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viernes, 2 de septiembre de 2011

REALITY BITES

El comienzo del Europeo nos vuelve a dejar muestras, una vez más, de la incapacidad de análisis sosegados, de la falta de mesura y de equilibrio aristotélico a la hora de afrontar la realidad de esta competición. Realidad falseada cuando desde el principio se quiere vender la idea de que nos encontramos ante nuestra mejor selección de la historia, sólo por algo tan peregrino como el hecho de tener seis jugadores NBA. No dudamos que es un detalle indicador de nuestra calidad, en este blog no sólo y afortunadamente no caemos en esas estúpidas guerras FIBA-NBA, si no que admitimos que la liga estadounidense es de un nivel superior, pero quien analice un poco el baloncesto europeo reciente sabe que el número de jugadores NBA en absoluto puede otorgar ningún favoritismo. Si así fuera, en los últimos años, selecciones como Francia o Eslovenia deberían haber arrasado en estos torneos, ya que eran los combinados que más jugadores de esa liga traían. Es más, si nos vamos años atrás a una selección como Serbia, vemos que sus resultados más desastrosos llegaron precisamente cuando más NBA tenían en sus filas, y sólo han comenzado una lenta pero segura resurrección hacia la elite cuando el sabio Ivkovic ha cogido las riendas creando un bloque de jóvenes talentos llenos de hambre y ambición rodeando a un único NBA, Nenad Krstic.

La deformación de la realidad continua cuando se quiere otorgar a España el único y máximo favoritismo de la competición, como denunciamos en nuestra entrada "Dear Prudence", es decir, el campeonato empieza y acaba en España, los rivales no existen, vamos a ganar el oro sin bajarnos del autobús. Una tremenda falta de humiltad, respeto, y sobre todo una peligrosa muestra de desconocimiento de la realidad sobre un campeonato como este. Así, mi grito de guerra para este Eurobasket tengo decidido que va a ser "¡Esto no es la play-station!" mientras me sigo rasgando las vestiduras viendo como los comentaristas hacen guasas, chanzas y chistes sobre los rivales y apuestan antes de cada partido sobre si vamos a ganar por más o menos de 40 puntos, para después cuando aparece el mínimo atisbo de duda, como ese partido inaugural frente a Polonia, sacar a pasear frustraciones varias y todo tipo de fobias contra jugadores en concreto, y por supuesto, contra el siempre puesto en tela de juício Sergio Scariolo, al que práticamente se le trata como un entrenador de barrio sin mérito alguno.

Pero sobre lo que quería tratar en la entrada de hoy (que posiblemente sea la última durante varios días, ya que estaré ausente un tiempo, pero eso sí, siguiendo el campeonato) es sobre la auténtica realidad de lo que a día de hoy, en el siglo XXI, es un Eurobasket.

Pepu Hernandez ya advirtió en su día, después de hacernos campeones del mundo, y sabedor de que la presión que nos iban a colocar sobre nuestras espaldas iba a ser brutal siendo anfitriones del Europeo 2007, advirtió como digo que un Eurobasket era más duro y difícil que un Mundial.

Si no has cazado el oso no vendas la piel. Pepu lo sabía.



La descomposición de las históricamente dos grandes potencias europeas, Yugoslavia y la URSS, ha permitido que finalizase la tremenda dictadura que durante décadas ejercieron estos países, pero a su vez ha traído un buen número de pequeñas potencias salidas de esos territorios que han aumentado la calidad y dificultad general de estos torneos. Por otro lado y en este Eurobasket en concreto, la ampliación a 24 selecciones nos trae, ciertamente, una mayor desigualdad entre los grandes del torneo y las llamadas "cenicientas", pero también un aumento en las posibilidades de encontrarte "trampas" por el camino, y una mayor dificultad a la hora de mantener cierto nivel de exigencia y concentración en los primeros partidos. Así estamos viendo, y puede comprobarlo el lector con sólo echar una ojeada a las estadísticas de los partidos disputados hasta el momento, que incluso en los partidos que se han resuelto con mayor facilidad, el equipo "pequeño" ha conseguido al menos ganar el último cuarto.Por no hablar de los tremendos sustos que se han llevado selecciones que tenían el partido perfectamente controlado y un exceso de relajación les ha llevado a sentir en el cogote el aliento de sus rivales, caso de España frente a Polonia o Eslovenia ayer frente a Ucrania.

