domingo, 28 de agosto de 2022
EUROBASKET POWER RANKINGS (I)
lunes, 20 de junio de 2022
LA LIGA CON MÁS CORAZÓN
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| Corazón tan blanco. |
El Real Madrid se adjudica la liga más especial, la
de su temporada más difícil, el triunfo más épico de toda la era Laso (quizás
junto a la Euroliga de 2018, inolvidable aquel discurso en el vestuario del
Palacio tras acceder a la Final Four después de eliminar a Panathinaikos con
factor cancha en contra) y lo hace precisamente sin Laso en el banquillo.
La noche después del segundo partido de una serie de
semifinales relativamente plácida ante Baskonia en la que los problemas en el
puesto de base ya consolidaban el atípico quinteto de
Hanga-Causeur-Deck-Yabusele-Tavares y se mostraba el dominio del pívot
caboverdiano hasta límites casi insultantes (16,6 puntos, 10,6 rebotes y 1,3
tapones por partido, con un brutal 67,8% en tiros de campo, 27,3 de valoración
media y un +19 cada vez que ha estado en la cancha) Laso se dirigía por su
propio pie al Hospital Universitario de La Moraleja aquejado de una
indisposición que derivó en un infarto de miocardio. Como bien dijo el
legendario base y reconocido doctor Juan Antonio Corbalán, Laso siempre fue un
jugador listo y es un entrenador listo, y esa agilidad y rapidez mental le
salvó la vida al comprender que algo no iba bien. La noticia nos llegaba la
mañana del domingo 5 de Junio y como no podía ser de otro modo supuso un
impacto en el mundo del deporte dominado aquel día por otro éxito de Rafa Nadal
en Roland Garros. Las dudas se cernían sobre una plantilla madridista muy
castigada durante toda la temporada por lesiones, enfermedades por Covid-19 y
problemas extradeportivos ejemplificados en los castigos a Heurtel y Thompkins,
a todos los efectos apartados del equipo. Pero el problema cardiaco de Laso
superaba una barrera incomparable con ningún problema anterior, descubriendo la
realidad del entrenador de elite como sujeto sometido a vivir bajo presión en
todo momento y dejando al desnudo la fina línea que separa la vida de la
muerte.
Sorprendió alegremente ver el mismo martes 7 de
Junio al propio Laso enfilando su camino a casa, tan sólo dos días y medio
después de un infarto. Buenísimas noticias que no escondían la necesidad de la
prudencia y de mantener a Laso apartado de unos playoffs que tras la victoria
aquella tarde en Vitoria con Chus Mateo liderando el staff técnico llevaban a
los blancos a la última estación, la de las finales, a las que acabaría
llegando un Barcelona dubitativo pero capaz de reponerse de su pérdida de
factor cancha en el segundo partido del Palau ante un enorme Joventut. Con dos
victorias en Badalona, la segunda especialmente sufrida, volvíamos a tener la
final más clásica de la máxima categoría del baloncesto español, con un
Barcelona arrollador durante toda la temporada, capaz de liderar la tabla tanto
en ACB como en Euroliga frente a un Real Madrid al alza, con una racha desde la
última derrota en el Palau ante Barcelona en la prórroga (con la polémica
última jugada de la falta señalada a Poirier en la lucha con Sanli por un
rebote que claramente era propiedad de Yabusele) de 15-1 con la única derrota
de la final continental ante Efes por un solo punto.
Un Real Madrid al alza, pero diezmado. Con Llull y
Abalde lesionados (el gallego si pudo al menos ayudar durante 64 segundos a su
equipo), el Madrid recurría de nuevo a un quinteto que ya es histórico con
Hanga de base (y aquí los blancos recogiendo el trabajo hecho por Pesic con el húngaro
cuando decidió reconvertirle en esa posición), Causeur y Deck como puñales en las
alas (especialmente clave que el argentino volviese a su versión más vertical y
de menos posteo) y Yabusele y Tavares por dentro. El comienzo en el Palau fue
deslumbrante, anotando 30 puntos en el primer cuarto y con una exuberancia en
el rebote, principalmente en aro contrario, que sería la principal seña de
identidad madridista durante todas las finales. Pero mediado el segundo cuarto
y con 14 puntos arriba, Anthony Randolph en su defensa sobre Mirotic se torcía
dejando una imagen por desgracia tantas veces vista y que nos hacía temer lo
peor. Efectivamente, la confirmación llegaría al día siguiente con otra lesión
de cruzados para un jugador que pocos meses antes había vuelto a las canchas
después de 351 días de ausencia por una rotura del tendón de Aquiles. Llover
sobre mojado, empapar sobre mojado en un jugador de una calidad tan
extraordinaria como proporcional a su halo de malditismo. La cara de Llull en
el banquillo lo decía todo y ensombrecía lo que parecía hasta el momento un
paseo blanco en el Palacio. Pero el equipo no se descompuso e incluso en el tercer
cuarto estiró las diferencias hasta acabar los primeros 30 minutos con una a
priori inconcebible diferencia de 23 puntos tras anotar el jovencísimo Juan
Núñez uno de sus dos tiros libres. El partido parecía sentenciado pero el
Barcelona ofreció un digno último esfuerzo para con un parcial 12-0 dar vida al
encuentro y arrojar pistas a Jasikevicius sobre la pareja
Jokubaitis-Laprovittola como su posible mejor backcourt. Ya que por dentro los
blaugranas no conseguían esa energía reclamada por el técnico lituano, al menos
por fuera con este dúo veíamos al Barcelona morder en defensa, correr y
penetrar por la zona rival como cuchillo en mantequilla. No obstante la renta
madridista era lo suficientemente importante como para simplemente con la buena
mano de Deck desde la media distancia aplacar la rebelión blaugrana, pero ese
24-14 parcial del último cuarto abría una puerta a la esperanza para un
Jasikevicius quien no quiso ser especialmente duro con sus jugadores consciente
de la labor de diván que le esperaba para recuperar anímicamente a su equipo
para la batalla de 48 horas después.

