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martes, 28 de junio de 2011

SOBRE GAFES, TELEVISIONES, Y ÉPOCAS DE TRANSICIONES

El pasado domingo los espectadores que nos disponíamos a disfrutar de nuestra exitosa selección femenina de baloncesto por medio de Marca TV en el Campeonato de Europa de Polonia nos llevamos uno de esos mazazos inesperados, de esos que apenas recibimos ya en los últimos veranos cada vez que seguimos a cualquiera de nuestra selecciones del deporte de la canasta, tan mal nos tienen acostumbrados nuestros chicos y chicas de este deporte sea cual sea su categoría y campeonato una vez que se ponen la camiseta que les otorga la defensa de nuestros colores. Sinceramente, se nos quedó cara de tontos. Cierto es que llevábamos una trayectoria renqueante en el campeonato con quizás más luces que sombras, pero las opciones seguían intactas, y, ¿por qué no?, quizás, como sucediera hace dos años en el mismo escenario y torneo con nuestros senior masculinos, la selección, tras un mal arranque, acabase mostrándose tan intratable como los chicos de Scariolo y echándose un oro al cuello. La cara de tontos se acrecentó más si cabe cuando, a pesar del mal partido en líneas generales, y de la desastrosa actuación de Alba Torrens, llegábamos al último cuarto con todo a favor y el partido controlado, con un 61-54 mediado ese último periodo que no podía hacer presagiar esos minutos finales de suicidio colectivo en el que llegamos a sepultar cualquier opción de seguir con vida en el torneo tras encajar nada menos que un doloroso parcial de 0-13. Cierto es que pocos días antes ante Francia habíamos recibido un parcial de 33-7 que nos hizo perder de paliza un partido que se estaba disputando con muy buenas sensaciones. Pero se podía pensar que era Francia, y que no era un partido a vida o muerte como el de Croacia. Costaba imaginar que un grupo de jugadoras tan habituadas a moverse en el filo, a remar contracorriente, y a tener que superar mil y una adversidades para año tras año seguir en la elite del baloncesto europeo y mundial, costaba imaginar, como digo, que tuvieran una segunda mitad de último cuarto del partido como la que vimos, de ese partido que significaba la posibilidad de la gloria o la bajada al infierno, y frente a un rival inferior que sólo parecía mantenerse en el partido gracias al lanzamiento exterior, y que en esos minutos finales encontró una terrible facilidad para penetrar por nuestra zona como si fuera un cuchillo hundiéndose en una onza de margarina. 

Cuando el aro se hace demasiado pequeño...


Como digo se me quedó una enorme cara de tonto este pasado domingo por la tarde, tanto es así que aunque estaba sin internet, y bastante molido tras una noche del sábado bastante movida pensé en buscar un ciber y actualizar el blog para realizar esta terrible confesión, algo que me sacude y que me atormenta desde hace muchísimo tiempo, prácticamente desde que comencé a seguir deportes, es decir, prácticamente desde mi niñez, y algo que hace que viva ciertamente con profundo temblor cada vez que abro este blog y me dispongo a escribir sobre mi deporte favorito. Y es que yo… soy gafe.   

¡Qué mala suerrrrteeeee!


Imagino que se preguntarán como es posible que un tipo lógico como yo, un diseccionador milimétrico de la realidad, alguien que lee el “corpus holmesiano” completo al menos una vez al año y que compulsivamente hace juegos de lógica como pasatiempo favorito, es capaz de caer en una majadería semejante como la de la posibilidad de la gafería. Pero créanme amigos, el gafe, el mal de ojo, consciente o inconsciente, es algo tan antiguo como la propia humanidad y está perfectamente documentado. Hay que distinguir, por supuesto, entre el gafe ante cuya presencia acude solicita la mala suerte para ser el propio gafe el mayor afectado, y el gafador profesional que con su sola mirada es capaz de chafar el más grande de los acontecimientos. En mi caso, y en el aspecto concreto del deporte, creo que tengo esa maldita habilidad para cargar de desgracia a cualquier equipo o deportista que deseo que triunfe. Eso hace que tome a veces una postura impostadamente victimista y exageradamente pesimista. Jamás vendo una piel de oso antes de que la caza haya resultado satisfactoria, y en mi caso, hasta el rabo siempre es toro. Así de cuidadoso me veo obligado a comportarme ante la maldición de mi artes gafatorias. Por eso cuando hice una entrada dedicada a nuestra selección femenina, por un lado me eché a temblar, pensando si el hecho de hablar de nuestras chicas como unas justas y dignas aspirantes a medalla no era empezar a labrar el comienzo de su fracaso. 

Luego, para rizar más el rizo, y descargarme de responsabilidades, pensé en echarle la culpa a Marca TV. Y eso que La Sexta, anterior cadena que parecía apostar decididamente por el baloncesto de nuestros combinados nacionales, eran unos especialistas en bravatas antes de tiempo. En proclamar el triunfalismo de nuestra bandera antes incluso de pisar una cancha de juego. Eso me ponía malo, pero oigan, funcionaba. De momento con Marca TV hemos vividos dos grandes tropiezos de nuestras selecciones, el pasado mundial masculino de Turquía, y este europeo femenino de Polonia… 

…claro que resulta injusto porque nos estamos olvidando de precisamente las chicas y el pasado mundial en Chequía, ofrecido por Marca TV, donde obtuvimos un brillante bronce, y con partidos tan épicos y vibrantes y afortunados en su resolución como el pase a semifinales tras vencer a una Francia campeona de Europa. 

