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martes, 25 de octubre de 2016

NBA IS COMING: SOUTHWEST



Los Gasol se citan en el Suroeste



Y tanto que “is coming” como esta próxima madrugada arranca una nueva edición de la mejor liga del mundo. En nuestro análisis para la próxima temporada nos quedan todavía dos divisiones por analizar, comencemos con la Suroeste, en la que nos encontramos a los hermanos Gasol entre otros muchos jugadores destacados. 


DALLAS MAVERICKS: Hace tiempo que los Mavs no entran en las quinielas como candidato al anillo, pero nadie puede negar su regularidad como equipo competitivo y de play offs, siempre alrededor de un Dirk Nowitzki del que hay que disfrutar sus últimos bailes sobre el parquet, ya que aunque no hay visos de retirada está claro que es quizás el mayor mito en activo de la NBA actual. Se han sabido aprovechar de la necesidad de Golden State para hacer espacio salarial con la llegada de Durant, haciéndose con dos titulares del equipo de las 73 victorias en 2016: Barnes y Bogut. Son las caras nuevas más significativas, como significativas son las marchas de Pachulia y sobre todo Parsons. Potencialmente parecen tan fuertes o más que el año pasado, sobre todo con la garantía que supone tener a Carlisle en el banquillo. El problema no son ellos, es que hay equipos jóvenes como Denver, Utah o Minnesotta que vienen con hambre de play offs y parecen ya en disposición de superar a los tejanos. Estarán luchando por las últimas plazas del Oeste para post-temporada, pero cada vez lo tienen más difícil. 


HOUSTON ROCKETS: Como cantaban Airbag, “ahí viene la decepción”, y es que los Rockets llegaron a parecer uno de los equipos más atractivos y con más posibilidades del Oeste actual, llegando a las finales de conferencia hace dos temporadas, para dar un tremendo paso atrás el pasado curso, perdiendo 15 partidos más en liga regular y cayendo en primera ronda de play offs.  Y si un jugador que encarna perfectamente la palabra “decepción” es Dwight Howard, cada vez menos Superman y camino de su casa de Atlanta. Todo recaerá sobre un Harden eterno aspirante al MVP al que le han rodeado de un puñado de muy buenas incorporaciones como las Ryan Anderson, Eric Gordon o Nené Hilario. A los que hay que sumar los que siguen, gente como Trevor Ariza o Corey Brewer y el joven Clint Capela, que ya el pasado curso dio un salto progresivo importante y sin Howard debe ser la referencia interior de un equipo al que hay que ver sí o sí por una sencilla razón: Mike D’Antoni en el banquillo. Vuelve el “run&gun”.



A La Barba le toca correr.



MEMPHIS GRIZZLIES: Sobriedad y continuidad. Los Memphis Grizzlies representan ese tipo de franquicia seria, alejada de estruendos mediáticos y grandes movimientos en el mercado. Una sobriedad representada en la seguridad de su base Mike Conley, tan seguro como infravalorado (sí, con un contratazo que le llevó a ser durante días el jugador mejor pagado de la NBA, hasta que Cleveland hizo público el coste de mantener a LeBron… pero infravalorado por afición y medios) y en la eficiencia e IQ baloncestístico de un gran pívot como Marc Gasol, auténtico líder del equipo. Llega nuevo técnico, David Fizdale, segundo de Spoelstra en Miami, pero las señas de identidad serán las mismas: rigor táctico, buena circulación de balón, ritmo pausado y ardor defensivo (Tony Allen de nuevo perro de presa) En mi opinión son uno de los equipos más aburridos de la NBA, pero también de los más seguros. Si Gasol está sano nadie duda que estarán en play offs. El alero Chandler Parsons, nueva arma ofensiva para dar un poco de alegría a esos grises oseznos. Zach Randolph apunta a la suplencia, pero seguirá siendo el cuatro de referencia. Ojo al base rookie Wade Baldwin IV, y ojo a como maneja Conley la presión de saberse el segundo jugador mejor pagado del mundo. 


NEW ORLEANS PELICANS: Otro equipo de futuro que se quedó a medio hacer. No pinta una temporada ilusionante en Nueva Orleans, desde luego, cuando han visto marchar a Ryan Anderson y Eric Gordon y los nuevos nombres no parecen demasiado esperanzadores, caso de Lance Stephenson, un jugador tan caído en desgracia como el propio Tyreke Evans, rookie del año en 2010 y quien no ha vuelto a alcanzar ese nivel desde entonces, padeciendo, por si fuera poco, graves problemas de rodilla en los últimos tiempos. Muchas dudas en su juego exterior con Jrue Holiday fuera de las canchas por un tiempo indefinido mientras cuida de su mujer enferma. Hay ganas de ver al rookie Buddy Hield, quien puede estar en la terna entre los mejores novatos del año. Anthony Davis aparece como lógico asidero interior. “La Ceja” es una bestia, no cabe duda, pero está demasiado solo. Los play offs, una utopía. 



SAN ANTONIO SPURS: Pura filosofía Popovich para meterse en play offs por vigésima temporada consecutiva sin bajar del 60% de victorias en liga regular. Una auténtica dinastía sustentada en dos nombres, Popovich, y uno que no está. Y es que imposible no referirse a esta temporada en San Antonio como un “año cero” o un “año uno después de Duncan”, y es que es el mejor ala-pívot de todos los tiempos es sencillamente insustituible. Ni siquiera Pau Gasol podrá hacerlo olvidar, pero qué duda cabe que parece un jugador ideal para el estilo de unos Spurs que siguen siendo una ONU (dos argentinos, un francés, un australiano, un letón y un español en su roster) Hay rumores de traspaso de Aldrige, pero mientras tanto formará una solvente pareja interior con nuestro Pau dirigidos por el ya clásico Tony Parker. El liderato, por supuesto, en las enormes manos de Kawhi Leonard. Los triples de Green, los puntos del “microondas” Mills, la polivalencia de Kyle Anderson, la veteranía de Ginobili y David Lee… vuelven a aspirar a todo, incluyendo plantarle cara a los todopoderosos Warriors.    



Popovich, sin Duncan, pero con Pau





NUESTRO PRONÓSTICO:   

DALLAS: Fuera de play offs.
HOUSTON: Segunda ronda de play offs.
MEMPHIS: Primera ronda de play offs.
NEW ORLEANS: Fuera de play offs.

SAN ANTONIO: Campeones de división. Subcampeones de conferencia.  





martes, 7 de julio de 2015

LA ULTIMA ESPUELA




El relevo de la espuela



Que San Antonio Spurs conforma una franquicia única, ya no sólo en la NBA, sino en todo el mundo del deporte, es algo que debería estar fuera de toda duda. ¿Cuántos casos conocen de equipos del máximo nivel cuyo primer entrenador lleve en el cargo 19 temporadas seguidas?, ¿en el que su máxima estrella lleve 18 años seguidos siendo santo y seña del equipo, sin que nadie le haya jamás cuestionado ni se haya pasado por la cabeza traspaso alguno a pesar de la edad?, ¿en el que ese mismo emblema de la franquicia haya respondido con igual fidelidad, sin plantearse nunca abandonar “su casa”, llegando a incluso a rebajarse el sueldo para mantener un proyecto ganador en una liga condicionada por el límite salarial? La filosofía continuista del club tejano no tiene parangón a día de hoy en un deporte profesional fagocitador, impaciente, nervioso, un moderno Saturno devorando continuamente a sus hijos que instaura una permanente espada de Damocles sobre las cabezas de quienes un día son héroes y a la mañana siguiente villanos dignos del destierro (el más claro ejemplo de tan tóxica concepción del deporte lo ejemplifica el decapitador superior Florentino Pérez) Que el ejemplo de San Antonio no haya sido capaz de calar más hondo en un deporte empeñado en vivir a tanta velocidad que no deja siquiera a los aficionados disfrutar del camino, si no de la meta esporádica, es una pena y merecería análisis aparte. Pero las virtudes de los tejanos son evidentes, sus éxitos también, mientras que su reconocimiento y respeto por parte de los buenos aficionados, innegable. 

