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lunes, 30 de junio de 2014

EL SÍNDROME DE STENDHAL



Una cancha llena y volcada con su equipo, el mayor triunfo de Laso.


"De momento han conseguido la Supercopa y la Copa y van a por Euroliga y Liga, independientemente de que lo consigan o no ya se han asegurado un lugar en la memoria del buen aficionado por un estilo de juego que nos hace felices. Tras tantos años de imposiciones tácticas, mamporrerismo bajo el eufemismo de "deporte de contacto", y entrenadores especuladores que nos robaron el espectáculo con el pretexto de que sólo les valía ganar, Pablo Laso nos deja este regalo con este grupo de jugadores y esta filosofía de juego. Sea cual sea el resultado, a muchos de nosotros ya nos han ganado."


Aquello lo escribíamos en Semana Santa del presente año, hace unos dos meses y medio. Con el curso ya finiquitado y por tanto llegada la hora de hacer balance seguimos pensando lo mismo. Mucho se está hablando de la temporada blanca en términos absolutos de fracaso y decepción, poniendo en duda la validez de una gran temporada regular si se pierden las finales. No estamos de acuerdo con tales apreciaciones, y vamos a tratar de explicarlo, sin intentar convencer a nadie, pero si buscando que el amable lector tenga más elementos de juicio a la hora de dictar sentencia sobre el actual proyecto baloncestístico del Real Madrid, la apuesta de Pablo Laso, y la calidad e importancia del grupo de jugadores contemporáneo.  

Para empezar creo que habría que desterrar de manera radical el pensamiento de que este estilo de juego ofrece simplemente (como si fuera poco) goce estético pero no triunfos, éxitos o títulos. Si nos centramos en la trayectoria en partidos oficiales de los tres años de Pablo Laso al frente del equipo madridista, los datos son concluyentes y demoledores. El técnico vitoriano ha dirigido 212 encuentros en los que se ha llevado el resultado a su favor en 177 de ellos. Un brutal 83.5% de victorias. Todo ello además en una progresión creciente. Si la primera temporada de Laso, el Real Madrid jugaba 66 partidos ganando 48 (72.7%), a la siguiente la cifra se estiraba hasta los 76 encuentros siendo 61 de ellos victorias (80.2%), para este curso llegar a nada menos que 80 partidos, de los cuales se ha ganado en 68 (un redondo 85%) Es decir, con Laso el Madrid ha jugado cada temporada mejor y ha ganado más partidos. Ha habido progresión y crecimiento. Respecto a los títulos, de los doce oficiales a los que ha optado este equipo durante la era Laso, se han conseguidos cinco (dos supercopas, dos copas y una liga), pero se ha luchado por casi todos (de doce finales posibles se ha llegado a nueve) Una barbaridad, créanme, es una barbaridad, porque por mucho que recurramos a la grandeza histórica del Real Madrid, hay que recordar que desde el periodo 1993-1995 no veíamos al club blanco ganar títulos tres años seguidos. Entre otras cosas porque el baloncesto europeo es cada vez más competitivo, con equipos rusos, turcos o griegos manejando grandísimos presupuestos. Y entre otras, claro, porque el baloncesto madridista se convirtió en una especie de reflejo del mito de Sísifo, empeñado en subir cuesta arriba con una pesada carga a sus espaldas para una vez a punto de coronar la cumbre volver a empezar. Siempre desde cero. Aquellos años en los que veíamos desfilar a los Maljkovic, Imbroda o Lamas, todos entrenadores de enorme prestigio pero incapaces de dotar de identidad y alma al baloncesto blanco, hasta la llegada de Joan Plaza, quien salió por la puerta de atrás a consecuencia de la fallida apuesta de Ettore Messina, y a quien, ironías del destino, ahora algunos añoran después de despellejarlo vivo. Plaza fue un soplo de aire fresco en el basket madridista y el hombre que devolvió identidad, orgullo e ilusión a los seguidores del club blanco. Y Pablo Laso le ha superado en insuflar toneladas de ilusión a un Palacio de Los Deportes que ha vivido las mayores fiestas baloncestísticas que se recuerdan en mucho tiempo. Por tanto el veredicto debe ser claro, la apuesta de Laso es mucho más ganadora que perdedora si somos justos a la hora de aplicar la balanza.         


Joan Plaza, despreciado por Florentino. ¿Cometerá el mismo error con Laso?


