige buena mano para el juego abierto… pero es que en realidad Felipe siempre se ha sentido más cómodo jugando de cinco, como la gran referencia interior de su equipo, incrustado en una zona donde postear, pelear, meter codos y lanzarse como un kamikaze a por cualquier rebote ofensivo. Imposible no engancharte con un tipo así.

 

Se retira por tanto un jugador único, característico en la transición entre siglos, haciéndose un nombre para el gran público global en aquella final junior mundial ante Estados Unidos de 1999 en la que sus cinco rebotes ofensivos en momentos decisivos ya mostraban la seña de identidad de un jugador que el año anterior ya había sido campeón sub18 europeo en Varna al lado de los Navarro, Raúl López, Pau Gasol y un Calderón que pese a ser un año más joven con justicia se le puede considerar dentro de la misma generación (no estuvo en el Mundial junior del 99 por lesión) Fue aquel oro del 99 cuando el nombre de Felipe Reyes se puso en todas las agendas del globo terráqueo, pero el aficionado ACB ya le había visto debutar un año antes con la camiseta de Estudiantes, un 4 de Octubre de 1998 jugando nueve minutos ante el Baskonia. Por lo tanto hablamos de un jugador que ha llegado a vestirse de corto nada menos que durante cuatro décadas distintas, dato que sólo Albert Oliver y Rafa Martínez comparten en España. Dos siglos y cuatro décadas. Eterno Felipe.

 

Pero entre todos los inolvidables momentos e icónicas imágenes que nos deja la legendaria carrera del cordobés, sigue reluciendo con mayor fuerza la que le muestra levantando la copa de campeones de Europa de selecciones de 2011 en Lituania, gesto que correspondería al capitán, su gran amigo Juan Carlos Navarro que cede el honor a un Felipe que había perdido de manera repentina a su padre a pocos días antes de comenzar aquel torneo. Fueron los momentos más duros en la vida del jugador, que lejos de hundirse en el fango de la tristeza se arropó en el calor de un vestuario único que cambió parte la letra de la pachanguera canción “Todos los días sale el sol” para cantarle a su compañero y amigo que todos los días sale el sol, Felipón. Baloncesto y vida unidos en una figura única. 

 

Qué suerte que hayamos sido testigos.





martes, 8 de junio de 2021

UN IDILIO QUE NO CESA

 

Eli Ndiaye toma el relevo.


El Real Madrid U18 vuelve a proclamarse campeón del Adidas Next Generation Tournament, lo que viene a ser a todos los efectos la Euroliga Junior. Es su tercer entorchado, empatando con el CSKA (campeón entre 2004 y 2006 de manera consecutiva) como club con más títulos de este torneo. Pero con enormes diferencias respecto a los años del dominio moscovita.


Para empezar la competitividad y dificultad del campeonato. En aquellos primeros años las ediciones las disputaban entre seis y ocho equipos, muy lejos de los 25 actuales. La constelación de “prospects” tampoco tiene parangón casi dos décadas después, y es que los jugadores que acabaron siendo estrellas salidos de los rosters de aquellos CSKA casi se pueden contar con los dedos de una mano. El fallido Yaroslav Korolev aparece en 2005. Un jugador que llegó a ser nada menos que número 12 en el draft de la NBA de aquel año (un puesto por debajo de Fran Vázquez) pero dos temporadas en la mejor liga del mundo sin apenas minutos le bastaron para volver a Europa, donde tampoco llegó a explotar como el jugador que se esperaba, comenzando un periplo continental entre Rusia, España y Grecia y retirándose apenas rebasada la treintena siendo el Navarra en LEB Oro su último club profesional. En 2006 reluce el nombre de Alexey Shved, jugador mejor pagado en Europa hasta la llegada de Mirotic y de calidad tan incontestable como dudosa su capacidad de liderazgo. Lo tenía todo para ser un conquistador de títulos y se ha quedado en un coleccionista de estadísticas individuales. A su lado en aquel roster estaba el escolta Dmitry Golovin, quien tuvo una interesante carrera en Rusia aunque sin llegar a ser referente en ninguna escuadra. Zavourev (MVP en 2004 y 2005) y Nelyubov (escogido el mejor en 2006) apenas sonarán al aficionado tangencial ya que nunca llegaron a salir de Rusia (en el caso de Nelyubov, para ser rigurosos, también jugó en equipos lituanos y el estonio Taru Rock) Claro que si hablamos de jugadores que más allá de su calidad individual y foco mediático para llamar la atención incluso a franquicias NBA hayan sido referentes posteriormente en el primer equipo, el nombre más fulgurante debe ser el de Nikita Kurbanov, el último santo y seña, último exponente de la vieja guardia de un CSKA con el que ha ganado tres euroligas, y ya uno de los mejores en la final de su torneo U18 frente a un Siena donde encontrábamos nombres como el de Luca Vitali o un jovencísimo Luigi Datome (sólo contaba con 16 años de edad) Como curiosidad, al lado de Kurbanov jugaba un escolta saltarín obsesionado con Vince Carter llamado Igor Tkachenko, de quien se dice que ha sido uno de los mejores “matadores” blancos nunca vistos. Lástima que no desarrollase su juego más allá de hundir la bola en el aro.