Pero además, y sobre esto si es lo que queremos llamar la atención, si echamos un vistazo a la historia reciente de esta competición, comprenderemos que si España revalida el oro, merecería considerarse una tremenda hazaña y proeza, que, por desgracia, estoy convencido que no se valorará como tal.


Si echamos un vistazo a la historia de este torneo, vemos que sólo tres países han logrado revalidar el oro a lo largo de la historia. En la década de los 30 fue Lituania, siendo independiente y antes de integrarse en la URSS. Precisamente la URSS fue la gran dictadora del torneo, ganando nada menos que ocho ediciones seguidas (entre 1957 y 1971), no sólo eso, desde 1951 hasta el citado 71, durante esos 20 años, ganó todas las ediciones menos la del 55 en la que triunfó Hungría. Es decir, durante once ediciones seguidas, los soviéticos obtuvieron diez oros y un bronce. Ese dominio tiránico encontró por fin oposición en la década de los 70 gracias a una escuela yugoslava comandada por Kresimir Cosic que ganó tres ediciones consecutivas (en la primera de ellas, en Barcelona 73, nosotros "rascamos" una meritoria plata después de derrotar a la URSS en semifinales con nuestros Brabender, Luyk, Buscató, Cabrera, Ramos, Santillana, Rullán, los Sagi-Vela, etc) A partir de ahí se establecería un liderazgo en estos torneos repartido entre yugoslavos y soviéticos, pero con apariciones esporádicas de otros países (Italia o Grecia), hasta llegar a la última selección que logró ganar dos oros seguidos, Yugoslavia en el 95 y 97.


Aquella fue la última gran selección capaz de ganar dos oros seguidos, con una colección de talentos como Divac, Paspalj, Bodiroga, Danilovic o Rebraca. A partir de ahí ningún país ha logrado tal proeza, y sólo la citada Yugoslavia, en la edición siguiente disputada en Francia, logró "rascar" chapa, obteniendo el bronce ante los anfitriones, a pesar de contar con jugadores como los mencionados, incluso más la aportación de nada menos que Predrag Stokajovic. Los vigentes campeones se la pegaron contra la Italia a la postre campeona que contaba en sus filas con el todoterreno Gregor Fucka como referente. No pudieron llegar a una final en la que por cierto si estuvo la España de Lolo Sainz con un Alberto Herreros estelar que finalizaría el torneo como máximo anotador del mismo. 

Italia por tanto se presentaba como el rival a batir en la siguiente edición, la primera del siglo XXI, en Estambul. Allí la Yugoslavia de Bodiroga, Stojakovic y Jaric demostraron que el viejo orgullo "plavi" seguía intacto. La Italia que había brillado dos años antes se vió en la cuneta cuando se enfrentó a Croacia, y acabó en una lastimosa novena posición, escaso bagaje para quienes llegaban defendiendo corona. 

Dos años después, en Estocolmo, los campeones llegaban con su nueva denominación de Serbia y Montenegro, pero su talento seguía intacto, y ahí estaban los Jaric, Stojakovic, Gurovic o Drobnjak como orgullosos estandartes de su país. Demasiado orgullosos. Dos derrotas ante Rusia y ante una España en la que ya empezaba a brillar Pau Gasol, en aquel partido que comenzó a mostrar los malos modos de ciertas estrellas serbias, con Pedro Barthe gritando que había que expulsarlos del mundo, condenó a los campeones a un cruce complicado frente a una enorme Lituania que los destrozó en cuartos y les apartó de la lucha por las medallas. Acabaron sextos. Nosotros, por cierto, volvimos a sacar plata, con una selección que sin saberlo estaba germinando semilla de campeona, con nombres como Gasol, Calderón, Navarro, Felipe Reyes, Jiménez o Garbajosa. Tocaba cambio de ciclo en el baloncesto europeo, como quizás el triple de Teodosic ante nuestras narices el pasado mundial nos indica que vuelve a tocar otro, por mucho que nos duela. Esperemos que tarde en llegar, no obstante.  