Por lo tanto parece claro que debemos olvidarnos de este tipo de disparates y enfrentarnos a la realidad de que se ha fracasado por deméritos propios (junto a los lógicos meritos de las rivales)   

Ahora quizás sea momento de analizar en que se ha fallado, ahora que ya nadie habla de nuestras chicas, ahora que el baloncesto femenino vuelve a ser totalmente silenciado. Ahora que ningún programa deportivo dedicará ni un segundo ni a las Torrens, Valdemoro, etc, ni comentarios, ni análisis, ni entrevistas. Nada. 

Si nuestras jugadoras se pudiesen subir al podio por undécima vez consecutiva sin duda reclamarían ante los medios, y con razón, que el baloncesto femenino tuviese mayor repercusión mediática y mereciese mayor seguimiento por parte de los medios. Pero precisamente esa falta de atención hace que cuando se produce un fracaso como el del pasado domingo, el ruido alrededor no sea tan contaminante como pasaría por ejemplo con el baloncesto masculino, y se pueda hacer un análisis más calmado y sin duda justo de lo sucedido sin pedir decapitación del cuerpo técnico y de la mayoría de las jugadoras. 

Sancho Lyttle, compromiso sin premio.


¿Qué ha sucedido para que un grupo de jugadoras que unos días antes de comenzar el campeonato estaban entre las favoritas al oro, ni siquiera hayan sido capaces de pasar la segunda criba?, ¿cuáles son las circunstancias que nos han llevado, estando en todas las quinielas para la lucha por las medallas, a no vernos ni entre las ocho mejores selecciones?, las jugadores siguen siendo las mismas que partían con el cartel de aspirantes al título hace diez días, luego en la calidad de las jugadoras no está el problema, habrá que apuntar al momento actual, físico y anímico en el que se ha llegado tanto individualmente como a nivel de colectivo.

Desde el primer momento las sensaciones no fueron las mejores, desde el partido contra Alemania. Los problemas físicos de algunas jugadoras, las bajas por lesión que nos han limitado en las rotaciones, y las limitaciones de una Sancho Lyttle recién llegada de la WNBA sin apenas poder entrenar con el grupo y que llegó a jugar hasta coja ahora nos parecen handicaps lógicos con los que tuvo que lidiar José Ignacio Hernandez. El caso de Amaya es el más sangrante. Valdemoro es ese tipo de deportista española que se aferra al presente y lucha contra el paso del tiempo demostrando una enorme competitividad en cada campeonato mientras sigue regalándonos extractos de su talento cada vez más dosificado por el cuentagotas de la edad. Hay una tentación habitual en el deporte español de mirar con sospecha a quienes son capaces de llevar años vistiendo la misma camiseta, se les acusa de acomodados y de mala influencia para el grupo, de tener demasiado peso en el grupo y de ser instigadores de conspiraciones y tramas ocultas creadas dentro de diversas “capillas”, amen de que una vez en el terreno de juego aglutinan demasiado protagonismo. Tanto a nivel de clubes como de selecciones podemos encontrar grandes ejemplos del maltrato con el que han sometido parte de la afición a este tipo de deportistas heroicos. Algo parecido sucede con Amaya, de quien hay una excesiva prisa por sepultarla y que su relevo lo tome de una vez y sin ningún tipo de dudas la genial Alba Torrens. Pero lo cierto es que con una Torrens superada por la presión en ese partido clave contra Croacia, la aportación de Amaya estoy seguro de que nos hubiera dado el pase, porque Amaya tiene algo muy sencillo y natural, pero no tan habitual. Talento ofensivo, una facilidad anotadora y una tendencia ofensiva cuando el resto de jugadoras ven el aro pequeño. Dicho de un modo más llano, Amaya sale del banquillo, te mete tres canastas seguidas, y te soluciona una papeleta. 

A José Ignacio le crecieron las "enanas" en Polonia.


El tropiezo de Torrens es el tropiezo lógico de alguien a quien el futuro le depara muchísimas jornadas de gloria, pero el camino nunca es sencillo. Tras diez podios consecutivos, cinco de ellos en Europa, en cualquier momento podía llegar el traspiés que nos apartase de la elite. Parece una cuestión casi de lógica, de probabilidad estadística. No merece mayor sangre el asunto. Nuestras mejores jugadoras de los últimos tiempos ven poco apagarse su llama, y las transiciones, nunca son fáciles. La facilidad anotadora de Amaya desde el banquillo, o la agresividad atrás de una Nuria Martínez (como la he echado de menos) no son fáciles de suplir. Tenemos el futuro asegurado con la generación de Torrens, y de esa Tamara Abalde a la que seguimos esperando. Simplemente, las transiciones no son fáciles… y menos en un país de gafes.  

La Croacia de la bellísima Antonija Misura, nuestras verdugos.

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