Kurbanov, referente del CSKA.



Sin embargo los tres ANGT (o en puridad, NIJT, ya que en aquel momento el patrocinador era Nike y la denominación Nike International Junior Tournament) conquistados por el Real Madrid ofrecen un listado mucho más ilustre que el de los tres entorchados rusos. Después de intentos fallidos como los de 2008 y 2009, en el que unos rosters comandados por Mirotic (según la organización llegó a 84 de valoración en un partido) caía en la primera fase ante equipos como el Zalgiris de Motiejunas, el FMP de Dejan Musli o el Lietuvos Rytas de Valanciunas, y unos años de transición en los que aparecen nombres del calibre de Dani Díez, Willy Hernángomez, Jonathan Barreiro o Samba Ndiaye, en 2014 comienzan los éxitos, llegando a la primera final y cayendo ante el Estrella Roja. Repetían Barreiro y Samba, pero llegaban jugadores como Cate, De la Rua o Yusta. La cosa empezaba a pintar bien.


En 2015, estrenando la era Adidas, los blancos mostraban una plantilla que ya podemos considerar histórica, comandados por quien apunta a ser mejor jugador europeo de todos los tiempos. Un Luka Doncic que pese a ser dos años menos que la mayoría de sus rivales y compañeros dominaba el torneo a placer y demostraba que aquella categoría se le quedaba pequeña. Junto a él los ya citados Yusta, Barreiro, De la Rua, Samba o Cate, demostrando que el esloveno era el indiscutible factor diferencial respecto al año anterior. La trayectoria era inmaculada, 9 partidos con 9 victorias y la venganza ante Estrella Roja en la final.


En 2016, sin Doncic pero con Radoncic, otra vez el Estrella Roja se cruzaba en su camino y les cercenaba el camino a la gran final, en la que el Barcelona de Eric Vila, Aleix Font, Sergi Martínez y Rodions Kurucs se proclamaba campeón (su único título). En 2017 una derrota ante el Mega de Belgrado (con Goga Bitadze como jugador referente) les privaba de llegar a la final. Los serbios perderían posteriormente ante un París en el que aunque Ivan Fevrier fue elegido MVP hasta el momento quien mejor carrera parece llevar es Theo Maledon, enrolado en esos jovencísimos Oklahoma City Thunder que apuntan a lenta reconstrucción.


2018 vio coronarse a un gran Lietuvos Rytas, invicto en sus ocho partidos disputados, pero la cantera madridista mostraba su capacidad de renovación con un roster en el que destacaban los nombres de Usman Garuba y Mario Nakic, además de Melwin Pantzar, Amar Sylla o Golden Dike. De hecho el Real Madrid sería el equipo que puso en más dificultades a los lituanos, perdiendo sólo de cuatro puntos, la menor diferencia en las ocho victorias de los de Vilnius. Al año siguiente todos estos jugadores (excepto Pantzar) se resarcirían en otra escuadra ya mítica en la historia de la cantera madridista, sumando elementos como Matteo Spagnolo o Boris Tisma. Arrasarían ganando sus ocho partidos con auténticas palizas a todos sus rivales, incluyendo el serbio Mega en la final. Mario Nakic sería coronado justo MVP, aunque Usman Garuba ya dejaba muestras de su calidad.


