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| USA cumple con los pronósticos. |
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| Un tapón para la historia. |
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| Un tapón para la historia. |
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| La era de Anteto. |
Hay en la biografía de Giannis Antetokounmpo algo
dickensiano, como si fuera uno de esos personajes que de manera tan hábil supo
retratar el novelista inglés en el siglo XIX. Vidas surgidas en la miseria pero
capaces de medrar socialmente en un entorno difícil, como bien refleja la obra
“Grandes esperanzas”, en la que un huérfano aprendiz de herrero se acaba
convirtiendo en caballero. Por mucho que se haya querido exagerar la vida del
jugador griego, cayendo en la hipérbole sobre la dureza de su infancia como
vendedor ambulante, no se puede negar que estamos ante una de las historias más
hermosas que nos ha regalado el baloncesto del siglo XXI, culminando, por el
momento, ya que hablamos de un deportista que tan sólo tiene 26 años, en la
consecución del anillo de campeón de la NBA refrendado con un indiscutible MVP
basado en unas medias terroríficas de 35.2 puntos, 13.3 rebotes, 5 asistencias,
1.8 tapones y 1.2 robos de balón con un 61,8% en tiros de campo. Una salvajada
para un tipo llamado a llevar al baloncesto a otra dimensión, una en la que es
justo situarle en el debate sobre el mejor europeo en la historia de la NBA, y
es que ningún otro jugador de nuestro continente puede decir que ha sido dos
veces MVP de temporada, MVP de las finales, Mejor Defensor de la temporada, y
ganador del anillo. Y repetimos, con 26 años.
Lejana queda la obscenidad que llegó a sufrir en sus carnes
cuando al recibir, por fin, después de años pateándose las calles de su Atenas
natal dedicándose en ocasiones incluso como hemos recordado a la venta
ambulante, la nacionalidad del país que le vio nacer, Grecia, el líder neonazi
del partido Golden Dawn se descolgó con unas declaraciones que no deberían
tener cabida en una sociedad como la nuestra. “Si a un chimpancé le das una
banana y una bandera griega en el zoológico, ¿eso le convierte en griego?” llegaron
a decir desde la bancada fascista. Todo esto hablando de un adolescente hijo de
inmigrantes nigerianos. La crueldad expresada en su grado más sumo sobre un
joven que, como expresa en la inscripción de la suela de sus zapatillas, es el
legado de su padre fallecido (“I am my father’s legacy”)
Antetokounmpo es uno de esos jugadores bendecidos por los
dioses del baloncesto a partir de un imponente molde físico que le hizo
destacar desde la segunda división griega, donde en el modesto Filathlitikos y siendo
todavía menor de edad era capaz de hacer de todo, incluso jugar de base.
Cuentan que Larry Drew, su primer entrenador en Milwaukee, antes de conocerle
en persona calculó que no debía medir más de 1,85 tras ver su manejo de balón
en vídeos. Posteriormente a las órdenes de Jason Kidd, uno de los mejores bases
de la historia, volvió a las posiciones exteriores demostrando que el apodo de
“The Greek Freek” no era en vano, pero ha sido en las últimas tres temporadas,
jugando cerca del aro y dejando la dirección del juego a bases contrastados
como Eric Bledsoe y sobre todo Jrue Holiday cuando el dominio del griego le ha
llevado al lugar al que estaba predestinado. Ganar el anillo.
Ha sido precisamente el cambio de Holiday por Bledsoe el
movimiento maestro para que el equipo de Budenholzer haya pasado de equipo
aspirante a real y tangible campeón. Holiday, un tipo muy querido en la liga (la
temporada pasada recibió el premio Twyman-Stokes como mejor compañero de equipo
y este curso ha sido galardonado con el Joe Dumars a la deportividad), es pura
élite defensiva en la NBA. Un base capaz de defender cuatro posiciones, a quien
hemos visto secar a Devin Booker en el sexto y definitivo partido (8 de 22 en
tiros de campo) y que deja una de las jugadas clave de las finales con el robo
al propio Booker en el quinto, con 120-119 para los Bucks y posesión de Phoenix
para consumar una remontada (llegaron a estar 14 abajo pocos minutos antes) que
no llegó cuando quedaban sólo 16 segundos para el final. Un robo de balón que
derivó en un estratosférico alley oop de Anteto servido por el propio Holiday .
El base de Chatsworth firmó 9.3 asistencias por partido, el mejor de las
finales en ese apartado, además de ser el máximo recuperador con 2.2 robos por choque.
Fueron las únicas principales estadísticas no dominadas por su compañero
Giannis, máximo anotador, reboteador y taponador de las series.
Khris Middleton ha sido el tercer hombre clave en la
franquicia de Wisconsin. Desde LeBron James en 2007 no se veía un jugador más seguro
en el “clutch” en las series de post-temporada. Su fiabilidad en el tiro
exterior y el “mid range” ha sido fundamental cuando en los finales de partido
las defensas más se cerraban sobre Antetokounmpo. Middleton ya tiene estatus de
estrella, pero su carrera se ha movido habitualmente por debajo del radar desde
que fuera elegido en segunda ronda del draft por unos Detroit Pistons que no
supieron ver su potencial (apenas jugó 27 partidos en la MoTown antes de verse
involucrado en un trade que llevaba a Brandon Jennings a Detroit), su perfil
parecía limitarse al de un “glue guy”, abnegado jugador de equipo que poco a
poco ha ido destapando su capacidad anotadora hasta explotar en estos “play
offs” con un rendimiento calculado para responder cuando su equipo más le
necesitaba, como en la remontada ante Brooklyn, anotando 30.5 puntos por
partido en las dos noches en las que el astro griego estuvo ausente por lesión
y el pesimismo se había instalado en la bancada de Wisconsin. Y es que excepto
en la serie ante Miami, saldada con un barrido de 4-0 (quien sabe cuál hubiera
sido el discurrir de la serie si el propio Middleton no hubiera sellado la primera
victoria a medio segundo del final de la prórroga de aquel primer partido de
play offs… por si fuera poco Holiday, quien si no, taponaba un desesperado
lanzamiento de Butler ya fuera de tiempo en la jugada siguiente ), en el resto
de eliminatorias los del siempre cuestionado Budenholzer han comenzado por
debajo. Ante Brooklyn tuvieron que remontar un 2-0 y un 3-2, Atlanta comenzó
ganando la final del Este, y Phoenix llegó a ponerse 2-0 en las recientes
finales por el título.