Randolph, perseguido por la desgracia.
Batalla que se abría con una puesta en escena
similar a la del primer partido y un Madrid que pese a las bajas, en sus
jugadores disponibles mostraba una superioridad física preocupante. El
Barcelona tardó tres minutos en anotar por medio de dos tiros libres de
Higgins, y su primera canasta en juego (Mirotic) no llegaba hasta pasada la
primera mitad del primer cuarto. El Madrid llegó a poner un 2-12 en el luminoso
que hacía saltar las alarmas blaugranas, pero los locales se repusieron gracias
a un Palau espectacular en el ánimo y un Mirotic majestuoso (26 puntos y 7
rebotes), en un partido polémico, con constantes fallos en el reloj de posesión
y quejas airadas de los madridistas al final del encuentro, con la imagen del
manotazo de Davies sobre Causeur, que acabó en triple de Higgins y técnica de
Deck, en total cuatro puntos para un Barcelona que con ocho arriba a siete
minutos del final parecía tener el partido en su mano, pero reaccionó el Real
Madrid con un parcial de 0-8 para llegar a un desenlace igualado en el que
Causeur tuvo un triple para ganar el partido después de dos ataques, uno en
cada aro, en los que los blancos reclamaron disparidad de criterio con un
posible 2+1 para Tavares de señalarse falta de Davies mientras que al
caboverdiano si se le pitó su acción posterior sobre Higgins. Sea como fuere el
partido se lo llevó un Barcelona que logró minimizar sus pérdidas de balón (8,
su mejor estadística de la serie), compitió en igualdad por el rebote (empate a
39) y en el que la pareja Joku-Lapro volvió a resultar decisiva (+15 y +18 cada
jugador en cancha respectivamente… por un pobre -12 de Calathes)
Las finales viajaban a Madrid empatadas con un
equipo blanco que había demostrado mayor superioridad en el global de los 80
minutos, y pudo haber dejado sentenciado el título en el Palau. Las dudas una
vez más estaban en las limitaciones de la rotación, pese a haber recuperado a
Llull, 6.20 minutos en el segundo partido y Abalde llegar ya a los ocho. Todo
seguía pasando por el ya clásico Hanga-Causeur-Deck-Yabusele-Tavares y la
aportación de Poirier como mejor suplente. Dudas disipadas con un Madrid
ofreciendo su mejor partido en defensa de las finales. El partido en el que
deja al Barcelona en menos puntos (66), le provoca mayor número de pérdidas
(19) y desactiva a los mejores efectivos barcelonistas, aplacando el efecto de
la mencionada dupla Jokubaitis-Laprovittola, especialmente con la defensa de
Taylor sobre el argentino. La superioridad en el rebote de nuevo clave (33 a
26), especialmente dolorosos los 15 en el tablero barcelonista.
El Madrid conseguía tener dos “match balls” para
llevarse el título, con un trabajo coral si puede llamarse así cuando hay tan
pocos efectivos, pero ese quinteto titular que insisto quedará en la memoria de
los aficionados había funcionado tan bien que cualquiera de los cinco jugadores
podía entrar en la pelea por el MVP. Pero el partido de Tavares en la
definitiva cuarta batalla reventaba cualquier aspiración posible al título
individual (y siempre secundario) por parte de sus compañeros. El caboverdiano
marcó el camino a la victoria con sus 25 puntos y 13 rebotes, con un 7 de 7 en
tiros libres demostrando su concentración y sangre fría en uno de los pocos
aspectos de su juego que podrían serle reprochados. 7 de sus rechaces fueron
ofensivos, algunos de ellos casi ridículos, palmeando el balón con varios cuerpos
rivales por delante hasta hacerse con la bola y dar una nueva posesión a su
equipo. Alcanzó los 41 de valoración, a sólo dos de su mejor marca (en un
partido intrascendente ante Zaragoza en la fase final excepcional de Valencia
de 2020 cuando el Madrid ya no tenía opciones de semifinales) y su actuación
vuelve a poner de relieve la importancia del pívot dominante. No creo que esa figura
en algún momento desapareciese, pero es cierto que el volumen de tiros desde el
exterior en el basket actual ha dejado fuera del foco a estos siete pies
clásicos cuyo rango de lanzamiento se limita a la zona. En un equipo sin bases
Tavares ha sido el ancla de una nave blanca que recupera el trono del basket nacional
dos temporadas después, tras el título de 2019 con un MVP 42 centímetros menos
que el caboverdiano: Facundo Campazzo. Laso vuelve a demostrar su capacidad de
adaptación a distintos formatos baloncestísticos, el maestro de la heterodoxia.