En 2020 no se disputó fase final por las razones que todo el mundo conoce, cortando la progresión de un Real Madrid que caminaba invicto (cuatro partidos, cuatro victorias) con la misma suficiencia que el año anterior. Nakic y Garuba daban paso a los Eli Ndiaye, Juan Núñez, Urban Klavzar, Tristan Vukcevic, Kostadinov y el hermano menor de Usman Garuba, el alero Sediq. Todos ellos jugadores que se han desquitado este año, repitiendo el título de 2019 y de igual manera sin perder un partido, con Ndiaye tomando el relevo de Nakic como MVP. En total el Real Madrid lleva 21 victorias consecutivas en este torneo, ya que se despidieron de la edición de 2018 ganando al Mega, y tanto en 2019 y 2021 como en el inconcluso torneo de 2020 no han conocido la derrota.


Pero hay que reconocer que este año lo han tenido mucho más complicado gracias a un enorme y competitivo Barcelona. Los azulgrana sólo mordieron el polvo en la gran final ante el Real Madrid y en la prórroga. Las sensaciones dejadas por los Caicedo, Bonilla, Nnaji o Villar es que bien pudieran haberse proclamado campeones en varias de las ediciones pasadas, de no encontrarse frente a una generación tan impresionante como la actual madridista. Pese a los comprensibles fallos en la final (incluso vimos a un tirador tan fiable como Klavzar fallar dos tiros libres seguidos en el “clutch time”) lo cierto es que ambos equipos han regalado un gran torneo y una gran final a los aficionados. Estupenda noticia para el baloncesto español que asegura el relevo, pese a los apocalípticos que llevan años pronosticando el declive de nuestro deporte de la canasta, entre ellos muchos despistados que rozando la xenofobia braman reclamando unos equipos filiales repletos de chicos blancos, con pureza de raza y ocho apellidos castellanos. Pero lo cierto es que tanto en Real Madrid como Barcelona encontramos argumentos de sobra para considerarlos actualmente magníficos viveros para la selección absoluta senior. Cuesta pensar que no vaya a ser así en los casos de Juan Núñez, Eli Ndiaye, Sediq Garuba, Gael Bonilla, Rafa Villar o Michael Caicedo. Qué nadie lo dude. El futuro está asegurado. El presente también.


  

Núñez a la izquierda, Caicedo a la derecha (entre medias Pablo Tamba y Pablo León) con los U16 campeones de Europa. Nos darán más alegrías.



lunes, 7 de junio de 2021

NARRAR LOS PRODIGIOS

 







Para lo que hemos quedado. Ya casi ni celebramos los aniversarios, pero digo yo que cumplir una década bien merece una actualización. Y es que en efecto hace diez años publicábamos la primera entrada de este blog, de modo que aquí estoy cual Cenicienta antes de que me den las doce para cumplir con la obligada celebración.



Aquel 7 de Junio de 2011 comenzaba El Tirador Melancólico con esa fuerza inusitada de los nuevos proyectos. Aquellos primeros años fueron magníficos y prolíficos en cuanto a cantidad y (modestamente creo) calidad de los artículos. Eran otros tiempos. El yugo laboral, la desidia, la perdida de tiempo en debates en redes sociales y posteriormente la pandemia fueron devastando la continuidad de este espacio que no logro recuperar salvo momentos esporádicos.



No me he desenganchado de este deporte, más bien al contrario, disfrutando de una oferta más suculenta que nunca. Precisamente viendo hoy el magazine de Movistar + “Basket al día” y su recuerdo al aniversario del fallecimiento de Drazen Petrovic observé que hoy hacía diez años del comienzo de este blog. No fue premeditado pero quiso la casualidad que abriese fuego el mismo día que se cumplían ya nada menos que 18 años de la desaparición del inolvidable mito de Sibenik. Tenía tan solo 28 años, de modo que muy posiblemente el destino y la carretera nos han privado de los que a buen seguro serían los mejores años de la carrera del astro croata.



