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martes, 10 de enero de 2012

ALL THE YOUNG DUDES

“All the young dudes
 Carry the news
Bugaloo dudes
Carry the news” 

(“All the young dudes”, Mott The Hoople, escrita por David Bowie)  

Rick Adelman con impagable estética 70's dirigiendo a los Kansas City Kings, allá por el 75.


A estas alturas de la recién comenzada temporada de la NBA creo que muchos coincidirán conmigo en que un nombre está sonando por encima de todos para el aficionado español. Lógicamente estamos hablando de Ricky Rubio y su deslumbrante comienzo de temporada, superando ampliamente las expectativas que pudiéramos tener depositadas en él incluso los más acérrimos seguidores y defensores del prodigioso base de El Masnou.   

Con poco más de dos semanas desde el inicio de la liga, y ya nada menos que nueve partidos en tan corto periodo de tiempo (esta noche décimo encuentro, tercer partido consecutivo en tres días en su mini-gira por el Este, en esta ocasión frente a unos candidatos al título como los Chicago Bulls comandados por el actual MVP Derrick Rose), parece buen momento para analizar la impactante andadura del mágico jugador español de 21 años en la mejor liga del mundo, así como este bisoño pero atractivo equipo de los lobos grises de Minnesota. Plantel que a buen seguro se ha metido ya en la mayoría de los hogares españoles en estas frías noches de invierno.  

Ricky hasta en la sopa, mejor que se vayan acostumbrando.


Hay muchas razones para considerar a los T-wolves como uno de los equipos de moda de la NBA, una de las escuadras a seguir, todo eso teniendo claro que por razones obvias la derrota será norma habitual en la casa. Para empezar, y trascendiendo incluso al aficionado nacional (no olvidemos que su nombre ha sido incluido en el “ballot” para el All Star Game, señal inequívoca del impacto mediático en los propios Estados Unidos producido por el chaval), está el condicionante Ricky Rubio. El juego del catalán gusta al buen aficionado, sea español, estadounidense, o surcoreano. Ricky transmite esa sensación de libertad y fantasía, ese espíritu anárquico casi más próximo al play-ground que al baloncesto de alta competición, pero siempre dentro de un orden intacto, canónico. Una explosión de caos dentro de un hermoso cosmos. Con Ricky la ortodoxia y la heterodoxia se dan la mano y conviven en armonía. El resultado no puede ser otro: el aficionado se engancha irremediablemente a su juego. 

En el banquillo, nuestro base internacional se ha encontrado con otro personaje cuyo nombre evoca esencias de buen juego para cualquier seguidor de la NBA: Rick Adelman. El veterano entrenador, quien en su día fuera también un buen base de carrera NBA en la primera mitad de los 70, enamoró a más de medio mundo baloncestístico con aquellos irrepetibles Sacramento Kings de comienzos de siglo XXI, cuando teniendo a su lado como asistente a todo un mito y Hall of Fame como Pete Carril (quien aún continúa en Sacramento) tomó las riendas de un equipo de potros salvajes y desbocados cuyos nombres recuerda cualquier aficionado. Jayson Williams primero, y Mike Bibby después, tenían libertad para jugar a velocidad de crucero y hacer correr a Doug Christie, Pedja Stojakovic, Chris Webber y Vlade Divac, convirtiéndose en el equipo favorito de cualquier aficionado imparcial no resultadista que se acercaba a este deporte con la sana intención de disfrutar de un buen espectáculo. Tanto fue así que la prestigiosa Sports Illustrated consideró aquel equipo de Sacramento como “The greatest show on court”, y realmente lo eran. No ganaron ningún título, pero si algo mucho más importante. En unos años en los que la calidad del juego había bajado notablemente y se había impuesto la defensa, el músculo y el hormigón armado, los Kings de Adelman reconciliaron a la NBA con lo que siempre debería ser, espectáculo por encima de todo. Posiblemente el Madrid de Laso tampoco gane nada este año, pero como ya hemos comentado por aquí, su triunfo ya es una realidad al apostar por un juego vistoso que lejos de echar espectadores de las canchas, como ha sucedido con muchos entrenadores de renombre, hace al aficionado sentirse feliz cada vez que enfila hacía el Palacio de Los Deportes sabedor de que independientemente del resultado se encontrará con un espectáculo digno de la que dice ser mejor liga de Europa.  

El mayor espectáculo del mundo.