Los serbios se cabrean. No estaban preparados para el bocado de realidad que les dió Pau.

La selección dominadora en aquellos momentos era una gran Lituania. Jugadores como Jasikevicius, Stombergas, Macijauskas o Siskaukas eran pura poesía baloncestística y hace que a uno se le caigan las lágrimas recordando esos momentos en los que compartían equipo. Por lo tanto el Europeo de Belgrado en 2005 se presentaba apasionante. Por un lado Serbia y Montenegro, confiando en la mano de hierro de Zelko Obradovic desde el banquillo, y con sus estrellas NBA conjuradas para volver a colocar a su país en lo más alto frente a su afición. Por otro los campeones lituanos. Parecían los dos grandes favoritos. Pues ni los unos ni los otros. Lo de Serbia, que les vamos a contar. Un desastre. En primera ronda les pasamos por encima mientras cantábamos lo de Los Nikis de "España está aplastando a Yugoslavia...", y posteriormente Francia les dejó fuera de cuartos de final. Finalizaron novenos, con un vestuario enfrentado y jugadores enemistados entre si y rumores de que llegaron a las manos en las duchas. Un polvorín. Lituania por su parte, pese a hacer una primera fase brillante e impoluta que les colocaba como claros favoritos al oro, pese a la ausencia de Jasikevicius, se la pegó estrepitosamente contra Francia en un cruce de cuartos que fue una auténtica mina en medio del camino. Entre tanto lio una pujante Grecia se alzó con el oro. En sus filas jugadores como Papaloukas, Kakiouzis, Diamantidis o Spanoulis indicaban claramente que se abría una nueva edad dorada en el baloncesto heleno. Fue la edición en la que Nowitzki nos apartó de la final, y en la lucha por el bronce nos dejamos llevar y ni competimos.

Pero en el 2007, en Madrid, los griegos sabían que tendrían un enorme obstáculo en su camino para revalidar el oro. Eramos anfitriones y llegábamos como campeones del mundo. Pepu había advertido de la dificultad del Europeo, quería huír del favoritismo. No iba a ser un camino de rosas. La derrota ante Croacia era la primera en mucho tiempo, e indicaba que no estábamos tan sobrados de gasolina. El sufrimiento y paroxismo llegó precisamente contra Grecia, en lo que es ya un cruce clásico en rondas finales de estos torneos, y que afortunadamente se viene decantando de nuestro lado. Fue una semifinal durísima que nos dejó tocados y justos de fuerzas frente a una Rusia excepcionalmente gestionada por el grandísimo e infravalorado David Blatt, que venía de tapada y se llevó el oro. Grecia por su parte no pudo con una gran Lituania en el partido por el tercer puesto. Otra selección que llegaba como campeona y se iba sin medalla.  


La delgada línea que separa el cielo del infierno. Pau tras fallar el último tiro de la final de Madrid.


Llegamos al 2009, Polonia, última edición hasta la fecha. Nuestro Eurobasket, en el que estuvimos a punto de quedarnos fuera frente a Gran Bretaña, y acabamos pasando por encima de todos los rivales. Para seguir haciendo honor a la historia, y ver lo complicado que es esto y lo poco que duran los dominios, y lo rápido que se suceden los cambios de ciclo, Rusia cayó en cuartos ante la joven y creciente Serbia. De campeones a una séptima posición en sólo dos años. Es lo que pasa cuando hablamos de un torneo como este, con una igualdad brutal (¿no querían igualdad y competitividad en el deporte?, pues aquí la tienen), con un ramillete de rivales con un nivel similar alto que hace que no se pueda ser favorito claro. No obstante, y a pesar de la historia reciente, con nuestra habitual prepotencia y falta de conocimiento de la realidad llegamos a este Europeo haciendo apuestas sobre si vamos a ganar de más de 40 o de menos. De nada vale todo lo vivido en los últimos años, y de lo que deberíamos aprender. Esto es un camino largo y tortuoso, no una alfombra roja por la que caminas hacia el oro sin que nadie te haga sudar y sacar tu mejor baloncesto. En definitiva, esto no es la play-station. 

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