Iniciaba el camino del Tirador Melancólico convencido de que el baloncesto vivía un momento realmente excitante y que merecía la pena detenerse a contarlo. Al poco tiempo me di cuenta de que iban a verse superadas todas las expectativas. La llegada de Laso al Real Madrid dotó al basket continental de una fiereza ofensiva que recuperó espectadores para la causa como hacía décadas que no veíamos, mientras que en la NBA Steve Kerr se entregaba a un Stephen Curry decidido a reventar cualquier convencionalismo sobre vías de anotación y capacidad para reventar partidos lejos del aro. Han sido diez años fantásticos, en los que hemos despedido de las canchas a Duncan, Nowitzki o Navarro y en los que hemos saludado las llegadas de los Antetokounmpo, Doncic, Young o Garuba. Mientras tanto no hemos dejado de admirar la resistencia de los LeBron James, Pau Gasol o Felipe Reyes como incombustibles elementos de competitividad impasibles a los cambios de tendencia o modas pasajeras.



En la misma edición de “Basket al día” de hoy el felizmente recuperado Álex Abrines (tremenda su actual campaña como gran exponente nacional hoy día de lo que es un “3&D”) hablaba de su ex -compañero en la NBA Russell Westbrook y como no comprendía a los numerosos “haters” que el multidisciplinar base acumula, reconociendo que por encima de todo su sentimiento hacía ellos era el de lástima porque considerándose fans del baloncesto son incapaces de disfrutar de una era, la actual, plagada de prodigios y a la que el paso del tiempo colocará en el lugar que merece. Es el mismo sentimiento que me ha acompañado a mí cada vez que he intentado abrir los ojos a esos aficionados (más bien ex -aficionados) presos de nostalgia y amargados entre los barrotes de las rejas del pasado. No puede haber nada más triste que pensar que ya has visto los mejores años de tu deporte favorito.



Ese sentimiento figura a la vez como motor y acicate para el humilde cronista que diez años después sigue pensando que su función es la misma, y es que alguien tiene que narrar los prodigios.



Toca volver a coger impulso


jueves, 22 de abril de 2021

LA MISERIA DEL ÚNICO BALÓN

 



En el centro Stankovic (FIBA) y Bertomeu (Euroleague), el cisma controlado.


El fallido (por el momento) intento de la creación de una nueva liga europea de fútbol al margen de la UEFA ha puesto encima de la mesa la comparación con el mundo del baloncesto, porque es cierto que si podíamos encontrar un precedente en este asunto es en el deporte de la canasta a comienzos de este siglo XXI, cuando un buen número de los clubes europeos con mayor pedigrí decidieron plantar a la FIBA y la competición continental que dirimía el cetro europeo bajo los parámetros de la federación internacional de baloncesto.

 

La comparación, por tanto, no es baladí. Lo desolador ha sido comprobar una vez más el absoluto desconocimiento por parte de un sector del periodismo deportivo de todo lo que escape al fútbol, único deporte para la mayoría de personajes del gremio, o al menos para los más “famosos”, lo cual a día de hoy es sinónimo de decir los más ruidosos, fanáticos o vocingleros. Los que ya apenas escriben columnas de opinión o análisis futbolísticos (el único deporte que siguen) pero han encontrado un importante acomodo en tertulias radiofónicas y televisivas cuanto menos moderadas mejor.

 