Tavares empequeñeció a cualquier rival.
Algunos datos llamativos sobre la importancia del
rebote en estas finales. El Real Madrid ha capturado 88 rebotes en su tablero y
53 en aro contrario, un total de 141, mientras que el Barcelona obtiene 97 en
canasta propia por 37 en el madridista, es decir, 134. La diferencia no es muy
grande, siete rebotes más en cuatro partidos, pero si es sustancial dicha
disparidad respecto a lo que sucede en los dos tableros. Mientras que en la
canasta madridista hay 125 rechaces, en el aro blaugrana la cifra aumenta hasta
150. 25 rebotes más que muestran en principio un mayor acierto ante la canasta
rival del equipo de Jasikevicius frente a un Madrid más errático en el
lanzamiento. El problema viene cuando comprobamos el reparto de dichos rebotes,
ya que el Barcelona captura 37 de los 125 en el tablero de los de Laso, es
decir, un 29,6%, pero su rival le arrebata nada menos que un 35,3%, 53 de 150.
Esta diferencia porcentual de casi un 6% se traduce en un equipo madridista que
ha dispuesto de un total de 292 tiros de campo por 222 del rival blaugrana.
Nada menos que 70 lanzamientos más de diferencia. En tiros libros también
domina el Real Madrid pero con una divergencia mucho menor de 72 a 66. El
Madrid, está claro, ha dominado por dentro, no sólo con la superioridad reboteadora
en aro contrario sino además con una gran producción anotadora en la zona
gracias a jugadores tan verticales como Hanga, Causeur, Llull, Rudy y Deck,
incluso Poirier se ha destapado como un hábil penetrador desde fuera (y como ha
sufrido en defensa un mermado Sanli, cuya lesión dejaba al descubierto sus
problemas de lateralidad), y por supuesto un Tavares sembrando el terror en ambos
aros. Deja unas medias en estas finales de 13,5 puntos, 6,5 rebotes, 1,25
asistencias, 1 robo y 1,5 tapones, un promedio en valoración de 20 y una media
de +11,5 en pista. Y sobre todo esa descomunal actuación ya citada en el
partido decisivo. Su impacto cada vez que comparecía en pista parecía
eclipsarlo todo… todo excepto la presencia de Pablo Laso en esos minutos
finales en los que las cámaras buscaban a un hombre paradójicamente debilitado
pero a la vez fortalecido en su corazón, emocionado ante la gesta de sus
muchachos y sus compañeros de staff, comenzando por un Chus Mateo que
engrandece la figura del técnico asistente, muy a menudo desconocido para el
gran aficionado e injustamente encasillado en un rol que una vez adquirido
cuesta salirse del mismo, a diferencia de, por ejemplo, la NBA, donde es
frecuente ver nombres ilustres pasar de coach principal a asistente y viceversa
de una temporada a otra.
El corazón de Laso y un Real Madrid nuevamente
reinventado vuelve a latir, un Real Madrid al que volvió a llevar a la gloria
después de una larga travesía en el desierto y con el que ya suma 22 títulos,
igualando a Lolo Sainz, aunque todavía con tres temporadas menos. El cambio de
ciclo que parecía perpetrar Jasikevicius tendrá que esperar. Un Jasikevicius
injustamente señalado tras la derrota, incluso por alguno de sus jugadores,
como Mirotic y sus declaraciones señalando inequívocamente a su técnico por la
derrota. No se confundan, la temporada barcelonista ha sido brillante pese al
resultado final. Resulta difícil evitar las comparaciones con el Madrid de Laso
en 2014. Aquella temporada el equipo blanco había realizado un baloncesto
sensacional, dominando las temporadas regulares de ACB y Euroliga, pero la
derrota en la final continental ante Maccabi Tel Aviv y sobre todo en las
finales domésticas ante el Barça de Pascual (otro al que se le dio la patada y
ahora se le echa de menos), con una dinámica similar a la de este año (el
Barcelona de entonces gana el primer partido en pista rival y asegura el título
con sus dos partidos del Palau), dejaron en entredicho al técnico vitoriano,
más fuera que dentro del club blanco durante aquel verano. Su salida hubiera
significado un error histórico. Laso continuó y el resto es historia. Qué tomen
nota en los despachos azulgranas.
martes, 22 de febrero de 2022
LAS OTRAS HISTORIAS DE LA COPA
| Sito Alonso, la gran historia de la Copa |
Pese a que la rivalidad entre Barcelona y Real
Madrid volvió a acaparar la gran atención mediática en la final a ocho de
Granada, toca reconocer el trabajo y la participación de los otros seis equipos
comparecientes, cuyo juicio puede ir desde la decepción de un Valencia, caído a
las primeras de cambio cuando llegaba a esta cita como la gran alternativa al
poder, hasta la épica de un UCAM Murcia, precisamente verdugo de los taronja y
que sólo por detrás del campeón Barcelona puede ser considerado como el gran
triunfador del fin de semana.