Con una base formada desde hace años, principalmente por Duncan, Parker y Ginobili, el equipo de Gregg Popovich apenas ha necesitado realizar grandes movimientos en los despachos para mantener la dinastía más triunfal de la NBA en los últimos 20 años. Desde luego no ha sido San Antonio un habitual animador de los veranos, ni un club que haya estado en boca de los aficionados según se acercaban los “trade deadlines” de cada Febrero. Toda la excitación que produce este equipo en la pista ha sido traducida en una exquisita tranquilidad mediática. Tanto es así que en una de las competiciones deportivas con más focos del mundo la existencia de los Spurs ha parecido limitarse de manera ejemplar a las canchas de baloncesto. Incluso cuando en un movimiento brillante el manager R.C.Budford se desprendía de George Hill para hacerse con los derechos de un futuro MVP de unas finales como Kawhi Leonard nadie parecía percibir nada en San Antonio. Después de tantas batallas durante el Wild West del siglo XIX, El Alamo vive en paz. 


Sólo cuando la necesidad se ha hecho evidente, cuando el prolongado último baile del Big Three parece llegar a su inevitable fin, hemos visto a los Spurs bajo los focos de las noticias veraniegas. El agente libre más deseado del verano, LaMarcus Aldridge, abandona otro proyecto frustrado de Portland por convertirse en aspirante al título, rechaza el glamour de unos Lakers a la deriva, y se convierte en el heredero en la cancha de un Tim Duncan que posiblemente afronte su última temporada (no es la primera vez que escuchamos esto, pero en algún momento tendrá que suceder), con el simbolismo de ceder el testigo a Aldridge como en su día él lo recibió de David Robinson. Veremos como gestiona Popovich este relevo, si Duncan es suplente por primera vez en su carrera (ha sido titular 1329 de sus 1331 partidos NBA, un impresionante 99,84%), o convence a Aldridge para jugar de cinco, cosa que no parece fácil si atendemos a la rumorología de hace unas semanas que hablaba de la renuncia de LaMarcus a la oferta de New York ya que pretendían hacerle jugar en esa posición. O quizás sea Duncan, ese deportista ejemplar incapaz de decir una voz más alta que otra y que nunca se ha visto envuelto en polémica alguna, quien se sacrifique en su último servicio a El Alamo, y veamos al mejor ala-pívot de todos los tiempos jugando de pívot en su despedida de la franquicia con que la ha conquistado cinco anillos de campeón.  

martes, 5 de mayo de 2015

LA ÉPICA DEL COJO




Si la NBA es la mejor liga del baloncesto del mundo, y el campeonato donde se suceden las hazañas más asombrosas, son los play offs el territorio donde tales proezas alcanzan dimensiones legendarias y épicas que aseguran a sus protagonistas un lugar en la historia y en la memoria colectiva de los aficionados.  

Sucedió este fin de semana, minutos antes de que arrancara toda la parafernalia del decepcionante “combate del siglo” pugilístico entre Pacquiao y Mayweather. La serie de primera ronda Clippers-Spurs vivía su séptimo partido, siendo sin duda la eliminatoria más atractiva de los cuartos de final del Oeste, entre otras cosas porque asistíamos a la posibilidad de que los vigentes campeones cayeran a las primeras de cambio. Y así fue, pero gracias a una exhibición que como decimos entra directamente en la leyenda de los grandes momentos de la NBA. 

Era el final del primer cuarto cuando se encendían las alarmas en el banquillo de los Clippers. Chris Paul tras robar un balón y anotar un triple en contraataque sufría un pinchazo en sus isquiotibiales que le hacía enfilar el camino hacia los vestuarios. En un partido que suponía una auténtica final para ambos equipos y la posibilidad de seguir vivos en la lucha por el título, el pequeño y genial base de Carolina del Norte regresaba posteriormente a cancha infiltrado, cojo y lesionado. Poco pareció importarle para irse hasta los 27 puntos y 6 asistencias. Pero sobre todo para entrar en la leyenda al anotar la canasta decisiva (primera vez en la historia que una eliminatoria de primera ronda se resuelve por una canasta así) a falta de un segundo superando la defensa de un gigante en todos los sentidos como Tim Duncan (caballeroso, felicitando a sus rivales al término del partido y reconociendo la proeza de Paul) Otro de los momentos cumbres fue su triple para cerrar el tercer cuarto desde nueve metros y sobre la bocina. Y todo esto, repetimos, cojo. La actuación del base de Los Angeles Clippers irremediablemente nos ha hecho recordar a quienes tenemos una edad otra maravillosa exhibición de un base cojo (y posiblemente el jugador con quien más se haya comparado a Paul a lo largo de su carrera): era 1988 cuando Isiah Thomas engrandecía su leyenda al anotar 25 puntos en un cuarto jugando lesionado en su tobillo el sexto partido de las finales frente a Los Angeles Lakers. Una actuación para la historia que los aficionados pudimos contemplar gracias al inolvidable “Cerca de las estrellas” de Ramón Trecet, programa que retransmitió aquellas finales e hizo que muchos nos engancháramos para siempre a la liga de baloncesto más maravillosa del mundo. Aquellos Pistons acabarían perdiendo aquel título, después de haberse colocado 3-2 a favor en la serie, siendo derrotados en el citado sexto encuentro y séptimo, ambos con Thomas como decimos lesionado en su tobillo. El baloncesto recompensaría le esfuerzo de Isiah y de aquellos legendarios Bad Boys dándoles dos títulos consecutivos, el primero precisamente contra los mismos Lakers.     


Tim Duncan, grande en la derrota.


Chris Paul tendrá difícil vivir algo similar a lo de Thomas, debido a la extraordinaria competitividad actual. Pese a lo que opinen algunos “nostálgicos”, la NBA actual es mucho más imprevisible que la de la época de Isiah, cuando durante muchos años Lakers y Celtics dominaban la liga (con esporádicas apariciones de Houston o Philadelphia) y el crecimiento de equipos como Detroit, Chicago o Portland apuntaba a que les situaría en la élite. Paul sabe bien lo difícil que resulta hoy día que madure un proyecto ganador, cuando aquellos New Orleans Hornets que lideraba a finales de la década pasada no cumplieron las expectativas deseadas.  No obstante los actuales Clippers si deben ser tenido en cuenta como posibles candidatos al anillo, basados en la fenomenal pareja Paul-Griffin y con fantásticos jugadores de equipo a su alrededor como J.J. Redick o DeAndre Jordan.   

Como la magia y la maravilla no se detienen nunca en la NBA, anoche mismo asistíamos a otra proeza. Y es que con Paul finalmente ausente en el primer partido de segunda ronda frente a Houston Rockets, Blake Griffin, quien ya venía de hacer un triple-doble en el séptimo partido ante Spurs, repitió la gesta con un inconmensurable 26-14-13, en una versión desconocida hasta la fecha de la bestia de Oklahoma, convertido en un “all around player” y tapando la boca de quienes le acusan de ser un jugador eminentemente físico. A Griifin ya le habíamos visto un gran manejo de balón para un jugador interior y correr la cancha como un exterior en contraataques, pero ahora además demuestra que sin el genio Paul en pista, él mismo puede llevar la dirección del equipo.  


Lo dicho, la NBA es pura magia.    


El gran Isiah, otro abonado a la épica.

viernes, 14 de noviembre de 2014

WINTER IS COMING: SOUTHWEST



Y terminamos nuestro análisis de la nueva temporada NBA hablando sobre otra división tan interesante como es la Southwest.

