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domingo, 4 de junio de 2023

EL LADO OSCURO DE LA FUERZA

 


El Palpatine de la NBA



La NBA de 2023 sigue gozando de una espléndida salud, la de un baloncesto renovado nacido de la revolución de 2001, tras la temporada con menor anotación desde 1955 y peor porcentaje de tiro desde 1969. Fue entonces cuando David Stern puso en manos de un comité presidido por Jerry Colangelo la salvación de un deporte que moría asfixiado por un músculo que atrofiaba el talento y en el que se abusaba del uno contra uno y el aclarado. Llegaron las defensas zonales, la penalización del “hand checking”, y el cambio de regla de “defensa ilegal” por los “tres segundos defensivos”. Después de unos 90 todavía intoxicados por el extraño magnetismo de los Detroit Pistons de finales de los 80 y de la dictadura de Jordan en el aclarado, con un baloncesto de ataque que de manera muy simple se llegaría a resumir en “dos jugando y ocho mirando”, el juego volvió a sumergirse en el vértigo y la rápida circulación de balón y una presión para el espectador de no poder apenas pestañear porque se iba a perder algo en ese segundo que sus ojos apartasen la vista de la cancha. La revolución se hizo visible especialmente a través de los Suns de D’Antoni y Steve Nash y su filosofía de “seven seconds or less”. Uno de esos equipos que a pesar de situar su particular Rubicón en las finales de conferencia (viviendo en un contexto frente a rivales tan formidables como los Lakers de Kobe primero con Shaq y posteriormente con Pau, los Mavs de Nowitzki y sobre todo su gran bestia negra que fueron los San Antonio Spurs con Popovich dirigiendo el más grande “big three” de la historia) merecen un lugar en los libros de historia por su influencia en el juego, como reverso luminoso del oscuro reverso que fueron, a su pesar, los Bad Boys de Daly del “showime” de los Lakers de Pat Riley, a la sazón los grandes rivales de Detroit en su lucha por el anillo una vez fueron capaces de superar a los Celtics de K.C. Jones, equipo históricamente recordado como ejemplo de brillo y espectáculo pese a que gran parte de su éxito estaba más basado en la dureza cercana a sus rivales de Michigan que al “flying circus” que representaban aquellos Lakers en los que “Magic” Johnson lanzaba pases de béisbol a un James Worthy que recibía a media pista para acabar hundiendo el balón en la canasta rival.

 

Si los 80 encuentran su imagen más icónica en los duelos Boston-Lakers y en la rivalidad “Magic”-Bird, justo es también recordar las enormes diferencias de estilo entre unos y otros, resultando los angelinos la parte más idealista, incluso nihilista del juego, frente a la visceralidad céltica. La jugada definitiva para entender esta diferencia la podemos encontrar en el estacazo de Kevin McHale a Kurt Rambis en las finales del 84. Una de las acciones más sucias de toda la historia del baloncesto con el añadido de que McHale era un talento superlativo, estrella universitaria de impacto inmediato en la liga y número 3 del draft de 1980, el mismo año en el que Rambis tenía que esperar a la tercera ronda para ser elegido en el número 58 por los New York Knicks, quienes le cortan en pretemporada teniendo que emigrar a Grecia, de donde procedían sus ancestros, antes de convencer a unos Lakers a los que llega con el rol de jugador defensivo, de obrero en la zona. La imagen del talentoso McHale atizando al abnegado Rambis confirma el paradigma de uno y otro equipo y la realidad de que la bandera del espectáculo la enarbolaban los de California.


Los Angeles Lakers del “showtime” de los 80, ideados por ese niño grande que era Jerry Buss, encontraban su rostro más allá de los pases mirando a la grada de “Magic” en la figura del dandy Pat Riley. Más de cuatro décadas después, y pese a los Jordan, Stern, Jackson o Popovich, es difícil pensar que haya una figura más relevante en la NBA desde los años 80, con una mayor continuidad y capacidad de adaptación al medio y espíritu de supervivencia que la del maquiavélico ex –jugador, entrenador y directivo neoyorquino.

 

Estrella universitaria, titular indiscutible en los Kentucky Wildcats del controvertido Adolph Rupp (sobre quien sus acusaciones de racista y supremacista blanco no parecen infundadas repasando sus declaraciones sobre los jugadores de raza negra) y uno de los protagonistas de la mítica final de 1966 frente a los Texas Western de Don Haskins (recordados por ser el primer equipo universitario que saltó a una cancha del baloncesto con un quinteto titular afroamericano), tuvo una discreta carrera como jugador en la NBA pero con la suficiente inteligencia para saber vivir a la sombra del enorme Jerry West. No era poca cosa ser “back up” de uno de los mejores escoltas de todos los tiempos quien tras tantas derrotas frente al infranqueable muro de los Celtics de los 60 de Bill Russell pudo por fin conseguir el anillo en 1972 ya con Chamberlain como primer espada y Russell dedicado a los banquillos. En ese roster estaba Riley, quien con sus 16.2 minutos en las finales ante New York era de hecho el sexto hombre de aquellos Lakers en un baloncesto en el que las rotaciones todavía eran un tanto limitadas.



That 70's Show


 

Se ha hablado y escrito mucho sobre la figura de Riley, la influencia y sombra paterna acechando constante en su vida. Su padre, Leon, había sido un mediocre jugador de las ligas menores de béisbol entregado al alcohol. Uno de tantos juguetes rotos, enamorados de un deporte idealizado pero que a nivel profesional significa una élite para la que no todos están llamados y la frustración puede convertir tu vida en un infierno del que buscas salir a base de aquellos paraísos artificiales de los que hablaba Baudelaire. No es descabellado pensar en la figura de Leon como un motor y acicate para su hijo Pat, cuya única idea en ese caso era la de no acabar como su padre. Por eso los años posteriores a la retirada de Riley, después de ser traspasado a Phoenix a comienzos de la temporada 75-76, significaban los más decisivos de su vida. Una vez colgadas las botas el resto de su vida sólo le podía deparar ser ese cromo setentero de la NBA dentro de un roster campeón saliendo desde el banquillo. No era, ni por asomo, un Jerry West, cuya ascendencia en la franquicia angelina pronto le abriría las puertas del banquillo laker. Riley tenía pocas cartas que jugar, pero no dudaría en aprovecharlas al máximo.

 

La historia es de sobra conocida, y más en estos días en los que entre HBO (con la adaptación del libro “Showtime” de Jeff Pearlman) y Disney (la serie documental “Legacy”), se he revisionado el nacimiento de aquellos Lakers cuyo legado icónico sigue superando al de cualquier otro equipo o franquicia. Riley aprovecha el mínimo resquicio posible para seguir ligado al baloncesto al máximo nivel y en concreto a los Lakers. No duda en acompañar a Chick Hearn, narrador de los partidos de los angelinos durante 41 años, en las retransmisiones de una cadena estatal, sabedor de que necesita cualquier ligazón por mínima que sea con la NBA. Alrededor suyo se suceden los movimientos en los despachos y banquillos. Jerry West da un paso al costado y llega Jack McKinney, quien no había sido nunca primer entrenador pero en su bagaje estaba el haber sido asistente de Jack Ramsay en los Portland de 1977. No era poca cosa si tenemos en cuenta que el propio Ramsay reconoció en su momento que la mayoría de las tácticas ofensivas de su equipo nacían del propio McKinney. El impacto del nuevo entrenador fue inmediato, nueve victorias en los primeros trece partidos de la temporada 79-80, la primera de “Magic”, y sobre todo la idea instaurada de un estilo de juego concordante al glamour de Hollywood, a la idea de Jerry Buss y a la búsqueda de ofrecer un show que, resultados aparte, vendiese entradas como el mayor espectáculo del mundo y obligase a las televisiones a pujar por retransmitir la nueva revolución en el deporte profesional estadounidense. Y llegó la tragedia. El fatal accidente de bicicleta de McKinney que le deja en coma y nos ofrece uno de los mayores “what if” de la historia. Nos quedamos sin saber hasta dónde hubiera podido desarrollar su idea de baloncesto ofensivo un McKinney quien pese a recuperarse de su fatalidad nunca volvió a tener las mismas facultades. Su segundo, Paul Westhead, lleva al equipo al título siguiendo la filosofía de su jefe. Pero no está solo en este logro. Hasta qué punto la llegada de Riley como segundo de Westhead depende del propio primer entrenador no está del todo claro, pero lo cierto es que supone el punto definitivo para comprender los Lakers de los 80. La temporada siguiente, con “Magic” lesionado durante gran parte del curso no pasan de primera ronda cayendo ante los Houston a la postre campeones de conferencia (y subcampeones de la NBA frente a Boston) y en el comienzo de la 81-82 se desata la tormenta. Tras caer por 26 puntos en San Antonio y con balance 3-3 “Magic” Johnson pide públicamente el traspaso afirmando no ser feliz con el juego del equipo. Westhead está sentenciado. Buss comprende que es un pulso entre su jugador franquicia y un entrenador que aguanta cinco partidos más, tras ganar a Utah y pese a llevar una racha de cinco victorias seguidas “Magic” consigue lo que quiere, la salida de Westhead señalado por ralentizar el juego del equipo en beneficio del veterano pívot y capitán Kareem Abdul-Jabbar. Si a Lakers le había ido bien cuando Westhead tuvo que suplir a McKinney, ¿por qué no iba a pasar lo mismo con Riley tomando el puesto de Westhead?, como en una macabra partida de dominó, la caída de la ficha de McKinney desembocaba en Pat Riley como entrenador jefe de la potencialmente mejor escuadra de baloncesto del mundo por aquel momento. Meses después serían campeones ante Philadelphia. El primero de sus cuatro anillos (cinco si contamos el del 80 como asistente) como “head coach” angelino. Más allá de la evidente calidad y vistosidad del juego, Riley tiene algo de lo que sus antecesores carecían. El gancho, el carisma, el aura de un tipo duro, neoyorquino de origen irlandés capaz de manejarse en la jungla de la NBA sin que nadie le tosa y sin que se mueva un solo pelo de su perfecto cabello engominado ni asome una mísera arruga en sus elegantes trajes italianos. Los Lakers deslumbran en la cancha a la par que las cámaras buscan la imagen de un Riley ya convertido en ícono. Michael Douglas confesaría inspirarse en el estilo de Riley para interpretar su personaje de Gordon Gekko en “Wall Street”, un implacable corredor de bolsa falto de escrúpulos y amoral cuyo lema en la vida es “si quieres un amigo cómprate un perro”. Más allá de la evidente (y reconocida) influencia de Riley en el personaje que construye Douglas por estética, se reconoce la frialdad y ambición, la sed de poder de una figura que se despoja de cualquier sentimiento humano y cuyo único fin es la satisfacción personal. Esto se hará patente con el cambio de paradigma de Riley cuando se muda de Los Angeles a Nueva York. Antes sólo un breve apunte sobre el final del neoyorquino en California, campeón en el 88 ante unos Pistons que ya venían avisando, con Thomas lesionado en el sexto partido y la muy dudosa falta de Laimbeer sobre Jabbar que supone el triunfo y remontada angelina (4-3 en las finales), retenían título convirtiéndose en el primer equipo en hacerlo desde los Celtics de los 60. La hora señalada para los de Michigan acabaría llegando la temporada siguiente, frustrando el “three-peat” que Riley había registrado como “trade mark” para en caso de conseguir ganar el anillo tres veces seguidas inundar el mercado a base de merchandising a través de su empresa Riley & Co. Entrenador y hombre de negocios todo en uno. En el 90 y pese a ser proclamado Entrenador del Año por primera vez en su carrera y tras caer en play offs ante Phoenix Riley anuncia su retirada del banquillo angelino, consciente de que su ciclo ha acabado y dejando ya la impronta de un entrenador que nunca será cesado de un banquillo, será él quien elija el momento de su marcha. Como en un “flash-back” hollywoodense acepta trabajar como comentarista televisivo para la NBC, hasta que por medio de Rick Pitino recibe una oferta para entrenar a unos New York Knicks cuyo cartel como gran mercado era proporcional a su etiqueta de perdedores pese a contar con jugadores como Pat Ewing o Gerald Wilkins.