No obstante la actual temporada madridista deja un regusto amargo, precisamente por la excelencia del juego desplegado meses atrás. Lo cual lleva a plantear un debate que si lo afrontamos de manera sana y con la conveniente higiene mental que se debe tener a la hora de hablar de deporte no negamos que puede resultar interesante. Debate que busca poner en entredicho, según algunos, la importancia de lo que se haga durante la temporada, liga regular y liguillas varias, y dar toda la trascendencia a las finales. En nuestra opinión, y este es un concepto vital que va más allá del baloncesto, tan importante es la meta como el camino. Es más, incluso podríamos llegar a afirmar que importa más lo segundo, ya que la meta es el fin, la conclusión, la última parada tras la cual ya sólo asoma el vacío, pero el verdadero disfrute se produce durante el camino. Sucede con el mundo del deporte que hay una perversión resultadista que prevalece sobre el trabajo (sin darse cuenta de que en realidad el resultado no es si no fruto de dicho trabajo), la cual impide valorar la alegría del momento o la espectacularidad del paisaje. Y el paisaje que nos ha acompañado a los madridistas durante la temporada es realmente inmejorable. Es comprensible que quien se haya acercado a este equipo únicamente durante el fin de semana de la Final Four en Milán, o en estos pasados días de las finales ACB, se haya sentido decepcionado y se plantee la validez de la propuesta de Pablo Laso. Sin embargo quien haya visto (y disfrutado) el juego madridista desde el comienzo de la temporada (diría más, desde el comienzo de la temporada 2011-2012, la primera con el vitoriano en el banquillo), lleva en sus alforjas un bagaje emocional baloncestístico muy distinto (y evidentemente superior) que el del aficionado incapaz de perder un segundo de su tiempo viendo un partido de liga regular. Al final hemos sucumbido al Síndrome de Stendhal. Un arrebato melancólico por la belleza nihilista y presunta futilidad que ha manejado a este equipo. Llegados por tanto a un punto en el que el valor estético lo envuelve todo. Como siempre en la vida, se trata de elegir las opciones, y el baloncesto-arte es una de ellas. Nos aferramos a ello precisamente ahora, cuando más bofetadas nos dan y la silla del arquitecto de este equipo para mí ya inolvidable se tambalea. Todas las opiniones son respetables, por eso urge levantar la voz para reclamar respeto por la propia, aunque uno no puede sentir evitar ese pesimismo al que le condena el trato reciente del club hacia su sección de baloncesto. Ahora que hemos escalado tanto van a volver a ponernos al comienzo de la montaña. 

Hay un pensamiento tópico y generalizado (y como todos los tópicos, tiene gran parte de falsedad) que dice que ganar es lo único que importa y que nadie se acuerda ni de los subcampeones ni los segundos clasificados. Es decir, sólo manda el resultado. No hay más que echar un vistazo a la historia universal del deporte, sus grandes mitos y hazañas, para darnos cuenta de la irrelevancia de ese argumento. Uno de los ejemplos más conocidos lo podemos encontrar dentro del deporte rey, el fútbol, y uno de los equipos más recordados de todos los tiempos. La Holanda de los años 70, que pasó a la historia con el apelativo de La Naranja Mecánica, contando en sus filas con jugadores como Neeskens, Jansen o Van Hanegem  y sobre todo un flaco esteta de pies alados llamado Johan Cruyff, cuya espigada figura sobre el verde césped evoca auténtico caviar futbolístico para el aficionado. Era un grupo de jugadores que llegaba a los terrenos de juego con tintes revolucionarios, los que pregonaba su líder espiritual desde el banquillo, Rinus Michels, quien hablaba de “fútbol total” y afinaba una orquesta en la que las individualidades se ponían al servicio del colectivo. Aquel equipo legendario maravilló al planeta, pero nunca los vimos levantar ningún título. Cuando llegaban las finales aparecía la Alemania, Checoslovaquia o Argentina de turno para privarles de ver compensada su excelencia en el juego con el brillo refulgente de alguna copa. A efectos meramente resultadistas su nombre no debería figurar en los libros de historia, a diferencia de por ejemplo la Grecia del 2004 campeona de Europa en Portugal. Dudo mucho que haya un solo aficionado que no recuerde y valore más la Holanda de los 70 que la  Grecia del 2004. Sin salirnos del fútbol, en Europa aún se recuerdan las andanzas continentales del Real Madrid de La Quinta del Buitre, especialmente aquella maravillosa temporada en la que eliminaron primeramente al Nápoles de Giordano, Careca y Maradona, posteriormente al Oporto, vigente campeón de Europa por entonces con Madjer y Rui Barros (Futre acababa de enrolarse en las filas rojiblancas del Atlético de Madrid), y más tarde al Bayern Munich de Matthaus, Augenthaler, Hughes, Brehme, y aquel extraordinario guardameta belga que era Jean Marie Pfaff. Proeza tras proeza para finalmente nunca levantar la “orejona”. El PSV de Guus Hiddink que no ganó un partido desde cuartos de final fue el campeón de aquella edición. El título fue para el equipo holandés, pero el fútbol lo puso el Real Madrid.       