Para empezar tenemos a los vigentes campeones, y posiblemente la franquicia más ejemplar de la NBA. Una auténtica dinastía basada sobre todo en dos hombres: Gregg Popovich y Tim Duncan. Desde que en 1997 este binomio ganador juntase sus fuerzas en el club tejano, la estadística es demoledora: 17 temporadas seguidas acudiendo a la cita de los play offs, 6 años campeón del Oeste, y otros 5 campeón de la NBA. Junto a Duncan (sin discusión el mejor 4 de todos los tiempos), Tony Parker y Manu Ginobili han conformado uno de los “big threes” más reconocibles de todos los tiempos, alcanzando ya las 500 victorias en liga regular (sólo les superan el formado por Bird-McHale-Parrish, con 640) No se conforman y el objetivo para el nuevo curso es estar en lo más alto. Pese a ser los campeones, no son los grandes favoritos. Circunstancia que parece favorecerles. Irán a lo suyo en liga regular, dosificando fuerzas y haciendo crecer jugadores. Popovich saca petróleo de jugadores que en otros equipos agitarían toallas. Siguen los mismos jugadores que ganaron el quinto anillo para la franquicia y se espera que el rookie Kyle Anderson sea otro de esos “robos del draft” a los que nos tienen tan acostumbrados las espuelas. El concepto “deporte de equipo” elevado a su máxima expresión.  

Memphis Grizzlies empiezan como un tiro este curso (8-1 en estos momentos), con un Marc Gasol estelar. Son un ejemplo de estabilidad con la columna Conley-Allen-Randolph-Gasol intocable desde hace varias temporadas, y llega un veterano como Vince Carter para coger su “last train to Memphis”. David Joerger, con la plantilla sana (sobre todo Marc, quien se perdió unos 30 partidos la pasada temporada) aspira a superar las 50 victorias con las que debutó en el banquillo grizzlie. Todo parece indicar que lo conseguirá.          



Marc Gasol lidera a unos enormes Grizzlies


Houston sobre el papel parece menos fuerte que el pasado curso (aunque su gran inicio de temporada lo desdice), ya que no sólo no han conseguido capaces de traerse ninguno de los jugosos agentes libres del verano, si no que además no han sido capaces de retener a su tercera espada Chandler Parsons, huido al calor de los millones de Mark Cuban en Dallas. De modo que todo seguirá pasando por James Harden y Dwight Howard, apoyados en buenos complementos como Trevor Ariza, un creciente Terrence Jones, o ese perro de presa llamado Patrick Beverley. Parece que el ex –barcelonista Kostas Papanikolau cuenta bastante para McHale, y está jugando nada menos que 25 minutos por partido.   

Hablábamos de Parsons y su traslado a Dallas, al lado de otro ilustre blanco y rubio como es el gran Dirk Nowitzki (quien en este comienzo de curso ya ha superado a Olajuwom como el jugador internacional en anotar más puntos en la NBA) Los Mavericks es un equipo que busca siempre ser competitivo equilibrándose entre estabilidad y renovación. Lo primero lo marca el propio Nowitzki, quien no conoce otra camiseta en esta liga que la azul de los Mavs y ya acumula 16 años al servicio de la franquicia tejana. Para que no queden dudas sobre su fidelidad este verano ha renovado a la baja (al igual que hiciera Duncan con los Spurs anteriormente), para que el club pudiera acometer incorporaciones como las del citado Chandler Parsons. Estabilidad también en el banquillo, con un entrenador de total solvencia como Rick Carlisle. Renovación con muchas caras nuevas (Parsons, Nelson, Felton, Jefferson, Aminu, Villanueva…) y entre medias jugadores como Tyson Chandler y Barea que vuelven a “casa”, intentando recuperar las sensaciones de cuando fueron pilares importantes para el único anillo que posee la franquicia. En el caso del pívot así será, apuntalando el aspecto en el que más flojeaban el pasado curso: la defensa. En el caso del base portorriqueño se antoja más difícil viendo toda la competencia que tiene en el backcourt (Nelson, Harris, Ellis, Felton…)   



Nowitzki, cada vez más legendario.


Y por último los pelícanos de Nueva Orleans, cuya gran ave zancuda es la inmensa y rutilante estrella llamada Anthony Davis. Se espera que su imparable progresión vaya unida a la franquicia. Para empezar a su lado le han traído a un estupendo complemento defensivo como Omer Asik, la torre turca venida desde Houston. Sigue ese ROY (rookie of the year) venido a menos que es Tyreke Evans. Inexplicable lo de este jugador, quien después de ser el cuarto debutante en firmar al menos 20 puntos, 5 rebotes y 5 asistencias por partido (uniéndose al club de Oscar Robertson, Michael Jordan y LeBron James, ahí es nada), ha decepcionado temporada tras temporada sin volver a alcanzar el nivel estelar de su primera campaña en la mejor liga del mundo. El empeño de querer hacerle jugar de tres tampoco le favorece, pero es la mejor manera de hacer sitio a otros dos cracks como Jrue Holiday y Eric Gordon. Mucho exterior joven que no acaba de dar el salto (Freddette, Rivers…), la veteranía de John Salmons, y el interior con muñeca de seda Ryan Anderson conforman el resto de caras conocidas del roster. Tienen mimbres para, a corto plazo, acabar haciendo ruido, pero aún tendrán que esperar. 


NUESTRO PRONÓSTICO: 

SAN ANTONIO: finalistas de conferencia
MEMPHIS: 2ª ronda de play offs o finalistas de conferencia.
HOUSTON: 1ª ronda de play offs.    
DALLAS:      1º ronda de play offs.
NUEVA ORLEANS: fuera de play offs.                                                                                  

lunes, 30 de junio de 2014

EL SÍNDROME DE STENDHAL



Una cancha llena y volcada con su equipo, el mayor triunfo de Laso.


"De momento han conseguido la Supercopa y la Copa y van a por Euroliga y Liga, independientemente de que lo consigan o no ya se han asegurado un lugar en la memoria del buen aficionado por un estilo de juego que nos hace felices. Tras tantos años de imposiciones tácticas, mamporrerismo bajo el eufemismo de "deporte de contacto", y entrenadores especuladores que nos robaron el espectáculo con el pretexto de que sólo les valía ganar, Pablo Laso nos deja este regalo con este grupo de jugadores y esta filosofía de juego. Sea cual sea el resultado, a muchos de nosotros ya nos han ganado."


Aquello lo escribíamos en Semana Santa del presente año, hace unos dos meses y medio. Con el curso ya finiquitado y por tanto llegada la hora de hacer balance seguimos pensando lo mismo. Mucho se está hablando de la temporada blanca en términos absolutos de fracaso y decepción, poniendo en duda la validez de una gran temporada regular si se pierden las finales. No estamos de acuerdo con tales apreciaciones, y vamos a tratar de explicarlo, sin intentar convencer a nadie, pero si buscando que el amable lector tenga más elementos de juicio a la hora de dictar sentencia sobre el actual proyecto baloncestístico del Real Madrid, la apuesta de Pablo Laso, y la calidad e importancia del grupo de jugadores contemporáneo.  

Para empezar creo que habría que desterrar de manera radical el pensamiento de que este estilo de juego ofrece simplemente (como si fuera poco) goce estético pero no triunfos, éxitos o títulos. Si nos centramos en la trayectoria en partidos oficiales de los tres años de Pablo Laso al frente del equipo madridista, los datos son concluyentes y demoledores. El técnico vitoriano ha dirigido 212 encuentros en los que se ha llevado el resultado a su favor en 177 de ellos. Un brutal 83.5% de victorias. Todo ello además en una progresión creciente. Si la primera temporada de Laso, el Real Madrid jugaba 66 partidos ganando 48 (72.7%), a la siguiente la cifra se estiraba hasta los 76 encuentros siendo 61 de ellos victorias (80.2%), para este curso llegar a nada menos que 80 partidos, de los cuales se ha ganado en 68 (un redondo 85%) Es decir, con Laso el Madrid ha jugado cada temporada mejor y ha ganado más partidos. Ha habido progresión y crecimiento. Respecto a los títulos, de los doce oficiales a los que ha optado este equipo durante la era Laso, se han conseguidos cinco (dos supercopas, dos copas y una liga), pero se ha luchado por casi todos (de doce finales posibles se ha llegado a nueve) Una barbaridad, créanme, es una barbaridad, porque por mucho que recurramos a la grandeza histórica del Real Madrid, hay que recordar que desde el periodo 1993-1995 no veíamos al club blanco ganar títulos tres años seguidos. Entre otras cosas porque el baloncesto europeo es cada vez más competitivo, con equipos rusos, turcos o griegos manejando grandísimos presupuestos. Y entre otras, claro, porque el baloncesto madridista se convirtió en una especie de reflejo del mito de Sísifo, empeñado en subir cuesta arriba con una pesada carga a sus espaldas para una vez a punto de coronar la cumbre volver a empezar. Siempre desde cero. Aquellos años en los que veíamos desfilar a los Maljkovic, Imbroda o Lamas, todos entrenadores de enorme prestigio pero incapaces de dotar de identidad y alma al baloncesto blanco, hasta la llegada de Joan Plaza, quien salió por la puerta de atrás a consecuencia de la fallida apuesta de Ettore Messina, y a quien, ironías del destino, ahora algunos añoran después de despellejarlo vivo. Plaza fue un soplo de aire fresco en el basket madridista y el hombre que devolvió identidad, orgullo e ilusión a los seguidores del club blanco. Y Pablo Laso le ha superado en insuflar toneladas de ilusión a un Palacio de Los Deportes que ha vivido las mayores fiestas baloncestísticas que se recuerdan en mucho tiempo. Por tanto el veredicto debe ser claro, la apuesta de Laso es mucho más ganadora que perdedora si somos justos a la hora de aplicar la balanza.         