 

En la extensa mitología sobre el bien y el mal pocas expresiones culturales lo han explotado mejor que la saga cinematográfica de “Star Wars”, con la figura de Anakyn Skywalker/Darth Vader como ejemplo de conversión al lado oscuro dejando atrás principios finalmente quebrantables. El Riley de New York es un jedi pasado al lado oscuro de la fuerza, del “showtime” de los Lakers a la atrofia muscular de unos rocosos Knicks influenciados por aquellos Pistons que el propio Riley había sufrido en sus carnes. New York se convierte en uno de los equipos más odiados pero a la vez más competitivos del Este, con Riley llevando a jugadores propios y rivales hasta el límite. El baloncesto llevado a una expresión bélica donde no valen matices ni medias tintas. A vida o muerte. Cuatro temporadas con las finales de 1994 como mayor bagaje, el primero de los dos años que Jordan permite dar un respiro a sus rivales con los Rockets de Olajuwom como grandes beneficiados. Cuatro temporadas con un nivel de intensidad que supone un desgaste en el vestuario del que sólo puede salir un vencedor: el jugador o el entrenador. Riley, quien ya sabía lo que suponía tener a una estrella en contra después de vivirlo con “Magic” y Westhead en Los Angeles, llevó tan al límite a Ewing que le obligó a jugar lesionado gran parte de su última temporada y mandó a las duchas a Anthony Mason después de discutir con el jugador en medio de un partido. Llegado a este punto Riley planteó a la franquicia algo parecido al poder absoluto y el blindaje económico al más alto nivel. 50 millones en los siguientes cinco años, beneficios del 25% en las acciones de la franquicia y por supuesto control total en cualquier movimiento deportivo. Básicamente, y al igual que había hecho con los jugadores, llevar a la franquicia al límite de sus posibilidades, enfrentarles a un escenario de imposible resolución, tan imposible que Riley ya sabía cuál sería el resultado, porque ya había negociado a espaldas de New York su acuerdo para ser contratado por Miami Heat.


...y volver a ganar.


 

Y es en Miami donde mejor se puede entender su figura y legado. Más que en Los Angeles y en New York es en la franquicia de Florida donde mejor ha podido reflejar su filosofía de supervivencia y lucha descarnada, su sello particular. En una NBA en la que tanto se habla del empoderamiento de los jugadores, Riley, el mayor ejemplo de entrenador estrella jamás conocido, supuso un descarado caso de “tampering” que obligó a Miami a indemnizar a New York económicamente y con una primera ronda de draft, e instauró una rivalidad encarnizada a finales de los 90 que sería la primera de las muchas que han vivido los Miami de Riley (actualmente con Boston, con tres finales de conferencia entre ambos equipos en cuatro temporadas) Riley maneja los hilos de una franquicia a la que ayudó a crecer, en la que supo dar un paso al costado, y donde no tuvo reparos en destituir a Stan Van Gundy cuando consideró que con un roster en el que se encontraban Dwyane Wade, Shaquille O’Neal, Antoine Walker o Alonzo Mourning no se podía aspirar a otra cosa que no fuera el anillo, como así fue en 2006 ganando su quinto título como entrenador jefe (los mismos que Popovich, sólo les superan Jackson y Auerbach), del mismo modo que después de dirigir a la franquicia en el peor año de su historia (el 15-67 de 2008) no dudo en volver a los despachos y apostar por un joven Erik Spoelstra quien con 37 años se convertía en el entrenador más joven de la NBA, sin apenas experiencia más allá de sus años como asistente de Riley y sus recordados, por pintorescos pero igualmente meritorios, comienzos como montador de video para sesiones de “scouting” ante los rivales. Riley confió absoluta y plenamente en Spoelstra para dirigir a un equipo tan reforzado como lo significó la llegada de LeBron James y Chris Bosh y con quien ganaría dos anillos pese a perder sus primeras finales y escuchar voces criticando la falta de preparación de un técnico que actualmente es que el más temporadas lleva en un mismo banquillo tras el sempiterno Greg Popovich. 

 

Porque finalmente la tan cacareada “cultura Heat” lo que viene a demostrarnos es una cierta resiliencia, o quizás conservadurismo, el lampedusiano mantra de que todo debe cambiar para que todo siga igual. Los Heat nos recuerdan lo que cuesta de verdad un relevo generacional (que se lo pregunten a Brown y a Tatum, que se lo pregunten a Antetokounmpo) y que al final la calidad de una buena película de acción depende de cuán grande sea el villano. Unos Miami Heat colados de rondón de nuevo en unas finales de la NBA nos recuerdan, finalmente, que Riley siempre ha estado ahí aceptando ese papel. El de entregarse al lado oscuro de la fuerza.


Moviendo los hilos.



miércoles, 30 de septiembre de 2020

LAS VIDAS CRUZADAS DE RILEY Y LEBRON

 


Dos hombres, un destino... y muchos anillos.



Con las finales NBA a punto de comenzar parece obligado pararse a echar un vistazo a lo que nos puede ofrecer esta final inédita en los más de 70 años de historia de la mejor liga de baloncesto del mundo. Esta naturaleza inédita en gran parte hay que achacarla, claro, a la relativa juventud de Miami Heat como franquicia, ya que son sólo 32 sus años de historia, los cuales evidentemente palidecen ante los 73 años de los Lakers, los 13 primeros en Minneapolis y desde 1960 establecidos ya en la ciudad californiana de Los Angeles, sumando en total 16 títulos de campeones de liga, 32 de conferencia y 34 de división.


En proporción a su corta vida la historia de Miami Heat también puede considerarse exitosa. Tras unos primeros años de modesto transitar, sería precisamente la llegada de una leyenda angelina como Pat Riley en 1995 lo que cambiaría el destino de la franquicia de Florida. Ya bien como presidente o a pie de pista como entrenador, en estos 25 años Riley ha llevado a los Miami a ser una de las potencias del Este, habitual en play offs, ganador de tres anillos, y que ya va a disputar sus sextas finales por el título (lo cual quiere decir que han sido tantas otras veces campeones de su conferencia), siendo en este curso, qué duda cabe, cuando mayor mérito hay que otorgarles. Sin megaestrellas (comienzan la temporada con un solo all star, Jimmy Butler, llegado el verano de 2019 tras un “sign&trade” con Philadelphia en el que también estuvieron implicados Los Angeles Clippers y Portland, dejando marchar los Heat a jugadores esenciales otros cursos como Josh Richardson o Hassan Whiteside), la reconstrucción de Miami está siendo tan espectacular que les coloca de repente ante la oportunidad de luchar por su cuarto anillo, algo por lo que nadie hubiera apostado a comienzo de una temporada en la que su trayectoria ha sido ejemplar finalizando quintos en el Este, ligeramente por encima de unas expectativas que les situaban luchando por las últimas plazas de play offs. Baste este dato para atestiguar la regularidad de Miami durante toda la campaña: su mayor racha de victorias consecutivas fue de cinco… pero la de derrotas de tres. Fiabilidad absoluta. Si hablamos de post-temporada, en los play offs de Orlando ha sido sin ninguna duda el equipo de moda, plantándose en las finales con un espectacular balance de 12 victorias por tres derrotas. Únicamente los jóvenes Boston Celtics fueron capaces de arrancar dos triunfos frente a los de Spoelstra, después de que arrasaran a Indiana (4-0) y Milwaukee (4-1, sólo cayendo tras prórroga) Hay que recordar que hablamos de un equipo que finalizó quinto en su conferencia y que ha batido a tres rivales cuyo balance en liga regular había sido superior, especialmente los Milwaukee del MVP Antetokounmpo, quienes por segundo año consecutivo alcanzaron el mejor registro en temporada para volver a defraudar en el momento decisivo.