Obviando el tema Roberto Gómez, un señor que directamente se dedica a decir lo primero que se le pasa por la cabeza e inventarse noticias (el pasado lunes en Radio Marca aseguraba que el gobierno central de Pedro Sánchez apoyaba la Superliga de fútbol para que a los cinco minutos conociéramos el comunicado oficial de Moncloa mostrando su rechazo), en la misma tertulia vespertina de Radio Marca dirigida por Vicente Ortega dos de los participantes (no recuerdo los nombres) competían por ver quien soltaba la mayor boutade sobre el mundo del baloncesto. Uno de ellos deslizaba el nombre de la Euroliga, y claro, lejos de ensalzar las virtudes de una competición tan impresionante como esta (y miren si no la calidad del juego, competitividad y emoción que nos ha dejado esta presente edición cuyos play offs de cuartos de final acaban de comenzar) aseguraba que era un fracaso y que literalmente no interesaba a nadie. Además de tratar a los aficionados de imbéciles asegurando que no sabían que competición se disputaba en cada partido. Desolador. La apuesta subió cuando otro de los contertulios puso sobre la mesa el nombre de la NBA, afirmando que “la NBA siempre ha sido igual, no han conocido otra cosa”. Cuando realmente la historia de la liga de baloncesto profesional estadounidense es una historia de constantes cambios, expansiones y negociaciones entre todos los protagonistas. Poco queda de aquella BAA primeriza, embrión de lo que tres años después se conoció como NBA, con sólo once primeros protagonistas. La agencia libre de jugadores tal y como la conocemos, o el tan manido límite salarial, son conceptos que no entran en vigor hasta mediados de los años 80. Por no recordar que durante prácticamente diez temporadas convivieron dos ligas profesionales como la NBA y la añorada y entrañable ABA, en un sano ejercicio de libre competencia y mercado. Un escenario que se antoja imposible en el fútbol, quizás porque haciendo bueno el dicho de “piensa el ladrón…” hay que dar la razón al contertulio que expresaba la dificultad del aficionado de seguir dos competiciones a la vez, como si la capacidad neuronal del seguidor del balompié tuviese tan serias limitaciones.

 

En estos días tormentosos de furibundo debate alrededor de la idea de la Superliga futbolística hay quien ha esgrimido que no pueden compararse baloncesto y fútbol. Y es cierto. En realidad el fútbol no admite parangón con ninguna otra disciplina, ya que no existe otro deporte con una capacidad tan férrea y cerril para oponerse a cualquier cambio, mejoría o evolución (no hay más que ver la firme resistencia ante una herramienta tan útil como el VAR) El fútbol sigue anclado en un incoherente pensamiento ancestral y atávico que no se corresponde con la realidad ni del deporte ni con la del propio fútbol, y de ahí su incoherencia. Da la sensación de que si fuera por algunos aficionados, Di Stefano no hubiera cruzado nunca el charco, traicionando el fútbol latinoamericano pero ayudando a crecer exponencialmente el fútbol europeo. Un Di Stefano quien por cierto jugaba en Los Millonarios de Colombia, club que adoptó aquel nombre después de que la calle, por influencia de los medios de comunicación, se refiriera a ese club que originalmente había nacido como Juventud Bogotana con el millonario apelativo por el que acabaría pasando a la historia, gracias a sus altos contratos, especialmente a los jugadores extranjeros y especialmente argentinos. Hablamos de mediados de los 40 del pasado siglo, y ya no cabía hablar de romanticismo ni de fútbol de barrio. 

 

Pero no era mi intención hablar de fútbol ni del debate sobre la Superliga, si no expresar mi malestar una vez más por el maltrato al baloncesto por parte de la prensa deportiva de este país. Y digo baloncesto sabiendo bien lo que significa y representa esta palabra, baloncesto. El segundo deporte de equipo más popular de nuestro país, del que hemos sido tres veces campeones de Europa y dos del mundo. El deporte que nos ha dado nada menos que 19 medallas entre Juegos Olímpicos, campeonatos del mundo y de Europa. Esto sólo refiriendo a la selección absoluta senior. En femenino sumamos otras 14 medallas con cuatro campeonatos de Europa ganados. Y si nos pusiéramos a recordar los éxitos de categorías inferiores no tendríamos folios suficientes. Sé muy bien por tanto que significa el baloncesto y como es diariamente fagocitado informativamente por el deporte de equipo que más dinero mueve y genera en el mundo. Sé muy bien también que como aficionado a la canasta no puedo quejarme en comparación con un aficionado al balonmano o al waterpolo, o a tantos otros deportes que son prácticamente invisibles e inexistentes para la prensa deportiva de este país. Porque el fútbol lo devora todo. El espacio para el resto es anecdótico. Por eso escuchar estos días hablar de valores, romanticismo o democratización del deporte, cuando en España se impone una única disciplina deportiva desde los medios de comunicación, resulta cuanto menos curioso. Cuando quienes esgrimen estos argumentos desde sus acomodadas tertulias de vocerío y griterío sólo tienen ojos para un único balón. 