Joan Plaza, despreciado por Florentino. ¿Cometerá el mismo error con Laso?


No obstante la actual temporada madridista deja un regusto amargo, precisamente por la excelencia del juego desplegado meses atrás. Lo cual lleva a plantear un debate que si lo afrontamos de manera sana y con la conveniente higiene mental que se debe tener a la hora de hablar de deporte no negamos que puede resultar interesante. Debate que busca poner en entredicho, según algunos, la importancia de lo que se haga durante la temporada, liga regular y liguillas varias, y dar toda la trascendencia a las finales. En nuestra opinión, y este es un concepto vital que va más allá del baloncesto, tan importante es la meta como el camino. Es más, incluso podríamos llegar a afirmar que importa más lo segundo, ya que la meta es el fin, la conclusión, la última parada tras la cual ya sólo asoma el vacío, pero el verdadero disfrute se produce durante el camino. Sucede con el mundo del deporte que hay una perversión resultadista que prevalece sobre el trabajo (sin darse cuenta de que en realidad el resultado no es si no fruto de dicho trabajo), la cual impide valorar la alegría del momento o la espectacularidad del paisaje. Y el paisaje que nos ha acompañado a los madridistas durante la temporada es realmente inmejorable. Es comprensible que quien se haya acercado a este equipo únicamente durante el fin de semana de la Final Four en Milán, o en estos pasados días de las finales ACB, se haya sentido decepcionado y se plantee la validez de la propuesta de Pablo Laso. Sin embargo quien haya visto (y disfrutado) el juego madridista desde el comienzo de la temporada (diría más, desde el comienzo de la temporada 2011-2012, la primera con el vitoriano en el banquillo), lleva en sus alforjas un bagaje emocional baloncestístico muy distinto (y evidentemente superior) que el del aficionado incapaz de perder un segundo de su tiempo viendo un partido de liga regular. Al final hemos sucumbido al Síndrome de Stendhal. Un arrebato melancólico por la belleza nihilista y presunta futilidad que ha manejado a este equipo. Llegados por tanto a un punto en el que el valor estético lo envuelve todo. Como siempre en la vida, se trata de elegir las opciones, y el baloncesto-arte es una de ellas. Nos aferramos a ello precisamente ahora, cuando más bofetadas nos dan y la silla del arquitecto de este equipo para mí ya inolvidable se tambalea. Todas las opiniones son respetables, por eso urge levantar la voz para reclamar respeto por la propia, aunque uno no puede sentir evitar ese pesimismo al que le condena el trato reciente del club hacia su sección de baloncesto. Ahora que hemos escalado tanto van a volver a ponernos al comienzo de la montaña. 

Hay un pensamiento tópico y generalizado (y como todos los tópicos, tiene gran parte de falsedad) que dice que ganar es lo único que importa y que nadie se acuerda ni de los subcampeones ni los segundos clasificados. Es decir, sólo manda el resultado. No hay más que echar un vistazo a la historia universal del deporte, sus grandes mitos y hazañas, para darnos cuenta de la irrelevancia de ese argumento. Uno de los ejemplos más conocidos lo podemos encontrar dentro del deporte rey, el fútbol, y uno de los equipos más recordados de todos los tiempos. La Holanda de los años 70, que pasó a la historia con el apelativo de La Naranja Mecánica, contando en sus filas con jugadores como Neeskens, Jansen o Van Hanegem  y sobre todo un flaco esteta de pies alados llamado Johan Cruyff, cuya espigada figura sobre el verde césped evoca auténtico caviar futbolístico para el aficionado. Era un grupo de jugadores que llegaba a los terrenos de juego con tintes revolucionarios, los que pregonaba su líder espiritual desde el banquillo, Rinus Michels, quien hablaba de “fútbol total” y afinaba una orquesta en la que las individualidades se ponían al servicio del colectivo. Aquel equipo legendario maravilló al planeta, pero nunca los vimos levantar ningún título. Cuando llegaban las finales aparecía la Alemania, Checoslovaquia o Argentina de turno para privarles de ver compensada su excelencia en el juego con el brillo refulgente de alguna copa. A efectos meramente resultadistas su nombre no debería figurar en los libros de historia, a diferencia de por ejemplo la Grecia del 2004 campeona de Europa en Portugal. Dudo mucho que haya un solo aficionado que no recuerde y valore más la Holanda de los 70 que la  Grecia del 2004. Sin salirnos del fútbol, en Europa aún se recuerdan las andanzas continentales del Real Madrid de La Quinta del Buitre, especialmente aquella maravillosa temporada en la que eliminaron primeramente al Nápoles de Giordano, Careca y Maradona, posteriormente al Oporto, vigente campeón de Europa por entonces con Madjer y Rui Barros (Futre acababa de enrolarse en las filas rojiblancas del Atlético de Madrid), y más tarde al Bayern Munich de Matthaus, Augenthaler, Hughes, Brehme, y aquel extraordinario guardameta belga que era Jean Marie Pfaff. Proeza tras proeza para finalmente nunca levantar la “orejona”. El PSV de Guus Hiddink que no ganó un partido desde cuartos de final fue el campeón de aquella edición. El título fue para el equipo holandés, pero el fútbol lo puso el Real Madrid.       


Fuego Naranja


El anhelado cetro europeo fue algo que nunca pudieron conseguir, y volvemos ahora al baloncesto, jugadores irrepetibles como Solozabal, Epi, Jiménez o Norris. Aquel Barcelona de Aíto García Reneses era uno de los equipos que mejor baloncesto practicaba a finales de los 80 y principios de los 90. Nunca conquistó Europa, pero si se ganaron un lugar en la memoria de los buenos aficionados, cosa que no se puede decir del Limoges de Bozidar Maljkovic, campeón continental en 1993 y del que si nos acordamos es para recordar el tipo de baloncesto que no deseamos volver a ver en las canchas. Y como no recordar más recientemente dentro de la mejor liga del baloncesto del mundo a equipos maravillosos como los Warriors de Don Nelson, los Kings de Rick Adelman, o los Suns de Mike D’Antoni. Nunca les vimos siquiera jugar unas finales por el título, pero se ganaban aficionados en todo el globo terráqueo. Piensen incluso en una franquicia campeona y ganadora como San Antonio Spurs, a la que se pone como modelo y ejemplo de trabajo bien hecho gracias a sus cinco anillos conseguidos en la era Popovich. Sí, han sido cinco anillos, pero han necesitado casi 20 años para ganarlos, pasando nada menos que siete temporadas desde su anterior título hasta el actual. Años en los que incluso los vimos caer en alguna ocasión en primera ronda de play offs. Pero siguieron confiando en su entrenador, en su bloque y en sus jugadores veteranos. Porque podían ganar o perder partidos, pero había una cosa que no estaban dispuestos a abandonar: su identidad. 


Una identidad que al Real Madrid le ha costado muchos años encontrar. Depende ahora de sus directivos y mandamases, y sobre todo del mandamás supremo, mantener esa identidad una vez que han encontrado un camino ganador o volver a dar palos de ciego y cometer viejos errores del pasado reciente. Creo que la mayoría de aficionados tenemos claro lo que queremos, pero ya sabemos que nuestra opinión, a los de la poltrona, poco les importa.    