Ese 2-0 de los de Arizona basado en la imponente asociación
en el “pick and roll” entre Paul y Ayton (22 puntos y 19 rebotes para el pívot
de Bahamas en su primera aparición en unas finales) deja la sensación de
oportunidad perdida para unos Phoenix Suns que no obstante han sido la gran
revelación de la temporada, y en los que el tutelaje de la veteranía de Chris
Paul ha maridado de manera certera con la juventud de los Booker, Bridges o
Ayton, todos por debajo de los 25 años, la edad justa que tiene Cameron
Johnson, otra de las grandes esperanzas del equipo de Monty Williams. Veremos
si Phoenix son realmente el futuro o vuelven a ser un caso similar al de Miami,
que presentándose en las finales el pasado curso de manera sorprendente con un
roster también muy joven sin embargo esta temporada no han sido capaces de
superar la primera ronda. En el caso de Phoenix hay que poner en valor también
su gran temporada regular (segunda mejor marca con 51-21, sólo una derrota
menos que Utah, y muy por encima del 44-29 con el que Miami acabaron quintos en
el Este en 2020) y unas eliminatorias en las que antes de llegar a las finales
sólo cedieron cuatro partidos ante ambos equipos angelinos, dos ante Lakers y dos
ante Clippers, barriendo a los Denver Nuggets del MVP Jokic por 4-0. El curso de la franquicia de Arizona por tanto
no merece otro calificativo que el de sobresaliente.
Pero el presente es de Milwaukee y de Antetokounmpo. El
héroe dickensiano que ha alcanzado esa gloria a la que estaba destinado pero le
parecía esquiva. Giannis dibuja un baloncestista nuevo, al que los siempre
presentes “haters” tratarán de restar méritos aludiendo a su molde físico como
único valor cuando en realidad hablamos de un jugador en constante progreso (en
el partido definitivo firma un imponente 17 de 19 en tiros libres cuando era
una de las mayores aristas de su juego), inconformista, ambicioso y tan
competitivo que ha sido capaz de poner el mundo del baloncesto a sus pies con
sólo 26 años (¿hace falta recordar de nuevo que Jordan tuvo que esperar a los
28 para ganar su primer anillo?) Giannis
refiere como decimos un baloncestista nuevo y total capaz de ser igual de
demoledor a ambos lados de la cancha. Las dos imágenes icónicas que nos deja en
estas finales le muestran primero colocando un tapón sobrehumano sobre Ayton a
1.14 del final del cuarto partido evitando una canasta segura que hubiera puesto
la igualdad en el marcador. En la segunda le vemos hundiendo el aro tras el
robo y asistencia de Holiday para sentenciar el quinto encuentro a falta de 13
segundos. Dos acciones descomunales en los dos lados de la cancha para remontar
las series, poner el 3-2 en el global y viajar a Milwaukee con una oportunidad
de cerrar las finales que no dejaron escapar.
Cada uno de los 50 puntos anotados por Antetokounmpo en el
sexto partido justifican la desorbitada extensión de contrato firmada desde la
franquicia para con su estrella finalizada la temporada 2020. “Esta es mi casa”,
respondía entonces el griego, demostrando una fidelidad no tan habitual a día
de hoy en una NBA en la que el movimiento de estrellas entre clubes llega a
resultar mareante. A Giannis le han sabido rodear del contexto ideal donde lograr
explotar su atómico poder, apostando igualmente por jugadores capaces de unir
talento con estajanovismo (Holiday y Middleton) o simplemente lo segundo
(Tucker o Connaughton) Y esto es lo que hace este triunfo de Milwaukee tan
especial, revelando un quinteto titular en el que sólo la veterana estrella
Brook Lopez (máximo anotador histórico de la franquicia de Nets, precisamente
una de sus víctimas en post-temporada) presenta en su biografía un pick
realmente alto en el draft (número 10 en 2008) Jrue Holiday, un 17 en 2009 por
unos Philadelphia con los que a pesar de llegar a ser all star sufrió el
interminable proceso de reconstrucción de los 76ers, siendo una de las primeras
víctimas traspasado a New Orleans donde las lesiones y un retiro temporal para
cuidar de su esposa embarazada y diagnosticada con un tumor cerebral le
apartaron del foco. Middleton, ya lo hemos explicado, un segunda ronda cuya
primera temporada la pasó mayormente en la liga de desarrollo, como segunda
ronda fue también un P.J. Tucker al que vimos curtirse sus primeras temporadas
como profesional en ligas europeas (Ucrania, Israel, Italia, Alemania, Grecia…), y en el medio de
todo el imponente Antetokounmpo, aquel chaval sin papeles cuyo nombre comenzaba
a aparecer en las libretas de los más avezados ojeadores europeos, pero también
norteamericanos, dejando con la miel en los labios al Zaragoza y a la ACB, ya
que el equipo maño había pagado por los derechos continentales del jugador
200000 euros. Milwaukee no se lo pensó y pagó la cláusula de salida (un millón
de dólares) a la NBA para incorporar a aquel espigado jovenzuelo de 18 años
ipso facto. Con esa insultante juventud debutaba en la mejor liga del
baloncesto del mundo, apenas cuatro minutos para anotar su primer punto, un
tiro libre, frente a los New York Knicks. Ocho años han pasado entre aquel
primer punto y los 50 de su histórico sexto partido. Ocho años de grandes
esperanzas por fin cumplidas.