En una NBA en la que parece que sólo hay dos tipos de equipos, los aspirantes al anillo y los que están en reconstrucción, el caso de Miami es admirable. Sin haberse planteado nunca la censurable práctica del “tanking”, han ido conjuntando un roster con jóvenes talentos que han llegado a la liga sin demasiado foco previo. Adebayo fue elegido en el número 14 del draft de 2017. Tyler Herro el 13 en 2019. En 2018 no pudieron elegir como parte del “trade” con Phoenix en 2015 para conseguir a Goran Dragic. Duncan Robinson, letal y sorprendente tirador, o Kendrick Nunn, ni siquiera fueron drafteados. Para arropar este joven núcleo que, insistimos, no ofrecía tan altas expectativas, Riley y Spoelstra han mixturado de manera muy sabia el roster con la veteranía de jugadores como Andre Igoudala, llegado en un trade invernal que entre otros movimientos sacrificaba a otro joven valor de Miami como era Justise Winslow. Igoudala, MVP de las finales de 2015 y ganador de tres anillos con Golden State ha vivido en un segundo plano atribuible a sus 36 años, pero a medida que han ido sucediéndose las rondas de play offs su calidad como “factor x” parece ir ganando peso, hasta llegar a sus 15 puntos y 4 de 4 en triples en el sexto partido ante Boston que daba el pase a las finales. Aunque si hay un jugador en Miami que claramente ha dado un paso al frente respecto a la temporada regular es claramente Goran Dragic. De sus 16.2 puntos y 5.1 asistencias en 28.2 minutos por partido de liga regular, en play offs ha subido su anotación hasta 20.9 puntos (más 4.7 asistencias) en 34.6 minutos por encuentro. Spoelstra no ha dudado en dar más galones y presencia en pista a otro de los veteranos, en detrimento del joven Kendrick Nunn que tan buenas sensaciones había dejado en liga regular. Y por supuesto, no hay que olvidarse de Jimmy Butler. Quien fuera estrella emergente en los Chicago Bulls de Tom Thibodeau nunca acabó de encontrar su ecosistema propicio y su fama de jugador conflictivo le ha ido acompañando por cualquier vestuario en el que cayese. Sin ir más lejos mientras Thibodeau sigue alabando su ética de trabajo y profesionalidad en los entrenamientos, Butler no ha dudado en atacar a su ex –técnico por su decepcionante trabajo en Minnesotta, donde llegaron a coincidir. Uno de los grandes méritos de Riley y Spoelstra es sin duda haber logrado centrar a Butler para remar en la misma dirección que sus compañeros sin sus habituales malos gestos o feos detalles hacia los mismos. Es Butler por otro lado un jugador que siendo estelar no juega para la estadística individual, ideal para un equipo ganador, pero una bomba de relojería cuando la victoria no llega. En resumidas cuentas Miami es un ejemplo de que lo importante no es ser un buen equipo NBA, sino una buena franquicia NBA, bien dirigida desde la base y con un respeto ganado que hace que cualquier jugador sepa que es un destino donde puede sentirse cómodo, más allá de las bondades del clima del estado de Florida o sus benevolencias en exenciones fiscales.


El Dragón aún tiene fuego.


En el Oeste vuelven a mandar Los Angeles Lakers. Una década han tardado en volver a ser campeones de su conferencia, desde un 2010 en el que en su roster sobresalían nuestro Pau Gasol y por supuesto el llorado Kobe Bryant, cuyo mito y recuerdo parece sobrevolar toda la trayectoria angelina en estos play offs, con el climax del triple ganador de Anthony Davis en el G2 en las finales del Oeste y su invocación al escolta que conquistase nada menos que cinco títulos con la elástica púrpura y oro de los Lakers. A diferencia de Miami, la franquicia californiana comenzaba la temporada como uno de los claros candidatos al anillo. La insistencia de LeBron James con Anthony Davis ha dado sus frutos y ha dado la razón al titán de Akron. “La Ceja” era la pieza que le faltaba al puzzle que en los últimos dos años han ido conjuntando entre el dimitido “Magic” Johnson y Rob Pelinka en los despachos, y claro, el propio LeBron cuya capacidad de decisión en cualquier franquicia por la que pase sigue siendo patente. No es para menos si tenemos en cuenta que sus primeras finales con el equipo californiano son ya las décimas de su carrera. Sólo Bill Russell y Sam Jones, miembros de los imbatibles Celtics de los 60, y otro mito angelino como Kareem Abdul-Jabbar, han jugado más rondas por el título que “King” James. LeBron es garantía en la lucha por el título y cualquier franquicia NBA lo sabe.


Estos Lakers son un equipo de presente, de “aquí y ahora”, especialmente en el caso de LeBron, camino de los 36 años y sabedor de que cada vez le quedan menos oportunidades para engordar su palmarés con más anillos (pese a que sus números sigan siendo exuberantes y pocas veces vistos en jugadores de su edad… 26.7 puntos, 10.3 rebotes y 8.9 asistencias está firmando en play offs) Davis, a sus 27, afronta sus primeras finales en su primera temporada fuera de Nueva Orleans, franquicia a la que no pudo llevar a la lucha por el anillo. Howard, quien cumplirá 35 en Diciembre, quiere quitarse la espina de las finales de 2009 perdidas precisamente ante su actual equipo, con el que ya intentará el asalto al título en 2013 en aquel proyecto fallido que reunió nombres tan ilustres como los de Kobe Bryant, Pau Gasol, Steve Nash y el propio Howard… San Antonio les barrió en primera ronda. Rondo, con 34, busca convertirse en el segundo jugador en toda la historia en ganar el anillo con los dos franquicias históricas y eternos rivales, Celtics y Lakers, después de Clyde Lovellette en 1962, pero además sería el primero en hacerlo desde que el equipo de los lagos se instaló en Los Angeles, ya que Lovellette ganó el anillo con Minneapolis. Menuda pedazo cita con la historia tiene el talentoso base de Kentucky. Danny Green (33 años) busca su tercer título con tres franquicias distintas. Sería también el tercero de Javale McGee (32), los dos anteriores con Golden State. El volátil J.R.Smith (35 recientemente cumplidos) también sabe lo que es ganar el anillo, lo hizo en 2016 precisamente al lado de LeBron en 2016. Desde luego si de algo no andan escasos estos Lakers es de veteranía y experiencia.


Al menos Miami puede compensarlo desde el banquillo con Spoelstra, ganador de dos anillos y participante en cuatro finales, y por supuesto con Riley, quien comenzara la década de los 80 alcanzando el título como asistente de Paul Westhead en Los Angeles para posteriormente ganar cuatro anillos más al frente de Lakers una vez capitulado Westhead, entre otras cosas por sus desavenencias con “Magic” Johnson. En Miami no sólo ha ejercido magisterio desde el despacho, si no que en 2006 era el entrenador principal en el primer título de la historia de los de Florida tras decidir que el equipazo que había montado en el despacho (Wade, Shaquille, Payton, Mourning, Antoine Walker, Jason Williams...) no podía esperar y cargarse a Stan Van Gundy en un movimiento encubierto como renuncia del bigotudo técnico californiano. Por supuesto tampoco podemos olvidarnos que antes de convertirse en uno de los mejores entrenadores de la historia, Riley ganó el anillo como jugador en 1972 en los Lakers de West y Chamberlain, ante unos Knicks en los que por cierto jugaba otro futuro mito de los banquillos como Phil Jackson. Pese a que Spoelstra cuenta con la total confianza de Riley, cuesta pensar que el neoyorquino sea capaz de resistir la tentación de no asesorar a su pupilo. Riley y Spoelstra, “matrimonio” bien avenido.


Por si fuera poco el favoritismo angelino, los dos únicos enfrentamientos de temporada regular entre ambas escuadras fueron saldadas con sendas victorias de los de Frank Vogel meridiánamente claras. Sobre todo la primera, a principios de Noviembre de 2019 con la temporada echando a andar y los de púrpura y oro arrasando por 80-95 en el Staples de Los Angeles con LeBron y Davis dejando las cosas claras combinándose para hacer 51 puntos, 12 rebotes y 13 asistencias entre ambas estrellas. Mucho más disputado fue el choque del American Airlines Arena de Miami el 13 de Diciembre que acabaría suponiendo la primera derrota en casa de la temporada de los de Spoelstra por un ajustado 113-110, ajustado gracias sobre todo a un formidable segundo cuarto de los locales, pero lo cierto es que a partir del tercero los de Vogel dominaron el partido y desde el 68-65 tras triple de Davis a los pocos minutos de dicho acto los angelinos nunca cedieron la ventaja en el marcador. La exhibición de los dos astros fue todavía superior, con 61 puntos combinados, 19 rebotes y 13 asistencias (12 de LeBron), aunque quizás el dato más sorprendente de ese partido fueran los 4 de 9 en triples de Davis, algunos de ellos realmente decisivos y anotados en momentos claves, demostrando la enorme mejoría en el lanzamiento exterior desarrollada por “La Ceja” en esta campaña (de hecho la primera en su carrera en la que anota más de un triple por partido) No obstante hay un dato para el optimismo en Florida recordando ese partido, y es que estuvo encuadrado dentro de la racha de nueve encuentros que no pudo disputar Dragic por lesión en la ingle.