En definitiva, términos como los del “éxito” y el “fracaso” (que al fin y al cabo son dos impostores, como Ruyard Kipling afirmaba en su célebre poema “If”), no dejan de ser relativos y nunca absolutos. Ganar títulos es importante, y habrá quien piense de hecho que es lo más importante. Pero existen muchos tipos de victorias. Victorias en el día a día que van ligadas a aspectos anímicos, sentimentales o estéticos, bien juntos o por separado. En ese sentido pocos entrenadores han sido más ganadores que Pablo Laso en la historia del baloncesto madridista. La sonrisa que se dibuja en el rostro de los aficionados que acuden al Palacio de Los Deportes de la comunidad madrileña es su mayor victoria.   


San Antonio Spurs, modelo de estabilidad también en la derrota y ejemplo en el que mirarse.

martes, 17 de junio de 2014

LOS VIEJOS NUEVOS SPURS





San Antonio Spurs vuelve a reinar en la NBA. Es su quinto anillo de campeón, y llega 18 años después de que Gregg Popovich se hiciese cargo de la dirección del equipo desde el banquillo, 17 desde que Tim Duncan se enfundase la elástica tejana tras ser elegido en el número 1 del draft de 1997, 15 desde que ganaran su primer campeonato y 7 desde que se alzarán con el último.

Son los viejos Spurs, los de siempre. Los de Popovich, Duncan, Parker y Ginobili. Los de la química del vestuario, los del colectivo por encima de las individuales. Pero son los nuevos Spurs. Los de Kawhi Leonard, MVP de unas finales con tan sólo 22 años (sólo “Magic” Johnson le supera en precocidad en ese aspecto), los de una ONU baloncestística donde todos aportan, y los de uno de los mejores juegos ofensivos del planeta. La evolución es clara. Si en 1999 San Antonio inauguraba su dinastía derrotando en unas plomizas finales a los New York Knicks del ahora comentarista Jeff Van Gundy anotando 424 puntos en 5 partidos (una media de 84.8 por encuentro), 15 años después, igualmente en 5 partidos, han acumulado una cifra de 526, 20 puntos más por partido (105.2 de media) 

¿Cómo era el mundo en 1999? El convulso siglo XX, el de las dos grandes guerras mundiales, llegaba a su fin. Se cernía la amenaza tecnológica del “efecto 2000” que finalmente no fue tal. En España aún pagábamos con pesetas. El saxofonista Bill Clinton ocupaba la Casa Blanca, y el Cid Campeador Aznar hacía lo propio en La Moncloa. Por supuesto, Jordi Hurtado conducía “Saber y Ganar”. En los cines, la saga “Star Wars” reventaba las taquillas con la primera de sus precuelas, Bruce Willis trataba de ayudar a un niño que en ocasiones veía muertos, “American Pie” volvía a poner de moda el sub-género de las comedias universitarias y “American Beauty” arrasaba en los Oscars de Hollyood. Britney Spears y Backstreet Boys arrasaban en los charts musicales (Justin Bieber tenía 5 añitos) Haciendo un guiño a Eduardo Galeano y su magnífico ensayo “El fútbol a sol y sombra”, podríamos decir también aquello de que “fuentes bien informadas desde Miami avisaban de una inminente caída del régimen de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas”. Siguiendo en Miami, los Heat contaban con once años de vida tan solo en aquel año de 1999, y a pesar de eso ya eran habitual equipo de play offs, liderados por jugadores como Tim Hardaway y Alonzo Mourning. En la mejor liga de baloncesto del mundo, Jordan se había tomado se segundo descanso, y todavía podíamos disfrutar de los últimos años de leyendas como Charles Barkley y Hakeem Olajuwom. El desaparecido Fernando Martín seguía siendo por entonces el único español en haber jugado en la NBA, y ni locos podíamos imaginar hasta donde iba a llegar nuestro baloncesto en unos pocos años. 

Y aquí están, quince años después, de nuevo en lo más alto. Si aquel 1999 Tim Duncan asumía el liderazgo como relevo de un David Robinson quien se retiraría cuatro temporadas más tarde, ahora es Kawhi Leonard quien adquiere los galones. Ejemplo del ojo clínico en los despachos de San Antonio, fue seleccionado en el número 15 de la primera ronda del draft de 2011, posición que correspondía a Indiana pero que tras la operación que dio con George Hill en los Pacers pasa a ser de los Spurs. Hay que recordar que por delante de Leonard salieron jugadores que están muy lejos todavía de haber triunfado en la NBA, como Jan Vesely o Bismack Biyombo. Acertaron con este alero con cierto aire de “all around player” que pudiera evocar lejanamente a un Scottie Pippen del siglo XXI. Muy discreto en los dos primeros partidos (9 puntos y 2 rebotes en cada uno de ellos)  jugados en San Antonio, ha sido el hombre clave para las tres victorias consecutivas que han acabado dando el título a los de Popovich, promediando 23,6 puntos, 10 rebotes, 2 asistencias, 2 robos y 2 tapones por noche. Mucho más que un “Anti-LeBron”. 

Miami acudía al quinto partido intentando remedar las costuras de un traje de campeón hecho trizas. Como el Príncipe Oberyn en “Juego de Tronos” habían anunciado a través de las redes sociales que el domingo no era el día en que morían, trasladando a los aficionados la esperanza de alargar la serie. Y parecían cumplir su amenaza jugando su mejor cuarto de las finales. Serios en defensa y con un gran LeBron (17 puntos en este acto), los Heat se comportaban por fin como el ganador de los últimos títulos NBA. A ello se sumaba el desacierto Spur personificado en jugadores como Parker o Duncan, fallando algunos tiros abiertos sin demasiada oposición, ¿iban a volver a sufrir vértigo a las alturas, tras llegar tan arriba, y dejar pasar otra ocasión como la pasada temporada?, para revivir viejos fantasmas Spoelstra ponía además de inicio a Ray Allen en detrimento de un muy señalado Mario Chalmers. Sin base y sin pívot, pero eran los mejores momentos de Miami en toda la serie. 29-22 hasta que sonó la bocina. 

Cuatro puntos consecutivos de, quien si no, Kawhi Leonard, estrechaban el marcador para que los de Popovich comenzasen a oler sangre en su rival, y eso que Parker seguía fallando para alimentar las esperanzas de unos Heat que abusaban una vez más del exceso de minutaje de sus figuras mientras en San Antonio comenzaba el desfile habitual de jugadores y lo que es más importante, la contribución coral del equipo. El trabajo defensivo de Diaw, la sobriedad de Duncan, y siempre Leonard, daban sus frutos y con un triple del MVP de las finales los locales adquirían la primera ventaja del partido ante la locura de los asistentes al AT&T Center, que intuían el resquebrajamiento moral de sus víctimas. San Antonio ya no volvería a abandonar el liderazgo del partido, estirando el marcador al descanso a siete de diferencia y pasando por encima de Miami a partir del tercer periodo. Sin historia. 

Una pena que unas finales NBA no hayan tenido mayor competitividad y emoción. Soñábamos con un séptimo partido, una fiesta del baloncesto el próximo viernes noche, pero la temporada de San Antonio ha sido tan brillante que no ha dado opción a sus rivales. Popovich ha encontrado la fórmula, después de varios años dosificando a unos jugadores que le dieron la gloria a principios de siglo, y haciendo crecer a un batallón de ilustres secundarios. Esperemos que no se haga demasiada sangre con el gran LeBron James (aunque lo damos por imposible), tengan en cuenta que estos viejos nuevos Spurs han tenido que esperar nada menos que siete años para volver a alcanzar la cima, y finalmente han vuelto. El Rey también lo hará. 

Gloria a San Antonio, respeto para Miami. 




miércoles, 11 de junio de 2014

RODILLO TEJANO


Exhibición de los Spurs en el tercer partido de las series finales. Como en la temporada pasada, cuando los tejanos deshacían el empate a uno en un espectacular partido en el que arrollaban a sus rivales por una diferencia de 36 puntos. Anoche fueron “sólo” 19 puntos, gracias a que los de Florida se pusieron las pilas tras el descanso, pero la cosa apuntaba a debacle mayúscula. 