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| Un tapón para la historia. |
La actualidad baloncestística sigue a un ritmo
vertiginoso, ítem más en comparación con este blog ya habituado a
actualizaciones esporádicas. Pero no podíamos dejar pasar por alto la retirada
de Felipe Reyes, gran capitán de la nave madridista durante los últimos años,
en la gloriosa era Laso, y tercer gran espada de la generación del 80 junto a
Juan Carlos Navarro y el todavía activo Pau Gasol (quien cumple precisamente
hoy, cuando escribo estas líneas, 6 de Julio, 41 años)
Pese a la comprensible pérdida de foco sufrida con
el paso de los años, viendo menguada su cantidad de minutos en pista con el
Real Madrid, y retirado de la selección española desde 2017 (anunció que
realizó después de un Eurobasket al que ya había renunciado, siendo los Juegos
Olímpicos de Río de Janeiro su última participación con la elástica nacional),
Felipe ha sido un personaje imprescindible para comprender el baloncesto en
nuestro país en el siglo XXI. Como madridista confeso en mi caso, la figura de
Felipe ha sido el estandarte a defender en los momentos más crudos, como
hicimos en nuestra entrada “Blanco perfecto”. Y es que no podemos olvidar la
realidad de que en plena época Messina hubo un sector del madridismo, el más
cruento, ese que confunde pasión con talibanismo, en el que a Felipe se le
quiso jubilar, se le acusó de responsable de todos los males de la sección, de
cáncer del equipo, de jugar por decreto, por ser amigo de los periodistas y de
taponar la progresión de jóvenes como Mirotic (posiblemente aquellos que
lapidasen a Felipe en aquel momento han sido los primeros en llamar “rata” al
hispano-montenegrino en su regreso al baloncesto español con la camiseta del
Barcelona) No era nada nuevo, desgraciadamente en fútbol ha sido norma habitual
el despellejamiento de símbolos y capitanes cuanto más históricos peor, como si
hacer larga carrera en un club como el Real Madrid en vez de alimentar la
leyenda blanca atentase contra ella y la entidad deportiva más laureada de
Europa en fútbol y baloncesto no debiese ser si no una máquina trituradora
donde a los mejores deportistas apenas se les pudiera sacar unos pocos años de
rendimiento, siempre por debajo de la decena.
Felipe resistió para comenzar a levantar títulos con
la llegada de Pablo Laso, nada menos que 20 títulos entre ellos dos copas de
Europa. 20 títulos para sumar a los tres anteriores a la llegada del técnico
vitoriano (una liga a las órdenes de Maljkovic y el doblete ACB-ULEB con Joan
Plaza), sin olvidar su Copa del año 2000 junto a su hermano Alfonso (MVP de
aquella edición) en el Estudiantes de Pepu Hernández, quien también acabaría
siendo su primer entrenador en una selección absoluta con la que ha sido
campeón mundial y tres veces europeo (además de otros tres podios continentales
y olímpicos) Uno de los palmareses más deslumbrantes de toda la historia del
baloncesto del continente, pero por encima de los títulos colectivos e
individuales (dos veces MVP de temporada regular ACB y otras tantas de las
finales), de todos los registros destrozados (se retira siendo el jugador con
más partidos disputados nunca en la máxima categoría del baloncesto español y
como máximo reboteador ACB, además de poseer el record de partidos con la
camiseta del Real Madrid), Felipe ha sido uno de esos jugadores que
irremediablemente enganchan, tanto a los aficionados de su propia bancada como
a los rivales. Evidentemente gracias a su estilo de juego, pleno de pundonor y
rozando la épica para un tipo que aunque la ficha le ponga 204 centímetros es
lo que se suele conocer como un “dos metros pelao”. Su desventaja física no ha
resultado óbice para verle fajarse y pelear rebotes a interiores mucho más
altos, muchos más grandes, mucho más fuertes… por otro lado su constante
aprendizaje y mejora en algunos aspectos del juego, especialmente el tiro,
dando ejemplo de que un deportista debe estar sujeto a la constante evolución
si quiere sobrevivir con el paso de los años. Así le hemos visto subir desde
aquellos pobres porcentajes en el tiro libre cercanos al 60% durante los
primeros años de este siglo, hasta esa segunda década en la que se ha movido
con facilidad en un lustroso 80%. De igual modo se ha ido familiarizando con el
lanzamiento triple, cualidad que nunca se le supuso y que le puso bajo sospecha
para el baloncesto moderno en el que la posición de cuatro exige buena mano
para el juego abierto… pero es que en realidad Felipe siempre se ha sentido más
cómodo jugando de cinco, como la gran referencia interior de su equipo,
incrustado en una zona donde postear, pelear, meter codos y lanzarse como un
kamikaze a por cualquier rebote ofensivo. Imposible no engancharte con un tipo
así.
Se retira por tanto un jugador único, característico
en la transición entre siglos, haciéndose un nombre para el gran público global
en aquella final junior mundial ante Estados Unidos de 1999 en la que sus cinco
rebotes ofensivos en momentos decisivos ya mostraban la seña de identidad de un
jugador que el año anterior ya había sido campeón sub18 europeo en Varna al
lado de los Navarro, Raúl López, Pau Gasol y un Calderón que pese a ser un año
más joven con justicia se le puede considerar dentro de la misma generación (no
estuvo en el Mundial junior del 99 por lesión) Fue aquel oro del 99 cuando el
nombre de Felipe Reyes se puso en todas las agendas del globo terráqueo, pero
el aficionado ACB ya le había visto debutar un año antes con la camiseta de
Estudiantes, un 4 de Octubre de 1998 jugando nueve minutos ante el Baskonia.