Hay motivos de sobra por tanto para disfrutar de unas finales NBA que ya cuentan con el primer aliciente de ser inéditas y de que por vez primera se enfrentan dos franquicias que la temporada pasada no llegaron a play offs. Miami puede convertirse en el campeón que parte de una posición más baja de play offs desde los Houston Rockets de 1995. Los Lakers pueden igualar a Boston como franquicia con más campeonatos conquistados en la historia. No tenemos otro capítulo de la eterna rivalidad Celtics-Lakers, pero tenemos a Riley contra los Lakers y a LeBron contra Miami, por lo que de morbo también estamos servidos. Dos de las más grandes leyendas vivas de la NBA, quienes unieron sus caminos durante cuatro temporadas (dos anillos y cuatro finales) ahora enfrentados ante dos de sus franquicias más queridas y a las que contribuyeron a hacer históricas.


Preparen las cafeteras.




Rajon Rondo ante la historia.





miércoles, 11 de junio de 2014

RODILLO TEJANO


Exhibición de los Spurs en el tercer partido de las series finales. Como en la temporada pasada, cuando los tejanos deshacían el empate a uno en un espectacular partido en el que arrollaban a sus rivales por una diferencia de 36 puntos. Anoche fueron “sólo” 19 puntos, gracias a que los de Florida se pusieron las pilas tras el descanso, pero la cosa apuntaba a debacle mayúscula. 

Hasta el momento las finales se habían desarrollado dentro de unos parámetros de bastante igualdad, pero con los Spurs dando sensación de tener más recursos, más equipo. Por Miami el “big three” había funcionado bien, además de un gran Ray Allen y un renacido Rashard Lewis. Por San Antonio se instalaba la certeza de que algunos hombres podían y debían dar mucho de sí, especialmente el llamado a ser nueva estrella de los Spurs: Kawhi Leonard. 

Inoperante en defensa y discreto en ataque en los dos primeros encuentros de las series, el alero de Riverside se desquitó anoche con su mejor partido como profesional hasta la fecha, alcanzando su tope anotador con 29 puntos y una soberbia serie de 10 de 13 en tiros de campo, sólo falló 3 de sus 6 intentos triples, sus 7 lanzamientos de 2 acabaron dentro, y en tiros libres se quedó en un notable 6 de 7. Fue la punta de lanza de un ataque tejano en versión rodillo. Los Spurs comenzaron anotando a una media prácticamente de 5 puntos por minuto. Una locura. LeBron salió al rescate para con dos triples seguidos cerrar levemente una herida que sería definitiva. A los de Popovich les salía todo, y un triple sobre la bocina contra tablero de Manu Ginobili cerraba un primer cuarto de videoteca para los tejanos en el que dejaban en su marcador nada menos que 41 puntos anotados en 12 minutos de juego. Un vendaval.

Apretaron en defensa los Heat a partir del segundo cuarto para bajar la anotación visitante a “sólo” 30 puntos, dejando al descanso un espectacular marcador de 71-50 (hay que remontarse a 1987 cuando los Lakers anotaron 75 puntos ante los Celtics para encontrar un equipo que se fuera al descanso con más de 70 puntos anotados al descanso en unas finales). Pero no sólo eso. Había que frotarse los ojos para ver la estadística sobreimpresionada que nos ofrecía la retransmisión televisiva según la cual San Antonio había lanzado con un 76% en tiros de campo. Auténtica ciencia ficción, y máxime si tenemos en cuenta que lo hacían frente a uno de los mejores equipos en defensa del mundo. Pero es que además Miami lo había hecho con un 56%, lo que habitualmente es un magnífico porcentaje de tiro, pero que en esta ocasión le suponía sucumbir por 21 puntos.    

No iban a entregar la cuchara tan pronto los actuales campeones. Lo bueno de cuando te están dando tanta cera que no ves ni por donde te vienen los golpes, es que celebras cualquier mínima reacción y te vienes arriba en cuanto el rival deja de encadenar dos puñetazos seguidos. De modo que dos jugadas de 3 puntos consecutivas (un 2+1 de Wade y un triple de Bosh) encendían las gradas del American Airlines Arena, y eso que aún perdían de 15 puntos. Llegaban los mejores momentos de Miami, que en este tercer cuarto llegaban a recortar diferencias hasta ponerse a 7 puntos (81-74), con Norris Cole, Ray Allen y Chris Andersen aportando desde la segunda unidad. Boris Diaw, quien fue el elemento sorpresa de Popovich saliendo de titular en detrimento de Splitter (buscando el técnico Spur un quinteto de perfil similar al de su rival, sin pívot puro), anotaba la última canasta del tercer cuarto para dejar el marcador en un 86-75 que resultaría suficiente para que el tercer punto viajara a San Antonio. En el último acto Miami siguió intentándolo pero lo máximo que pudo acercarse fue a diez puntos (90-80) tras triple de Ray Allen. Kawhi Leonard volvió a tomar el mando de las operaciones y los últimos minutos fueron finalmente plácidos para los visitantes, que como la temporada pasada se ponen 2-1 y con mejores sensaciones que Miami. Spoelstra tiene mucho que trabajar para que las finales no se le vayan, especialmente en el puesto de base, donde Mario Chalmers comienza a ser señalado tras sus malas actuaciones en estos tres primeros partidos. Si la pasada temporada promedió 10.5 puntos en los siete partidos por el título ante San Antonio, en éstas apenas está anotando tres puntos por encuentro. El jueves noche, más. 


 
Leonard hizo el partido de su vida.


lunes, 9 de junio de 2014

NBA FINALS: GAME 1 & 2


TOO MUCH HEAT FOR THE HEAT 

No deja de resultar paradójico que un equipo apellidado “calor” fuese el más perjudicado de la batalla de la sauna del AT&T Center de San Antonio, donde el auténtico protagonista fue el aire acondicionado, o mejor dicho, la ausencia del mismo por avería, lo que obligó a los jugadores a disputar el choque bajo un calor de más de 30 grados centígrados, pagándolo sobre todo un LeBron James castigado por calambres y prácticamente inmóvil sobre el parquet tras anotar su última canasta (92-94), a partir de ahí coser y cantar para los tejanos, que con un parcial de 16-3 se aseguraron el primer punto de las series finales. 

El partido hasta aquel momento de dolorosa abdicación del King James se había jugado en términos de absoluta igualdad, con ambos equipos utilizando sus mejores armas. Parece que Spoelstra apuesta por Lewis como complemento de Bosh en el falso juego interior de los Heat, circunstancia que Popovich tiene claro como aprovechar. Buscar a Splitter siempre que sea posible. Por no hablar de un Tim Duncan a quien no es necesario buscarle. El baloncesto siempre le encuentra, cada movimiento del mejor cuatro de la historia sobre una cancha de baloncesto es una lección de fundamentos y sobriedad. Con 21 puntos y 10 rebotes empezó a presentar su candidatura para su cuarto MVP de unas finales. Miami, dirigidos por un errático Chalmers (horrible partido el suyo) pronto empezó a ceder la batuta a un LeBron que tardó en entrar en juego pero acabó siendo, una vez más, el mejor de su equipo. A pesar de la igualdad en el marcador los Spurs daban la sensación de ofrecer siempre un poquito más que su rival, cosa que se hizo evidente cuando las segundas unidades de ambos rosters hicieron acto de presencia. El banquillo de San Antonio es superior al de los de Florida, sobre todo si hay por medio un nombre propio como el de Manu Ginobili. El argentino clavó sus tres primeros intentos triples (dos en contrataque, y otro en cuanto recibió un primer pase, y es que en los metódicos Spurs también hay sitio para la inspiración individual y las genialidades anárquicas) Boris Diaw se mostraba como mejor antídoto contra James que Leonard, y el banquillo tejano hacía daño para compensar el mal partido de Danny Green y Kawhi Leonard, quienes sólo aparecieron en los minutos finales y con viento a favor. Pero Spoelstra también encontraba recursos en un Ray Allen jugando a un nivel altisimo (16 puntos, 5 robos y 3 asistencias desde el banquillo) y en un Chris Andersen siempre voluntarioso y efectivo en defensa. 

Y llegó la jugada clave. James había comenzado a dar síntomas de problemas físicos, viendo parte del último cuarto desde el banquillo, lo que aprovechaba San Antonio para tomar pequeñas ventajas en el marcador. Con 90-94 el alero Heat no quiso esperar más a pesar de su estado y volvió a cancha. Anotó fácil en penetración pero tras dejar el balón en las redes tejanas se encendieron todas las alarmas. The King se quedó clavado en la banda. Tuvo que retirarse con la ayuda de sus propios compañeros y de un Spoelstra al que se le venía el mundo encima. El 92-94 con el que dejó el marcador fue su último acto de servicio del partido. Los Spurs arrollaron a partir de ese momento y Green y Leonard, ausentes hasta el momento, se unieron a la fiesta. Marcador abultado y engañoso que no hace justicia a los méritos de uno y otro equipo, pero el primer punto se quedaba en San Antonio.    


