lunes, 20 de junio de 2022

LA LIGA CON MÁS CORAZÓN

 


Corazón tan blanco.



El Real Madrid se adjudica la liga más especial, la de su temporada más difícil, el triunfo más épico de toda la era Laso (quizás junto a la Euroliga de 2018, inolvidable aquel discurso en el vestuario del Palacio tras acceder a la Final Four después de eliminar a Panathinaikos con factor cancha en contra) y lo hace precisamente sin Laso en el banquillo.

 

La noche después del segundo partido de una serie de semifinales relativamente plácida ante Baskonia en la que los problemas en el puesto de base ya consolidaban el atípico quinteto de Hanga-Causeur-Deck-Yabusele-Tavares y se mostraba el dominio del pívot caboverdiano hasta límites casi insultantes (16,6 puntos, 10,6 rebotes y 1,3 tapones por partido, con un brutal 67,8% en tiros de campo, 27,3 de valoración media y un +19 cada vez que ha estado en la cancha) Laso se dirigía por su propio pie al Hospital Universitario de La Moraleja aquejado de una indisposición que derivó en un infarto de miocardio. Como bien dijo el legendario base y reconocido doctor Juan Antonio Corbalán, Laso siempre fue un jugador listo y es un entrenador listo, y esa agilidad y rapidez mental le salvó la vida al comprender que algo no iba bien. La noticia nos llegaba la mañana del domingo 5 de Junio y como no podía ser de otro modo supuso un impacto en el mundo del deporte dominado aquel día por otro éxito de Rafa Nadal en Roland Garros. Las dudas se cernían sobre una plantilla madridista muy castigada durante toda la temporada por lesiones, enfermedades por Covid-19 y problemas extradeportivos ejemplificados en los castigos a Heurtel y Thompkins, a todos los efectos apartados del equipo. Pero el problema cardiaco de Laso superaba una barrera incomparable con ningún problema anterior, descubriendo la realidad del entrenador de elite como sujeto sometido a vivir bajo presión en todo momento y dejando al desnudo la fina línea que separa la vida de la muerte.

 

Sorprendió alegremente ver el mismo martes 7 de Junio al propio Laso enfilando su camino a casa, tan sólo dos días y medio después de un infarto. Buenísimas noticias que no escondían la necesidad de la prudencia y de mantener a Laso apartado de unos playoffs que tras la victoria aquella tarde en Vitoria con Chus Mateo liderando el staff técnico llevaban a los blancos a la última estación, la de las finales, a las que acabaría llegando un Barcelona dubitativo pero capaz de reponerse de su pérdida de factor cancha en el segundo partido del Palau ante un enorme Joventut. Con dos victorias en Badalona, la segunda especialmente sufrida, volvíamos a tener la final más clásica de la máxima categoría del baloncesto español, con un Barcelona arrollador durante toda la temporada, capaz de liderar la tabla tanto en ACB como en Euroliga frente a un Real Madrid al alza, con una racha desde la última derrota en el Palau ante Barcelona en la prórroga (con la polémica última jugada de la falta señalada a Poirier en la lucha con Sanli por un rebote que claramente era propiedad de Yabusele) de 15-1 con la única derrota de la final continental ante Efes por un solo punto.

 

Un Real Madrid al alza, pero diezmado. Con Llull y Abalde lesionados (el gallego si pudo al menos ayudar durante 64 segundos a su equipo), el Madrid recurría de nuevo a un quinteto que ya es histórico con Hanga de base (y aquí los blancos recogiendo el trabajo hecho por Pesic con el húngaro cuando decidió reconvertirle en esa posición), Causeur y Deck como puñales en las alas (especialmente clave que el argentino volviese a su versión más vertical y de menos posteo) y Yabusele y Tavares por dentro. El comienzo en el Palau fue deslumbrante, anotando 30 puntos en el primer cuarto y con una exuberancia en el rebote, principalmente en aro contrario, que sería la principal seña de identidad madridista durante todas las finales. Pero mediado el segundo cuarto y con 14 puntos arriba, Anthony Randolph en su defensa sobre Mirotic se torcía dejando una imagen por desgracia tantas veces vista y que nos hacía temer lo peor. Efectivamente, la confirmación llegaría al día siguiente con otra lesión de cruzados para un jugador que pocos meses antes había vuelto a las canchas después de 351 días de ausencia por una rotura del tendón de Aquiles. Llover sobre mojado, empapar sobre mojado en un jugador de una calidad tan extraordinaria como proporcional a su halo de malditismo. La cara de Llull en el banquillo lo decía todo y ensombrecía lo que parecía hasta el momento un paseo blanco en el Palacio. Pero el equipo no se descompuso e incluso en el tercer cuarto estiró las diferencias hasta acabar los primeros 30 minutos con una a priori inconcebible diferencia de 23 puntos tras anotar el jovencísimo Juan Núñez uno de sus dos tiros libres. El partido parecía sentenciado pero el Barcelona ofreció un digno último esfuerzo para con un parcial 12-0 dar vida al encuentro y arrojar pistas a Jasikevicius sobre la pareja Jokubaitis-Laprovittola como su posible mejor backcourt. Ya que por dentro los blaugranas no conseguían esa energía reclamada por el técnico lituano, al menos por fuera con este dúo veíamos al Barcelona morder en defensa, correr y penetrar por la zona rival como cuchillo en mantequilla. No obstante la renta madridista era lo suficientemente importante como para simplemente con la buena mano de Deck desde la media distancia aplacar la rebelión blaugrana, pero ese 24-14 parcial del último cuarto abría una puerta a la esperanza para un Jasikevicius quien no quiso ser especialmente duro con sus jugadores consciente de la labor de diván que le esperaba para recuperar anímicamente a su equipo para la batalla de 48 horas después.



Randolph, perseguido por la desgracia.


 

Batalla que se abría con una puesta en escena similar a la del primer partido y un Madrid que pese a las bajas, en sus jugadores disponibles mostraba una superioridad física preocupante. El Barcelona tardó tres minutos en anotar por medio de dos tiros libres de Higgins, y su primera canasta en juego (Mirotic) no llegaba hasta pasada la primera mitad del primer cuarto. El Madrid llegó a poner un 2-12 en el luminoso que hacía saltar las alarmas blaugranas, pero los locales se repusieron gracias a un Palau espectacular en el ánimo y un Mirotic majestuoso (26 puntos y 7 rebotes), en un partido polémico, con constantes fallos en el reloj de posesión y quejas airadas de los madridistas al final del encuentro, con la imagen del manotazo de Davies sobre Causeur, que acabó en triple de Higgins y técnica de Deck, en total cuatro puntos para un Barcelona que con ocho arriba a siete minutos del final parecía tener el partido en su mano, pero reaccionó el Real Madrid con un parcial de 0-8 para llegar a un desenlace igualado en el que Causeur tuvo un triple para ganar el partido después de dos ataques, uno en cada aro, en los que los blancos reclamaron disparidad de criterio con un posible 2+1 para Tavares de señalarse falta de Davies mientras que al caboverdiano si se le pitó su acción posterior sobre Higgins. Sea como fuere el partido se lo llevó un Barcelona que logró minimizar sus pérdidas de balón (8, su mejor estadística de la serie), compitió en igualdad por el rebote (empate a 39) y en el que la pareja Joku-Lapro volvió a resultar decisiva (+15 y +18 cada jugador en cancha respectivamente… por un pobre -12 de Calathes)

 

Las finales viajaban a Madrid empatadas con un equipo blanco que había demostrado mayor superioridad en el global de los 80 minutos, y pudo haber dejado sentenciado el título en el Palau. Las dudas una vez más estaban en las limitaciones de la rotación, pese a haber recuperado a Llull, 6.20 minutos en el segundo partido y Abalde llegar ya a los ocho. Todo seguía pasando por el ya clásico Hanga-Causeur-Deck-Yabusele-Tavares y la aportación de Poirier como mejor suplente. Dudas disipadas con un Madrid ofreciendo su mejor partido en defensa de las finales. El partido en el que deja al Barcelona en menos puntos (66), le provoca mayor número de pérdidas (19) y desactiva a los mejores efectivos barcelonistas, aplacando el efecto de la mencionada dupla Jokubaitis-Laprovittola, especialmente con la defensa de Taylor sobre el argentino. La superioridad en el rebote de nuevo clave (33 a 26), especialmente dolorosos los 15 en el tablero barcelonista. 