Por lo tanto hablamos de un jugador que ha llegado a vestirse de corto nada
menos que durante cuatro décadas distintas, dato que sólo Albert Oliver y Rafa
Martínez comparten en España. Dos siglos y cuatro décadas. Eterno Felipe.
Pero entre todos los inolvidables momentos e
icónicas imágenes que nos deja la legendaria carrera del cordobés, sigue
reluciendo con mayor fuerza la que le muestra levantando la copa de campeones
de Europa de selecciones de 2011 en Lituania, gesto que correspondería al
capitán, su gran amigo Juan Carlos Navarro que cede el honor a un Felipe que
había perdido de manera repentina a su padre a pocos días antes de comenzar
aquel torneo. Fueron los momentos más duros en la vida del jugador, que lejos
de hundirse en el fango de la tristeza se arropó en el calor de un vestuario
único que cambió parte la letra de la pachanguera canción “Todos los días sale
el sol” para cantarle a su compañero y amigo que todos los días sale el sol,
Felipón. Baloncesto y vida unidos en una figura única.
Qué suerte que hayamos sido testigos.
| Eli Ndiaye toma el relevo. |
El Real Madrid U18 vuelve a proclamarse campeón del Adidas Next Generation Tournament, lo que viene a ser a todos los efectos la Euroliga Junior. Es su tercer entorchado, empatando con el CSKA (campeón entre 2004 y 2006 de manera consecutiva) como club con más títulos de este torneo. Pero con enormes diferencias respecto a los años del dominio moscovita.
Para empezar la competitividad y dificultad del campeonato. En aquellos primeros años las ediciones las disputaban entre seis y ocho equipos, muy lejos de los 25 actuales. La constelación de “prospects” tampoco tiene parangón casi dos décadas después, y es que los jugadores que acabaron siendo estrellas salidos de los rosters de aquellos CSKA casi se pueden contar con los dedos de una mano. El fallido Yaroslav Korolev aparece en 2005. Un jugador que llegó a ser nada menos que número 12 en el draft de la NBA de aquel año (un puesto por debajo de Fran Vázquez) pero dos temporadas en la mejor liga del mundo sin apenas minutos le bastaron para volver a Europa, donde tampoco llegó a explotar como el jugador que se esperaba, comenzando un periplo continental entre Rusia, España y Grecia y retirándose apenas rebasada la treintena siendo el Navarra en LEB Oro su último club profesional. En 2006 reluce el nombre de Alexey Shved, jugador mejor pagado en Europa hasta la llegada de Mirotic y de calidad tan incontestable como dudosa su capacidad de liderazgo. Lo tenía todo para ser un conquistador de títulos y se ha quedado en un coleccionista de estadísticas individuales. A su lado en aquel roster estaba el escolta Dmitry Golovin, quien tuvo una interesante carrera en Rusia aunque sin llegar a ser referente en ninguna escuadra. Zavourev (MVP en 2004 y 2005) y Nelyubov (escogido el mejor en 2006) apenas sonarán al aficionado tangencial ya que nunca llegaron a salir de Rusia (en el caso de Nelyubov, para ser rigurosos, también jugó en equipos lituanos y el estonio Taru Rock) Claro que si hablamos de jugadores que más allá de su calidad individual y foco mediático para llamar la atención incluso a franquicias NBA hayan sido referentes posteriormente en el primer equipo, el nombre más fulgurante debe ser el de Nikita Kurbanov, el último santo y seña, último exponente de la vieja guardia de un CSKA con el que ha ganado tres euroligas, y ya uno de los mejores en la final de su torneo U18 frente a un Siena donde encontrábamos nombres como el de Luca Vitali o un jovencísimo Luigi Datome (sólo contaba con 16 años de edad) Como curiosidad, al lado de Kurbanov jugaba un escolta saltarín obsesionado con Vince Carter llamado Igor Tkachenko, de quien se dice que ha sido uno de los mejores “matadores” blancos nunca vistos. Lástima que no desarrollase su juego más allá de hundir la bola en el aro.
Sin embargo los tres ANGT (o en puridad, NIJT, ya que en aquel momento el patrocinador era Nike y la denominación Nike International Junior Tournament) conquistados por el Real Madrid ofrecen un listado mucho más ilustre que el de los tres entorchados rusos. Después de intentos fallidos como los de 2008 y 2009, en el que unos rosters comandados por Mirotic (según la organización llegó a 84 de valoración en un partido) caía en la primera fase ante equipos como el Zalgiris de Motiejunas, el FMP de Dejan Musli o el Lietuvos Rytas de Valanciunas, y unos años de transición en los que aparecen nombres del calibre de Dani Díez, Willy Hernángomez, Jonathan Barreiro o Samba Ndiaye, en 2014 comienzan los éxitos, llegando a la primera final y cayendo ante el Estrella Roja. Repetían Barreiro y Samba, pero llegaban jugadores como Cate, De la Rua o Yusta. La cosa empezaba a pintar bien.
En 2015, estrenando la era Adidas, los blancos mostraban una plantilla que ya podemos considerar histórica, comandados por quien apunta a ser mejor jugador europeo de todos los tiempos. Un Luka Doncic que pese a ser dos años menos que la mayoría de sus rivales y compañeros dominaba el torneo a placer y demostraba que aquella categoría se le quedaba pequeña. Junto a él los ya citados Yusta, Barreiro, De la Rua, Samba o Cate, demostrando que el esloveno era el indiscutible factor diferencial respecto al año anterior. La trayectoria era inmaculada, 9 partidos con 9 victorias y la venganza ante Estrella Roja en la final.