El Tío Calambres



NO CABREES AL REY 

La imagen del primer partido, más que la victoria de los Spurs, estaba en el colapso físico sufrido por LeBron, auténtica vitamina para los haters. Hasta Gatorade decidió sumarse al escarnio, haciendo bromas en twitter sobre el problema del alero de Miami. Nunca cabrees a un jugador así. No provoques su ira. No quieras ver su mejor versión. Puede hacerte añicos, puré, papilla. Y es que LeBron dejó una exhibición en el segundo partido de las finales que los asistentes al AT&T Center de San Antonio tardarán en olvidar. 

Todo ello a pesar de fallar sus tres primeros lanzamientos a canasta, en un primer cuarto marcado por la formidable defensa tejana. LeBron se fue al banquillo tras algo más de 9 minutos de juego en los que anotó una canasta de cuatro lanzamientos, capturó un rebote, y perdió tres balones. Pero a partir de ahí se desató la tormenta. En los tres cuartos siguientes anotó 33 puntos, en una serie de 13 de 18, incluyendo los tres lanzamientos triples que intentó. Capturó diez rebotes más para acabar con once, y destrozó por igual a Leonard, Diaw, y cualquiera que se le pusiera por delante. Lanzamientos desde media distancia, triples en llegada, penetraciones. En definitiva dominar un partido de unas finales NBA como no se veía desde el mejor Michael Jordan. 


Del mismo modo que en el primer encuentro, la igualdad fue la tónica dominante del partido, pese a un gran arranque de San Antonio. La consigna de Popovich para los primeros minutos de estos partidos es clara, hacer daño dentro. Sacando el máximo rendimiento a Splitter y disfrutando de la eterna juventud de Tim Duncan (18 puntos y 15 rebotes, 7 de ellos en ataque) Que espectáculo ver a un jugador de 38 años rebañar balones en el aro rival de esta manera. Los locales cerraron el primer cuarto mandando de siete, y comenzaron el segundo alcanzando una máxima diferencia de once puntos (19-30), hasta que LeBron comenzó su exhibición. Bien secundado por un Ray Allen vital para Spoelstra y un Rashard Lewis aspirante a “factor x” de estas finales. Un parcial de 9-0 para Miami estrechó un marcador que ya no conocería grandes ventajas. Los Heat supieron templar mejor los ánimos en los minutos finales, mientras que San Antonio se precipitó con un triple lejano de Ginobili que puso más cerca la victoria visitante. Chris Bosh, tantas veces criticado como la pata más coja del “Big Three” de los de Florida resultó clave con un triple y una asistencia picada dejando completamente solo a un Wade que ponía un 98-93 insalvable para los tejanos. Ginobili estrechó el marcador con un triple sobre la bocina pero los de Spoelstra conseguían su objetivo. Se llevan un punto de sus dos primeros partidos en el AT&T Center, escenario que vivirá como mínimo un quinto partido. Ojala sean siete. El baloncesto lo merece. Y si es para brindarnos espectáculos como el de anoche, más todavía.        


Tuvo su revancha.



lunes, 2 de junio de 2014

ABDICAR O SEGUIR REINANDO



El Rey ante su más difícil todavía: tripitir anillo.


Habemus finales. Miami Heat y San Antonio Spurs repiten como finalistas, y por tanto como campeones de sus respectivas conferencias (lo cual, no nos cansamos de repetir, es un título, aunque en Europa no se valore como tal) Para los de Florida es su quinto campeonato del Este en sus 26 años de vida como franquicia, y el cuarto consecutivo. Cuatro finales seguidas desde la llegada de LeBron. San Antonio Spurs suma 47 temporadas entre NBA y ABA, y 6 veces ha sido campeón del Oeste, todas ellas desde que Gregg Popovich maneja el banquillo tejano. Hasta el momento Miami ha jugado cuatro finales y ganado tres, un 75% de efectividad. San Antonio ha participado en cinco y ganado cuatro, 80% de acierto. La única final perdida por Popovich, precisamente contra los Miami Heat a los que ven ahora con ánimos de revancha por la ocasión perdida la pasada temporada (aquel triple de Ray Allen) Los Spurs cuentan además con factor cancha, a diferencia del anterior curso, en el que se llegó al séptimo partido y los de Spoelstra remontaron la eliminatoria ganando sus dos últimos encuentros como locales. La serie se jugó con el formato 2-3-2. San Antonio golpeó primero, ganando el primer choque en Miami. Los Heat empataron la serie en el segundo. Las finales viajaron a Texas, donde los Spurs aplastaron a su rival en el tercer partido (36 puntos de diferencia) LeBron y compañía se repusieron en un gran cuarto encuentro y volvieron a empatar la serie. San Antonio ganó el quinto, disponiendo entonces de dos match balls para conseguir el anillo que no aprovechó, teniendo la mejor ocasión en un sexto partido que parecía ganado y Ray Allen llevó a la prórroga. En resumen, en los cuatro partidos jugados en Miami, los locales ganaron tres. En los tres disputados en tierras tejanas, dos. Ambos equipos, como visitantes, lograron arrancar una victoria en feudo ajeno, pero el factor cancha se mantuvo. Esta temporada se vuelve al formato clásico 2-2-1-1-1, en teoría mejor para el equipo con campo a favor, ya que juega el quinto partido (decisivo, porque en caso de no suponer un 4-1, es decir, el título, en todo caso sería un 3-2, lo cual viene a ser ganar dos bolas de partido en argot tenístico) como local.   

Personalmente deseamos que la serie se alargue y se decida en el séptimo partido. Sobre quien deseamos que gane, no lo tenemos tan claro. Ya saben que en este blog somos de unos Pistons que no levantan cabeza y esta temporada volvieron a defraudar. Nunca nos han gustado mucho los Spurs, que comenzaron a ganar anillos con un estilo demasiado defensivo y rocoso y poco atractivo para el aficionado (sí, ya sabemos que los Pistons se basaban en eso también, pero cuando uno “es” de un equipo entran en juego componentes emocionales que no entienden de coherencia argumental), pero hay que admitir que Popovich ha sabido evolucionar y los San Antonio de las últimas temporadas son un monumento al buen baloncesto. Uno de los equipos más anotadores de la liga, con mayor fluidez ofensiva y mejor circulación de balón. Nada que ver con el equipo casi barriobajero que todo el mundo odiaba y que si hacía falta hasta le partía la nariz a Steve Nash. Los actuales Spurs nos han ganado a todos, y pase lo que pase en estas finales ya han hecho historia. Quince años después de su primera vez Popovich y Duncan vuelven a unas finales. Posiblemente el mejor binomio jugador-entrenador desde los tiempos de Auerbach-Russell (y sobre que Duncan es el mejor “cuatro” de la historia no creo que exista debate) Pero por otro lado en este blog somos muy de LeBron, jugador al que se le ha vilipendiado injustamente en infinidad de ocasiones y con una legión de “haters” a su alrededor inexplicable cuando hablamos del mejor jugador que ha conocido este deporte desde Michael Jordan. De modo que como diría aquel, tenemos el corazón “partío”. Lo que tenemos claro es que van a ser unas grandísimas finales y que gane quien gane habrá hecho méritos y disfrutaremos de ver como las grandes leyendas siguen creciendo. Puede ser el three-peat de LeBron y el cuarto anillo de Wade, o el quinto de Pops y Duncan, una pareja para la historia. Veremos.   


Una pareja que cambió la NBA


Se habla de dos estilos muy diferenciados, ensalzando la coralidad de San Antonio y despreciando a unos Miami más basados en sus estrellas que en su juego de conjunto (y cuando se hace un análisis tan simplista, nos dan ganas de ir con los Heat) Es cierto que lo de Popovich es auténtica artesanía a la hora de dosificar su plantilla. Establecer el mejor balance de la temporada en la mejor liga de baloncesto del mundo (62-20) sin que ningún jugador haya llegado a los 30 minutos de media (Parker, el más utilizado, 29.4) es una auténtica hazaña y habría que tirar de hemeroteca para ver si en alguna otra ocasión se produjo algo igual. En play offs han tenido que subir el minutaje, pero no demasiado. Tim Duncan es quien más permanece en pista, con 32.6 minutos por partido, promediando 16.5 puntos y 8.9 rebotes a sus 38 años. Un mito viviente y en activo. En Miami (balance en liga regular 54-28) su “big three” acumula más minutos (LeBron 37.7, Wade 32.9 y Bosh 32 en temporada, 38.3, 34.7 y 33.6 en play offs) y casi todo pasa por LeBron, que promedia números muy similares tanto en liga regular como en series por el título. 27 puntos por partido, casi 7 rebotes. 6.3 asistencias en liga regular, 5 en play offs. Un extraterrestre.  

San Antonio sigue con su buen ritmo anotador en play offs (106.6 puntos por partido, por 99.1 de Miami), en rebotes también están más fuertes (43.2 por 34.6 de los de Florida), y en asistencias (21.3 por 19.3) ¿Cómo están de cara al aro? Los dos muy bien, ligeramente mejor Miami (49.7% en tiros de campo por 48.2% San Antonio), en tiros libres también muy parejos (79.2% Miami, 77.3% San Antonio) y en triples más igualdad todavía (39.5% los Heat, 39.2% los Spurs, y lanzando un poco más los de Miami, 23.6 intentos triples por choque por 21 los tejanos) Echando un vistazo a todos estos datos y al transcurso de la temporada se diría que el equipo de Popovich llega un poco más fuerte a unas finales que no obstante parecen lo suficientemente igualadas e inciertas como para concitar toda la atención posible. Veremos si van surgiendo esos pequeños detalles que, por imprevisibles, pueden decantar la balanza y acabar siendo decisivos. Uno de ellos puede ser el tobillo de Tony Parker, en estos momentos lesionado y del que se desconoce si llegará a tiempo al inicio de las finales (el jueves) y en que estado podrá jugar. Problemas para Pops, ya que el base galo, además de ser el jugador clave para su equipo junto a Duncan, es posiblemente el baloncestista más difícil de defender para Miami.   