 

El Madrid conseguía tener dos “match balls” para llevarse el título, con un trabajo coral si puede llamarse así cuando hay tan pocos efectivos, pero ese quinteto titular que insisto quedará en la memoria de los aficionados había funcionado tan bien que cualquiera de los cinco jugadores podía entrar en la pelea por el MVP. Pero el partido de Tavares en la definitiva cuarta batalla reventaba cualquier aspiración posible al título individual (y siempre secundario) por parte de sus compañeros. El caboverdiano marcó el camino a la victoria con sus 25 puntos y 13 rebotes, con un 7 de 7 en tiros libres demostrando su concentración y sangre fría en uno de los pocos aspectos de su juego que podrían serle reprochados. 7 de sus rechaces fueron ofensivos, algunos de ellos casi ridículos, palmeando el balón con varios cuerpos rivales por delante hasta hacerse con la bola y dar una nueva posesión a su equipo. Alcanzó los 41 de valoración, a sólo dos de su mejor marca (en un partido intrascendente ante Zaragoza en la fase final excepcional de Valencia de 2020 cuando el Madrid ya no tenía opciones de semifinales) y su actuación vuelve a poner de relieve la importancia del pívot dominante. No creo que esa figura en algún momento desapareciese, pero es cierto que el volumen de tiros desde el exterior en el basket actual ha dejado fuera del foco a estos siete pies clásicos cuyo rango de lanzamiento se limita a la zona. En un equipo sin bases Tavares ha sido el ancla de una nave blanca que recupera el trono del basket nacional dos temporadas después, tras el título de 2019 con un MVP 42 centímetros menos que el caboverdiano: Facundo Campazzo. Laso vuelve a demostrar su capacidad de adaptación a distintos formatos baloncestísticos, el maestro de la heterodoxia.


Tavares empequeñeció a cualquier rival.


 

Algunos datos llamativos sobre la importancia del rebote en estas finales. El Real Madrid ha capturado 88 rebotes en su tablero y 53 en aro contrario, un total de 141, mientras que el Barcelona obtiene 97 en canasta propia por 37 en el madridista, es decir, 134. La diferencia no es muy grande, siete rebotes más en cuatro partidos, pero si es sustancial dicha disparidad respecto a lo que sucede en los dos tableros. Mientras que en la canasta madridista hay 125 rechaces, en el aro blaugrana la cifra aumenta hasta 150. 25 rebotes más que muestran en principio un mayor acierto ante la canasta rival del equipo de Jasikevicius frente a un Madrid más errático en el lanzamiento. El problema viene cuando comprobamos el reparto de dichos rebotes, ya que el Barcelona captura 37 de los 125 en el tablero de los de Laso, es decir, un 29,6%, pero su rival le arrebata nada menos que un 35,3%, 53 de 150. Esta diferencia porcentual de casi un 6% se traduce en un equipo madridista que ha dispuesto de un total de 292 tiros de campo por 222 del rival blaugrana. Nada menos que 70 lanzamientos más de diferencia. En tiros libros también domina el Real Madrid pero con una divergencia mucho menor de 72 a 66. El Madrid, está claro, ha dominado por dentro, no sólo con la superioridad reboteadora en aro contrario sino además con una gran producción anotadora en la zona gracias a jugadores tan verticales como Hanga, Causeur, Llull, Rudy y Deck, incluso Poirier se ha destapado como un hábil penetrador desde fuera (y como ha sufrido en defensa un mermado Sanli, cuya lesión dejaba al descubierto sus problemas de lateralidad), y por supuesto un Tavares sembrando el terror en ambos aros. Deja unas medias en estas finales de 13,5 puntos, 6,5 rebotes, 1,25 asistencias, 1 robo y 1,5 tapones, un promedio en valoración de 20 y una media de +11,5 en pista. Y sobre todo esa descomunal actuación ya citada en el partido decisivo. Su impacto cada vez que comparecía en pista parecía eclipsarlo todo… todo excepto la presencia de Pablo Laso en esos minutos finales en los que las cámaras buscaban a un hombre paradójicamente debilitado pero a la vez fortalecido en su corazón, emocionado ante la gesta de sus muchachos y sus compañeros de staff, comenzando por un Chus Mateo que engrandece la figura del técnico asistente, muy a menudo desconocido para el gran aficionado e injustamente encasillado en un rol que una vez adquirido cuesta salirse del mismo, a diferencia de, por ejemplo, la NBA, donde es frecuente ver nombres ilustres pasar de coach principal a asistente y viceversa de una temporada a otra.

 

El corazón de Laso y un Real Madrid nuevamente reinventado vuelve a latir, un Real Madrid al que volvió a llevar a la gloria después de una larga travesía en el desierto y con el que ya suma 22 títulos, igualando a Lolo Sainz, aunque todavía con tres temporadas menos. El cambio de ciclo que parecía perpetrar Jasikevicius tendrá que esperar. Un Jasikevicius injustamente señalado tras la derrota, incluso por alguno de sus jugadores, como Mirotic y sus declaraciones señalando inequívocamente a su técnico por la derrota. No se confundan, la temporada barcelonista ha sido brillante pese al resultado final. Resulta difícil evitar las comparaciones con el Madrid de Laso en 2014. Aquella temporada el equipo blanco había realizado un baloncesto sensacional, dominando las temporadas regulares de ACB y Euroliga, pero la derrota en la final continental ante Maccabi Tel Aviv y sobre todo en las finales domésticas ante el Barça de Pascual (otro al que se le dio la patada y ahora se le echa de menos), con una dinámica similar a la de este año (el Barcelona de entonces gana el primer partido en pista rival y asegura el título con sus dos partidos del Palau), dejaron en entredicho al técnico vitoriano, más fuera que dentro del club blanco durante aquel verano. Su salida hubiera significado un error histórico. Laso continuó y el resto es historia. Qué tomen nota en los despachos azulgranas.


EQUIPO.



martes, 22 de febrero de 2022

LAS OTRAS HISTORIAS DE LA COPA

 


Sito Alonso, la gran historia de la Copa



Pese a que la rivalidad entre Barcelona y Real Madrid volvió a acaparar la gran atención mediática en la final a ocho de Granada, toca reconocer el trabajo y la participación de los otros seis equipos comparecientes, cuyo juicio puede ir desde la decepción de un Valencia, caído a las primeras de cambio cuando llegaba a esta cita como la gran alternativa al poder, hasta la épica de un UCAM Murcia, precisamente verdugo de los taronja y que sólo por detrás del campeón Barcelona puede ser considerado como el gran triunfador del fin de semana.

 

Y es que los de Sito Alonso escribieron posiblemente la página más emotiva del torneo eliminando a un Valencia que partía como favorito una vez que Joan Peñarroya disponía desde hace días, por fin, de su plantilla al completo. En el cuadro universitario sin embargo las dudas eran evidentes, comenzando por el banquillo ya que tanto Sito como su segundo Oscar Lata se encontraban confinados en sus casas por covid en la víspera del torneo. Finalmente Alonso si pudo acudir a la cita, no así su asistente quien precisamente fue de la primera persona de la que el técnico murcianista se acordó en la celebración ante las cámaras de Movistar. Los pimentoneros sufrieron pese a su primorosa primera parte en la que anotaron nada menos que 52 puntos por 33 de su rival. Un parcial de… ¡21-0! volteaba el marcador tras el paso por vestuarios y encaminaba el partido a un final épico con Isaiah Taylor teniendo que dejar la cancha acalambrado después de poner el 80-81 en el marcador a menos de dos minutos para el final, al igual que Jordan Davis, quien tampoco pudo acabar el partido. Un triple de Prepelic pasaba toda la presión al UCAM, resulta con otra contestación desde el perímetro de Webb (sensacional torneo el suyo), Van Rossom falló en la réplica taronja y McFadden acabaría sentenciando desde el tiro libre en el que resultó el mejor partido de cuartos de final.

 

El esfuerzo de un UCAM que llegaba a Granada con un brote covid en su plantilla, sin haber podido entrenar con el roster al completo, y con jugadores como Taylor o Davis exhaustos y medio muertos en el banquillo, aventuraba a pensar que los de Sito Alonso no serían rival para un Barcelona que llegaba a semifinales pletórico tras pasar por encima del Manresa con un incontestable 107-70. Pese a un primer cuarto en el que los de Pedro Martínez llegaron a mandar por 10 puntos la exuberancia ofensiva de los de Jasikevicius pronto hizo trizas el sueño manresano. Las posibles señales de debilidad o cansancio por el esfuerzo del día anterior en el cuadro murciano se mostraron de salida, con un 32-16 en el primer parcial que parecía dejarnos sin semifinal. Pero los de Sito sacaron fuerzas de vaya usted a saber dónde para meterse en el partido en el segundo cuarto e incluso llegar a abrir una pequeña brecha de cinco tantos a favor finalizando el tercero (67-72) hasta que el MVP Mirotic sofocó la rebelión murciana con seis puntos seguidos. Un descomunal último cuarto de Kuric, con 11 puntos, devolvió a la realidad a un UCAM que, insistimos, tras el Barcelona es el equipo que finaliza la Copa con mejor nota.