Y es que los de Sito Alonso escribieron posiblemente
la página más emotiva del torneo eliminando a un Valencia que partía como
favorito una vez que Joan Peñarroya disponía desde hace días, por fin, de su
plantilla al completo. En el cuadro universitario sin embargo las dudas eran
evidentes, comenzando por el banquillo ya que tanto Sito como su segundo Oscar
Lata se encontraban confinados en sus casas por covid en la víspera del torneo.
Finalmente Alonso si pudo acudir a la cita, no así su asistente quien
precisamente fue de la primera persona de la que el técnico murcianista se
acordó en la celebración ante las cámaras de Movistar. Los pimentoneros
sufrieron pese a su primorosa primera parte en la que anotaron nada menos que
52 puntos por 33 de su rival. Un parcial de… ¡21-0! volteaba el marcador tras
el paso por vestuarios y encaminaba el partido a un final épico con Isaiah
Taylor teniendo que dejar la cancha acalambrado después de poner el 80-81 en el
marcador a menos de dos minutos para el final, al igual que Jordan Davis, quien
tampoco pudo acabar el partido. Un triple de Prepelic pasaba toda la presión al
UCAM, resulta con otra contestación desde el perímetro de Webb (sensacional
torneo el suyo), Van Rossom falló en la réplica taronja y McFadden acabaría
sentenciando desde el tiro libre en el que resultó el mejor partido de cuartos
de final.
El esfuerzo de un UCAM que llegaba a Granada con un
brote covid en su plantilla, sin haber podido entrenar con el roster al
completo, y con jugadores como Taylor o Davis exhaustos y medio muertos en el
banquillo, aventuraba a pensar que los de Sito Alonso no serían rival para un
Barcelona que llegaba a semifinales pletórico tras pasar por encima del Manresa
con un incontestable 107-70. Pese a un primer cuarto en el que los de Pedro
Martínez llegaron a mandar por 10 puntos la exuberancia ofensiva de los de
Jasikevicius pronto hizo trizas el sueño manresano. Las posibles señales de debilidad
o cansancio por el esfuerzo del día anterior en el cuadro murciano se mostraron
de salida, con un 32-16 en el primer parcial que parecía dejarnos sin semifinal.
Pero los de Sito sacaron fuerzas de vaya usted a saber dónde para meterse en el
partido en el segundo cuarto e incluso llegar a abrir una pequeña brecha de
cinco tantos a favor finalizando el tercero (67-72) hasta que el MVP Mirotic
sofocó la rebelión murciana con seis puntos seguidos. Un descomunal último
cuarto de Kuric, con 11 puntos, devolvió a la realidad a un UCAM que,
insistimos, tras el Barcelona es el equipo que finaliza la Copa con mejor nota.
Con buen sabor de boca también puede despedirse el
Lenovo Tenerife. Pese a apenas tener opciones en semifinales ante un Real
Madrid que realizó uno de sus partidos más completos de la temporada tanto en
defensa como en ataque (brutal 14 de 26 en triples), superó el test de cuartos
ante un Joventut que llegaba como cabeza de serie. Es su segunda semifinal
consecutiva. No pasan de ese tope, pero no es poca cosa. Buena imagen también
la de un Breogán que puso en muchos apuros al Real Madrid y sólo sucumbió por
seis puntos. Valencia, como ya hemos explicado, supone la gran decepción, un
poco de la mano de un Joventut que si bien no llegaba a la cita copera con tan
altas expectativas como los de Peñarroya si se esperaba un mejor baloncesto
verdinegro por lo visto durante el curso. No obstante hay que reconocer su gran
segunda parte ante el Tenerife, tirando de casta (personificada especialmente
en Joel Parra) para paliar su horrible carta de tiro especialmente desde la
larga distancia (infame 4 de 27 en triples)
No podemos olvidarnos tampoco de la Minicopa Endesa
que vuelve a coronar al Real Madrid. Es su octavo título, todos conseguidos en
las últimas nueve ediciones. En esta ocasión el jugador invitado Felipe
Quiñones, puertorriqueño de nacimiento, ha sido MVP pese a la descomunal final del
congoleño Babel Lipasi (32 puntos y 31 rebotes, para 57 de valoración) Ambos
jugadores lógicamente han integrado parte del mejor quinteto de la Minicopa,
junto a Javier Viguer del Valencia, Ricardo Castilla del Betis y Diego Niebla
del Joventut.
Quiñones y Lipasi, el gran duelo de la Minicopa.
Por nuestra parte nos despedimos con el que
consideramos ha sido el mejor quinteto del fin de semana copero.
ISAIAH TAYLOR (UCAM MURCIA): 18,5 pts, 3 rebs y 5
asists. 17 valoración.