El tobillo de Parker enciende las alarmas.


Sin duda alguna nos encontramos ante unas finales que lo tienen todo para enganchar al aficionado que quiera disfrutar sin prejuicios de dos equipos que practican un baloncesto moderno, dinámico y versátil. Dos franquicias que han apostado claramente por un juego ágil, desterrando la importancia casi dinosáurica ya de jugar con un “cinco” dominador (la posición en la que más cojean ambos equipos), y por un baloncesto abierto en el que suele haber hasta cuatro jugadores por fuera esperando para el lanzamiento o la penetración. Bien es cierto que los tejanos ejemplifican un baloncesto más de vieja escuela, con las posiciones más definidas y constante bloqueo y continuación, mientras que en Miami LeBron se erige como el más claro “all around player” del siglo XXI, capaz de jugar en cualquier posición. Pero tanto Popovich como Spoelstra son entrenadores que buscan un baloncesto total en sus equipos y exigen trabajo a ambos lados de la cancha. En unas finales siempre surgen duelos individuales que no permiten al aficionado ni pestañear. El hiperactivo LeBron tratará de frenar a la estrella emergente que es Kawhi Leonard, pero seguro que le vemos ayudando en la defensa a Tim Duncan, quien tendrá mucho que decir ante un par “blando” como es Chris Bosh. Chalmers tendrá una difícil papeleta con Parker (insistimos no obstante en las dudas sobre su tobillo), mientras que por San Antonio Danny Green sufrirá con las penetraciones de un kamikaze llamado Dwyane Wade. Hemos dicho que en el puesto de pívot es donde más debilidad plantean ambos equipos, y precisamente por eso es la posición por donde los dos técnicos buscarán recrudecer más los partidos sin importarles el desgaste ni cargar a sus hombres altos de faltas. Miami directamente juega sin cinco, con Battier y James como aleros y Bosh como único interior (un interior que vive mayormente de su tiro de media distancia), o con Udonis Haslem, un cuatro que se pega con quien haga falta. Con ese panorama cobra importancia la figura del veterano Chris Andersen, lo más parecido a un pívot puro (Greg Oden y sus 5 minutos en todos los play offs al margen), cuyo duelo con Splitter puede hacer saltar chispas. Rashard Lewis, más de lo mismo, otro cuatro abierto. Veremos también defensas zonales (permitidas en la NBA desde hace más de diez años, para los despistados), pero menos, ya que ambos equipos cuentan con muy buenos tiradores (ya no funciona lo de flotar a LeBron, 40% y 38% en triples en las dos últimas y respectivas temporadas) y no parece que a Popovich le pueda funcionar como a Rick Carlisle hace tres temporadas con Dallas Mavericks en las primeras finales de los Heat de la “era LeBron”. Aún así es posible que “Pops” recurra a ello para evitar tanto desgaste de sus jugadores, mientras que Spoelstra sabe que cuando LeBron y Wade muerden por fuera son dos de los mejores defensores exteriores del mundo. Belinelli, Green, Ginobili… muñecas demasiado peligrosas como para dejarles un milímetro. 


Curiosamente, hoy conocemos la noticia de la abdicación del Rey… ¿señal de la caída de LeBron James en estas finales?, la respuesta, a partir del jueves. 

miércoles, 22 de enero de 2014

LOS MEJORES DEL AÑO: ENTRENADORES EXTRANJEROS


Y finalizamos nuestro pequeño serial sobre los mejores del 2013 con la parte dedicada a los banquillos internacionales, esperamos que estas entregas hayan sido de vuestro agrado. 


GREGG POPOVICH: El viejo marine lo sigue teniendo. Son 18 años ya en unos Spurs a los que ha cambiado para siempre, y manteniéndoles como mínimo por encima del 60% de victorias desde la campaña 97-98 (y recuerden que hablamos del “Wild West”) Siempre apoyado en su fiel Tim Duncan, auténtica prolongación en la pista de su entrenador pese a no jugar de base, ha demostrado una envidiable capacidad de adaptación y evolución para convertir a los antaño rocosos y defensivos Spurs en una de las maquinarias más anotadoras de toda la NBA. La temporada pasada su equipo dejo la firma de 103 puntos por partido en temporada regular (cuarta mejor marca) y fue la franquicia más generosa de la liga con 25.1 asistencias por encuentro (7.6 de su base Tony Parker, pero con muchos jugadores contribuyendo en ese apartado) Juegan de cine. Ya hemos perdido la cuenta de las veces que hemos escuchado eso del “último baile” de Duncan y compañía, que no tienen gasolina para una temporada tan larga como la de la NBA, o que van a llegar fundidos a los play offs. Como los villanos de las mejores películas de terror siempre vuelven. Pese a todo, aún se le pueden reprochar algunos fallos en el ya histórico sexto partido de las finales en esos increíbles minutos finales, con emparejamientos defensivos discutibles, Tim Duncan en el banquillo, y no ordenando falta personal para llevar a la línea de tiros libres a los Heat cuando su equipo estaba tres arriba. Pero a toro pasado se ve muy fácil. La realidad es que Pops lo ha vuelto a hacer.     


Una sociedad para la historia.


ERIK SPOELSTRA: Habrá quien relativice el éxito de Spoelstra en base a la calidad de su plantilla, o quien afirme que lo suyo es estar en el sitio correcto en el momento adecuado. Lo que es innegable es que con 43 años y ya 2 anillos en su palmarés va camino de leyenda de los banquillos. Un triunfador de quien en Marzo se hacía oficial su relación con una cheerleader de los Heat unos 20 años menor que él. ¿Qué más puede le puede pedir a la vida? Hablemos de méritos. El suyo ha sido el saber gestionar los egos de un vestuario plagado de estrellas, convertir a Miami en uno de los clubes más sólidos defensivamente de la NBA, y convencer a jugadores como Dwyane Wade y Chris Bosh, acostumbrados a que todos los focos recaigan sobre ellos, de que si quieren ganar títulos tienen que estar en un segundo plano frente al Rey LeBron. Acostumbrados a ver tantos proyectos de juntar estrellas irse al garete (los Lakers de la pasada temporada o los Brooklyn Nets de este curso), hay que admitir que este tío tiene buena mano en lo suyo.  



Como se decía antiguamente: "¡estás hecho un pink floyd!"


EX AEQUO VINCENT COLLET/GEORGIOS BARTZOKAS: Dudábamos tanto entre estos dos nombres para completar nuestro podio que finalmente hemos sido salomónicos y optado por meter a ambos. Uno, el triunfador continental a nivel de selecciones, el otro, en el ámbito de clubes. Vincent obtiene la recompensa a un largo trabajo de años y de confianza en dicha labor por la federación francesa, después de veranos pegándosela contra un escollo insalvable llamado España. El griego (quien ya había demostrado sus cualidades llevando a Europa al muy modesto Olympia Larissa) tenía la papeleta de tomar el relevo de todo un Dusan Ivkovic en un club que venía de ser campeón de Europa contra pronóstico. Ambos triunfaron y llevaron a sus equipos a lo más alto del escalafón continental.   



El Mr.Bean griego se llevó la Euroliga.



Otros nombres que debemos mencionar por su buena labor durante el 2013 son los de Frank Vogel, capaz de llevar a Indiana Pacers a la final del Este y disputarle siete partidos a unos Miami Heat que se las vieron y se las desearon para conseguir el cetro de conferencia, o el de Eugeny Pashutin, campeón de la Eurocup con el Lokomotiv Kuban por desgracia para nuestro baloncesto, ya que como muchos recordarán su rival por el título en aquella final fue el Bilbao Basket. 

lunes, 24 de junio de 2013

EL DISCURSO DEL REY


LeBron en 2007, felicitando a los campeones y recibiendo las bendiciones de Duncan.



La escena se remonta a Junio de 2007. Los San Antonio Spurs de Gregg Popovich cerraban una feroz tetralogía de campeonatos comenzada en 1999 frente a New York Knicks y que por el camino había dejado como sucesivas víctimas a New Jersey Nets en 2003 y Detroit Pistons, vigentes campeones por aquel entonces, en 2005. Tim Duncan, el mejor ala-pívot de todos los tiempos, se adornaba con su cuarto anillo de campeón frente a unos emergentes Cleveland Cavaliers liderados por un joven (22 años) LeBron James que comenzaba a dejar intuir su inminente reinado en la NBA. Los Cavs habían dado la campanada dejando en la cuneta a los siempre duros Detroit Pistons, por aquel entonces el mejor equipo del Este cimentado en un quinteto titular que ya es leyenda (Billups-Hamilton-Prince-Rasheed Wallace-Ben Wallace… aunque en realidad aquella temporada Big Ben había volado a Chicago una vez cazado el contrato de su vida, y su lugar en la pintura lo ocupaba uno de los mejores jugadores que ha dado el estado de Michigan en los últimos tiempos, el oriundo de la ciudad del motor Chris Webber) Los Pistons, que tenían factor cancha, habían ganado los dos primeros partidos y nadie podía prever las cuatro derrotas consecutivas que sufrieron a manos de un desbocado LeBron James dispuesto a jugar las primeras finales de su por entonces corta carrera profesional. La escabechina que el James de 22 años realizó en la MoTown se resume en una media de 31.2 puntos, 9.7 rebotes, 8.7 asistencias y 2.2 robos de balón por partido en esas cuatro victorias de Cleveland. Capítulo aparte fue lo sucedido en el quinto partido de la serie, aquel que puso el 3-2 en el casillero de los Cavaliers y dejó a los de Detroit al borde del abismo. James fue poseído por uno de esos resplandores de iluminación anotadora que de vez en cuando nos ofrece este maravilloso deporte. Ante uno de los equipos más rocosos de la liga, el de Ohio anotó entre el último cuarto y la prórroga 29 de los últimos 30 puntos de su equipo para una marca total de 48, incluyendo, no podía ser de otra manera, la canasta ganadora. El golpe fue tan duro para los de Flip Saunders que el sexto partido fue el más cómodo de toda la serie para la franquicia de Cleveland. LeBron James, con 22 años, comenzaba a hacer historia.   