 

Con buen sabor de boca también puede despedirse el Lenovo Tenerife. Pese a apenas tener opciones en semifinales ante un Real Madrid que realizó uno de sus partidos más completos de la temporada tanto en defensa como en ataque (brutal 14 de 26 en triples), superó el test de cuartos ante un Joventut que llegaba como cabeza de serie. Es su segunda semifinal consecutiva. No pasan de ese tope, pero no es poca cosa. Buena imagen también la de un Breogán que puso en muchos apuros al Real Madrid y sólo sucumbió por seis puntos. Valencia, como ya hemos explicado, supone la gran decepción, un poco de la mano de un Joventut que si bien no llegaba a la cita copera con tan altas expectativas como los de Peñarroya si se esperaba un mejor baloncesto verdinegro por lo visto durante el curso. No obstante hay que reconocer su gran segunda parte ante el Tenerife, tirando de casta (personificada especialmente en Joel Parra) para paliar su horrible carta de tiro especialmente desde la larga distancia (infame 4 de 27 en triples)

 

No podemos olvidarnos tampoco de la Minicopa Endesa que vuelve a coronar al Real Madrid. Es su octavo título, todos conseguidos en las últimas nueve ediciones. En esta ocasión el jugador invitado Felipe Quiñones, puertorriqueño de nacimiento, ha sido MVP pese a la descomunal final del congoleño Babel Lipasi (32 puntos y 31 rebotes, para 57 de valoración) Ambos jugadores lógicamente han integrado parte del mejor quinteto de la Minicopa, junto a Javier Viguer del Valencia, Ricardo Castilla del Betis y Diego Niebla del Joventut.


Quiñones y Lipasi, el gran duelo de la Minicopa.


 

Por nuestra parte nos despedimos con el que consideramos ha sido el mejor quinteto del fin de semana copero. 

 

ISAIAH TAYLOR (UCAM MURCIA): 18,5 pts, 3 rebs y 5 asists. 17 valoración.

 THAD MCFADDEN (UCAM MURCIA): 19 pts, 1,5 rebs y 2 asists. 16 valoración.

NIKOLA MIROTIC (BARCELONA): 16 pts, 5 rebs y 1,6 asists. 60,86% TC 23,3 val.

BRANDON DAVIES (BARCELONA): 12 pts y 3,3 rebotes. 12,33 valoración.

EDY TAVARES (REAL MADRID): 10,3 pts, 6 rebts y 2,6 tapones. 13,66 valor.

 


lunes, 21 de febrero de 2022

EL CAMPEÓN DEL ENIGMA IRRESOLUBLE




La Copa de Granada vuelve a coronar campeón al Barcelona de Jasikevicius. Es la cuarta en los últimos cinco años, la segunda con el técnico lituano en su segundo curso con los blaugrana. Ya no pueden caber dudas, Saras ha invertido la tendencia dominante del Real Madrid del mismo modo que Laso lo hizo en su día con la del Barcelona de Xavi Pascual.

 

Laso, al igual que en su día Pascual, se encuentra frente a un enigma irresoluble, quizás no tanto por indescifrable como por incapacidad de recursos. La artillería ofensiva del Barcelona sigue siendo capaz de derribar cualquier muro defensivo y cualquier triquiñuela táctica que proponga el vitoriano. Y la desplegada en esta última final de fase final de Copa del Rey ha sido sencillamente magistral, tanto que los de Jasikevicius sólo fueron capaces de anotar cinco puntos, con una sola canasta en juego durante todo el primer cuarto. Laso volvió a demostrar su valentía, heterodoxia y falta de prejuicios, renunciando al base puro con su nueva navaja suiza Abalde dirigiendo las operaciones, acompañado de Deck y Taylor como estranguladores de la circulación exterior blaugrana, Yabusele voluntarioso sobre Mirotic y Poirier cerrando cualquier intento de canasta cercana al aro, además de salir continuamente a las ayudas exteriores. Un sobresfuerzo defensivo brutal que tuvo la recompensa del 19-5 con el que los de Laso cerraban el primer acto.

 

La duda, lógica por otra parte, estaba en el peaje físico con 30 minutos por delante frente a un equipo que había anotado nada menos que 210 puntos en los dos partidos anteriores frente a Baxi Manresa y UCAM Murcia y que en cualquier momento podría despertar en ataque. Y aunque ese despertar no fue inmediato, el 10-13 parcial del segundo cuarto favorable al Barcelona demostraba que seguían en el partido. Ejercicio de supervivencia. Para el Madrid tampoco era mal plan, habían conseguido un suculento botín en los diez primeros minutos y si eran capaz de mantener el partido en esos guarismos de escaso bagaje ofensivo podían permitirse perder los tres cuartos siguientes por diferencias entre los tres y cinco puntos.

 

Pero el Barcelona salió con la lección aprendida tras el paso por los vestuarios y fue capaz de poner una marcha más a la que un Madrid de nuevo musculoso pero de ritmo pesado no fue capaz de llegar. Siete puntos blaugranas en dos minutos y medio, y además permitiéndose fallar dos tiros. La velocidad había cambiado y el golpe de timón blaugrana era evidente. Es curioso recordar como hace años era precisamente Xavi Pascual el que planteaba partidos espesos ante el Madrid de Laso y el vitoriano proponía ese cambio de ritmo que el Barcelona no podía seguir. El 17-23 favorable a los de Saras dejaba claro que el partido había cambiado y aunque los blancos seguían cinco arriba parecía que se empezaba a jugar a lo que más convenía al vigente campeón, que comparecía con una media de 105 puntos a favor en los dos partidos de cuartos y semifinales.

 

Laso al menos había conseguido mantener con vida a su equipo, había evitado el rodillo azulgrana de los anteriores duelos entre los dos grandes de nuestro baloncesto, y gracias a eso pudimos disfrutar de una final de Copa con la emoción que el acontecimiento merece. Con el necesario factor x y héroe inesperado que suele aparecer en este tipo de citas, encarnado en este caso en un joven lituano protegido por un Jasikevicius que ya fuera mentor suyo en Kaunas. Y es que Rokas Jokubaitis dinamitó el partido con nueve puntos consecutivos, un triple y dos “dos más uno” consecutivos cuando el sol más calentaba. No faltó el momento Llull, con cuatro puntos seguidos para empatar el partido a 59 cuando más peligraba el marcador para los de Laso. Sería los última producción ofensiva de los blancos, resultando especialmente dolorosa la bandeja fallada en penetración de un Deck hundido al finalizar el encuentro. Hubiera supuesto un empate a 61 que bien podía haber cambiado el resultado final certificado desde la línea de tiros libres por Mirotic y Davis. Un detalle, el de los tiros libres, que volvió a resultar significativo, no sólo por la diferencia de lanzamientos de uno y otro equipo (13 el Madrid por 24 el Barcelona) si no por el acierto frente al aro. Y es que el 7 de 13 firmado por los blancos muestra hasta qué punto llegaron a acariciar la Copa y un mayor acierto en momentos puntuales pudo hacerles levantar el trofeo. Durante los 40 minutos de la final desapareció cualquier posible atisbo de psicosis infligida por el Barcelona en las tres derrotas anteriores. Queda por dilucidar, y el tiempo lo dirá, si el resultado final vuelve a ser otro martillazo psicológico en el no hace tanto gran dominador del baloncesto ACB o los de Laso son capaces de ver el vaso medio lleno.


miércoles, 6 de octubre de 2021

LAS CANCHAS VACÍAS







Tenía pensado titular esta entrada “La vida sin Pau” pero sería injusto circunscribir la vida al baloncesto. En cierta manera la vida de Pau Gasol no ha hecho más que comenzar. Pero también es cierto que la retirada del mejor jugador de nuestra historia nos sumerge de alguna manera en un estado de orfandad, nos empuja a un vacío existencial que a corto plazo parece imposible de llenar. Hablamos de un ser humano que llevó nuestro baloncesto a una dimensión superior tanto en lo individual como en lo colectivo. 


Y aunque he optado por este título de tintes melodramáticos y melancólicos, dibujando esa añoranza crepuscular de una cancha vacía sin la imponente sombra de Pau Gasol, posiblemente nuestras pistas de baloncesto estén hoy día más llenas que nunca gracias a la influencia ejercida por Pau sobre nuestro deporte y nuestra sociedad (como si ambas cosas no debieran ir siempre unidas de la mano) y sin ir más lejos hoy mismo muchos chavales se estén preguntando qué es eso de la “triple amenaza” a la que ayer se refirió Pau en los primeros minutos de una rueda de prensa que destilaba puro amor por el baloncesto, refiriendo la anécdota de uno de los conceptos básicos que debe aprender cualquier joven jugador (la triple amenaza del bote, pase y tiro desde la misma posición)


Tiempo habrá para glosar como es debido la figura de un campeón continental y mundial de selecciones, triple medallista olímpico y ganador de dos anillos NBA con unos Los Angeles Lakers que ya han asegurado que colgarán su camiseta con el número 16 del techo del Staples Center. De momento queda fijar la tarde del 5 de Octubre de 2021 como un momento histórico para la sociedad española, momento que lejos de señalarlo como un acto de tristeza supone la celebración de toda una carrera de éxitos y hazañas que millones de españoles hemos acompañado desde nuestro anonimato. La vida baloncestística de Pau se podría resumir en algo que escribí durante el Eurobasket de 2015, cuando en el partido ante Francia el de Sant Boi llevaba dentro suyo más de 45 millones de españoles. Quizás aquel fue el momento cumbre de una carrera tan plagada de highlights que hasta parece obsceno imponer uno por encima del resto. 