NIKOLA MIROTIC (BARCELONA): 16 pts, 5 rebs y 1,6
asists. 60,86% TC 23,3 val.
BRANDON DAVIES (BARCELONA): 12 pts y 3,3 rebotes.
12,33 valoración.
EDY TAVARES (REAL MADRID): 10,3 pts, 6 rebts y 2,6
tapones. 13,66 valor.
lunes, 21 de febrero de 2022
EL CAMPEÓN DEL ENIGMA IRRESOLUBLE
La Copa de Granada vuelve a coronar campeón al
Barcelona de Jasikevicius. Es la cuarta en los últimos cinco años, la segunda
con el técnico lituano en su segundo curso con los blaugrana. Ya no pueden
caber dudas, Saras ha invertido la tendencia dominante del Real Madrid del
mismo modo que Laso lo hizo en su día con la del Barcelona de Xavi Pascual.
Laso, al igual que en su día Pascual, se encuentra
frente a un enigma irresoluble, quizás no tanto por indescifrable como por
incapacidad de recursos. La artillería ofensiva del Barcelona sigue siendo
capaz de derribar cualquier muro defensivo y cualquier triquiñuela táctica que
proponga el vitoriano. Y la desplegada en esta última final de fase final de
Copa del Rey ha sido sencillamente magistral, tanto que los de Jasikevicius
sólo fueron capaces de anotar cinco puntos, con una sola canasta en juego
durante todo el primer cuarto. Laso volvió a demostrar su valentía, heterodoxia
y falta de prejuicios, renunciando al base puro con su nueva navaja suiza
Abalde dirigiendo las operaciones, acompañado de Deck y Taylor como estranguladores
de la circulación exterior blaugrana, Yabusele voluntarioso sobre Mirotic y
Poirier cerrando cualquier intento de canasta cercana al aro, además de salir
continuamente a las ayudas exteriores. Un sobresfuerzo defensivo brutal que
tuvo la recompensa del 19-5 con el que los de Laso cerraban el primer acto.
La duda, lógica por otra parte, estaba en el peaje
físico con 30 minutos por delante frente a un equipo que había anotado nada
menos que 210 puntos en los dos partidos anteriores frente a Baxi Manresa y
UCAM Murcia y que en cualquier momento podría despertar en ataque. Y aunque ese
despertar no fue inmediato, el 10-13 parcial del segundo cuarto favorable al
Barcelona demostraba que seguían en el partido. Ejercicio de supervivencia.
Para el Madrid tampoco era mal plan, habían conseguido un suculento botín en
los diez primeros minutos y si eran capaz de mantener el partido en esos
guarismos de escaso bagaje ofensivo podían permitirse perder los tres cuartos
siguientes por diferencias entre los tres y cinco puntos.
Pero el Barcelona salió con la lección aprendida
tras el paso por los vestuarios y fue capaz de poner una marcha más a la que un
Madrid de nuevo musculoso pero de ritmo pesado no fue capaz de llegar. Siete
puntos blaugranas en dos minutos y medio, y además permitiéndose fallar dos
tiros. La velocidad había cambiado y el golpe de timón blaugrana era evidente.
Es curioso recordar como hace años era precisamente Xavi Pascual el que
planteaba partidos espesos ante el Madrid de Laso y el vitoriano proponía ese
cambio de ritmo que el Barcelona no podía seguir. El 17-23 favorable a los de
Saras dejaba claro que el partido había cambiado y aunque los blancos seguían
cinco arriba parecía que se empezaba a jugar a lo que más convenía al vigente
campeón, que comparecía con una media de 105 puntos a favor en los dos partidos
de cuartos y semifinales.
Laso al menos había conseguido mantener con vida a
su equipo, había evitado el rodillo azulgrana de los anteriores duelos entre
los dos grandes de nuestro baloncesto, y gracias a eso pudimos disfrutar de una
final de Copa con la emoción que el acontecimiento merece. Con el necesario
factor x y héroe inesperado que suele aparecer en este tipo de citas, encarnado
en este caso en un joven lituano protegido por un Jasikevicius que ya fuera
mentor suyo en Kaunas. Y es que Rokas Jokubaitis dinamitó el partido con nueve
puntos consecutivos, un triple y dos “dos más uno” consecutivos cuando el sol
más calentaba. No faltó el momento Llull, con cuatro puntos seguidos para
empatar el partido a 59 cuando más peligraba el marcador para los de Laso.
Sería los última producción ofensiva de los blancos, resultando especialmente
dolorosa la bandeja fallada en penetración de un Deck hundido al finalizar el
encuentro. Hubiera supuesto un empate a 61 que bien podía haber cambiado el
resultado final certificado desde la línea de tiros libres por Mirotic y Davis.
Un detalle, el de los tiros libres, que volvió a resultar significativo, no
sólo por la diferencia de lanzamientos de uno y otro equipo (13 el Madrid por
24 el Barcelona) si no por el acierto frente al aro. Y es que el 7 de 13
firmado por los blancos muestra hasta qué punto llegaron a acariciar la Copa y
un mayor acierto en momentos puntuales pudo hacerles levantar el trofeo.