Hasta el momento las finales se habían desarrollado dentro de unos parámetros de bastante igualdad, pero con los Spurs dando sensación de tener más recursos, más equipo. Por Miami el “big three” había funcionado bien, además de un gran Ray Allen y un renacido Rashard Lewis. Por San Antonio se instalaba la certeza de que algunos hombres podían y debían dar mucho de sí, especialmente el llamado a ser nueva estrella de los Spurs: Kawhi Leonard. 

Inoperante en defensa y discreto en ataque en los dos primeros encuentros de las series, el alero de Riverside se desquitó anoche con su mejor partido como profesional hasta la fecha, alcanzando su tope anotador con 29 puntos y una soberbia serie de 10 de 13 en tiros de campo, sólo falló 3 de sus 6 intentos triples, sus 7 lanzamientos de 2 acabaron dentro, y en tiros libres se quedó en un notable 6 de 7. Fue la punta de lanza de un ataque tejano en versión rodillo. Los Spurs comenzaron anotando a una media prácticamente de 5 puntos por minuto. Una locura. LeBron salió al rescate para con dos triples seguidos cerrar levemente una herida que sería definitiva. A los de Popovich les salía todo, y un triple sobre la bocina contra tablero de Manu Ginobili cerraba un primer cuarto de videoteca para los tejanos en el que dejaban en su marcador nada menos que 41 puntos anotados en 12 minutos de juego. Un vendaval.

Apretaron en defensa los Heat a partir del segundo cuarto para bajar la anotación visitante a “sólo” 30 puntos, dejando al descanso un espectacular marcador de 71-50 (hay que remontarse a 1987 cuando los Lakers anotaron 75 puntos ante los Celtics para encontrar un equipo que se fuera al descanso con más de 70 puntos anotados al descanso en unas finales). Pero no sólo eso. Había que frotarse los ojos para ver la estadística sobreimpresionada que nos ofrecía la retransmisión televisiva según la cual San Antonio había lanzado con un 76% en tiros de campo. Auténtica ciencia ficción, y máxime si tenemos en cuenta que lo hacían frente a uno de los mejores equipos en defensa del mundo. Pero es que además Miami lo había hecho con un 56%, lo que habitualmente es un magnífico porcentaje de tiro, pero que en esta ocasión le suponía sucumbir por 21 puntos.    

No iban a entregar la cuchara tan pronto los actuales campeones. Lo bueno de cuando te están dando tanta cera que no ves ni por donde te vienen los golpes, es que celebras cualquier mínima reacción y te vienes arriba en cuanto el rival deja de encadenar dos puñetazos seguidos. De modo que dos jugadas de 3 puntos consecutivas (un 2+1 de Wade y un triple de Bosh) encendían las gradas del American Airlines Arena, y eso que aún perdían de 15 puntos. Llegaban los mejores momentos de Miami, que en este tercer cuarto llegaban a recortar diferencias hasta ponerse a 7 puntos (81-74), con Norris Cole, Ray Allen y Chris Andersen aportando desde la segunda unidad. Boris Diaw, quien fue el elemento sorpresa de Popovich saliendo de titular en detrimento de Splitter (buscando el técnico Spur un quinteto de perfil similar al de su rival, sin pívot puro), anotaba la última canasta del tercer cuarto para dejar el marcador en un 86-75 que resultaría suficiente para que el tercer punto viajara a San Antonio. En el último acto Miami siguió intentándolo pero lo máximo que pudo acercarse fue a diez puntos (90-80) tras triple de Ray Allen. Kawhi Leonard volvió a tomar el mando de las operaciones y los últimos minutos fueron finalmente plácidos para los visitantes, que como la temporada pasada se ponen 2-1 y con mejores sensaciones que Miami. Spoelstra tiene mucho que trabajar para que las finales no se le vayan, especialmente en el puesto de base, donde Mario Chalmers comienza a ser señalado tras sus malas actuaciones en estos tres primeros partidos. Si la pasada temporada promedió 10.5 puntos en los siete partidos por el título ante San Antonio, en éstas apenas está anotando tres puntos por encuentro. El jueves noche, más. 


 
Leonard hizo el partido de su vida.


lunes, 2 de junio de 2014

ABDICAR O SEGUIR REINANDO



El Rey ante su más difícil todavía: tripitir anillo.


Habemus finales. Miami Heat y San Antonio Spurs repiten como finalistas, y por tanto como campeones de sus respectivas conferencias (lo cual, no nos cansamos de repetir, es un título, aunque en Europa no se valore como tal) Para los de Florida es su quinto campeonato del Este en sus 26 años de vida como franquicia, y el cuarto consecutivo. Cuatro finales seguidas desde la llegada de LeBron. San Antonio Spurs suma 47 temporadas entre NBA y ABA, y 6 veces ha sido campeón del Oeste, todas ellas desde que Gregg Popovich maneja el banquillo tejano. Hasta el momento Miami ha jugado cuatro finales y ganado tres, un 75% de efectividad. San Antonio ha participado en cinco y ganado cuatro, 80% de acierto. La única final perdida por Popovich, precisamente contra los Miami Heat a los que ven ahora con ánimos de revancha por la ocasión perdida la pasada temporada (aquel triple de Ray Allen) Los Spurs cuentan además con factor cancha, a diferencia del anterior curso, en el que se llegó al séptimo partido y los de Spoelstra remontaron la eliminatoria ganando sus dos últimos encuentros como locales. La serie se jugó con el formato 2-3-2. San Antonio golpeó primero, ganando el primer choque en Miami. Los Heat empataron la serie en el segundo. Las finales viajaron a Texas, donde los Spurs aplastaron a su rival en el tercer partido (36 puntos de diferencia) LeBron y compañía se repusieron en un gran cuarto encuentro y volvieron a empatar la serie. San Antonio ganó el quinto, disponiendo entonces de dos match balls para conseguir el anillo que no aprovechó, teniendo la mejor ocasión en un sexto partido que parecía ganado y Ray Allen llevó a la prórroga. En resumen, en los cuatro partidos jugados en Miami, los locales ganaron tres. En los tres disputados en tierras tejanas, dos. Ambos equipos, como visitantes, lograron arrancar una victoria en feudo ajeno, pero el factor cancha se mantuvo. Esta temporada se vuelve al formato clásico 2-2-1-1-1, en teoría mejor para el equipo con campo a favor, ya que juega el quinto partido (decisivo, porque en caso de no suponer un 4-1, es decir, el título, en todo caso sería un 3-2, lo cual viene a ser ganar dos bolas de partido en argot tenístico) como local.   

Personalmente deseamos que la serie se alargue y se decida en el séptimo partido. Sobre quien deseamos que gane, no lo tenemos tan claro. Ya saben que en este blog somos de unos Pistons que no levantan cabeza y esta temporada volvieron a defraudar. Nunca nos han gustado mucho los Spurs, que comenzaron a ganar anillos con un estilo demasiado defensivo y rocoso y poco atractivo para el aficionado (sí, ya sabemos que los Pistons se basaban en eso también, pero cuando uno “es” de un equipo entran en juego componentes emocionales que no entienden de coherencia argumental), pero hay que admitir que Popovich ha sabido evolucionar y los San Antonio de las últimas temporadas son un monumento al buen baloncesto. Uno de los equipos más anotadores de la liga, con mayor fluidez ofensiva y mejor circulación de balón. Nada que ver con el equipo casi barriobajero que todo el mundo odiaba y que si hacía falta hasta le partía la nariz a Steve Nash. Los actuales Spurs nos han ganado a todos, y pase lo que pase en estas finales ya han hecho historia. Quince años después de su primera vez Popovich y Duncan vuelven a unas finales. Posiblemente el mejor binomio jugador-entrenador desde los tiempos de Auerbach-Russell (y sobre que Duncan es el mejor “cuatro” de la historia no creo que exista debate) Pero por otro lado en este blog somos muy de LeBron, jugador al que se le ha vilipendiado injustamente en infinidad de ocasiones y con una legión de “haters” a su alrededor inexplicable cuando hablamos del mejor jugador que ha conocido este deporte desde Michael Jordan. De modo que como diría aquel, tenemos el corazón “partío”. Lo que tenemos claro es que van a ser unas grandísimas finales y que gane quien gane habrá hecho méritos y disfrutaremos de ver como las grandes leyendas siguen creciendo. Puede ser el three-peat de LeBron y el cuarto anillo de Wade, o el quinto de Pops y Duncan, una pareja para la historia. Veremos.   