En 2016, sin Doncic pero con Radoncic, otra vez el Estrella Roja se cruzaba en su camino y les cercenaba el camino a la gran final, en la que el Barcelona de Eric Vila, Aleix Font, Sergi Martínez y Rodions Kurucs se proclamaba campeón (su único título). En 2017 una derrota ante el Mega de Belgrado (con Goga Bitadze como jugador referente) les privaba de llegar a la final. Los serbios perderían posteriormente ante un París en el que aunque Ivan Fevrier fue elegido MVP hasta el momento quien mejor carrera parece llevar es Theo Maledon, enrolado en esos jovencísimos Oklahoma City Thunder que apuntan a lenta reconstrucción.
2018 vio coronarse a un gran Lietuvos Rytas, invicto en sus ocho partidos disputados, pero la cantera madridista mostraba su capacidad de renovación con un roster en el que destacaban los nombres de Usman Garuba y Mario Nakic, además de Melwin Pantzar, Amar Sylla o Golden Dike. De hecho el Real Madrid sería el equipo que puso en más dificultades a los lituanos, perdiendo sólo de cuatro puntos, la menor diferencia en las ocho victorias de los de Vilnius. Al año siguiente todos estos jugadores (excepto Pantzar) se resarcirían en otra escuadra ya mítica en la historia de la cantera madridista, sumando elementos como Matteo Spagnolo o Boris Tisma. Arrasarían ganando sus ocho partidos con auténticas palizas a todos sus rivales, incluyendo el serbio Mega en la final. Mario Nakic sería coronado justo MVP, aunque Usman Garuba ya dejaba muestras de su calidad.
En 2020 no se disputó fase final por las razones que todo el mundo conoce, cortando la progresión de un Real Madrid que caminaba invicto (cuatro partidos, cuatro victorias) con la misma suficiencia que el año anterior. Nakic y Garuba daban paso a los Eli Ndiaye, Juan Núñez, Urban Klavzar, Tristan Vukcevic, Kostadinov y el hermano menor de Usman Garuba, el alero Sediq. Todos ellos jugadores que se han desquitado este año, repitiendo el título de 2019 y de igual manera sin perder un partido, con Ndiaye tomando el relevo de Nakic como MVP. En total el Real Madrid lleva 21 victorias consecutivas en este torneo, ya que se despidieron de la edición de 2018 ganando al Mega, y tanto en 2019 y 2021 como en el inconcluso torneo de 2020 no han conocido la derrota.
Pero hay que reconocer que este año lo han tenido mucho más complicado gracias a un enorme y competitivo Barcelona. Los azulgrana sólo mordieron el polvo en la gran final ante el Real Madrid y en la prórroga. Las sensaciones dejadas por los Caicedo, Bonilla, Nnaji o Villar es que bien pudieran haberse proclamado campeones en varias de las ediciones pasadas, de no encontrarse frente a una generación tan impresionante como la actual madridista. Pese a los comprensibles fallos en la final (incluso vimos a un tirador tan fiable como Klavzar fallar dos tiros libres seguidos en el “clutch time”) lo cierto es que ambos equipos han regalado un gran torneo y una gran final a los aficionados. Estupenda noticia para el baloncesto español que asegura el relevo, pese a los apocalípticos que llevan años pronosticando el declive de nuestro deporte de la canasta, entre ellos muchos despistados que rozando la xenofobia braman reclamando unos equipos filiales repletos de chicos blancos, con pureza de raza y ocho apellidos castellanos. Pero lo cierto es que tanto en Real Madrid como Barcelona encontramos argumentos de sobra para considerarlos actualmente magníficos viveros para la selección absoluta senior. Cuesta pensar que no vaya a ser así en los casos de Juan Núñez, Eli Ndiaye, Sediq Garuba, Gael Bonilla, Rafa Villar o Michael Caicedo. Qué nadie lo dude. El futuro está asegurado. El presente también.

Núñez a la izquierda, Caicedo a la derecha (entre medias Pablo Tamba y Pablo León) con los U16 campeones de Europa. Nos darán más alegrías.
Para lo que hemos quedado. Ya casi ni celebramos los aniversarios, pero digo yo que cumplir una década bien merece una actualización. Y es que en efecto hace diez años publicábamos la primera entrada de este blog, de modo que aquí estoy cual Cenicienta antes de que me den las doce para cumplir con la obligada celebración.
Aquel 7 de Junio de 2011 comenzaba El Tirador Melancólico con esa fuerza inusitada de los nuevos proyectos. Aquellos primeros años fueron magníficos y prolíficos en cuanto a cantidad y (modestamente creo) calidad de los artículos. Eran otros tiempos. El yugo laboral, la desidia, la perdida de tiempo en debates en redes sociales y posteriormente la pandemia fueron devastando la continuidad de este espacio que no logro recuperar salvo momentos esporádicos.
No me he desenganchado de este deporte, más bien al contrario, disfrutando de una oferta más suculenta que nunca. Precisamente viendo hoy el magazine de Movistar + “Basket al día” y su recuerdo al aniversario del fallecimiento de Drazen Petrovic observé que hoy hacía diez años del comienzo de este blog. No fue premeditado pero quiso la casualidad que abriese fuego el mismo día que se cumplían ya nada menos que 18 años de la desaparición del inolvidable mito de Sibenik. Tenía tan solo 28 años, de modo que muy posiblemente el destino y la carretera nos han privado de los que a buen seguro serían los mejores años de la carrera del astro croata.