Como para arropar aún más al 9 de los Wolves, Adelman tiene a su lado como brazo derecho a Terry Porter, quienes muchos recordarán formando un estupendo backcourt junto al gran Clyde Drexler, en aquellos Trail Blazers que llegaron dos veces a las finales con otros jugadores inolvidables como el espigado alero Jerome Kersey o el malogrado y ya fallecido pívot Kevin Duckworth, el entrañable “Pato” con el 00 en la camiseta y siempre unos visibles problemas de peso. Toda una garantía por lo tanto para Ricky sentirse tutelado por dos genuinos play-makers  exponentes de las últimas décadas del baloncesto profesional estadounidense en la posición de base.  

Porter, Duckworth y Drexler, un equipo inolvidable.


En estos nueve partidos la tónica general para el base español han sido las buenas actuaciones, rozando en ocasiones la excelencia, como contra Miami, Dallas o Washington, actuaciones realmente descollantes. Cierto es que le queda mucho por mejorar, que su ratio asistencias/perdidas, siendo aceptable para un base novato, es muy susceptible de progreso, y que en defensa cada vez le veremos atreverse más, meter más la mano, ir más al choque… ya le hemos visto sacar varias faltas personales en ataque, ir al rebote ofensivo, incluso poner dos tapones. Ricky es pura NBA, lo cual es decir que es puro baloncesto. 

Hay muchos más ingredientes que hacen de los actuales Timberwolves un equipo realmente atractivo. Ese Sansón llegado de las playas californianas de Santa Mónica que responde al nombre de Kevin Love, que con sólo 23 años se ha convertido en una bestia de hacer dobles-dobles, un martillo pilón al poste y un cada vez mejor tirador exterior. En definitiva un jugador del que asusta pensar donde puede estar su techo. Sobrino del vocalista de los Beach Boys, Mike Love, quien junto a Al Jardine representan la cara amable de la mítica banda de pop en contrapunto con los hermanos Wilson, unos genios cuyos demonios y vicisitudes se pasean desde las drogas hasta el satanismo, dejando a unos Jagger y Richards como auténticas monjas ursulinas.  

All the young wolves: Love, Ricky y Williams.


El equipo de Adelman hace una decidida apuesta por la juventud y el futuro, en un roster plagado de jugadores menores de 25 años. El apático y gris Ridnour parece un tipo anacrónico con sus 30 años, como ese típico personaje que vuelve a su bar favorito de juventud pasados unos años y de repente no reconoce a nadie y se encuentra fuera de sitio. El eléctrico Barea y el extraño Tolliver, ambos con 27, y el ciclotímico Milicic con 26, parecen los primos mayores de Zumosol de esta camada de lobeznos que muerde a dentellada limpia con Ricky y Love, además del explosivo Derrick Williams, un fantástico forward novato de 20 años cuya conexión con nuestro base copa habitualmente los high-lights de cada jornada. Pintan bien las cosas para el futuro de los lobos grises si son capaces de centrar al bulímico fumeta Michael Beasley, uno de esos jugadores que parecen vivir ajenos a la calidad que atesoran. También hay que esperar más de un swingman con tanta clase como el jugador de segundo año Wes Johnson, fino tirador y buen complemento de equipo que debería aparecer más en ataque.   

Ricky, en buenas manos.


Esta es básicamente la pandilla de Ricky, unos muchachos que visten la camiseta del peor equipo NBA de los últimos tiempos. Una franquicia que en las dos últimas temporadas ha ganado 32 partidos por 132 derrotas, y que de repente encuentra motivos para disfrutar jugando al baloncesto, contagiados por un chaval de 21 años que con 14 ya debutaba en la mejor liga de Europa, que con 16 años era profesional y jugaba Euroliga, que con 17 años ha sido el medallista olímpico más joven de toda la historia del baloncesto… el Bobby Fisher de las canchas, quien, como el genial ajedrecista cuando aseguraba que había que sortear aleatoriamente el orden de las piezas al comienzo de cada partida para romper lo establecido y avanzar en un juego ya demasiado guionizado, necesitaba romper la monotonía y afrontar excitantes nuevos retos. Los lectores de este blog ya sabrán de nuestra devoción absoluta por Ricky, a quien antaño dedicamos dos entradas, aquella en la que nos congratulábamos de su decisión de ir a la mejor liga del mundo, y otra en la que recordábamos una de las más grandes hazañas en la biografía de este mito deportivo de 21 años. Seguro que habrá más, muchas más, esto no acaba si no de empezar, y El Tirador espera estar aquí para contárselo, a pesar de las horas de sueño que nos está costando. 





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