Una pareja que cambió la NBA


Se habla de dos estilos muy diferenciados, ensalzando la coralidad de San Antonio y despreciando a unos Miami más basados en sus estrellas que en su juego de conjunto (y cuando se hace un análisis tan simplista, nos dan ganas de ir con los Heat) Es cierto que lo de Popovich es auténtica artesanía a la hora de dosificar su plantilla. Establecer el mejor balance de la temporada en la mejor liga de baloncesto del mundo (62-20) sin que ningún jugador haya llegado a los 30 minutos de media (Parker, el más utilizado, 29.4) es una auténtica hazaña y habría que tirar de hemeroteca para ver si en alguna otra ocasión se produjo algo igual. En play offs han tenido que subir el minutaje, pero no demasiado. Tim Duncan es quien más permanece en pista, con 32.6 minutos por partido, promediando 16.5 puntos y 8.9 rebotes a sus 38 años. Un mito viviente y en activo. En Miami (balance en liga regular 54-28) su “big three” acumula más minutos (LeBron 37.7, Wade 32.9 y Bosh 32 en temporada, 38.3, 34.7 y 33.6 en play offs) y casi todo pasa por LeBron, que promedia números muy similares tanto en liga regular como en series por el título. 27 puntos por partido, casi 7 rebotes. 6.3 asistencias en liga regular, 5 en play offs. Un extraterrestre.  

San Antonio sigue con su buen ritmo anotador en play offs (106.6 puntos por partido, por 99.1 de Miami), en rebotes también están más fuertes (43.2 por 34.6 de los de Florida), y en asistencias (21.3 por 19.3) ¿Cómo están de cara al aro? Los dos muy bien, ligeramente mejor Miami (49.7% en tiros de campo por 48.2% San Antonio), en tiros libres también muy parejos (79.2% Miami, 77.3% San Antonio) y en triples más igualdad todavía (39.5% los Heat, 39.2% los Spurs, y lanzando un poco más los de Miami, 23.6 intentos triples por choque por 21 los tejanos) Echando un vistazo a todos estos datos y al transcurso de la temporada se diría que el equipo de Popovich llega un poco más fuerte a unas finales que no obstante parecen lo suficientemente igualadas e inciertas como para concitar toda la atención posible. Veremos si van surgiendo esos pequeños detalles que, por imprevisibles, pueden decantar la balanza y acabar siendo decisivos. Uno de ellos puede ser el tobillo de Tony Parker, en estos momentos lesionado y del que se desconoce si llegará a tiempo al inicio de las finales (el jueves) y en que estado podrá jugar. Problemas para Pops, ya que el base galo, además de ser el jugador clave para su equipo junto a Duncan, es posiblemente el baloncestista más difícil de defender para Miami.   


El tobillo de Parker enciende las alarmas.


Sin duda alguna nos encontramos ante unas finales que lo tienen todo para enganchar al aficionado que quiera disfrutar sin prejuicios de dos equipos que practican un baloncesto moderno, dinámico y versátil. Dos franquicias que han apostado claramente por un juego ágil, desterrando la importancia casi dinosáurica ya de jugar con un “cinco” dominador (la posición en la que más cojean ambos equipos), y por un baloncesto abierto en el que suele haber hasta cuatro jugadores por fuera esperando para el lanzamiento o la penetración. Bien es cierto que los tejanos ejemplifican un baloncesto más de vieja escuela, con las posiciones más definidas y constante bloqueo y continuación, mientras que en Miami LeBron se erige como el más claro “all around player” del siglo XXI, capaz de jugar en cualquier posición. Pero tanto Popovich como Spoelstra son entrenadores que buscan un baloncesto total en sus equipos y exigen trabajo a ambos lados de la cancha. En unas finales siempre surgen duelos individuales que no permiten al aficionado ni pestañear. El hiperactivo LeBron tratará de frenar a la estrella emergente que es Kawhi Leonard, pero seguro que le vemos ayudando en la defensa a Tim Duncan, quien tendrá mucho que decir ante un par “blando” como es Chris Bosh. Chalmers tendrá una difícil papeleta con Parker (insistimos no obstante en las dudas sobre su tobillo), mientras que por San Antonio Danny Green sufrirá con las penetraciones de un kamikaze llamado Dwyane Wade. Hemos dicho que en el puesto de pívot es donde más debilidad plantean ambos equipos, y precisamente por eso es la posición por donde los dos técnicos buscarán recrudecer más los partidos sin importarles el desgaste ni cargar a sus hombres altos de faltas. Miami directamente juega sin cinco, con Battier y James como aleros y Bosh como único interior (un interior que vive mayormente de su tiro de media distancia), o con Udonis Haslem, un cuatro que se pega con quien haga falta. Con ese panorama cobra importancia la figura del veterano Chris Andersen, lo más parecido a un pívot puro (Greg Oden y sus 5 minutos en todos los play offs al margen), cuyo duelo con Splitter puede hacer saltar chispas. Rashard Lewis, más de lo mismo, otro cuatro abierto. Veremos también defensas zonales (permitidas en la NBA desde hace más de diez años, para los despistados), pero menos, ya que ambos equipos cuentan con muy buenos tiradores (ya no funciona lo de flotar a LeBron, 40% y 38% en triples en las dos últimas y respectivas temporadas) y no parece que a Popovich le pueda funcionar como a Rick Carlisle hace tres temporadas con Dallas Mavericks en las primeras finales de los Heat de la “era LeBron”. Aún así es posible que “Pops” recurra a ello para evitar tanto desgaste de sus jugadores, mientras que Spoelstra sabe que cuando LeBron y Wade muerden por fuera son dos de los mejores defensores exteriores del mundo. Belinelli, Green, Ginobili… muñecas demasiado peligrosas como para dejarles un milímetro. 


Curiosamente, hoy conocemos la noticia de la abdicación del Rey… ¿señal de la caída de LeBron James en estas finales?, la respuesta, a partir del jueves. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

MIRACLE MAN


Corrían los primeros compases de la temporada 1996-97 en la NBA, cuando los San Antonio Spurs presentaban un triste balance de tan sólo 3 victorias en los primeros 18 partidos. Gregg Popovich, por aquel entonces general manager de la franquicia, decidía prescindir de los servicios del primer entrenador Bob Hill para hacerse cargo personalmente de la dirección técnica del equipo, pese a su falta de experiencia como head coach (aunque había sido asistente de Larry Brown y Don Nelson) Tardó menos de tres años en hacerlos campeones de la NBA.