Durante los 40 minutos de la final desapareció cualquier posible atisbo de
psicosis infligida por el Barcelona en las tres derrotas anteriores. Queda por
dilucidar, y el tiempo lo dirá, si el resultado final vuelve a ser otro
martillazo psicológico en el no hace tanto gran dominador del baloncesto ACB o
los de Laso son capaces de ver el vaso medio lleno.
miércoles, 6 de octubre de 2021
LAS CANCHAS VACÍAS
jueves, 12 de agosto de 2021
JJOO TOKYO (II): EL BRONCE MÁS PERSEGUIDO
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| Australia, ¡por fín! |
Dentro de las peculiaridades de estos JJOO 2020, una
de las más llamativas ha sido ver la disputa por el bronce cerrando el torneo.
No la gran final, si no el partido que dirimía que selección acompañaría a Estados
Unidos y Francia en el tercer lugar del podio. Tanto Australia como Eslovenia
tenían una cita con la historia, ya que cualquiera que se colgase la medalla
sería su primera presea olímpica en baloncesto, claro que con una sustancial
diferencia entre ambas selecciones, ya que mientras Eslovenia había disputados
los primeros Juegos Olímpicos de su historia, Australia es un clásico que
llevaba años persiguiendo un metal más allá del doméstico FIBA Oceanía donde no
encuentra oposición. Parece increíble dado el nivel australiano de las últimas
décadas, pero los “boomers” nunca habían ganado una medalla ni en mundiales ni
Juegos Olímpicos. Tras tantas ocasiones perdidas, tantos momentos de rozar una
gloria que finalmente se escapaba, por fin tienen un metal para ilustrar su
condición de potencia baloncestística.
Debutantes olímpicos en sus Juegos de Melbourne de
1956 (cuando se abrió por primera vez la participación a un representante de
Oceanía), donde sólo ganaron dos de sus siete partidos, y mundialistas en Yugoslavia 1970 (sólo
pudieron vencer a la República Árabe Únida para acabar con un balance 1-7), es
a partir de la década de los 80 cuando comienzan a dar muestras de su
potencial.
Los aficionados españoles que ya tengan una edad
(tirando de eufemismo) recordarán aquel partido de cuartos de final en Seúl 88,
cuando un prodigioso alero finalista de la NCAA con Seton Hall llamado Andrew
Gaze (a la sazón segundo máximo anotador histórico olímpico de todos los
tiempos, sólo superado por el brasileño Oscar Schmidt) nos hacía un descosido
con sus 28 puntos para agriarnos la madrugada española y dejarnos fuera de la
lucha por las medallas. Gaze fue quizás la primera gran estrella internacional
del baloncesto “aussie” (con permiso de Eddie Palubinskas), liderando aquella
selección en la que también estaba un jovencísimo Luc Longley, posteriormente
ganador de tres anillos de la NBA en el primer “three-peat” de Jordan. Aquellas
semifinales fueron el primer gran éxito del baloncesto oceánico, cayendo ante la
todavía Yugoslavia de Petrovic, Kucoc, Divac y Radja, y posteriormente
sufriendo la furia de los Estados Unidos de David Robinson muy dolidos en la
lucha por el bronce tras caer en semifinales frente a la URSS de Sabonis. Una
derrota que a la postre acabaría desencadenando la apertura de la selección
estadounidense a los profesionales NBA y a la exhibición del “Dream Team” de
1992. Como dato curioso, en aquellos Juegos Olímpicos las cuatro selecciones
semifinalistas fueron las mismas tanto en masculino como femenino.
Pero aunque tímidamente, lo cierto es que Australia
ya había comenzado a avisar unos años antes. Se cruzaron en el camino de
nuestra plata de Los Ángeles 84, cayendo en cuartos de final por 101-93 y
ofreciendo una gran resistencia doblegada por las fuerzas combinadas de
Fernando Martín y Epi, con 25 puntos cada uno. En aquel roster ya figuraba
Andrew Gaze, con 19 años apuntando a próximo líder “aussie”, y es que dos años
después, en el Mundial de España de 1986, pese a que no pudieron pasar de la
primera fase por peor “basket average” que Cuba, al menos se dieron el gustazo
de tumbar a la Israel de Jamchy y Berkovich con una explosión anotadora del
joven Gaze, quien se fue hasta los 37 puntos. El baloncesto australiano se
ponía en el mapa.