Iniciaba el camino del Tirador Melancólico convencido de que el baloncesto vivía un momento realmente excitante y que merecía la pena detenerse a contarlo. Al poco tiempo me di cuenta de que iban a verse superadas todas las expectativas. La llegada de Laso al Real Madrid dotó al basket continental de una fiereza ofensiva que recuperó espectadores para la causa como hacía décadas que no veíamos, mientras que en la NBA Steve Kerr se entregaba a un Stephen Curry decidido a reventar cualquier convencionalismo sobre vías de anotación y capacidad para reventar partidos lejos del aro. Han sido diez años fantásticos, en los que hemos despedido de las canchas a Duncan, Nowitzki o Navarro y en los que hemos saludado las llegadas de los Antetokounmpo, Doncic, Young o Garuba. Mientras tanto no hemos dejado de admirar la resistencia de los LeBron James, Pau Gasol o Felipe Reyes como incombustibles elementos de competitividad impasibles a los cambios de tendencia o modas pasajeras.
En la misma edición de “Basket al día” de hoy el felizmente recuperado Álex Abrines (tremenda su actual campaña como gran exponente nacional hoy día de lo que es un “3&D”) hablaba de su ex -compañero en la NBA Russell Westbrook y como no comprendía a los numerosos “haters” que el multidisciplinar base acumula, reconociendo que por encima de todo su sentimiento hacía ellos era el de lástima porque considerándose fans del baloncesto son incapaces de disfrutar de una era, la actual, plagada de prodigios y a la que el paso del tiempo colocará en el lugar que merece. Es el mismo sentimiento que me ha acompañado a mí cada vez que he intentado abrir los ojos a esos aficionados (más bien ex -aficionados) presos de nostalgia y amargados entre los barrotes de las rejas del pasado. No puede haber nada más triste que pensar que ya has visto los mejores años de tu deporte favorito.
Ese sentimiento figura a la vez como motor y acicate para el humilde cronista que diez años después sigue pensando que su función es la misma, y es que alguien tiene que narrar los prodigios.
Toca volver a coger impulso
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| En el centro Stankovic (FIBA) y Bertomeu (Euroleague), el cisma controlado. |
El fallido (por el momento) intento de la creación
de una nueva liga europea de fútbol al margen de la UEFA ha puesto encima de la
mesa la comparación con el mundo del baloncesto, porque es cierto que si
podíamos encontrar un precedente en este asunto es en el deporte de la canasta
a comienzos de este siglo XXI, cuando un buen número de los clubes europeos con
mayor pedigrí decidieron plantar a la FIBA y la competición continental que
dirimía el cetro europeo bajo los parámetros de la federación internacional de
baloncesto.
La comparación, por tanto, no es baladí. Lo
desolador ha sido comprobar una vez más el absoluto desconocimiento por parte
de un sector del periodismo deportivo de todo lo que escape al fútbol, único
deporte para la mayoría de personajes del gremio, o al menos para los más
“famosos”, lo cual a día de hoy es sinónimo de decir los más ruidosos,
fanáticos o vocingleros. Los que ya apenas escriben columnas de opinión o
análisis futbolísticos (el único deporte que siguen) pero han encontrado un
importante acomodo en tertulias radiofónicas y televisivas cuanto menos
moderadas mejor.
Obviando el tema Roberto Gómez, un señor que
directamente se dedica a decir lo primero que se le pasa por la cabeza e
inventarse noticias (el pasado lunes en Radio Marca aseguraba que el gobierno
central de Pedro Sánchez apoyaba la Superliga de fútbol para que a los cinco
minutos conociéramos el comunicado oficial de Moncloa mostrando su rechazo), en
la misma tertulia vespertina de Radio Marca dirigida por Vicente Ortega dos de
los participantes (no recuerdo los nombres) competían por ver quien soltaba la
mayor boutade sobre el mundo del baloncesto. Uno de ellos deslizaba el nombre
de la Euroliga, y claro, lejos de ensalzar las virtudes de una competición tan
impresionante como esta (y miren si no la calidad del juego, competitividad y
emoción que nos ha dejado esta presente edición cuyos play offs de cuartos de
final acaban de comenzar) aseguraba que era un fracaso y que literalmente no interesaba
a nadie. Además de tratar a los aficionados de imbéciles asegurando que no
sabían que competición se disputaba en cada partido. Desolador. La apuesta
subió cuando otro de los contertulios puso sobre la mesa el nombre de la NBA,
afirmando que “la NBA siempre ha sido igual, no han conocido otra cosa”. Cuando
realmente la historia de la liga de baloncesto profesional estadounidense es
una historia de constantes cambios, expansiones y negociaciones entre todos los
protagonistas. Poco queda de aquella BAA primeriza, embrión de lo que tres años
después se conoció como NBA, con sólo once primeros protagonistas. La agencia
libre de jugadores tal y como la conocemos, o el tan manido límite salarial,
son conceptos que no entran en vigor hasta mediados de los años 80. Por no
recordar que durante prácticamente diez temporadas convivieron dos ligas
profesionales como la NBA y la añorada y entrañable ABA, en un sano ejercicio
de libre competencia y mercado. Un escenario que se antoja imposible en el
fútbol, quizás porque haciendo bueno el dicho de “piensa el ladrón…” hay que
dar la razón al contertulio que expresaba la dificultad del aficionado de
seguir dos competiciones a la vez, como si la capacidad neuronal del seguidor
del balompié tuviese tan serias limitaciones.