 

viernes, 16 de abril de 2021

JAZZ DE MADRUGADA

 







Por alguna razón que no alcanzo a entender y pese a que me congratulo de no padecer habitualmente problemas de insomnio esta semana me ha costado conciliar el sueño más de lo habitual y conseguir hilar seguidas las necesarias horas de reposo. Esta última madrugada, una vez acabada la programación deportiva nocturna de las principales emisoras de radio nacionales, hice un poco de zapping a través de las ondas consiguiendo un dulce estado de duermevela, lo que estaba buscando, mecerme en el sueño con la voz de un locutor dedicado a algún tema que oscilase en un equilibrio entre resultar instructivo y apasionante como para sacarle algún provecho pero sin demasiado apasionamiento que no haría sino dificultarme todavía más el sueño.

 

Ya sumergido como digo en ese estado de duermevela una melodía de jazz fue introduciéndose cada vez más en mi cerebro hasta el punto de hacerla reconocible y despertarme por completo. Era el “Theme for Kareem” que publicara el trompetista Freddie Hubbard en su álbum “Super Blue” de 1978. El motivo de pinchar aquella canción no era otro que el de celebrar el 74 cumpleaños de una de las mayores leyendas del deporte de todos los tiempos, Kareem Abdul-Jabbar. Reconocido amante del jazz por otro lado (conocida es la historia sobre su colección de discos arrasada en el incendio de su casa de Bel Air), Kareem llegó a definir la trompeta en una de las piezas de Hubbard, “Suite Sioux”, como el equivalente musical a uno de aquellos contrataques con los que sus Lakers honraban el “show time”. 

 

La discusión sobre el mejor jugador de la historia, complementada en los últimos tiempos con la etiqueta del “GOAT” (greatest of all time) me resulta del todo punto absurda y cansina, además de sepultada por una dictadura de pensamiento único que impone a Michael Jordan como el mejor que ha existido nunca y que existiría jamás,  hasta el punto de que todo el baloncesto posterior a MJ es otro deporte para quien practica ese integrismo. En todo caso, y por darle un poco de espacio a las nuevas generaciones, se deja asomar al debate a Kobe Bryant o LeBron James (nunca Tim Duncan con sus cinco anillos y 3 MVP de las finales), y los más nostálgicos se atreven con “Magic” Johnson o Larry Bird. Más atrás de eso no existe nada, como si la NBA comenzase exclusivamente en aquel verano de 1979 en el que los prodigios de Michigan e Indiana oficializasen su desembarco en la mejor liga de baloncesto del mundo (la cual es justo reconocer que ambos astros, “Magic” y Bird, cambiaron para siempre) Pero antes hubo otros jugadores que, parafraseando la autobiografía del propio Kareem, dieron “pasos de gigante” (“Giant Steps”, otro guiño al jazz y a un célebre tema de John Coltrane) para que el baloncesto evolucionase hasta convertirse en ese deporte que muchos tomamos como religión. Gigantes como Chamberlain, Russell o Kareem, que nunca entrarán en el fastidioso debate del “GOAT”, pero sin cuya influencia no podría entenderse la NBA actual.  

 

El palmarés de Kareem en su intergeneracional carrera (llegó a jugar en tres décadas diferentes, algo inaudito en su momento y que con el tiempo igualaría Tim Duncan… o incluso superaría Vince Carter cuyo nombre figura en partidos NBA de cuatro décadas nada menos) habla por si solo. La carta de presentación con la que aterrizaba el número 1 del draft de 1969 (también fue escogido en esa posición aquel mismo año en la ABA) ya resultaba insultante en cuanto a su capacidad dominante. Tres títulos de campeón universitario en la invencible UCLA de John Wooden con medias de 26.4 puntos y 15.5 rebotes, realizando un juego tan tiránico sobre sus rivales que la NCAA llegó a prohibir los mates durante unas diez temporadas, levantando la sospecha de que se buscaba limitar la superioridad del siete pies de Harlem. El argumento oficial sin embargo era el de cuidar el físico de los jugadores y reducir el número de lesiones además de evitar la rotura de tableros (por aquella época eran fijos, no basculantes) La respuesta de Kareem (todavía Lew Alcindor) fue desarrollar el lanzamiento que se convertiría en su mayor seña de identidad: el sky hook. Tres temporadas inolvidables en la universidad angelina, que hubieran sido cuatro de no existir la regla por aquel entonces que distinguía un equipo de jugadores de primer año (freshman) y otro llamado “varsity” en el que se englobaban los del resto de ciclo universitario (entre segundo y cuarto año) Es difícil no pensar de que de no existir aquella norma Kareem hubiera ganado cuatro títulos de la primera división de la NCAA, baste recordar que aquel primer curso 1965-66 se abría con el tradicional partido inaugural entre los dos equipos, de primer año y los “mayores”. Contra todo pronóstico los freshman vencían a los veteranos con 31 puntos, 20 rebotes y 7 tapones de Alcindor…y John Wooden frotándose las manos.