Fuego Naranja


El anhelado cetro europeo fue algo que nunca pudieron conseguir, y volvemos ahora al baloncesto, jugadores irrepetibles como Solozabal, Epi, Jiménez o Norris. Aquel Barcelona de Aíto García Reneses era uno de los equipos que mejor baloncesto practicaba a finales de los 80 y principios de los 90. Nunca conquistó Europa, pero si se ganaron un lugar en la memoria de los buenos aficionados, cosa que no se puede decir del Limoges de Bozidar Maljkovic, campeón continental en 1993 y del que si nos acordamos es para recordar el tipo de baloncesto que no deseamos volver a ver en las canchas. Y como no recordar más recientemente dentro de la mejor liga del baloncesto del mundo a equipos maravillosos como los Warriors de Don Nelson, los Kings de Rick Adelman, o los Suns de Mike D’Antoni. Nunca les vimos siquiera jugar unas finales por el título, pero se ganaban aficionados en todo el globo terráqueo. Piensen incluso en una franquicia campeona y ganadora como San Antonio Spurs, a la que se pone como modelo y ejemplo de trabajo bien hecho gracias a sus cinco anillos conseguidos en la era Popovich. Sí, han sido cinco anillos, pero han necesitado casi 20 años para ganarlos, pasando nada menos que siete temporadas desde su anterior título hasta el actual. Años en los que incluso los vimos caer en alguna ocasión en primera ronda de play offs. Pero siguieron confiando en su entrenador, en su bloque y en sus jugadores veteranos. Porque podían ganar o perder partidos, pero había una cosa que no estaban dispuestos a abandonar: su identidad. 


Una identidad que al Real Madrid le ha costado muchos años encontrar. Depende ahora de sus directivos y mandamases, y sobre todo del mandamás supremo, mantener esa identidad una vez que han encontrado un camino ganador o volver a dar palos de ciego y cometer viejos errores del pasado reciente. Creo que la mayoría de aficionados tenemos claro lo que queremos, pero ya sabemos que nuestra opinión, a los de la poltrona, poco les importa.    

En definitiva, términos como los del “éxito” y el “fracaso” (que al fin y al cabo son dos impostores, como Ruyard Kipling afirmaba en su célebre poema “If”), no dejan de ser relativos y nunca absolutos. Ganar títulos es importante, y habrá quien piense de hecho que es lo más importante. Pero existen muchos tipos de victorias. Victorias en el día a día que van ligadas a aspectos anímicos, sentimentales o estéticos, bien juntos o por separado. En ese sentido pocos entrenadores han sido más ganadores que Pablo Laso en la historia del baloncesto madridista. La sonrisa que se dibuja en el rostro de los aficionados que acuden al Palacio de Los Deportes de la comunidad madrileña es su mayor victoria.   


San Antonio Spurs, modelo de estabilidad también en la derrota y ejemplo en el que mirarse.

2 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo en gran parte de lo que has puesto, pero yo creo que alguien debería darle un cursillo o un manual a Laso con algo más de variedad de jugadas. Esta temporada ha explotado al máximo el pick&roll con el Chacho y las situaciones de 2x2 pero yo particularmente añoro esas jugadas más complejas que si que vemos en las pizarras de otros entrenadores.

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  2. Sí, lo que pasa es que imagino que no debe ser tan fácil el combinar el jugar con la libertad ofensiva que permite el talento de sus jugadores, con el trabajar la táctica... pero sería lo ideal, claro... quizás con el tiempo...

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