En estos días tormentosos de furibundo debate
alrededor de la idea de la Superliga futbolística hay quien ha esgrimido que no
pueden compararse baloncesto y fútbol. Y es cierto. En realidad el fútbol no
admite parangón con ninguna otra disciplina, ya que no existe otro deporte con
una capacidad tan férrea y cerril para oponerse a cualquier cambio, mejoría o
evolución (no hay más que ver la firme resistencia ante una herramienta tan
útil como el VAR) El fútbol sigue anclado en un incoherente pensamiento
ancestral y atávico que no se corresponde con la realidad ni del deporte ni con
la del propio fútbol, y de ahí su incoherencia. Da la sensación de que si fuera
por algunos aficionados, Di Stefano no hubiera cruzado nunca el charco,
traicionando el fútbol latinoamericano pero ayudando a crecer exponencialmente
el fútbol europeo. Un Di Stefano quien por cierto jugaba en Los Millonarios de
Colombia, club que adoptó aquel nombre después de que la calle, por influencia
de los medios de comunicación, se refiriera a ese club que originalmente había
nacido como Juventud Bogotana con el millonario apelativo por el que acabaría
pasando a la historia, gracias a sus altos contratos, especialmente a los
jugadores extranjeros y especialmente argentinos. Hablamos de mediados de los
40 del pasado siglo, y ya no cabía hablar de romanticismo ni de fútbol de
barrio.
Pero no era mi intención hablar de fútbol ni del
debate sobre la Superliga, si no expresar mi malestar una vez más por el
maltrato al baloncesto por parte de la prensa deportiva de este país. Y digo
baloncesto sabiendo bien lo que significa y representa esta palabra,
baloncesto. El segundo deporte de equipo más popular de nuestro país, del que
hemos sido tres veces campeones de Europa y dos del mundo. El deporte que nos
ha dado nada menos que 19 medallas entre Juegos Olímpicos, campeonatos del
mundo y de Europa. Esto sólo refiriendo a la selección absoluta senior. En
femenino sumamos otras 14 medallas con cuatro campeonatos de Europa ganados. Y
si nos pusiéramos a recordar los éxitos de categorías inferiores no tendríamos
folios suficientes. Sé muy bien por tanto que significa el baloncesto y como es
diariamente fagocitado informativamente por el deporte de equipo que más dinero
mueve y genera en el mundo. Sé muy bien también que como aficionado a la
canasta no puedo quejarme en comparación con un aficionado al balonmano o al
waterpolo, o a tantos otros deportes que son prácticamente invisibles e
inexistentes para la prensa deportiva de este país. Porque el fútbol lo devora
todo. El espacio para el resto es anecdótico. Por eso escuchar estos días hablar
de valores, romanticismo o democratización del deporte, cuando en España se
impone una única disciplina deportiva desde los medios de comunicación, resulta
cuanto menos curioso. Cuando quienes esgrimen estos argumentos desde sus
acomodadas tertulias de vocerío y griterío sólo tienen ojos para un único
balón.
Por alguna razón que no alcanzo a entender y pese a
que me congratulo de no padecer habitualmente problemas de insomnio esta semana
me ha costado conciliar el sueño más de lo habitual y conseguir hilar seguidas
las necesarias horas de reposo. Esta última madrugada, una vez acabada la
programación deportiva nocturna de las principales emisoras de radio
nacionales, hice un poco de zapping a través de las ondas consiguiendo un dulce
estado de duermevela, lo que estaba buscando, mecerme en el sueño con la voz de
un locutor dedicado a algún tema que oscilase en un equilibrio entre resultar
instructivo y apasionante como para sacarle algún provecho pero sin demasiado
apasionamiento que no haría sino dificultarme todavía más el sueño.
Ya sumergido como digo en ese estado de duermevela
una melodía de jazz fue introduciéndose cada vez más en mi cerebro hasta el
punto de hacerla reconocible y despertarme por completo. Era el “Theme for
Kareem” que publicara el trompetista Freddie Hubbard en su álbum “Super Blue”
de 1978. El motivo de pinchar aquella canción no era otro que el de celebrar el
74 cumpleaños de una de las mayores leyendas del deporte de todos los tiempos,
Kareem Abdul-Jabbar. Reconocido amante del jazz por otro lado (conocida es la
historia sobre su colección de discos arrasada en el incendio de su casa de Bel
Air), Kareem llegó a definir la trompeta en una de las piezas de Hubbard, “Suite
Sioux”, como el equivalente musical a uno de aquellos contrataques con los que
sus Lakers honraban el “show time”.
La discusión sobre el mejor jugador de la historia,
complementada en los últimos tiempos con la etiqueta del “GOAT” (greatest of
all time) me resulta del todo punto absurda y cansina, además de sepultada por
una dictadura de pensamiento único que impone a Michael Jordan como el mejor
que ha existido nunca y que existiría jamás, hasta el punto de que todo el baloncesto
posterior a MJ es otro deporte para quien practica ese integrismo. En todo
caso, y por darle un poco de espacio a las nuevas generaciones, se deja asomar
al debate a Kobe Bryant o LeBron James (nunca Tim Duncan con sus cinco anillos
y 3 MVP de las finales), y los más nostálgicos se atreven con “Magic” Johnson o
Larry Bird. Más atrás de eso no existe nada, como si la NBA comenzase
exclusivamente en aquel verano de 1979 en el que los prodigios de Michigan e
Indiana oficializasen su desembarco en la mejor liga de baloncesto del mundo
(la cual es justo reconocer que ambos astros, “Magic” y Bird, cambiaron para
siempre) Pero antes hubo otros jugadores que, parafraseando la autobiografía
del propio Kareem, dieron “pasos de gigante” (“Giant Steps”, otro guiño al jazz
y a un célebre tema de John Coltrane) para que el baloncesto evolucionase hasta
convertirse en ese deporte que muchos tomamos como religión. Gigantes como
Chamberlain, Russell o Kareem, que nunca entrarán en el fastidioso debate del “GOAT”,
pero sin cuya influencia no podría entenderse la NBA actual.