 

En la NBA pocas carreras podrían considerarse más legendarias que la de Jabbar, incluyendo la del intocable Jordan. 20 temporadas jalonadas con 6 anillos, 6 MVP de temporada, 2 de finales, 19 veces All Star y 10 veces incluido en el Mejor Quinteto de la temporada. Y lo que le confiere una mitología especial por encima de todos los demás jugadores, ese título honorífico de mayor anotador histórico de la mejor liga de baloncesto del mundo. Nadie ha hecho tantos puntos ni anotado tantas canastas en semejante escenario, e incluso en estos años de desorbitado volumen anotador preferiblemente sumando de tres en tres sus 38387 puntos siguen resultando una cima inalcanzable para el resto de los mortales, excepto para un LeBron James cuya presencia en el Olimpo y carácter mitológico también estás fuera de toda duda y quien si es capaz de mantenerse sano y a su nivel del pasado curso durante tres temporadas más, o incluso dos, parece el único capaz de derribar un muro tan infranqueable.

 

Pero incluso más allá de los impresionantes números, la figura de Kareem resulta absolutamente imprescindible para comprender la actual NBA y su influencia en la sociedad. Cuando un personaje tan infame como Donald Trump llegó a calificar la liga como una “organización política” está claro que se han seguidos los pasos correctos. El activismo social o la lucha contra el racismo no es una cuestión política, si no humana y valga la redundancia, social. Sólo se intenta contaminar desde un prisma político cuando los enemigos de tales principios se ven sin argumentos y por tanto llevan a ese terreno una batalla en la que sin embargo todos los seres humanos deberíamos estar en el mismo bando. Kareem, junto a otros pioneros (Oscar Robertson, Bill Russell…) fue una de las primeras estrellas en demostrar una enorme conciencia social que perdura hasta nuestros días (actualmente está en plena campaña de concienciación promoviendo la vacunación contra la covid-19) Su sensibilidad en el tema del racismo le llevó a renunciar a los Juegos Olímpicos de 1968 en protesta por la violencia racial cuyo climax supuso el asesinato de Martin Luther King en la primavera de aquel olímpico 68. Hay que recordar que Kareem es hijo del asfalto de Harlem, cuyas calles sufrieron una inusitada ola de racismo y violencia en las décadas de los 40 y 50, especialmente significativo el caso de las revueltas de 1943 en las que seis afroamericanos perdieron la vida.

 

La biografía de Kareem Abdul-Jabbar arroja un irresistible trazado entre lo social y lo intelectual, melómano, escritor, novelista (celebradas son sus novelas basadas en Mycroft Holmes, el hermano del más celebre detective de todos los tiempos)… todo eso complementando a un enorme deportista quien también fue pionero en lo que ahora se conoce como empoderamiento de los jugadores, cuando en 1974 forzó su salida de Milwaukee, donde había sido campeón tres años antes, para volver a Los Angeles donde tan feliz había sido bajo la tutela de John Wooden en sus años universitarios, alegando que culturalmente no se sentía afín a la ciudad del estado de Wisconsin, pero desvelando algo tan simple como que no era feliz en Milwaukee. Como si ser una estrella de la NBA con una generosa cuenta corriente (sin llegar a los sueldos actuales) bastase para obviar lo más importante, la propia felicidad.

 

Con el recuerdo de la en todos los sentidos gigantesca figura de Kareem y bajo los compases del “hard bop” de Freddie Hubbard finalmente concilié el sueño con un objetivo fijado para el día siguiente: escribir esta entrada.