En un país tan dado a fustigarse por sus defectos, en el que mirábamos de reojo hace semanas a Francia despedir al actor Jean Paul Belmondo con los honores que su figura merece, hay que congratularse por una despedida ejemplar como la de Pau en la que no se ha podido vislumbrar grieta alguna. Pau de nuevo ha vuelto a meterse entre pecho y espalda a los más de 45 millones de españoles. Esos millones de españoles que van a impedir que nuestras canchas, nuestras vidas, queden vacías.


jueves, 12 de agosto de 2021

JJOO TOKYO (II): EL BRONCE MÁS PERSEGUIDO

 



Australia, ¡por fín!



Dentro de las peculiaridades de estos JJOO 2020, una de las más llamativas ha sido ver la disputa por el bronce cerrando el torneo. No la gran final, si no el partido que dirimía que selección acompañaría a Estados Unidos y Francia en el tercer lugar del podio. Tanto Australia como Eslovenia tenían una cita con la historia, ya que cualquiera que se colgase la medalla sería su primera presea olímpica en baloncesto, claro que con una sustancial diferencia entre ambas selecciones, ya que mientras Eslovenia había disputados los primeros Juegos Olímpicos de su historia, Australia es un clásico que llevaba años persiguiendo un metal más allá del doméstico FIBA Oceanía donde no encuentra oposición. Parece increíble dado el nivel australiano de las últimas décadas, pero los “boomers” nunca habían ganado una medalla ni en mundiales ni Juegos Olímpicos. Tras tantas ocasiones perdidas, tantos momentos de rozar una gloria que finalmente se escapaba, por fin tienen un metal para ilustrar su condición de potencia baloncestística.

 

Debutantes olímpicos en sus Juegos de Melbourne de 1956 (cuando se abrió por primera vez la participación a un representante de Oceanía), donde sólo ganaron dos de sus siete partidos,  y mundialistas en Yugoslavia 1970 (sólo pudieron vencer a la República Árabe Únida para acabar con un balance 1-7), es a partir de la década de los 80 cuando comienzan a dar muestras de su potencial.

 

Los aficionados españoles que ya tengan una edad (tirando de eufemismo) recordarán aquel partido de cuartos de final en Seúl 88, cuando un prodigioso alero finalista de la NCAA con Seton Hall llamado Andrew Gaze (a la sazón segundo máximo anotador histórico olímpico de todos los tiempos, sólo superado por el brasileño Oscar Schmidt) nos hacía un descosido con sus 28 puntos para agriarnos la madrugada española y dejarnos fuera de la lucha por las medallas. Gaze fue quizás la primera gran estrella internacional del baloncesto “aussie” (con permiso de Eddie Palubinskas), liderando aquella selección en la que también estaba un jovencísimo Luc Longley, posteriormente ganador de tres anillos de la NBA en el primer “three-peat” de Jordan. Aquellas semifinales fueron el primer gran éxito del baloncesto oceánico, cayendo ante la todavía Yugoslavia de Petrovic, Kucoc, Divac y Radja, y posteriormente sufriendo la furia de los Estados Unidos de David Robinson muy dolidos en la lucha por el bronce tras caer en semifinales frente a la URSS de Sabonis. Una derrota que a la postre acabaría desencadenando la apertura de la selección estadounidense a los profesionales NBA y a la exhibición del “Dream Team” de 1992. Como dato curioso, en aquellos Juegos Olímpicos las cuatro selecciones semifinalistas fueron las mismas tanto en masculino como femenino.


Pero aunque tímidamente, lo cierto es que Australia ya había comenzado a avisar unos años antes. Se cruzaron en el camino de nuestra plata de Los Ángeles 84, cayendo en cuartos de final por 101-93 y ofreciendo una gran resistencia doblegada por las fuerzas combinadas de Fernando Martín y Epi, con 25 puntos cada uno. En aquel roster ya figuraba Andrew Gaze, con 19 años apuntando a próximo líder “aussie”, y es que dos años después, en el Mundial de España de 1986, pese a que no pudieron pasar de la primera fase por peor “basket average” que Cuba, al menos se dieron el gustazo de tumbar a la Israel de Jamchy y Berkovich con una explosión anotadora del joven Gaze, quien se fue hasta los 37 puntos. El baloncesto australiano se ponía en el mapa.


El mito Gaze, abanderado en Sydney 2000


 

Volvieron a repetir semifinales olímpicas en Atlanta 96, entre medias nunca dejaron de estar entre los ocho mejores de cada torneo (JJOO del 92 y mundiales del 90 y 94… en el mundial de Argentina a punto estuvieron de dejar fuera de la lucha por el título a Estados Unidos) y al aficionado le empezaban a resultar familiares, más allá de Gaze y Longley, nombres como los de Andrew Vlahov, Mark Bradtke, Shane Heal o Tony Ronaldson. Una nueva generación, liderada eso sí todavía por Gaze, que en Atlanta vuelve a pelear por las medallas (paliza de Estados Unidos en semifinales) y sólo un enorme Arvydas Sabonis, con 30 puntos y 13 rebotes, les vuelve a dejar fuera del podio en el partido por el bronce. Para el recuerdo quedan partidos como su aplastamiento a una crepuscular Grecia (por 41 puntos) o la victoria en cuartos de final ante la Croacia de Kukoc y Radja que aún lloraba la pérdida de Drazen Petrovic en accidente de tráfico tres años antes. Comenzaba un cicló olímpico ilusionante que debía desembocar en Sydney 2000, donde poder intentar de nuevo el asalto por la medalla en esta ocasión como anfitriones. Sin embargo el mundial de Grecia en 1998 suponía un pequeño paso atrás, fuera de los cuartos de final y con Gaze cediendo el testigo de máximo anotador por primera vez en muchos torneos a un compañero, el base Shane Heal. No todo eran malas noticias, en 1997 una selección sub22 se alzaba con un torneo mundial (ganando entre otros equipos a un combinado español con jugadores como Berni Hernández, Carlos Jiménez o Jorge Garbajosa, posteriormente campeones del mundo en 2006) La Francia de Rigaudeau en semifinales y la Lituania de Jasikevicius en el partido por el bronce volvía dejarles fuera del podio. Cambio de siglo pero todo seguía igual en el baloncesto australiano, que comenzaba a etiquetarse como eterno medallista olímpico. Habían sido los últimos Juegos Olímpicos del mito Andrew Gaze.

 

No clasificados para el mundial de Indianapolis de 2002, Atenas 2004 les dejaba fuera de las semifinales olímpicas por primera vez desde 1996, despidiéndose además con una abultada derrota ante sus vecinos de Nueva Zelanda. Pero lejos de apuntar a un posible ocaso del baloncesto australiano, incapaz de volver a competir sin la figura de Gaze y sus exuberancias anotadoras, estos Juegos resultarían fundamentales para el futuro de los “boomers”, ya que habituados a ser una selección basada en el juego exterior pero sin argumentos en la zona, en su roster aparecían dos jóvenes pívots que invitaban al optimismo de que la selección oceánica podría resolver su puesto más deficiente, hablamos de David Andersen (ganador de tres euroligas) y Andrew Bogut (campeón de la NBA en 2015 con Golden State), mientras que en el exterior la aparición de jugadores como Matt Nielsen aseguraba la pervivencia del peligro australiano desde el perímetro. Bogut precisamente había sido el líder absoluto de otro de los grandes éxitos del baloncesto de su país, llevándole a la medalla de oro en el mundial junior de Grecia en 2003. Fue tal el impacto que acabaría siendo número 1 del draft de la NBA de 2005.

 

Bogut, con sólo 21 años,  lideraría a Australia en el mundial de 2006, donde no pasarían de la novena plaza. David Andersen, por entonces ya en el CSKA Moscú, se recuperaba de una lesión, y ojo, el técnico Brian Goorjian convocaba a la preselección a un joven base con descendencia aborigen que ya daba mucho que hablar en su país llamado Patrick Mills. No pasó el corte definitivo y hubo que esperar al FIBA Oceanía de 2007 para verlo en torneo internacional absoluto, llegando a ser el máximo anotador de Australia en los Juegos de 2008, donde a pesar de no pasar de cuartos de final (aplastados por Estados Unidos), un roster en el que había jóvenes jugadores como Mills, Bogut o Joe Ingles, hacía prever un futuro competitivo. A los de Goorjian les condenaba su mal inicio frente a Croacia y Argentina, llevándoles a un cruce imposible ante el mejor equipo estadounidense de todos los tiempos después del Dream Team del 92, pero sus contundentes victorias para cerrar la fase de grupos ante Rusia y Lituania dejaban claro que su torneo había sido brillante.