El palmarés de Kareem en su intergeneracional
carrera (llegó a jugar en tres décadas diferentes, algo inaudito en su momento y
que con el tiempo igualaría Tim Duncan… o incluso superaría Vince Carter cuyo
nombre figura en partidos NBA de cuatro décadas nada menos) habla por si solo. La
carta de presentación con la que aterrizaba el número 1 del draft de 1969
(también fue escogido en esa posición aquel mismo año en la ABA) ya resultaba
insultante en cuanto a su capacidad dominante. Tres títulos de campeón universitario
en la invencible UCLA de John Wooden con medias de 26.4 puntos y 15.5 rebotes,
realizando un juego tan tiránico sobre sus rivales que la NCAA llegó a prohibir
los mates durante unas diez temporadas, levantando la sospecha de que se
buscaba limitar la superioridad del siete pies de Harlem. El argumento oficial
sin embargo era el de cuidar el físico de los jugadores y reducir el número de
lesiones además de evitar la rotura de tableros (por aquella época eran fijos,
no basculantes) La respuesta de Kareem (todavía Lew Alcindor) fue desarrollar
el lanzamiento que se convertiría en su mayor seña de identidad: el sky hook. Tres
temporadas inolvidables en la universidad angelina, que hubieran sido cuatro de
no existir la regla por aquel entonces que distinguía un equipo de jugadores de
primer año (freshman) y otro llamado “varsity” en el que se englobaban los del
resto de ciclo universitario (entre segundo y cuarto año) Es difícil no pensar
de que de no existir aquella norma Kareem hubiera ganado cuatro títulos de la
primera división de la NCAA, baste recordar que aquel primer curso 1965-66 se
abría con el tradicional partido inaugural entre los dos equipos, de primer año
y los “mayores”. Contra todo pronóstico los freshman vencían a los veteranos
con 31 puntos, 20 rebotes y 7 tapones de Alcindor…y John Wooden frotándose las
manos.
En la NBA pocas carreras podrían considerarse más
legendarias que la de Jabbar, incluyendo la del intocable Jordan. 20 temporadas
jalonadas con 6 anillos, 6 MVP de temporada, 2 de finales, 19 veces All Star y
10 veces incluido en el Mejor Quinteto de la temporada. Y lo que le confiere
una mitología especial por encima de todos los demás jugadores, ese título
honorífico de mayor anotador histórico de la mejor liga de baloncesto del
mundo. Nadie ha hecho tantos puntos ni anotado tantas canastas en semejante
escenario, e incluso en estos años de desorbitado volumen anotador
preferiblemente sumando de tres en tres sus 38387 puntos siguen resultando una
cima inalcanzable para el resto de los mortales, excepto para un LeBron James
cuya presencia en el Olimpo y carácter mitológico también estás fuera de toda
duda y quien si es capaz de mantenerse sano y a su nivel del pasado curso
durante tres temporadas más, o incluso dos, parece el único capaz de derribar
un muro tan infranqueable.
Pero incluso más allá de los impresionantes números,
la figura de Kareem resulta absolutamente imprescindible para comprender la
actual NBA y su influencia en la sociedad. Cuando un personaje tan infame como
Donald Trump llegó a calificar la liga como una “organización política” está
claro que se han seguidos los pasos correctos. El activismo social o la lucha
contra el racismo no es una cuestión política, si no humana y valga la
redundancia, social. Sólo se intenta contaminar desde un prisma político cuando
los enemigos de tales principios se ven sin argumentos y por tanto llevan a ese
terreno una batalla en la que sin embargo todos los seres humanos deberíamos
estar en el mismo bando. Kareem, junto a otros pioneros (Oscar Robertson, Bill
Russell…) fue una de las primeras estrellas en demostrar una enorme conciencia
social que perdura hasta nuestros días (actualmente está en plena campaña de
concienciación promoviendo la vacunación contra la covid-19) Su sensibilidad en
el tema del racismo le llevó a renunciar a los Juegos Olímpicos de 1968 en
protesta por la violencia racial cuyo climax supuso el asesinato de Martin
Luther King en la primavera de aquel olímpico 68. Hay que recordar que Kareem
es hijo del asfalto de Harlem, cuyas calles sufrieron una inusitada ola de
racismo y violencia en las décadas de los 40 y 50, especialmente significativo
el caso de las revueltas de 1943 en las que seis afroamericanos perdieron la
vida.
La biografía de Kareem Abdul-Jabbar arroja un
irresistible trazado entre lo social y lo intelectual, melómano, escritor,
novelista (celebradas son sus novelas basadas en Mycroft Holmes, el hermano del
más celebre detective de todos los tiempos)… todo eso complementando a un
enorme deportista quien también fue pionero en lo que ahora se conoce como
empoderamiento de los jugadores, cuando en 1974 forzó su salida de Milwaukee,
donde había sido campeón tres años antes, para volver a Los Angeles donde tan
feliz había sido bajo la tutela de John Wooden en sus años universitarios,
alegando que culturalmente no se sentía afín a la ciudad del estado de
Wisconsin, pero desvelando algo tan simple como que no era feliz en Milwaukee.
Como si ser una estrella de la NBA con una generosa cuenta corriente (sin
llegar a los sueldos actuales) bastase para obviar lo más importante, la propia
felicidad.
Con el recuerdo de la en todos los sentidos
gigantesca figura de Kareem y bajo los compases del “hard bop” de Freddie
Hubbard finalmente concilié el sueño con un objetivo fijado para el día
siguiente: escribir esta entrada.