El mito Gaze, abanderado en Sydney 2000
Volvieron a repetir semifinales olímpicas en Atlanta
96, entre medias nunca dejaron de estar entre los ocho mejores de cada torneo
(JJOO del 92 y mundiales del 90 y 94… en el mundial de Argentina a punto
estuvieron de dejar fuera de la lucha por el título a Estados Unidos) y al
aficionado le empezaban a resultar familiares, más allá de Gaze y Longley,
nombres como los de Andrew Vlahov, Mark Bradtke, Shane Heal o Tony Ronaldson. Una
nueva generación, liderada eso sí todavía por Gaze, que en Atlanta vuelve a pelear por las
medallas (paliza de Estados Unidos en semifinales) y sólo un enorme Arvydas
Sabonis, con 30 puntos y 13 rebotes, les vuelve a dejar fuera del podio en el
partido por el bronce. Para el recuerdo quedan partidos como su aplastamiento a
una crepuscular Grecia (por 41 puntos) o la victoria en cuartos de final ante
la Croacia de Kukoc y Radja que aún lloraba la pérdida de Drazen Petrovic en
accidente de tráfico tres años antes. Comenzaba un cicló olímpico ilusionante
que debía desembocar en Sydney 2000, donde poder intentar de nuevo el asalto
por la medalla en esta ocasión como anfitriones. Sin embargo el mundial de
Grecia en 1998 suponía un pequeño paso atrás, fuera de los cuartos de final y
con Gaze cediendo el testigo de máximo anotador por primera vez en muchos
torneos a un compañero, el base Shane Heal. No todo eran malas noticias, en
1997 una selección sub22 se alzaba con un torneo mundial (ganando entre otros
equipos a un combinado español con jugadores como Berni Hernández, Carlos
Jiménez o Jorge Garbajosa, posteriormente campeones del mundo en 2006) La
Francia de Rigaudeau en semifinales y la Lituania de Jasikevicius en el partido
por el bronce volvía dejarles fuera del podio. Cambio de siglo pero todo seguía
igual en el baloncesto australiano, que comenzaba a etiquetarse como eterno
medallista olímpico. Habían sido los últimos Juegos Olímpicos del mito Andrew
Gaze.
No clasificados para el mundial de Indianapolis de
2002, Atenas 2004 les dejaba fuera de las semifinales olímpicas por primera vez desde 1996,
despidiéndose además con una abultada derrota ante sus vecinos de Nueva
Zelanda. Pero lejos de apuntar a un posible ocaso del baloncesto australiano,
incapaz de volver a competir sin la figura de Gaze y sus exuberancias
anotadoras, estos Juegos resultarían fundamentales para el futuro de los
“boomers”, ya que habituados a ser una selección basada en el juego exterior
pero sin argumentos en la zona, en su roster aparecían dos jóvenes pívots que
invitaban al optimismo de que la selección oceánica podría resolver su puesto
más deficiente, hablamos de David Andersen (ganador de tres euroligas) y Andrew
Bogut (campeón de la NBA en 2015 con Golden State), mientras que en el exterior
la aparición de jugadores como Matt Nielsen aseguraba la pervivencia del
peligro australiano desde el perímetro. Bogut precisamente había sido el líder
absoluto de otro de los grandes éxitos del baloncesto de su país, llevándole a
la medalla de oro en el mundial junior de Grecia en 2003. Fue tal el impacto
que acabaría siendo número 1 del draft de la NBA de 2005.
Bogut, con sólo 21 años, lideraría a Australia en el mundial de 2006,
donde no pasarían de la novena plaza. David Andersen, por entonces ya en el
CSKA Moscú, se recuperaba de una lesión, y ojo, el técnico Brian Goorjian convocaba
a la preselección a un joven base con descendencia aborigen que ya daba mucho
que hablar en su país llamado Patrick Mills. No pasó el corte definitivo y hubo
que esperar al FIBA Oceanía de 2007 para verlo en torneo internacional
absoluto, llegando a ser el máximo anotador de Australia en los Juegos de 2008,
donde a pesar de no pasar de cuartos de final (aplastados por Estados Unidos),
un roster en el que había jóvenes jugadores como Mills, Bogut o Joe Ingles,
hacía prever un futuro competitivo. A los de Goorjian les condenaba su mal
inicio frente a Croacia y Argentina, llevándoles a un cruce imposible ante el
mejor equipo estadounidense de todos los tiempos después del Dream Team del 92,
pero sus contundentes victorias para cerrar la fase de grupos ante Rusia y
Lituania dejaban claro que su torneo había sido brillante.
En Londres 2012 de nuevo las dos primeras derrotas
(ante Brasil y España) les condenan a la cuarta plaza, pese a tener mejor
average general que los de Scariolo, pero derrotados en el duelo directo ven a
España alcanzar la tercera plaza de grupo mientras que la selección entrenada
entonces por Brett Brown se las veía de nuevo con unos Estados Unidos que les
impedían alcanzar las semifinales. No obstante se seguían sucediendo las buenas
noticias en baloncesto de formación, con las platas sub17 en los mundiales de
2012 y 2014. Dante Exum lideraba el primero de ambos rosters, y se vislumbraba como la nueva gran promesa
del baloncesto australiano junto a Ben Simmons, un año menor pero también
fundamental en aquella plata de Kaunas.