 

En Londres 2012 de nuevo las dos primeras derrotas (ante Brasil y España) les condenan a la cuarta plaza, pese a tener mejor average general que los de Scariolo, pero derrotados en el duelo directo ven a España alcanzar la tercera plaza de grupo mientras que la selección entrenada entonces por Brett Brown se las veía de nuevo con unos Estados Unidos que les impedían alcanzar las semifinales. No obstante se seguían sucediendo las buenas noticias en baloncesto de formación, con las platas sub17 en los mundiales de 2012 y 2014. Dante Exum lideraba el primero de ambos rosters,  y se vislumbraba como la nueva gran promesa del baloncesto australiano junto a Ben Simmons, un año menor pero también fundamental en aquella plata de Kaunas.  

 

En el mundial de España 2014 sufrieron un particular “angolazo”, perdiendo frente a los africanos en la última jornada de la fase de grupos, cayendo a la tercera posición y evitando lo que hubiera sido un triple empate con Lituania (a los que habían ganado de 7) y Eslovenia (con quienes perdieron de 10) Hubo sospechas de dejadez australiana, que ganaban a los angoleños 42-21 al descanso, y con la derrota evitaban a Estados Unidos en caso de haber avanzado a cuartos de final… cosa que no sucedió porque Turquía con dos triples finales de Preldzic culminaba una remontada para eliminar a los de Andrej Lemanis por 65-64. Australia no se metía entre los ocho mejores, pese a que jugadores NBA como Dellavedova o Baynes iban ganando en importancia en el combinado “aussie” que ya comenzaba a ganarse el respeto de todos los rivales independientemente de los resultados finales.

 

Y así llegamos al último lustro donde más cerca han estado los “boomers” de rascar chapa, y en ambas ocasiones con España como particular bestia negra. En Río 2016 los “aussies” metían miedo. Ganaron con solvencia a Francia y Serbia en la fase de grupos (además de cumplir con China y Venezuela que fueron trámites), sólo perdieron con Estados Unidos después de dominar gran parte del encuentro y no salirse nunca del partido (acabaron perdiendo por 10) Aplastaron a Lituania en cuartos de final, pero Serbia se cobró venganza en semifinales, de nuevo su particular Rubicón. Quedaba por dilucidar si al menos lograrían subirse al podio, despedirse de los Juegos con una victoria en el último partido, ante una dubitativa España que había desarrollado una vez más su particular crecimiento a lo largo del torneo, mejorando a cada partido pero que tampoco pudo con Estados Unidos en semifinales. El partido no pudo ser más igualado, con 19 cambios de liderato en el marcador y 14 veces empatados. El final ya es historia de la selección española, con la defensa final de Ricky Rubio y Claver para desbaratar el último ataque australiano y hacer buenos los 31 puntos y 11 rebotes de Pau Gasol (38 de valoración) en la que es hasta el momento última medalla olímpica del baloncesto español. Más doloroso si cabe para Australia fue lo sucedido en el último mundial, cuando después de dos prórrogas España obtenía el billete para la final en un encuentro absolutamente colosal, un monumento al baloncesto. Francia les dejaba de nuevo sin medalla en un partido de puro músculo donde después de no haber bajado de los 80 puntos en ningún duelo los de Lemanis no eran capaces de anotar siquiera 60 puntos. Se repetía la historia, Australia nos enamoraba a todos los aficionados pero no les veíamos subirse al podio.


Río 2016 y el mundial de China con España como bestia negra.


 

2021 ha sido otra historia, con el regreso de Goorjian al banquillo y una madurez absoluta en el juego de Patrick Mills erigido como auténtico líder de una selección con varios nombres NBA, y donde a los ya clásicos Ingles, Baynes o Dellavedova se unen nuevos valores como Jock Landale o un Matisse Thybulle enorme en el partido por el bronce. Tokyo 2020 ha sido la consagración del baloncesto australiano, llevándose el bronce y finalizando con un balance de 5-1. Sólo Estados Unidos, a partir de un tercer cuarto magistral (32-10 de parcial para los de Popovich) les hizo morder el polvo. A la cuarta semifinal olímpica por fin fue la vencida para una selección que apunta a permanecer en la élite, sobre todo si por fin Ben Simmons se anima a acudir a un gran torneo tras sus renuncias a los últimos mundiales y JJOO.

 

El caso de Eslovenia sin embargo, y tirando del chascarrillo habitual, podemos decir que estaba en las antípodas de los australianos. Siendo su histórica primera participación en unos Juegos pueden considerar estas semifinales un éxito, aunque parecieran no tener techo gracias a la dimensión de un descomunal Doncic, que en su primer partido olímpico se fue hasta los 48 puntos, empatando la segunda mejor marca anotadora de todos los tiempos del torneo, la de precisamente un australiano, Eddie Palubinskas, quien los logró en Montreal 76 en un duelo inolvidable frente al México de Arturo Guerrero. Para Doncic nunca existe el futuro, sólo piensa en destrozar el presente, como demostró en el pre-olímpico de Kaunas, donde pasó por encima de todos sus rivales, incluyendo la Lituania de Valanciunas y Domantas Sabonis que asistieron a otro recital del ogro con cara de niño quien firmó un triple doble de 31 puntos, 11 rebotes y 13 asistencias en uno de los templos del baloncesto como es el Zalgirio Arena. Se ha hablado mucho de ese Doncic frustrado y gruñón durante todo el torneo. Olviden todo eso. Quédense con que están siendo testigos de auténtica historia de este deporte cada vez que ese tipo salta a una cancha. Sobre todo teniendo en cuenta que Eslovenia, a diferencia de Australia y su nula oposición en el baloncesto oceánico, no va a tener nada fácil repetir en unos Juegos Olímpicos. 


Doncic tendrá que esperar. Thybulle, enorme en defensa.






sábado, 7 de agosto de 2021

JJOO TOKYO 2020 (I) USA Y FRANCIA TRIUNFADORES




Toca hacer repaso de la competición masculina de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Tokyo. Como no habíamos escrito ni una línea al respecto y hay mucho que tratar, intentaremos hacerlo en distintas entradas, en formato de pequeño serial, que no es cosa de aburrir al lector ni quemarnos escribiendo varias horas seguidas. No vamos a detenernos demasiado en sentimentalismos por otro lado siempre necesarios en este y cualquier deporte sobre fines de ciclo y despedidas de competiciones de selecciones internacionales a personajes como Luis Scola, Marc Gasol y por encima de todo Pau Gasol, el hombre que cambió para siempre nuestro baloncesto y quien si bien no ha podido despedirse como le hubiera gustado, luchando por las medallas, al menos ha conseguido el objetivo de llegar hasta unos Juegos Olímpicos disputados un año más tarde de lo previsto (de haber sido el año pasado quizás Pau no hubiera podido llegar pese a ser un año más joven) tras dos temporadas en las que parecía casi un jugador retirado. Y no vamos a detenernos en estos temas porque jugadores como Scola o Pau Gasol merecen espacio aparte y en la medida de lo posible lo tendrán. Comenzaremos desde el final hasta el principio, empezando por el oro estadounidense hilando hasta la fase de grupos. Oro conseguido en la gran final ante una Francia que les derrotara precisamente en la primera jornada de esa primera fase. En condiciones normales hablaríamos de cerrar un círculo, ley del eterno retorno, pero ha sido todo tan extraordinario en estos juegos que el último partido del torneo no ha sido para dirimir el campeón, si no para otorgar el bronce a la selección de Australia. Curioso, pero teniendo en cuenta que Tokyo 2020 se ha disputado en 2021 casi que es lo de menos.


USA cumple con los pronósticos.