Finales de Marzo de 2014. Un vistazo a la tabla clasificatoria de la mejor liga de baloncesto del mundo presenta al cuadro tejano en lo más alto de su conferencia y de toda la NBA con un balance de 54 victorias por 16 derrotas (un 77,1% de triunfos)       


Los primeros éxitos


Entre medias de todo esto,  más de década y media manteniendo a su equipo en lo más alto. La regularidad más asombrosa jamás vista en decenios en el baloncesto profesional estadounidense, teniendo en cuenta la fluctuación de ciclos habitual en esta competición conseguida, sobre todo, por el sistema de draft. Ni Lakers, ni Celtics, ni Heat, ni Mavericks, ni Pistons, ni Bulls, ni Rockets ni ninguno de los campeones en los últimos 20 años han sido capaces de mantener una trayectoria semejante de porcentaje de victorias tanto en liga regular como en post-temporada. Después de aquella infausta primera temporada en la que Pops tuvo que lidiar con las lesiones de David Robinson (“out for the season” tras jugar tan sólo seis partidos), Sean Elliott, Chuck Person y Vinny Del Negro, los tejanos, con el marine en el banquillo, no han bajado del 61% de victorias en temporada regular durante nada menos que 17 temporadas consecutivas, y lógicamente ya podemos hablar de que la racha se extiende a 18. En medio de todo esto, claro, 4 títulos de campeón, 5 títulos de conferencia y 8 finales del Oeste. Una auténtica dinastía. Y resulta que aquí estamos un año más, con los play offs en lontananza y hablando de lo mismo, buscando nuevos calificativos porque se nos han agotado todos. Ya hemos perdido la cuenta de los años que llevamos recurriendo al romántico tópico del “último baile”, o más prosaicamente afirmando que a los Spurs se les acaba la gasolina. Ya no es la excelencia de un “big three” que parece eterno (Paker y Ginobili se han perdido ya 12 partidos esta temporada), cuando en realidad Mills (único jugador que ha disputado los 70 partidos de esta temporada), Belinelli y Diaw se han vestido de corto en más ocasiones que las estrellas tejanas. Es sacar rendimiento a jugadores que en otros rosters parecerían del montón, caso del citado Mills, Splitter, Danny Green, Cory Joseph (hermano del verdinegro jugador de la Penya Devoe) o sobre todo Kawhi Leonard, un número 15 del draft sobre cuyas espaldas se debe asentar el futuro de las espuelas, siendo ya uno de los aleros más completos de la liga con reminiscencias a Jerome Kersey o Scottie Pippen. Hablamos de una franquicia con nada menos que nueve jugadores nacidos fuera de los Estados Unidos: Parker y Diaw (Francia), Duncan (Islas Vírgenes), Belinelli (Italia), Splitter (Brasil), Ginobili (Argentina), Mills (Australia), Joseph (Canadá) y Baynes (Nueva Zelanda), y porque traspasaron a De Colo a Toronto a cambio de Austin Daye, ya que si no hablaríamos de la decena, en una liga donde la extranjería muchas veces ha sido un handicap para los jugadores, al menos hasta hace pocas décadas. El séptimo equipo más anotador de la NBA (105.3 puntos por partido) se sigue basando en una coralidad cincelada con mano sabia por Popovich, donde ningún jugador llega a los 31 minutos por partido (Parker, el más utilizado, está precisamente en 30.3, el resto por debajo de los 30), con cinco jugadores anotando en dobles dígitos (Parker, Ginobili, Duncan, Leonard y Belinelli) y dos más rozando la decena (Mills, 9.8 y Diaw 9.4) El equipo más generoso en su juego, con 25.2 asistencias por partido, curiosamente tiene como base titular a uno de los menos pasadores (Parker, 6.1 por partido), lo cual sirve para hacernos una idea del concepto de baloncesto global que predica Popovich. Hablamos de un técnico capaz de evolucionar desde un baloncesto más físico que químico, rocoso, bronco, e incluso desagradable para el espectador crítico (aquellas célebres eliminatorias contra unos Phoenix Suns que representaban la antítesis baloncestística de San Antonio) a un juego fluido y de buen ritmo ofensivo y anotador. Un entrenador capaz de reinventarse y adaptarse, testarudo ante la idea del deporte de elite de cumplir ciclos y de que el suyo haya llegado (quizás tenga que ver el haber sido discípulo de técnicos tan dispares como Larry Brown y Don Nelson) Y en efecto aquí estamos, un año más, con los Spurs de Popovich en las alturas… 


No son los favoritos para llevarse el anillo, y posiblemente sucumban en el intento, una vez que LeBron James vuelva a ejecutar el discurso del rey, o en cuanto Durant, llamado a ser el heredero al trono, de muestras de hambre e impaciencia y no quiera esperar más por una gloria para la que parece destinado, o incluso parecen poseer menos opciones que el modélico ejército que lidera Paul George en Indiana. Pero lleguen hasta donde lleguen en play offs, ya lo han vuelto a hacer. No sabemos que lugar en la historia le corresponderá a Popovich, ya que difícilmente podrá llegar a los once títulos de Phil Jackson o los nueve de Red Auerbach como entrenadores, pero no nos cabe duda de que en esta nueva edad de oro del mejor baloncesto del mundo, Gregg Popovich ha establecido ya un punto y aparte. Tardaremos muchísimo, si es que llegamos a verlo alguna vez, en contemplar una franquicia capaz de con el mismo técnico mantener un balance tan positivo durante 18 temporadas consecutivas. Y llegados a este punto sólo queda pensar que quizás no sea la última.   


El legado de Pops.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

YOU'RE SIMPLY THE BEST


En el fascinante mundo del deporte de alta competición se utiliza muy a menudo el epíteto supremo de “el mejor” con una ligereza de la que quienes buscan un análisis más sosegado de las cosas deben huir como de la peste. ¿El mejor por qué?, ¿en base a qué se mide eso?, ¿por los títulos colectivos?, ¿por los individuales?, primeramente habría que diferenciar por deportes (es decir, ¿por qué es “mejor” Nadal que Pau Gasol o Indurain?), por contexto espacio-temporal (no es lo mismo medirte a Muhammad Ali que a Lennox Lewis), e incluso por las circunstancias personales de cada individuo (donde entrarían sobremanera el factor de las lesiones… imaginemos a un Arvydas Sabonis con sus tobillos al 100%) Luego habría que saber juzgar el papel de cada deportista, su especialidad, y su relevancia para conseguir los éxitos que se plantean como objetivo, o siendo más claros, la “posición” (tanto un Casillas como un Cristiano Ronaldo son absolutamente necesarios para un equipo campeón, aunque su función sea diametralmente tan distinta que nunca debería comparárseles… de igual modo parece una estupidez supina intentar medir por el mismo rasero el juego de un “Magic” Johnson con el de un Bill Russell) En este blog nos da auténtico pavor cada vez que escuchamos o leemos eso de “el mejor” en el ámbito de las canastas, un dogma de fe que parece absolutamente cerrado a cal y canto para mayor gloria de Michael Jordan. Su parcela privada donde nunca nadie podrá jamás entrar, haya hecho mayores méritos individuales (Wilt Chamberlain) o colectivos (Bill Russell) Sin embargo tenemos que rendirnos a la evidencia ante un hecho que ya no parece crear más dudas. Si hablamos de una posición en concreto, la de power-forward, ala-pívot, o “cuatro”, no hay un nombre más impresionante en toda la constelación histórica que ha supuesto el baloncesto profesional estadounidense que el de un jugador que por fortuna aún seguimos disfrutando: Timothy Theodore Duncan. Tim Duncan. La anti-estrella que huye de los focos pero cuya ejemplar carrera jamás deja de sorprender. 

Sus méritos son de sobra conocidos. 4 anillos de la NBA. 5 campeonatos de la Conferencia Oeste. 3 veces MVP de las finales. 2 MVP de temporada regular. 1 MVP del All Star Game. 14 veces incluido en el mejor quinteto de la NBA. 13 veces All Star. ¿Esto es todo?, no. Por si hubiera alguna duda sobre el liderazgo en su posición a lo largo de la historia, hace un par de madrugadas, contando a sus espaldas con 37 años y 221 días, el jugador de las Islas Vírgenes se convirtió en el baloncestista más veterano en superar 20 puntos y 20 rebotes en un partido (23-21) No contento con eso capituló el encuentro con la canasta ganadora para vencer 102-100 a los Atlanta Hawks. Lo dicho, simplemente el mejor. 

Disfruten de Duncan mientras puedan, porque les aseguramos que estamos viendo historia viva del mejor baloncesto de todos los tiempos. Un ejemplo a seguir, capaz de rebajarse el sueldo para seguir ayudando a una franquicia a la que le ha dado todo y a las órdenes de un Gregg Popovich capaz de congelar el tiempo. El eterno último vals de los Spurs no parece llegar nunca. A cada comienzo de curso escuchamos la misma cantinela sobre la edad de sus estrellas, pero la tabla clasificatoria no miente. Los tejanos han comenzado la campaña con un impresionante registro de 15-3, liderando el Wild West junto a los sorprendentes Portland Trail Blazers. Para la posteridad.  

Soy leyenda.