LeBron bombardeando la MoTown


En las posteriores finales entre los tres veces campeones San Antonio Spurs y los bisoños Cleveland Cavaliers no hubo más color que el marcado por las espuelas tejanas. Barrieron a sus rivales por 4-0 en otro de esos play offs finales insípidos que solían protagonizar los eficientes marines de Popovich. Pero fue entonces cuando Tim Duncan, ejemplar siempre dentro y fuera de la cancha, consoló al joven LeBron James cuando el de Ohio visitó el vestuario rival para felicitar a los campeones con una sentencia profética que a día de hoy parece con creces cumplida: “Algún día esta liga será tuya”. 

Y ese día ha llegado. En los últimos cuatro cursos baloncestísticos The Chosen One ha cosechado de manera consecutiva cuatro trofeos al mejor jugador de la liga regular, tres campeonatos del Este, dos títulos de la NBA y dos MVP al mejor jugador de las finales. Entre medias le ha dado tiempo a colgarse al cuello su segundo oro olímpico en Londres, y sumarlo al obtenido en Pekín hace ahora cinco años. Nadie domina este juego en todo el globo terráqueo como él, y a sus impresionantes registros estadísticos individuales (jugador más joven en ir superando todas las respectivas marcas de anotación milenarias) añade por fin el palmarés necesario para que su reinado sea considerado como tal. 

Seis años después de la escena con la que iniciamos esta entrada, encontramos otra vez a nuestros dos ilustres protagonistas dándose de nuevo un abrazo después de la batalla. Pero en esta ocasión es LeBron, ese chico al que Duncan profetizó que tendría la liga en sus manos, quien consuela al gigante impasible de las Islas Vírgenes, a quien en un gesto de rabia poco habitual en su persona veíamos golpear el suelo después de cometer dos fallos consecutivos que podían haber cambiado el rumbo de la final. Quedaban 39 segundos para el final cuando el marcador registraba un taquicárdico 88-90 favorable a Miami. Duncan posteó con su facilidad habitual a Shane Battier y a escasos centímetros del aro falló una canasta que en un altísimo porcentaje para este jugador acaba besando las redes. A sus propias manos llegó el rebote ofensivo para intentar un palmeo que igualmente fue errado por el 21 tejano. En la siguiente posesión LeBron anotaba una canasta de media distancia que sentenciaba la final y daba el segundo anillo a King James. Así se escribe la historia. Un plano congelado de dos de los mejores jugadores de todos los tiempos representando la cara y la cruz de este magnífico deporte.     


El abrazo de los campeones



La historia nos dice, si echamos un vistazo a las carreras de los más grandes jugadores NBA de todos los tiempos, que con 28 años se está aún muy lejos de haber alcanzado techo. Hasta donde será capaz de estirar su poderoso reinado LeBron es algo que en estos momentos no podemos discernir, pero en buena lógica los momentos de gloria debieran seguir sucediéndose, pese a la incapacidad de su técnico Spoelstra para sacar mayor rendimiento a una plantilla mucho mejor que la que se le supone a un roster cuya rotación en estas finales ha sido prácticamente de tan sólo ocho jugadores. Chris Bosh es otro nombre que sale muy tocado de estas finales y que evidencia el gran problema interior que tiene la franquicia de Florida, avisado ya en las finales de conferencia por un Roy Hibbert que campó a sus anchas por la zona de Miami. Veremos si el “Big Three” actual se rompe buscando fortalecer esas posiciones con algún jugador de no tan fina muñeca como Bosh pero mejores prestaciones defensivas, aunque la estrecha amistad que une a las tres estrellas de los Heat juega decididamente a su favor. No obstante han de hilar muy fino en el despacho de Pat Riley para que LeBron pueda mantener su reinado. Indiana ya avisó en su propia conferencia. Chicago quiere volver a aspirar al título de la mano del esperado Derrick Rose, y en el Oeste, pese a la aparición esta temporada de unos Spurs que llevan años con aroma a “último baile”, la gran amenaza se concentra en Oklahoma City donde el futuro rey Durant espera la claudicación del actual monarca de la NBA LeBron James. El batacazo sufrido en estos play offs por los Thunder tras la desgraciada lesión de su otra gran estrella Russell Westbrook constata una tozuda realidad por la cual ha sido injustamente vilipendiado el gran LeBron. Y es que por muy rey que seas, no puedes ir a la batalla sin un buen ejército.     


...pero sigue siendo El Rey.


viernes, 14 de septiembre de 2012

CAMPEONES Y FAVORITOS







Hace unas entradas tratábamos de analizar a unos remodelados Los Angeles Lakers quienes parten como unos de los favoritos para la conquista del anillo, saliendo desde una imaginaria “pole position” junto a los pujantes Oklahoma City Thunder, y, como no podía ser de otra forma, los actuales poseedores del título, los Miami Heat de LeBron James, a los que de hecho consideramos como los máximos candidatos por delante de sus dos potentes rivales en la otra conferencia. De modo que hoy vamos a detenernos en las posibilidades de la franquicia entrenada por Erik Spoelstra de alcanzar el “back-to-back”. 


A pesar de que históricamente se ha demostrado que no es nada fácil repetir título (entre 1970 y 1987 ningún campeón logró revalidar título), hay una tendencia natural a considerar al vigente ganador del anillo, al actual poseedor de la gloria, como el máximo favorito la temporada siguiente, salvo que haya habido un cambio de fisonomía demasiado pronunciado en su roster, o hablemos de un campeón contra pronóstico que haya dado la campanada sin que nadie hubiera dado un centavo por ellos a comienzos de temporada. 


No es el caso de Miami, tras quedarse a las puertas de la gloria hace dos temporadas frente a unos Dallas Mavericks quienes si ganaron el anillo de manera sorpresiva (y por tanto no eran favoritos la temporada siguiente), el pasado curso sólo tenían un objetivo en mente que no era otro que el anillo. Ya no había excusas. Había pasado el periodo de adaptación de sus nuevas figuras, tenían la experiencia de las anteriores finales, y un aún verde Spoelstra vapuleado tácticamente por Rick Carlisle sin duda habría sacado enseñanzas positivas para el segundo asalto al título de los Miami Heat de la era LeBron James. Así fue, y aunque durante la temporada regular James y compañía se tomaron las cosas con relativa calma (balance 46-20, por detrás de San Antonio, Chicago y Oklahoma), en cuanto sonaron los tambores de guerra de los play-offs la locomotora de South Beach se puso en marcha imparable hacia el triunfo final, solventando sin excesivos apuros sus eliminatorias frente a unos blandos Knicks en primera ronda, los sorprendentes Pacers en semifinales de conferencia, y prácticamente no dando ninguna opción a unos Oklahoma que aunque ganaron el primer partido a partir de ahí no pudieron superar el martillo pilón golpeando sin piedad de un LeBron James en su mejor versión. En ese camino hacia el título de post-temporada hemos omitido como habrán comprobado la final de conferencia, ya que merece comentario aparte. Eliminatoria épica e histórica a siete partidos con el nombre propio de Rajon Rondo, luchador incansable e inasequible al desaliento empeñado en poner al mismísimo King James contra las cuerdas con actuaciones como la del segundo partido con 44 puntos, 10 asistencias y 8 rebotes, sin un segundo de descanso en el banquillo y todo ello con el añadido de una prórroga (“Magic” Johnson llegó a decir que posiblemente era el mejor partido de un jugador exterior que había visto nunca en play-offs)… por cierto, Miami ganó ese partido. 


LeBron y Rondo, ambos en su mejor versión, representaron una final de conferencia para la historia.


Por tanto, habiendo cumplido las expectativas creadas hace dos veranos en torno a la estelar colaboración entre D-Wade, Chris Bosh y King James, los Heat de Miami se establecen como el astro más brillante de toda la galaxia NBA. En una pretemporada plagada de espectaculares movimientos los de Florida no han necesitado de demasiada atención mediática, eran los demás los que tenían que reforzarse. Aún así, y teniendo claro que lo principal era mantener el bloque campeón del pasado año, se diría que los Heat son aún más fuertes y poderosos que el anterior curso, gracias a la contratación de dos nombres con el suficiente brillo como para satisfacer a los aficionados que pueblan las gradas del American Airlines Arena. Un Ray Allen que buscará su segundo anillo de campeón como ya hiciera con su aterrizaje en Boston en verano de 2007, y el siempre dudoso Rashard Lewis, atípico power-forward con tanta calidad como indolencia. Echemos un vistazo a lo que parece ser el roster con el que los campeones afrontan la temporada 2012-13 en la mejor liga del mundo. 