Aquella derrota inaugural del roster de Popovich sirvió para activar las alarmas y demostrar la vulnerabilidad de unos Estados Unidos que ya venían señalados por sus derrotas ante Nigeria y Australia en los preparatorios para los Juegos, además de llegar con la espina clavada de su eliminación en cuartos de final en el Mundial 2019 precisamente ante Francia, convirtiéndose así el equipo de Collet en la única selección capaz de vencer dos veces seguidas a Estados Unidos en competición internacional desde que acuden con jugadores profesionales de la NBA. No es poco honor y deja a las claras el momento actual del baloncesto galo posterior a Tony Parker (y Diaw), pero en eso ya nos detendremos posteriormente. Lo cierto es que esa primeriza derrota pareció despertar al equipo de Popovich, invicto desde entonces y que si bien no ha arrasado a sus rivales como hicieran anteriores escuadras USA (anteriores escuadras evidentemente con mayor calidad que la actual) ha ganado el oro con indiscutible solvencia, sobreponiéndose a erráticos comienzos de partido (o quizás más bien a espléndidos comienzos de los rivales) y siendo muy superiores a partir del segundo cuarto. No fue el caso de Irán en la segunda jornada (masacrados ya con un 28-12 en el primer parcial), pero si el de una luchadora República Checa que llegó casi a doblar a los de Popovich en el primer cuarto (12-21 a los 7 minutos de partido) para acabar perdiendo de 35 puntos. Sumados a los 54 de diferencia frente a Irán quedaba claro que Estados Unidos caía como mejor segunda en el primer bombo, sin posibilidad de enfrentarse a los mejores terceros (Alemania y Argentina) y con Italia o España en perspectiva. Tocaron los de Scariolo, incapaces de resolver el test de Eslovenia en un partido que parecía encarrillado (un triple de Rudy Fernández nos ponía 12 arriba a los 3 minutos del tercer cuarto) pero condenados por la incapacidad de cerrar el rebote (hasta 15 rechaces ofensivos capturaron los eslovenos, quienes se fueron a un total de 51 rebotes) llegando a un final igualado en el que primero Abalde, fallando un lanzamiento triple central con 1 abajo a 19 segundos del final y posteriormente Ricky errando otro lateral que hubiera empatado el partido a 10 segundos del cierre, no encontraron aro ante una Eslovenia cómoda en el agujero defensivo de la zona española (tremendo el último cuarto de Mike Tobey con 10 puntos y 6 rebotes, dos de sus canastas tras capturar rebotes ofensivos) Doncic, bien desactivado por la defensa española, especialmente en el trabajo individual de Claver (“sólo” 12 puntos con 2 de 7 en tiros de campo… y 6 de 11 en libres, pero con 14 rebotes y 9 asistencias) aumentaba su leyenda con 16 partidos vistiendo la elástica absoluta eslovena sin conocer la derrota (los 9 del Eurobasket 2017 cuando acabaron campeones invictos, los 4 del pre-olímpico de Kaunas, donde fueron un rodillo, y los tres de la primera fase de Tokyo) España recibía el castigo de enfrentarse a unos Estados Unidos a los que no esperaban ni deseaban en una ronda tan temprana como cuartos de final. Después de haber caído ante los padres del baloncesto en las impresionantes finales de 2008 y 2012 (sin duda dos de los mejores partidos de la historia de nuestro baloncesto… y diría que de todo el baloncesto internacional de selecciones), y de haberles plantado más cara todavía en las semifinales de 2016, la mejor generación del baloncesto español tenía otra oportunidad para rellenar el expediente con una de sus pocas faltas, la de vencer a unos Estados Unidos con los que nunca se llegaron a enfrentar en los oros mundiales de 2006 y 20019. Pero los de Popovich volvieron a cumplir con el guión. Perdieron el primer cuarto (21-19), se mantuvieron en el segundo (empate a 43 para encarrilar los vestuarios al descanso) y afrontaron el partido en un tercer cuarto en el que España estuvo casi seis minutos sin encestar en juego, hasta que Ricky Rubio anotó un triple para poner un 52-65 ya complicado para España. El mismo Ricky que había mantenido a duras penas a nuestra selección con seis tiros libres anotados minutos antes, y el mismo Ricky que nos mantuvo hasta el final. 38 puntos, record de anotación individual en un partido olímpico con la camiseta española, pero que resultaron estériles ante unos Estados Unidos que tuvieron que recurrir de nuevo al mejor Durant (29 puntos con 10 de 17 en tiros de campo) para meterse en las lucha por las medallas y despedir a los hermanos Gasol del combinado nacional. Popovich se deshizo posteriormente en rueda de prensa en elogios a un valiente Scariolo (recordemos como con 37 segundos por disputarse en el segundo cuarto ordena un ataque rápido en vez de agotar posesión para que podamos disputar de dos lanzamientos, por mucho que ambos fueran fallados por Llull y Ricky respectivamente) Estados Unidos fue superior, como lo fue ante todos los combinados comparecientes, en todo caso España debe lamentarse del mal final ante Eslovenia y la derrota estadounidense ante Francia que propició esa segunda plaza yanqui desembocando en ese 50% de posibilidades de enfrentarnos a los grandes favoritos al oro. Australia esperaba en semifinales después de aplastar a una Argentina que también lleva años destilando olor a despedida y aroma de fin de ciclo, pero consumado ya con el adiós del grandísimo Scola. Después de sobrevivir a los Ginobili, Nocioni y compañía, el bueno de Luisfa dejaba la albiceleste a los mismos 41 años de Pau Gasol. El mismo día tocaba despedir a dos gigantes de la canasta. El equipo del “Oveja” Hernández no fue rival para los oceánicos, cayendo de 38 puntos ante los de Oceanía. No ha sido un buen torneo para los gauchos, muy inferiores ante Eslovenia y España en las dos primeras jornadas de competición. Precisamente en los minutos finales de la derrota ante los de Scariolo un calculador Hernández recordaba en tiempo muerto a sus jugadores que podrían clasificarse como terceros, como así fue después de los 20 puntos de renta obtenidos ante un anfitrión Japón que más allá de los destellos de los NBA Watanabe y Hachimura poco más han ofrecido. El aficionado europeo lleva años viendo a los australianos quedarse a las puertas de medallas en mundiales o Juegos Olímpicos. Acostumbrados a arrasar en el FIBA Oceania, donde sólo Nueva Zelanda les discute el dominio de vez en cuando (de hecho ya las últimas ediciones el campeón continental lo dirimen ambos países en una eliminatoria al mejor de tres partidos), hemos visto como subirse al podio suponía un particular Rubicón para los “boomers”, en dos ocasiones consecutivas con protagonismo español (les quitamos el bronce en Río 2016 y la sufrida victoria en la prórroga del mundial 2019 que les condena a luchar por un tercer puesto que se acaba llevando Francia) Ya hablaremos en la próxima entrega de su meritorio bronce en el retorno de Brian Goorijan al banquillo “aussie”, pero su foco en semifinales no estaba exento del morbo de recordar cómo habían ganado semanas antes 91-83 a los de Popovich en partido preparatorio en Las Vegas. Pero Estados Unidos no se apartó del guión previsto. Gran comienzo del rival (18-24 para Australia en el primer cuarto), supervivencia en el segundo acto (42-43, un punto abajo al descanso), y destrozar al enemigo tras el paso por vestuarios (32-10 en el tercer parcial) Australia acababa claudicando por 19 puntos y Durant sumaba otros 23 puntos y 9 rebotes para seguir consolidándose como el jugador más decisivo del torneo. Y así llegamos a una final en cierto modo previsible ante una Francia que después de dar la sorpresa en la primera jornada ante los posteriormente campeones no dio opciones ni a Chequia (victoria 77-97) ni Irán (otro triunfo, 62-79) para pasar como primeros de grupo. Italia en cuartos aguantó hasta el descanso (42-43, un punto abajo) pero el 12-21 del tercer cuarto encarriló el partido para los de Collet. La semifinal ante Eslovenia se presentaba intensa, incierta, como uno de los posibles mejores partidos del torneo, y no defraudó. Doncic había subido a 17 su número de victorias, exento de derrotas, con la camiseta de su país, después de aplastar sin piedad a Alemania (pasaban como mejor tercero con sólo una victoria sobre Nigeria) por 24 puntos. El astro esloveno rozaba el triple doble (20 puntos, 8 rebotes y 11 asistencias) y se aliaba con la exhibición anotadora de Zoran Dragic, 27 puntos con un letal 5 de 7 en triples. El Francia-Eslovenia fue, no podía ser de otro modo, un partido igualado con final a cara o cruz en el que al margen de la decisiva jugada final (el tapón de Batum a un Prepelic cuyo arrojo en el “clutch” deja claro que pese a los galones que pueda tener Doncic el jugador de Dallas sabe delegar en sus compañeros), los de Collet fueron ligeramente superiores. Tras la exhibición en el preolímpico de Kaunas y las dos primeras victorias indiscutibles ante Argentina y Japón el rodillo esloveno se ha ido diluyendo (a la par que aumentaba el cansancio y frustración en fondo y forma de un Doncic cada vez más enfrentado con el mundo) y el nivel de dificultad ha ido subiendo. España fue un aviso, y superado el débil escollo alemán Francia les devolvió a la realidad. Durante todo el último cuarto los subcampeones estuvieron por delante en el marcador. Un triplazo de Prepelic a medio minuto del final (después de sacarle la quinta falta a Fournier en ataque en su defensa a media pista) ponía el 90-89 con mínimo dos posesiones por jugar, una por equipo. Francia desaprovechó la suya con un lanzamiento fallado por De Colo en el “mid range” ante la defensa del siempre elástico Tobey. El siguiente ataque esloveno figura ya en la historia del baloncesto olímpico. Doncic sube la bola y después de apoyarse en el bloqueo de Tobey juega con Prepelic que desde el triple penetra con la marca de un Batum que le cierra el camino a la canasta con uno de los mejores tapones de este torneo. El alero de Clippers (al igual que tantas veces ha demostrado nuestro Rudy Fernández) dejaba claro que se puede ser igual de decisivo en el “clutch” en defensa como en ataque. Francia volvía a una final olímpica 21 años después, desde Sydney, donde también esperaba Estados Unidos, la tercera de su historia (su primera final la jugaron en 1948 ante, como no, Estados Unidos)

Un tapón para la historia.