En el mundial de España 2014 sufrieron un particular
“angolazo”, perdiendo frente a los africanos en la última jornada de la fase de
grupos, cayendo a la tercera posición y evitando lo que hubiera sido un triple
empate con Lituania (a los que habían ganado de 7) y Eslovenia (con quienes
perdieron de 10) Hubo sospechas de dejadez australiana, que ganaban a los
angoleños 42-21 al descanso, y con la derrota evitaban a Estados Unidos en caso
de haber avanzado a cuartos de final… cosa que no sucedió porque Turquía con
dos triples finales de Preldzic culminaba una remontada para eliminar a los de
Andrej Lemanis por 65-64. Australia no se metía entre los ocho mejores, pese a
que jugadores NBA como Dellavedova o Baynes iban ganando en importancia en el
combinado “aussie” que ya comenzaba a ganarse el respeto de todos los rivales
independientemente de los resultados finales.
Y así llegamos al último lustro donde más cerca han
estado los “boomers” de rascar chapa, y en ambas ocasiones con España como
particular bestia negra. En Río 2016 los “aussies” metían miedo. Ganaron con
solvencia a Francia y Serbia en la fase de grupos (además de cumplir con China
y Venezuela que fueron trámites), sólo perdieron con Estados Unidos después de
dominar gran parte del encuentro y no salirse nunca del partido (acabaron
perdiendo por 10) Aplastaron a Lituania en cuartos de final, pero Serbia se
cobró venganza en semifinales, de nuevo su particular Rubicón. Quedaba por
dilucidar si al menos lograrían subirse al podio, despedirse de los Juegos con
una victoria en el último partido, ante una dubitativa España que había
desarrollado una vez más su particular crecimiento a lo largo del torneo,
mejorando a cada partido pero que tampoco pudo con Estados Unidos en
semifinales. El partido no pudo ser más igualado, con 19 cambios de liderato en
el marcador y 14 veces empatados. El final ya es historia de la selección
española, con la defensa final de Ricky Rubio y Claver para desbaratar el
último ataque australiano y hacer buenos los 31 puntos y 11 rebotes de Pau
Gasol (38 de valoración) en la que es hasta el momento última medalla olímpica
del baloncesto español. Más doloroso si cabe para Australia fue lo sucedido en
el último mundial, cuando después de dos prórrogas España obtenía el billete
para la final en un encuentro absolutamente colosal, un monumento al
baloncesto. Francia les dejaba de nuevo sin medalla en un partido de puro
músculo donde después de no haber bajado de los 80 puntos en ningún duelo los
de Lemanis no eran capaces de anotar siquiera 60 puntos. Se repetía la
historia, Australia nos enamoraba a todos los aficionados pero no les veíamos
subirse al podio.

Río 2016 y el mundial de China con España como bestia negra.
2021 ha sido otra historia, con el regreso de
Goorjian al banquillo y una madurez absoluta en el juego de Patrick Mills
erigido como auténtico líder de una selección con varios nombres NBA, y donde a
los ya clásicos Ingles, Baynes o Dellavedova se unen nuevos valores como Jock
Landale o un Matisse Thybulle enorme en el partido por el bronce. Tokyo 2020 ha
sido la consagración del baloncesto australiano, llevándose el bronce y
finalizando con un balance de 5-1. Sólo Estados Unidos, a partir de un tercer
cuarto magistral (32-10 de parcial para los de Popovich) les hizo morder el
polvo. A la cuarta semifinal olímpica por fin fue la vencida para una
selección que apunta a permanecer en la élite, sobre todo si por fin Ben
Simmons se anima a acudir a un gran torneo tras sus renuncias a los últimos
mundiales y JJOO.
El caso de Eslovenia sin embargo, y tirando del
chascarrillo habitual, podemos decir que estaba en las antípodas de los
australianos. Siendo su histórica primera participación en unos Juegos pueden
considerar estas semifinales un éxito, aunque parecieran no tener techo gracias a la dimensión de un descomunal
Doncic, que en su primer partido olímpico se fue hasta los 48 puntos, empatando
la segunda mejor marca anotadora de todos los tiempos del torneo, la de
precisamente un australiano, Eddie Palubinskas, quien los logró en Montreal 76
en un duelo inolvidable frente al México de Arturo Guerrero. Para Doncic nunca
existe el futuro, sólo piensa en destrozar el presente, como demostró en el
pre-olímpico de Kaunas, donde pasó por encima de todos sus rivales, incluyendo
la Lituania de Valanciunas y Domantas Sabonis que asistieron a otro recital del
ogro con cara de niño quien firmó un triple doble de 31 puntos, 11 rebotes y 13
asistencias en uno de los templos del baloncesto como es el Zalgirio Arena. Se
ha hablado mucho de ese Doncic frustrado y gruñón durante todo el torneo.
Olviden todo eso. Quédense con que están siendo testigos de auténtica historia
de este deporte cada vez que ese tipo salta a una cancha. Sobre todo teniendo
en cuenta que Eslovenia, a diferencia de Australia y su nula oposición en el
baloncesto oceánico, no va a tener nada fácil repetir en unos Juegos
Olímpicos.

Doncic tendrá que esperar. Thybulle, enorme en defensa.
sábado, 7 de agosto de 2021
JJOO TOKYO 2020 (I) USA Y FRANCIA TRIUNFADORES
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| USA cumple con los pronósticos. |
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| Un tapón para la historia. |