En la dirección del juego la batuta la seguirá llevando la pareja Chalmers-Cole. Sólo dos bases puros, lo cual puede parecer escaso para una liga como la NBA de 82 partidos solamente en regular season, y que para un equipo aspirante al título alcanza casi con total seguridad el centenar de encuentros durante toda la temporada. Ningún problema si tenemos en cuenta que tanto Wade como James pueden ocupar esa posición con total solvencia, por lo que Spoelstra cuenta hasta con cuatro opciones para llevar el ritmo del partido. Chalmers disfruta ahora de la gloria para la que parecía predestinado cuando fue campeón de la NCAA con los Jayhawks de Kansas siendo elegido MVP de la Final Four, pero no ha sido fácil su camino hasta llegar a ser consolidado base titular de un equipo campeón de la NBA. En la extraordinaria reunión de talentos que supuso el draft de 2008 (Derrick Rose, O.J. Mayo, Russell Westbrook, Kevin Love, Michael Beasley…) tuvo que esperar hasta la segunda ronda para escuchar su nombre seleccionado por los Minnesota Timberwolves. Una pequeña decepción que posiblemente se viese un tanto mitigada cuando supo que su destino final sería Miami donde intentaría devolver a la gloria a la franquicia que había sido campeona sólo dos años antes junto al por aquel entonces líder indiscutible Dwayne Wade y un Michael Beasley que llegaba con aureola de auténtica estrella y sobre quienes se centraron los primeros focos en la calurosa ciudad de Florida. Sin embargo el pequeño base de Anchorage demostró desde el principio que no le iba a ir a la zaga a Beasley, número 2 de aquel draft, y que iba a hacer notar la injusticia de que entre uno y otro jugador hubiera nada menos que 32 puestos de diferencia. Tanto es así que cuando Miami acometió la empresa de hacer espacio salarial (y de egos y roles) ante la llegada de LeBron y Bosh, no hubo dolor alguno en librarse de un Beasley que ya había agotado la paciencia de dirigentes, técnicos y aficionados debido a su constante falta de disciplina y escasa profesionalidad, sin embargo Chalmers debía ser la batuta que guiase a tan brioso trío, al estilo (salvando las distancias) de la confianza depositada en Boston sobre un tal Rajon Rondo para dirigir a su trío estelar reunido en el verano de 2007. En el caso de Cole, hablamos de uno de los jugadores revelación la pasada temporada. La primera elección de Miami en el draft del 2011, en realidad elegido por Chicago, se ha mostrado como un base valiente y descarado sin problemas para atacar el aro rival y con cierta predilección por el juego de ritmo alto. Buenas noticias para un equipo como Miami que un jugador elegido en un puesto 28 muestre tal adaptación inmediata a la liga. Precisamente cuando escribo estas líneas leo la noticia de que han renovado a Terrell Harris como decimosexto jugador de momento del equipo (el roster definitivo no puede pasar de 15 hombres), veremos si se queda como tercer base. En caso de que sea así no pasará de ser un jugador muy residual, a pesar de que sus 14 minutos por partido en 22 encuentros la pasada temporada con la elástica Heat no son despreciables. Harris, junto a Mickell Gladness y Jarvis Varnado, buscará una plaza para la temporada durante los inminentes training camps.


Chalmers y Beasley, sólo pudo quedar uno.



De modo que en el apartado directivo del juego se puede decir que Miami no debería tener problemas y lo tiene bien cubierto. En el caso de los aleros, decir que es una posición bien cubierta sería quedarnos cortos. Difícilmente podemos encontrar un equipo en toda la NBA con mayor cantidad y calidad de pólvora que la que atesoran los aleros Heat. Wade y LeBron se bastarían por si solos para elevar a la categoría de candidatos a todo título en juego a cualquier equipo al que prestasen sus servicios. En el caso de LeBron estamos hablando de un baloncestista que ya ha roto moldes y ha escapado a la limitación de su puesto. Sencillamente, el mejor y más completo jugador del mundo hoy día. Al lado de estas dos grandes estrellas un Ray Allen que a pesar de sus 37 años sigue siendo posiblemente el mejor tirador puro del baloncesto profesional. Será el sexto hombre del equipo, y la primera referencia ofensiva los minutos que no coincida en cancha con James, Wade o Bosh. Al lado de tanta estrella, siempre es necesario contar con jugadores de perfil quizás más bajo, capaces de ponerse el mono de trabajo y realizar con eficiencia el siempre duro y sacrificado trabajo oscuro. En el caso de Miami esta función recae en dos jugadores absolutamente contrastados en la liga como Shane Battier y Mike Miller, buenos complementos de equipos de abnegada labor defensiva y buena mano para hacer daño en ataque en momentos esporádicos (y como no recordar en ese sentido la memorable serie de 7 de 8 en triples de Miller en el quinto y definitivo partido de las últimas finales) Por si fuera poco y muy al fondo del banquillo, Spoelstra cuenta con el especialista tirador James Jones, campeón del concurso de triples del All Star Weekend en 2011, y al que habitualmente veremos agitando toallas, aunque si Miami es capaz de poner el modo apisonadora desde el principio de la temporada sin duda habrá mucho descanso para los titulares y hombres importantes y Spoelstra podrá disponer de una rotación amplia y una dosificación envidiable de cara a los de momento muy lejanos play-offs por el título. Como ven absoluta dinamita en las alas, a la que hay que sumar la que podría aportar Rashard Lewis si se incorpora a la posición de tres en algún momento.  

Afortunadamente para los rivales y para la competición, la continuación del análisis sobre Miami una vez llegada al juego interior no ofrece tan buenas noticias. Vuelve a ser su único punto débil y pequeño talón de Aquiles, sin ningún pivot realmente imponente y sólo Chris Bosh como jugador estelar. Un Bosh que por otro lado tiene como mayor virtud su lanzamiento de media/larga distancia y no destaca precisamente como un gran defensor o compulsivo reboteador. Esto no quiere decir que Miami vaya a ser un equipo inofensivo en ambas zonas, debido al descomunal aporte que puede realizar una vez más, lo han adivinado, LeBron James, absolutamente indefendible al poste y capaz de cubrir cualquier posición atrás. Pero es cierto que en el centro de la zona Heat se observa un gran vacio. Lewis, como back up de Bosh, al igual que el tejano destaca sobre todo por su exquisita muñeca (a pesar de su heterodoxa mecánica de lanzamiento), y a su habitual alergia a la zona hay que sumar las incognitas que siempre han rodeado a su rendimiento en los últimos tiempos desde su estratosférico contrato con Orlando Magic, lo cual le hizo entrar de pleno derecho en aquello que el bueno de Andrés Montes llamaba el club de los "se dejaba llevar". El resto de interiores conforman un conglomerado de cuerpos extraños que sumados todos ellos apenas llevan a sumar un solo pivot de calidad. No obstante merecería cierta indulgencia Udonis Haslem, uno de los líderes espirituales del equipo (nativo de Miami, lo cual le da una especial implicación con el equipo de su ciudad en una competición en la que tal cosa no se estila especialmente), y jugador clave en el primer anillo de la franquicia obtenido en 2006. Haslem es uno de esos jugadores con talento limitado, pero la cabeza lo suficimiente amueblada como para saber donde están sus carencias y defectos, y como explotar sus escasas virtudes frente a interiores mucho más brillantes. Pese a sus escasos 203 centímetros ofrecerá muchas más dosis de pelea bajos los tableros que Bosh y Lewis, por tanto se antoja fundamental. El canadiense Joel Anthony volverá a ser el especialista defensivo y saldrá de cinco titular (uno de los peores pivots titulares de la liga, dicho sea de paso) El rookie de ascendencia croata Justin Hamilton puede entrar en la rotación como segundo cinco natural por detrás de Anthony, sinceramente para mí su rendimiento es una incognita, aunque con la escasa competencia (en calidad, que no cantidad) en el puesto bien puede ser una de las sorpresas de la temporada al igual que Cole como base el pasado curso. El voluminoso Dexter Pittman intentará superar el bajísimo listón de sus dos primeras temporadas NBA (37 partidos en el total de ambos cursos, sin pasar de los 8 minutos por partido), pero todo apunta a que nuévamente su aportación será totalmente esporádica. Anteriormente citamos a Mickell Gladness y Jarvis Varnado como jugadores a prueba en busca de la plaza definitiva junto al base Harris. De Varnado sabemos que es el máximo taponador de la historia de la NCAA, pese a lo cual hasta el momento no ha encontrado sitio en la liga profesional estadounidense y le hemos visto jugando por Europa. Gladness no ha pasado de tener contratos temporales entre Miami y Golden State y muy dificilmente le veremos en el roster con el que los Heat afronten el comienzo de la temporada en la que deben revalidad el título.        


Udonis loves Miami


Con todo y una vez puesta la balanza, el lector ha de coincidir conmigo en que las virtudes superan claramente a los defectos en el equipo de Spoelstra. Con un presumible quinteto titular Chalmers-Wade-LeBron-Bosh-Anthony y una rotación comprendiendo a Cole, Allen, Battier, Miller, Lewis, Haslem y la incognita Hamilton, hablamos de hasta doce jugadores capaces de aportar algo en el grupo, bien en ataque, defensa, o intangibles, y por encima de todo un rey ya coronado que una vez llegado a la cima del triunfo colectivo que se le resistía y con unos saludables 28 años en su carnet de identidad apunta a seguir siendo el dominador del baloncesto mundial durante los próximos años. Veremos si por fin ha llegado la hora de los jóvenes Thunder, o si los glamourosos veteranos Lakers son capaces de impedirlo, pero dentro de la tripleta de favoritos, justo es colocar un peldaño, por pequeño que sea, a estos actuales campeones.