Mucho se había hablado de la derrota (83-76) en la primera jornada del equipo estadounidense ante Francia, queriendo revelar debilidades en el cuadro de Popovich que alentasen la posibilidad de que no se colgasen el oro y de que, en este caso, fuera Francia, el otro finalista, quien subiese a lo más alto del podio y repitiese las victorias del mundial 2019 y primera fase de Tokyo 2020. Pero Estados Unidos se mantuvo fiel a su guión de consistencia y crecer a lo largo del partido. Lo ajustado del marcador (82-87 para USA) no deja lugar a dudas de la resistencia gala, pero lo cierto es que desde el 15-12 francés a dos minutos del final del primer cuarto los de Popovich siempre mandaron en el marcador. No llegaron a romperlo definitivamente, pero las diferencias entre 8 y 10 puntos (llegaron a tener 14 con el 57-71 del minuto 29) que manejaron durante toda la segunda parte dejaban claro que no iban a repetir los errores de la primera jornada, con fallos en las marcas exteriores (fruto en parte de los dobles marcajes a Gobert en la zona) y fallos incomprensibles (ese resbalón de Lillard) que dieron vida a una Francia que daba la sorpresa. No hubo lugar a ello en el partido por el oro, y pese a que pueda parecer que el triunfo estadounidense no tenga el brillo de otras ocasiones (y repetimos, no puede compararse este roster con aquellos en los que Durant compartía pista con los Kobe Bryant o LeBron James en los tiempos de “Coach K” Krzyzewski) hay que darle el mérito que corresponde. Precisamente porque, como en 2019, volvía a ser un Estados Unidos batible, con deficiencias en el juego interior y sin apenas pívots puros (sólo Adebayo y Green como falsísimo pívot… tema aparte Javale McGee, ese extraño elemento que sigue aumentando su palmarés sin apenas pisar parquet, pese a que justo es reconocer que siempre produce en sus pocos minutos… 7,2 puntos por 4 minutos en este torneo por partido) La decisión de convocar a Holiday, Middleton y Booker sin apenas preparación y recién acabadas las finales NBA también tenía un punto controvertido, y de hecho los dos segundos han estado muy por debajo de su nivel. No ha sido el caso de Holiday, jugador fundamental para Popovich precisamente para paliar cualquier carencia defensiva que su equipo pudiera dejar entrever en la cancha. El base de Milwaukee ha vuelto a demostrar que ha sido uno de los jugadores más infravalorados del planeta baloncestístico en los últimos años, abnegado atrás, ayudando en el rebote, pero sabiendo salir a campo abierto cuando la situación lo requería y mirando el aro y repartiendo juego. Ha sido el máximo asistente de los campeones, el segundo jugador más utilizado por Popovich tras Durant, el tercer anotador por detrás del propio Durant y Tatum, y ojo, el tercer mejor reboteador por detrás de Adebayo y Durant… siendo un base. No ha sido un ensamblaje fácil el de las piezas para Popovich, que se resarce del fracaso de 2019 y se cuelga un oro olímpico. Es el cuarto entrenador en la historia que lo hace habiendo sido campeón de la NBA, uniéndose a un club en el que figuraban Chuck Daly, Lenny Wilkens y Rudy Tomjanovich. Claro que entre los tres citados suman los mismos anillos (cinco) que los obtenidos por el técnico de San Antonio Spurs. En los primeros párrafos comentábamos la particularidad de que Francia es la única selección que ha sido capaz de ganar dos veces consecutivas a Estados Unidos desde que en sus convocatorias aparecen jugadores NBA. No es algo tan importante como colgarse su tercera plata olímpica, pero si demuestra que esta plata no es casualidad. En este 2021 de despedidas (las referidas de Scola y los Gasol en Tokyo… o las de Felipe Reyes y Spanoulis en baloncesto de clubes) Francia se consolida como el país europeo que mejor trabaja este deporte. Nos hemos hartado de decir que frente a la mejor generación del baloncesto español de la historia, el país vecino igualmente presentaba la suya, y si no llegaban más alto en el podio correspondiente solía ser precisamente por culpa de España. Retirado Parker, el base europeo que más lejos ha llegado nunca en la NBA, sin Diaw, compañero de vestuario y anillo de campeón con Tony en San Antonio, la selección francesa del incombustible Collet (en el cargo desde 2009, después de que el octavo puesto en el Eurobasket 2007 sumiese al baloncesto galo en una crisis debido a sus ausencias en los JJOO de 2008 y el Eurobasket de aquel mismo 2009) demuestra una salud actual envidiable. Igual que el río de Heráclito en el que es imposible sumergirse dos veces, o recordando la paradoja del barco de Teseo que va sustituyendo todas y cada una de sus piezas hasta que no quede ninguna original, las generaciones deportivas nunca son del todo puras, convergen entre ellas, y así hemos visto crecer a los ahora veteranos Batum, Heurtel, De Colo o Fournier al amparo de aquellos Parker y Diaw. Iban llegando los jóvenes, los Poirier o Gobert, ahora ya también veteranos y núcleo duro. Han ido apareciendo los Yabusele, Ntilikina o Luwawu-Cabarrot, y así en una cantera inagotable que nos podría llevar hasta la figura en lontananza de Victor Wembanyaba, la próxima gran esperanza gala y una de las grandes promesas de todo el baloncesto continental. El trabajo que se está haciendo en el país vecino es tremendo, y los frutos están ahí, tanto a nivel de clubes (el Mónaco vigente campeón de la Eurocup y con billete para Euroliga junto al Asvel) como de selección (esta reciente plata olímpica), con un baloncesto muy identificable en el que se logra conjugar la exuberancia física de sus jóvenes talentos con el aprendizaje técnico. Es justo reconocer en esto también la figura y el legado de Tony Parker, con su actual academia en Lyon. El histórico jugador sabe bien de la importancia de potenciar estos proyectos de base, siendo él mismo un exponente del INSEP francés, el instituto público para la excelencia y el alto rendimiento deportivo donde el MVP de las finales NBA de 2007 coincidió entre otros con Boris Diaw o Ronny Turiaf. En los Juegos Olímpicos por norma una plata, para cualquier equipo que no sea Estados Unidos, puede bien considerarse un oro (como fue nuestro caso en 2008 y 2012) y así debe ser con esta Francia, cuyo éxito en estos Juegos hay que ponerlo al mismo nivel que el del equipo de un Popovich sobre quien la mínima duda respecto a su capacidad para gestionar este deporte al más alto nivel debería desnudar en todo caso la incapacidad del aficionado que presente dicho planteamiento. Estados Unidos ha cumplido los pronósticos en un camino cuya dificultad precisamente debe engrandecer su mérito, al igual que el de Francia. En la próxima entrega tocará hablar del bronce australiano y su también enorme torneo. Hasta entonces.

Popovich consuela a De Colo. La grandeza de los campeones.

miércoles, 4 de agosto de 2021

GRANDES ESPERANZAS

 



La era de Anteto.



Hay en la biografía de Giannis Antetokounmpo algo dickensiano, como si fuera uno de esos personajes que de manera tan hábil supo retratar el novelista inglés en el siglo XIX. Vidas surgidas en la miseria pero capaces de medrar socialmente en un entorno difícil, como bien refleja la obra “Grandes esperanzas”, en la que un huérfano aprendiz de herrero se acaba convirtiendo en caballero. Por mucho que se haya querido exagerar la vida del jugador griego, cayendo en la hipérbole sobre la dureza de su infancia como vendedor ambulante, no se puede negar que estamos ante una de las historias más hermosas que nos ha regalado el baloncesto del siglo XXI, culminando, por el momento, ya que hablamos de un deportista que tan sólo tiene 26 años, en la consecución del anillo de campeón de la NBA refrendado con un indiscutible MVP basado en unas medias terroríficas de 35.2 puntos, 13.3 rebotes, 5 asistencias, 1.8 tapones y 1.2 robos de balón con un 61,8% en tiros de campo. Una salvajada para un tipo llamado a llevar al baloncesto a otra dimensión, una en la que es justo situarle en el debate sobre el mejor europeo en la historia de la NBA, y es que ningún otro jugador de nuestro continente puede decir que ha sido dos veces MVP de temporada, MVP de las finales, Mejor Defensor de la temporada, y ganador del anillo. Y repetimos, con 26 años.

 

Lejana queda la obscenidad que llegó a sufrir en sus carnes cuando al recibir, por fin, después de años pateándose las calles de su Atenas natal dedicándose en ocasiones incluso como hemos recordado a la venta ambulante, la nacionalidad del país que le vio nacer, Grecia, el líder neonazi del partido Golden Dawn se descolgó con unas declaraciones que no deberían tener cabida en una sociedad como la nuestra. “Si a un chimpancé le das una banana y una bandera griega en el zoológico, ¿eso le convierte en griego?” llegaron a decir desde la bancada fascista. Todo esto hablando de un adolescente hijo de inmigrantes nigerianos. La crueldad expresada en su grado más sumo sobre un joven que, como expresa en la inscripción de la suela de sus zapatillas, es el legado de su padre fallecido (“I am my father’s legacy”)

 

Antetokounmpo es uno de esos jugadores bendecidos por los dioses del baloncesto a partir de un imponente molde físico que le hizo destacar desde la segunda división griega, donde en el modesto Filathlitikos y siendo todavía menor de edad era capaz de hacer de todo, incluso jugar de base. Cuentan que Larry Drew, su primer entrenador en Milwaukee, antes de conocerle en persona calculó que no debía medir más de 1,85 tras ver su manejo de balón en vídeos. Posteriormente a las órdenes de Jason Kidd, uno de los mejores bases de la historia, volvió a las posiciones exteriores demostrando que el apodo de “The Greek Freek” no era en vano, pero ha sido en las últimas tres temporadas, jugando cerca del aro y dejando la dirección del juego a bases contrastados como Eric Bledsoe y sobre todo Jrue Holiday cuando el dominio del griego le ha llevado al lugar al que estaba predestinado. Ganar el anillo.

 

Ha sido precisamente el cambio de Holiday por Bledsoe el movimiento maestro para que el equipo de Budenholzer haya pasado de equipo aspirante a real y tangible campeón. Holiday, un tipo muy querido en la liga (la temporada pasada recibió el premio Twyman-Stokes como mejor compañero de equipo y este curso ha sido galardonado con el Joe Dumars a la deportividad), es pura élite defensiva en la NBA. Un base capaz de defender cuatro posiciones, a quien hemos visto secar a Devin Booker en el sexto y definitivo partido (8 de 22 en tiros de campo) y que deja una de las jugadas clave de las finales con el robo al propio Booker en el quinto, con 120-119 para los Bucks y posesión de Phoenix para consumar una remontada (llegaron a estar 14 abajo pocos minutos antes) que no llegó cuando quedaban sólo 16 segundos para el final. Un robo de balón que derivó en un estratosférico alley oop de Anteto servido por el propio Holiday . El base de Chatsworth firmó 9.3 asistencias por partido, el mejor de las finales en ese apartado, además de ser el  máximo recuperador con 2.2 robos por choque. Fueron las únicas principales estadísticas no dominadas por su compañero Giannis, máximo anotador, reboteador y taponador de las series.

 

Khris Middleton ha sido el tercer hombre clave en la franquicia de Wisconsin. Desde LeBron James en 2007 no se veía un jugador más seguro en el “clutch” en las series de post-temporada. Su fiabilidad en el tiro exterior y el “mid range” ha sido fundamental cuando en los finales de partido las defensas más se cerraban sobre Antetokounmpo. Middleton ya tiene estatus de estrella, pero su carrera se ha movido habitualmente por debajo del radar desde que fuera elegido en segunda ronda del draft por unos Detroit Pistons que no supieron ver su potencial (apenas jugó 27 partidos en la MoTown antes de verse involucrado en un trade que llevaba a Brandon Jennings a Detroit), su perfil parecía limitarse al de un “glue guy”, abnegado jugador de equipo que poco a poco ha ido destapando su capacidad anotadora hasta explotar en estos “play offs” con un rendimiento calculado para responder cuando su equipo más le necesitaba, como en la remontada ante Brooklyn, anotando 30.5 puntos por partido en las dos noches en las que el astro griego estuvo ausente por lesión y el pesimismo se había instalado en la bancada de Wisconsin. Y es que excepto en la serie ante Miami, saldada con un barrido de 4-0 (quien sabe cuál hubiera sido el discurrir de la serie si el propio Middleton no hubiera sellado la primera victoria a medio segundo del final de la prórroga de aquel primer partido de play offs… por si fuera poco Holiday, quien si no, taponaba un desesperado lanzamiento de Butler ya fuera de tiempo en la jugada siguiente ), en el resto de eliminatorias los del siempre cuestionado Budenholzer han comenzado por debajo. Ante Brooklyn tuvieron que remontar un 2-0 y un 3-2, Atlanta comenzó ganando la final del Este, y Phoenix llegó a ponerse 2-0 en las recientes finales por el título.

 

Ese 2-0 de los de Arizona basado en la imponente asociación en el “pick and roll” entre Paul y Ayton (22 puntos y 19 rebotes para el pívot de Bahamas en su primera aparición en unas finales) deja la sensación de oportunidad perdida para unos Phoenix Suns que no obstante han sido la gran revelación de la temporada, y en los que el tutelaje de la veteranía de Chris Paul ha maridado de manera certera con la juventud de los Booker, Bridges o Ayton, todos por debajo de los 25 años, la edad justa que tiene Cameron Johnson, otra de las grandes esperanzas del equipo de Monty Williams. Veremos si Phoenix son realmente el futuro o vuelven a ser un caso similar al de Miami, que presentándose en las finales el pasado curso de manera sorprendente con un roster también muy joven sin embargo esta temporada no han sido capaces de superar la primera ronda. En el caso de Phoenix hay que poner en valor también su gran temporada regular (segunda mejor marca con 51-21, sólo una derrota menos que Utah, y muy por encima del 44-29 con el que Miami acabaron quintos en el Este en 2020) y unas eliminatorias en las que antes de llegar a las finales sólo cedieron cuatro partidos ante ambos equipos angelinos, dos ante Lakers y dos ante Clippers, barriendo a los Denver Nuggets del MVP Jokic por 4-0.  El curso de la franquicia de Arizona por tanto no merece otro calificativo que el de sobresaliente. 

 

Pero el presente es de Milwaukee y de Antetokounmpo. El héroe dickensiano que ha alcanzado esa gloria a la que estaba destinado pero le parecía esquiva. Giannis dibuja un baloncestista nuevo, al que los siempre presentes “haters” tratarán de restar méritos aludiendo a su molde físico como único valor cuando en realidad hablamos de un jugador en constante progreso (en el partido definitivo firma un imponente 17 de 19 en tiros libres cuando era una de las mayores aristas de su juego), inconformista, ambicioso y tan competitivo que ha sido capaz de poner el mundo del baloncesto a sus pies con sólo 26 años (¿hace falta recordar de nuevo que Jordan tuvo que esperar a los 28 para ganar su primer anillo?)  Giannis refiere como decimos un baloncestista nuevo y total capaz de ser igual de demoledor a ambos lados de la cancha. Las dos imágenes icónicas que nos deja en estas finales le muestran primero colocando un tapón sobrehumano sobre Ayton a 1.14 del final del cuarto partido evitando una canasta segura que hubiera puesto la igualdad en el marcador. En la segunda le vemos hundiendo el aro tras el robo y asistencia de Holiday para sentenciar el quinto encuentro a falta de 13 segundos. Dos acciones descomunales en los dos lados de la cancha para remontar las series, poner el 3-2 en el global y viajar a Milwaukee con una oportunidad de cerrar las finales que no dejaron escapar.

 

Cada uno de los 50 puntos anotados por Antetokounmpo en el sexto partido justifican la desorbitada extensión de contrato firmada desde la franquicia para con su estrella finalizada la temporada 2020. “Esta es mi casa”, respondía entonces el griego, demostrando una fidelidad no tan habitual a día de hoy en una NBA en la que el movimiento de estrellas entre clubes llega a resultar mareante. A Giannis le han sabido rodear del contexto ideal donde lograr explotar su atómico poder, apostando igualmente por jugadores capaces de unir talento con estajanovismo (Holiday y Middleton) o simplemente lo segundo (Tucker o Connaughton) Y esto es lo que hace este triunfo de Milwaukee tan especial, revelando un quinteto titular en el que sólo la veterana estrella Brook Lopez (máximo anotador histórico de la franquicia de Nets, precisamente una de sus víctimas en post-temporada) presenta en su biografía un pick realmente alto en el draft (número 10 en 2008) Jrue Holiday, un 17 en 2009 por unos Philadelphia con los que a pesar de llegar a ser all star sufrió el interminable proceso de reconstrucción de los 76ers, siendo una de las primeras víctimas traspasado a New Orleans donde las lesiones y un retiro temporal para cuidar de su esposa embarazada y diagnosticada con un tumor cerebral le apartaron del foco. Middleton, ya lo hemos explicado, un segunda ronda cuya primera temporada la pasó mayormente en la liga de desarrollo, como segunda ronda fue también un P.J. Tucker al que vimos curtirse sus primeras temporadas como profesional en ligas europeas (Ucrania, Israel,  Italia, Alemania, Grecia…), y en el medio de todo el imponente Antetokounmpo, aquel chaval sin papeles cuyo nombre comenzaba a aparecer en las libretas de los más avezados ojeadores europeos, pero también norteamericanos, dejando con la miel en los labios al Zaragoza y a la ACB, ya que el equipo maño había pagado por los derechos continentales del jugador 200000 euros. Milwaukee no se lo pensó y pagó la cláusula de salida (un millón de dólares) a la NBA para incorporar a aquel espigado jovenzuelo de 18 años ipso facto. Con esa insultante juventud debutaba en la mejor liga del baloncesto del mundo, apenas cuatro minutos para anotar su primer punto, un tiro libre, frente a los New York Knicks. Ocho años han pasado entre aquel primer punto y los 50 de su histórico sexto partido. Ocho años de grandes esperanzas por fin cumplidas.



Un tapón para la historia.